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martes, 31 de julio de 2012

TEMPLANDO


Estar metido en el futuro, tercamente;
con la mirada puesta en lo que viene
puesto a mirar atrás para ser sal
y sólo de ese modo respirar...

Respirar, respirar, profundamente
con la mente en blanco, respirar;
pero nunca jamás mirar la huella
de lo que dejó, atrás, muy atrás...

La terquedad como una hondura en pecho
para curar pasajes prohibidos; nunca más
retornar a aquél pasado, prometerse que
nunca volverá...

T E M P L A N D O


EL PÁJARO AZULEJO


EL PÁJARO AZULEJO
De niño conozco el poder del pájaro azulejo
Hubo uno
que se paraba en la ventana de mi casa
que daba el río
miraba como general de película soviética
Yo amasaba tierra amarilla
hacía balas
para matar al azulejo
Tenía que comerle el corazón
para que anita fagúndez
me quisiera
Hasta que un día
el coño pájaro
quedó atrapado
entre la tela de alambre y las hojas de la ventana
el niño que era
no lo mató
y anita fagúndez
nunca me quiso
como yo quería que me quisiera.
ALBERTO PERÉZ -nativo de El Samán - del Estado Apure -Venezuela, poeta , editor y comentarista literario. de su libro  Un Poeta como Yo.

SUEÑOS DEL NIÑO


SUEÑOS DEL NIÑO
el pájaro  azulejo
y anita fagúndez
no podían morir
se pasaron la infancia del poeta
entre el río y la noche
rimándole los versos
Esos , que la Vida le dejó al desamparo
cuando el niño creía
que el amasijo de selva y río
que llevaba dentro
se desvanecería
en un huerto de frutos
 suficiente, para alimentar a Anita fagúndez
y hacerle crecer en el vientre
pájaros azulejos
que aniden el  paraíso apureño
donde la amaría hasta envejecer.

MARISA ARAGÓN WILLNER

CARTA A UNA DESCONOCIDA


Querida amiga:
Te saludo sin siquiera haberte conocido pero con la certeza de que cuando nos conozcamos la habremos de pasar más que bien. Casi estoy seguro que tú ardes, asimismo como yo, en deseos por hacer tangible lo intangible: conocernos. 
Puedo asegurarte que, desde siempre, he tenido este deseo por razones desconocidas, de tenerte a mi lado. Acaso ello no suceda nunca; pero debo decirte que el sólo deseo de imaginarte me mantiene despierto y en ascuas. Eres mi utopía. Mi sueño no cumplido. Mi lontananza eterna; pero no importa, sigue en pie mi deseo de conocerte algún día.
Atentamente,
Tu desconocido admirador y eterno espera. 

lunes, 30 de julio de 2012

HISTORIA DE LA PINTURA

PRESINTIÉNDONOS, de Ronald Bonilla


Despacio, has de venir con el viento
en la noche de labios presentidos,
cuando el vino burle el canto transparente
de tu copa y la mía;
y sean una sola carta que el destino lanza,
mi mano buscándote
bajo la mesa indiscreta y tu escote
seguro del estallido letal
de tus pezones ocultos.

Despacio,
silente aunque el bullicio salte,
has de venir en la mirada,
ávida, huyendo del pasado
donde sólo fuiste sombra, sólo orilla,
ahora que tus ojos caben en mis besos,
cabrán - digo y repito -
y sigo tus señales, tus pasos de incendio,
y tus caderas disputan
el mismo espacio entre la tela
festiva del encuentro.

Despacio, corazón, que hay tanta prisa,
ya ceden los botones de la ausencia,
ya extiende su ansiada partitura nuestro abrazo.
Hagamos caso al tiempo
en la otra piel que nos transpira y ama.


De A INSTANCIAS DE TU PIEL
Editora Géminis y universidad Tecnológica de Panamá, (2002)

domingo, 29 de julio de 2012

PESSOA

P A C Í F I C A

PACÍFICA


En la penumbra del amanecer
te imploro;
te añoro con la complacencia de mis ansias,
con el dolor de no tenerte aquí;
y quiero doblegarme a mis impulsos
y te recuerdo plena,
con luz entorno tuyo
rodeada de pájaros y mariposas.

Creo en lo que veo,
considero lo que me da muestras
de existencia
y tiemblo.

Quiero tener a puño
en la garganta
la sensación de paz
si logro amarte;
estacionado estoy
en tus garras
y no deseo volar
ni predicar maldades
sólo tenerte a puños
en mis ojos.

Mujer,
mujer divina,
ven a mí:
dame paz,
desventurada;
dame la paz que no logras
para ti.
Bendíceme con tus ojos.
Ámame con tus manos dulces,
entretenme con tu cuerpo:



quiero amarte por siempre,
enamorada del amor;
loca de celos por la paz
de este mundo
y de los sepulcros
venideros.

Vaivén, abril de 1998, No. 35 Colección Cuadernos de Malinalco, IMC.


ANOCHE NO DORMÍ *

*De mi libro "Vaivén"


Para conseguir vibrar: competir con el futuro: tortuga los malos recuerdos; victoria de la necesidad sobre el tormento: atardeceres con lluvia; placidez en las montañas: solares de la infancia con un nido de águilas en los atardeceres cotidianos. Todo tiene el sabor de la nata con el dulce olor del pan de los amaneceres. Los verdaderos goces estàn detrás de la puerta y solemos cerrar por fuera como si desmereciera, para nosotros, el postre de soñar despierto desde la mañana y hasta el mediodía. Ya con la tarde, una vez descubierto que somos marineros, zarpamos sin sentido para aprender del viento en la cara; creemos eterna la navegación y... anochece: todavía guarda suaves fragancias la luna para un loco enamorado del insomnio. Estamos asoleados de recuerdos cuando llega la noche. No podemos dormir pues bailan los fantasmas y se mezclan, a brincos, con jarrones, y floreros del presente, con barcos y sílfides del futuro, con tristes empachos de lo que nunca, jamás, ni por asomo, habrá de tropezarnos y envolvernos. Estamos asoleados de recuerdos, se nos levantan a golpes de olvido las miradas de ayer: una niña abismal hace suyo el paisaje, saltan tras ella sus promesas de mañana, ella no lo sabe, muerde una manzana; ya es mañana, no existe la inocencia, la ignorancia se fue con el sol; la noche es plena en un paisaje nuevo, la oscuridad nos pertenece a todos; pero esa noche, por lo menos, esa noche, una mujer enseñó al mundo que el paisaje puede ser eterno. Vamos a ser eternos cualquier rato, lástima que el viento haya acabado desde hace un momento en que me volví recuerdo de mí mismo; línea a línea, verso a verso, silencio a silencio, recuerdo es silencio.


AMORES LLANTOS Y QUEBRANTOS: SONETO LXVI ( PALABRAS DE AMOR )

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sábado, 28 de julio de 2012

TACTO ERES, de Tato Ospina


"TACTO ERES" Tacto eres mujer en mis labios...
Rafael Ospina27 de Julio de 2012 10:50
"TACTO ERES"


Tacto eres mujer
en mis labios siento tu cuerpo de arena
pentagrama melodía eterno amanecer
dispersión de tu aliento que mi pecho pesa.

