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lunes, 27 de junio de 2016

POETA EN EL MANICOMIO (Memorias de las visitas de William Carlos Williams al Hospital Psiquiátrico donde estaba Ezea Pound)


«Poeta en el manicomio, (memorias de las visitas de William Carlos Williams al hospital psiquiátrico de St. Elizabeth, donde permanecía encerrado Ezra Pound) »
Poco antes de que Hitler invadiera Polonia, Ezra Pound me escribió diciendo que la ayuda suministrada por Mussolini al generalísimo Franco, no era más que una tentativa para limpiar un pantano de mosquitos. Le repliqué con una explosión de cólera: él, Ezra —le dije— era un triste representante de su país, etc. Declarada la guerra, dejamos de escribirnos durante varios años. Cierto día, al volver a casa, Floss me contó que uno de los empleados del Banco preguntó si yo sabía de alguien en Italia conocido como Ezra Pound. Agregó que durante la tarde del día anterior dicha persona había hablado por radio y había dicho que el doctor Williams, de Rutherford, Nueva Jersey, lo comprendería.
—¡Dios mío! ¿Con qué derecho me arrastra en sus sucias historias?
Sólo repito lo que me dijeron —respondió Floss—. Tus “amigos” siempre te envuelven en sus historias. Le pregunté al empleado, pero no sabía nada más. Había captado la audición por casualidad. Nunca escuchaba ese programa. Luego, otro día, un joven me abordó en la puerta de mi oficina, me mostró sus papeles y me preguntó si había escuchado las audiciones de Ezra Pound en la radio italiana. Le dije que no, pero que había oído hablar de ello.
—¿Sería usted capaz de identificar su voz?
—No, seguramente no; pero podría quizá reconocerla.
—¿Es amigo suyo desde hace mucho tiempo?
—Sí, desde la época de la Universidad.
—¿Aceptaría testimoniar que la voz que usted escucha es la voz de su amigo?
—Por cierto, si estoy seguro de que realmente es él quien habla ¿Pero cómo puedo estar seguro?
—Nosotros le traemos las grabaciones de sus audiciones a su oficina con un magnetófono. ¿Es usted un ciudadano leal? — dijo mirándome fijo a los ojos. Me quedé turbado.
—Por supuesto que sí. Yo he consagrado, puedo decirlo, toda mi vida a mi país; he intentado servirlo por todos los medios. Hasta he escrito un libro sobre el tema.
—¿Qué libro?
—Se llama In the American Grain… y he escrito muchos artículos y ensayos y 12 críticos. Soy Williams. Carlos Williams, el escritor. Le daré el libro si usted quiere.
—No será necesario. Tenemos que establecer que esas audiciones, dirigidas actualmente contra nuestro gobierno, son en verdad obra de Ezra Pound. ¿Usted tiene dos hijos, doctor Williams?
—Sí, están en la Marina. Uno es médico, en el Pacífico, y el otro está a bordo de un destructor-patrullero entre Europa y Estados Unidos. El F.B.I me visitó dos veces durante la guerra, pero nunca escuché las grabaciones. Poco después recibí una carta de un amigo que había tenido la ocasión de oírlas en Washington. Me dijo que estaban divididas en dos partes: la primera parecía ser de Ezra Pound, que lanzaba insultos contra el presidente Roosevelt, su familia y los judíos apátridas a quienes hacía responsables de todo. La segunda parte, según mi informante, parecía estar a cargo de otro, que formulaba proposiciones y argucias más histriónicas que razonables.
Un año después de finalizada la guerra recibí de vuelta la carta que le había enviado a Ezra y en la cual lo cubría de anatemas a propósito del asunto de Franco. Yo había sido presidente del comité local de la Ayuda Médica a la España Leal. La carta había sido abierta por las autoridades. Pound, al menos, no la había visto jamás. Es así como desde el comienzo, mi nombre debió haber estado asociado al suyo. Ahora, Pound está encerrado en un asilo psiquiátrico en Washington. Cuando actualmente quiero ver a Ezra Pound, debo ir al hospital SaintElizabeth en Washington, donde fue encerrado luego de su detención, al finalizar la última guerra. Es un edificio de piedra gris que, estoy seguro, fue diseñado y construido a principios de este siglo, con altas ventanas con barrotes y anchas y muy vastas salas. Al final de ellas se encuentra una persona protegida por un simple biombo, en un rincón. Cada día de una a cuatro, si él lo desea, tiene permiso para recibir visitas. Cada vez que he ido está allí su mujer, Dorothée. Creo, en realidad, que ella va todos los días, desde el encarcelamiento de Ezra. En los hermosos días de verano está autorizado a pasar la tarde con ella en el parque. Es un pensionista ejemplar según dicen los que se encargan de él. Sólo el futuro dirá si va a salir de esta situación. La primera vez que fui a visitarlo me sentía