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viernes, 24 de abril de 2015

MATZA MARANTO, (Chiapas, 1984)

LATITUDES. POESÍA MEXICANA ACTUAL: MATZA MARANTO (OCOZOCOAUTLA DE ESPINOSA, CHIAPAS, 1984)

matzamaranto


Matza Maranto: Ocozocoautla de Espinosa, Chiapas, 1984. Actualmente estudia el Doctorado en Ciencias Sociales y Humanísticas en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA). Es autora del poemario Atajos para llegar a nadie (SE del Estado de Chiapas, 2011),Peldaños (UNISON, 2012) y Trozos de azogue (Nueva York, 2013). Ha publicado en la Antología del XIII Encuentro Internacional de Poetas, la Antología Jaime Sabines 83 aniversario, 83 poetas, Círculo de poesía, Periódico de Poesía de la UNAM y en la Revista Tierra Adentro. Fue becaria del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico 2011 y es Premio Estatal de la Juventud 2010 en la categoría de Poesía. Lo textos que aquí se presentan son de su poemario inédito Ajedrecístico,

El viajero llevó a casa la línea que divide al hastío de la tristeza, siguió el camino de luces. La casa tiene la brevedad del infinito; en ella se disuelven los retratos sobornados por la noche. La casa del viajero no tiene rastro de añoranza. Él bebe la luz que sorbe al final de la botella. Nunca falta una ventana para devolver el estómago, para dejar la casa en un sitio distinto.

*
Ve del reloj sólo el reflejo en los espejos de agua. Conoce el abismo como a sí mismo. Una valija es abandonada en la banca del parque, mientras por el altavoz se busca al hombre que posea el boleto de admisión a este recorrido de estigmas. En la ciudadela hay un hombre herido por un trozo de azogue. Esta es una estación acetílica, donde la sangre es el hilo conductor hacia la vida.

*
Se ha apuntado el camino del mañana, la guía me deja en esta jaula de luz. Estas manos realizan el malabar inútil de afinar el grafito, de plasmar la última línea que busque el exilio. Tiembla. El pueblo se ve sumergido por el estruendo fatídico de los altavoces. Nadie se salva del recuerdo. Esta hora se ha quedado íntimamente guardada cual cicatriz es remarcada con el tiempo.

*
Yo soy el viajero. Iba de paso; sin embargo, me convertí en habitante de esta ciudad-derrumbe. Alguien pronunció mi nombre pero no volví la vista, nada podía ser petrificado. Ninguna vereda llevará a otro sitio; todas las catástrofes están cumplidas. Aquí los rastros del crimen son lo único verdadero.

*
En este lugar soy. Los reflejos de esta ciudad se conjugan en todos los tiempos; sé que no habrá salida, el destino está iluminado con una indescifrable belleza. Soy: es mi nombre en todas las lenguas y en todas las tonalidades posibles.

*
Aquí viví todas mis muertes. Moví las piezas hasta ahogar el tablero, la solución no es el final; quedarán los nubarrones, su voz por los altavoces, la enmohecida satisfacción de salir ileso, la memoria. Intercambié tiradas, y es así como sé que todas las bardas tienen las claves exactas para concluir: hemos vivido en el reflejo.


jueves, 23 de abril de 2015

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS, Horacio Quiroga





EL ALMOHADÓN DE PLUMAS


Horacio Quiroga ©


Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció  desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.


EL ALMOHADÓN DE PLUMAS,
HORACIO QUIROGA
(Un cuento de amor de locura y sobre todo, de muerte)
Fernando Chelle ©