Divago por el amazonas que aflora tu belleza
selva encantada donde mi dicha se posa
luz del ensueño ceñida a mis venas
plácida sensación que arrulla y devora.

¡Oh! vastedad que lo inunda todo
mariposa de agua en mi garganta
regálame de siesta la desnudez de tu sombra
dájame reeditar la fuerza de tu alma.

Tacto eres mujer en la palabra
en la carne viva que arde en mi verbo
¡carretera! ¡Huella! ¡horizonte! ¡caminata!
voluptuosa centella que abraza mi verso.

De los pliegues de tus senos soberanos
se abastecen los deseos sedientos de mi cuerpo
jardín de amor y placer donde me ufano
fuente inagotable de vida en mi desierto.

Tacto eres mujer...
archivo del sentimiento activo resplandeciente
viajera del instante que ¡ama! ¡azota! ¡muerde! ¡enloquece!
salvaje apogeo cual dardo fijo y placentero

Dáctil a mis manos sintiendo la imagen de tu rostro
la eternidad de tu mirada incendia mi pupila
disfruto el universo de tu recuerdo en reposo
magna sensación fantasía idílica que fascina.

Tacto eres amor mío...
en el temblor silente de mis manos
modular desnudo de luz sobre mi cuerpo amado
¡ficción! ¡sueño! ¡realidad! ¡ilusión!
¡qué importa si aún estás a mi lado!


Tato Ospina

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FUERA DE JUEGO, de Heberto Padilla


La canción de la torre Spáskaya (Sobre Fuera de juego, de Heberto Padilla)


 




