jueves, 8 de septiembre de 2016

TRES POSTALES POLÍTICAS DE UN MEXICANO EXCEPCIONAL; Enrique Martínez

Tres postales políticas de un mexicano excepcional

(con algunas anécdotas y revelaciones que el asesor había guardado para mejor ocasión, que es esta)

Enrique Márquez.
1ª Manuel Camacho murió lamentando no haberse deslindado con Carlos Salinas de un modo más drástico y oportuno(¡por si hubiera faltado!)
–¿No crees Enrique que nos equivocamos, que yo debía haberle renunciado a Salinas, para romper rotundamente y buscar la candidatura por mi cuenta, cuando me dijo que yo no sería su candidato? [1], me cuestionó Camacho algunos meses antes de su fallecimiento.
Confieso que la pregunta, que Manuel me volvería a plantear en ocasión de una comida que compartimos con Óscar Argüelles, al principio me desconcertó pues parecía sugerir que -veinte años después de los hechos que lo separaron sin remedio de Salinas, su viejo amigo y socio político- Camacho no había asimilado enteramente la situación.
–No licenciado, no, terció Argüelles, siempre vehemente y preciso; no, licenciado, usted hace eso y para pronto hubiera muerto.
***
Abrumado por los últimos abordajes de Camacho; agobiado de algún modo por el reclamo, porque, de todo su equipo, yo había sido el único de a quien confió lo ocurrido en el balcón central de Palacio durante el desfile del 20 de noviembre de 1993 y a quien consultó, al día siguiente, para la decisión de no renunciarle de golpe a Salinas). Semanas después, volviendo a pensar en el gesto grave, en la seriedad con los que se dirigió a mí las dos últimas veces antes de su muerte, pensé que Manuel no se lamentaba por frustración sino por dignidad y sentido de la vergüenza.
Camacho murió, hoy lo sé, apenado por haber pertenecido a un proyecto y a un gobierno que, en sus desenlaces, por sus traiciones y equivocaciones, contribuyó enormemente a desquiciar las décadas siguientes a México.
2ª José María Córdoba en la Torre de Tlatelolco.
Estábamos, a principios de diciembre de 1993, en el piso Nº. 19 de la Torre de Tlatelolco, donde Camacho despachaba desde hacía unos cuantos días como Canciller, cuando de pronto, inusitadamente hizo su arribo José Córdoba Montoya.
–Aguántenme tantito –nos dijo Manuel a quienes, todos de confianza, estábamos con él; voy a recibir a este cuate.
Pasados no muchos minutos, una vez ido Córdoba, Camacho me llamó para comentarme que el súper jefe de la oficina de la presidencia, quien había tenido un enorme influjo sobre el anterior Canciller (F. Solana), le había ido a prometer un armisticio, que no se habría de inmiscuir en sus asuntos.
Camacho, el político eternamente preocupado por la mejor política, inquieto porque a esas alturas todavía no parecía despegar la campaña de Colosio, le había inquirido, según me narró:
–Pepe: ¿por qué no ha comenzado la campaña? Los primeros días para un candidato presidencial del PRI son clave.
Córdoba, con su acostumbrada tranquilidad, casi rayana en el desgano, contestó: es que no va a haber campaña, Manuel. Al candidato lo vamos a colgar de la   gran popularidad que tiene el Presidente Salinas. Y ya.
–Imagínate, Enrique, lo que Córdoba me dijo; todavía no puedo creerlo, remató Manuel.
3ª Tantas muertes, tantos entierros, tantas ruinas de familias.
En el último encuentro de los que dedicábamos a hablar de literatura histórica y política, de Ciencia Política, le obsequié a Manuel un libro que había traído de un viaje a Madrid y que hasta ese entonces ninguno de los dos había leído: la Historia de Florencia, de Maquiavelo [2], que narra, entre otros hechos, las rencillas palaciegas y las discordias civiles que hacia 1434 afectaban la supremacía de los Medici y de otros prohombres de ese mundo del poder agitado y truculento y del territorio toscano.
Abriendo el libro con entusiasmo y no sin cierta cuita, le leí de jalón este párrafo del proemio que, desde mi punto de vista, podría ayudarnos a entender con una gran economía los caminos cada vez más violentos e inciertos en que había caído nuestro país desde la crisis de unidad y la bancarrota del gobierno salinista (1993-1994), que, por soberbia o cerrazón, lamentablemente perdió la oportunidad de procurarle a México una gran reforma política que se correspondiese con la económica:
“Primero se desunieron entre sí los nobles –escribió Maquiavelo, luego los nobles y el pueblo y, por último, el pueblo y la plebe. Y muchas veces sucedió que una de estas partes, al quedar vencedora, se dividió también en dos. De esas divisiones siguieron tantas muertes, tantos entierros tantas ruinas de familias como no hubo jamás en otra ciudad (…)”
–Pues sí, Enrique –comentó Manuel–, así fue, así está ocurriendo. Salinas, con sus complicidades y los intereses, sacrificó el momento y todo comenzó a descomponerse, y luego, alrededor del 2000, perdimos nuestra última gran oportunidad. El problema ahora, Enrique, es cómo, con quién, en qué momento, con qué ideas políticas mayores podríamos, si es que todavía se puede, devolverle a México los quicios perdidos.
[1] 20 de noviembre de 1993, en el balcón central de Palacio Nacional, donde Salinas Presidente y Camacho Jefe del Departamento del Distrito Federal, presenciaban el desfile del 20 de noviembre. Para este hecho, como para los se sucedieron hasta la renuncia de Camacho como Comisionado para la Paz en Chiapas (16 de Junio de 1994), consultar mi libro Por qué perdió Camacho/Revelaciones del Asesor de Manuel Camacho Solís, México, Editorial Océano, 1995, 249 p.
[2] Edición española de 2009, de la Editorial Tecnos.

