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miércoles, 25 de mayo de 2016

RESUCITADO, Benjamín Adolfo Araujo Mondragón


RESUCITADO
Ante tu cruz, Señor, lleno de pena,
pero lleno de luz estoy cuando te
veo resucitado; un clavel nace
aquí, fuerte, en mi pecho y luz
en mi mirada reaparece, te veo,
te veo Señor vencedor de la Muerte;
misericordioso ante todos, Señor,
te veo, y me postro, alegría y
esperanza hacen un ramillete
y mi corazón piensa en ti de día
y de noche, Señor, quiero verte
por siempre así ¡¡¡resucitado!!!
Me niego ya a postrarme de rodillas
ante el Cristo sangrante, pues mata
mi esperanza en el futuro, y no miro
ni atisbos de otra Vida, la Vida verdadera
está contigo, en tu Resurrección, que
bien nos salva a todos pecadores que
logremos arrepentirnos ante tu bondadosa
mano de misericordia infinita, mi fe dice...
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martes, 17 de mayo de 2016

ELENA GARRO, MÁS ALLÁ DE LA LEYENDA. Eduardo Antonio Parra (Confabulario / El Universal)


Elena

Elena Garro, más allá de la leyenda

EDUARDO ANTONIO PARRA

Hablar sobre Elena Garro podría hacernos enumerar tanto los escándalos y conflictos en los que se vio envuelta como las desgracias que le provocaron los demás, los otros, la gente. No obstante, enfocarnos en las peripecias de su vida, en los frecuentes exilios y las causas que la llevaron a ellos, en las disputas con sus colegas, en sus supuestas traiciones y las que le cometieron, tal vez nos alejaría de lo que en verdad importa: aquello que permanecerá cuando los rumores y los chismes se desvanezcan, cuando el mito comience a modificarse o decaer; cuando pasen los años y ya pocos reconozcan los nombres de los actores que la rodearon en su drama personal: su impresionante obra literaria. Porque más allá de toda controversia, más allá de que quienes comentan su vida aseguren que la vivió situada en los extremos —como su sintiera una repulsión innata por los términos medios—, más allá de haber sido amada u odiada por todos, más allá, incluso, de rondar el genio y la locura, dejó  páginas poderosas, apasionantes, con hallazgos temáticos y formales que continúan influyendo en los escritores y escritoras que la sucedieron, e historias que siguen comentándose, estudiándose y disfrutándose como si acabaran de ser publicadas.

Guionista, coreógrafa, articulista, cronista, poeta, novelista, cuentista y dramaturga, Garro fue una mujer con inquietudes diversas que la llevaron a abordar casi todos los géneros creativos, incluso algunos fuera de la literatura, y legó a las letras de nuestro país una obra abundante, versátil y desigual; aunque, desde el punto de vista de este lector, le hubieran bastado una sola novela y un cuento para pasar a la historia como una artista indiscutible (ciertos críticos la consideran la escritora más importante de la historia del país, tan sólo superada por Sor Juana Inés de la Cruz). Esa novela es Los recuerdos del porvenir y ese cuento insuperable es “La culpa es de los tlaxcaltecas”. Claro, no se trata de que el resto de sus escritos carezca de importancia, al contrario; pero con estos dos textos le habría sido suficiente para  mantener ocupados durante décadas a escritores, lectores y críticos, lo cual puede comprobarse con las tesis, los estudios críticos y ensayos que continúan multiplicándose hasta este año en que se cumple el centenario de su natalicio.

¿Qué hay en ese cuento y en esa novela que fascinan de modo permanente a quienes se acercan a ellos? En principio, lo que puede llamar la atención a un lector desprevenido es el descubrimiento de un tono, una voz personal, inconfundible: narradores que dan la impresión de venir más allá de la realidad y que, al trasmitirnos sus historias, arrastran siglos de experiencias dolorosas, como si no hubieran hecho otra cosa en la eternidad que deambular en busca de una felicidad inalcanzable, para terminar instalados en una suerte de desencanto trágico semejante a la tristeza. La voz de Elena Garro, de sus narradores y de sus personajes, es lo primero que estremece a los lectores, en gran parte debido a la intimidad que establece con quien la escucha. Dicen los que la conocieron que, por lo menos en sus últimos años, así era su voz física: tenue, aguda, susurrante, pero sumamente seductora, que atrapaba de inmediato a sus oyentes. Si esto es cierto, habría que admitir que estamos ante una narradora que pudo, a través de un raro hechizo literario, reproducir las sensaciones que provocaba el sonido de su voz en sus textos escritos.

Después de habituarse el oído a ese tono, a esa cadencia cercana, el lector se encuentra con personajes bien configurados desde las primeras líneas, que le dejan la impresión de haberlos conocido de antemano, de otro texto o tal vez de la misma vida. ¿Cómo conseguía este efecto a la vez mágico y realista? ¿Cómo lograba que sus personajes aparecieran de “cuerpo entero” desde su primera incursión en la página, como si se tratara de un montaje teatral? Quizás la respuesta se halle en el modo en que los construía. Garro dijo alguna vez que sus historias y personajes se derivaban de ella misma, de su vida, de sus experiencias, y aunque nunca hay que creer del todo lo que los escritores dicen acerca de su obra, en este caso podría ser verdad. El mejor laboratorio de que dispone un creador para construir personajes está en su cuerpo, su cerebro y su existencia; si observa con cuidado sus propias acciones y reacciones, puede obtener el material necesario para configurar, por ejemplo, todos los personajes de una novela populosa. Y al leer cualquier obra de Elena Garro es posible advertir que era una acuciosa observadora de sí misma, no sólo porque muchas de sus creaturas se le parecen, sino porque desde el inicio de sus relatos sabemos qué piensan, sienten, anhelan, y nos enteramos de sus temores, recuerdos, fantasías y  carencias. Los conocemos bien. Y a través de ellos vamos conociendo asimismo a su autora más allá de las habladurías en torno a su vida.

