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martes, 17 de enero de 2017

RECHIFLA A LA SOMBRILLA, Alfonso Reyes


RECHIFLA A LA SOMBRILLA

ENTRE todas las palabras, había siempre
una que se me escurría, confundida
con la multitud. Me guiñaba un ojo, 
dengueaba, sacaba la lengua y se iba.
Era la “Sombrilla”, de quien ahora
voy a vengarme.
Un domingo de alameda con música,
salpicado de escupitajos del cobre, el
clamor de todos los niños subió al cielo.
Y es que, aprovechando una interferencia
de la luz -¡ese solecito disimulado y
socarrón de los días de fiesta!–
los globos de hidrógeno se las arreglaron
para escapar a un tiempo.
entre una salva de exclamaciones.
Aquello era, por lo altos aires, un
minué de balones. Los había rojos y
verdes, azules, amarillos y blancos.
Algunos, los de más temperamento, se
erigían en soles, fundaban imperio a
la romana, y pronto organizaban una
zarabanda de planetas en su homenaje.
Sombrilla hubo que los tomó en serio
y subió tras ellos, muy oronda y sin
darse cuenta, como muchachita en trenzas
que anda con los borrachos. Pero
¿qué le dió a la sombrilla?
Y las palabras comenzaron a hacer
de las suyas:
-¡Vaya un parasol! ¡Quiso emular
al paracaídas y se nos volvió parasubidas!
¡Pues si al paraguas le da por volverse
pararrayos…! Pues, señora, mis parabienes.
Y todo ¿para qué? Para nada, o como
dice la gente, para ná. (Con mayúscula,
en el Brasil, Paraná).
Y abajo, entre la población infantil
desposeída, una asamblea de sombreros
de paja y gorritas marineras, con sus
cintas y sus letreros: Alaska, Vencedor,
No me bese usted, y otros últimos
testimonios del verbo.

ALFONSO REYES

AMPARO DÁVILA: SIETE DÉCADAS ENTRE LA POESÍA Y EL CUENTO, Eduardo Cerdán (La Jornada Semanal)

Amparo Dávila Siete décadas entre la poesía y el cuento

Entrevista con Amparo Dávila


Con mi agradecimiento para
Luisa Jaina Coronel Dávila

A través de las nubes mugrosas de Ciudad de México se filtraba una resolana incómoda y pegajosa. Soplaba aún el viento frío del Mictlán, que llega con noviembre y se va con él. A la una y media, mucho antes de “esa hora de la tarde en que uno se siente especialmente triste”, me apersoné en la casa cuyo botón del timbre está custodiado por la palabra “dávila”, escrita dos veces con plumón indeleble, arriba y abajo. Muy bien combinado con la fachada de paleta neutra, brillaba el barniz del amplio portón y de la puertecita situada del lado izquierdo, a la que se llega por una escalinata diminuta, de tres escalones apenas, con barandales de fierro a los lados. En la manija, pintada de negro, estaba la cabeza de un ángel con la cara algo demudada. Enseguida pensé, querida Amparo, en la portada de sus Cuentos reunidos.

Tras timbrar una vez, me recibieron primero los ladridos de Nina y de Cali; luego, una mujer muy tímida que asomó media cabeza.
–Pásele –dijo después de identificarme.
Entré y sentí un déjà vu. Aquello era como una versión modernizada de “uno de esos patios de provincia, cuadrados”, que usted y yo, Ampa, conocemos muy bien, sólo que éste no tenía corredores ni habitaciones a los lados, únicamente la entrada principal.
Enseguida, todavía deslumbrado por el sol, me interné en la casa oscura y me invadió el vértigo que todos vivimos cuando nos volvemos huéspedes, aunque sea por un ratito. Lupita, su asistente, me dijo que entrara a su biblioteca. Husmeé de derecha a izquierda. Por la luz que entraba de afuera, espejeaban los portarretratos puestos en los estantes de los libreros. No me dio tiempo de ver casi nada porque muy pronto llegó usted, precedida por su andadera.

–Buenas tardes –dijo quedito, cabizbaja. Las manos adornadas con anillos, los labios brillantes, el pelo como algodón de azúcar mascabado y los ojos, ya achicados por los años y afectados por las cataratas, lucían alrededor unos trazos gruesos y negros.
Nos sonreímos.
Se sentó usted en el sillón de tres espacios, al que luego me invitó, y después le pidió una Coca-Cola a Lupita.

–Que no esté fría, por favor –precisó–. Buenas tardes –repitió, girando la vista hacia mí.

Buenas tardes. Yo soy..., mire..., vengo de..., pero dígame: ¿y usted?, ¿cómo está?
–Así que da clases en la unam... Qué bueno. ¡Y es usted de Xalapa! Xalapa es muy bonito, cómo no. Yo fui hace años y me gusta mucho. Iba a ir a principios de este año a un homenaje... ¡ah!, con usted y Vicky de Ciudad Juárez como ponentes, sí, pero me caí dos veces seguidas y fue imposible viajar... En fin, una ruina. Pero mire qué curioso: a usted y a mí nos unen la literatura y la provincia. Yo nací en Pinos, Zacatecas, un pueblo minero, situado en la ladera de un cerro, de calles empedradas, culebreantes, con callejones oscuros...
En su Breve semblanza de un pueblo mágico, Pinos, leo:
“Yo nací calle abajo, muy cerca de la casa de mis abuelos maternos, rumbo a los arquitos, por donde pasa el agua cristalina entre las piedras pulidas por ella misma en su continuo correr. Bajo un cielo azul cobalto como la capa de los magos, azul limpio sin nubes, azul intenso el de mi pueblo, pueblo de metales y de historia, cuna de hombres ilustres.”

–Es un pueblo bastante bonito, con jardines hermosos, iglesias... –dio un sorbo al vaso de Coca-Cola que ya le había llevado Lupita–. He vuelto a él muchas veces. Cuando yo era niña se habían ido muchos hombres a trabajar a Estados Unidos, como tantos mexicanos, entonces Pinos estaba solo, vacío. Las casas de allá son de habitaciones sumamente grandes y siempre hace frío y sopla el viento. Yo lloraba mucho cuando nací y no sabían de qué. Creían que me faltaba alimento, pero luego veían que no. Después revisaban si algo me dolía... Total: no entendían de qué se trataba. Y un día que dejé de llorar, fueron a verme y estaba yo plácidamente dormida en mi cuna rodeada de gatitos que había llevado una gata que tenía mi mamá. Los llevó y los acomodó junto a mí para darme calor. Con eso dejé de llorar. Mi abuela dijo que era muy peligroso, que los gatos tenían pelo y que eso les hacía mucho mal a los niños, que me podía perjudicar, que me los quitaran. Me los quitaban y yo lloraba. Cada vez que la gata podía, iba y los acomodaba conmigo. Desde entonces conozco a los gatos y convivo con ellos. Mire usted, ahí anda la gatita Chamir.
La mascota tricolor, al notar nuestra mirada, comenzó a maullar desde el umbral de la puerta. Luego, la psicóloga Jaina: su hija, Ampa, la que tiene trillizos y cincuenta y cuatro gatos y un montón de canarios, entró con cautela a la habitación y se sentó a su lado.
–Tengo nueve gatos y seis perros –continuó usted, risueña–. Me gustan mucho, tanto perros como gatos. Fíjese que, de niña, como había muerto mi hermano Luis Ángel de cuatro años, me quedé muy sola, y en la noche eran mis perros los que me acompañaban. Entonces tenía cinco años y mucho miedo. Contaban varias leyendas en el pueblo: decían que el último dueño de la casa donde yo vivía había perdido una pierna y que le habían adaptado una de palo, de la rodilla para abajo, pues no había otra opción de cirugía. Decían que ese señor, que era muy rico, se había casado varias veces y que una de sus esposas, que había muerto (la última, creo), deambulaba por la casa con una vela encendida, con su vestido de novia. No sé si en realidad yo los veía o lo imaginaba por lo que me contaban. Todavía en este momento no sabría decirle a usted si eso fue real o no. Mis problemas del sueño cesaron a partir de que tuve una terapia con el doctor Federico Pascual del Roncal. Tenía yo terror a la oscuridad..., bueno, hasta el momento duermo con luz porque me da miedo la oscuridad, pero ya no me da terror. El doctor Pascual del Roncal me lo quitó. Era un psiquiatra español que vino aquí a México y escribió el primer libro de psiquiatría para niños en la unam. Era muy famoso, una maravilla. Cuando yo le platiqué a Alfonso Reyes de mis terrores nocturnos, me dijo: “Te voy a llevar con alguien que te va a ayudar.” Y así fue: me ayudó mucho.