DAVID HUERTA SOBRE LA PROSA DE GERARDO DENIZ



Aguas aéreas 
El buho de mar*


David Huerta
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Los lazos o puentes entre la prosa de Gerardo Deniz (1934-2014) y sus poemas son de diferentes tipos, todos interesantísimos. Una de esas vinculaciones es el tema mismo de la poesía, la deniciana y la de otros. La poesía deniciana fue compilada en Erdera (2005) y la prosa acaba de aparecer con el título de De marras (2016). Con este libro ejemplarmente impreso, como aquel, por el Fondo de Cultura Económica —casa editorial donde trabajó Deniz varios años, como corrector de pruebas y traductor de varias lenguas—, tenemos el binomio libresco más llamativo, suscitador, y más repleto de ideas, visiones y fábulas de los últimos años en nuestro país. Para quienes hemos sido lectores y aun seguidores fieles de Deniz, es la mejor noticia tener ahora estos dos tomos. De marras junta los libros prosísticos ya conocidos de Deniz —ensayos, memorias, narraciones—, y da a conocer materiales dispersos (y diversos) y algunos textos inéditos, magníficos.

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Me interesa en especial, ante la aparición de este volumen, examinar, así sea a vuelo de pájaro, cómo la prosa deniciana trata la poesía. Por eso empecé estos renglones hablando de los contactos entre su prosa y sus poemas. Deberíamos, sin embargo, ampliar este sistema de enlaces (prosa-poesía); no tomar solo en cuenta los poemas, sino múltiples asuntos y estribaciones: crítica y análisis de poemas ajenos, retratos (etopeyas o bien medallones satíricos) de poetas admirados o detestados, explicaciones (“visitas guiadas”) de los versos propios, curiosidades de toda índole y otras yerbas difíciles de enumerar y clasificar, de bautizar y meter en algún cuadrito convencional. Está además su discurso en la ceremonia de entrega del Premio Xavier Villaurrutia, en 1991, muestra de su independencia de espíritu, fresca soltura opuesta a la solemnidad, sentido del humor corrosivo y, en fin, burla de los falsos valores de nuestra diminuta cultura literaria: un auténtico despliegue de “malos modales”. En el caso de Deniz, sin embargo, esos modales son el raro talismán de una plena sabiduría y salud nietzscheanas; lo digo a sabiendas de cuánto le disgustaría a él traer a cuento, aquí, a ese tío bigotón y alemán perdido en raras filologías y filosofías indigeribles.
En cientos de páginas de este libro extraño, vertiginoso, simpatiquísimo, a veces triste hasta la desolación, hay rastros numerosos de las lecturas poéticas de Deniz. No en todas esas páginas hay esas huellas, desde luego, pues Deniz discurre sobre mil y un temas, y lo hace con singular fervor cuando se trata de sus devociones de químico, de conocedor de varias lenguas, de estudioso de la etnología y de la mitología comparada. Tenemos con De marrasun tesoro inmenso, páginas de la mejor literatura de cualquier país, en cualquier idioma; lo digo con toda convicción. Así de excepcional es Deniz; así de original. Otra cosa muy diferente es el triste panorama de nuestra literatura y sobre todo de nuestro “medio literario”, orgánicamente incapaz de valorar a este hombre único.
En De marras, entonces, hay registro exacto de opiniones sobre literatura, de sus análisis demoledores de tantos mitos de la “inepta cultura” literaria —así lo diría él mismo, creo, pues era un velardiano empedernido—, de formidables zambullidas, dignas del buho de mar, en los versos de Eliot, de Góngora, de Alighieri, de Chumacero, de López Velarde, de Alfonso Reyes. En la sección dedicada a presentar sus colaboraciones en la revista Vuelta, lamento no ver su ensayo sobre las fuentes de la poesía de Perse; un ejemplo deslumbrante, para mí, de cómo se hace crítica o cómo debería hacerse: Deniz debió de darse cuenta de la inactualidad de sus fuentes, y decidió no incluirlo, prueba de su inmensa honestidad intelectual, de su honradez a secas; es una pérdida para sus lectores, admiradores tanto de su poesía como de los poemas de Perse. La noticia sobre la ausencia de este ensayo en De marras, en el prólogo de la obra, es tan completa como puede serlo; Deniz pensó, quizá, perfeccionar ese ensayo de Quellenforschung pero la vida no le dio tiempo de hacerlo; bien se sabe cuánta cuerda tenía: él calculaba en 4,000 años su energía escritural, pero solamente llegó a los ochenta.
Diré un par de palabras sobre Fernando Fernández: con él, por sus esfuerzos admirables, frente a su lucidez como lector y como editor, gracias a su sensibilidad extraordinaria y su inteligencia para comprender a Deniz y para dárnoslo dignamente impreso, tenemos otro ejemplo de cómo debería ser el trabajo intelectual entre nosotros.
La poesía en la vida y las vigilias de Gerardo Deniz fue, como él mismo dijo en la memorable entrega del Premio Villaurrutia, su “cuarta o quinta vocación”. Lo suyo era la ciencia dura, en especial la química y, por largos años, la mitología comparada. No puedo ni podré olvidar nunca la tarde, en su estudio de la avenida San Antonio, en la cual Deniz me mostró, en una caja de zapatos, su correspondencia con Georges Dumézil, a quien tradujo magistralmente para el Fondo de Cultura Económica. Era apenas un puñado de papeles de la apariencia más modesta imaginable, atados, según recuerdo, con una liga; pero en esas hojas manuscritas y mecanografiadas había un diálogo diamantino entre dos individuos de una sabiduría fabulosa.
Solo pude asomarme a esos documentos valiosísimos e ignoro su destino —ojalá no hayan desaparecido o estén extraviados—; pero sospecho, conociendo a Deniz, el papel asumido por él en esa correspondencia, no por real menos desencaminador: el de mero traductor. Estoy seguro, al mismo tiempo, de otro hecho muy diferente, pues Deniz me lo dejó ver: Dumézil sabía con quién estaba tratando, pues se dirigía a nuestro poeta, el prosista de De marras, con un comedimiento notorio. Junto a esa correspondencia, resultan diminutas las otras correspondencias de nuestros esforzados literatos, pilas insaciables de epístolas pomposas publicadas con bombo y platillo por grandes instituciones y editoriales de prestigio mundial, para decirlo con el idiolecto de los publicistas radiofónicos de mis tiempos.
Esas cartas son extraordinarias —de veras extraordinarias, no como las de nuestras glorículas locales o hasta planetarias— y las evoco para mostrar la dimensión intelectual de Gerardo Deniz, y su desinterés en la fama, en las estridencias repelentes de la vida literaria. Ojalá algún día las conozcamos. Mientras tanto, divirtámonos con las páginas en donde Gerardo Deniz habla de los maxmordones, recrea el diccionario de Tolhausen, presenta sus breves mitologías y nos comunica, sonriente a veces, en ocasiones irritado, sus tónicas irreverencias.