“En los bosques de Rusia/ yo he visto un abedul/ Un abedul de hierro/
un abedul que lanza como los electrones/ su nudo de energía y movimiento/
Y cuando cae la lluvia de sus ramas/ el bosque se estremece/ con un ruido/
más lánguido/ y más lento/ que los yambos de Pushkin”
Heberto Padilla. Fuera de juego (La Habana, 1968)
Lo que puede haber de extraordinario en una obra, es su posibilidad de hacer verificable ese laxo punto de encuentro, donde lo accidental y efímero de una vida llega a tener ocasión de expresar una esencia, que insertando la vida del creador en la continuidad del devenir, termine inscribiéndola para siempre en los anales. Aunque en esos anales ya no estarán contenidas las existencias finitas de los artistas, sino lo que la propia creación pudo aportar a la configuración universal del sentido, a la gracia de lo contiguo. Debido a que lo personal intuido, no sólo se ha trasladado a una forma mucho más amplia que conocemos como sensibilidad colectiva, sino que ha quedado engarzado en ese maravilloso engranaje que es un orden cultural. Ya que en esa obra, donde se translucía el apartamiento al que el artista en vida pudo estar destinado, quedaban abiertas las puertas para una comunión fundamental. Porque la historia no es el simple registro del acontecer, es el orden y la coherencia que un grupo humano -un pueblo- se entrega a sí mismo. Hay así un lugar único donde historia y existencia se entrelazan, hay un lugar único donde la historia encuentra en la existencia su mejor y más humano sentido. Quién podría saber si la historia no fue en principio la intuición de un artista antes de convertirse en lo que curiosamente también es, la forma más acabada que reviste un gran imaginario colectivo.
La relación con la historia, siempre compleja y variada, nos remite al significado más global de la condición humana. Significamos insertos en el contexto de lo histórico, pues el hombre por medio del arte, o de toda forma de expresión o conocimiento, enfrenta en la historia el hecho de saberse constituido como sujeto de la enunciación. Por tanto, si lo factual histórico nos corroe desde abajo condicionando nuestra humanidad, arrebatando y enajenando porciones enteras de ella, a la vez nos introduce en el campo abierto de un sistema general de relaciones, sobre las que descansa la función cultural de la especie. Pues lo que sin dudas aporta a la historia la significación cultural, no sólo se localiza en el lado irreductible de la condición humana, sino que ese forcejeo con la historia, el cual adquiere en nuestro tiempo una notación muy particular, asume la dimensión de un valor universal que llega a replantear la situación del hombre. Ya que si es desde el horizonte de una tradición histórica en específico donde la noción del valor alcanza pleno sentido, sentido que solamente llega a realizarse si alcanza el nivel real de una expresión, es en la cultura desde donde único le es posible operar a la noción del valor. Por ello, digámoslo también de esta manera: la naturaleza humana, desplegada en el hacer histórico, es capaz de encontrar en su constante lucha contra la enajenación no sólo una razón más para significar, sino, incluso, para reificar -hacer concretos- los valores. Y no creo que puedan ventilarse con mayor fortuna las conspicuas relaciones a las que asisten el hombre y la historia que desde la perspectiva de los poemas. Es la poesía la forma de expresión donde lo humano logra su alocución más íntima, por ello más fidedigna y duradera, acaso más cercana al significado y al valor de la existencia.
Traer a colación estos temas a la hora de retomar Fuera de juego, el célebre poemario de un autor cubano, Heberto Padilla (Cuba, 1932. Estados Unidos, 2000), me sumerge no sólo en la pregunta por el valor, sino por el significado de la poesía, y en una reflexión ante la naturaleza de lo histórico. El affaire Padilla, tal como se conociera en la prensa mundial en los años 70’ del pasado siglo y entre los conventículos intelectuales de Occidente, se podría resumir en las siguientes instancias: un premio nacional de poesía que el poeta recibiera en La Habana en 1968 por su poemario Fuera de juego, y su posterior detención política en 1971. Existe además una instancia histórica que fue el substrato de aquellos lejanos hechos: la Revolución cubana de 1959, y el cambio radical de su política hacia los artistas e intelectuales que el affaire Padilla, como la punta visible del iceberg, parecía poner en evidencia: En Cuba la libertad de expresión, al menos desde los parámetros de cómo ésta es entendida en Occidente, había sido violada. Situación que una vez creada estableciera un hito en la historiografía contemporánea, obligando a la izquierda mundial a pronunciarse, ya que para muchos fue el comienzo de un replanteamiento del significado que poseía el único país socialista del hemisferio occidental. Porque el affaire Padilla fue, esencialmente, un affaire político. Por lo que, digámoslo así subrayando el hecho: el fenómeno Padilla fue la exaltación política de un poeta, no la exaltación de una poesía, frente a los desmanes cometidos en el territorio de la política. Y como todo uso político fue utilizado hasta el desgaire por una amplia red de intereses, que nunca tuvieron suficientemente en cuenta lo que en realidad había querido decir el poeta en su momento histórico.
El poeta, todo poeta, es el ser más lastimoso de la tierra, ya que, ubicado en el contexto de un conglomerado humano, padece el contradictorio destino de ser el sujeto primordial de una enunciación condicionada por la polisemia del sentido, por la subordinación de los significados a la bella expresión. Y es que hay algo esencialmente inaudible en toda alocución poética. Pues en su fundamento más íntimo el artista sólo puede decir aquello que de ser dicho de otro modo carecería de valor, como si la función poética tuviera que arrasar con el valor convencional de las palabras, para convertirlas en las imágenes inocentes de la sensibilidad. Por ello, las preguntas sobre si el poeta que sin dudas fue Padilla se aproximó o no a ese lado originario de la expresión, o si en realidad su destino fue decididamente más político que poético, vuelven a colocar a Fuera de juego en el centro de un viejo debate: ¿Es o no este poemario un objeto estético? O mejor aún, ¿puede el pensamiento estético llegar a decir algo definitivo sobre él? Y todavía podría intentarse una nueva interrogante: ¿Es completamente separable en Fuera de juego, el hecho estético de las circunstancias políticas -por no decir históricas- que connotaron el hecho?
En el inventario general de los poetas que terciaron su razón de ser en diálogo abierto con la historia, difícilmente se pudiera encontrar un verso tan nítido, y a la vez tan conjetural, como el que encabeza el poemario, que por un lado, es capaz de expresar el sentimiento encontrado del individuo ante el despliegue formidable de una historia que lo arrastra inmisericorde, y, por el otro, conservar su belleza de verso inaugural mientras dice como si nos contara una fábula: “A aquel hombre le pidieron su tiempo/ para que lo juntara al tiempo de la Historia…” Perceptiblemente, no nos encontramos en presencia de un verso que acto seguido nos lleve de la mano a las tierras privativas del deseo y la imaginación. Ya no son en realidad esas consabidas visiones las que repujan la razón de ser de Fuera de juego, puesto que lo que aparece como motivo de la reflexión poética, es ese tiempo absoluto que le exige al individuo que entregue su vida al tiempo de la historia, entendida como la equívoca argamasa con que los hombres construyen su vocación secular. De esta manera, la historia en la que el artista nos inicia es otra, aparece constreñida a instancias más precisas, transpuesta en meditaciones agudamente temporales que terminan por convertirse en aceda dubitación. Decididamente, es lo factual histórico lo que surge ante el lector mediante el gesto -porque esencialmente fue eso, un gesto- desvelador de Padilla, que ha hecho de ese simple ademán la prueba heideggeriana de su verdad. Pero no hay en ello privilegio alguno, y, patentemente, no hay tampoco invitación a nupcias con semejante verdad, ya que la verdad a la que el poeta nos aproxima es terrible. Mas sigamos escuchado: (A aquel hombre) “…le pidieron los ojos/ que alguna vez tuvieron lágrimas/ para que contemplara el lado claro/ (especialmente el lado claro de la vida) (…) Le pidieron sus labios/ resecos y cuarteados para afirmar/ para erigir, con cada afirmación, un sueño/ (el-alto-sueño)”.
Ubicado en una aguda conciencia de temporalidad, la época que nos señala Fuera de juego es difícil, en ella están implicadas demasiadas cosas, así como un extrañamiento tan enorme de la realidad en aras de lo virtual ideológico, de lo histórico extremo, que el simple placer y el apego a la gracia confortable de lo cotidiano, nos son en esa época explicados como las formas culpables que adopta en nosotros el amaneramiento pequeño burgués. De este modo, el poeta es el testigo de excepción de un proyecto social que ha comenzado por invertir los órdenes establecidos, por exigir la cancelación de toda apuesta individual, de cualquier valor que no tenga la capacidad de diluirse en una gran empresa colectiva, y por colocar al futuro, como diría Walter Benjamin, en la angustiosa calle de un sólo sentido.