Y ya que habló de don Alfonso, dígame: ¿cuándo se conocieron?
–Debo haber tenido menos de veinte años. Don Alfonso fue a San Luis, invitado por la universidad, y le presentaron a los jóvenes que escribían o a los que les gustaba la literatura. Entre ellos estaba yo.

En San Luis Potosí usted se educó en colegios religiosos, tengo entendido...
–En el Colegio de las Madres del Espíritu Santo, sí. Con ellas hice la primaria y la secundaria...

¿Todavía es creyente?
–Sí, ¡claro que sí! Muy creyente. De la religión nació mi obra, podría decirse. Fíjese que me fui encaminando a la literatura poco a poco porque yo había conocido bastante de la Biblia, por el colegio, y ahí conocí los Salmos, que después quise imitar, pero con poemas paganos. Las religiosas tenían mucha predilección por los clásicos españoles: con ellas leí especialmente a Fray Luis de León, a Santa Teresa..., a los más importantes. Fray Luis de León, con su traducción del Cantar de los cantares de Salomón, hizo una gran mella en mi vida. Por eso escribí paralelismo en Salmos bajo la luna; ya no lo hago, pero sí tengo mucha influencia del Cantar de los cantares.

Y cuénteme: cuando llegó a Ciudad de México, ¿le gustó? ¿Qué edad tenía por entonces?
–He de haber tenido veintisiete, veintiocho... A los treinta me casé con Pedro Coronel, a él lo conocí aquí. La ciudad en esa época era preciosa, con flores. Me gustaba mucho. Era muy tranquila, con un clima delicioso, templado. Podía usted salir en las noches a pasear, cosa que ya no puede hacer porque lo asaltan en la esquina, ¿verdad? Aquí, cuando llegué, fui asistente de Alfonso Reyes. Yo le sacaba en limpio textos que él necesitaba porque estaba haciendo un libro que le habían pedido en Monterrey (ya ve que él era de Monterrey) como homenaje. No estuve demasiado tiempo porque me casé y fue difícil seguir yendo con él...

¿A qué otra cosa se ha dedicado usted, aparte de escribir?
–Siempre me he dedicado a eso nomás. Inicié escribiendo poemas, pero Alfonso Reyes me dijo que era muy necesaria la prosa para agilizar la poesía. Yo ya había escrito en la escuela, en clases de gramática, cositas sencillas, como descripciones, diálogos, y salían cuentos. No porque yo me lo propusiera, sólo salían. Después, cuando don Alfonso me dijo que había que practicar la prosa, le hice caso y le fui enseñando lo que escribía. Entonces me dijo: “Vamos a ir publicando esto.” ¡No! Yo no quería. Por timidez, yo creo. Pero él me insistió. Me dijo: “Fíjate que son buenos y los vamos a publicar.” Y así fue: en la Revista de la Universidad, la de Bellas Artes, la de Elías Nandino que se llamaba Estaciones...

Y en la práctica de la prosa, ¿ha intentado escribir novela?
–Nunca me ha interesado la novela. Sólo me interesan el cuento y la poesía porque exigen mucho rigor. Disfruto por igual los dos géneros, que siempre brotan en mí por necesidad.

Ahora, por su problema de la vista, me imagino que ya no escribe mucho...
¡No, claro que sí! Últimamente he escrito algunas semblanzas... Ah, pues allá arriba tengo unas –se dirigió usted a Jaina–, para que Lupita baje algunas... Escribí una sobre Pinos, una sobre mi hija Loren, que murió –y me señaló una foto en el librero donde aparece una joven morena, de anteojos y pelo oscuro hasta los hombros, vestida de rosa– y una semblanza de mi muerte–. Al decir “muerte”, querida maestra, usted soltó una risita traviesa.

Ahora leo, con los ojos empañados, su bella “Semblanza de Loren”:
“Llegaste un día frío/ de noviembre/ niña de la cabecita ensortijada/ la boquita bien delineada/ y los ojos de ciervo asombrado.// Paloma mensajera/ gorrión jilguero/ manitas de ángel/ hacían figuritas/ con plastilina/ y pintaban/ con los colores del iris.// Luz y sombra/ alegría y tristeza/ canciones y sollozos/ dejaste/ la inmensa nostalgia/ de tu voz y de tu risa/ de tu amor/ y de tu compañía.”
Cuesta continuar después de estas líneas, pero siguiendo su ejemplo, querida Ampa, sigo donde me quedé. Hay que seguir, nos conmina usted, aun con el frío y la ausencia y el miedo y el duelo y la muerte...
Siguió contándome:
Estoy escribiendo unos poemitas pequeños, breves, y tal vez algún cuento en estos días. No hay muchas cosas inéditas que valgan la pena. Creo que voy a publicar un librito de poesía y tal vez uno o dos cuentos. Es que no tengo ninguna rutina. Puede llegar a cualquier hora una idea: cuando me estoy bañando o cuando estoy acostada... A veces sueño y luego despierto, “¡ay!”, digo, y empiezo a escribir. Durante mucho tiempo escribí a máquina, pero ahora mis manos son muy torpes, entonces prefiero el manuscrito. Don Alfonso decía que no había que acostarse sin haber escrito dos o tres páginas; yo paso años sin escribir nada, pero creo que cuando no escribo estoy ideando, rumiando: mi mente nunca está vacía. Ah, y yo escribo, sencillamente. Si me colocan en una generación o en otra, son los críticos los que se ocupan. A mí eso me tiene sin cuidado. En el Medio Siglo, que es donde siempre aparezco, también están Inés Arredondo y Lupita Dueñas. Conmigo éramos la trilogía (creo que alguien escribió un libro que se llama así). Fuimos muy amigas y me parecen extraordinarias cuentistas. Son maravillosas, eso opino.
–Yo conocí muy bien a Inés –dijo Jaina–. Me acuerdo que de niña yo estaba obsesionada por hacerle un vestido. Ella era muy paciente. Incluso se dejaba que le pegara yo papeles acá –señaló los brazos– con cinta... Siempre fue muy linda. También Juan José [Arreola]. A él lo veíamos muy seguido, ¿verdad?
–Sí –respondió usted–. Por eso le digo –volteó a verme–: si me ponen al lado de Inés y de Lupita, yo no tengo ningún problema. En esa generación hay gente muy interesante.