muy inquieto. La demencia me ha inspirado siempre una repugnancia instintiva, como de algo desconocido. y 13 Me afectó mucho saber que se encontraba encerrado las primeras semanas y meses con enfermos más o menos desesperados. Al salir de una reunión del consejo de administración de la biblioteca del Congreso, en Washington, tomé un taxi, preguntándome qué iría a encontrar. Luego de haber andado una veintena de minutos, entramos por uno de los portones aparentemente no custodiados. Era una hermosa tarde y me puse a buscar el edificio en el que me habían dicho que estaba encerrado. No sé cuántas hectáreas cubre el hospital, pero tuve que recorrer de una a otra punta hasta que al fin encontré el edificio en cuestión. Le dije al conductor que me esperara y entré a pedir un pase. “Usted encontrará a Ezra Pound sentado allá bajo los árboles, con su mujer”, me dijo un hombre. Efectivamente, estaba allí, en una chaise longue nueva; delante de él, Dorothée leía en voz alta. Me aproximé, atravesando un grupo de pensionistas que me miraban con curiosidad. Ezra no esperaba mi visita… De manera que cuando estuve muy cerca y me reconoció, saltó de su silla, apretó mi mano tendida, luego me estrechó en sus brazos. —¡Caramba! —dijo Dorothée—, ¿es Bill Williams, no es cierto? Hablamos una hora ese día. No había cambiado mucho, tenía la misma barba y los mismos tics en las manos; no dejaba de mover sus espaldas sobre el respaldo mientras me examinaba, con su sonrisa socarrona, entrecerrando los ojos; tenía su acostumbrada risa entrecortada, y se expresaba como siempre con algunas palabras cortas, rápidas, sin construir frases. Yo me sentía muy feliz de encontrarlo tan bien. — Hablamos principalmente de la situación literaria de este mundo —situación bien mediocre—, y también de ciertas personas, de la falta de iniciativas de aquellos que deberían actuar, yo mismo entre otros. Naturalmente no pudimos evitar el eterno tema, la economía política. Ezra reiteró una de sus grandes ideas, que muchos comparten con él: la banca internacional nos precipita a todos a la ruina; por períodos cada vez más cercanos, y las guerras son provocadas por la banda que gobierna Rusia, Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos, etc. Esos individuos son identificables, sus características conocidas, y dan la posibilidad a muchos, pero no a todo el y 14 mundo. Ezra repite que en el presente el principal criminal es F. D. Roosevelt. Yo no podía hacer nada más que escuchar. Dorothée también escuchaba. He aquí el marido con el que compartía con desvelo las tribulaciones. Todos aquellos que la ven y conocen, respetan y aman profundamente a esta inglesa grande y austera. Los Pound no tienen dinero. El primer invierno Dorothée vivió en una habitación sin calefacción, en el tercer piso de un edificio contiguo al hospital. Nosotros la invitamos a venir a vernos y descansar en casa, pero ella lo rechazó. Me acuerdo de ese día, bajo los árboles, hablamos, entre muchas otras cosas, de Nancy Cunard y de su vida bajo la ocupación alemana y de Wyndham Lewis. Ezra y Dorothée rieron cuando les conté algunas de nuestras aventuras el verano pasado, en Bufalo. Ezra creía a Lewis un poco loco; pero pensaba que era uno de esos raros individuos que conocen los escapes necesarios para subsistir. Si se conociera el complot de los diferentes estados sería un juego de niños, según Pound, establecer una sólida base de gobierno y asegurar la paz. Pero él cree que en Washington no hay más que cinco hombres que están al corriente de las cosas fundamentales y, a su entender, Tinkham, de Massachussets, es uno de ellos. No es pues más que por azar que se llega a hacer alguna cosa útil. Además está convencido, por ejemplo, de que si Stalin le hubiera acordado una entrevista de cinco minutos, él habría podido revelarle su error de razonamiento e influido para que actuara de otra manera y que todos los malentendidos y desastres que siguieron habrían sido evitados. Pound se pregunta: ¿Estamos reducidos a ser los idiotas desvariados en la penumbra de un humor crepuscular por ser poetas? Nuestro desarrollo como hombres, objetivo hacia el cual tienden nuestros deseos, no puede alcanzarse si nos negamos a ver el muro tan real que se levanta en nuestro camino. En esta situación, el poema debe buscar destruir ese bloque, a fin de que podamos realizar todo lo que nos prohíben alcanzar.
∇ Poeta en el manicomio, (memorias de las visitas de William Carlos Williams al hospital psiquiátrico de St. Elizabeth, donde permanecía encerrado Ezra Pound) –  Memorias completas en En Número Especial Ezra Pound, Buenos Aires Poetry, 2015.