Hasta qué punto tuvo el poeta conciencia que lo en Cuba ocurría en los años 60’ del pasado siglo era irreversible, es algo que no se puede responder con certeza. Pero en ese país el nuevo orden entregado a los seres y a las cosas, apuntaba a la creación de una nueva escala de valores desde la que Padilla sería cíclicamente juzgado y sentenciado por generaciones sucesivas, que veríamos en él al perfecto santurrón de la poesía, y eso, paradójicamente, lo que hacía era colocarlo en el lado más punzante y penitente de la expresión, que sólo después de muchos años comenzaría a ser comprendida, cuando nos decidiéramos a cruzar el Rubicon que a ratos separa las certezas ideológicas de la vida. Entre los poemas de Fuera de juego hay uno que abraza definitivamente esta tarea, que no sólo se define a sí misma como una poética, como si en ella hubiera el empeño de una empresa capital, sino que alude a ese interregno en el que convergen la palabra del artista y el fundamento axiológico de la verdad:
“Di la verdad/ Di, al menos, tu verdad / Y después/ deja que cualquier cosa ocurra/ que te rompan la página querida/ que te tumben a pedradas la puerta/ que la gente/ se amontone delante de tu cuerpo/ como si fueras/ un prodigio o un muerto.”
En sus estudios sobre Hölderlin, Martin Heidegger constató que la poesía era la más inocente y, al mismo tiempo, la más peligrosa de las ocupaciones. En cambio, ¿qué es lo que hace culpable a un poeta? Cuando Padilla dice -quiero citar de memoria- “En el día de hoy está el error que alguien habrá de condenar mañana”, o “tengo el terror hasta de pasado mañana”, no sólo ha expresado algo, ha delatado una esencia. Pues hay algo en la historia, esa misma a la que pacientemente asistimos en cualquier instante del tiempo y de la que somos azarosos testigos, que apunta al contubernio con el error y a la mansa complacencia con el peor de los crímenes. Señalar el error, querer apuntalar las ruinas antes de que se desplomen sobre nuestras cabezas, puede ser también una tarea poética. En los hebreos muchas veces fue ese el papel ejercido por los profetas: Jeremías en tiempos del cautiverio en Babilonia, no sólo llora por las desgracias de su pueblo y maldice sus errores, sino que profetiza el regreso a la tierra prometida. Hay así un lugar proverbial donde historia y poesía se reúnen, donde lo esencial poético no sólo nos ha servido para comprender lo esencial histórico, sino que se funde y se hace parte de la historia. Pero volvamos a la pregunta no contestada, ¿qué haría culpable a un poeta? O con más exactitud, ¿qué hizo de Padilla un culpable? Obviamente, Fuera de juego no es el breve compendio de la inocencia de una poesía, es el relato de un conocimiento. Y ningún conocimiento es inocente, en sentido bíblico todo conocimiento es culpable.
Creo que es en sus memorias donde Padilla relata una conversación con Ernesto Guevara a propósito de la lectura de uno de sus poemas más polémicos, “En tiempos difíciles”. Singularmente, Guevara admitió el hecho: se vivían en Cuba tiempos difíciles, y la historia demandaba de los individuos cuotas muy grandes de sacrificio. Pero no se trata de dilucidar hasta qué punto pudo ser defendido o no el poemario, en ese momento histórico, como parte de la obra literaria crítica de la Revolución, sino de intentar establecer un paralelo entre dos actitudes esenciales: el héroe y el poeta. En los dos lo que llamaron los griegos la arete se hace posible en la medida en que se acercan a una verdad consustancial al ser, y que de hecho los coloca a ambos en una posición radical. Eso explicaría, según Heidegger, la inocencia de Hölderlin, al proclamar una verdad que le concede su mayor virtud, y a la vez lo expone a una situación de extremo peligro. Evidentemente, la vida del poeta que fue Heberto Padilla guarda escasos puntos de encuentro con la de Guevara, aunque hubo quizás un lugar de asombro en el que una vez ambos convergieron, donde mucho más allá de las frágiles verdades del poeta, fue la verdad de su poesía la que pudo decir por un momento cosas medulares, como si el poemario que es Fuera de juego hubiera sido tomado por el destino para algo fundamental.
Cuando en esos mismos años 60’, Guevara dijera que muchos artistas e intelectuales no eran auténticamente revolucionarios, no sólo estaba invocando a partir de esto, uno de los más viejos postulados de la civilización judeocristiana, sino proponiendo el camino hacia un estado de inocencia fundamental para una nueva generación de artistas situados más allá del pecado original. La inocencia del poeta y la del héroe se convierten así en verdades paralelas, asombrosamente concomitantes. Lo curioso es que ambas verdades parten de un conocimiento que les hace entrever la secreta madeja con la que fue construido el universo. Y si fue un estado nuclear de inocencia -ese situarse según Guevara más allá del pecado original- lo que hizo a los dos colocarse en esa situación privilegiada, esa desvelación entraña también la culpa de un conocimiento que al final los pierde. El héroe creyó que la aproximación a una verdad como esa, no sólo les garantizaría su arete, sino su areitia; la invulnerabilidad en el combate. Y ahí radica su terrible inocencia. No obstante, la inocencia del poeta no ha sido menor; él ha dicho lo que no debió decir porque lo dicho lo situaba en la otra orilla de los acontecimientos, hacía de él un hombre al margen, un jugador que hubiera sido de golpe excluido del juego.
Creo que en un lugar de sus memorias, Padilla se definió a sí mismo como conciencia crítica de su tiempo, y de hecho propuso de esta manera la tarea social del intelectual. Y para el intelectual no es posible participar si esta premisa no es respetada, si no hay un orden de las cosas que de algún modo habilite esa labor de infatigable moscardón de la historia y amanuense del criterio que pedía a gritos el poeta. Y no es que no haya sido entendido, fue entendido demasiado bien y por eso condenado por todos. Por otra parte, situarnos en ese punto inobjetablemente guevariano, donde todo se justificaría en aras del gran proyecto, de la gran Obra, nos obligaría a ser tan honestos, tan puros, que acaso no es posible, que acaso no será nunca posible. Irónicamente, si para Guevara la Revolución era su verdad como la experiencia más íntima y radical del ser, para el poeta, breve y efímero en su quehacer, su única verdad era poder decirla.
Dice Fuera de juego de los héroes: “A los héroes/ siempre se les está esperando/ porque son clandestinos/ y trastornan el orden de las cosas/ (…) Los héroes no dialogan/ pero planean con emoción/ la vida fascinante de mañana/ (…) Nos otorgan incluso/ su parte de Inmortales/ (…) Modifican a su modo el terror/ Y al final nos imponen/ la furiosa esperanza”.
Si como escribe Heidegger, la poesía es el lenguaje de un pueblo histórico, hay un sentimiento de culpa que ronda la existencia de todo poeta, y ese sentimiento cobra la forma mefítica de un saber demasiado, porque es, en su esencia más intestina, un conocimiento histórico. Casi podría hablarse -no sé si a despecho del pensador alemán- de la inocencia del héroe y de la sabiduría del poeta. Mas lo que no le perdonaron al poeta, no es que se refugiara en la ambigüedad de las palabras para decir, sino, por el contrario, “que no hubiera nada extralógico en su lengua, que envejeciera de claridad, y que fuera más directo que un objeto”, y es que, en última instancia, no hay nada metafórico en la poesía, sus imágenes expresamente nos hablan de un mundo que nos ha sido arbitrariamente prohibido. Mientras que la enorme reticencia e infinita suspicacia demostrada un día por el poeta, alcanzan su explicación ante una realidad que ha sido cruzada tangencialmente por el error.
La interpretación que realizara Padilla de la historia, contrastada en ocasiones por la ironía, incluso por el sarcasmo, hace sin embargo flotar sobre el ambiente de la lectura una leve nostalgia, que no sé si confundo con la sensación que se experimenta al meditar sobre estos poemas después de muchos años, o si dicha nostalgia lo que hace es reflejar la vocación de madurez que acaso quiso encarnar el poeta, y que haría de Fuera de juego, el momento más acabado de la reflexión que se podía lograr, dada las agitadas circunstancias históricas, en la poesía cubana. Padilla fue tal vez el agrimensor de una tierra aún no completamente desbrozada, pero en la que se ubican -no siempre con fortuna- las literaturas de nuestro exilio. Porque lo que Fuera de juego logró en la práctica fue preparar, desde la poesía, ese camino. El poeta para eso midió la tierra y levantó el catastro, porque después de él ya no sería posible decir si no se partía de la dolorosa constatación de que entre lo dicho y la realidad de las cosas había aparecido una fisura, esa forma crepuscular que llamamos exilio. Y cuando digo agrimensor me gustaría hacer pensar, quizás por mera disposición lezamiana, en los catastros milenarios levantados a orillas del Nilo para medir la intensidad de los aluviones. Y si bien es cierto que los egipcios representan el momento más críptico del pensamiento y el arte humanos, también fueron la civilización que más larga relación tuvo con el tiempo y la que más aprendió de él. Por ello, si partiéramos además del criterio de que la poesía es el diálogo que sostiene el hombre con el tiempo, y que sólo a partir de este diálogo, es posible concebir su esencia, lo que hay en Fuera de juego de críptico, lo que representa todavía el lado no investigado de su creación, habría que buscarlo en ese punto de inflexión que no sólo aproxima, sino que convierte lo esencial histórico en lo esencial poético. Ya que lo que puede haber de privilegiado en ese cuerpo poemático, y que continúa garantizando entre nosotros su presencia, no es el nivel alcanzado allí por la expresión, sino esa relación de azul intensidad que sostiene con el tiempo.