Y ya que hablamos de admiraciones, ¿quiénes son sus autores? ¿Quiénes la han influido?
–Kafka para mí es importantísimo, ts. Eliot, la cuentista maravillosa Carson McCullers me gusta muchísimo... Mire usted mi biblioteca. Si me pongo a enumerar no acabo...

En efecto, los lomos de los libros decían mucho, pero los que decían todo eran los retratos de, por ejemplo, Kafka y Julio Cortázar.

Oiga, y ahora que veo a Cortázar por ahí, cuénteme cómo comenzó su relación epistolar.
–Una muy amiga de él y mía, Emma Susana Speratti Piñero, vino a El Colegio de México a hacer una tesis sobreTirano Banderas, de Valle-Inclán. Nos conocimos y nos hicimos muy amigas. Cuando salió Tiempo destrozado le gustó mucho y se lo mandó a Julio a París sin decirme nada. Cuando me dijo me enojé mucho porque me pareció indebido: ¡cómo un primer libro mandárselo a un hombre ya consagrado que yo además admiraba..., admiro mucho! Total que me contenté con ella, tuve que... Y ella me dijo: “Se lo mandé porque me parece muy bueno y yo creo que le va a gustar a Julio.” Como a los dos o tres meses, recibí en el Fondo [de Cultura Económica] una carta muy elogiosa de Julio Cortázar. Todas las cartas salieron en la edición conmemorativa de Árboles petrificados.

Y sí llegaron a encontrarse en París, ¿verdad?
¡Ah, claro! Yo fui a París porque allá estaba mi marido, que había hecho una exposición y quería que fuera yo a verla. Entonces conocí a Julio y hubo mucha simpatía entre él y yo. Mucha afinidad, pero muchísima. Me dijo, cuando nos conocimos, que le encantaba la influencia tan grande que yo tenía de Edgar Allan Poe y le dije que no, que desde luego que no porque yo no podía leer a Poe: cada vez que intentaba leerlo, me afectaba tantísimo, que me enfermaba de colitis. Entonces me dijo Julio: “Mira, te voy a regalar una traducción que hicimos Aurora y yo de los cuentos de Poe. Me vas a prometer que aunque sea una paginita vas a leer porque no es posible que con tanta afinidad no lo conozcas” (para entonces ya había escrito Tiempo destrozado y estaba terminando Música concreta). Después fui asimilando a Poe. Ahora me estruja, pero ya no me enferma.

¡Esto es una revelación! Todo mundo la asociamos a Poe y mire... En fin. Si me lo permite, me voy a regresar a sus contemporáneos. ¿Qué me puede decir del Centro Mexicano de Escritores? Fue becaria allí, ¿no?
–Fui becaria, sí. El director era Francisco Monterde, un académico maravilloso, y los tutores eran Juan Rulfo y Juan José Arreola. Mis compañeros eran Salvador Elizondo, José Agustín, Julieta Campos. Fuimos amigos, por supuesto. Leíamos cada semana: teníamos la obligación de llevar un texto cada quien. Lo leíamos, lo criticaban, sobre todo Rulfo y Arreola, y también entre nosotros. A veces me iba bien, a veces no tanto... En ese tiempo escribíÁrboles petrificados, que después tuvo su Premio Villaurrutia en el ’77 y que ahora acaban de reeditar. El último libro de cuentos que publiqué es Con los ojos abiertos, de 2008. Antes de eso escribí los poemas de El cuerpo y la noche. Nunca me he retirado de la literatura. Sólo hasta el día en que me muera me tendré que retirar. Irremediablemente, ¿verdad? –la risa ante la mención de la muerte volvió a brotar de su cuerpo chiquitito–. Ahora tengo, fíjese, muchos pasatiempos: los gatos, los perros, mi familia (mi hija, mis nietos), mi casa. No me faltan... Y es que, para mi literatura, la vivencia es muy importante. Mire, a mí me afecta... nunca se sabe qué. Soy demasiado sensible a muchas cosas: a los olores, a las cosas que veo, a la música... Un aroma o un sabor me llevan a recordar algo que viví o que me gustó hace años (a las panaderías de mi infancia, por ejemplo) y entonces, tal vez ahí, empiezo. Después el cuento se va yendo por su propio paso.

Ahora que habla de la vivencia, pienso en su cuento “La noche de las guitarras rotas”, donde usted es la narradora...
—Sí, aparecemos mis hijas y yo. Íbamos al Pasaje Catedral y compraba hierbas, ¿verdad? –se dirigió usted a Jaina–. ¿Qué más compraba?
–Lociones, también comprabas lociones –respondió ella–. Pasábamos primero a Tacuba a comprar el agua de rosas, glicerina, y luego íbamos al Pasaje Catedral. Yo debo haber tenido como cinco años. Todavía recuerdo que entrábamos corriendo mi hermana y yo, y mi mamá: “¡Esperen, niñas, esperen!” No, nosotras ni atendíamos.

Oye, Jaina, ¿entonces tu mamá era Shabadá? –pregunté.
–Sí. Cuando yo era niña le inventé Shabadadiba. ¿De dónde? Quién sabe.
–Eso era de niña –dijo usted entre risas–. Ahora mi hija y mis nietos me dicen Ampa...

Bueno, mi querida Ampa, ya vamos a terminar. Tengo una duda: ¿sabía de “El rastro de tu sangre en la nieve”, de García Márquez, cuando escribió usted “El pabellón del descanso”? Porque en ambos cuentos aparece una pareja compuesta por unos personajes que se llaman Billy y Nena.
¿Ah sí? Pues seguro es coincidencia porque no he leído ese cuento de García Márquez. Fíjese que eso comentábamos con Cortázar: que a veces hay cosas extrañas que aparentemente uno conoce y en realidad no es así.
–Yo creo –dijo Jaina– que es parte de un inconsciente colectivo. Como dice Jung: se comparten ciertos arquetipos sin que haya una explicación científica de por medio.
Como la misma Dávila y Poe, pensé.

Para terminar, maestra, la pregunta obligada: ¿qué tenía en mente cuando creó “El huésped”, “Moisés y Gaspar” y los personajes de “Alta cocina”?
–Moisés y Gaspar son una disociación. Moisés y Gaspar es el destino. El huésped... ¡pues es un huésped misterioso! Por eso me asocian con Camus, porque él también tenía un huésped...
–Ahí está el huésped –interrumpió Jaina, señalando un cuadro de algo parecido a un búho, que estaba junto a la viñeta de Pedro Coronel que sirvió de portada a la primera edición de Música concreta–. Mírale los ojos... sin parpadear. Y los de “Alta cocina”, pues...