jueves, 23 de junio de 2016

MIRO, Benjamín A. Araujo Mondragón

Benjamín A. Araujo Mondragón
MIRO

Miro a tus ojos:
ahí habita la luna,
hasta en el día...

martes, 21 de junio de 2016

PUENTES, FUENTES, José Manuel Gómez Mira


PUENTES, FUENTES



JOSÉ MANUEL GÓMEZ MIRA

Entre el rumor acuoso de unos arcos extraviados,
golpeados con el cincel suave de la virtud
de estar entre mis ojos con su canto,
voy acelerando las rúbricas libres
de mis firmas de emociones.
Es un puente blando que me une
al aroma de la ceniza antigua,
encajado entre las corrientes vagas
de mis tardes de sábado,
resumidas en el trote ligero de mis pies,
sucios y felices cuando flotan
en el barro permisivo de mis pecados veniales.
Poco a poco,
con la fidelidad de ir suprimiendo
de los estanques antiguos el lodo y la pizarra,
voy filtrando sin prisa, también sin pausa,
las agujas de las fuentes oscuras,
voy aclarando las aguas de mi llanto.
Barajo con ternura mis cartas de firmeza,
desato de las fronteras antiguas
el viejo desdén de las cuerdas rotas,
dejo circular a su antojo el río,
le permito recorrer mis valles,
escucho el eco de aquel Otoño de secuelas
cobijadas bajo humildes arboledas
de las remotas orillas socavadas.
No pido nada bajo este puente;
que hoy me sirve de lecho
en la prudente soledad de saberme vivo,
con los helechos siendo hucha de lo poco que preciso,
nada les exijo a las siluetas grises
que en un lugar lejano se guarecen.
Solo, desde mi escuela de llana calma,
con las llamas de mi signo como escolta,
hablaré sin dictarle a nadie la doctrina,
esperando alcanzar la fe precisa
que me eleve en esta alfombra de hojas vivas.

EL POETA HO CHI MIN, Daniela Saidman (IslaNegra Revista)


El poeta Ho Chi Minh

Daniela Saidman


A veces los nombres vienen de tanto vivir, como si con el que se hubiera nacido no alcanzara para contenernos. Tal vez eso fue lo que le pasó a Nguyen Tat Thanh, aunque en sus biografías digan que sus nombres fueron apodos y que surgieron de la clandestinidad. También lo que suele suceder es que los poetas tienen la cualidad de cambiar con los versos, de hacerse viento y agua, escombro, eco y claro, caricia y consuelo.
En 1911, el joven que había nacido en Vietnam, el 19 de mayo de 1890, se embarcó como ayudante de cocina en un buque francés. Durante los dos años que duró la travesía usó el nombre de Ba. Y en 1914 partió a Nueva York.
Poco después se instaló en Londres. Allí ejerció de barredor de nieve, lava platos y ayudante de uno de los grandes cocineros del siglo: Escoffier. Pero de la cocina se escapaba a los libros y a la militancia en una organización clandestina asiática.
Se instaló nuevamente en París en 1917. Y otra vez cambió de piel. Una tras otra, como una mariposa que lentamente va abriendo las alas, cada vez más tensas, más coloridas, más experimentadas en el vuelo que nace de la necesidad honda de la libertad absoluta.
Nguyen Ai Quôc, algo así como Nguyen el Patriota, fue el nombre que mejor se adaptada al hombre que iba haciéndose y con el que se conoció hasta 1942, mientras se ganaba la vida retocando fotos. Leía incansable durante aquellos años y empezó a escribir sus primeros artículos que publicó con el nieto de Marx en algunos periódicos de la época.
Después de 1920, Nguyen militó en el Partido Comunista Francés. De ese tiempo es Proceso de la colonización francesa, uno de sus libros más conocidos, que compila buena parte de sus artículos.
Alrededor de 1922 llegó a Moscú donde conoció a Trotski, Radek, Zinoviev, Stalin y Dimitrov, entre otros. Y en 1925 se instaló en China, aunque fue obligado a salir cuando se impusieron medidas contra las actividades comunistas. Regresó en 1930 para fundar el Partido Comunista de Indochina. Se quedó en Hong Kong como representante de la Internacional Comunista. En 1931 fue arrestado y encarcelado por la policía británica hasta su liberación en 1933. Al poco tiempo regresó a la Unión Soviética.
Regresó a China en 1938 para servir como asesor en las fuerzas armadas. Pero cuando Japón ocupó Vietnam en 1941, ayudó a fundar un nuevo movimiento de independencia conocido popularmente como el Vietminh.
En 1942, Ho Chi Minh fue apresado por las autoridades chinas, mientras cruzaba la frontera.Durante 14 meses lo trasladaron a distintas prisiones, sometiéndolo a toda suerte de maltratos.
En agosto de 1945, al final de la segunda guerra, cuando Japón se rindió, el Vietminh tomó el poder y proclamó la República Democrática de Vietnam en Hanoi.
Ya él era todo luz y canto. Y sus alas inmensas se desplegaron como velas para surcar infinitas los mares. Ho Chi Minh (el que trae la luz) fue desde entonces y hasta siempre. Se convirtió en Presidente.
El gobierno francés no estuvo dispuesto a conceder la independencia a sus súbditos coloniales, y a finales de 1946 estalló la guerra. Durante ocho años las guerrillas del Vietminh combatieron a las tropas francesas en las montañas y los arrozales. Y como suele suceder cuando la razón acompaña una lucha popular, finalmente el ejército francés fue derrotado en 1954.
La historia es larga. A pesar del triunfo de Ho, de la inspiración con la que animó a su pueblo a alcanzar la libertad, Vietnam fue divido en dos y solo el Norte fue asignado al Vietminh.
En la década de 1960 estalló la guerra de Vietnam. Estados Unidos apoyó, dotó de armamento militar e intervino directamente en el conflicto, como siempre tratando de dominar a un pueblo que crecía luminoso.
En la segunda mitad del 60 la salud de Ho fue deteriorándose, aunque su figura, su temple de hombre sencillo y comprometido siguió siendo siempre una inspiración para su pueblo. El 3 de septiembre de 1969 Ho Chi Minh falleció en Hanoi.
Su voz sigue acompañando los sueños de la humanidad, porque si de volar se trata, el tío Ho tiene mucho de maestro y sus alas son una breve caricia que alumbra el viento que hay que seguir.