¿Fue este poemario el testimonio de una clase social en bancarrota, puesta en el cadalso por la Revolución? ¿Fue Padilla el ideólogo explicito de una pequeña burguesía ilustrada que le pedía a gritos a la historia detenerse frente al vendaval que una praxis demasiado jacobina desataba sobre el orden de las cosas?
De esta manera el propio Padilla parodia su antigua vocación pequeño burguesa:
“(…) Nosotros para quienes el fin de siglo fue a lo sumo/ un grabado y una oración francesa/ (…) Nosotros que hemos visto el derrumbe de los parlamentos/ y el culo remendado del liberalismo/ (…) Nosotros que aprendimos a desconfiar de los mitos ilustres/ y a quienes nos parece absolutamente imposible/ (inhabitable)/ una sala de candelabros/ una cortina/ y una silla Luis XV/ Nosotros, hijos y nietos ya de terroristas melancólicos/ (…)”
En los años 60’ el retablo histórico y social de la nación estaba siendo profundamente transformado. Y Fuera de juego, las razones que lo animaron a ser y su significado, se encuentran completamente adscritos a esa nueva situación histórica particularmente atípica. Aunque un análisis que nos condujese a juzgar el poemario a partir de una determinación clasista, no es que no sea posible, es que tendría que tener en consideración la objeción que André Breton le hiciera al marxismo como instrumento de investigación social: “el marxismo puede demostrar que Mallarme era un intelectual pequeño burgués, lo que no puede demostrar el marxismo es por qué todos los intelectuales pequeños burgueses no son Mallarme”. Es decir, lo que puede llegar a explicar definitivamente a Fuera de juego, estableciendo para ello sus determinaciones esenciales, aunque debe partir del conocimiento de las estrechas relaciones existentes entre clases sociales e ideología, debe partir además de que lo que puede haber de universal en una obra, es sólo posible si esa obra se aproxima a un valor que ya no sería exclusivo de un grupo social, sino un postulado que nos concierne a todos, que es capaz, incluso de transcender lo puramente factual y contingente, para aproximarse al concepto de su época. Y así como hay un contenido universal en el poeta que fue Mallarme que supera toda determinación, habita en Fuera de juego un significado cardinal que le permite también superar cualquier instancia social, sin que para eso dichas instancias dejen de ser tenidas en cuenta. Esas instancias, al contextualizar el significado de lo que el poeta dijera, ubican su discurso en un marco histórico determinado y lo acercan a una posición ideológica definida.
Los clásicos del marxismo, colocados en la cúspide de la gran ola emancipadora que estremeciera y renovara el siglo XIX, paradójicamente no previeron que el movimiento que poseía como norte la libertad social era tan vigoroso, sectario y radical, que muy bien podía terminar arrastrando consigo valores básicos de la civilización occidental. Cuando Padilla dice, “Nosotros para quienes el fin de siglo fue a lo sumo/ un grabado y una oración francesa…” me está incitando a pensar en todo lo que le deben las libertades políticas, tal como han sido entendidas históricamente, a la declaración de igualdad proclamada en 1789 por la Revolución Francesa. Por ello, es que creo que Fuera de juego tiende a ser examinado por la exégesis desde un doble perfil. O sea, el poemario es también un documento que hiciera de la ambigüedad de su expresión una singular posición que trasfundía los términos usualmente distantes de política y literatura. Una posición que comenzó por plantear la indefinición y la exclusión de todo juego como un derecho del artista ante una sociedad y un Estado en los que autoexcluirse era una herejía. Obviamente, dicha autoexclusión es siempre condicional, pues tiene como objeto la construcción de un espacio autónomo desde el cual ejercer el pensamiento y la crítica. Lo propio, lo autónomo y lo privado instalan así a Fuera de juego en una situación compleja, no exenta de preguntas sobre la verdad de su naturaleza. Aunque es también básicamente -debemos admitirlo- un postulado ideológico que el tiempo ha dejado emerger ante nosotros con bastante claridad.
Sin proponérselo, el poeta se situó desde el principio en la instancia del valor, e hizo de él atributo indispensable de su alocución. Del otro lado, estaba la configuración de un Estado confesional, expresión, para decirlo en términos marxistas, de la miseria real. Frente a ese Estado confesional, Padilla tuvo en 1971 que pronunciar su conocido Mea culpa. ¿Por qué lo hizo? Podría decirse simplemente porque no tuvo opciones, o porque el mal manejo del uso del valor -la trampa y el vicio que pueden haber en su manipulación- que condena la debilidad de Padilla, no comprende que la instancia del valor que le hizo al poeta decir lo que dijo en su poesía, era la misma instancia que lo exime a la hora de verse urgido a proteger su seguridad personal. Y esa instancia no es otra que el Derecho privado. Y es que incluso puede haber dentro de esta noción moderna del derecho, una condicionada función social de la mentira, que traslada la problemática del valor a un terreno más propio, más verdadero en cuanto humano, y que no guarda relaciones con el significado cuasi medieval y teológico de la fe, la inculpación y la absolución.
Sobre esa situación de peligro de la que ya hacíamos mención, y a la que pueden conducirnos nuestras verdades, hay unos breves versos de Padilla que quisiera citar completamente, y que, mirados a través del cristal del enorme tiempo transcurrido, me sobrecogen, porque fue una advertencia axiomática que el poeta, irónicamente, sería el primero en olvidar:
Dicen los viejos bardos: “No lo olvides, poeta/ En cualquier sitio y época/ en que hagas o en que sufras la Historia/ siempre estará acechándote algún poema peligroso.”
Llamativamente, la inocencia demostrada por el poeta se convierte en la inocencia del Guardián de la torre Spáskaya que sostiene el Carillón del Kremlin, como si él tampoco supiese lo que ocurre, como si en realidad fuera tan inocente como el poeta, o como si asistiésemos a un estado de inocencia donde lo peor puede ser justificado: “El Guardián/ de la torre de Spáskaya/ no sabe que su torre es de viento/ No sabe/ que sobre el pavimento/ aún persiste la huella/ de las ejecuciones/ (…) No sabe/ que no hay terror que pueda/ ocultarse en el viento”.
¿Es en realidad la vida este sueño? Padilla responde que sí, la vida es esta farsa: “Niños: vestíos/ a la usanza de la reina Victoria/ y ensayemos a Shakespeare/ nos ha enseñado muchas cosas/ Sé tú el paje/ y tú espía en la corte, y tú/
la oreja que oye detrás de una cortina/ Nosotras/ llevaremos puñales en las faldas (…)”
Mas el poeta no sólo parodia y construye alegorías, va directo al encuentro con los hechos -la era soviética; Hungría, 1956-, asumiendo su reflexión ante la historia sólo para que ésta se le deshaga en imágenes de sorprendente belleza, donde la fugacidad de la mirada pudiera bastarle para definirla: “A un lado Buda/ al otro lado Peste/ un poco más allá está Obuda/ Aquí hubo una contrarrevolución en 1956/ pero sólo los viejos la recuerdan/ Intente usted decirlo a estos adolescentes que se devoran/ en los cafés al aire libre/ en el pleno verano (…)” Imágenes que finalmente asisten a la negación metafísica: “…Me estoy vistiendo en un hotel de Budapest, deformado/ por otra luna y otro espejo/ Feo; pero el Danubio es lindo y corre bajo los puentes/ Viejo en sotana, Berkeley, yo te doy la razón: / esas aguas no existen, yo las recreo igual que a esta ciudad.”
Desde los orígenes mismos del hombre, verdad y poesía sostienen un extraño maridaje nunca suficientemente explicado, tal vez porque aquello que el poeta dice -que está obligado a decir como poesía- no es la verdad de su ser, es el ser de su verdad, y ésta es la que confiesa no sólo su inocencia sino que explica su locura. No puede ser de otra manera. Entre ciertos poetas de la generación cubana de los años 60’, hubo siempre algo no dicho, jamás pronunciado, aunque gravitó sin embargo como una presencia entre todos ellos, como si lo que dejara dicho Padilla, o las circunstancias posteriores a aquellos lejanos hechos se ocuparan de corroborar por él, macerara a Fuera de juego en una nebulosa leyenda que versaba sobre lo que podía ser expresado, asumiendo todo riesgo y catástrofe, desde el territorio siempre inmaculado de la poesía. Porque Padilla tuvo todo el valor para decir, justamente en la extensión en que nos debe importar el valor de un poeta, pero también la desdicha.
“Y ahora/ vámonos, cuervo…”
A la memoria de Luis Rogelio Nogueras

