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viernes, 18 de abril de 2014

GABO EL PARANOICO, Guillermo Samperio

“Una anécdota de García Márquez”
o "Gabo indocumentado" 
a Federico Traeger


Guillóm Samperio


En una ocasión, Federico (Fede) y yo fuimos a un coloquio donde estaba Gabo. Fede le pidió que le autografiara su libro de “100 años de soledad” y García intentó incautárselo, argumentando que era pirata (no se dio tiempo para cotejar el año de reimpresión del libraco (1974), la cual era en extremo distante de los plagios editoriales de hoy). Entre Fede y yo nos abalanchamos sobre el colombiano paranoico y recuperamos el ejemplar. Y por iniciativa de Gabo, empezamos a mentarnos la madre, mientras la gente hacía tango. Esta linda historia no es más que un accidente menor como cuando Gaviria subió al poder e hizo una donación multimillonaria en dólares a la institución que entrega los Nobel y, al año siguiente , para "gran sorpresa" de Gabo y el mundo, le dieron el premio Nobel a García Márquez que podría alcanzar del 8 o al 10% del gentil donativo Gaboiria, perdón: digo Gaviria. Esto no le quita la calidad a“Crónica de una muerte anunciada” y de varias estupenda noveletas como “Los funerales de Mamá Grande”. Es más, esta historia mía puede ser un cuento más como los que escribo, sin nada que ver con la realidad real.

SECRETOS DEL CORAZÓN, Ana Clavel


Columna *A la sombra de los deseos en flor*, revista Domingo de El Universal, 6 de abril de 2014:http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/Secretos+del+coraz%C3%B3n-2339

Secretos del corazón

Ana Clavel

Imagen digital de Juan Carlos Guarneros
Imagen digital de Juan Carlos Guarneros
En el Libro de los muertos del antiguo Egipto se representaba al corazón como una vasija. Se le colocaba en una balanza y su contrapeso debía ser una pluma de avestruz. Si el corazón pesaba más, su poseedor era condenado a la destrucción total. Era el único órgano que se reintroducía en el cuerpo embalsamado para acompañar al muerto en la hora de su juicio final, después de envolverlo en lienzos de lino aromático. En la Edad Media se usó otro tipo de vasija para representar un corazón, el de Jesús: el cáliz o Santo Grial. En la situación más crítica de su vida, el héroe babilonio Gilgamesh ofrenda un corazón a los dioses. También los aztecas extraían corazones como parte de los ritos solares a Huitzilopochtli. A lo largo de la historia se ha erigido como un símbolo en el que reposa la esencia vital, emocional y espiritual. En su interior moran los secretos más profundos del hombre. Quizá por eso Pascal reconoció: “El corazón tiene razones que la razón desconoce”.
En sus latidos en español hay resonancias etimológicas del latín cor -cordisNo deja de ser significativo que el verbo “recordar” evoque ese origen: volver a pasar por el corazón. San Agustín hablaba delcor inquietum, que se esfuerza por encontrar algo más allá de sí mismo: es el corazón deseante por sobre todas las cosas. Para los sufíes sólo el corazón habla al corazón, y en sus danzas concéntricas los derviches buscan llegar al corazón del corazón: la unión con Dios.
foto propuesta por Rocío González
Pero tal vez el mayor responsable de que le adjudiquemos esa carga simbólica, por lo menos en la cultura occidental, sea Aristóteles para quien el corazón era el motor inmóvil que se encuentra en medio del movimiento exterior de las cosas. No sólo generaba la sangre, sino que los órganos mismos habían surgido de él: era la semilla de la que brotaba todo el cuerpo. El alma gobernaba al cuerpo desde el corazón. Para el filósofo griego el corazón era el centro de la vida por ser la casa del alma.
Desde los versos de la Ilíada es el único órgano con el que los héroes homéricos dialogan para entender sus propias pasiones o debilidades. Su protagonismo lo convierte en metáfora idónea para representar los deseos más íntimos, como cuando dice Baudelaire:
 Dime, ¿tu corazón alguna vez huye, Ágata,
lejos del negro océano de la inmunda ciudad,
hacia otro océano donde el resplandor estalle,
azul, claro, profundo, como la virginidad?
Dime, ¿tu corazón alguna vez huye, Ágata?
Arte digital de Christian Schloe
Arte digital de Christian Schloe
Desde Shakespeare sabemos que el corazón tiene también sus laberintos: Macbeth y el rey Lear no dudan en mancharse las manos y asesinar el sueño por seguir los latidos de sus corazones en tinieblas. Al ser depositario de las huellas indelebles de la vida, no en balde aconseja el personaje de Malcolm: “Dad palabras al dolor, la desgracia que no habla murmura en el fondo del corazón, que no puede más, hasta que se quiebra”. Pero hay corazones que se quiebran por fallas meramente fisiológicas. No deja de ser irónico que el cirujano que realizó con éxito un primer trasplante de corazón en 1967, Christiaan Barnard, haya muerto de un infarto.
Un solo corazón de Christian Schloe
Un solo corazón de Christian Schloe
Gracias al querido Alberto Buzali supe del rabino Najman de Breslav, que con gran sabiduría dijo: “Sólo un corazón roto es un corazón entero” para destacar la importancia de la experiencia amorosa aunque sea desdichada. Frente al conocimiento racional, “corazonadas” es la expresión para señalar las intuiciones del corazón. Caminos a la sombra de las pasiones que muchas veces son acertadas aunque no siempre nos lleven a la realización de deseos felices. Pero si uno es fiel a las veleidades de su propio músculo vital, nada como este:
Epitafio del corazón
 No se culpe a nadie de mis latidos.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, SIEMPRE (Editorial de La Jornada)

