martes, 13 de diciembre de 2016

A LA PATRIA *, Manuel Acuña

A LA PATRIA *

Ante el recuerdo bendito
de aquella noche sagrada
en que la patria alherrojada
rompió al fin su esclavitud;
ante la dulce memoria
de aquella hora y de aquel día,
yo siento que en el alma mía
canta algo como un laúd.

Yo siento que brota en flores
el huerto de mi ternura,
que tiembla entre su espesura
la estrofa de una canción;
y al sonoroso y ardiente
murmurar de cada nota,
siendo algo grande que brota
dentro de mi corazón.

¡Bendita noche de gloria
que así mi espíritu agitas,
bendita entre benditas
noche de la libertad!
Hora del triunfo en que el pueblo
vio al fin en su omnipotencia,
al sol de la independencia
rompiendo la oscuridad.

Yo te amo... y al acercarme
ante este altar de victoria
donde la patria y la historia
contemplan nuestro placer,
yo vengo a unir al tributo
que en darte el pueblo se afana
mi canto de mexicana,
mi corazón de mujer.

Composición recitada por una niña en Tacubaya de los Mártires, el 11 de septiembre de 1873.

INCRIPCIÓN EN UN CRÁNEO, Manuel Acuña

INCRIPCIÓN
EN
UN
CRÁNEO

Página en que la esfinge de la muerte
con su enigma de sombrea nos provoca:
¿Cómo poderte descifrar, si es poca
toda la luz del sol para leerte?

HISTORIA DEL PENSAMIENTO, Manuel Acuña

HISTORIA DEL PENSAMIENTO



Cuando a su nido vuela el ave pasajera
A quien amparo disteis, abrigo y amistad
Es justo que os dirija su cántiga postrera,
Antes que triste deje, vuestra natal ciudad.

Al pájaro viajero que abandonó su nido
Le disteis un abrigo, calmando su inquietud;
¡Oh! tantos beneficios, jamás daré al olvido
durable cual mi vida será mi gratitud.

En prueba de ella os dejo lo que dejaros puedo,
Mis versos, siempre tristes, pero los dejo así;
Porque pienso, a veces que entre sus letras quedo,
Porque al leerlos creo que os acordáis de mí.

Voy, pues, a referiros una sencilla historia,
Que en mi alma desolada, honda impresión dejó;
Me la contaron... ¿Dónde?... es frágil mi memoria...
Acaso el héroe de ella... o bien, la soñé yo.

Era una linda rosa, brillante enredadera,
Tan pura, tan graciosa, espléndida y gentil.
Que era el mejor adorno de la feliz pradera,
La joya más valiosa del floreciente abril.

Al pie de ella crecía un pobre pensamiento,
Pequeño, solitario, sin gracia ni color;
Pero miró a la rosa y respiró su aliento
Y concibió por ella el más profundo amor.

Mirando a su querida pasaba noche y día.
Mil veces ¡ay! le quiso su pena declarar;
Pero tan lejos siempre, tan lejos la veía,
Que devoraba a solas su pena y su pesar.

A veces le mandaba sus tímidos olores,
Pensando que llegaba hasta su amada flor;
Pero la brisa, al columpiar las flores,
Llevábase muy lejos la pena de su amor.

El pobre pensamiento mil lágrimas vertía,
Desoladoras lágrimas, de acíbar y de hiel,
Mientras la joven rosa, sin ver a otras crecía,
Y mientras más crecía, más se alejaba de él.

Llega un jazmín en tanto a la pradera bella,
También él a la rosa al punto que la vio;
Pero él fue mas dichoso, pudo llegar hasta ella,
Le declaró su pena, y al fin la rosa amó...

¿Comprenderéis ahora al pobre pensamiento,
Al ver correspondido a su feliz rival?
¿No comprendéis su horrible, su bárbaro tormento
Al verse condenado a suerte tan fatal?

Después lo transplantaron; vivió en otras praderas
Indiferiencia, olvido y hasta placer fingió:
Miraba flores lindas, brillantes y hechiceras,
Pero su amor constante y fiel compareció.

Por fin una mañana, estando muy distante,
El céfiro contóle las bodas del jazmín;
Él escuchó sonriente, y ciego y delirante,
loco placer fingiendo, creyó olvidar al fin.