Las breves páginas sobre el buho de mar (las 730-732 de De marras) son Deniz en plenitud. Fueron publicadas en la antología del poema en prosa mexicano, de Luis Ignacio Helguera, y aparecen junto a otro texto rubendarianamente titulado “Azul”. ¿Rubendarianamente? Es un decir, y no quiero ni imaginar las fulminaciones denicianas contra el poeta nicaragüense. No las llegó a escribir, según entiendo, pero debe de haberlas prodigado en sus conversaciones con amigos de todo pelaje, y si eran admiradores de Darío, mejor. Quién sabe: quizá Darío hasta le gustaba, pero lo dudo seriamente.
El texto titulado “Estrigiforme”, pues, habla del buho de mar (Maxibubo marinus), “única ave genuinamente anfibia, dotada de dos respiraciones que funcionan alternativamente”, animal fantástico, en cualquier sentido de esta palabra. El vocablo “estrigiforme” tiene lo suyo, aparte de significar, en un sentido muy general, “ave rapaz y nocturna de cabeza grande y redondeada, pico corto y ganchudo, ojos dirigidos hacia adelante y garras afiladas y fuertes” (es decir, buho o lechuza; gloso el diccionario de la Cacademia, como le gustaba llamarla a Deniz). Tiene lo suyo, digo, o lo sospecho seriamente, pues con Deniz nunca se sabe. Ante la aparente inocencia de la voz “estrigiforme” podemos estar en realidad frente a todo un mundo de fábulas y mitos, de significaciones recónditas; puede apuntar a un mundo vampírico, de brujería y magia negra, fenómenos en los cuales nuestro poeta y prosista no creía, más aún: militantemente no creía, y le indigestaba cuánto se habían difundido esos irracionalismos en el mundo. Sí cree, desde luego, en la inspiración, y de ello muchas páginas de De marras y no pocas declaraciones suyas en entrevistas dan fe. De esa inspiración quiero decir un par de cosas, sencillísimas, a propósito de “Estrigiforme”.
Lo había leído una sola vez, seguramente, en la antología de poemas mexicanos en prosa, junto con “Azul”; pero no volví a él hasta ahora, en 2016, gracias a De marras, a Fernando Fernández y al Fondo de Cultura Económica: la verdad, aquella antología de Helguera de poemas-en-prosa me aburrió soberanamente, y por desgracia los textos de Deniz quedaron contaminados o malamente envueltos por otros. Ahora, en cambio, en la vecindad de una maravillosa constelación de textos denicianos, la cosa cambia, y la diferencia de lectura de los mismos textos, en especial de “Estrigiforme”, es abismal, como el tiburón allí mencionado: este es su auténtico vecindario, no aquel, clasemediero y adocenado, en donde lo situó Helguera.
Releer, o mejor dicho, leer “Estrigiforme” me produjo una auténtica conmoción, como la de esos estremecimientos descritos por A. E. Housman, síntomas de estar frente a una obra maestra. Es una página y apenas unos pocos renglones más, pero es de una belleza absoluta, de una perfección y una extrañeza sorprendentes. No puedo ni debo reseñarlo; solamente decirles: léanlo. Lo mejor de todo es lo siguiente: alrededor de “Estrigiforme” hay en De marras cientos de páginas comparables, en otros derroteros de la prosa deniciana, y acerca de asuntos de una asombrosa diversidad.
Desde mi lectura del Borges de Adolfo Bioy Casares o de las Memorias de ultratumba, del vizconde François-René de Chateaubriand, o de los libros de Pietro Citati —leídos como una sola obra, maciza e irradiante—, no había tenido en estos años una experiencia parecida a la inmersión en las páginas de De marras. Cada uno de esos libros significó un auténtico estremecimiento, en el sentido de Housman.
Un día, pero no sé si llegue, no es nada seguro, las generaciones futuras reconocerán este hecho: entre 1934 y 2014 vivió en México uno de los dos o tres grandes escritores de verdad geniales del último medio milenio. Se llamaba en el siglo Juan Almela Castell y en su siglo en la brisa se llamaba Gerardo Deniz.