¿Caracoles?
–Bueno, pero eso se lo dejo al lector. Que interprete lo que él quiera, lo que le venga bien. Que le ponga el vestido que le quede.
Aquí concluyó mi pseudoentrevista. Jaina, elocuente y brillante, me contó “qué se siente” ser hija de dos grandes artistas:
–Mis papás me heredaron una sensibilidad especial que me ha ayudado a apreciar el arte en todas sus manifestaciones. Entenderlos, convivir con ellos, ver con sus ojos..., todo eso me ha otorgado otra forma de vida, otro modo de vivir el momento. De pronto mi mamá y yo nos descubrimos extasiadas viendo una florecita, el gesto de un gato..., pequeños detalles cotidianos que nosotros volvemos especiales.
Usted me obsequió las semblanzas inéditas que ya he referido en líneas anteriores. De ellas dejé para el final, con malicia y premeditación, su “Semblanza de mi muerte”. Me temo que después de ésta, mi admiradísima Ampa, sobrará cualquier palabra mía.
“Que no me muera/ un día nublado y frío/ de invierno/ y me vaya tiritando/ de frío y de miedo/ ante lo desconocido:/ ese mundo de sombras/ sin rostro/ que camina siempre/ a mi lado,/ o que me aguarda/ al doblar la esquina,/ y ese misterio insondable/ que no logramos develar/ y que angustia/ y perturba la existencia./ Quiero irme/ un día soleado/ de una primavera reverdecida,/ llena de brotes y retoños/ de pájaros y de flores,/ a buscar/ mi Jardín del Edén,/ mi Paraíso Perdido,/ y gozar de los frutos/ de la vid y de la higuera,/ el perfume de los cerezos/ y los naranjos en flor/ y el calor del sol/ que nunca se oculta.” 

FRAGMENTO DE LA NOVELA "JUNTOS EN EL INFIERNO" DE JORGE PECH; CAPÍTULO TERCERO "DOS CRÏMENES"