Pero al siguiente día con lágrimas le vieron
las flores, e ignorando su oculto padecer,
«Tú lloras, pensamiento, tú lloras», le dijeron:
«No es nada, contestóles, es llanto de placer».

...................................................
Ved la sencilla historia que os ofrecí contaros,
acaso os entristezca pero la dejo así;
adiós, adiós, ya parto; me atrevo a suplicaros
que la leáis a solas y os acordéis de mí.

NOCTURNO, Manuel Acuña (1849-1873)

NOCTURNO

A Rosario

¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro,
decirte que te quiero con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto, y al grito en que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.

Yo quiero que tú sepas que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido de tanto no dormir;
que están mis noches negras, tan negras y sombrías,
que ya se han muerto todas las esperanzas mías,
que ya no sé ni dónde se alzaba el porvenir.

De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver,
camino mucho, mucho, y al fin de la jornada,
las formas de mi madre se pierden en la nada,
y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer.

Comprendo que tus besos jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás;
y te amo y en mis locos y ardientes desvaríos,
bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos te quiero mucho más.

A veces pienso en darte mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos y huir de esta pasión;
mas si es en vano todo y el alma no te olvida,
¿qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida,
qué quieres tú que yo haga con este corazón?

Y luego que ya estaba concluido el santuario,
tu lámpara encendida, tu velo en el altar,
el sol de la mañana detrás del campanario,
chispeando las antorchas, humeando el incensario,
y abierta allá a lo lejos la puerta del hogar...

¡Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre y amándonos los dos;
tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma, los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros mi madre como un Dios!

¡Figúrate qué hermosas las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje por una tierra así!
Y yo soñaba en eso, mi santa prometida;
y al delirar en eso con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno por ti, no más por ti.

Bien sabe Dios que ese era mi más hermoso sueño,
mi afán y mi esperanza, mi dicha y mi placer;
¡bien sabe Dios que en nada cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho en el hogar risueño
que me envolvió en sus besos cuando me vio nacer!

Esa era mi esperanza... mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo que existe entre los dos,
¡adiós por la vez última, amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,mi juventud, adiós!

CUBA: UNA REVOLUCIÓN CONVERTIDA EN CULTURA, Julio César García (La Jornada Semanal)

Cuba: una revolución convertida en cultura

¿Quién podría hoy enumerar o siquiera mencionar una sola institución, o ni siquiera eso, sino una mera actividad cultural permanente y sostenida que date de los tiempos de Fulgencio Batista, dictador cubano felizmente derrocado el 1 de enero de hace cincuenta y siete años, once meses y diez días? Visto en retrospectiva, la enorme, inabarcable cultura cubana dependía entonces de manera prácticamente exclusiva de sus propios hacedores: literatos, músicos, cantantes, artistas plásticos, teatreros, etcétera, y no de alguna institución que les diese soporte, apoyo, proyección nacional e internacional.
Garbanzos de a libra indudablemente los había en la Cuba prerrevolucionaria, y muchos de ellos son bien recordados en todo el mundo, pero es necesario insistir en que la impronta por ellos dejada en sus campos de trabajo artístico fue producto exclusivo de su talento y su esfuerzo personal. Esto último puede quizá sonar muy bien –muy “lógico”, muy “normal”– desde una perspectiva de historia de la cultura más bien acrítica que da por hecho, como si cualquier otra condición fuese impracticable, un elitismo y un exclusivismo según esto generadores únicos o preferentes de todo talento destacable. El problema de fondo no sería ese sino el hecho de que, al pensar y actuar de esa manera, se están cortando de tajo al menos un derecho y una posibilidad, cuyo garante y gestor debe ser el propio Estado: el derecho colectivo a la creación, artística en este caso, y la posibilidad de incrementar, en número y en variantes, la existencia de talentos de otro modo condenados a no nacer jamás o, acaso nacidos, al más absoluto de los anonimatos.

