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martes, 8 de abril de 2014

CONCEPTOS ELEMENTALES DE LA DECLAMACIÓN, Ricardo Álvarez Morel

El tema a tratar no es un tema que traiga aparejado un gran misterio, o que resulte totalmente desconocido, o con tópicos insospechados, pero es un tema del que mucho se ha conversado, emitido opiniones, aunque poco de  él se ha escrito.
Todos quienes lean este artículo, o su gran mayoría, son amantes de la poesía, y como cultores de la misma, poseen un amplio bagaje de conocimientos sobre ella, figuras correctas e incorrectas en su construcción, definición del soneto, del romance, de la elegía, de la egloga, el poema épico, bucólico, intimista, simbolista, la connotación del hiato, la metáfora, los signos de puntuación, la división de estrofas, la métrica, la rima, el verso blanco, etcétera.
Por lo tanto, venir a exponer  sobre la poesía como elemento de arte literario o su importancia dentro de la escritura, es reiterar conceptos y conocimientos que todos o casi todos poseen al por mayor.
Claro que, si bien esos conocimientos son importantes, sólo sirven para definir o calificar al poema, pero sin la voz humana o los ojos inquisidores, el poema permanecería dentro de lo abstracto. Y es aquí donde pretendo incursionar, ya que he nombrado dos componentes del hombre que se utilizan en la poesía:  Los ojos y la voz.
Los primeros son quienes a través de la luz nos permiten llevar el significado de los signos al cerebro y a través de éste percibir las distintas emociones que la lectura nos provoca.
Cuando nos detenemos ante un libro, lo abrimos y lo degustamos con fruición, no lo hacemos utilizando nuestra garganta, pero sí nuestros ojos. Ahora bien, cada uno de nosotros percibe un sonido silencioso que parece salir de esas letras, un sonido que no podemos definir, pero que es exclusivo y personal. Ese sonido es la voz interior, y que suena distinto aunque resulte el mismo libro, si éste es observado por dos personas diferentes.
Muchas veces, el escritor, regido por las leyes de la literatura, se ve obligado a puntualizar su escrito y nosotros, fieles lectores, respetamos en la lectura toda la semiología, aunque el sonido de la voz interior taña diferente a lo leído.
Queda claro que los ojos cumplen una función importante como elemento necesario de la lectura, pero también se pone de manifiesto que esa divergencia existente entre el texto leído y la voz interior, hace que el texto se desmerezca o no alcance la brillantez que le dotó su autor.
Pasemos al otro elemento:  La voz humana.
Si el texto a leer lo realizamos con sonidos emitidos por nuestra garganta, pero siguiendo los dictados esquemáticos de la regla de puntuación, seguiremos teniendo la confrontación de la voz saliente con respecto a la voz interior, y si pretendemos dilucidar esa voz interior y lanzarla al aire, lo más probable es que el texto poético salga a la luz con un "cantito" muy peculiar, que podrá estar más o menos acentuado conforme al intento o el tono del emisor.
Este ritmo de lectura que se asemeja a una tonada, es muy dable de observar en el recitado o la lectura de un poema de los niños en los colegios, es el que termina por volverse monótono y hace que perdamos interés en la poesía.
Asimismo, los autores de poesía, en muchos casos (y no olvidemos que al escribir también se ejecuta esa voz interior) poseen la tendencia de enfatizar el final de sus estrofas o el final de sus poemas con signos de admiración.
La pretensión es intentar darle fuerza al remate, ya sea de estrofa o del poema. Esta acción, suele resultar mecánica e intenta señalizar en forma acentuada esa voz interior.
Sin embargo, cuando se adquiere una técnica en la lectura del poema, eliminando el "cantito" y modificando los énfasis, estos signos pueden ser obviados.
Se puede llegar a pensar que el decidor de poesía da las acentuaciones correctas, pero no siempre es así. la técnica pura es la Declamación y que posee una mayor cantidad de variantes que la del dicho exclusivo.
