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martes, 31 de diciembre de 2013

GALAXIA KAFKA, Hernán A. Lizardi

Mansfield
Galaxia Kafka compilación 320 págs.
(Adriana hidalgo)
Galaxia Kafka

      
Adriana hidalgo ha creado de la mano de Eduardo Berti y Eduardo Cozarinsky, tres galaxias que dibujan mundos circundantes de BorgesFlaubert y este de Kafka. Pero no es solamente una compilación de textos que vienen de la mano de Kafka (incluso está por ejemplo el de Nataniel Hawthorne, anterior a Kafka, pero que sin dudas está dentro del mismo ojo), sino que además preludiando cada uno de esos textos, Cozarinsky en este caso, ha ido recorriendo la historia de ese texto y del autor. Dejando además de lado los obvios, como señala en este volumen. Paul Leppin, Santiago Dabove, Bruno Schulz, Isaac Bashevis Singer, Virgilio Piñera, Julio Cortázar, Shirley Shackson, Wilcock, Lettau, Ospina, Vivas Hurtado y timo Berger. Dejé para destacar los cuentos de dos praguenses y un norteamericano: Johannes Urzidil, autor del bellísimo Tríptico de Praga (en el que Kafka es uno de los personajes), y quien fuera precisamente amigo del checo, y Bohumil Hrabal, autor de uno de los libros más fascinantes que he leído: Una soledad demasiado ruidosa. Y para el final, Guy Davenport, con un relato bellísimo: La vuelta al mundo de Belinda. Un día de otoño de 1923, Kafka y dora Dymant paseaban por el parque Steglitz, en berlín, cuando vieron a una niña que lloraba porque había perdido su muñeca. Kafka fue a consolarla y le dijo que la muñeca había salido de viaje y que le escribiría cartas. Al día siguiente, él le entregó la primera, y durante tres semanas fue dándole una a otra. Esta es la historia que recoge Davenport y que refiere Max Brod en uno de sus libros.
Hernán A. Isnardi