El texto elegido para el análisis literario pertenece al escritor uruguayo Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 31 de diciembre de 1878 – Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937). Se trata de un cuento titulado El almohadón de plumas, perteneciente al libro Cuentos de amor de locura y de muerte, publicado en la ciudad de Buenos Aires en el año 1917.
El tema central del cuento, es la muerte inexplicable de Alicia, la protagonista, víctima de un animal extraño que vive en su almohadón de plumas. Los otros dos temas que aparecen en el título del libro, el amor y la locura, también están presentes en el cuento, aunque de manera secundaria.
Quiroga eligió estructurar la acción del cuento de manera similar a como lo hacía Edgar Allan Poe en muchas de sus Narraciones Extraordinarias, donde encontramos esos finales denominados de efecto, justamente por la impresión que quieren causar en el lector. Al igual que como sucede en El gato negro, por nombrar solo un cuento del autor norteamericano, en el Almohadón de plumas el autor se guarda para el final un as bajo la manga con que nos sorprende a todos los lectores. La estructura del cuento se inscribe dentro de lo que se podría denominar una forma clásica, a saber, comienzo, nudo y desenlace. En un primer momento, la narración se centra en la presentación de los personajes y del lugar donde transcurren los hechos, la casa. Hay un segundo momento, el más extenso, que se centra en la enfermedad de carácter inexplicable que sufre la protagonista, por último encontramos un tercer momento cuyo centro de interés es el almohadón de plumas y el extraño animal que vivía en su interior, quien terminó siendo el causante de la muerte de Alicia.
Comienza el relato con una frase contundente, cargada de un sentido oximorónico, “Su luna de miel fue un largo escalofrío”. Como lectores sabemos que se le denomina luna de miel al período de tiempo que comienza una vez finalizada la boda y que se extiende por un lapso de tiempo, donde generalmente los recién casados emprenden un viaje de vacaciones. Es un tiempo de intimidad que se caracteriza por ser un periodo de intensa felicidad. Cuando leemos las primeras palabras del texto, ya podemos vislumbrar el tono que va a acompañar el relato, no sabemos nada aún pero si una cosa tenemos en claro es que una luna de miel no se caracteriza por ser un largo escalofrío.
La voz narrativa, omnisciente y en tercera persona, continúa dando los rasgos grafopéyicos (rasgos físicos) y etopéyicos (rasgos del carácter) de los dos personajes principales del cuento. De Alicia se nos dice que es rubia, angelical y tímida, mientras que Jordán es descrito como un hombre alto, callado y de carácter duro. La intención de Quiroga en este primer momento del relato es presentar la relación amorosa de una pareja que se ama, pero que está marcada por la incomunicación. Se nos dice que Alicia quería mucho a Jordán y que este también amaba profundamente a su esposa, pero Alicia se estremecía ante la rígida presencia de su marido, ni siquiera era capaz de mirarlo fijamente y Jordán en su mutismo era incapaz de dar a conocer sus sentimientos.
Con la descripción de la casa, el lugar físico donde va a transcurrir la acción del cuento, el escritor busca, y logra, llevar la atención del lector hacia posibles interpretaciones de lo que le sucederá a la protagonista. La casa, calificada de hostil, descrita como un palacio encantado, frío y abandonado influye en el aspecto psicológico de la protagonista.
