lunes, 28 de mayo de 2012

UN POEMA DE ALFONSO SÁNCHEZ ARTECHE

Y pues vemos lo futuro 
como un caudal gastado neciamente, 
turbia la mar a la que vamos, 
exhaustos los arroyos que brotan,
frente a erosión
habremos de sacudir los líquidos del miedo,
sudar sangre de lágrimas,
saliva seminal verter para que no se nos reseque
el arduo porvenir.

Hijo, no te soñamos carne para la piedra que te reclama,
no para ser espíritu en cruz entre clavos rendido,
no para la humedad del tronco ansiado por relámpagos.
Entre la cuna tibia y el ara sacrificial
debe mediar el abismo de la cordura.

¿Qué prominente voz corta garganta de corderos
luego de haberse dado en soplo a pecho de palomas?
Nadie con tal poder podría dictar la muerte
de quienes se desbordan en existencia.
Sólo la bestia encarnizada toma
lo que no dan colmillos ni garras.
Si nos trajo la noche, al día venimos.
Somos agua que pasa, hijo, para fertilizar el suelo,
agua que se evapora para volver en lluvia.

Correr es nuestro destino
sin importar
cuán lejos quede el mar.
No se nos da el estanque
sino la vocación común de ser corriente,
ágil montura de deseos navegables.

Habrá quien ciegue manantiales,
ataje cursos,
arterias contamine,
pero estamos en marcha,
sabemos hacia donde
pero que no nos duela,
si acaso nos lastimen los antes devorados por la mar
y que no se venga la mar encima
antes de lengüetear su desembocadura.

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