Gabriel García Márquez, siempre
E
l fallecimiento de Gabriel García Márquez, ocurrido ayer en esta capital, ha puesto de luto a América Latina. Varias generaciones de este continente se asomaron por primera vez al milagro de la literatura en las historias urdidas por ese colombiano y mexicano mundial que al mismo tiempo fue, durante toda su vida, tan fiel a su región natal en el Caribe. Están de luto los lectores, en general, pero también diversos gremios: el literario, el periodístico y el cinematográfico, en particular, en los cuales Gabo dejó una huella de creación,trabajo y generosidad.
Como se ha dicho, millones de personas de habla española vivieron su primer deslumbramiento literario, o bien momentos de placer entrañables, en tanto que adictos a la narrativa, en las novelasEl coronel no tiene quien le escribaLa mala horaCien años de soledadEl otoño del patriarcaEl amor en los tiempos del cólera o El general en su laberinto, por mencionar algunas de sus novelas, o en los volúmenes de relatosOjos de perro azulLa increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmadaEl rastro de tu sangre en la nieve o Doce cuentos peregrinos. Muchos otros lectores conocieron el lado fascinante del periodismo en reportajes como los deRelato de un náufragoCuando era feliz e indocumentadoChile, el golpe y los gringosOperación CarlotaDe viaje por los países socialistas o La aventura de Miguel Littín, clandestino en Chile.
Menos conocida es la faceta de García Márquez como guionista de cine y televisión, en la que escribió libretos para Roberto Gavaldón, Arturo Ripstein, Alberto Isaac, Luis Alcoriza, Miguel Littin, Jaime Humberto Hermosillo, Felipe Cazals y Ruy Guerra.
Pero el legado del colombiano-mexicano no se agota en los textos: fue también fundador de publicaciones (como la revista Alternativa, que circuló en Colombia entre 1974 y 1980) e instituciones como la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños, fundada en 1986 en la localidad cubana de ese nombre, y la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, establecida en 1994 en Cartagena de Indias, Colombia, dos centros que hasta la fecha son inestimables para la formación y el apoyo a proyectos de cineastas, videoastas e informadores jóvenes procedentes de diversas regiones de América Latina.
Por el impacto y la trascendencia de su obra narrativa, García Márquez gozó de una preminencia pública sin parangón en el continente, incluso desde mucho antes de que le fuera otorgado el Premio Nobel de Literatura (1982). Ello lo llevó a conocer y a trabar amistad con estadistas y dirigentes como Fidel Castro y el ex presidente estadunidense Bill Clinton. Sin traicionar los principios de la amistad personal, el novelista supo emplear esa red de contactos para impulsar, con discreción, inteligencia, orientación progresista y sensibilidad social, causas de paz y entendimiento entre naciones y gobiernos. Sin ostentar una filiación partidista específica, Gabo permaneció siempre, de manera inequívoca, en el ámbito de la izquierda, y en algún momento ello le valió la persecución del gobierno de Julio César Turbay Ayala (1978-1982) en su natal Colombia, así como la prohibición de ingresar a territorio estadunidense, levantada por el propio Clinton a principios de la década antepasada.
En otro sentido, la presencia, el apoyo y el afecto de García Márquez fueron decisivos en el momento fundacional de La Jornada. Cuando este diario empezó a circular, en septiembre de 1984 –hace casi 30 años– , Gabo era ya un escritor de renombre mundial, había recibido el máximo galardón y su pluma era una de las más cotizadas del planeta. Pero, además de acompañar con visitas frecuentes al periódico naciente y de alentar personalmente a sus directivos en aquellos momentos inciertos –y en muchos otros posteriores–, ofreció colaborar con artículos y textos especiales escritos y entregados ad honorem en prenda de amistad, solidaridad y fe en este proyecto informativo. De modo que, además de la admiración y el reconocimiento a la vastedad y calidad de su obra, La Jornada guarda a García Márquez entre sus presencias más agradecibles y entrañables.
Fue un hombre generoso con los demás, coherente con sus principios, fiel a la verdad como periodista y profundamente leal, como escritor, para con la imaginación y la poesía. Es, y seguirá siendo, un caribeño, un colombiano, un mexicano y un latinoamericano enorme. Si ahora hay razones para juntar tantos lutos en el momento de su muerte, las hay muchas más para celebrar y agradecer su vida.