En la planificación del relato, Quiroga sabe de antemano de qué manera y en qué circunstancias va a morir Alicia, pero tiene que crear en el lector interpretaciones transitorias de lo que va ocurriendo durante la lectura para que cuando en realidad salga a la luz el verdadero motivo de la enfermedad y la muerte la sorpresa sea total. En este sentido, es lógico pensar que los estremecimientos de Alicia, que derivarán en una extraña enfermedad, se deben a las circunstancias que la rodean, como ser estar casada con un hombre tan poco comunicativo y vivir en soledad en esa extraña casa, resignando sus sueños de mujer sensible.
Cuando el narrador dice que “no es raro que adelgazara”, primera referencia física de una posible enfermedad, no nos sorprende, aunque estamos muy lejos aquí de atribuir la enfermedad a su verdadera causa.
Las dolencias de la protagonista comenzaron como una simple gripe (influenza), pero lo extraño del caso era que no lograba superarla, y poco a poco su estado de salud fue desmejorando.
Es significativo el pasaje que tiene lugar en el jardín de la casa donde Jordán acaricia la cabeza de Alicia y esta se pone a llorar. Este es el único momento del relato donde Jordán tiene una manifestación de cariño hacia su mujer, donde la distancia emocional por un momento se rompe. Es comprensible el llanto de la protagonista y la actitud de dejarse proteger, fue como si Jordán con su actitud habilitara a Alicia a manifestar todo lo que sentía y que justamente por el carácter del marido estaba obligada a reprimir.
El médico de Jordán, en su afán de solucionar esta situación inexplicable hasta el momento, da órdenes que en lugar de llevar a Alicia a la recuperación la llevan a un camino vertiginoso hacia la muerte. Al no encontrar una explicación para la debilidad que estaba sufriendo la paciente lo único que aconseja es que descanse, y es precisamente el descanso, el estar acostada, el estar en contacto con el almohadón lo que va absorbiendo gota a gota la vida de Alicia. Claro que nosotros como lectores y a esta altura del cuento esto no lo sospechamos y, es más, vemos como lógicos los consejos primarios del médico, quien con el espíritu científico que lo caracteriza apunta a mitigar las dolencias aunque desconozca las causas de fondo que las provocan.
Todo va a encajar en el cuento cuando aparezca la verdadera causa de la extraña debilidad de Alicia, cuando aparezca el extraño animal que vivía en el almohadón. Recién a último momento vamos a atar cabos y a entender por qué Alicia empeoraba, por qué la enfermedad estaba vinculada con la sangre (tenía anemia), por qué la vida se le iba gota a gota, pero como hemos referido anteriormente, vemos cómo Quiroga ha estructurado el relato de manera de jugar todo el tiempo con nuestra incertidumbre y guardar la sorpresa para el final, con lo que logra el efecto que pensó desde un principio.
También encontramos otros dos pasajes significativos en este segundo momento de la narración que merecen que nos ocupemos de ellos con algún detenimiento. En primer lugar, la actitud de Jordán frente a su agonizante esposa, y en segundo lugar las alucinaciones de esta última. En distintos relatos Horacio Quiroga juega con elementos simbólicos, que de alguna manera refieren a la muerte, o más específicamente, a ceremonias que la rodean. Por ejemplo, lo hace en el cuentoA la deriva, donde se refiere que las paredes que rodean el río Paraná lo encajonan fúnebremente, no podemos dejar de ver en esa metáfora la muerte en vida de Paulino que poco más tarde se concretará, pero que allí va en su lecho fúnebre a la deriva. En el caso de El almohadón de plumas, es muy clara la ceremonia fúnebre que está viviendo Jordán, aunque Alicia todavía se encuentre con vida. El dormitorio donde se encontraba el cuerpo de Alicia, todavía con vida, estaba en silencio y con las luces prendidas, Jordán la visitaba y en silencio caminaba por la habitación mirando la cama.