EL PESO DEL MUNDO, Hernán Lizardi

El peso del mundo
¿Qué es la literatura?, es la pregunta madre de una serie interminable que no tienen respuesta. Lo interesante está en el modo en que cada uno se lo plantea, porque ese modo supone un recorrido único (ej. Si un árbol cae en un bosque y no hay nadie para escuchar; ¿existe el sonido?). No importa la respuesta, porque hay de a millones. Sí, es importante planteárselo, todo el tiempo posible. Armo entonces, ante la imposibilidad de responder, ante la imposibilidad de encontrar parámetros, un mundo de fragmentos. Leo, pienso, siento (en el orden que deseen), los fragmentos que me interesan. Me contradigo, establezco parámetros falsos, inestables… y me sigo preguntando.
            Peter Handke, poeta, novelista y dramaturgo austríaco, tiene en su haber tres libros trabajados desde el fragmento: El peso del mundo; Historia del lápiz; Fantasías de la repetición. Los registros van desde cuaderno de notas, diarios, meditaciones, hasta los aforismos. Hay en la intimidad de ellos, rastros de libros anteriores y posteriores de Handke; lecturas en citas también (de Katherine Mansfield, André Breton, Hermann Hesse, San Juan de la Cruz). Se lee cómo él experimenta la tensión entre la escritura, la lectura y la vida.
             Dice Handke sobre El peso del mundo: “Estas anotaciones no fueron planeadas inicialmente como aparecen aquí. Comencé a escribirlas con la intención de darles un marco narrativo. En consecuencia, mi cerebro tradujo las percepciones cotidianas al código en el que iban a ser expresadas; es más, las percepciones mismas, aun las que surgían más casualmente, ya estaban orientadas a ese eventual objetivo. Las impresiones y vivencias que no podían adecuarse al modo de referencia común, es decir, a la forma literaria elegida de antemano, fueron dejadas de lado: podían ser olvidadas. Precisamente en el estado de concentrada atención que había alcanzado para estas anotaciones, me resultó llamativo ese olvido cotidiano. Muy pronto me pareció un desperdicio y comencé a conservar en la memoria también aquellos fenómenos de la conciencia que no servían al proyecto”.
El arte, es PODER preguntarse sobre el arte. EsPERMITIRSE preguntar sobre el arte. Y el fragmento, por su estructura, hace que el que lee se interrogue, aún cuando no quiera, o cuando no hubiera tenido esa intención. Tal vez la brevedad, acaso lo imponente de esa brevedad y la falsa idea de que por eso es menos compleja de abordar, animan al que lee a cuestionarse.
Y acá acota algo muy interesante que gira sobre el viejo tema de la proposición inicial cuando empezamos una obra, y los caminos hacia donde ésta nos llevó o puede llevar luego:
“De esta manera, poco a poco, el plan se destruyó y sólo quedó la anotación espontánea de percepciones libres de objetivo alguno. Cuanto más tiempo e intensidad aplicaba a continuar esta actividad, tanto más fuerte se volvía la experiencia de liberación respecto de formas literarias establecidas y, al mismo tiempo, de libertad en un terreno de la escritura que me era desconocido.”           
Algunos fragmentos de este diario:
Dejé de ser superficial…. Ya no pienso nada” // “Dentro del auto, el hombre enciende la radio y la mujer pregunta: `¿Crees que la música te salvará de nuevo?`//Tengo que dejar de tener remordimientos cuando no siento nada //Colgar delante de mi casa un cartel con la advertencia:Cuidado, en esta casa se lee // “Cuántas cosas me intimidaban hace diez años: la poesía, Andy Warhol y después Marx y Freud y el estructuralismo y todas esas Universal-Pictures ahora han huido y parece que nada puede oprimir a nadie más que el peso del mundo” // "El odio que siento "contra lo desconocido" cuando suena el timbre// “Miré al barrendero a la cara y me di cuenta de que él también me estaba mirando, nos saludamos por primera vez y a partir de ahora tendremos que saludarnos siempre”.
Bataille decía que lo imposible era aquello que únicamente vale la pena pensar. Handke, refuta silenciosamente a lo largo del libro, con naturalidad y sin esfuerzo, siendo un observador profundo de lo posible.
Hernán A. Isnardi   

LA ÉTICA Y LA MUERTE, Sharon Olds

La ética y la muerte
Sharon Olds
Traducción: Mori Ponsowy
El Padre, Bartleby Editores
No es algo malo su muerte.
Ni bueno, ni malo.
Queda fuera del mundo moral.
Cuando las enfermeras vacían la bolsa del catéter
y vierten el fluido ámbar y pálido
en una taza para medir, no hacen
algo bueno ni malo: es sólo
su cuerpo. Incluso cuando el dolor
crispa su rostro, su boca
cuando hace un chasquido,
su quijada al contraerse,
no son malos, no hay alguien haciéndoselo,
no hay culpa, ni vergüenza:
sólo placer o dolor. Es el mismo reino
del sexo, de los impulsos nerviosos,
un reino sin iglesia, en él lo besamos,
en él acariciamos su cabello pringoso,
su mujer y yo,
una a cada lado, secando restos
de saliva en sus labios blancuzcos.
Su cuerpo nos siente atenderlo
fuera del mundo de la moral,
como si le hiciéramos el amor en un bosque,
escuchando desde una pradera remota
los cánticos distantes de una asamblea:
gotas más pequeñas que las más pequeñas gotas de rocío
cubren su cuerpo cuando nos inclinamos a tocarlo

REQUIEM, Leopoldo María Panero

Requiem
Leopoldo María Panero

Yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur.
En la cena de los hombres quién sabe si mi nombre
algo aún será: ceniza en la mesa
o alimento para el vino.
Los bárbaros no miran a los ojos cuando hablan.
Como una mujer al fondo del recuerdo
yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur.