Los decidores se ajustan normalmente a los poemas rimadas y en lo posible de estilo único (gauchesco o paisano, Porteño o ciudadano, romancero o español) y los ejemplos que podemos citar son bien conocidos dentro de la República Argentina:  Fernando Ochoa era un decidor del estilo gauchesco o paisano, mientras que Gagliardi se ubicaba entre los decidores de estilo porteño o ciudadano..
Si a estos exponentes citados, le hubiéramos solicitado que dijeran un poema del estilo del otro, lo más probable es que el poema no hubiese alcanzado la brillantez que le dotaba el decidor cuando se encontraba en la comodidad de su estilo. Y si el poema entregado, no respondía a la premisa de la rima y la cadencia constante, estoy convencido que el poema no hubiera sido dicho y se hubiera transformado en un poema leído sin connotación con la voz interior anteriormente mencionada.
Pero, esto no es ilógico, ya que el decidor se ajusta a la poesía que siente y le agrada dentro de una escuela definida y para la cual, lo único que aplica es el sentir de su garganta, todo dentro de una especialización natural.
El declamador o declamadora (no estoy haciendo una segregación de sexos) adquiere su técnica mediante un estudio paulatino y una ejercitación constante que puede demandarle años de lectura y ensayos.
Lo primero que realiza el instructor en esta disciplina, es inculcarle al aspirante la anulación del gusto propio.
¿Qué quiere decir esto?:  Que el aspirante debe despojarse mentalmente de la preferencia por tal o cual escuela literaria o por tal o cual estilo. Él debe aprender a interpretar a todo tipo de autores y no detenerse a elegir (durante su época de estudio) los poemas que su instructor le imponga.
Baste que el aspirante a declamador insinúe que un poema no le agrada (y eso nos sucede a todos) para que quien lo dirige haga hincapié en ello y lo obligue  a aprenderlo y decirlo correctamente, elevando al poema, interpretando al autor y utilizando los énfasis que los oyentes sienten como voz interior.
Tal es la importancia de la Declamación, que los Maestros de Teatro, consideran que es primordial que sus alumnos comiencen aprendiendo a declamar, ya que es la primera regla a adquirir para poder transformarse en un buen actor.
Y esto posee una explicación lógica, ya que un poema, cuya duración no sobrepasa los 3 minutos, quien lo interpreta debe pasar con un parlamento muy corto por distintos estados, sentimientos, gestos, que debe transmitir a un público oyente y en esos 3 minutos debe mantener por parte del público, una atención constante y en alza.
Lógicamente el Declamador depende de su garganta, pero también de sus movimientos, ya que en la enseñanza de la declamación existe una base de expresión corporal.
La lectura de un poema, la podemos realizar repantigados en un sillón, sobre la mesa de una biblioteca, o apoyados contra el respaldar de nuestra cama, pero en la lectura ejecutada en soledad no existe el movimiento.
Cuando el poema es interpretado, los movimientos de las manos y de traslación son importantes, ya que se deben ejecutar sin alterar la atención captada sobre el parlamento. Aquí, el factor estético juega un rol muy importante y ese factor estético no se basa en la armonía o belleza del intérprete, sino en la forma de interpretar al personaje o los personajes del poema; y digo LOS personajes, porque muchos poemas poseen diálogo y el intérprete debe diferenciar las distintas voces. Un ejemplo de esto que digo se puede ver en el conocido poema de Juan de Dios Peza  "Reír llorando", al que muchos conocemos como el poema de Garrick.
En este poema, las voces intervinientes son: La del relator, la de Garrick, y la del médico, y la postura de ellos en sus movimientos no puede resultar la misma.
El relator debe poseer en el momento que le toca intervenir, una voz y un ademán narrativo y filosófico. El médico, que intenta insuflar ánimo al paciente, tiene movimientos enérgicos y positivos, y Garrick los movimientos y la postura de una persona vencida y deprimida.