El segundo pasaje que resulta significativo, además de bien logrado, es el que se refiere a las alucinaciones de la protagonista. Este pasaje, además de mostrar cómo se va agravando la situación debido a la gran debilidad de Alicia, muestra el trasfondo psicológico en el pensamiento de la protagonista que aflora en forma de alucinación. Es importante reparar en el contenido de las alucinaciones y por sobre todo cómo es la visión de Jordán que tiene Alicia. No hay dudas que ese antropoide que la miraba fijamente no era otro que Jordán y tenemos que preguntarnos por qué Alicia vería a su marido de esta forma. Sabemos que un antropoide es un animal con forma humana, un mono por ejemplo, pero que de todas maneras no es humano. Reparemos ahora en el carácter de Jordán, en lo callado, en lo serio, en lo poco comunicativo y entenderemos por qué Alicia tiene esta visión alucinada de su marido, ella alucina sobre sus sentimientos, pareciera que en este estado alterado se develara la verdadera visión que Alicia tenía de Jordán.
Este segundo momento de la estructura interna del relato, el más amplio, se cierra con la voz del narrador quien resume algunos aspectos de la enfermedad pero que además nombra al pasar el objeto que va a ser el centro de interés del desenlace de la historia, el almohadón.
El último momento o desenlace de la historia comienza con la frase “Alicia murió por fin”. Se dijo anteriormente que el centro de interés de este tercer momento era el almohadón, y esto es así hasta tal punto que a Alicia ya no se la nombrará más en el relato. Aparece la sirvienta, otro personaje secundario, ya habíamos visto al médico, con la única finalidad de enfocar nuestra atención en el almohadón. Como lectores, acompañamos a la sirvienta en esa mirada extrañada sobre el almohadón y el primer plano de la atención se detendrá allí, en el objeto que escondía al causante de la tragedia. Se establece un diálogo entre Jordán y la sirvienta cuyo único centro de interés es el almohadón. Lo primero que llamó la atención de la sirvienta fueron las manchas de sangre que había en el almohadón y, en segundo lugar, cuando intentó levantarlo por orden de Jordán se aterrorizó con el extraordinario peso que este presentaba.
El nerviosismo se apoderó de Jordán, lo vemos cortar de un tajo la funda del almohadón ansioso por saber qué era todo aquello, a qué se debían las manchas de sangre y aquel extraordinario peso. Luego, lo inesperado, el as bajo la manga, el terror escondido entre las plumas que en el último momento del relato aparece para evacuar todas nuestras dudas.
Luego de la descripción de este extraño animal, el narrador nos cuenta a modo de explicación, cuál era su modus operandi, cómo succionaba la sangre de Alicia y cómo había pasado inadvertido para todos. Ahora, con la aparición de este animal inesperado, se unen todos los cabos, y comenzamos a explicarnos y a entender una a una las dolencias que aquejaban a la protagonista y que en cinco días con sus noches la llevaron a la muerte.
Es muy curioso el último párrafo del cuento, parece no formar parte de la ficción y ser una explicación cuasi científica de la vida y alimentación de los parásitos que viven en las aves y que en ocasiones habitan los almohadones de plumas. Pareciera como si Quiroga quisiera darle un toque realista a tanto desborde imaginativo, quizá lo hizo con la intención de impresionar a algunos lectores incautos para que lleguen a preguntarse si en verdad esto pudo suceder y reparen en los riesgos que pueden llegar a correr como poseedores de similares almohadones.