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* Más de cuatro respingarán ante la impresión, aquí, de la palabra “buho”, sin acento. Agradezco a los editores de la Revista de la Universidad de México su sensibilidad y apertura de espíritu con mi solicitud de omitir ese signo en cada mención de este animal. Ponérselo sería una traición a Deniz, su etólogo y taxonomista, y sobre todo a esa criatura, suspicaz de la sedicente “corrección ortográfica”; el texto sobre este animal concluye con estas palabras diáfanas: “Se acerca con un graznido, como el de la cuerda del arco inmenso tensado de pronto por Odiseo. Sacudiéndose nervioso, por si le han puesto un acento, se acerca veloz, ya llega, ya pasa”. No hay duda: sin acento.

sábado, 3 de septiembre de 2016

IGNACIO PADILLA (1968-2016), Alberto Chimal

Ignacio Padilla (1968-2016)

Alberto Chimal
El mes pasado, tras un accidente automovilístico, murió el escritor mexicano Ignacio Padilla. Su muerte fue un golpe duro para muchos de nosotros. Me pidieron un texto sobre él, que apareció hace unos días en el sitio de la revista World Literature Today, en traducción de mi querido amigo George Henson. Dejo aquí la versión en español.
Ignacio Padilla

Muchos le decíamos “Nacho” a Ignacio Padilla: es el hipocorístico tradicional de su nombre, el apelativo cariñoso, pero lo empleaban no sólo sus familiares y amigos más cercanos, sino también alumnos, admiradores, colegas, lectores. Nacho Padilla caía bien: se sentía cercano. Su obra –a pesar de ser erudita, cerebral, extraña– también se volvía entrañable: lectores que hubieran rechazado textos más complacientes de otros autores se entregaban con placer a los de Nacho y encontraban, sin fallar, lo mejor de cada uno de ellos.
Nada de lo anterior es poca cosa: un autor como él siempre será raro, inusual en el ambiente de los escritores, y lo era más todavía en el México de los últimos años. Tal vez por el influjo la violencia que nos rodea, acá se ha vuelto “normal” que ciertos colegas sean –o parezcan– personas fatuas o agresivas, que ostenten semejantes cualidades en su vida pública y de hecho tengan admiradores precisamente por ellas: porque sus desplantes se convierten en una válvula de escape para las frustraciones de otros, en ilusiones de poder para quienes no se sienten fuertes. Por el contrario, Nacho Padilla no proyectaba arrogancia ni cólera: proyectaba inteligencia, humor, empatía. Era un gran conversador, que sabía reírse de todo y desarmar a la gente solemne con tal gracia que ellos también acababan riendo. Con sus alumnos era generoso –era profesor universitario de larga carrera– y los encantaba con largas digresiones sobre sus temas más queridos siempre que alguno se asomaba en los programas de estudio. Inventaba apodos juguetones y el primero de todos era el suyo propio: decía de sí mismo que era "físico cuéntico", para recordar que, si bien había escrito novelas, ensayos y teatro –y en cada disciplina era ganador de premios, tanto en México como en otros países–, se sentía sobre todo un cuentista: practicante de ese género antiguo y a veces incomprendido.
Por supuesto era un gran, gran escritor. Sus pasiones estaban incluso en los textos que no las ostentaban: le fue siempre fiel a ciertas formas peculiares que daba a sus historias, al monstruo como figura y como emblema, a la imaginación sutil, insumisa –de hecho muchos de sus textos son de imaginación fantástica, aunque se salvó de ser leído como habitante del gueto de la genre fiction, al que tantas carreras llegan para morir–, y sobre todo a la lengua castellana. Se doctoró en Salamanca, España, con una tesis sobre Cervantes, pero su interés en el autor del Quijote, en su siglo brillantísimo y en el vigor de su idioma, se veía en todo su trabajo. En el momento de su muerte era el miembro más joven de la Academia Mexicana de la Lengua, y su discurso de ingreso a ella fue un espléndido ensayo, “Elogio de la impureza”, que defiende el carácter subversivo de la obra de Cervantes: su llamado a abrir el pensamiento y la percepción del mundo más allá de los límites impuestos por las autoridades (o por los tiranos).
Parte de su obra está traducida a varios idiomas; en inglés está, por ejemplo, su novela Amphytrion (Shadow Without a Name),  un thriller borgesiano ambientado en la Primera Guerra Mundial, y los cuentos de Las antípodas y el siglo (Antipodes). Faltan, al menos, su novela de aventuras La Gruta del Toscano; los cuentos de libros como El androide y las quimeras o Las fauces del abismo; los ensayos de El legado de los monstruos y de Cervantes y compañía. En estas obras, pienso, se cifra el trayecto de un lector que sale de la biblioteca y se encuentra con el mundo, con todo el horror y la belleza, pero jamás pierde la fe en el lenguaje como posibilidad de conocimiento, de orientación en el caos.
Por último, Nacho no solamente proyectaba cordialidad: de hecho era un gran tipo, generoso y bien dispuesto, incluso con quienes lo veíamos poco y nos encontrábamos en su vida sólo brevemente. Tuvo amistades largas con otros colegas, y señaladamente con algunos de sus compañeros en el llamado grupo del Crack, aquellos novelistas que tuvieron la osadía de lanzar un manifiesto literario a fines del siglo XX y desde entonces estuvieron siempre presentes en el imaginario de las letras del país. Yo lo traté más en los últimos años, cuando fuimos profesores en la misma universidad y nos juntaron presentaciones, lecturas, prólogos, antologías…, así que su muerte, en un accidente automovilístico, el sábado pasado, 20 de agosto, no sólo me golpeó por horrorosa, imprevisible, profundamente injusta. Me dolió también, como a tantos otros, la desaparición de la persona tras los libros.
Ahora nos quedan esos textos: las trazas de su pensamiento, capaces todavía de ofrecer las verdades provisionales que Nacho descubrió y pudo expresar en el transcurso de su vida. Pero a él lo vamos a extrañar muchísimo.