“Por sus obras los conoceréis”

Así dice una vieja máxima, cuyo sentido aplica perfectamente al caso de Cuba y la Revolución que, desde 1959, cambió la historia y el destino de un país hasta entonces condenado a ser poco más que un pro-veedor barato de materias primas, un enorme casino bar y, en resumen, una suerte de patio de entretenimiento para el vecino país del norte, que no veía en los cubanos sino a una especie de sirvientes de cualquier modoalegres y –creían ellos, los “patrones”– hasta agradecidos de vivir en esa condición de inferioridad sociocultural.

A la hora del regateo, es legión quien se llena la boca con los aspectos criticables del régimen revolucionariocubano, pero esa misma legión soslaya, en un curiosísimo fenómeno de amnesia voluntaria, sobre todo un par de puntos nodales: el primero, que por lo regular en sus países de origen privan condiciones similares y en ciertos casos mucho peores relativas a dichos aspectos criticables, y el segundo, que la Cuba revolucionaria abunda en logros que, dicho sea coloquialmente, ya quisiéramos muchos.
Cuando se trata de matizar o equilibrar posturas en extremo reaccionarias, engolosinadas con su propio discurso anticastrista, es ya lugar común aludir entre otros rubros a la notable medicina cubana, a su exitoso sistema deportivo y a su no menos envidiable sistema educativo (del que Luis Hernández Navarro da cuenta en estas mismas páginas), que entre otras “minucias” desterró hace mucho tiempo el analfabetismo de la Isla, de un modo que el “bondadosísimo”, “democrático” y encomiado capitalismo neoliberal no ha logrado ni parece querer lograr jamás.
Para decirlo rápido y sin darle vueltas, al régimen cubano se le critica, entre otras cosas pero sobre todo –por muchos cubanos indudablemente, pero sobre todo por gente que sólo habla de oídas y que jamás ha pisado aquel suelo ni ha hablado jamás con algún cubano de a pie–, porque en Cuba se carece de un “derecho” elevado a condición sacra en el mundo occidental: el derecho al consumo. De lo que sea: de ropa, calzado, automóviles, aparatos electrodomésticos y bienes y servicios en general, o mejor dicho simples mercancías, pues eso y ninguna otra cosa es en lo que el neoliberalismo ha convertido todo absolutamente, incluidos los votos en una elección e incluso la cultura, que si no se tiene dinero resulta virtualmente inaccesible. Los ejemplos sobran, y basta una revisión menos que somera a la realidad circundante, lo mismo en México que en cualquier otro país latinoamericano, para no ir más lejos.
Por todo lo anterior es curioso, para decirlo con suavidad, que entre los logros de la Revolución cubana suela soslayarse casi de plano el extenso y riquísimo mundo cultural de la Isla, cuyo rostro actual es, le guste a quien le guste y lo niegue quien lo niegue, el que le ha dado esa misma revolución –y esto vale incluso para los más acres críticos del sistema cubano. O quizá sucede que, como con la paradigmática carta de Edgar Allan Poe, que nadie ve precisamente porque la tiene todo el tiempo frente a los ojos, la cultura cubana pareciera existir per se y sin asideros, sin apoyo institucional y sin una estructura que le brinde soporte. Nada más lejos de la realidad, pues entre las primeras decisiones de Estado tomadas en Cuba en aquel ya lejano final de la década de los años cincuenta y principios de los sesenta, destacan las que tuvieron que ver con la creación de un sistema cultural en toda regla, muchas de cuyas instituciones fueron pioneras en sus respectivas ramas en el ámbito latinoamericano, y hasta la fecha siguen vigentes. Algunas de ellas son launeac, Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, que data de 1961; el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (icaic), fundado en 1959, la Escuela Inter-nacional de Cine y Televisión (eictv), creada a mediados de los ochenta a partir de una idea de Gabriel García Márquez y que forma parte de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, a su vez responsable del festival cinematográfico que año con año se celebra en La Habana, y la más conocida y auténtica joya de las instituciones culturales cubanas, la Casa de las Américas.