Horacio Quiroga

HORACIO QUIROGA
Escritor, Salto, Uruguay, 31/12/1878 – Buenos Aires, Argentina, 19/2/1937. Más información en REALIDADES Y FICCIONES Nº 4, marzo de 2011:


LA CARTA DE LA JOROBADA PARA EL CERRAJERO, Fernando Pessoa

REVISTA NEXOS (Tomada, a su vez, de la Revista Página)
La carta de la jorobada para el cerrajero 
1 MARZO, 1997
Fernando Pessoa
Fernando Pessoa no fue sólo un poeta y ensayista excepcional. Fue también autor de varios relatos. El que aquí les ofrecemos constituye un ejercicio inmejorable de crueldad narrativa.

Señor Antonio:
Usted nunca ha de ver esta carta, ni yo he de verla por segunda vez porque estoy tuberculosa, pero quiero escribirle aunque usted no lo sepa porque si no escribo me ahogo.
Usted no sabe quién soy, quiero decir, sí lo sabe pero no habrá caído en la cuenta, me ha visto en la ventana cuando pasa para ir al taller. Yo me quedo contemplándolo porque sé a la hora que usted llega y lo espero todos los días. Nunca le habrá dado importancia a la jorobada del primer piso de la casa amarilla, pero yo no pienso más que en usted. Sé que tiene una amante, es aquella muchacha rubia, alta y bonita: la envidio pero no le tengo celos porque no tengo derecho a tener nada, ni siquiera celos. Usted me gusta porque me gusta y ya está, y me apena no ser otra mujer, con otro cuerpo y otra hechura, para poder bajar a la calle y hablar con usted, aunque no me diese nunca la razón, pero me hubiera gustado conocerlo aunque sólo fuera de hablar alguna vez con usted.
Usted es lo único que ha aliviado mi enfermedad y le estoy agradecida sin que usted lo sepa. Yo nunca podría tener a nadie que me quisiera como se quiere a las personas que tienen un cuerpo bien hecho, pero tengo derecho a querer sin que me quieran y también tengo derecho a llorar, que eso no se le niega a nadie.
Me hubiera gustado morir después de hablar una sola vez con usted pero nunca tendré el coraje ni la forma de hacerlo. También me hubiera gustado que usted supiese que yo lo quería mucho pero tengo miedo de que si usted se enterara no le importase en absoluto, y me apena saber que ésa es la única verdad por encima de cualquier otra cosa, que además no voy a procurar saber.
Soy jorobada de nacimiento y siempre se han reído de mí. Dicen que todas las jorobadas son malas pero yo nunca le he deseado mal a nadie. Además de esto estoy enferma y nunca tuve fuerzas, a causa de la enfermedad, para enojarme demasiado. Tengo diecinueve años y nunca he comprendido para qué he llegado a tener tanta edad, enferma y sin nadie que se apiadase de mí, a no ser porque soy jorobada, que es lo de menos porque es el alma lo que me duele y no el cuerpo, ya que la joroba no duele.
Hasta me hubiera gustado saber cómo es su vida con su amiga porque como es una vida que yo nunca podría tener —y ahora menos, que ni vida me queda— me hubiera gustado saberlo todo.
Perdone que le escriba tanto sin conocerlo, pero usted no va a leer esto y aunque lo leyese no sabría que era para usted o, en cualquier caso, no le iba a dar ninguna importancia, pero me gustaría que pensase que es triste ser jorobada, vivir siempre asomada a la ventana, tener madre y hermanas a quienes también les gusta la gente pero sin que le gustemos a nadie, porque todo eso es natural, eso es la familia, y lo que faltaba es que ni siquiera eso le estuviera permitido a una marioneta con los huesos al revés como yo, que ya lo he oído decir.
Recuerdo un día que usted venía para el taller y un gato empezó a pelearse con un perro aquí enfrente de la ventana. Todos salimos a verlo y usted se paró al lado de Manuel das Barbas, en la esquina del peluquero; después miró para mí, que estaba en la ventana, y me vio reír y usted también se rió para mí. Esa fue la única vez que usted estuvo a solas conmigo, por decirlo de alguna manera, ya que yo nunca podría esperar eso.
Usted no se imagina cuántas veces estuve a la espera de que ocurriese cualquier otra cosa en la calle, cuando usted pasase, para volver a verlo otra vez; tal vez usted mirara para mí de nuevo y yo me encontrara con sus ojos mirando directamente a los míos.
Pero no consigo nada de lo que quiero, nací así, y hasta tengo que subirme encima de un banquillo para poder estar a la altura de la ventana. Me paso todo el día viendo ilustraciones y revistas de moda que le prestan a mi madre, pero yo siempre estoy pensando en otra cosa, tanto que cuando me preguntan que cómo era aquella falda o quién aparecía en la foto donde está la reina de Inglaterra, muchas veces me avergüenzo de no saberlo porque estaba imaginándome cosas que no pueden ser y que no puedo dejar que me entren en la cabeza y me alegren, para que después, encima, me den ganas de llorar.