Una voz personal. Personajes inconfundibles. Después vienen las historias donde también encontramos jirones y retazos de su biografía, si hemos de creerle que siempre escribió acerca de sí. Historias particulares cuyos trasfondos abordan las consecuencias de la desigualdad social, llevan a cabo denuncias contra el poder, hacen visibles las injusticias que siempre ha sufrido la sociedad, cuestionan discursos oficiales, señalan errores históricos o interpretaciones erróneas de sucesos conocidos. Porque la obra de la Garro apunta hacia varias direcciones, dos principales: la que implica a toda la comunidad al abordar el devenir de un pueblo, y la que se sumerge en la mente y en la existencia particular de uno o varios personajes hasta sacar a relucir sus verdades casi siempre ocultas. Y no es extraño que en ambos extremos de la línea —el general y el individual— aparezca la locura como elemento a la vez caótico y ordenador, pues tal pareciera que, para ella, las locuras del país a través de la historia no son sino un reflejo de las locuras individuales de los hombres y mujeres que participan en ella, y viceversa. Los personajes de esta escritora, ya sean pueblerinos o cosmopolitas, solitarios o miembros de alguna grey, forman parte de algo más grande que los oprime o los engrandece, y esta sensación se contagia a los lectores. Otro elemento de seducción en su obra.

El devenir, el paso del tiempo. Es el uso del tiempo en sus narraciones uno de los aspectos más sobresalientes de su obra. Aquí ya no se trata tan sólo de señalar o exhibir lo que ha ocurrido ni de refutar sus interpretaciones, sino de vivir el pasado, traerlo al presente sacándolo de su línea de sucesión por medio de la palabra. De anular la continuidad temporal. Es un lugar común decir que la narrativa de Garro introdujo en la narrativa mexicana nuevos modos de concebir el tiempo en el relato. También se ha repetido que en sus textos los hombres viven el tiempo de modo lineal, mientras que las mujeres se insertan en una suerte de eterno retorno con el fin de escapar de su mediocre cotidianidad. Ambas cosas son ciertas, y sin embargo quizá lo más notable en algunas de sus historias sea esa amalgama perfecta que consigue al unir en una sola varias líneas temporales —el tiempo mítico con el real, o el histórico con el actual—, plasmando el funcionamiento de su memoria, donde la imaginación  enlazaba los distintos pasados, los diversos presentes y los sucesos míticos que la habitaban. Con estas operaciones mentales, que luego en ella devinieron temas y estrategias narrativas, esa voz cargada con la experiencia de siglos tuvo que haber surgido de manera natural.

Un tono inconfundible: la voz de la eternidad. Personajes completos que resultan familiares desde el primer instante, construidos a partir de sí misma. Historias que nos hacen sentir únicos, individuales, y parte de un país y su devenir. Un tiempo sin tiempo que puede ser todos: el tiempo mítico. Cuatro aspectos que, por sí solos, podrían hacer indeleble la narrativa de Elena Garro si no hubiera muchos otros más, como el uso magistral de un lenguaje entre poético y enloquecido, los hallazgos en sus estructuras y técnicas, la sabiduría y experiencia vital que delata en cada página, la imaginación desbordada o contenida, el sentido trágico que imprime a sus historias y las obsesiones repetidas que hablan de un universo único en nuestras letras. Leer los cuentos, las novelas, los dramas de Elena Garro es conocer a una mujer cuyo modo de contemplar el mundo y la vida resulta más estimulante que enterarse de los chismes y controversias en las que estuvo envuelta. Es conocerla casi íntimamente, más allá de sus grandezas y sus miserias, de sus relaciones tormentosas, de sus conquistas y sus gatos. Elena Garro está en sus libros.

*FOTO:  Escritora con inquietudes diversas, Elena Garro abordó casi todos los géneros literarios, como la novela, el ensayo, la dramaturgia, entre otros/ Cortesía: Barry Domínguez. CNL-INBA

viernes, 13 de mayo de 2016

FERNANDO FERNÁNDEZ Y LOS ENIGMAS POÉTICOS DE LÓPEZ VELARDE, Juan Domingo Argüelles / (Este País)

Fernando Fernández y los enigmas poéticos de López Velarde
Juan Domingo Argüelles | 01.08.2015
 http://estepais.com/images/print.jpg
Fernando Fernández,
Ni sombra de disturbio,
Aueio Ediciones / Conaculta,
México, 2014.