Una Casa para la cultura de este lado del mundo

No habían transcurrido siquiera cuatro meses desde que, como dice la letra de una célebre canción cubana, “los barbudos junto a Fidel” entraran triunfalmente en la ciudad de Santiago, cuando un decreto de ley publicado el 28 de abril de aquel mismo año de 1959 determinó la creación de la Casa de las Américas, concebida desde el principio para fomentar no sólo la producción cultural dentro de la Isla, sino para trabajar en la integración sociocultural con el Caribe, América Latina y el resto del mundo.Inaugurada el 4 de julio de ese mismo año, correspondió a la guerrillera y política Haydée Santamaría Cuadrado, mejor conocida como Yeyé, fungir como la primera directora de la Casa, cargo en el que se mantuvo desde entonces y hasta su muerte, ocurrida en 1980. Después de ella, han ocupado el puesto el pintor Mariano Rodríguez Álvarez, entre 1980 y 1986, y el bien conocido poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar desde este último año hasta la fecha.
Indudablemente, la Casa es conocida sobre todo por el premio literario que otorga, cuya primera entrega se verificó en 1960, es decir, apenas un año después de haber sido fundada la institución. Inicialmente llamado Concurso Literario Hispanoamericano, más adelante y para incluir a Brasil cambió a Latinoamericano, y desde 1965 lleva su nombre actual, Premio Literario Casa de las Américas. La lista de autores vinculados al Premio, ya sea en calidad de jurados o de ganadores, es demasiado extensa; baste anotar aquí los nombres de los cubanos Nicolás Guillén, José Lezama Lima y Alejo Carpentier, el salvadoreño Roque Dalton, el argentino Juan Gelman, el chileno Antonio Skármeta, el mexicano Juan Bañuelos, la uruguaya Idea Vilariño, el brasileño Rubem Fonseca y el colombiano Juan Manuel Roca.
Equivalente a lo que en otros países es un ministerio o una secretaría de Estado, La Casa de las Américas abarca en sus departamentos las principales ramas de actividad cultural. Además de su célebre revista homónima, cuya aparición desde hace sesenta y seis años la convierte en la publicación cultural más longeva de esta región del mundo, entre otras áreas de actividad está el Departamento de Teatro, creado en 1964, si bien desde 1961 la Casa organizó el Primer Festival de Teatro Latinoamericano, después convertido en festival internacional, que dio pie a los bienales Encuentros Internacionales de Teatristas. Asi-mismo, el Departamento edita Conjunto, una de las revistas especializadas más añejas del continente.
Con más de doscientos mil volúmenes impresos en su acervo, entre libros y publicaciones periódicas,además de discos compactos, videos, microfichas, microfilmes y diapositivas, la Biblioteca José Antonio Echeverría, creada dos meses después que la propia Casa, es considerada la más completa del mundo en materia de literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo xx.
Por su parte, el Centro de Investigaciones Literarias, fundado en 1967, es el encargado de gestionar el Premio de la Casa, además de generar y divulgar estudios relativos a la literatura de toda América Latina, impartir cursos de postgrado, organizar ciclos de conferencias y coloquios, elaborar recopilaciones,antologías y otras ediciones, asesorar a la revista de la Casa y al fondo editorial de la misma, así como coeditar, con la uneac, la revista Criterios, dedicada a la teoría de la cultura.
Fundada el 1965, la Dirección de Música es quizá una de las áreas con mayor actividad, debido a la bien conocida riqueza cubana en este arte. Conciertos, talleres, conferencias y otras actividades como la investigación y la difusión, se suman a la entrega del Premio de Musicología, el Coloquio Internacional de Musicología, el Premio de Composición, el Taller Latinoamericano de Composición y una colección editorial especializada, entre la que destaca la publicación trimestral Boletín Música.
El Departamento de Artes Plásticas, creado apenas dos años después que la propia Casa, posee un acervo superior a las 10 mil obras procedentes de Cuba y el resto de Latinoamérica y el mundo; además, entre otras actividades organiza certámenes y brinda espacios de debate en la materia, cura exposiciones, documenta y sistematiza información alusiva y edita la revista digital Arteamérica.
Con casi tres décadas de actividad, desde mediados de los años setenta del siglo pasado, el Centro de Estudios del Caribe (cec) de la Casa es pionero en su materia, así como en otorgar un premio literario a la literatura de esta región geográfica y cultural. Es bien conocida su publicación, Anales del Caribe, que incluye textos en lenguas originales, así como los seminarios de cultura afroamericana que tuvieron lugar de 1993 a 1998, los coloquios sobre el Caribe Continental, el Encuentro Internacional Mitos en´ el Caribe y el coloquio internacional de Diversidad Cultural en el Caribe. Asimismo, hace veintidós años fue establecido el Programa de Estudios de la Mujer, con el propósito de abordar la historia y la cultura de las mujeres del Caribe y América Latina en los últimos cinco siglos y lo que va del actual 