Después todos me perdonan y piensan que soy tonta, sin embargo nadie cree que yo sea pequeña. A mí llega a no apenarme la disculpa porque así no tengo que explicar por qué estaba distraída.
Todavía me acuerdo de aquel día que usted pasó por aquí para ir a lo de Domingo, iba con el traje azul claro. No era azul claro pero era de una tela más clara que el azul oscuro que acostumbra llevar. Iba usted que parecía el mismísimo día, que estaba lindo; yo nunca tuve tanta envidia de la gente como aquel día. Sin embargo no tuve envidia de su amiga, a no ser que no fuera ella con la que iba usted a acostarse sino con otra cualquiera, porque yo no tuve ojos sino para usted, y fue por eso que envidié a todo el mundo. No lo comprendo pero lo cierto es que es verdad.
No es por ser jorobada por lo que siempre estoy en la ventana, es que además tengo una especie de reumatismo en las piernas y no me puedo mover; y así estoy, como si fuese paralítica, lo que es una molestia para todos aquí en casa. Usted no se imagina cómo siento que todo el mundo tenga que soportarme y aceptarme. A veces me desespero y quisiera poder tirarme de la ventana abajo, pero ¿qué figura tendría al caer? Hasta el que me viese caer se reiría de mí; la ventana está tan baja que ni siquiera podría matarme sino que sería una molestia aún mayor para los otros. Ya me estoy viendo en la calle como una mona, con las piernas al aire y la joroba saliéndose de la blusa, y todo el mundo queriendo apiadarse de mí pero sintiendo repugnancia al mismo tiempo, o riéndose si les viniera en gana, porque la gente es como es, no como tendría que ser.
Y, en fin, ¿por qué le estoy escribiendo esto si no le voy a mandar esta carta? Usted que anda de un lado para otro no sabe qué duro es no ser nadie. Me paso el día en la ventana y cuando veo a todo el mundo ir de un lado a otro, llevar un modo de vida, disfrutar y hablar con ésta y con aquélla, me da la impresión de que soy un vaso con una planta marchita que dejaron aquí en la ventana para quitársela de en medio.
Usted no se puede imaginar, porque es lindo y tiene salud, lo que es haber nacido y no ser nadie, y ver en los periódicos lo que hacen las personas de verdad. Unos son ministros y andan de un lado para otro visitando todos los países, otros hacen vida de sociedad, se casan, celebran los bautizos, y cuando están enfermos los operan los mismos médicos, otros se van a las casas que tienen aquí y allá, unos roban y otros se quejan, unos cometen crímenes enormes, hay artículos firmados con nombres falsos, fotos y declaraciones de la gente que se va a comprar la última moda al extranjero… y usted no se imagina lo que significa todo eso para un trapo como yo, que se quedó en el parapeto de la ventana para limpiar la marca redonda que dejan los vasos cuando la pintura está fresca a causa del agua.
Si usted supiese todo esto a lo mejor sería capaz de decirme adiós desde la calle de vez en cuando, me hubiera gustado poder pedírselo porque yo, usted ni se imagina, quizás no viva mucho más, qué poco es lo que me queda de vida, pero me iría más feliz para allá donde se vaya si supiese que usted a lo mejor me daba los buenos días.
Margarida la costurera dice que habló con usted una vez, que le contestó mal porque usted se metió con ella en la calle de aquí al lado, cuando me lo dijo sí que sentí envidia de verdad, lo confieso porque no le quiero mentir; sentí envidia porque cuando alguien se mete con nosotras significa que, al menos, somos mujeres y yo no soy ni mujer ni hombre porque nadie cree que yo sea nada, a no ser una especie de engendro que está aquí para rellenar el hueco de la ventana y para causarle repugnancia a todo el que me ve, válgame Dios.
El António (es el mismo nombre que el suyo pero ¡qué diferencia!), el António, el del taller de automóviles, le dijo una vez a mi padre que todo el mundo debe producir algo, que si no no tiene derecho a vivir, que quien no trabaja no come y que no hay derecho a que haya gente que no trabaje. Y yo pensé: qué pinto yo en el mundo que no hago nada más que estar sentada en la ventana mientras la gente va de un lado a otro, sin ser paralítica y pudiendo encontrarse con las personas que quieren. Si yo fuera como la gente normal también produciría a voluntad lo que fuese preciso, y con mucho gusto.
Adiós señor Antonio, no me quedan sino días de vida y escribo esta carta sólo para guardarla en mi pecho como si fuese una carta que usted me hubiera escrito, en vez de habérsela escrito yo a usted. Le deseo toda la felicidad del mundo y ojalá que nunca sepa de mí para que no se ría, porque sé que no puedo esperar nada más. Ahí lo tiene, voy a llorar.