SUBIR


Cuando camino, tropiezo;
vuelvo a intentar caminar,
y caigo;
lo intento, lo intento, lo intento,
pero algo indefinido me detiene:
algo pasa,
me digo,
algo serio sucede...
¿será que apenas tengo
seis meses de nacido?
Sólo que sea por eso...

viernes, 27 de julio de 2012

La acequia: Todo tiene su tiempo

La acequia: Todo tiene su tiempo: A mi hija Todo tiene su tiempo. Agarró la tabla y miró las olas. Todo tiene su tiempo. Sabía que ninguna de las del día  sería la p...

miércoles, 25 de julio de 2012

A ROMA SEPULTADA EN SUS RUINAS, de Francisco de Quevedo

A ROMA, SEPULTADA EN SUS RUINAS

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son las que ostentó murallas,
y tumba de sí propio el Aventino.

Yace, donde reinaba el Palatino;
y limadas del tiempo las medallas,
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades, que blasón latino.

Sólo el Tíber quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya sepultura
la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.

DEFINIENDO EL AMOR, Francisco de Quevedo (1580-1645)

DEFINIENDO EL AMOR

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida, que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido, que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo,
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es tu abismo:
mirad cuál amistad tendrá con nada,
el que en todo es contrario de sí mismo.

AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE, de Quevedo

AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso linsojera;

mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa;

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.

ADELESCENTE FUÍ EN DÍAS IDÉNTICOS A NUBES..., Luis Cernuda


Adolescente fui en días idénticos a nubes...

Adolescente fui en días idénticos a nubes,
cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,
y extraño es, si ese recuerdo busco,
que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.

Perder placer es triste
como la dulce lámpara sobre el lento nocturno;
aquel fui, aquel fui, aquel he sido...
era la ignorancia mi sombra.

Ni gozo ni pena; fui niño
prisionero entre muros cambiantes;
historias como cuerpos, cristales como cielos,
sueño luego, un sueño más alto que la vida.

Cuando la muerte quiera
una verdad quitar de entre mis manos,
las hallará vacías, como en la adolescencia,
ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.


A UN POETA MUERTO, Luis Cernuda


    A UN POETA MUERTO
          (F.G.L.)
Así como en la roca nunca vemos
La clara flor abrirse,
Entre un pueblo hosco y duro
No brilla hermosamente
El fresco y alto ornato de la vida.
Por esto te mataron, porque eras
Verdor en nuestra tierra árida
Y azul en nuestro oscuro aire.
Leve es la parte de la vida
Que como dioses rescatan los poetas.
El odio y destrucción perduran siempre
Sordamente en la entraña
Toda hiel sempiterna del español terrible,
Que acecha lo cimero
Con su piedra en la mano.
Triste sino nacer
Con algún don ilustre
Aquí, donde los hombres
En su miseria sólo saben
El insulto, la mofa, el recelo profundo
Ante aquel que ilumina las palabras opacas
Por el oculto fuego originario.
La sal de nuestro mundo eras,
Vivo estabas como un rayo de sol,
Y ya es tan sólo tu recuerdo
Quien yerra y pasa, acariciando
El muro de los cuerpos
Con el dejo de las adormideras
Que nuestros predecesores ingirieron
A orillas del olvido.
Si tu ángel acude a la memoria,
Sombras son estos hombres
Que aún palpitan tras las malezas de la tierra;
La muerte se diría
Más viva que la vida
Porque tú estás con ella,
Pasado el arco de tu vasto imperio,
Poblándola de pájaros y hojas
Con tu gracia y tu juventud incomparables.
Aquí la primavera luce ahora.
Mira los radiantes mancebos
Que vivo tanto amaste
Efímeros pasar junto al fulgor del mar.
Desnudos cuerpos bellos que se llevan
Tras de sí los deseos
Con su exquisita forma, y sólo encierran
Amargo zumo, que no alberga su espíritu
Un destello de amor ni de alto pensamiento.
Igual todo prosigue,
Como entonces, tan mágico,
Que parece imposible
La sombra en que has caído.
Mas un inmenso afán oculto advierte
Que su ignoto aguijón tan sólo puede
Aplacarse en nosotros con la muerte,
Como el afán del agua,
A quien no basta esculpirse en las olas,
Sino perderse anónima
En los limbos del mar.
Pero antes no sabías
La realidad más honda de este mundo:
El odio, el triste odio de los hombres,
Que en ti señalar quiso
Por el acero horrible su victoria,
Con tu angustia postrera
Bajo la luz tranquila de Granada,
Distante entre cipreses y laureles,
Y entre tus propias gentes
Y por las mismas manos
Que un día servilmente te halagaran.
Para el poeta la muerte es la victoria;
Un viento demoníaco le impulsa por la vida,
Y si una fuerza ciega
Sin comprensión de amor
Transforma por un crimen
A ti, cantor, en héroe,
Contempla en cambio, hermano,
Cómo entre la tristeza y el desdén
Un poder más magnánimo permite a tus amigos
En un rincón pudrirse libremente.
Tenga tu sombra paz,
Busque otros valles,
Un río donde del viento
Se lleve los sonidos entre juncos
Y lirios y el encanto
Tan viejo de las aguas elocuentes,
En donde el eco como la gloria humana ruede,
Como ella de remoto,
Ajeno como ella y tan estéril.
Halle tu gran afán enajenado
El puro amor de un dios adolescente
Entre el verdor de las rosas eternas;
Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,
Tras de tanto dolor y dejamiento,
Con su propia grandeza nos advierte
De alguna mente creadora inmensa,
Que concibe al poeta cual lengua de su gloria
Y luego le consuela a través de la muerte.

SER RÍO SIN PECES, Rosario Castellanos


Ser Río sin Peces


Ser de río sin peces, esto he sido.
Y revestida voy de espuma y hielo.
Ahogado y roto llevo todo el cielo
y el árbol se me entrega malherido.

A dos orillas del dolor uncido
va mi caudal a un mar de desconsuelo.
La garza de su estero es alto vuelo
y adiós y breve sol desvanecido.