Julio César García (México, 1968) estudió Lengua y Literatura Hispánicas; narrador y ensayista, ha publicado, entre otros, “Después del boom: nuevos narradores de América Latina” y “Onelio Jorge Cardoso: un cubano clásico casi clandestino”.

ELLAS TIENEN LA PALABRA: NUEVAS NARRADORAS Y ENSAYISTAS MEXICANAS, Eve Gil (La Jornada Semanal)

Ellas tienen la palabra: nuevas narradoras y ensayistas mexicanas

De promesas y otras novedades
En nuestro medio las escritoras son, casi siempre, hallazgos tardíos que llevan toda una vida puliendo su escritura. Los resultados de la más reciente promoción de becarios del Sistema Nacional de Creadores reflejan su virtual ausencia de la literatura mexicana de principios del siglo xxi: 81.4 por ciento de los beneficiados son varones y sólo 18.6, mujeres. En la categoría de Ensayo figura una sola mujer: Tedi López Mills, contra seis hombres. Y una vez más circula en las redes sociales la peregrina conjetura de que el género ensayístico es “masculino” por excelencia, y se mencionan repetitivamente a dos cultoras del mismo: Valeria Luiselli y Vivian Abenshushan, como las únicas. Entre los ganadores de los premios convocados para autores menores de treinta y cinco años por la revista Tierra Adentro, nos topamos con que el José Vasconcelos 2015 de ensayo –cuyo jurado encabezó la mencionada Luiselli– lo obtuvo una crítica de arte de treinta y cuatro años llamada Yunuen Díaz, con un ensayo sobre fotografía, con un enfoque socio-antropológico muy a cuento con el relevante espacio que ocupa el retrato en la cotidianidad postmoderna. Yunuen es tan buena en lo que hace como Luiselli… pero Yunuen no es hija de un exembajador, ni cónyuge de un escritor afamado, elementos extracurriculares que tanto contribuyen a bordar leyendas…eso sí: no se atreva nadie a sugerir que ella es superior a su brillante esposo.
Notables ensayistas de nuevo cuño, en una época en que el ensayo tiene más exponentes del sexo femenino que nunca: las también narradoras Mayra Luna, Magali Velasco Vargas, Liliana Pedroza y Gabriela Damián Miravate; la también poeta Mónica Nepote y las exclusivamente ensayistas –o que se han dado a conocer con este género– Iliana Olmedo, Karla Montalvo, Brenda Ríos y la muy lúdica, influenciada por Enrique Vila Matas, Karla Olvera Villegas, ganadora asimismo del José Vasconcelos en 2011; Cristina Ri-vera Garza ha incursionado en el ensayo con igual –o mayor– fortuna que en la narrativa; María Eugenia Merino recién ha publicado una mixtura entrañable de memoria y ensayo, Carson y yo en Nueva York (uam, Unidad Xochimilco, colección Gato Encerrado, México, 2015), donde, estupefacta tras el desastre del 09/11, inicia untête a tête con el fantasma y los libros de la gran Carson McCullers. Por no hablar de autoras de generaciones anteriores, cuya mención debiera ser obvia y no lo es: Margo Glantz, Angelina Muñiz Huberman, Fabienne Bradu, o la filósofa de la bioética, Juliana González Valenzuela.
Hablemos de narradoras, algo en lo que pensé mucho cuando apareció la selección oficialista de los mejores escritores mexicanos menores de cuarenta años, Palabras mayores (Malpaso Ediciones, 2015), realizada por Juan Villoro, Guadalupe Nettel y Cristina Rivera Garza, con manifiesta intención de equidad de género. Mientras apenas puse reparo a los varones elegidos, encontré muy cuestionables a las mujeres, entre las cuales sólo rescaté a (otra vez) Valeria Luiselli, Ximena Sánchez Echenique, Nadia Villafuerte y Fernanda