lunes, 30 de diciembre de 2013

MARIONETAS, Benjamín A. Araujo Mondragón

MARIONETAS

Envuelta en el papel
mi visceralidad
salta
          y
             se agota

Envuelto en el papel
limitado por las aristas
de una hoja tamaño carta
tamaño mensaje
mi corazón
se alinea
se pone comas y puntos
se peina las metáforas
y sale horizontal
a caminar

Salobre por su llanto
río de reminiscencias húmedas
vado sin agua
recobra al mar
como meditación ancestral

Humilde y lóbrego
abre los ojos
para escucharlo todo
en el husmeo del viento
y tiembla al táctil paladeo
de ausencias
que infinitas
desfilan por las calles

Arrugado en un rincón
del papel
que es terso
sereno
abierto a toda tecla
universal
por hondo y blanco
el corazón se duerme
y sueña
sueña
sueña que es tinta
y pinta metáforas
y pensamientos

A tanto convocar
lo anega todo
vértice a vértice
orilla a orilla
doblez a doblez
línea por línea
de izquierda a derecha
incesante
incansable
obsesivo
arrebatado
arrebatado por un sueño
en un mar
de espacios repetidos
como olas
que van
y vuelven
que se van
por las esquinas
por los rincones
por los resquicios
los últimos renglones
de un papel
que acompasa
este sueño de muerte
que es la vida

Dices mal cuando interrumpes
tu sedante
noctivuelo

Las letras son la selva
donde se esconde la yerba
que es la selva misma
y en sus árboles brincan
micropaisajes y gigantes sentimientos
que visten de bastón
y bombín
que son sencillos
pero formales
peinan canas
son calvos
tienen damas entre las hojas
de elevadas ramas
anidan con sus hijos
en las raíces profundas
y otros en la superficie
pero siempre
se olvidan
de la selva

La estepa del silencio
también es bello truco
el silencio
prestidigitador
de rizados bigotes
flaco y enjuto
guiña un ojo
y hace malabarear
entre los llanos
pequeñas lomas
embarazadas de ruido
anunciadoras del fuego

Entonces
en la estepa
el corazón
cubríendose del frío
con el papel sarape
del poema
brinca al horizonte
y recrea su calor
en la tierra
que guarda
en ese instante de luna
recuerdos del calor
que silencioso
por dentro
la sujeta

Así en la selva
y
en la estepa
con el corazón en el papel
o
en la cama
nacen los hijos
nacen las letras

El corazón se asoma
a la siguiente línea
le duelen insistentes
premoniciones del ayer
recuerdos del mañana
y se vuelve
líquido al fin
agua sobre agua
ramillete de ausencias

Con la alteridad a ras de piel
mimético
se pone faz de mármol
alas de viento
y plumas
que son estancia del sueño
de mañana
para volar
recordando el instante


domingo, 29 de diciembre de 2013

SONETO, Ricardo Yáñez

Soneto
Ricardo Yáñez
Para mi maestro
Ernesto Flores
Del granado hablaré, de ese granado
que reventó el cemento ya talado
y tapiado, y creció, volvió a crecer.
No una vez, no sé cuántas. Mas saber

las cuántas veces, dime, ¿a quién le importa,
cuando una suficientemente exhorta
a la resurrección recordar, pues
en la mano del Niño su fruto es

símbolo de milagro y profecía?
Debo de confesarlo: no sabía.
Queridísimo Alfredo R. Placencia,

¿ése era tu granado, ésa tu ciencia?
Dígalo el Niño y que mi pecho calle.
Milagro: no es más lágrimas el Valle.