Para morir sin canto, ciego, avanza
mordido de vacío y de añoranza.
Ay, pero a veces hondo y sosegado
se detiene bajo una sombra pura.
Se detiene y recibe la hermosura 
con un leve temblor maravillado.

DESTINO, Rosario Castellanos


Destino


Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.

El hombre es anima de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.

Ah, pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.

El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo del tigre.

El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
-antes que lo devoren- (cómplice, fascinado)
igual a su enemigo.

Damos la vida sólo a lo que odiamos

SONETO DEL EMIGRADO

Rosario Castellanos

Soneto del Emigrado 
Cataluña hilandera y labradora,
viñedo y olivar, almendra pura,
Patria: rememorada arquitectura,
ciudad junto a la mar historiadora.

Ola de la pasión descubridora,
ola de la sirena y la aventura
-Mediterráneo- hirió tu singlatura
la nave del destierro con su proa.

Emigrado, la ceiba de los mayas
te dio su sombra grande y generosa
cuando buscaste arrimo ante sus playas.

Y al llegar a la Mesa del Consejo
nos diste el sabor noble de tu prosa
de sal latina y óleo y vino añejo.

EL POBRE GENEROSO


Gonzalo de Berceo

(¿1195?-¿1246?)

Milagro V El pobre generoso

Era un home pobre que vivie de raciones, non habie otras rendas nin otras furcïones, fuera cuanto labraba, esto pocas sazones, tenie en su alzado bien pocos pepïones. Por ganar la Gloriosa que él mucho amaba, 5 partielo con los pobres todo cuanto ganaba, en esto contendía e en esto pugnaba, por haber la su gracia su mengua oblidaba. Cuando hobo est pobre dest mundo a pasar la Madre glorïosa vínolo convidar; 10 fablóli muy sabroso, querielo falagar, udieron la palabra todos los del logar. Tú mucho codiciest' la nuestra compañía, sopist pora ganarla bien buena maestría, ca parties tus almosnas, dicies Ave María: 15 porque lo facies todo yo bien lo entendía. Sepas que es tu cosa toda bien acabada, ésta es en que somos la cabera jornada, el ite, missa est cuenta que es cantada, venida es la hora de prender la soldada. 20 Yo so aqui venida por levarte comigo al regno de mi fijo, que es bien tu amigo, do se ceban los ángeles del buen candïal trigo, a las sanctas virtutes placerlis ha contigo. Cuando hobo la Gloriosa el sermon acabado, 25 desamparó la alma al cuerpo venturado, prisiéronla de ángeles un conviento honrado, leváronla al cielo, Dios sea end laudado. Los omes que habíen la voz ante oída, tan aína vidieron la promesa cumplida: 30 a la Madre gloriosa que es tan comedida, todos li rendien gracias, cuisque de su partida. Qui tal cosa udiese serie mal venturado si de Sancta María non fuese muy pagado, si más no la honrase serie desmesurado: 35 qui de ella se parte es muy mal engañado.

COPLAS POR LA MUERTE DE SU PADRE


Jorge Manrique (1440-1479)