ADIÓS PAPÁ GRANDE

Adiós, papá grande
Era un hombre entrañable, era una delicia platicar con él: Elena Poniatowska
Conmociona a creadores nacionales la muerte delinventor de mundos
Fue fiel a sus ideas: Hugo Gutiérrez Vega; José Agustín lamenta la muerte de su compadre
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En una de las ocasiones que García Márquez acudió a La Jornada, solicitó visitar la mesa de redacción y compartió unos minutos con reporteros y editoresFoto Fabrizio León Díez
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Ruben Montedónico, Andrés Ruiz, José María Pérez Gay; Carmen Lira Saade, directora general de La Jornada; Gabriel García Márquez, Lilia Rosbach, Josetxo Zaldúa y Luis Hernández, durante la visita del premio Nobel de Literatura a esta casa editorial, el 12 de febrero de 2010Foto Fabrizio León Díez
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Xochimilco, 1993. La periodista Silvia Lemus, Manuel Camacho Solís (de espaldas, entonces regente capitalino), el escritor Carlos Fuentes, el director fundador de La Jornada, Carlos Payán Velver, y el autor de La hojarascaFoto Fabrizio León
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Con su hijo Rodrigo García Barcha. En el muro, la familia completa: Mercedes Barcha, el autor colombiano y sus hijos Gonzalo y RodrigoFoto Rogelio Cuéllar
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Con Elena Poniatowska en 1986Foto Pedro Valtierra / Cuartoscuro
Mónica Mateos, Merry Macmasters, Ana Mónica Rodríguez, Fabiola Palapa y Carlos Paul
 