CERVANTES Y COMPAÑÍA. ENTREVISTA A IGNACIO PADILLA, Javier Moro Hernández

Cervantes & Compañía / Entrevista a Ignacio Padilla

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  • El Quijote de 1605 es una novela distinta al Quijote de 1615, la primera en un laboratorio de un hombre que aún se considera a sí mismo dramaturgo, poeta y cuentista que sin embargo empieza a perder el control del género que cree haber resuelto y en realidad la novela moderna le nace a Cervantes, le nace entre las manos pero no es que él llegue a ella o que la invoque, sino que le salta de forma accidental,  podemos decir que la novela moderna nace a pesar de Cervantes, en cambio El Quijote de 1615 es en donde encontramos la primera novela de la modernidad y el Cervantes plenamente consciente de que está pariendo un género literario nuevo, distinto, que va a perdurar hasta el siglo XXI.


El escritor Ignacio Padilla falleció en la ciudad de Querétaro el 20 de agosto en un lamentable accidente de tráfico mientras viajaba hacia la ciudad de Guadalajara, privando así a la literatura mexicana de una de las mejores plumas de su generación. Sin embargo, el autor nacido en la Ciudad de México en el año de 1968 legó a la posteridad una obra extensa, con más de 25 libros publicados de diferentes géneros literarios como la novela, el cuento, el ensayo y la literatura infantil. Considerado uno de los mejores cuentistas mexicanos de la actualidad, publicó novelas esenciales para la literatura contemporánea tales como Amphytrion, con el que se hizo acreedor al Premio Primavera de Novela en el año, o la Gruta del Toscano con el que se hizo acreedor al Premio Mazatlán de Novela en el año de 2007.
Sus libros de cuentos fueron territorios en donde el autor se permitió experimentar con diferentes temas y estilos, dando pie a una de las obras más sólidas de los últimos años en el género del cuento.
Pero además, el escritor, miembro también de la llamada Generación del Crack junto a los escritores Jorge Volpi, Pedro Ángel Palou, Eloy Urroz y Ricardo Chávez Castañeda y miembro de la Academia Mexicana de la lengua, que ingresó en 2012, fue considerado un profundo conocedor de la obra de Miguel de Cervantes, a quien el escritor mexicano le dedicaría su discurso de ingreso a la Academia Mexicana titulado “Elogio de la impureza” que se incluye en el libro de ensayos Cervantes & Compañía publicado por la editorial Tusquets, y por el cual tuvimos la oportunidad de entrevistar al escritor el pasado mayo, sobre su admiración, sobre la obra de Cervantes, Shakespeare, las lecturas erróneas que tuvo la obra de Cervantes en su natal España y la admiración que El Quijote despertó en América latina.
Javier Moro Hernández (JMH): Es imposible entender la literatura contemporánea sin Cervantes y Shakespeare, sin embargo, como mencionas en tu libro,  los dos tuvieron vidas literarias muy distintas y las valoraciones que hicieron sus contemporáneos de sus obras también fueron completamente distintas, podríamos decir que Cervantes tuvo muy mala suerte en vida.
Ignacio Padilla (IP): Y muy mala actitud, aunque no es un autor póstumo, por decirlo así, porque sí tuvo éxito en vida, se le apareció, y él alcanzó a cosechar, aunque siempre se quejó de eso, pero sí alcanzó a cosechar las mieles del éxito que la publicación de la primera parte del Quijote le trajo, pero estoy plenamente convencido de que Cervantes tuvo mala suerte en vida, pero también su obra cumbre, El Quijote, tuvo durante 300 años muy mala suerte en lengua española, creo que en fue muy bien leído de manera inmediata a su publicación, sobre todo en lengua inglesa, luego por los franceses, luego tuvo un momento terrible que fue la interpretación que hicieron los románticos alemanes del Quijote, algo que además venimos arrastrando hasta hoy en día, pero que afortunadamente ha estado cambiando, también los rusos creo que leyeron muy bien El Quijote, y es hasta finales del siglo XIX el mundo hispano hablante pudo reconocer la grandeza que entraba la obra de Cervantes, y ya el siglo XX fue sobre todo, y en nuestra lengua, muy bien entendido y muy bien asimilado por los lectores, sobre todo los hispanoamericanos.
JMH: Uno de los elementos más interesantes en el libro es tu análisis sobre las sociedades en las que vivieron Shakespeare y Cervantes, pues estos contextos determinaron la obra que ellos realizaron pero también la lectura que se hizo de la misma.
IP: Primero escribieron en sus lenguas dadas y escribieron los dos en la misma época pero en culturas separadas, no radicalmente separadas hay que decirlo, sí tienen elementos formativos en común, aunque sí tienen diferencias, aunque los dos hablaban italiano, los dos crecieron bajo el cobijo intelectual de Erasmo de Rotterdam, pero uno creció en la Inglaterra isabelina, que era la potencia emergente de la Europa de su momento y además Shakespeare tenía una mayor capacidad, creo, de entender las grandes falacias del enemigo que era España, y en cambio Cervantes escribe desde esa España en donde reinaban los Habsburgo, la España de Felipe II, que es un país más difícil, más bifronte, esa España que Cervantes va a criticar de una manera solapada a través del humor, eso los coloca en situaciones distintas, por supuesto, pero yo creo que una de las cosas más importantes son los géneros en los que desarrollaron su obra, creo que para entender por qué Shakespeare pudo producir un número tan grande de obras maestras que fueron apreciadas tan pronto, mientras que Cervantes sólo consiguió algunas pocas obras maestras que tardaron mucho en ser reconocidas, tiene que ver sobre todo con el género literario que escogieron para escribir, o al género que los escogió para desarrollar sus obras maestras.
JMH: La España que crítico Cervantes es una España que está entrando a un largo periodo de decadencia y Cervantes logra ver, logra anticipar ese proceso de decadencia política y económica.
IP: Sí, definitivamente eso es lo que sucede, pero creo que más que anticiparla, la vive en carne propia el gran engaño de la grandeza española, me parece que la España de Cervantes había empezado su decadencia desde la mutilación tremebunda de 1492, cuando supuestamente empezó su grandeza, pero era una grandeza sostenida siempre con alfileres que Cervantes padeció, el creyó en esa España, creyó que la Armada invencible efectivamente sí era invencible, creyó que un hombre sí podía ser hijo de sus obras, creyó que de América sí llegaba el oro que decían que llegaba, que España sí había vencido en Flandes, creyó que en Lepanto se había detenido el avance turco, creyó que la Reforma religiosa no iba a prosperar, Cervantes creyó en todo eso, confió en todo eso, hasta que la realidad le dijo que eso no era cierto, y eso le permite escribir la historia de un hombre que cree en algo hasta que es derrotado por la realidad, ese señalamiento de Cervantes me parece lo más importante de su obra, y también creo que fue intuitivo, no creo que haya estado completamente consciente de eso.