López Velarde es un pozo inagotable cuya profundidad continúa atrayendo a viejos y nuevos buscadores de tesoros. Desde el ensayo vindicativo, revelador y fundacional de Villaurrutia (“La poesía de Ramón López Velarde”, 1935) hasta “El camino de la pasión” (1963; Cuadrivio, 1965) de Octavio Paz, entre los más célebres, pasando por los estudios de Allen W. Phillips, José Emilio Pacheco, José Luis Martínez, Juan José Arreola, Gabriel Zaid, Guillermo Sheridan y tantos más, son muchos los poetas y ensayistas, además de los investigadores académicos, que han encontrado y siguen encontrando en la obra y en la vida de López Velarde una fuente enigmática que no ha dejado de manar asombros.
Víctor Manuel Mendiola publicó en 2013 una versión profusamente anotada de “La suave patria”, antecedida de un amplio estudio (“El ángel que acompañó a Tobías”), y ahora Fernando Fernández atrapa a los lectores con su hermoso y meticuloso volumen Ni sombra de disturbio: Ensayos sobre Ramón López Velarde (Aueio Ediciones / Conaculta, 2014), con el que abona aún más el campo de la cuidadosa relectura y la especial revisión de la obra poética del autor de Zozobra, en busca de explicaciones a los tantos misterios literarios y filosóficos que aguardan a todos aquellos que han sido seducidos por el poeta jerezano.
Yo diría que el volumen de Fernando Fernández es un libro sabroso y apasionante, ameno y erudito, y que, pese a su afán especulativo y de indagatoria, sortea victoriosamente lo que Gabriel Zaid ha denominado, atinadamente, las “lecturas judiciales” de la “industria lopezvelardeana”, pues aun reconociendo que hay tantas cosas herméticas y aun esotéricas en la poesía de López Velarde, el autor de Ni sombra de disturbio procede con gran lucidez (racional y emotiva) a fin de que los cinco ensayos que componen su libro no desemboquen en la corriente especulativa amarillista, tan a la moda, que muchos académicos e investigadores, e incluso poetas, han adoptado de la escuela de Jaime Maussan y sus paranormales misterios sin resolver. No exageramos si decimos que a mucha de la hermenéutica literaria de hoy lo único que le falta es ahondar en los universos alienígenas para explicar algo demasiado terreno como es la literatura que, de una u otra forma, procede de la realidad. Cuando la investigación literaria se convierte en exquisita resolución de acertijos, todos salimos perdiendo y los lectores se aburren.
Si decimos, por ejemplo, que López Velarde tuvo premonición de su muerte y que esto lo expresó en su poesía, es no decir nada sino un lugar común y una inocentada que parece muy profunda, pues desde los primeros hasta los últimos versos del autor de La sangre devota, pocas cosas hay que no hablen de la muerte, e incluso de su muerte, pero la muerte es tema universal de los poetas, al igual que lo son el amor, la desdicha, la soledad, el remordimiento, la inquietud, la amargura, etcétera.
Ni sombra de disturbio es un libro apasionante porque recoge todas las pistas posibles para el juicio literario que, por cierto, jamás lograremos que sea unánime y no solo en el caso de López Velarde sino en el caso de cualquier escritor tan complejo. Estas pistas, apreciaciones, juicios, certezas e intuiciones, de destacados estudiosos lopezvelardeanos (o lopezvelardianos, como desea Fernando) sitúan la crítica y la explicación desde perspectivas formales, estéticas, religiosas, filosóficas (especialmente metafísicas) y desde luego biográficas y testimoniales. El ensayo inaugural del libro (“Retrato del primer López Velarde”) aborda el tema de la obra poética que el autor de “La suave patria” no incluyó en libro, en la cual advierte que hay lo mismo “inepcias poéticas” que textos más que decorosos y versos singulares que ya anuncian al gran poeta.
Con dedicación y precisión de cirujano, Fernando Fernández va examinando poemas y versos, ideas e influencias, equidistancias y confluencias, auxiliado por los estudios y testimonios de otros adictos de la poesía de López Velarde con cuyas opiniones unas veces está de acuerdo y otras no. El estudio de los primeros poemas de López Velarde arroja mucha luz sobre lo que será su obra madura, y en este punto el autor de Ni sombra de disturbio es particularmente incisivo en sus ejemplos y paralelismos.
El segundo ensayo es de algún modo un tributo sentimental hacia un poeta olvidado, Alfonso Camín, español mitómano y vanidoso a quien López Velarde le dedicó un célebre poema, que es célebre por las imágenes y el magistral lenguaje del autor, pero no por algún valor literario considerable del destinatario. Más allá de la amistad que unía a López Velarde con Camín y que este pregonaría a lo largo de toda su vida, Camín es en realidad un poeta menor y un editor de cierta utilidad que, sin embargo, nunca entendió (o no quiso aceptar) que los poemas de amigos y los tributos de amistad entre escritores son, por lo general, testimonios de cortesía (incluso de Borges hacia Alfonso Reyes), y que si López Velarde escribió: “Equidistante del rosal y el roble / trasnochas, y si busco en la floresta / de España un bardo de hoy, tu ave en fiesta / casi es la única que me contesta”, esto no quería decir que lo estimaba entre los más grandes poetas españoles, sino entre los cercanos amigos que, además, se esfuerzan por hacerse necesarios cuando no indispensables.
El texto que Fernando Fernández dedica al episodio Camín-López Velarde es un ensayo de rescate y de valoración, es decir del rescate de un personaje (realmente un “personaje”) que estuvo cerca de López Velarde, y la valoración en claroscuro de tal relación. Es explicable que Camín tenga el mayor aprecio en su tierra natal (con un énfasis a tal grado provinciano que más bien mueve a compasión: “de él se hablará tanto como de Rubén Darío”), y que los juicios más desorbitados sobre su obra sean precisamente autoelogios: “Oigan ustedes este poemita... y a ver si puede compararse conmigo ninguno de estos poetillas universitarios por el estilo de Alberti y García Lorca”. A juzgar por los poemas que podemos leer de él en internet (incluido “Macorina”), el gijonés tenía una desmedida valoración de su obra.
Los dos ensayos más personales de Fernando Fernández en Ni sombra de disturbio son “La maestra del mundo” y “El candil”. El primero sobre un diálogo con los libros y con ciertas ediciones que lo llevan a algunas imágenes y expresiones de López Velarde que provienen de antiguas obras y decires españoles. El segundo, sobre el destacado poema de López Velarde inspirado en el candil en forma de bajel que se encuentra en la iglesia de San Francisco en la ciudad de San Luis Potosí. Son dos breves textos de gran emotividad que arrojan luz sobre aspectos muy concretos: los giros del lenguaje y la procedencia de ciertos temas que se convirtieron en símbolos personales del poeta.