Melchor. Las demás, o carecían de trayectoria, o de un talento excepcional que justificara la distinción. Pensé entonces en Liliana v. Blum, cuya ausencia objeté también en una antología previa a ésta,Grandes Hits Vol. i, de escritores nacidos en los años setenta, compilada por Tryno Maldonado (Almadía, 2008), pese a efectuarse bajo un enfoque mucho más democrático, abarcando juicio y voto de muy diversos especialistas literarios, entre los que me cuento. Liliana, parodiando un poco a los organizadores de la fil de Guadalajara que cada año designan a los veinticinco secretos mejor guardados de América Latina, era “de los secretos mejor guardados de la literatura mexicana”, hasta que Tusquets publicó su inquietante novelaPandora (2015), que aborda la práctica del feederism (pasión por alimentar y engordar a una persona obesa), a través de la relación romántico-fetichista entre un apuesto ginecólogo –con esposa anoréxica–, y una joven obesa, la Pandora que se impregna de las plagas del mundo contemporáneo. Igual eché de menos a Gisela Leal, la más joven autora publicada por Alfaguara. A los veinticuatro años, en 2012, debutó con una novela de sórdido contenido pero magníficamente desarrollada, El club de los abandonados, y casi en seguida superó la hazaña con El maravilloso y trágico arte de morir de amor (Alfaguara, 2015), de lúdico espíritu que me atrevo a equiparar con la Rayuela, de Cortázar.
Ausencias notorias en Palabras mayores, las de Gabriela Jaurégui y Orfa Alarcón, nacidas ambas en 1979. Jaurégui publicó un extraño y sublime primer libro de relatos, La memoria de las cosas (Sexto Piso, México, 2015), en que, inspirada en el exquisito poeta francés Francis Ponge y en la tradición renacentista, dota de “libre albedrío” (palabras) a los objetos y a los animales, mientras que en su novela Perra brava (Planeta, 2010), Alarcón desbarata el entronizado mundo del narco al hacer irrumpir una visión femenina; la de la novia del traficante. Otras, que igualan o superan, tanto en talento como en trayectoria, a las apuestas de la multicitada antología, son Judith Castañeda e Iris García Cuevas. Ambas tienen en común, además de ser poblanas por adopción y ostentar una escritura pulcra y estilizada, una visión hipercrítica de la sociedad. La primera enfatiza bretes socioculturales como el racismo (contra indígenas o negros) y la discriminación en general; la segunda, asuntos directa o indirectamente relacionados con la violencia de género. Conservando dicho enfoque, García Cuevas ha bregado satisfactoriamente en la novela negra con 36 toneladas (Ediciones b, 2011). Consideremos también a las sonorenses Cristina Rascón y Claudia Reina. Rascón ha pasado parte de su vida fuera de México, particularmente en Japón y en Austria, y sus relatos son resultado de una percepción dilatada, casi extranjera de la frontera norte de México. Reina publicó una muy beckettiana novela, La visita del señor Morhl (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012). Si bien ha ganado diversos premios nacionales de novela y cuento, se mantiene muy activa pero apartada de la arena cultural. Aunque llegó a destiempo para ser considerada para Palabras mayores, la poblana Aura Xilonen empezó a escribir una muy madura novela, Campeón gabacho a los dieciséis años, misma con la que obtuvo el iPremio Mauricio Achar 2015, concedido por Penguin Random House, a los diecinueve. Estudiante de cine, piensa dirigir ella misma la adaptación cinematográfica de su obra.