JMH: Hace un momento hablabas de la importancia del género literario que estos dos grandes escritores escogieron para trabajar su obra, en el caso de Cervantes al darle continuidad a ciertos géneros literarios anteriores inaugura el género literario de la modernidad, que es la novela, algo que nos habla de la intuición de Cervantes de la que hablabas hace un segundo.
IP: Me cuento entre los que pensamos que el Quijote de 1605 es una novela distinta, es una novela otra que el Quijote de 1615, en el primero yo veo un laboratorio de un hombre que aún se considera a sí mismo dramaturgo, poeta y cuentista que sin embargo empieza a perder el control del género que cree haber resuelto y en realidad la novela moderna le nace a Cervantes, le nace entre las manos pero no es que él llegue a ella o que la invoque, sino que le salta de forma accidental,  podemos decir que la novela moderna nace a pesar de Cervantes, pero en cambio El Quijote de 1615 es en donde encontramos la primera novela de la modernidad y el Cervantes plenamente consciente de que está pariendo un género literario nuevo, distinto, que va a perdurar hasta el siglo XXI.
JMH: En ese sentido Shakespeare sigue siendo un hombre de su época, un dramaturgo que sí triunfa dentro de su género literario.
IP: Un hombre de su época pero también un hombre que escribe desde la comodidad de quien ha reconocido su género literario, su vocación desde el primer momento, un hombre al que además le es reconocido su genio también, y que además que no tiene el protagonismo o la ambición, que tanto ofusca a Cervantes y que lo llevan a escribir libros menores y que él cree superiores al Quijote cuando Shakespeare, por lo poco sabemos de él, porque hay que reconocerle que sabe hacerse invisible, quiere ser un burgués relativamente mezquino, con un extraordinario oído y suficientemente mezquino para descolocarse del centro de sus obras de tal modo que éstas brillen con luz propia.
JMH: Quería ahondar en el tema de la dramaturgia como punto unión entre estos dos genios, porque tenemos a Shakespeare que triunfa en ella y nos deja un legado de obras enorme y brillante, mientras que Cervantes no logra triunfar en este género, no logra brillar, y además tiene a grandes referentes en su país, como lo es Lope de Vega.
IP: A Shakespeare le sucede algo muy afortunado para lograr colocarse como el gran dramaturgo de su época, que fue la muerte de Marlowe, y a Cervantes le sucedió algo muy desafortunado en términos dramáticos que fue el surgimiento de Lope de Vega, pero sí creo que si Cervantes no hubiera tenido a este extraordinario contrincante que fue Lope, no hubiera logrado triunfar en la dramaturgia, porque sus obras, desde mi particular punto de vista, dejan mucho que desear, no creo que el teatro de Cervantes sea un teatro meritorio, con algunas excepciones claro, algún entremés, pero creo que esta sombra de Lope y esta envidia que tenía por Lope y esta necedad de Cervantes de afirmar que él había inventado el teatro moderno español cuando en realidad lo había inventado Lope, lo ofuscan demasiado, lo ciegan y no le permiten escribir un teatro que estuviera a la altura de la obra de Shakespeare.
JMH: Tu libro incluye el discurso que diste al ingresar a la Academia Mexicana, “Elogio de la impureza” en donde haces una suerte de paralelismo entre tu periodo como estudiante en la Universidad Salamanca y la vida errante de Cervantes, que vivió en esa ciudad y fue maltratado por los letrados; me parece que ese ensayo además nos habla de la herencia literaria cervantina que ha llegado hasta a nosotros.
IP: La literatura latinoamericana ha acogido con mayor conciencia esa gran herencia cervantina, pienso en Borges, por ejemplo, y desde luego no podemos entender el boom latinoamericano sin las muy lúcidas lecturas que Fuentes, García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa y Fernando del Paso hicieron de Cervantes, por otro lado mi discurso de ingreso a la Academia, que titule como “Elogio de la impureza” y es una defensa que he hecho a partir de mi experiencia personal como un hombre de la periferia de la lengua, de la periferia de la hispanidad, de otro gran periférico como lo fue Cervantes, en el centro mismo de la cultura obsesionada por la pureza que es la Universidad de Salamanca, entonces un poco contando eso y exaltando la impureza de la novela, que para mí es el género literario impuro por excelencia y de la necesidad de que las academia aprendieran a reír, porque no supieron reír cuando estuvo Cervantes y no supieron reír con otro impuro como lo soy yo, y como espero que la Academia Mexicana de la Lengua, que afortunadamente sí lo hace y lo hace bien, se sabe reír de sí misma, ese es el punto de partida para reconocer que la lengua la hace el uso y que la impureza es lo que adjetiva a una lengua, eso es lo que nos enseñó Cervantes y es lo que nos desenseña el anquilosamiento y la falta de sentido del humor de cualquier institución.
JMH: La idea de la periferia y el sentido del humor me parecen esenciales para entender el legado cervantino, justo el momento histórico en el que vivió Cervantes también es el momento de creación del mundo hispanoamericano, este mundo al que Cervantes no llegó a venir, pero que de muchas maneras sí hereda el sentido del humor cervantino.
IP: Cervantes aprende la lección de la importancia del humor por la paradoja de la verdad de Erasmo de Rotterdam, por un lado, y por el otro por la picaresca y la cultura latinoamericana es tremendamente picaresca, somos el esperpento, el espejo cóncavo donde se han proyectado experimentos democráticos, iluministas y demás, que solo producen ciertas deformaciones identitarias que hacen que nos identifiquemos con muchísima facilidad con los pícaros y los personajes esperpénticos de Miguel de Cervantes, entonces para nosotros, más que para los españoles, el Quijote nos dice muchísimo, entendemos mucho mejor porque además tenemos una cualidad que no tenía la España de aquella época que es que sabemos reírnos de nuestras desgracias, cosa que también tienen los ingleses y por eso es que los ingleses entendieron al Quijote tan pronto, porque por un lado se burlaba de los otros, de sus enemigos, y por otro lado porque los ingleses siempre han tenido un extraordinario sentido del humor y una gran salud autocrítica y América Latina con todas sus desgracias tiene una gran capacidad de entender y ver sus desgracias.