El texto central y más significativo de Ni sombra de disturbio es sin duda el ensayo “El enigmático caso de ‘El sueño de los guantes negros’”, en el cual Fernando Fernández es exhaustivo y contagia su felicidad lectora de explorar y tratar de explicarse y de explicarnos a detalle uno de los grandes poemas de López Velarde: el póstumo e impar “El sueño de los guantes negros”, acerca del cual tanta tinta ha corrido sin que en realidad los estudiosos puedan ponerse de acuerdo. En realidad, no se pondrán de acuerdo jamás, porque casi todo es especulación e hipótesis.
Son tantas las hipótesis, tantas las interpretaciones y tantos los referentes cultos y simbólicos de este poema encontrado luego de la muerte del poeta (entre sus papeles personales) que mantendrá su carácter de inconcluso no únicamente porque su original manuscrito resulta ilegible en algunos versos y términos, sino porque también, como sospecha y colige razonablemente Fernández (a partir de ciertos testimonios), era de alguna manera un borrador ya algo avanzado de un poema que el autor había leído a sus amigos en más de una ocasión pero que no había pasado en limpio ni reescrito en tinta, sino dejado en la versión provisional a lápiz sobre un papel membretado del diarioExcélsior. Por ello era sin duda un borrador y no un poema que estuviese ya listo para la imprenta, lo que tampoco evita que sea uno de sus grandes poemas, lo mismo si lo escribió antes o después de “La suave patria”.
Los misterios que encierra este poema son abundantes, y los estudiosos se han afanado en tratar de resolver con cruce de informaciones, testimonios y hasta interpretaciones psicoanalíticas, sus referentes y significados, todo ello ante la imposibilidad, también, de recuperar las palabras que o bien faltaban de origen en el manuscrito o bien se borraron de la escritura a lápiz como suele creerse en la hipótesis más extendida. Fernando Fernández aporta un ensayo de gran utilidad que recoge las diversas interpretaciones que existen al respecto, desde las que tienen que ver con lo onírico hasta las más racionales y psicológicas que echan mano, en gran medida, de la tendencia declarativa necrófila de López Velarde.
Las fuentes en las que abreva Fernández son las mejores y más sólidas. “Pero lo más apasionante —concluye el autor— quizá sea que el enigma se mantiene y la puerta a las interpretaciones queda abierta”. Y, en cuanto a la posibilidad de leer el poema completo (sin las omisiones o pérdidas en el papel), Fernando Fernández (que tuvo ante sus ojos el manuscrito original) opta por lo más razonable: “Si no fue posible leerlo completo cuando murió López Velarde, mucho menos lo es ahora, casi un siglo después. Pero lo que vemos ofrece algunos cuestionamientos problemáticos y hasta alguna sorpresa”.
Esta última, la sorpresa, que descubre el autor en el manuscrito original, entre otros detalles dignos de mencionarse, es que uno de los versos ya fijados en las ediciones canónicas (“libre como cometa, y en su vuelo”), tiene un artículo indeterminado que ha pasado inadvertido para todos y, entre ellos, especialmente pasó inadvertido para José Luis Martínez, su editor. El verso dice, en realidad, tal como lo leyó Fernando en el manuscrito: “libre como un cometa, y en su vuelo”. Todo esto sugiere que la poesía y la vida de López Velarde siguen teniendo zonas oscuras, pero que más allá de ellas o incluso por ellas, continúa apasionando a viejos y nuevos lectores, algunos de los cuales, como Fernando Fernández, siguen explorando ese pozo de ciencia y saber, con deleite y amable erudición.
Quizá no sea impertinente de mi parte cerrar esta reseña con un apunte simple, opuesto por completo a la industria hermenéutica lopezvelardeana de la que habla Zaid y que, en efecto, existe. Se trata de la obviedad (que, por serlo, carece de buena prensa) de que “El sueño de los guantes negros” pueda ser, ni más ni menos, un sueño: literalmente, como lo define el diccionario de la lengua española, una “sucesión de imágenes que se representan en la fantasía de alguien mientras duerme”. La debilidad de esta hipótesis es que López Velarde, que les leyó el poema a sus amigos, jamás les dijo que el texto era la transcripción de imágenes que recibió mientras dormía. Pero también es sensato preguntarnos si tenía obligación alguna de informarles algo así. Esta posibilidad (la del simple sueño) no es glamorosa en absoluto ni demasiado misteriosa ni suficientemente enigmática para merecer gran atención, pero es justo advertir que no sería el primer texto literario que surgiera y se transmutara de los sueños que, a fin de cuentas, no escapan a la realidad más prosaica de quien sueña.
Cito nada más un ejemplo: “Casa tomada”, de Julio Cortázar, uno de los mejores y más enigmáticos cuentos de este gran escritor argentino, y que la hermenéutica académica ha fatigado vinculándolo a la protesta política, al antiperonismo y al incesto, antes, y aun después, de que Cortázar confesara lo siguiente en una entrevista a Evelyn Picon Garfield (Cortázar por Cortázar, Universidad Veracruzana, 1978):
Cuando yo escribí ese cuento era una mañana de mucho calor en pleno verano de Buenos Aires; yo estaba en pijama, me acuerdo muy bien, me acababa de levantar de la cama a las siete de la mañana con una sensación de espanto porque acababa de soñar el cuento. Es uno de mis cuentos más oníricos. Yo soñé no exactamente el cuento, sino la situación del cuento. Allí no había nada incestuoso. Yo estaba solo en una casa muy extraña con pasillos y codos y todo era muy normal, ya no me acuerdo de lo que estaba haciendo en mi sueño. En un momento dado desde el fondo de unos de los codos se oía un ruido muy claramente y eso era ya la sensación de pesadilla. Había algo allí que me producía un terror como solo en las pesadillas. Entonces yo me precipitaba a cerrar la puerta y a poner todos los cerrojos para dejar la amenaza del otro lado. Durante un minuto me sentí tranquilo y parecía que la pesadilla volvía a convertirse en un sueño pacífico. Pero entonces de este lado de la puerta empezó de nuevo la sensación de miedo. Me desperté con la sensación de angustia de la pesadilla. Me acuerdo muy bien que tal como estaba, en pijama y sin lavarme los dientes ni peinarme, me fui a la máquina y en una hora estuvo escrito. Por razones técnicas nacieron los dos hermanos y se organizó todo el contenido del cuento. Es mi pesadilla la que hay que analizar. [...] Para mí no tiene absolutamente ningún contexto de ninguna naturaleza salvo la pesadilla. [...] No le di el menor sentido político.