Fernando Pessoa (1888-1935). Escritor. Uno de los grandes nombres de las letras portuguesas.
Este texto fue tomado de la revista Página (No. 23, Santa Cruz de Tenerife, España).
Traducción de P. E. Cuadrado


EL ÁRBOL DE LA LITERATURA, Juan Goytisolo (1987)

“El árbol de la literatura”: Juan Goytisolo

El árbol de la literatura - Juan GoytisoloNo pudiendo eludir una vez más la obligación de referirme a mi trabajo de escritor a pesar de la arraigada convicción, tantas veces expuesta, de que, si el esfuerzo generador de una obra incumbe al autor, el resultado de ella pertenece a todo el mundo con excepción del mismo, voy a centrarme aquí no en mi quehacer novelesco (personas mucho más capacitadas que yo se han ocupado ya en el tema), sino en la exigencia ética que lo vertebra: el código de honor personal propio de todo autor que se estime y decida poner su vida entera al servicio de lo que juzga más importante de ella, esto es, su labor creativa.
Este código personal varía, como es natural, de un autor a otro e incluye o no valores humanos de bondad, honradez, generosidad y criterios de ética social y cívica; como nos enseña la experiencia, el creador riguroso consigo mismo puede muy bien carecer de estos últimos, ser un sujeto arribista, insensible, utilitario o cínico y mantener en cambio la indispensable exigencia respecto a su empresa artística en la singladura de su arriesgada navegación: naufragar como persona desde el punto de una ética social embebida de valores progresistas y triunfar, no obstante, en su difícil empeño de creador.
La historia reciente nos procura algunos ejemplos de ello: de autores censurables conforme a criterios avalados por la opinión común y evolución histórica, pero merecedores como artistas de nuestra rendida admiración.
Dicha contradicción chocante ha originado un interminable y a mi entender estéril debate entre quienes al condenar al hombre condenan al artista y los que al salvar al artista se muestran indulgentes con los errores y defectos del hombre; sí, a decir verdad, la antinomia entre moral y estética revela la vieja ambigüedad de las relaciones existentes entre la sociedad y el creador, en tanto y en cuanto que la primera juzga al segundo con criterios ajenos a los que articulan su particular aventura artística.
Quien adopta una postura o participa en una acción política y moralmente reprobable desde el punto de vista de un consenso ético-social, ¿puede producir una obra literaria válida?, se preguntan confusos los buenos ciudadanos; o, en otros términos, el logro artístico de aquella, ¿tiene la increíble facultad de suspender nuestro juicio moral acerca de quien la engendró?
Plantear la cuestión en estos términos nos mantiene en un terreno propicio a toda suerte de trampas y equívocos, y vamos a tratar de salir de él. Por un lado, conviene recordar que, en virtud de su carácter evolutivo y maleable, la opinión común está sujeta a opiniones y cambios que, aun entre quienes se sitúan en el ámbito de una ética social abierta a los valores de la libertad, democracia y progreso, su fidelidad ciega a los mismos puede conducirles, como hoy sabemos, a abrazar y sostener errores incluso horrores.
Por otro, habrá que tener bien presente, a la hora de formular juicios negativos o aprobatorios, que la relación del poeta, dramaturgo o autor de ficciones con la sociedad en que vive y a cuyo encargo social responde es, en cualquier caso, menos importante que la que le une al corpus literario de su lengua y, a partir de éste, al patrimonio literario universal.
Sólo abandonando la concepción tradicional de ese compromiso con las fuerzas que encarnan la dinámica social de su país y su tiempo por otras respecto al tronco arborescente y frondoso dela literatura de la que es vástago, podremos ver las cosas más claras y establecer un código de honor personal del creador gracias al cual la antítesis a la que antes nos referíamos perderá su razón de ser: si, como sostengo desde hace años, el deber primordial del escritor es devolver a la comunidad cultural y lingüística a la que pertenece un idioma nuevo, distinto y más rico del que recibió de ella en el momento de emprender su tarea, la formulación ética dela exigencia se sitúa en un campo distinto del que evocaba al comienzo de este texto.
