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martes, 17 de febrero de 2015

EN EL S ÁB A D O DE HUBERTO BÁTIZ, Marco Antonio Campos



Huberto Batis, Guillermo Sheridan, Magdalena Canas y Mercedes Benet. Fotos: archivo de la familia Batis

Marco Antonio Campos

No sé cuántos años colaboré regularmente en el Sábado de unomásuno; de seguro fueron más de diez. Había dejado de colaborar semanalmente en la revista Proceso a principios de 1985 y no encontraba una publicación periódica donde me sintiera a gusto. En una, era adscribirse a un grupo, en otra, me alejaban motivos ideológicos, en otra, era ser desleal, o en otras porque yo no era bien visto. Mi anhelo era publicar en Sábado, que me parecía lo mejor, y que luego de la salida de Fernando Benítez, Huberto Batis dirigía. Empecé a mandarle colaboraciones, pero no las publicaba; supuse que la causa provenía de que no le simpatizaba y que nuestra relación era ríspida, lejanamente cordial. No: averigüé pronto que la causa era otra: suponía que yo seguía colaborando en Proceso. Fui a verlo y en dos minutos se arregló todo. Empezó a publicarme y no dejaría de hacerlo, salvo un intervalo, hasta que dejó la dirección.

Fue lo mejor que pudo haberme ocurrido.

Poco después salí del país. De fines de 1987 hasta 1993 di clases en el extranjero. Todo lo que le enviaba a Huberto me lo publicaba. No sólo eso: me daba a menudo un sitio privilegiado, que quizá no merecía, pero que aún le agradezco mucho. Una medalla de oro a Huberto: jamás me dijo ni insinuó de qué tenía que escribir, ni dejó de publicar una sola colaboración, ni le quitó jamás una coma a mis textos.

Unos predican y aseguran en sus publicaciones periódicas que son demócratas; Batis lo fue, incluso hasta el exceso. Si llegaba a darse el caso, publicaba aun a sus maldicientes y detractores más acérrimos, o en dado caso no los censuraba, por ejemplo, si un colaborador les entregaba una nota o un ensayo sobre ellos. Jamás, o yo nunca lo vi ni lo oí, fue de aquellos que por permitir a los jóvenes aparecer en su suplemento les dijera sobre el libro de un autor a reseñarse: “A éste lo elogias”, “a éste lo elogias pero no mucho”, “a éste le das con todo”, “a éste le pegas pero sólo un poquito”, ”a éste sólo reséñalo sin dar ningún juicio de valor”… Una de las cosas más degradantes es envilecer a un joven para que haga carrera.


José de la Colina y Huberto Batis en la redacción de Sábado
El Sábado, a grandes rasgos, estaba dividido en tres partes: la de aquellas colaboraciones que podríamos llamar serias, la amplísima sección dedicada a la reseña de los libros (en las que se incluía su columna “Laberinto”), y una sección de los pleitos de callejón, donde destacaban los llamados “Desolladeros”, que ignoro por qué deleitaban tanto a Huberto. Las dos primeras secciones me parecían excepcionales, pero en la tercera me parecía estar saltando entre vísceras de toda índole de escritores, cuya mayoría, fuera de Sábado, no existían y dejaron de existir una vez que se terminó la aventura del suplemento. “¿Por qué no, en vez de “Desolladero”, lo llamas “Polémica?”, le pregunté alguna vez ante un grupo de colaboradores, en su caótico cuarto de redacción donde parecían sobrepasarlo pilas y pilas de libros y periódicos. “¡Estás jodido, cabrón!, a ver ustedes, ¿qué opinan de los desolladeros?” Todos –cada quien tendría sus motivos– dijeron que estaban bien.

Pero con todo y contra todo para mí lo altamente meritorio de Huberto en Sábado, entre muchos méritos que tuvo, es sin duda su cerrada defensa de la literatura mexicana, haber abierto la puerta y dado una mano amiga a multitud de jóvenes escritores y crear un espacioso mapa de la crítica literaria. Por lo demás, quien lo haya tratado, no podrá olvidar al gran fabulador que no dejaba de contar historias llenas de imaginación y humor. Era también un milagro ver su intuición periodística a la hora de escoger el material apropiado o exacto para cada número.

Huberto no sabe ni imagina cuánta importancia tuvo para mí haber colaborado tantos años en esa zona neutra que fue Sábado. No sabe ni imagina cuánta gratitud le guardo. No sabe ni imagina, ahora que cumple ochenta años, cómo falta un Batis en el medio cultural, atrabiliario, rabioso, generoso, imaginativo. No sólo hizo el mejor suplemento de parte de los ochenta y noventa, sino logró que el suplemento se integrara con él. Para la historia literaria Sábado es Huberto Batis y Huberto Batis esSábado. En verdad, de pleno corazón, muchas gracias, Huberto.

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