LA POESÍA, Aris Diktaios

La poesía
Aris Diktaios
Pero tú, Poesía
que vestiste una vez nuestra desnuda ebriedad,
cuando teníamos frío y no teníamos prenda
que ponernos,
cuando soñábamos porque no había otra vida
que vivir,
¿ya no habrá nubes para viajar nuestro ensueño?
¿ya no habrá cuerpos para vivir nuestro amor?

Pero tú, Poesía
que las formas no te pueden ceñir,
pero tú, Poesía
que no te podemos tocar con la palabra,

último vestigio de la presencia de Dios entre
nosotros,
salva esta última hora del hombre,
la más brutal y desesperada,

que la Muerte
la Soledad
el Silencio,
lo esperan en un instante futuro.
Véase La Jornada Semanal, núm. 776, 17/I/2010
Versión de Francisco Torres Córdova

AGUSTÍN LARA REDIVIVO, Juan Domingo Argûelles

Juan Domingo Argüelles
Agustín Lara redivivo
Pese a sus caídas abismales en la cursilería, o quizá por esto, Agustín Lara (1897-1970) sigue presente en el imaginario poético de México, y ahí seguirá por mucho tiempo. “Santa”,  “Oración caribe”,  “Veracruz”,  “Naufragio”,  “Arráncame la vida”,  “Aquel amor”,  “Rival”, “La Cumbancha”,  “Noche criolla”,  “Mujer”,  “Solamente una vez”,  “Aventurera”,  “Azul” y “Piensa en mí”, entre otras muchas composiciones larianas, definen un estilo y reflejan una época.
Agustín Lara descendió hasta lo más hondo de la chabacanería, pero también logró un idioma personal para tocar los más profundos sentimientos, y es esto último lo que, después de todo, le sobrevive. Él mismo se decía y se creía poeta (“tú qué sabes de mis tiernos madrigales”,  escribió), y no dudaba ni un instante estar a la altura del arte, junto a un Tablada (1871-1945), un González Martínez (1871-1952) o un López Velarde (1888-1921).
Romántico remiso, nunca entendió el modernismo, aunque una de sus canciones más emblemáticas se titule “Azul” (como el libro de Rubén Darío) y su primer espacio radiofónico se haya llamado Lahora azul. Su estética es más decimonónica que del siglo XX. A veces algunos hallazgos “literarios” lo acercan a la poesía, pero nada que tuviese que estar, por ejemplo (es una exageración, claro), en la Antología del modernismo (1970), de José Emilio Pacheco: “El hastío es pavo real/ que se aburre de luz en la tarde”;  “Azul... como una ojera de mujer,/ como un listón azul, azul de amanecer”;  “Tienes el hechizo de la liviandad”;  “Blando diván de tul aguardará/ tu exquisito abandono de mujer”; “Oiga usted cómo suena la clave,/ mire usted cómo suena el bongó,/ diga usted si las maracas tienen/ el ritmo que nos mueve el corazón”;  “Tu párvula boca/ que, siendo tan niña,/ me enseñó a pecar”.