Coplas por la muerte de su padre

Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte 5 tan callando, cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer, 10 cualquiera tiempo pasado fue mejor. Pues si vemos lo presente cómo en un punto se es ido y acabado, 15 si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado. No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar 20 lo que espera, más que duró lo que vio porque todo ha de pasar por tal manera. Nuestras vidas son los ríos 25 que van a dar en la mar, que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir; 30 allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos, y llegados, son iguales los que viven por sus manos 35 y los ricos. Invocación: Dejo las invocaciones de los famosos poetas y oradores; no curo de sus ficciones, 40 que traen yerbas secretas sus sabores; A aquél sólo me encomiendo, aquél sólo invoco yo de verdad, 45 que en este mundo viviendo el mundo no conoció su deidad. Este mundo es el camino para el otro, que es morada 50 sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar. Partimos cuando nacemos, 55 andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos; así que cuando morimos descansamos. 60 Este mundo bueno fue si bien usáramos de él como debemos, porque, según nuestra fe, es para ganar aquél 65 que atendemos. Aun aquel hijo de Dios, para subirnos al cielo descendió a nacer acá entre nos, 70 y a vivir en este suelo do murió. Ved de cuán poco valor son las cosas tras que andamos y corremos, 75 que en este mundo traidor, aun primero que muramos las perdamos: de ellas deshace la edad, de ellas casos desastrados 80 que acaecen, de ellas, por su calidad, en los más altos estados desfallecen. Decidme: la hermosura, 85 la gentil frescura y tez de la cara, el color y la blancura, cuando viene la vejez, ¿cuál se para? 90 Las mañas y ligereza y la fuerza corporal de juventud, todo se torna graveza cuando llega al arrabal 95 de senectud. Pues la sangre de los godos, y el linaje y la nobleza tan crecida, ¡por cuántas vías y modos 100 se pierde su gran alteza en esta vida! Unos, por poco valer, ¡por cuán bajos y abatidos que los tienen! 105 otros que, por no tener, con oficios no debidos se mantienen. Los estados y riqueza que nos dejan a deshora, 110 ¿quién lo duda? no les pidamos firmeza, pues son de una señora que se muda. Que bienes son de Fortuna 115 que revuelven con su rueda presurosa, la cual no puede ser una ni estar estable ni queda en una cosa. 120 Pero digo que acompañen y lleguen hasta la huesa con su dueño: por eso nos engañen, pues se va la vida apriesa 125 como sueño; y los deleites de acá son, en que nos deleitamos, temporales, y los tormentos de allá, 130 que por ellos esperamos, eternales. Los placeres y dulzores de esta vida trabajada que tenemos, 135 no son sino corredores, y la muerte, la celada en que caemos. No mirando nuestro daño, corremos a rienda suelta 140 sin parar; desque vemos el engaño y queremos dar la vuelta, no hay lugar. Si fuese en nuestro poder 145 hacer la cara hermosa corporal, como podemos hacer el alma tan glorïosa, angelical, 150 ¡qué diligencia tan viva tuviéramos toda hora, y tan presta, en componer la cativa, dejándonos la señora 155 descompuesta! Esos reyes poderosos que vemos por escrituras ya pasadas, por casos tristes, llorosos, 160 fueron sus buenas venturas trastornadas; así que no hay cosa fuerte, que a papas y emperadores y prelados, 165 así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganados. Dejemos a los troyanos, que sus males no los vimos 170 ni sus glorias; dejemos a los romanos, aunque oímos y leímos sus historias. No curemos de saber 175 lo de aquel siglo pasado qué fue de ello; vengamos a lo de ayer, que también es olvidado como aquello. 180 ¿Qué se hizo el rey don Juan? Los infantes de Aragón ¿qué se hicieron? ¿Qué fue de tanto galán, qué fue de tanta invención 185 como trajeron? Las justas y los torneos, paramentos, bordaduras y cimeras, ¿fueron sino devaneos? 190 ¿qué fueron sino verduras de las eras? ¿Qué se hicieron las damas, sus tocados, sus vestidos, sus olores? 195 ¿Qué se hicieron las llamas de los fuegos encendidos de amadores? ¿Qué se hizo aquel trovar, las músicas acordadas 200 que tañían? ¿Qué se hizo aquel danzar, aquellas ropas chapadas que traían? Pues el otro, su heredero, 205 don Enrique, ¡qué poderes alcanzaba! ¡Cuán blando, cuán halaguero el mundo con sus placeres se le daba! 210 Mas verás cuán enemigo, cuán contrario, cuán cruel se le mostró; habiéndole sido amigo, ¡cuán poco duró con él 215 lo que le dio! Las dádivas desmedidas, los edificios reales llenos de oro, las vajillas tan febridas, 220 los enriques y reales del tesoro; los jaeces, los caballos de sus gentes y atavíos tan sobrados, 225 ¿dónde iremos a buscallos? ¿qué fueron sino rocíos de los prados? Pues su hermano el inocente, que en su vida sucesor 230 se llamó, ¡qué corte tan excelente tuvo y cuánto gran señor le siguió! Mas, como fuese mortal, 235 metióle la muerte luego en su fragua. ¡Oh, juïcio divinal, cuando más ardía el fuego, echaste agua! 240 Pues aquel gran Condestable, maestre que conocimos tan privado, no cumple que de él se hable, sino sólo que lo vimos 245 degollado. Sus infinitos tesoros, sus villas y sus lugares, su mandar, ¿qué le fueron sino lloros? 250 ¿Qué fueron sino pesares al dejar? Y los otros dos hermanos, maestres tan prosperados como reyes, 255 que a los grandes y medianos trajeron tan sojuzgados a sus leyes; aquella prosperidad que tan alta fue subida 260 y ensalzada, ¿qué fue sino claridad que cuando más encendida fue amatada? Tantos duques excelentes, 265 tantos marqueses y condes y varones como vimos tan potentes, di, muerte, ¿dó los escondes y traspones? 270 Y las sus claras hazañas que hicieron en las guerras y en las paces, cuando tú, cruda, te ensañas, con tu fuerza las atierras 275 y deshaces. Las huestes innumerables, los pendones, estandartes y banderas, los castillos impugnables, 280 los muros y baluartes y barreras, la cava honda, chapada, o cualquier otro reparo, ¿qué aprovecha? 285 que si tú vienes airada, todo lo pasas de claro con tu flecha. Aquél de buenos abrigo, amado por virtuoso 290 de la gente, el maestre don Rodrigo Manrique, tanto famoso y tan valiente; sus hechos grandes y claros 295 no cumple que los alabe, pues los vieron, ni los quiero hacer caros pues que el mundo todo sabe cuáles fueron. 300 Amigo de sus amigos, ¡qué señor para criados y parientes! ¡Qué enemigo de enemigos! ¡Qué maestro de esforzados 305 y valientes! ¡Qué seso para discretos! ¡Qué gracia para donosos! ¡Qué razón! ¡Cuán benigno a los sujetos! 310 ¡A los bravos y dañosos, qué león! En ventura Octaviano; Julio César en vencer y batallar; 315 en la virtud, Africano; Aníbal en el saber y trabajar; en la bondad, un Trajano; Tito en liberalidad 320 con alegría; en su brazo, Aureliano; Marco Tulio en la verdad que prometía. Antonio Pío en clemencia; 325 Marco Aurelio en igualdad del semblante; Adriano en elocuencia; Teodosio en humanidad y buen talante; 330 Aurelio Alejandro fue en disciplina y rigor de la guerra; un Constantino en la fe, Camilo en el gran amor 335 de su tierra. No dejó grandes tesoros, ni alcanzó muchas riquezas ni vajillas; mas hizo guerra a los moros, 340 ganando sus fortalezas y sus villas; y en las lides que venció, muchos moros y caballos se perdieron; 345 y en este oficio ganó las rentas y los vasallos que le dieron. Pues por su honra y estado, en otros tiempos pasados, 350 ¿cómo se hubo? Quedando desamparado, con hermanos y criados se sostuvo. Después que hechos famosos 355 hizo en esta misma guerra que hacía, hizo tratos tan honrosos que le dieron aún más tierra que tenía. 360 Estas sus viejas historias que con su brazo pintó en juventud, con otras nuevas victorias ahora las renovó 365 en senectud. Por su grande habilidad, por méritos y ancianía bien gastada, alcanzó la dignidad 370 de la gran Caballería de la Espada. Y sus villas y sus tierras ocupadas de tiranos las halló; 375 mas por cercos y por guerras y por fuerza de sus manos las cobró. Pues nuestro rey natural, si de las obras que obró 380 fue servido, dígalo el de Portugal y en Castilla quien siguió su partido. Después de puesta la vida 385 tantas veces por su ley al tablero; después de tan bien servida la corona de su rey verdadero: 390 después de tanta hazaña a que no puede bastar cuenta cierta, en la su villa de Ocaña vino la muerte a llamar 395 a su puerta, diciendo: «Buen caballero, dejad el mundo engañoso y su halago; vuestro corazón de acero, 400 muestre su esfuerzo famoso en este trago; y pues de vida y salud hicisteis tan poca cuenta por la fama, 405 esfuércese la virtud para sufrir esta afrenta que os llama. No se os haga tan amarga la batalla temerosa 410 que esperáis, pues otra vida más larga de la fama glorïosa acá dejáis, (aunque esta vida de honor 415 tampoco no es eternal ni verdadera); mas, con todo, es muy mejor que la otra temporal perecedera. 420 El vivir que es perdurable no se gana con estados mundanales, ni con vida deleitable en que moran los pecados 425 infernales; mas los buenos religiosos gánanlo con oraciones y con lloros; los caballeros famosos, 430 con trabajos y aflicciones contra moros. Y pues vos, claro varón, tanta sangre derramasteis de paganos, 435 esperad el galardón que en este mundo ganasteis por las manos; y con esta confianza y con la fe tan entera 440 que tenéis, partid con buena esperanza, que esta otra vida tercera ganaréis.» «No tengamos tiempo ya 445 en esta vida mezquina por tal modo, que mi voluntad está conforme con la divina para todo; 450 y consiento en mi morir con voluntad placentera, clara y pura, que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera 455 es locura. Oración: Tú, que por nuestra maldad, tomaste forma servil y bajo nombre; tú, que a tu divinidad 460 juntaste cosa tan vil como es el hombre; tú, que tan grandes tormentos sufriste sin resistencia en tu persona, 465 no por mis merecimientos, mas por tu sola clemencia me perdona.» Fin: Así, con tal entender, todos sentidos humanos 470 conservados, cercado de su mujer y de sus hijos y hermanos y criados, dio el alma a quien se la dio 475 (en cual la dio en el cielo en su gloria), que aunque la vida perdió dejónos harto consuelo su memoria. 480