martes, 30 de agosto de 2016

AL CREADOR, Benjamín A. Araujo M.

AL CREADOR

Tú Señor de los cielos,
que para entendernos
sufriste en la cruz,
padeciste tormentos,
humillaciones, traiciones,
no permitas que me separe
de ti; y de tus promesas
que son, sintetizando,
la Gloria infinita,
la eternidad.
Dame la fuerza en esta mano
y en la otra, en la cabeza,
en todo el cuerpo para
servir al prójimo y amarlo
sin importar su condición
o estado.
Dame la fuerza para ser
potente refugio de mis
hermanos, de quienes
me busquen; y dame
la fragilidad suficiente
para saber llorar con ellos
si es necesario, o para
darle el aliento y el optimismo
suficiente para hacerles
sonreír frente a todas
las adversidades.
Quiero ser piedra y fortaleza,
refugio y amparo, oídos atentos
y voz sabia y consciente para
dar lo que el prójimo necesita
sea quien sea, incluyendo
a mis enemigos, si los tengo;
y si no los hubiere dame fuerza
para soportar ser bendito por ti
por ser diferente sin envanecerme
ni crear envidias, ni recelos
por los siglos de los siglos, Amén...los
Amén.


HËCTOR O LAS AMARGURA DEL VIAJE...Benjamín A. Araujo Mondragón

HÉCTOR O LA AMARGURA
DEL VIAJE…

... los caballos
haciendo resonar los carros vacíos por los caminos de la guerra.
en duelo de sus conductores sin reproche. Ellos sobre la tierra
yacían, de los buitres más queridos que de sus esposas.
La Ilíada…


Amargura sin fin, en ese viaje eterno,
Héctor arrastra su tristeza en el polvo
la inmortalidad consoladora no existía
mientras Zeus promueve violencia y
más violencia entre los hombres.