Periódico La Jornada
Viernes 18 de abril de 2014, p. 4
Una profunda tristeza cubrió ayer las letras hispanoamericanas al conocerse la noticia del fallecimiento de Gabriel García Marquez, a quien sus colegas reconocen como un grande entre los grandes, pero, sobre todo, alguien que supo cultivar la amistad en el gremio.
Estos son los comentarios que expresaron algunos escritores a La Jornada, en recuerdo del gran Gabo:
Elena Poniatowska, escritora: Antes de abordar el avión que ayer la llevó a Madrid, donde el miércoles 23 recibirá el Premio Cervantes 2013, recordó la manera en que el autor de La hojarascafestejó su galardón.
“Cuando supo que me había sacado el premio, vino a la casa con un ramo de muchas pequeñas rosas amarillas. Vino con su camioneta, fue muy bonito. Casi llenó toda la plaza de mariposas amarillas. Venía a comer a la casa de vez en cuando, porque su hijo Rodrigo, casado con Pía Elizondo, vivía a dos casas de la mía antes de irse a vivir a París.
“Es una pérdida enorme para todos los que lo conocimos. Somos los amigos de antes del Nobel y así lo consideraba él, un hombre entrañable. Incluso, ya teniendo el Nobel era de lo más cariñoso y accesible. Era una delicia verlo y platicar. Decía cosas como, ‘¿Te gusta mi pantalón?’ Y yo le contestaba: “Pues sí, está padre’. Entonces, él respondía: ‘Bueno, quizá me pueda comprar dos o tres, porque si esos me quedan bien, mejor tener tres o cuatro”, cosa que ningún premio Nobel te consultaría. También preguntaba: ‘¿Crees que este gris combina con esto café?’ Tenía una vulnerabilidad que no he visto en ninguna otra persona; a él se le quedó a pesar del triunfo y el reconocimiento.”
–¿Con qué libro de García Márquez se queda usted?
–Los de antes leímos El coronel no tiene quien le escriba y los libros que le publicó Ficción Veracruzana. Pero también, obviamente, además de Cien años de soledad, El amor en los tiempos de cólera, Crónica de una muerte anunciada y muchas cosas de periodismo.
Fernando del Paso, escritor: “La noticia de la muerte de Gabo me ha afectado muchísimo, como individuo y como escritor. Me hice amigo de Gabo y mi esposa, Socorro de Mercedes, en los años sesenta, cuando Gabo escribía Cien años de soledad. Se nos ha ido un verdadero mago de la literatura, nada menos que el inventor, no tanto del realismo mágico como de la magia realista. Socorro y yo acompañamos a Mercedes, Rodrigo y Gonzalo en estos dolorosos momentos.”
José Agustín, escritor: “Es una pérdida desoladora, porque era uno de los mejores escritores que había en lengua española desde hace muchos años. Alguien comparaba Cien años de soledad con El Quijote y nunca pensé que fuera tan exagerado. Lo comencé a leer desde hace mucho tiempo, trabajamos en el cine. Paul Leduc logró contactarlo para hacer el guión de Bajo el volcán, de Malcom Lowry. Se escribió en Barcelona, adonde me llevaron. Estuve trabajando meses en ese proyecto. Gabo y yo nos hicimos muy amigos, al grado de que cuando regresábamos de España a México mi esposa esperaba a nuestro hijo más pequeño, José Agustín, y él quería ser el padrino, como finalmente ocurrió. Fue una relación muy bonita la nuestra. Lamento mucho la muerte de mi compadre.”
Hugo Gutiérrez Vega, poeta: “Sobre Gabriel García Márquez diría sólo tres cosas: muere uno de los grandes escritores del mundo, no sólo de la lengua española sino del mundo. Muere un creador de mundos, basados en la realidad y embellecidos o ensombrecidos por la magia. En segundo lugar, muere un hombre íntegro, coherente, fiel a sus ideas, ejemplo de periodismo honesto y libre. Y tercero, muere un hombre bueno, un maestro de varias generaciones, un iniciador en la lectura de muchas personas alrededor del mundo que gracias a sus Cien años de soledadentraron al mundo de la literatura. Es una gran pérdida. Es una muerte anunciada, pero de todas maneras duele y nos hace reconocer sus méritos y alabar su creación literaria.”
Bárbara Jacobs, escritora: “Prefiero repetir los fragmentos que siguen, que escribí para un homenaje en vida a Gabriel García Márquez (‘La condición de aprendiz’, en Un escritor sí tiene quien le escriba, Colección Editorial El Zócalo, Décima Segunda Feria Internacional del Libro en el Zócalo, México, octubre de 2012), que entretejer ningún comentario sobre él ahora que acaba de morir.
“Leí a Gabriel García Márquez antes de conocerlo en persona, y ninguno de los dos acontecimientos fue destrabado, ni leerlo por primera vez, ni mi primer encuentro personal con él, pero ambos son memorables.