De mayores, autogestivas, exiliadas y otras periferias
Las hay que, superados los cuarenta, igual son dignas de figurar en un recuento de gran literatura mexicana contemporánea. Empiezo por Patricia Laurent Kullick (Tamaulipas, 1962), quien pertenece a la misma generación de reconocidas autoras como Rivera Garza, Ana García Bergua, Rosa Beltrán y Ana Clavel. Hubo un momento en que temí que, como Juan Rulfo o Josefina Vicens, Laurent Kullick pasara a la posteridad como autora de una sola joya literaria, El camino de Santiago (publicada en 1999 por editorial Era y reeditada en 2015 por Tusquets), dado el profundo silencio que pareció engullirla durante dieciséis años… hasta que retornó con otra impecable novela breve, La giganta (Tusquets, 2015) que refrenda su sitio de honor en las letras mexicanas. La giganta cuestiona la imagen materna, tan tierna como brutal; tan acechante como anhelada. Lo curioso es descubrir que todo este tiempo, Laurent Kullick estuvo escribiendo y publicando en Monterrey, donde radica desde hace varios años. La novela en cuestión se titula El circo de la soledad (Ediciones Intempestivas, 2002) y tiene inédita una más, La jugadora. Otra autora de esta generación que no ha dado tanto de qué hablar como ameritaría, es Adriana González Mateos (Ciudad de México, 1964) quien debutó como novelista con una tórrida y angustiosa novela sobre una relación entre tío y sobrina, El lenguaje de las orquídeas (Tusquets, 2007) y retorna, casi diez años después, con otra asimismo apasionante pero radicalmente distinta, Otra máscara de Esperanza (Océano, Hotel de las Letras, 2015), intriga política, en contexto histórico sobre la “hermana incómoda” del expresidente Adolfo López Mateos, Esperanza, escritora y periodista subversiva de quien, se sospecha, se parapetaba tras el pseudónimo de b. Traven. Al igual que Laurent Kullick, González Mateos no dejó de escribir a través de estos años, y eso nos lleva a cuestionar el modus operandi de las editoriales; cómo es posible, por ejemplo, que la antes citada Gabriela Damián Miravate no haya logrado publicar una compilación de sus extraordinarios relatos de ciencia ficción, parcialmente publicados en inglés y diseminados en antologías diversas. Invoco también la narrativa intimista con espíritu de novela negra de Norma Lazo; la desgarradora emotividad sin sentimentalismo de Socorro Venegas; la superlativa irreverencia que enmascara una denuncia de Beatriz Meyer; la encendida elegancia de Martha Batiz; la subversiva sensualidad de Rose Mary Espinoza; la impúdica, desparpajada ternura de Odette Alonso; la nostalgia herida de Vanessa Garnica, la preeminencia de los gólems sobre los zombis de Gabriela Fonseca y la poética del costumbrismo citadino de Angélica Santa Olaya.
Autoras que han tenido que recurrir a financiar sus propias publicaciones o publicar en el extranjero, como Rosina Conde y Francesca Gargallo. La obra de Rosina, asimismo asombrosa cantante de blues, aparece en alrededor de cuarenta antologías en diversas lenguas, incluida Se habla español, Voces latinas en usa, compilación de Edmundo Paz Soldán y Alberto Fuguet (Alfaguara, 2000). Ha optado, sin embargo, por editar y distribuir ella misma sus libros (desliz ediciones, en minúsculas), que han tenido gran impacto entre los lectores y, muy especialmente, en el medio académico. Existen múltiples tesis de maestría y doctorado sobre su obra, especialmente de la novela de culto La Genara, en inglés, francés, italiano y rumano. Nadie hasta la fecha la ha reconocido como precursora de la llamada “literatura de la frontera norte”; Eduardo Antonio Parra ni siquiera la considera en otra cuestionable antología: Norte. Francesca Gargallo –siciliana de nacimiento, mexicana por convicción, se hizo escritora escribiendo en español–, también teórica del feminismo, publicó sus primeros cinco títulos en editorial Era. El último que publicó en México, catorce años después de una intensa aventura ecologista, Marcha seca (Era, 1999), fue Al paso de los días (Terracota,2013), hasta donde sé, la única novela mexicana que parte de un desastre aéreo y culmina en un complot político internacional. Recientemente publicó en Colombia una espléndida novela titulada Los extraños de la planta baja (Ediciones Desde Abajo, Bogotá, 2015), de tintes autobiográficos, sobre una escritora italiana –e idealista– que habita una