Según refiere Ricardo Garibay, ese sentimiento elemental de quien se enorgullece de ser poeta porque él mismo lo cree y así lo ha establecido en su sobrenombre, con las mayúsculas de rigor (el Músico Poeta), lo llevaba a exclamar, luego de declamar sus letras: “¡Esto es poesía, chingao, y que no me vengan a mamar!”
“Santa”,  “Aventurera”,  “Pecadora”,  “Imposible” y otras más de sus canciones prostibularias lo definen como el vate del “amor venal”, matizado con alabanzas encendidas a la mujer como objeto de veneración venérea:  “mujer divina”,  “mujer alabastrina”, “la maravilla de la inspiración”,  etcétera. Paradójico machismo que embelesa a las mujeres y encanta a los hombres. En la mujer veía siempre el cuerpo, nunca el espíritu, “buscando vencer sus reticencias –dice Garibay– con los almíbares de la sensiblería”.
Pero hay una canción que, especialmente, define la mejor poética de Lara que ha sobrevivido a todos los embates de la modernidad: la que sigue tocando las fibras más sensibles de la emoción sensiblera (valga decirlo así). Se trata de “Piensa en mí”, que ha sido interpretada por los mejores cantantes de diversas épocas (desde Toña la Negra hasta Natalia Lafourcade, pasando por un gran etcétera: Pedro Vargas, Amparo Montes, Olimpo Cárdenas, Lupe Silva, Virginia López, Omara Portuondo, Betsy Pecanins, Tania Libertad, Eugenia León, Margie Bermejo, Lila Downs, Olivia Gorra, Plácido Domingo, Roberto Alagna, Adriana Landeros) y de la cual logran las más soberbias interpretaciones Chavela Vargas y Luz Casal. (Sus mejores intérpretes son siempre mujeres.)
“Piensa en mí” es inolvidable: “Si tienes un hondo penar,/ piensa en mí;/ si tienes ganas de llorar,/ piensa en mí./ Ya ves que venero/ tu imagen divina,/ tu párvula boca/ que, siendo tan niña,/ me enseñó a besar./ Piensa en mí/ cuando beses,/ cuando llores/ también piensa en mí./ Cuando quieras/ quitarme la vida,/ no la quiero para nada,/ para nada me sirve sin ti”.
Junto con “Arráncame la vida” y “Solamente una vez”, constituye lo más emblemático de la poética sentimental de Lara, en el filo del abismo cursi. Es un sentimentalismo profundo, pero a la vez simple y diáfano, que representa la idea de poesía que tiene el común de los mortales. Únicamente los fríos permanecen inalterados con estas descargas emotivas del más elemental sentimiento.
Hay quienes no lo saben, y por eso hay que decirlo: la resurrección de Agustín Lara es obra de dos españoles: Pedro Almódovar y Luz Casal, cuando en la película Tacones lejanos (1991), dirigida por el primero, Casal canta “Piensa en mí” como un desgarramiento que, con cada interpretación, se hace más memorable. Así se universalizó el boom lariano que no ha cesado y que cada vez se escucha mejor.