Si López Velarde soñó su poema, o la situación de su poema, no podremos saberlo nunca. Por supuesto, ni en la literatura ni en ninguna otra circunstancia de la vida las cosas son tan simples ni tienen que ser tan prosaicas, pero tampoco tendrían que ser, siempre, tan misteriosas o inexplicables nada más para que los profesores busquen significados escondidos. Recordemos a aquel profesor que le preguntó a sus alumnos qué significado tenía la letra “e” invertida en la portada de Cien años de soledad, cosa que no sabía, dice García Márquez, ni siquiera Vicente Rojo, el autor del diseño de tal portada.
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JUAN DOMINGO ARGÜELLES (Quintana Roo, 1958) es poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus más recientes libros son: Antología general de la poesía mexicana (Océano / Sanborns, 2012-2014), Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes (Océano, 2014) y Por una universidad lectora (Laberinto / UJAT, 2015).

DE SOMBRAS Y DISTURBIOS (reseña), Ernesto Lumbreras (Confabukario / El Universal)


DE SOMBRAS Y DISTURBIOS CONFABULARIO

De sombras y disturbios



POR ERNESTO LUMBRERASAutor de Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo (Bonobos, 2012)


Leí con placer, curiosidad y provecho los asedios velardianos reunidos en Ni sombra de disturbio de Fernando Fernández quien lleva en el nombre una aliteración muy del gusto del poeta de Zozobra (1919).En los cinco ensayos que componen el volumen identifico un afán común: traer a la bibliografía sobre Ramón López Velarde nuevos asuntos y enfoques que enriquezcan, y en varios casos corrijan, la lectura de su obra y de contexto. Conocedor de los estudios centrales sobre el vate zacatecano, de Xavier Villaurrutia a Allen W. Phillips, de Antonio Castro Leal a Octavio Paz, de José Luis Martínez a Juan José Arreola, de Gabriel Zaid a Guillermo Sheridan, el autor de estas amenas incursiones rescata y trae a la mesa de discusión otros acercamientos, miradores de otras latitudes temporales y geográficas: el de Concepción Gálvez de Tovar con su Ramón López Velarde en Tres Tiempos (1971) y el de Martha Canfield, crítica uruguaya afincada en Italia, con su La provincia inmutable (1981) o el de Alfonso García Morales, ensayista español que anotó la edición madrileña de la poesía de López Velarde.

Fundamentalmente, estas dos lecturas “periféricas” ventilan a nuestro mal llamado poeta nacional. Siendo el más leído y comentado, intramuros, de nuestros líricos, las impresiones y juicios extranjeros atemperan, por una parte, los malentendidos del color local —sustantivo en el corpus de su obra a nivel de pretexto y no de escenografía— y también, establecen otras correspondencias o referentes a los imperantes en el solar mexicano. En la primera pieza “El retrato del primer López Velarde”, Fernández hace una lectura a contracorriente de lo que el canon de la crítica en México ha impuesto, pareciera, como dictamen irrevocable: la obra agrupada por José Luis Martínez bajo el título “Primeras poesías (1905-1912) es “mera curiosidad bibliográfica” (Phillips), pues reúne escritos “sentimentales, artificiosos” (Paz) que desentonan dirá Emmanuel Carballo con las piezas de La sangre devota (1916). Otras voces, menos visibles, matizan tal desdén y colocan algunos poemas, no reunidos en libro, en el mismo plano de “eficacia expresiva” de los reunidos en sus tres libros de poemas.

Al mismo tiempo que propone enmiendas sobre errores y erratas en la edición de las Obras al cuidado de José Luis Martínez, el ensayo en cuestión se adentra en el taller escritural de López Velarde, como también lo hizo el crítico jalisciense a la hora de comparar la edición “frustrada” de La sangre devota de 1910 con la definitiva publicada seis años después. En poemas como “A mi padre” y “El piano de Genoveva” de 1908 o en “Una viajera” y “El adiós” de 1912, nos dice Fernando Fernández, se localiza en sus plenos poderes la poética del jerezano, al menos —apunto por mi cuenta— la que se despliega en su opera prima; otra dimensión mayor habrá de fraguarse en su cima poética, Zozobra y en la reunión póstuma de su obra lírica bajo el título El son del corazón (1932). La naturaleza detectivesca del segundo ensayo, “Alfonso Camín, entre el canario y el murciélago”, intenta reconstruir el retrato de vida del poeta asturiano, presente, en varios momentos, en la vida cultural de México y que ahora es un nombre un tanto olvidado en ambos lados del Atlántico; en esa búsqueda, Fernández nos informa de los lazos afectivos y literarios con el poeta mexicano a quien dedicaría el poema “Aguafuerte” de 1919.

El tercer estudio, “La maestra” es una delicia filológica como a las que nos tenían acostumbrados Antonio Alatorre o Gerardo Deniz. La revisión de clásicos, de Ovidio a Fernando de Rojas, de Cervantes a Eneas Silvio Piccolomini, este último el futuro Pío II nos informa el autor, hacen posible un paseo por nuestros clásicos con la finalidad de encontrarnos con las fuentes de guiños y recreaciones lópezvelardianas de dos momentos, el relativo a las “lenguas arpadas” de “Para el zenzontle impávido…” y el anotado en versos de “La suave patria” que rezan “con el bravío pecho / empitonando las camisas.” El cuarto ensayo es con mucho el más completo y atractivo respecto las reformulaciones escriturales y de lectura de uno de los poemas fundamentales del bardo de Zacatecas: “El sueño de los guantes negros”. Pieza inconclusa que ha sufrido transcripciones equívocas, arrastrando también una leyenda, de poco provecho, para fijar su condición de poema no consumado por su autor.