comuna en México. En este mismo grupo puedo incluir a la autora española nacionalizada mexicana Marisa De Santos, quien ha publicado su producción en editoriales independientes, incluida una espléndida, meticulosa y muy psicológica novela histórica titulada El canto de la serpiente(Sediento Ediciones, México, 2014), ambientada durante la Guerra civil española, en la que invirtió cerca de veinte años de escritura e investigación. La arriba citada Beatriz Meyer está por publicar en España una novela de connotaciones fantásticas titulada Meridiana (El tapiz del unicornio, Madrid, 2016); Martha Bátiz publicó una extraordinaria novela operísticaBoca de lobo, en la editorial dominicana León Jiménes, en 2008, y un libro de cuentos, Detránsito, en la puertorriqueña Terranova (2014); La ensayista Iliana Olmedopublicó su ensayo Itinerarios de un exilio: La obra narrativa de Luisa Carnés (Renacimiento, ColecciónBiblioteca del exilio, 2014), en Barcelona; en cuanto a la sonorense María Antonieta Mendívil, si bien publicó su más reciente novela, A ras de vuelo, en Tusquets (2012), su hermosa primera novela, Duelo de noche(2006) vio la luz en editorial Almuzarah de España. Alejandra Maldonado, que no figura tampoco en la multicitada antología pero sí en Greatest Hits, recién ha presentado una vertiginosa narración con dos protagonistas, una yonki tardía y el mágico polvo que permite tolerar fiestas extremas en duración y voltaje, de humor tan negro como el color de sus páginas, Mis noches salvajes, en Svarti, diminuta editorial artesanal mexicana.
Existe también el prejuicio contra quienes escriben novela histórica, en su gran mayoría, mujeres. De las pocas que han salido bien libradas de esta empresa, en cuestión de crítica, ha sido Rosa Beltrán, autora, entre otras, de La corte de los ilusos y El cuerpo expuesto, con Charles Darwin como referente. Francesca Gargallo escribió una de las grandes novelas históricas mexicanas de finales del siglo xx, junto con Noticias del imperio, de Fernando del Paso, El seductor de la patria, de Enrique Serna y La corte de los ilusos: La decisión del capitán (Era, 1997), una historia de odio apasionado entre don Miguel Caldera, el huachichila fundador de la capital de San Luis Potosí, y la sensual tratante de esclavos Constanza de Andrada. Tras su publicación, Juan Villoro ubicó a su autora en un sitio honorífico junto con Carmen Boullosa y Beltrán, pero ni remotamente acaparó tanta atención como las otras citadas. En general, la novela histórica (o ficción histórica), como la ciencia ficción, la fantasía y la ya casi “reivindicada” novela negra (gracias a autores varones, aunque mujeres como María Elvira Bermúdez, Ana María Maqueo y Myriam Laurini la hayan cultivado mucho antes), son géneros abiertamente menospreciados por la crítica oficial, lo que no ha impedido el surgimiento de excelentes autoras como Beatriz Rivas, quien espía con travesura la intimidad de personajes como Hannah Arendt, Napoleón, Voltaire o Robert Capa; María Elena Sarmiento, intérprete de mujeres clave de la historia universal como Jantipa, desdeñada esposa de Sócrates, o la psicoanalista Lou Andreas Salome, única amada por Nietzsche y musa de Rilke… o Celia del Palacio, reivindicadora literaria de mujeres que participaron en el movimiento independentista de México.
La crítica literaria: entre ignorar y no cambiar
¿qué se debe que la gran mayoría de las autoras mencionadas hayan sido desatendidas –cuando no deliberadamente ignoradas– por una crítica que se presume omnipotente, pero raras veces mira más allá de Ciudad de México… de su colonia, de su calle… de sus vecinos? No es que la crítica oficial mexicana sea exigente: es visceral, elitista, autoritaria, rencorosa, nepotista, racista…en una palabra: discriminadora. Se saca los ojos y se revienta los tímpanos, de ser necesario. Hace futurismos para no responsabilizarse del presente. Por supuesto, también es misógina… y es la misma que decide quiénes ingresan al snca. En el mejor de los casos, considera sólo a las mujeres que se han plegado a parámetros preestablecidos por ese criterio arbitrario que, si pudiera, reprimiría todo conato de imaginación y excentricidad que no tenga origen en sus filas 

Eve Gil: Hermosillo, Sonora, 1968. Narradora, ensayista y periodista cultural. Es autora, entre muchos otros títulos, deHombres necios y Sueños de Lot.