DÍA DE FERIA, Carlos Martín Briceño

Día de feria
Carlos Martín Briceño
Cuando sales del cine, el sol te pega de lleno en los ojos saturados por tres horas de matiné. Después de todo valió la pena, piensas mientras palpas en los bolsillos de tus pantalones cortos lo que resta del dinero que tomaste de la cartera de tu papá. La tarde de domingo es tuya: habrás de gozarla plena.
Con sólo cruzar la calle te encuentras inmerso en la feria; ríes e imaginas la cara que pondría tu mamá al verte comprar ese enorme algodón de azúcar antes del almuerzo. Se te antoja subirte a la rueda de la fortuna, pero no te atreves porque no sabes con quién podría tocarte. En la fila, una pareja en pantalones de mezclilla, tres niñas vestidas de encajes y un grupo de adolescentes –gringos, supones por su apariencia– que, como tú, cargan esa golosina que tanto disfrutas. Terminas justo detrás de los extranjeros, jugando a entender lo que dicen. Conforme avanzan, empiezas a angustiarte: mejor me voy, no vaya a ser que a mamá se le ocurra buscarme al salir de la iglesia y me grite ¡Rodolfo, te he dicho mil veces que no te subas a eso sin mí! ¿Qué haces comiendo esa cosa? ¿De dónde sacaste el dinero? Estás tan preocupado porque nadie te vea, que más de una vez te preguntan si vas a subir. Eres el último y, al parecer, al rubio instalado en el asiento de la canasta no le molesta tu compañía; al contrario, está sonriendo con esa boca llena de alambres. Pagas y ocupas el lado derecho; tímido, observas: ha de ser mayor que tú, le calculas quince años a lo sumo. Ahora comienzan a elevarse. Con avidez devoras lo poco que queda del algodón antes que se lo lleve el viento. Entonces suspiras: al fin, ante ti, la ciudad. Te encanta distinguir las construcciones más altas: la iglesia del Niño de Atocha, el viejo hotel central y aquel edificio inconcluso que todos llaman el “Elefante Blanco”. Te sientes tan bien allá arriba que casi no te fijas cuando tu compañero extiende la mano derecha balbuceando mi nombre es Paul. Nunca has sido bueno para eso de la plática con extraños y te alivia notar que apenas habla español. Devuelves el saludo con el mío es Rodolfo; tampoco se trata de parecer pesado. Después de un rato, no te reconoces venciendo esa timidez, platicando mil cosas, fingiendo entender sólo porque te cayó bien. El aire revuelve el pelo amarillo de Paul y te arrepientes de la poca atención que pusiste en tus clases de inglés. A la séptima vuelta, te lo sabes perfectamente, la rueda se detiene. ¿Por qué siempre ha de ser tan corto? Lo mismo, imaginas, deben sentir el gringo y sus amigos puesto que, canasta a canasta, desde las alturas, indican con señas vamos a quedarnos de nuevo. Él ni te pregunta y, cuando supone que vas a bajar, palmea tu hombro, te dice ¿otra vez? y paga al muchacho moreno que pregunta ¿ustedes también se quedan? Qué suerte, piensas, toparte con Paul. Y allí vas de nuevo; estarías, si pudieras, la tarde entera en la rueda. De pronto, él saca de entre su ropa una revista. Se acerca más a ti, la coloca sobre tus piernas; el viento te obliga a sujetarla, la abres con curiosidad. A tus doce años nunca antes habías visto algo así; tu corazón late ahora con más fuerza, los giros del juego mecánico se han acelerado, Paul ríe a carcajadas mientras señala aquella cosa inmensa, sucia; sus dedos enormes tocan caras, bocas, miembros; la velocidad te marea, pasas con rapidez las páginas, tu mente acumula esas imágenes que recordarás muchas noches, pero sobre todo retiene a Paul, porque él, aquí arriba, está guiando tu mano hacia su entrepierna. Y apenas van por la segunda vuelta.