(…) Me hice clienta asidua, entre otras que también me quedaban cerca, y que entonces estaban igualmente más o menos recién inauguradas, como la Gandhi original, de dos librerías en particular que estaban en la avenida de la Paz en San Ángel. Por una parte, se trataba de la sucursal del sur de la Librería Británica, y por otra, de la librería La Gacela, y aunque en todas, estas que menciono y otras, pronto llegué a desenvolverme con tanta familiaridad que no necesitaba, y hasta lo habría tomado como afrenta, que los libreros me recomendaran libros, en La Gacela mi desenvoltura y mi orgullo, no sé cuál de las dos actitudes más pueril, se toparon con la insistencia y las habilidades persuasivas de la dueña, más que del librero, un joven delgado y grácil y, salvo por los anteojos, adecuadamente parecido a una gacela, de que compraraCien años de soledad, novela que acababa de ser publicada en Buenos Aires y de llegar a México. Resistí una o dos visitas antes de docilisarme y aceptar la invitación, no sólo a comprar este libro de un autor al que desconocía, sino a leerlo. Sin embargo, apenas obedecí, de inmediato se dio el encanto y, al igual que mi gratitud hacia La Gacela, la fascinación por el autor y la obra ha sido permanente, pues, a partir de esa cuasi forzada lectura del libro de García Márquez, más de cuatro décadas después puedo afirmar que no he vuelto a necesitar que nadie me insista en leerlo para leerlo, ya que a partir de aquella experiencia inicial, él se convirtió en uno de mis autores personales, es decir, en uno de mis maestros.”
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El autor de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada asistió en marzo de 2009 al Festival Internacional de Cine de GuadalajaraFoto Arturo Campos Cedillo
Margo Glantz, escritora: “Desde hace tiempo sabíamos que Gabriel García Márquez, desde el punto de vista de la escritura, ya no iba a escribir nada más. Lo que produjo fue muy importante, forma parte de la literatura latinoamericana y universal. Aunque me interesan mucho varias de sus obras, desde El coronel no tiene quien le escriba, que fue un libro muy importante, ya se notaba la importancia de García Márquez, pero en ese momento no se dieron cuenta, hasta que salió Cien años de soledad, publicada en Argentina.
“La gente se deslumbró ante un tipo de escritura que narraba una serie de mundos totalmente fuera de lo normal y al mismo tiempo muy cotidianos, que cambiaron el sentido de las letras y el modo de ver el mundo.
“El realismo mágico fue una etiqueta que se puso en ese momento y que ya se le había puesto a un movimiento pictórico en Europa. Era un término que luego se aplicó en América Latina, que de alguna forma ya estaba presente en México en otros autores, como Juan Rulfo o Elena Garro. Aunque son diferentes los textos, hubo predecesores de García Márquez, pero, como decía Borges, un gran escritor crea sus predecesores, sin que eso me haga decir que tanto Rulfo como Garro no sean grandísimos escritores. Pero la gente se dio cuenta de eso que se llamó realismo mágico a partir deCien años de soledad. Leí la novela con asombro y gusto enormes. Me interesó mucho, me pareció muy importante. Me parece una figura fundamental. Pero así es: la gente se acaba, los libros se acaban, se muere uno.”
Eduardo Matos Moctezuma, arqueólogo: Gabo ofreció el pensamiento latinoamericano a través de sus libros. Es una enorme pérdida para las letras y la cultura; todos sus libros tienen contenidos maravillosos. Me quedo con Cien años de soledad. Gabo fue al templo Mayor, pues tenía interés por nuestro pasado y tuve la fortuna de guiarlo en su recorrido. Gabo es un hombre universal, un gran ejemplo de quien sabe traducir el sentir del pueblo.”
Sergio Olhovich, director de cine: “Conocí a García Márquez en el primer Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, en 1979. Tuve la dicha de compartir con él como presidente del jurado en la categoría de ficción, y nos hicimos muy amigos. Vimos muchas películas, discutimos y platicamos mucho, y después, aunque no nos veíamos mucho, nos teníamos cariño y respeto. Siento mucho su muerte. Mi más sentido pésame a Mercedes y a sus hijos.
“Gabo era un apasionado del cine. Era tan apasionado de la literatura como del cine. Recuerdo que en ese primer festival discutimos sobre a quién le íbamos a dar el primer premio; él tenía una posición y yo otra; discutimos mucho, pero finalmente me dijo: ‘Sergio, tengo que admitirlo, tienes razón, apoyaré lo que tú dices’. Me sentí muy halagado que García Márquez hubiera optado por darme la razón, no era fácil que hiciera eso.
Fue un hombre apasionado del cine y su obra, aunque muchos dicen que es muy literaria, yo la siento muy cinematográfica. En fin, estoy conmovido por su fallecimiento. Él participó en muchos guiones de varias películas; por desgracia no tuve oportunidad de filmar algo de su obra, pero, no sé como decirlo, creo que nunca se ha filmado una buena película de la obra de Gabriel García Márquez; todavía no se ha grabado una excelente película.