El poeta Ho 

Tal vez se sepa menos de Ho Chi Minh como poeta. Pero, ¿es que acaso es posible trascender sino es por la amorosa entrega que tiene tanto de verso y de sueño?
Entre septiembre 1942 y octubre de 1943 Ho, con poco más de cincuenta años de edad, estuvo en distintas prisiones, de allí su Diario de prisión. Cuentan que en un rincón en penumbras dejaba testimonio en el idioma de sus carceleros (la lengua clásica de los letrados chinos, y según la poética de la dinastía Tang). En un cuaderno de tapas verdes Ho escribía lo que en el transcurrir del día llenaba sus ojos, fuera la tristeza, la melancolía o la esperanza, de un paisaje o un gesto.
Son unos brevísimos poemas que hacen pensar en un instante detenido, en una imagen quieta que sin embargo tiene dentro de sí el movimiento constante de las alas de un colibrí. Justamente en su palabra está la estatura de un hombre que fue libre en lo más libre de los seres humanos.
En su último poema en prisión Ho dice: “Hoy debemos fundir los versos en acero / Y ser cada poeta un bravo combatiente”. 


Noche de otoño

“Ante la puerta, un guardia
con el rifle al hombro.
En el cielo, la luna huye
a través de las nubes.
Insectos escaladores de camas
como tanques negros en la noche.
Escuadrones de mosquitos,
como olas de aviones enemigos.
Pienso en mi patria.
Sueño que vuelo muy lejos.
Sueño maravillas atrapado
en telarañas de dolor.
Un año ha terminado aquí.
¿Qué crimen cometí?
Con mis lágrimas escribo
otro poema en la prisión".

miércoles, 15 de junio de 2016

ORACIÓN POR LOS REFUGIADOS, Benjamín Adolfo Araujo Mondragón

ORACIÓN POR LOS REFUGIADOS

Señor, tú eres justo; pero tu pueblo,
el pueblo de Jesús Cristo, fue un pueblo sin tierra
y sin asilo. Tú les pediste durante siglos que
tuvieran paciencia. Y la tuvieron. Desperdigados,
vacíos de hogar y de raíces, viajaron por entre
las aguas del mar...y al parecer lo consiguieron:
pero luego otro pueblo, el romano, les dominó...
Parece eterno sufrir de tu pueblo, Señor, 
ya no el pueblo judío: si no todos los pueblos
pero especialmente los del Oriente, ¿por qué?
(Ese es un misterio inabordable) pero miles y
miles de ciudadanos son desplazados o no les
admiten, ni les dan asilo...
¡¡¡Señor: protégeles!!!