ELOGIO DE SELMA, Adolfo Castañón


Foto: Carlos Cisneros/ archivo La Jornada
Elogio de Selma
Adolfo Castañón
Una mañana de fines de 1985, en las oficinasdel Fondo de Cultura Económica, conocí a Selma Ancira Berny (por cierto, el nombre de Selma es aféresis de Anselma, que a su vez proviene del germánico y tiene que ver conaquel o aquella a quien un dios sirve de protección, helm, Selma en efecto trae la protección divina que le sirve como yelmo). Me la presentó y encargó don Jaime García Terrés. Antes de cruzar siquiera una palabra con ella, oí que una voz decía nítidamente dentro de mí: “Es griega”; yo, como un autómata, al saludarla, le dije: “Eres griega.” Ella disparó una carcajada homérica que me hizo sentir un niño o un enano ante la figura menuda y pulcra de esa muchacha con cara de niña que llevaba el nombre de la escritora sueca Lagerlöff, cuyas leyendas y narraciones perfumaron los jardines enterrados de mi infancia. Años después la joven helenista Selma traduciría, para el Fondo de Cultura Económica, a Yannis Ritsos y los ensayos de Giorgos Seferis.
Como abejas de panales vecinos, nos hicimos amigos; los autores y libros que zumbaban en nuestras mentes y corazones encontraron en nosotros un punto de reunión, un claro del bosque al que llegábamos para conversar y compartir el pan y la sal de la experiencia leída, vivida, entrevista en sueños. Tuve la buena estrella de acompañar a Selma Ancira a la agonizante URSS en septiembre de 1986 a una fantasmal Feria del Libro que se celebraba allá donde parecían salir de las catacumbas de la exclusión muchos escritores que luego serían conocidos fuera. Si yo creía conocerla un poco, allí me quedó claro de que la había ignorado casicompletamente, como aquel que cree haber puesto pie en una isla sin darse cuentade que en la realidad había alcanzado a poner el pie sobre el lomo de una ballena; en Moscú, Selma se transformó como una crisálida que repentinamente despliega en el aire sus alas como una mariposa. Daba la impresión de que Selma conocía a todo el mundo o que no sólo hablaba su idioma sino que por así decir era capaz de adivinar sus pensamientos más secretos. Desde que llegamos al aeropuerto hasta que salimos diez días después de Moscú, me acompañó esa impresión de que Selma era capaz de hacer cantar a las piedras, hablar a los árboles, hacer bailar los muros y torres, conversar con los pájaros y las estrellas, hacer brotar el aguamiel de una sonrisa de un rostro de roca, cuando no reír y cantar como una hija pródiga que regresa y es reconocida y bendecida con júbilos y aleluyas. ¿De dónde podía venir esta órfica familiaridad estremecedora? ¿De los años en que la niña adolescente Selma estuvo en la urss estudiando hasta obtener –con su carita de inocencia– un doctorado en Filología Eslava venciendo con gracia y despreocupación olímpicas arduas pruebas que habrían intimidado al oso de la Sorbona y a la hiena del currículo y de los expedientes? ¿O bien en algo que Selma traía en la sangre heredada de los Ancira del norte de México, y como estaba emparentada con los fundadores del hotel? Al que no conocía, Selma lo reconocía o lo convertía en un pariente desconocido al que volvía a encontrar. Conocimos y visitamos a muchos escritores en aquellos días: Anatoly Ribakov, Victoria Tokareva, Ludmila Petrushevskaya, Vladímir Dudinsev, Chinguiz Aitmatov, Yuri Kariakin. Íbamos y veníamos por un Moscú helado y lluvioso, Selma se orientaba lo mismo en los laberintos interminables del titánico Hotel Rusia que en la enorme casona donde se alojaba la Asociación de Escritores. Tenía muchos, muchos amigos, pero entre todos y tantos recuerdo en particular a uno: Yuri Greidin, un obelisco con grandes ojos que sabía hablar español y con el cual Selma me encargó y me mandó de viaje en su compañía a la antigua ciudad rusa de Novgorod, una ciudad de juguete, hecha toda de madera, capital de la antigua Rusia y cuna de Rachmaninoff.