Existen pautas que permiten adquirir la fisonomía de esos personajes, mientras que el imposte de voz logra diferenciar a los mismos. Cuando el intérprete expone el parlamento del médico, lo hace con movimientos de manos amplios, y sus pasos son animosos. Cuando debe expresar Garrick, lo hace con las espaldas cargadas, una expresión mezcla de aburrimiento y tristeza y una voz grave y cavernosa.
Esta mutación ya define la diferencia entre el Declamador y el decidor, ya que el Declamador no puede circunscribirse a un único tipo de poesía y debe adaptarse a todas las formas.
El problema mayor radica cuando debe interpretar con sonidos de otras nacionalidades, dado que conforme a la región de donde proviene el autor es como debe ejecutar el dejo, pero un Declamador no ha viajado tanto ni ha tenido tantas oportunidades para escuchar y estudiar sonidos regionalistas. Es por ello que los poemas españoles (cito a estos para dar un ejemplo) nos suenan todos iguales y con un dejo gallego muy cargado, y puedo asegurarles  que existe una gran diferencia entre un gallego y un andaluz y ya no hablemos de un isleño canario. El andaluz, tiene la peculiaridad de unificar las palabras quitando letras finales de la primera palabra y en algunas ocasiones, letras finales de la primera palabra e iniciales de la segunda y puede darse que "señor" es "señó" o "Juan José " es "Juaosé", mientras que el canario posee una tonalidad muy emparentada con el acento centroamericano de Cuba.
Asimismo, también el Declamador debe aprender técnicas básicas de expresión. Una regla de oro en la interpretación del soneto, indica que no debe realizarse pausas entre la palabra final del primer terceto y el inicio del segundo terceto.
También se adquiere la muletilla de repetir (no cambiar) las palabras absolutas que posee el poema (si así es necesario), para equiparar a los signos de admiración que a lo largo del mismo colocó el autor. Esas palabras son Todo, nunca, jamás, siempre, etcétera.
El dominio del escenario lo ejecuta desde el centro del mismo y describe un arco en avance durante la interpretación, sin dar pasos de retroceso durante ella, y vuelve a ubicarse al centro cuando se ejecutan los aplausos al término de la interpretación. Ese retroceso lo hace mientras se inclina agradeciendo los aplausos.
Estos detalles también marcan una diferencia entre el lector, el decidor y el declamador.
Cuando hablé de estética interpretativa recordé inmediatamente a Lily Hartz, y para quienes no la conocieron, puedo comentarles que era en el momento que comencé a tratarla, una mujer que no sobrepasaba el metro y medio de estatura, de contextura delgada y manos huesudas. Debido a que las manos son de importancia vital, ella jamás las abría o extendía los dedos en su totalidad y de esa forma atenuaba la delgadez de las mismas, mientras que su voz envolvente tenía una potencia tal, que no necesitaba micrófonos para captar la atención de los oyentes. Sin embargo, nunca gritaba, dado que otra de las reglas de la declamación indica que en poesía no es necesario gritar para indicar expresión de fuerza. 
Finalizando, deseo hacer una pequeña semblanza evocativa y recordar a una grande de la escena como fue Berta Singerman y una Docente de la Declamación con mayúscula como resultó Blanca de la Vega, y por cuya tutela pasaron grandes figuras del cine, el teatro y la comunicación en Argentina, como fueron  Juan Carlos Altavista, Estela Molly, Luisa Couriot, Soledad Silveyra, Nelly Raymond y tantos más.
Con esto, creo haber esbozado las diferencias que existen entre la poesía leída y la poesía interpretada en sus dos versiones. Si bien no he puesto este tema en un foro de discusión, si desean realizar alguna pregunta aclaratoria, pueden efectuarla e intentaré dentro de mis posibilidades, satisfacerla.

Ricardo Alvarez Morel

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