Muchas gracias a las amigas y los amigos que se han interesado por la próxima aparición de mi novela "Juntos en el infierno". Para que puedan darse una idea del contenido, les copio el tercer capítulo, que no tiene que ver con la magnífica narrativa de Ibargüengoitia, pero que no pude dejar de titular "Dos crímenes".
Una mañana de 1905 en el centro de Parral, Chihuahua, cobijado del bochorno por el techo alto de su expendio de pasturas, Rosendo Ramírez despachaba maíz al niño Emeterio Medina, oyéndolo contar que el grano era para los puercos de su tía la Baja Diablos. María «la Baja Diablos», entendía Rosendo, conoció al tío de Emeterio mientras lo llevaban forzado al ejército, lo siguió por todas las guarniciones del norte a donde lo tuvieron peregrinando; al fin habían recalado de nuevo en Parral, cuando el tío fue liberado del servicio militar. Allá se ocupaba doña María de criar marranos junto con otros animalitos; por eso Emeterio estaba recibiéndole un paquete de maíz al dueño de La Equitativa, como Rosendo le puso a su negocio. En ese momento la alta figura del forajido Pancho Villa oscureció la entrada a la tienda. Con el mostrador a sus espaldas, Ramírez no pudo replegarse, sólo vio la faz salvaje del cuatrero que llegaba con frecuencia a vender vacas o caballos a ciertas carnicerías de la ciudad. La vestimenta del joven rufián eran andrajos mugrosos por tanto cabalgar, fugarse, malvivir. Rosendo descubrió que el abigeo llevaba la pistola en la mano, pero apenas se enteró de que sus días terminaban al oír el trueno del arma, con ecos que sacudían el umbroso establecimiento.
Para cuando el silencio se restableció, Ramírez estaba tirado en el piso, muerto de seis balazos. Muy cerca del cadáver estaba en pie el niño Emeterio, paralizado, con el paquete de granos de maíz roto por el filo de una bala que al fin se había ido a alojar, como las otras cinco, en el cuerpo del tendero. Por la rotura del envoltorio se escapaban los granos de maíz sin hacer ruido al golpear el suelo, pues los amortiguaba la sangre espesa que manaba del caído. El pistolero se quedó un rato mirando al muerto, al niño que temblaba incapaz de huir, al humo desprendiéndose del cañón de su revólver para dispersarse en volutas por el almacén. No dijo una sola palabra el bandolero mientras estuvo allí; al minuto siguiente estaba afuera. Enseguida Emeterio Medina escuchó el galope de un caballo que se alejaba, pero pasó todavía un rato con los ojos fijos en el cadáver tirado cerca de los granos de maíz que caían para hundirse en el charco de sangre, formando un lodo extraño en el piso de tierra. Al fin, Emeterio pudo moverse para salir gritando de La Equitativa. La cara del hombre que exterminó a don Rosendo se le quedó grabada junto con varios violentos recuerdos más de su existencia en Parral.
Luego de ese crimen, de otros muchos cometidos en sus calles, Parral comenzó a convertirse en una ciudad con aficiones muy gringas, como el beisbol, practicado por los niños en la calle o en solares como el que los parralenses despejaron en las afueras de su población en 1907: un gran terreno donde construyeron el barrio de San José. Allá se instalaron algunos vecinos, muy escasos, como el señor Celso Jáuregui con su familia. Se les sumó la familia de Claro Reza, más un arrimado de éste, Apolonio Durán, con esposa e hijos. A esos terrenos apartados llegaban muchos individuos en sus monturas, armados, que trajinaban con hatos de mulas, jumentos, caballos, vacas. Empistolado también, Claro Reza tenía tratos con todos esos fulanos misteriosos que sin poseer ganadería mercaban reses, y sin ser soldados ni gendarmes portaban pistolas, máuseres, hasta algún wínchester de las guerras con los apaches.
—¡Ta chulo tu wínchester! ¿No lo truecas por una vaquilla? —se oía entre los andrajosos jinetes de vez en cuando.
—Ni por un máuser me separo de él.
—¿Qué tal un máuser más la vaquilla? —tentaba el admirador del rifle.
—Pos… —vacilaba el dueño del fusil, mirando de reojo al tentador, mientras a su memoria acudían olvidados gritos en un idioma áspero que nunca quiso entender, ecos de descargas cerradas, inclusive olor a pólvora que permanecía adormecido en sus fosas nasales—. Pos… ¿pa’ qué quieres un rifle viejo si tienes uno más nuevo?
—Y tú, ¿qué ganas con tener un rifle viejo si te ofrecen uno mejor?
—No es cosa de novedad. Este cañón, este gatillo, me han salvado la vida cinco veces.
—Te creo. Por eso, ¿no lo cambias? Te conviene. Yo voy a tierra de yaquis; me imagino que tú ya no irás a esos rumbos.
—Pos, ¿quién puede saber? Pero vamos a tomar un sotol allá en la sombra, allá platicamos.
Aglomerado junto al arroyo de la fábrica de cajas propiedad de Emiliano Enríquez, bajo el sol, quedaba el ganado que esos jinetes arreaban. Allá podían poner las cabezas a la venta sin más concurrencia que la de adictos compradores.
A alguna distancia de los hatos, los tratantes se iban a beber el incendiario licor bajo un árbol solitario hasta que el wínchester y el máuser cambiaban de manos. O también podía ocurrir que de pronto el ganado se alborotara por un par de detonaciones cercanas. Luego todo volvía a estar como antes, excepto que el dueño del máuser regresaba a buen paso, saltaba a su cuaco con un revólver en una mano, en la otra aferrando a la vez el máuser con el wínchester; ya sobre su montura, picaba los ijares del caballo hasta perderse de vista en el campo. El montón de reses no se rebullía, aunque allí cerquita quedaba tirado un cadáver aún tibio, ya sin armas.
Asiduo a ese baratillo era Pancho Villa, el mismo que unos años antes entró al expendio de Rosendo Ramírez para abatirlo a balazos por motivos que nadie pudo averiguar. El temible abigeo era muy amigo de Claro Reza.
La gente de Parral murmuraba que Claro Reza era el segundo jefe de la acordada, es decir de la tropa de cuatreros que con vacas ajenas (a veces hasta con caballos, mulas o asnos) surtían a los carniceros de la ciudad.
—Ahi va el segundo jefe —susurraba un ocioso a sus espaldas.
—Jefe de qué —averiguaba, desganado, otro ocioso.
—De la acordada —aclaraba el primero con aire de entendido.
—No me digas —el tono del curioso se animaba.
—Velo, pues: vive en el arrabal pero trai sombrero con galones, trai caballo, trai armas —el lento despepitar del chismoso rezumaba envidia—. Pa’ que no te quede duda, ahistá su traje de charro, aunque ni casa propia tiene: ¿ladrónde tanto lujo?
Desde los tiempos de Juárez el traje de charro portado por un cristiano con facha de peón era un distintivo del bandidaje. Lo usaron los plateados de Michoacán y Morelos hacía cincuenta años; lo seguían usando los abigeos de la frontera entre Chihuahua y Durango a principios del siglo XX. Claro Reza, al que nadie le conocía oficio ni propiedades, gastaba el traje elegante. Se ataviaba con él hasta para ir diariamente a la carnicería de José Alcalá, uno de los establecimientos modernos que el gobernador Luis Terrazas había mandado instalar en la zona principal, cerca de la estatua de su antepasado Joaquín Terrazas, también gobernador, que en tiempos de la intervención francesa le dio asilo a Benito Juárez para después dedicarse a concluir la guerra con los apaches. La carnicería de Alcalá destacaba, además de por su prominente ubicación o sus modernos aparejos, por la procedencia sospechosa de sus filetes, apetecidos por muchos a causa de sus bajos precios.
Por entonces todos los niños del rumbo iban a la escuela primaria 128, junto a la quinta Siqueiros. Los hijos de Claro Reza (María y su hermano menor, llamado igual que su papá) iban a ese colegio junto con otros niños, como los fifíes Óscar Flores, Ernesto Costemall e Ignacio Siqueiros, o como el hijo de obreros Emeterio Medina Márquez.
Al mediodía, el 8 de septiembre de 1910, los niños salieron de clases para dirigirse a la Calle 20 del barrio El Chamizal, donde vivían Claro hijo y, en una casa vecina, Emeterio. Detrás de ellos iban Óscar, Ernesto e Ignacio, hijos de ricos del pueblo. De pronto, Óscar les dijo a sus acompañantes:
—Miren lo que le hago al hijo del cuatrero.
Sin avisar, se dio vuelta hacia Claro para darle un manotazo en la nariz, pero el niño se hizo a un lado. El golpe alcanzó en la boca a Emeterio.
—¡Oye, pendejo, mira lo que haces! ¡Ya me partiste el hocico!
—Pues si no te parece, ven a que te lo parta de nuevo. Yo quería darle a este otro, pero te atravesaste.
Claro chico no dijo nada. Se lanzó contra Óscar, le puso dos puños con toda la fuerza en la cara, lo vio caer de espaldas y enseguida le plantó una tanda de patadas en las nalgas, sin que Ernesto o Ignacio trataran de impedírselo. Óscar quedó tirado bocarriba, gimiendo.
—¡Le voy a decir a mi papá! ¡Vas a ver cómo le va al cuatrero de tu padre!
Claro chico había pasado su brazo sobre los hombros de Emeterio e iba alejándose ya en dirección a su casa. Con un movimiento vertiginoso se desprendió de su amigo, llegó en tres zancadas a donde yacía el fifí magullado, le asentó un puntapié en la cara, mantuvo su pie un rato sobre la cabeza del caído mientras observaba desafiante a los dos amigos de Óscar. Al fin decidió que era suficiente. Con mirada fría le dijo a la boca sangrante de Óscar:
—Ahora sí, ve a acusarme con quien quieras. Pero antes Emeterio también se va a cobrar tu golpe.
—Ya, Claro —lo apaciguó Emeterio, todavía sobándose la cara con ambas manos—. El papá de este putito es regidor del ayuntamiento, mejor no le buigas. Vámonos ya —se dejó de frotar la boca para tomar del brazo a su amigo, jalándolo hacia El Chamizal. Pero se volvió para lanzarle una sonrisa de coyote al fifí, a quien sus amigos levantaban de la calle.
Al acercarse a la carnicería de José Alcalá, Emeterio, al igual que Claro hijo, vio bajar por la Calle 22 a tres jinetes. Dos de ellos se quedaron calle arriba; el tercero hizo avanzar a su montura al paso hasta quedar frente a la carnicería de Alcalá. En el interior del expendio estaba sentado Claro Reza, a su lado una 30-30. Hacía poco había delatado a algunos de sus compinches con la esperanza de que los rurales les aplicaran el mátalos-en-caliente sin averiguatas, como preferían los adictos a don Porfirio.
Los niños que iban para sus casas vieron al jinete que venía de la Calle 22 desmontar rápidamente, pistola en mano, comenzar sus disparos antes de entrar al expendio de carne Alcalá. Los muchachitos corrieron a guarecerse de alguna bala perdida. Asomados detrás de una pared, observaron a Claro Reza salir tambaleante de la carnicería, como si se dirigiera a cruzar el arroyo de Guadalupe. A medio tramo pareció que un ser invisible le metió el pie a Claro, porque el hombre se derrumbó. «Como un costal de piedras», pensó Emeterio Medina, espiando tras la pared protectora. Detrás de Claro caminaba sin apuro quien lo había herido, llevando en la mano la carabina que el agredido no tuvo tiempo de usar. Tirado en el suelo, Claro jadeaba, desangrándose por los tiros de revólver. Con toda calma el pistolero se detuvo sobre su víctima, descerrajando la 30-30 para dispararle la carga al yaciente, hasta dejarlo quieto. Desde el fondo de la calle, los dos jinetes que habían llegado con el verdugo sólo fumaban cigarros de hoja al contemplar la venganza de su compinche. Éste se dio la vuelta para ir por su caballo hasta la puerta de la carnicería, donde el propietario esperaba temblando a volverse también cadáver. El pistolero ni miró al cobarde, montó su penco, aseguró la 30-30 del difunto en la funda de su propia silla; con una orden corta, seca, enfiló al cuaco hacia donde lo esperaba el par de jinetes. Los testigos del asesinato vieron desaparecer a los tres montados por la avenida Zarco, nada escasos de risas o de cigarros. En la ejecución, el jinete no llegó a dilatarse ni quince minutos.
Quedó en la calle el cadáver baleado, al que se lanzó llorando Claro hijo para abrazarlo. Emeterio Medina miraba compungido el desastre sin decir nada. Al sitio llegaron Ernesto, Ignacio, el revolcado Óscar, para descubrir aterrados lo que es un muerto, junto con más curiosos atraídos por el alboroto. Se mantuvieron así más o menos una hora hasta que llegó el comandante de policía, Antonio Piedras, a levantar acta.
Piedras se ufanaba de ser amigo personal de Porfirio Díaz, pero la piochita que según él engalanaba su mentón hacía que nadie lo tomara en serio. A sus espaldas le decían «el Chivo Padre». Cuando el comandante se encaró con el niño Emeterio para interrogarlo, al colegial le costó trabajo no reírse en su cara. Sólo el espanto, la pena frente al difunto llorado por su hijo, contuvieron la risa de Emeterio. A las preguntas de Antonio Piedras, el muchachito respondió varias veces:
—Pancho Villa le disparó, le vació la pistola encima, como a don Rosendo.
Al Chivo Padre le costó trabajo desenmarañar la declaración de Emeterio por su insistencia en mezclar al crimen presente el recuerdo de aquel otro muerto tan viejo. Finalmente envió al presidente municipal un oficio donde el nombre de Pancho Villa quedaba ligado a dos homicidios «de acuerdo con el dicho del testigo Emeterio Marqués, vecino de esta ciudad de Parral». El padre de Óscar Flores, regidor de Justicia, examinó el parte de Piedras, lo colocó sobre una pila de legajos contenedores de otras tantas relaciones sobre muertes violentas, e impidió que alguien más volviese a ocuparse de aquel asesinato, alegando que antes había otros casos que resolver. Tampoco por esos hizo nada para castigarlos durante los veinte años que mantuvo la regiduría de justicia en sus manos.