Helena mientras tanto, teje y teje
como si la esperanza fuera telar
humano y se pudiera tejer como
una araña lo hace para que caiga
su presa; mientras Príamo sufre
asimismo por la fuerza del poder
de Aquiles, que le ha matado ya
a varios hijos y amenaza con que
Héctor no vuelva nunca más a
gozar con la paz de su casa…
El hombre, incapaz de sentir
su miseria, se doblega al dolor
y jura doblegar a los otros;
eso ocurría con Aquiles, víctima
también de Zeus que doblegó
a Príamo, su padre, y doblegará
a Héctor, como lo hizo con sus
hermanos, víctimas del santo
destino de dolor y de sangre.
Humillación tras humillación,
la fuerza por la fuerza, Agamenón
arrebató a Aquiles su amor, su
mujer, su amada y le humilló
por la fuerza como una ley
implacable, inamovible,
que hace imposible la paz
y el sosiego y las vidas en
calma, en sosiego y amor.
Pareciera una ley inmóvil
caída de los cielos:
la violencia se aferra a los
hombres, los abraza y degüella
para que sólo exista una ley:
la de la fuerza del hombre
sobre el hombre…
Helena teje y teje, como araña
que cose una mentira, espera
lo que no llegará, espera y sueña;
crea un cielo de amor, de paz
y de futuro, que le ha sido negado
por los dioses: no lo sabe y teje,
teje, teje, sin saber que Atenea
goza a su hombre, por engaños
de Aquiles; que se solaza en
una venganza eterna contra todo
que es un modo de vengar la nada.

viernes, 26 de agosto de 2016

Continuación y final de EL CUERVO, Edgar Alan Poe

esperanzas". El pájaro dijo entonces: "¡Nunca más!".
Estremeciéndome al rumor de esta respuesta lanzada con tanta oportunidad, exclamé: "Sin duda lo que ha dicho constituye todo su saber, que aprendió en casa de algún infortunado, a quien la fatalidad ha perseguido ardientemente, sin darle respiro, hasta que sus canciones no tuviesen más que un solo estribillo, hasta que el De Profundis de su esperanza hubiese adoptado este melancólico estribillo: ¡Nunca, nunca, nunca más!".
Pero como el cuervo indujera a mi alma triste a sonreír de nuevo, acerqué un asiento de mullidos cojines frente al ave, el busto y la puerta; entonces, arrellanándome sobre el terciopelo, quise encadenar las ideas buscando lo que auguraba el pájaro de los antiguos tiempos, lo que este triste, feo, siniestro, flaco y agorero pájaro de los antiguos tiempos quería hacerme comprender al repetir sus ¡Nunca más!
De esta manera, soñando, haciendo conjeturas, pero sin dirigir una nueva sílaba al pájaro, cuyos ardientes ojos me quemaban ahora hasta el fondo del corazón, trataba de adivinar eso y más todavía, mientras mi cabeza reposaba sobre el terciopelo violeta que su cabeza, la de ella, no oprimirá ya, ¡ay, nunca más!
Entonces me pareció que el aire se espesaba, perfumado por invisible incensario balanceado por serafines, cuyos pasos rozaban la alfombra de la habitación. "¡Infortunado! - exclamé -, tu dios te ha enviado por sus ángeles una tregua y un respiro, para que olvides tus tristes recuerdos de Leonora, ¡Bebe! ¡Oh!, bebe esa deliciosa bebida para que olvides tus tristes recuerdos de Leonora. ¡Bebe y olvida a la Leonora perdida!". Y el cuervo dijo: "¡Nunca más!".
"¡Profeta! - dije -, ¡ser de desdicha! ¡Pájaro o demonio, pero al fin profeta! Que hayas sido enviado por el tentador, o que la tempestad te haya hecho simplemente caer, naufragar, pero aún intrépido, sobre esta tierra desierta, en esta habitación que ha sido visitada por el Horror, dime, te lo suplico, ¿existe un bálsamo para mi terrible dolor? ¿Existe el bálsamo de Judea? ¡Di, di, te lo suplico!". Y el cuervo dijo: "¡Nunca más!".
"¡Profeta! - dije -, ¡ser de desdicha! ¡Pájaro o demonio, pero al fin profeta! Por el cielo que se extiende sobre nuestras cabezas, por ese Dios que ambos adoramos, di a esta alma llena de dolor si en el lejano paraíso podrá abrazar a una santa joven, a quien los ángeles llaman Leonora. Abrazar a una preciosa y radiante joven a quien los ángeles llaman Leonora". El cuervo dijo: "¡Nunca más!".
"¡Que esta palabra sea la señal de nuestra separación pájaro o demonio! - grité irguiéndome -. Vuelve a la tempestad, a las riberas de la Noche plutónica; no dejes aquí una sola pluma negra como recuerdo de la falsedad que tu alma ha proferido. Deja mi soledad inviolada. Abandona ese busto colocado encima de la puerta. Retira tu pico de mi corazón y precipita tu espectro lejos de mi puerta". El cuervo dijo: "¡Nunca más!".
Y el cuervo, inmutable, continúa instalado allí, sobre el pálido busto de Palas, precisamente encima de la puerta de mi habitación, y sus ojos se parecen a los ojos de un demonio que sueña; y la luz de la lámpara, cayendo sobre él, proyecta su sombra en el suelo; y mi alma, fuera del círculo de esta sombra que yace flotante sobre el suelo, no podrá volver a elevarse. ¡Nunca más!