En sus varios apartados, este capítulo de Ni sombra de disturbio, trae a cuento a otros comentaristas del tétrico poema, anécdotas que se acumulan en un ministerio de justicia poética para ordenar los hechos y los mitos respecto del original, escrito a lápiz por López Velarde, en una hoja de papelería de periódicoExcélsior así como ediciones que han publicado dicho texto con descuidos, revelaciones y añadidos no siempre afortunados. Literalmente, Fernando Fernández leyó con lupa el texto, letra a letra, palabra por palabra, en el borroso y frágil manuscrito velardiano puesto en guarda en la Academia Mexicana de la Lengua. El estudio final, “El candil”, es un ensayo vía la crónica sobre un fetiche potosino del poeta, “un símbolo” personal, nos recordaría Fernández; se trata del majestuoso candil con forma de bajel o de carabela ubicado en la bóveda del Templo de San Francisco de San Luis Potosí. Ese ornamento de cristal y de luz inspiró el poema “El candil” ubicado en el índice de Zozobra y dedicado a Alejandro Quijano, hermano de la musa esencial de dicho libro.

Declaraba el poeta Luis Miguel Aguilar, estudioso todo rigor de nuestra lírica, que “Ramón López Velarde es el centro de la poesía mexicana.” Estas palabras y otras más, dichas en la ceremonia de entrega del Premio Internacional Ramón López Velarde 2015, en el Teatro Calderón de Zacatecas, nos previenen sobre el incesante retorno del poeta, a nuestro turbio presente, en la víspera del año 2021, centenario de su muerte y de su poema más popular. Con ese mismo aliento de resurrección cotidiana, Fernando Fernández comparte su lectura, sus reflexiones y hallazgos en torno del poeta más cordial de todos los poetas.


*Fotografía: El escritor Fernando Fernández explora en este libro la bibiliografía crítica sobre el poeta zacatecano Ramón López Velarde / Crédito: Especial.

EL MAR SE LLEVA TODOS LOS MALES: RAMSËS SALANUEVA, Refugio Pereida

EL MAR SE LLEVA TODOS LOS MALES: R. S.

la poeta refugio pereira





Por Refugio Pereida

Ramsés Salanueva, poeta, promotor cultural y periodista, oriundo de Actopan, murió este domingo tras padecer una enfermedad respiratoria.
El mar se lleva todos los males, me dijo Ramsés una mañana entre las olas del Pacífico, mientras nadábamos. Lo decía aquel hombre que siempre se supo poeta. Había buscado como Fausto la belleza en las mujeres, había buscado el conocimiento en los terrenos esotéricos. A ello le culparía de sus desgracias, como haber sufrido el accidente automovilístico donde se rompió el pie y que después de muchos años lo llevaría a padecer dolorosas secuelas haciéndole dificultoso su caminar. El bastón que le acompañó por el resto de sus días, le daba una figura imponente, le hacía parecer un jerarca con voz de mando.
Era de un peso portentoso, de risa estentórea y contagiosa. Era un sobreviviente de una vida avasallante. Pero igual que Eliseo Diego, mitigaba la tristeza, la angustia y la soledad con la poesía. La vida le era un animal furioso, pero su ternura lo llevó a descargarla en las amantes que buscaba en burdeles para luego fanfarronear el haber tocado las pieles más suaves. Y confesaba sus sueños donde aparecía de forma recurrente una puerta llena de tetas.
Si algo tenía Ramsés Salanueva era alimentarse de los sabores de los versos de Manuel Scorza que había conocido por su amigo, el poeta Carlos Gasca. Se preocupaba porque la poesía fuera un elemento constante en su existencia. Era un hombre que bailaba la danza del polvo desprendido por el movimiento de cuerpos hermosos. El poeta escribe para su muerte con materia tangible y efímera. Se vuelve una voluta de paja en las arenas para tejer la inacabable esfera que rueda, que rueda, que rueda como la aceptación y la renuncia.
Ramsés era un ser endeble. Un ser de caminos desérticos. Un ser de matices nacido en el Valle del Mezquital donde las nubes codician el agua y, como el amor, se van a otros cielos.
Para el poeta era necesario, imprescindible, ir tras ellas. No importaba que tan lejos se hubieran ido. Tal como lo hizo Efrén Rebolledo, de quien fue a buscar sus huellas hasta los márgenes del Fiordo noruego. De ese periplo vino Cuaderno para estudiar el viaje, un libro donde el final de cada poema es tan contundente que ofrece la fruta de la seducción y el misterio como un manjar para el espíritu. Cada final para sus universos poéticos pareciera ser la suspensión en el movimiento de sus átomos, de ciertos átomos que dan paso al movimiento de otros. Tal como pasarle la estafeta a un corredor que busca llegar al extremo de una carrera infinita. Así es la poesía de Ramsés. Cuando un poema termina, acaba el trabajo del poeta y empieza el turno del lector. O mejor aún, surge eso que remarca André Verdet cuando afirma que “la poesía es el mismísimo lenguaje primitivo, individualizado y aislado a fuerza de buscar la realidad del hombre”.
Por eso quiero empezar por el final. Porque su lectura me da la certeza de que todo, en su término, vuelve a empezar. Veamos algunos ejemplos:

“ …y las primeras rocas desaparecieron y el océano no era más…”
“Somos los peregrinos. Los excluidos del baluarte.
Los menesterosos de la tierra. Los gitanos que cantan.”
“… el juglar dejó su canto invisible.”
“la melancolía es la pena más onda.”
“ y la soledad despliega sus alas bajo el acantilado del silencio.”
“Todo lo que estaba perdido desde antes…”
“Yo canto en espera de la luna y la doncella, que el destierro amaine…”
“Mi poesía es un crepúsculo”.
Me parece curioso que al enlistar estos finales, si se les repasa de manera continua, el lector podría encontrar una suerte de rayuela poética cortazariana donde aparece un nuevo poema, ya sea de arriba para abajo o viceversa.
Y como dice Alberto Dallal: “La historia es siempre un libro posible” , por eso cuando Ramsés Salanueva conoció la de Efrén Rebolledo decidió ir tras de sus pasos a una Oslo que aparte de sus hijos Efrén y Gloria, le resultó un tanto indiferente y lo hizo sentirse un autista en un MacDonals. Porque es natural que el poeta se encuentre incómodo y eso le genere un conflicto que a su vez lo lleva a escribir sobre su propio acontecer vital con una voz propia que, como en el caso de Ramsés, se distingue del coro actual, como diría Eugenio Montejo.
Tanto en la primera como en la segunda parte: Cuaderno para estudiar el viaje y Diáspora de espinosos matorrales, el poeta Salanueva realiza el canto a la distancia y sus consecuencias donde se reconoce como un extraño, un extranjero deseoso de estar en el centro de una fiesta, a la que llega pero no encuentra a nadie que lo espere. “Tuvimos que dejar las dunas/ para conocer la distancia”, confiesa.
Y sus cantos forman la Rapsodia del vagabundo, la Sonata a Rimbaud, el Romance del niño perdido, hasta llegar a la tenebrosa melodía de la soledad, representada en el Evangelio de Lucifer, compuesto por versículos que asemejan oraciones dedicadas a un bellísimo fuego: los rumbos de luz que provocaron que las brasas encendieran su alma. Y la voz poética revela su espera por aquella señal que le había prometido: “Yo apartaré de ti las fauces del león y tus huellas jamás llegarán a nido de víbora.” Insiste en la espera de aquel que dijo “Soy el infamante, el señalador, el que tiene la llave de la puerta del templo del alba en Siria. Yo poseo la clavícula contra los dogmas, soy la senda que conduce al inflamatorio de la verdad, quien puede leer la revelación”. Sin embargo, las revelaciones a las que se enfrenta la figura poética son la tristeza, la soledad del que se sabe incompleto.
Sentimientos que también acontecen en la tercera parte: Comentarios acerca del volátil de Ícaro, como un desencanto donde reina la noche, el insomnio al borde de una llama que no es suficiente para escapar de un laberinto que conduce hacia el inevitable abismo.
Es aquí que se sirve de personajes mitológicos como Dédalo para levantar el vuelo, de la épica guerra de Troya para aconsejar “Aquel que quiera/ poseer la belleza/ deberá marchar a Troya/ ahí, cautivar a Helena”. Es decir, el amor es el asidero que ayuda a no perecer. Igual que la embriagadora compañía de Dionisios, ese dios romano que lo lleva a decir, entre tanta penumbra: “En el comienzo mi verso fue un grito”. Sin embargo, más tarde reconocería que se transformó en “… un eco/ una tonalidad/ luego un desierto.” Entonces llega la aceptación: “… mi poesía es un crepúsculo”. Ese fenómeno natural que al llegar la noche da paso a las experiencias de la piel y sus efluvios.
Del cierre de este momento poético se ocupan el Minotauro para resguardar su madeja fatal. Y también Medusa, aquella de venenosos colmillos que penetraron su cuello como un acto de inigualable erotismo. Y que el poeta, en la cuarta parte, desarrolla ampliamente en un amor más que cortés -diría yo- sensual y de reproche.
Poemas para la Monstrua. ¿A qué mujer amó Ramsés? Quizá no lo sabremos, mas, creo, él ya es una figura quevediana. Es polvo enamorado. Lucifer lo sedujo y luego lo abandonó porque era un poeta. Le compró su alma pero mal se la pagó. Es más, nunca le dio un céntimo mágico para obtener el amor y por ello está completo como sus poemas, como el polvo que se levanta imponente en cada verso. Por eso, Ramsés fue un poeta que pronto volvió al camino del Señor y a él se entregó obsesivamente y de ello hay pruebas en los epígrafes tomados de dos libros sagrados: La Biblia y El Corán.
César Fernández Moreno explica que “la poesía se produce en el momento en que el poeta expresa lo que siente”. Es así que cuando el artista golpea o acaricia, lo hace con imágenes, con un canto, donde sobresale una voz única. Como la del poeta Ramsés Salanueva.

RAMSÉS SALANUEVA, LA VOZ SOBRE EL CORO, Refugio Pereida (México)

Ramsés Salanueva, la voz sobre el coro
Ramsés Salanueva, poeta, promotor cultural y periodista, oriundo de Actopan, murió el domingo 28 de de febrero tras padecer una enfermedad respiratoria.
El mar se lleva todos los males, me dijo Ramsés una mañana entre las olas del Pacífico, mientras nadábamos. Lo decía aquel hombre que siempre se supo poeta. Había buscado como Fausto la belleza en las mujeres, había buscado el conocimiento en los terrenos esotéricos. A ello le culparía de sus desgracias, como haber sufrido el accidente automovilístico donde se rompió el pie y que después de muchos años lo llevaría a padecer dolorosas secuelas haciéndole dificultoso su caminar. El bastón que le acompañó por el resto de sus días, le daba una figura imponente, le hacía parecer un jerarca con voz de mando. Era de un peso portentoso, de risa estentórea y contagiosa.
Era un sobreviviente de una vida avasallante. Pero igual que Eliseo Diego, amansaba la tristeza, la angustia y la soledad con la poesía. La vida le era un animal furioso, pero su ternura lo llevó a descargarla en las amantes que buscaba en burdeles para luego fanfarronear el haber tocado las pieles más suaves. Y confesaba sus sueños donde aparecía de forma recurrente una puerta llena de tetas.
Si algo tenía Ramsés Salanueva era alimentarse de los sabores de los versos de Manuel Scorza que había conocido por su amigo, el poeta Carlos Gasca. Se preocupaba porque la poesía fuera un elemento constante en su existencia. Era un hombre que bailaba la danza del polvo desprendido por el movimiento de cuerpos hermosos. El poeta escribe para su muerte con materia tangible y efímera. Se vuelve una voluta de paja en las arenas para tejer la inacabable esfera que rueda, que rueda, que rueda como la aceptación y la renuncia.
Ramsés era un ser endeble. Un ser de caminos desérticos. Un ser de matices nacido en el Valle del Mezquital donde las nubes codician el agua y, como el amor, se van a otros cielos.Para el poeta era necesario, imprescindible, ir tras ellas. No importaba que tan lejos se hubieran ido. Tal como lo hizo Efrén Rebolledo, de quien fue a buscar sus huellas hasta los márgenes del Fiordo noruego. De ese periplo vino Cuaderno para estudiar el viaje, un libro donde el final de cada poema es tan contundente que ofrece la fruta de la seducción y el misterio como un manjar para el espíritu.
Cada final para sus universos poéticos pareciera ser la suspensión en el movimiento de sus átomos, de ciertos átomos que dan paso al movimiento de otros. Tal como pasarle la estafeta a un corredor que busca llegar al extremo de una carrera infinita. Así es la poesía de Ramsés. Cuando un poema termina, acaba el trabajo del poeta y empieza el turno del lector. O mejor aún, surge eso que remarca André Verdet cuando afirma que “la poesía es el mismísimo lenguaje primitivo, individualizado y aislado a fuerza de buscar la realidad del hombre”.
Por eso quiero empezar por el final. Porque su lectura me da la certeza de que todo, en su término, vuelve a empezar. Veamos algunos ejemplos:

“ …y las primeras rocas desaparecieron y el océano no era más…” “Somos los peregrinos. Los excluidos del baluarte. Los menesterosos de la tierra. Los gitanos que cantan.” “… el juglar dejó su canto invisible.” “la melancolía es la pena más onda.” “ y la soledad despliega sus alas bajo el acantilado del silencio.” “Todo lo que estaba perdido desde antes…” “Yo canto en espera de la luna y la doncella, que el destierro amaine…” “Mi poesía es un crepúsculo”.

Me parece curioso que al enlistar estos finales, si se les repasa de manera continua, el lector podría encontrar una suerte de rayuela poética cortazariana donde aparece un nuevo poema, ya sea de arriba para abajo o viceversa.
Y como dice Alberto Dallal: “La historia es siempre un libro posible” , por eso cuando Ramsés Salanueva conoció la de Efrén Rebolledo decidió ir tras de sus pasos a una Oslo que aparte de sus hijos Efrén y Gloria, le resultó un tanto indiferente y lo hizo sentirse un autista en un MacDonals. Porque es natural que el poeta se encuentre incómodo y eso le genere un conflicto que a su vez lo lleva a escribir sobre su propio acontecer vital con una voz propia que, como en el caso de Ramsés, se distingue del coro actual, como diría Eugenio Montejo.
Tanto en la primera como en la segunda parte: Cuaderno para estudiar el viaje y Diáspora de espinosos matorrales, el poeta Salanueva realiza el canto a la distancia y sus consecuencias donde se reconoce como un extraño, un extranjero deseoso de estar en el centro de una fiesta, a la que llega pero no encuentra a nadie que lo espere. “Tuvimos que dejar las dunas/ para conocer la distancia”, confiesa.
Y sus cantos forman la Rapsodia del vagabundo, la Sonata a Rimbaud, el Romance del niño perdido, hasta llegar a la tenebrosa melodía de la soledad, representada en el Evangelio de Lucifer, compuesto por versículos que asemejan oraciones dedicadas a un bellísimo fuego: los rumbos de luz que provocaron que las brasas encendieran su alma. Y la voz poética revela su espera por aquella señal que le había prometido: “Yo apartaré de ti las fauces del león y tus huellas jamás llegarán a nido de víbora.” Insiste en la espera de aquel que dijo “Soy el infamante, el señalador, el que tiene la llave de la puerta del templo del alba en Siria. Yo poseo la clavícula contra los dogmas, soy la senda que conduce al inflamatorio de la verdad, quien puede leer la revelación”.
Sin embargo, las revelaciones a las que se enfrenta la figura poética son la tristeza, la soledad del que se sabe incompleto.Sentimientos que también acontecen en la tercera parte: Comentarios acerca del volátil de Ícaro, como un desencanto donde reina la noche, el insomnio al borde de una llama que no es suficiente para escapar de un laberinto que conduce hacia el inevitable abismo.
Es aquí que se sirve de personajes mitológicos como Dédalo para levantar el vuelo, de la épica guerra de Troya para aconsejar “Aquel que quiera/ poseer la belleza/ deberá marchar a Troya/ ahí, cautivar a Helena”. Es decir, el amor es el asidero que ayuda a no perecer. Igual que la embriagadora compañía de Dionisios, ese dios romano que lo lleva a decir, entre tanta penumbra: “En el comienzo mi verso fue un grito”. Sin embargo, más tarde reconocería que se transformó en “… un eco/ una tonalidad/ luego un desierto.” Entonces llega la aceptación: “… mi poesía es un crepúsculo”. Ese fenómeno natural que al llegar la noche da paso a las experiencias de la piel y sus efluvios.
Del cierre de este momento poético se ocupan el Minotauro para resguardar su madeja fatal. Y también Medusa, aquella de venenosos colmillos que penetraron su cuello como un acto de inigualable erotismo. Y que el poeta, en la cuarta parte, desarrolla ampliamente en un amor más que cortés -diría yo- sensual y de reproche.
Poemas para la Monstrua. ¿A qué mujer amó Ramsés? Quizá no lo sabremos, mas, creo, él ya es una figura quevediana. Es polvo enamorado. Lucifer lo sedujo y luego lo abandonó porque era un poeta. Le compró su alma pero mal se la pagó. Es más, nunca le dio un céntimo mágico para obtener el amor y por ello está completo como sus poemas, como el polvo que se levanta imponente en cada verso. Por eso, Ramsés fue un poeta que pronto volvió al camino del Señor y a él se entregó obsesivamente y de ello hay pruebas en los epígrafes tomados de dos libros sagrados: La Biblia y El Corán.
César Fernández Moreno explica que “la poesía se produce en el momento en que el poeta expresa lo que siente”. Es así que cuando el artista golpea o acaricia, lo hace con imágenes, con un canto, donde sobresale una voz única. Como la del poeta Ramsés Salanueva.