jueves, 12 de enero de 2017

UNA CARTA PARA WITHMAN, Manuel del Cabral (República Dominicana)

UNA CARTA PARA WHITMAN
-Poema del Manuel del Cabral, poeta dominicano
Viejo Whitman
ya sé que todavía no lo sabes... pero lo irás sabiendo
con los muertos que van como raíces
creciendo para abajo
hacia el ilustre nido de tus barbas que ahora
no descansan con águilas profundas...
Ellos te contarán que desde tu país
nos enviaron fusiles comerciantes,
fusiles con negocios de difuntos,
fusiles que vinieron
a cambiar por cadáveres, bananas,
a cotizar con balas los ingenios;
fusiles que vinieron
a ponerle zapatos al orgullo descalzo,
fusiles que vinieron
a meter sin permiso en unas botas
todo el aire del pueblo.
Viejo Whitman, como yo sé que estás despierto,
voy a hablarte estas cosas por teléfono...
Hoy, prohibieron que en el cine
los muchachos de América vean en la pantalla
mi pequeño país
socio de otros países grandulones,
porque todos, casi todos,
diecinueve mellizos y un Gigante,
lo dejaron pudrirse, lo dejaron
perfectamente solo, trágicamente solo.
Los parientes
tienen aún el mismo, el viejo miedo,
el pequeñito miedo
a perder tres centavos de repunte en Manhattan,
el miedo a que les niegue su limosna el Gigante.
Viejo Whitman, ya Simón nos lo dijo: «todos...
tenemos que juntarnos». Porque los que gobiernan
tienen negocios que no tienen patria...
Se quitan de los dedos la honradez
como si se quitaran un anillo de cobre...
Ya ves, Libertador, Whitman del fuego...
Estos no son... no son los tuyos,
los que venden tu espada por lo que pesa el hierro.
Los que lustran tus botas con saliva adulona.
Los que dicen:
hoy mi mano está triste, no ha robado...
Ya ves, limpio soldado,
lo demás es lo tuyo... la América dormida...
Donde no se negocia con las alas de Whitman

martes, 10 de enero de 2017

LA IRA DE UNA NACIÓN, Julieta Lomelí Balver (Laberinto, Suplemento de Milenio diario)


La ira de una nación





Julieta Lomelí Balver


Una rabia sembrada en el alma del hombre incapaz de oponer resistencia, una furia de origen divino que enardece el pecho del héroe: el receptáculo de la cólera divina, el carácter humano como servidumbre de fines trascendentes, su temperamento puesto para la guerra. Ese impulso incontenible que arrojaba al héroe —a un Aquiles a incendiar Troya— fue el inicio que moldeó el temple futuro de toda civilización, uno esencialmente dominado por afanes iracundos antes que por un sentimiento pacifista. En el principio de nuestra cultura, la occidental, no fue el Verbo, sino la Ira. Esto escribe Peter Sloterdijk, un polémico pero lúcido filósofo alemán —de nuestros grandes pensadores vivos, que aún se aventuran al discurso edificante, ese que conserva la nostalgia de lo sistemático, la ambición por la originalidad.



No hubo encuesta posible que midiera la ira y la intolerancia oculta. Todos los pronósticos fallaron. El triunfo de Trump y del Brexit lo exhiben. En Estados Unidos, el apetito de venganza se escondió a flor de piel en los llamados White Angry Men y en sus familias; en quienes concebían que su calidad de vida disminuía en esa paulatina proletarización de lo cotidiano; en aquellos que sienten indignación por el continuo cierre de fábricas; en los que desprecian la migración ilegal y hacen de lo diferente una alteridad insalvable: la incomprensión de otras culturas es codificada como una verdadera amenaza. Para que Trump ganara también se agazapó la ira en la comunidad hispana que vio con desconfianza la nueva política de apertura hacia Cuba. Este caldo de cultivo se preparó en el laboratorio de la creciente polarización y marcó la pauta de la estrategia política de Trump. No se pretendió crear ninguna vacuna, sino formar la tormenta perfecta en el cauce de la democracia norteamericana.  

Ira y tiempo tituló Sloterdijk a uno de sus libros, en un juego de palabras que parece retar a Heidegger, quien alguna vez nombró a su obra capital Ser y tiempo. ¿Qué va moldeando lo originario de una civilización, el ser de toda cultura a lo largo del tiempo? El filósofo piensa en la ira como eso que va desplegándose en la historia, materializándose de formas distintas. La ira que en inicio aparentaba tener un sentido de valentía, y por tanto positivo, como el arrojo del héroe que es designado por los dioses a defender a su propio pueblo, se convirtió, con el nacimiento de la filosofía griega, en un instinto que habría de ser domesticado en aras de conseguir la convivencia sana entre ciudadanos. Pero ni Platón, ni Aristóteles ni las doctrinas estoicas arrancaron a Occidente del cigoto del cual ha brotado nuestra civilización: “En el principio fue la palabra ira y la palabra ira tuvo éxito”.  

Los asesores de Trump templaron la furia de los elementos de la naturaleza humana en un discurso simple e incendiario. El pesimismo, la intolerancia y el hastío de la política tradicional configuraron los ingredientes de la receta secreta del triunfo electoral. Fueron viento, fuego y pasto seco. Dos tercios del electorado no querían seguir igual y Clinton, heredera de la casta política, con amplia experiencia, pero con un historial de polémicas decisiones y una investigación del FBI que minó su campaña, no pudo ofrecer contrapeso a la sed de cambio que transmutó en venganza certera.  

La ira encontró un hogar cálido en el cual florecer, en este mundo que ha germinado “ismos” que glorifican el odio y la violencia. Para Sloterdijk el cristianismo, el fascismo, el comunismo, cualquier nacionalismo y régimen insertado en aspiraciones radicales, ya sea de izquierda o de derecha, en valores de supremacía racial o alentadores de la perfección moral y social, funcionan como “bancos de ira”. La distopía nace de estos estallidos de cólera; sin embargo, toda utopía es al mismo tiempo la construcción de minas de odio. Las expectativas superlativas acumulan resentimiento, se alimentan de comprender al mundo desde el amor unilateral, desde la aniquilación de la alteridad, un egoísmo que somete a cada individuo al deseo, jamás resuelto, jamás saciado, de subyugar al prójimo en aras de cumplir su querer.  