jueves, 17 de abril de 2014

SÓLO VINE A HABLAR POR TELÉFONO; Gabriel García Márquez

Sólo vine a hablar por teléfono
[Cuento: Texto completo.]

Gabriel García Márquez
Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.
-No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.

-Están dormidas -murmuró.

María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.

-¿Dónde estamos? -le preguntó María.

-Hemos llegado -contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.

-¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.

-Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. "En el camino se secan", le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó "Buena suerte". El autobús arrancó sin darle tiempo de más.

María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: "¡Alto he dicho!". María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:

-Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.

-Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.

-Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -dijo María.

-De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.

Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.

-Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono.
Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.

Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.

Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.

-Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporo con toda la majestad de su rango. "Todavía no, reina", le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. "Todo se hará a su tiempo". Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.

-Confía en mi -le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.

Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.

De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.

Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. "Hay amores cortos y hay amores largos", le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: "Este fue corto". Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.

María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.

No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. "¿Y ahora hasta cuando?", le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: "El amor es eterno mientras dura". Dos años después, seguía siendo eterno.

María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.

El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a casa para preguntar por María. "No sé nada", dijo Saturno. "Búsquenla en Zaragoza". Colgó. Una semana después un policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar a vela. Estábamos en elMarítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.

No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un numero de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.

Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. "El señorito se ha ido", le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.

-Aquí no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito es soltero.

-Ya lo sé -le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no?

La mujer se encabritó.

-¿Pero quién coño habla ahí?

Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de la gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.

A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.
La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:

-¿Dónde estamos?

La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:

-En los profundos infiernos.

-Dicen que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oye a los perros ladrándole a la mar.

Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. "Tendrás todo", le decía, trémula. "Serás la reina". Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.

Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir mas lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.

-Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:

-Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos

-¡Maricón! -dijo María.

Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.

-¿Bueno?

Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.
-Conejo, vida mía -suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:

-¡Puta! Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.

-Si alguna vez se sabe, te mueres.

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.

-Me lo informó la compañía de seguros del coche -dijo.

El director asintió complacido. "No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo", dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:
-Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.

-Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El medico hizo un ademán de sabio. "Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan", dijo. "Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura". Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.

-Sígale la corriente -dijo.

-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.

-¿Cómo te sientes? -le preguntó él.

-Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.

-Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.

-Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. "En síntesis", concluyó, "aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo". María entendió la verdad.

-¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú también crees que estoy loca!

-¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.


-¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! -dijo María.

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:

-¡Váyase!
Saturno huyo despavorido.
Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.
-Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.
Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.
Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.
FIN

ALGO MUY GRAVE VA A SUCEDER EN ESTE PUEBLO, Gabriel García Márquez

Algo muy grave va a suceder en este pueblo
[Cuento contado: Texto completo.]

Gabriel García Márquez
Nota: En un congreso de escritores, al hablar sobre la diferencia entre contar un cuento o escribirlo, García Márquez contó lo que sigue, "Para que vean después cómo cambia cuando lo escriba".
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Entonces le dice su madre:

-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.

La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.

LA LUZ ES COMO EL AGUA, Gabriel García Márquez

La luz es como el agua[Cuento: Texto completo.]
Gabriel García Márquez
En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?
-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.
-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es una prueba de madurez -dijo.
-Dios te oiga -dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.