Pues el escritor que toma su trabajo a pecho se enfrenta ab initio a la existencia de un árbol cuya vida aspira a prolongar y, sobre todo, enriquecer, y cuanto más alto, copudo, espeso y ramificante sea aquél mayores serán sus posibilidades de juego y aventura, su campo de maniobras de artista dentro del cual emprenderá sus rastreos y andanzas. Mientras podemos identificar fácilmente al escritor de segunda fila por su reductivismo imitador –su adscripción a un determinado modelo canon-, el escritor que aspire a dejar una huella, a crear un ramal o bifurcación en su ´árbol, no estará sujeto a influencia particular alguna porque su voracidad literaria le vedará detenerse en un autor concreto, en un molde único: como Cervantes o Borges, ambicionará saquearla totalidad del acervo cultural de su tiempo.
El maravilloso diálogo del autor con el árbol se llevará a cabo sin tener en cuenta los gustos y criterios dela época, abarcara el pasado como el presente, descubrirá las semillas de la modernidad en los mal llamados siglos oscuros, ahondará en las raíces del tronco y su conexión con diversas culturas. Empresa exaltadora y demencial que, como demuestra el ejemplo de Cervantes, transmuta sutilmente la locura del personaje chiflado por sus lecturas caballerescas en la locura del autor trastornado a la postre por el poder vertiginoso de la literatura.
El escritor consciente de sus privilegiadas relaciones con el árbol entablará diálogo con todos y cada uno de los componentes que lo integran, de los brotes más novales y tiernos a las raíces secundarias de donde brotan a veces los esquejes y plantas adventicias. A medida que ahonde en los sustratos en los que aquél crece y descubre su enlace soterrado con los demás árboles, arbustos y plantas del bosque portentoso dela escritura, asumirá la tesitura libre y abierta de nuestros antiguos y auténticos modernistas; su obra será así crítica y creación, literatura y discurso sobre la literatura.
Un árbol vasto, complejo y frondoso como el de las letras castellanas es un verdadero festín para el creador comprometido a fondo con su quehacer solitario: la multiplicidad de raíces grecolatinas, hebreas y árabes, sus mestizajes fecundos, trasvases, metamorfosis, opacidades, misterios le brindan una posibilidad excepcional de expandir su propia creación, de extender sin cesar a nuevas y enjundiosas áreas las reglas de su juego.
Mi interés delos últimos años por autores prerrenacentistas –Juan Ruíz, Rojas, Delicado- y posmudéjares –San Juan dela Cruz, Cervantes- se debe ante todo a que la composición y estructura de sus obras no obedecen, como en el caso de los primeros, a la aplicación de un modelo o canon, sino que son fruto, se diría, de un desarrollo puramente orgánico o, tratándose del reformador carmelita, de una onírica y casi indescifrable lógica interna, emparentada de un lado con el irracionalismo verbal de la vanguardia artística de nuestro siglo y del otro la sutil y multívoca expresión sufí.
La relectura de Cevantes por Borges y de Góngora por Lezama Lima han impulsado en el ámbito de nuestro idioma una poderosa corriente novelística, fundada precisamente en un compromiso total del narrador con ese árbol nutricio, cuyas hojas son libros, códices, manuscritos, cartas, poemas: obras como Don JuliánJuan sin tierra oMakbara no son novelas a secas, sino textos elaborados en correspondencia y polígonocon Góngora, Cervantes y el Arcipreste de Hita, producto de un merodeo obsesivo por el árbol y su proliferante ramaje.
Vislumbrar las señas inequívocas de la modernidad en la tesitura receptiva y abierta del arte medieval y su prolongación mudéjar; volver una y otra vez a la locura de Cervantes, admirables dislates de San Juan dela Cruz, genialidad incandescente de Góngora es la delidad que se le debe exigir al creador: su empeño apasionado, absoluto, absorbente con el árbol que le alimenta y al que, con humildad y amor, agregará algún día, si puede, sus propios y modestos frutos.
Juan Goytisolo© Revista Vuelta Número 128/Julio de 1987

TRES MÁS DE MATTA (2)




*LOS CUADROS DE ROBERTO MATTA (1)

Autora: Aquímarisa