Sloterdijk habla del estado nocivo de esta psicología que sigue imperando, una que ha orillado al individuo a la búsqueda de su “paraíso perdido”, volviéndolo un individuo miserable que pretende encontrar el sentido de su vida en los objetos, que cosifica al prójimo, un ser de aspiraciones siempre inalcanzables y narcisistas. Este individuo no es más que el hombre herido en el ego, que necesitará confirmarse frente al prójimo anulándolo.  

El patrón se repite, la ira se va acumulando y enriqueciendo sus propósitos con base en odios individuales, resentimientos, y germinando una sed de venganza dentro de los Estados. El triunfo del nacionalsocialismo en la Alemania de Hitler nos sugiere un espejo en el cual no quisiéramos vernos proyectados. Trump, émulo de Narciso, no resistió reflejarse en las agitadas aguas de la ira. Se dice que la historia se repite. Demos tiempo al tiempo a la espera de que la historia suceda una vez como tragedia y la otra como farsa, como sugería Marx. 

Los bancos de ira también son promotores de cambios de época. Los bancos acumulan enconos particulares que desembocan en movimientos históricos, escribe Sloterdijk: “cuando el dispendio de ira adopta formas más desarrolladas, se llega a un punto en el que se recogen con esmero los estados de ira sembrados de manera consciente y sus frutos”. Esto pasó con la reciente elección norteamericana. Una figura demencial como lo es Trump se dedicó a recolectar la cosecha del malestar de un pueblo que había germinado a lo largo del tiempo. 

La campaña de Trump fue pensada desde una estética del mal. Recordemos a Karl Rosenkranz, otro filósofo alemán, que en 1853 hizo una distinción entre las formas en que la maldad puede volverse un recurso artístico. La maldad es lo éticamente feo por antonomasia, pero puede ser sublimada mediante una estrategia propagandística como lo ha hecho Trump, quien ha vuelto atractiva esta idea de “lo criminal” como el cúmulo de delincuentes que aparecen fielmente representados y sin ningún matiz hacia el inmigrante y el indocumentado. Un conflicto social que se convierte, continuando con la descripción de Rosenkranz, en ese mal “fantasmagórico”, “espectral”, en una amenaza que a veces es más ficticia que real y que viene a disfrazar la hipocresía de una sociedad racista en un conflicto quimérico que se “mofa de los vivos con lo inquietante, con lo incomprensible, coqueteando más con la seriedad del más allá que estando en conexión con éste”. Este inmigrante, que en última instancia —viene a ser la tercera caracterización de la maldad en Rosenkranz— Trump tildó como “lo diabólico”, ese mal absoluto que suscita el horror y es repelente a cualquier ciudadano racista. 

Trump construyó un banco regional de ira que va incrementando su capital de resentimiento con las ganancias del racismo y la intolerancia. Este banco que, tomando el ejemplo de Sloterdijk, podría generar un gran capital y convertirse en un banco mundial de ira, sería la consecuencia de una movilización a gran escala, del colapso entre naciones, del brote de un nuevo fascismo: de otra guerra mundial. 

Pero nos estamos poniendo ya muy apocalípticos. Si ha de quedar una esperanza, es quizá otro llamado a la ira, como Sloterdijk ha dejado recientemente escrito en un artículo publicado en Die Zeit: “Seamos realistas. La posibilidad de Donald Trump de sobrevivir dos años a su mandato es quizá de un poco más del diez por ciento. En un país con una marcada tradición de asesinar presidentes, que se mantenga por más de dos años en el poder sería una anomalía”.

BAUMAN, FILÓSOFO QUE TOMÓ EL PULSO A LA SOCIEDAD LÍQUIDA

Murió el filósofo que tomó el pulso a la sociedad líquida 
El polaco acuñó un concepto en el que la identidad se pierde y todo tiende a ser vertiginoso; durante 40 años fue académico en la Universidad de Leeds
 
Falleció a los 91 años el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, tal vez el más sagaz observador de nuestras sociedades fluctuantes y uno de los pensadores más influyentes de la modernidad. Bauman, de origen judío, tuvo que huir de su país natal a la URSS ante la persecución nazi.
Aunque comenzó su carrera como profesor en la Universidad de Varsovia, miembro del Partido Comunista, acabó exiliado en Inglaterra en 1968 al ser excluido de la institución como resultado de una reacción antisemita del Gobierno polaco. Reino Unido lo acogió y durante 40 años fue académico en la Universidad de Leeds.
Bauman se ocupó de cuestiones muy variadas que ayudaron a comprender mejor el mundo actual.
Su primer gran ensayo trató de enmarcar el Holocausto en la historia europea como resultado del mal sueño de la razón ilustrada y de la civilización moderna. Pero, en el núcleo de su obra, se diría que Bauman, que comenzó en el socialismo utópico, terminó constatando cómo la globalización se puede tornar distópica con la brecha creciente entre ricos y pobres y la nueva pobreza endémica en un mundo interconectado.
De ahí pasó a su gran interés por definir o redefinir el mundo que nos rodea, cambiante y evanescente, a través de obras más teóricas que le llevaron a esbozar su concepto clave, el de modernidad líquida. En obras como Modernidad líquida, Amor líquido o Vida líquida, Bauman caracteriza nuestras sociedades como comunidades en continua evolución en las que las identidades se diluyen.
La vieja sociedad sólida, de antes de la Segunda Guerra Mundial, que proporcionaba seguridad y valores inamovibles, da paso a la movilidad y la relatividad que caracterizan nuestros días, lo moderno, lo posmoderno. El adjetivo líquido le sirvió para teorizar acerca de arte, amor, educación, valores, en clara contraposición con el mundo heredado de las democracias burguesas que tenía unos principios claros, tal vez herencia del Ancien régime.
De hecho para Bauman la modernidad empezó tan pronto como en el siglo XVIII, en el famoso terremoto de Lisboa: la catástrofe, como tantas otras en momentos de cambio de la historia de la humanidad hizo tambalearse las certezas ilustradas.
Nuestro mundo es heredero de esa sensación vertiginosa de que todo “puede” cambiar, corregida y aumentada con el motto actual de que todo “debe” cambiar.
Otro pilar de su obra es el interés por los excluidos y marginados, los residuos del mundo globalizado y posmoderno, que se reflejan en el problema de las migraciones al llamado primer mundo. Analizó esta nueva pobreza como una consecuencia clara de cómo Estados Unidos y la Unión Europea, especialmente, estaban concibiendo los equilibrios sociales y de poder internos y externos.
Sorprende constatar que hasta el final estuvo investigando en un mundo que, en la era de las redes sociales, de los aluviones migratorios y de la inmediatez de Internet, era veloz y en ocasiones inasible. Últimamente destacó su interés por la educación, reflejado en su reciente Sobre la educación en un mundo líquido, lo que constata que nunca perdió el pulso de la sociedad.
Durante años se dedicó a mirar por la ventana a los niños que iban a la escuela. Vio cómo al principio estos grupos eran monocolores y con el pasar de los años fueron mezclándose en diversas tonalidades de multiculturalidad. Su sola observación empírica habla de su enorme obra y figura y surge el impulso teórico renovador del científico social que es capaz de mover el mundo a reflexión.

BERGER, EL BOSCO Y EL PARQUE TEMÁTICO DEL INFIERNO, Montserrat Álvarez

Berger, el Bosco y el Parque Temático del Infierno


La compleja y enigmática obra del Bosco ha inspirado lecturas tan brillantes como las de John Berger, fallecido el lunes, apenas concluido el año 2016, del quinto centenario de la muerte del gran pintor flamenco. Los recordamos a ambos con el tríptico del Jardín de las Delicias.

    Entre lo más conocido de la pintura del Bosco (1450-1516), pintura de la locura y de los monstruos, está el retablo llamado El Jardín de las Delicias, actualmente en el Museo del Prado (Madrid), tríptico de fecha de ejecución incierta que la mayoría de los historiadores sitúa entre 1500 y 1510. La compleja trama simbólica de esta obra y sus imágenes cargadas de oscuros y poderosos sentidos han inspirado hermosas e inquietantes lecturas. Entre ellas, las del notable crítico de arte británico John Berger, fallecido este lunes, apenas pasado el año, 2016, del quinto centenario de la muerte del gran pintor flamenco.
    Recordémoslos a ambos con este tríptico. En la cara externa de sus dos paneles laterales, al cerrarlos, vemos gestarse el universo en una esfera luminosa que guarda las embrionarias primeras formas vegetales y minerales, todavía mezcladas e indistintas, bajo borrascosas nubes y contra un fondo negro en una de cuyas esquinas superiores un anciano de barba cana, Dios, sostiene un libro junto al que unos versos del Salmo XXXIII recuerdan el Génesis: «Ipse dixit et facta su[n]t/Ipse ma[n]davit et creata su[n]t».
    Abierto el retablo, adentro, en el ala izquierda, se ha consumado ya la Creación: es el Edén, jardín poblado por elefantes, unicornios, un pájaro tricéfalo, jirafas, patos... En la parte inferior, un Dios joven toma a Eva de la mano al presentarla a Adán mientras su diestra los bendice.
    El jardín del panel central ya no es el Edén, pero en él todavía los cuerpos desnudos se abandonan despreocupadamente al juego del amor mientras la tierra les regala sus frutos, los animales se dejan montar y los pájaros se posan en las cabezas de las bañistas de la fuente bajo la luz pareja de un tibio y manso mediodía universal de colores brillantes. (Fraenger, como es sabido, vio en esta representación bases para su famosa tesis, según la cual el Bosco fue miembro de los Hermanos del Libre Espíritu, secta herética, libertina y panteísta surgida en el siglo XIII y cuyo fin era volver a la inocencia anterior a la Caída –si bien la mayoría de los historiadores rechaza esta teoría por escasez de pruebas–).
    La ingravidez en los gestos y los cuerpos, la luz irreal y las formas desproporcionadas y aun híbridas se prolongan en el ala derecha, pero ya no es sueño, sino pesadilla. Lo que era juego erótico se vuelve aquí júbilo monstruoso, avidez y fragmentación alucinadas. Entre fusiones de lo animal y lo humano, utensilios animados, cabezas sin cuerpo, un conejo enorme lleva, con la lógica invertida del mundo siniestro, clavada en una lanza a su víctima, que se desangra: el cazador, cazado. Los objetos cotidianos han crecido y se han vuelto desconocidos y enemigos. Un cuchillo con orejas descuartiza condenados a su paso. Un condenado cuelga del mástil de un laúd; otro tiene tatuada una partitura en las nalgas; otro es sodomizado por una flauta; otro está atrapado en las cuerdas de un arpa como una mosca en una telaraña. En los lagos, los ríos, los hornos, las rutas, el horizonte, el aire, un mal invisible parece deformar la materia en un sentido contrario al de la naturaleza. En medio del Infierno, un Hombre-Árbol de melancólica expresión mira al espectador, testigo pensativo y triste de sus propias desconcertantes mutaciones. Su torso, que es un huevo, está roto y se ha vuelto taberna de demonios, los troncos huecos de sus piernas rematan en barcas que flotan en un negro estanque, y en el gran disco que lleva como grotesco sombrero giran los monstruos como en una pista de baile en torno a una gigantesca gaita, que, a modo de emblema, la bandera de la taberna reproduce.
    John Berger vio una profecía en este Infierno:
    «Es un espacio sin horizonte. Tampoco hay continuidad entre las acciones, ni pausas, ni senderos, ni pautas, ni pasado ni futuro. Solo vemos el clamor de un presente desigual y fragmentario. Está lleno de sorpresas y sensaciones, pero no aparecen por ningún lado las consecuencias o los resultados de las mismas. Nada fluye libremente; solo hay interrupciones. Lo que vemos es una especie de delirio espacial. Comparemos este espacio con lo que se ve, por lo general, en los anuncios, en los telediarios o en muchos de los reportajes realizados en los diferentes medios de comunicación. Nos encontramos ante una incoherencia similar, una infinidad similar de emociones inconexas, un frenesí similar. Lo que profetizó El Bosco es la imagen del mundo que hoy nos transmiten los medios de comunicación, bajo el impacto de la globalización y su malvada necesidad de vender incesantemente. La profecía de El Bosco y esta imagen del mundo parecen un rompecabezas cuyas piezas no encajarán nunca… Todas las figuras intentan sobrevivir concentrándose en sus necesidades más inmediatas, en su supervivencia. En su grado más extremo, la claustrofobia no está causada por el exceso de gente, sino por la discontinuidad entre una acción y la siguiente, la cual, sin embargo, está casi al alcance de la mano. Eso es el Infierno»
    (John Berger: El tamaño de una bolsa, Madrid, Taurus, 2004, 280 pp. –primera edición: The Shape of a Pocket, Nueva York, Pantheon Books, 2001).
    No hay en el Infierno causalidad ni, por ende, sentido; no hay continuidad entre los actos ni, por ende, propósito. No hay más que la inmanencia cerrada del presente, sin salida. En el espacio del Infierno no existe relación entre lo que en un punto pasa y lo que ocurre en otro, ni hay futuro en el tiempo del Infierno. Es la perfecta prisión de lo inmediato absoluto. El monstruo con cabeza de pájaro come condenados, alguien se mira al espejo, alguien duerme, alguien vomita, alguien defeca, alguien cae a la fosa, el cuchillo con orejas avanza, arrolla y mutila, la monja-cerda abraza a su víctima, el Hombre-Árbol mira al espectador y es testigo de su propia disolución... No hay caminos, y, si los hay, son como el de ese trineo que, en el lago congelado, se dirige a su propio naufragio. Y ningún naufragio marca una pausa en el Infierno. Nada detiene la incesante actividad sin dirección. No hay atrás ni adelante, ni arriba ni abajo, ni causa ni efecto, ni pasado ni futuro: solo acción pura y ciega en el presente sin pausa.
    Es nuestro mundo, en el proceso de su disolución.
    El nombre del pintor era Jerónimo van Aken, de Hertorgenbosch, cerca de Amberes. No pintó tentaciones de placer ni de felicidad, sino otras más poderosas, primas hermanas de la muerte, los éxtasis horribles de la caída, las carcajadas en el parque temático del pecado, las delicias de perderse y llegar hasta el fondo sin cara, hasta el secreto imán de la pérdida de los límites, del fin de los cuidados y cautelas que preservan la vida; bajo la superficie del frenesí y la alegría, es la presencia sorda y subterránea de la locura lo que se revela, comprometiendo la totalidad del ser en un abismo en el que placer y horror, Paraíso e Infierno son iguales.
    montserrat.alvarez@abc.com.py