Foto: Luis Humberto González/
archivo La Jornada
En Novgorod descubrí algo que tenía que vercon Selma: en una de las iglesias más antiguas descubrí una imagen de la Theothokós –o sea de la Virgen–, una figura que no se contentaba con parecerse a Selma sino que tenía la misma mirada deslumbrante que chispeaba en los ojos de la hija de Carlos Ancira, “el jardinero de fantasmas”, mexicano que le había prestado cuerpo y presencia al loco del Diario de un loco, de Nikolai Vassilievich Gogol como quien realiza y actualiza un acto ritual durante muchos años en el escenario. Es natural que, al volver a Moscú, tuviera miedo de mirar de frente a Selma, temeroso, cauteloso (y deseoso) de no encontrarme con la mirada de aquella Inmaculada entrevista en Novgorod que era capaz de tragarse al peregrino ruso o mexicano en el beso abismal de su mirada y lengua de fuego. Esas lenguas de fuego las volví a ver pintadas en el museo del pintor Anatoly Rubliov que Selma hizo abrir para nuestra visita como una cerrajera experta que conoce los secretos de las amas de llaves eslavas. Ahí la nueva Rusia inventada por la educación soviética me dejó una huella inolvidable cuando nuestro guía me hizo saber su completa extrañeza ante el mundo imaginario cristiano: ajena a conceptos, palabras como “apocalipsis” o transfiguración, palabras que le eran desconocidas. Esa especie de nuevos lectores “laicos” e incultos eran precisamente lo que suscitaba el temor y la angustia de una poeta tradicional como Marina Tsvietáieva. La experiencia de ese viaje a Moscú en compañía de Selma Ancira quedó resonando en mí durante muchos años. Compartí con ella experiencias como la de ver escenificada la obra Corazón de perro, de Mijail Bulgakov, en un escenario empedrado de carbón, o ir a visitar al día siguiente el departamento en que había vivido el escritor tan sospechoso como venerado al que nos permitieron asomarnos, entre recelosos y respetuosos gracias a la verba persuasiva de la misteriosa Ancira.
En esos días tuve la sensación de haber estado compartiendo cada minuto con una hija de Hermes y de Babel en quien se hacía cuerpo y letra el fuego de Pentecostés, el ascua de la traducción. Pero todo esto sólo profundizaba el enigma: ¿quién era en verdad esta mustia vestal políglota? ¿De qué fuego estaba hecha su ascua? ¿Por qué me había brindado un poco del vino espumoso de su amistad? Leyendo sus traducciones del ruso a lo largo de los años, sus versiones de Tolstói y de Chéjov, de Pushkin y de Bulgakov, de Marina Tsvietáieva y de Gogol y Dostoievsky, tengo a veces la impresión de que en ella y en sus traducciones cobra cuerpo y presencia –whatever that means– el alma rusa, el alma esteparia y errante del eslavo peregrino, hermana de esa otra alma no menos alerta que es la de la llanura y el llano en llamas americano. Y es que Selma Ancira es –así lo tienen que reconocer en España– profundamente mexicana y americana en sus acentos y tonos criollos y señorialmente mexicanos, acentos y prosodia patricios que visten a su idioma de una naturalidad que –no hay otra palabra– sólo se puede decir casta. No sé si sea por esa razón que la traductora Selma Ancira puede ser llamada una escritora o traductora; una inteligencia que sabe nadar muchos kilómetros a contracorriente para ir a depositar sus huevos en el nido más prístino y recóndito para que ahí puedan volver a dar vida. Esta condición del que sabe ir a contracorriente durante mucho tiempo sin perder el rumbo en la aparente agitación es, creo, uno de los secretos de esta celosa constructora de puentes entre un archipiélago y otro.
Dije que Selma Ancira vivió durante muchos años –los años de su juventud y adolescencia– en la Unión Soviética y que ha sabido traer la comunión con las letras rusas hasta las playas de esa otra periferia de Europa que es la cultura y la lengua española en América. No dije que al mismo tiempo –y como quien no quiere la cosa– que Selma Ancira descansa de Rusia, España y México en Grecia, y que es ahí, en ese archipiélago en ese otro continente Caribe, donde ha encontrado la tercera mitad de su corazón: traduciendo a Yannis Ritsos y Giorgos Seferis, acariciando las aristas del alfabeto cirílico ya no desde la perspectiva eslava sino desde el ángulo helénico, sin mayores aspavientos, y siempre cumpliendo su tarea iluminada por un oficio de piedad –de piedad ortodoxa y eslava, helénica y pagana, Caribe y mediterránea.
¿Selma Ancira es entonces ese ser capaz de armar y desarmar historias entre el español y el ruso, el griego moderno y la lengua leal y jubilosa del que ha sabido ir más allá de las adaptaciones y ha sabido dar con el tañido de su propia campana? Sí, y algo más: es la mediadora que trae en sus manos de letras la ofrenda traducida de la poderosa voz de Marina Tsvietáieva, al mundo de habla hispana, a México que habla español gracias a otra Marina, la lengua Malinche, que algo tiene que ver con la traducción. Esa mediación no es accidental: hay en el fondo algo de necesario, entre esos extremos acaso complementarios que son Rusia y México. Esa complementariedad tiene que ver con la alegría opuesta al terror que hacen sobrevivir a la humanidad a través de las figuras de Marina Tsvietáieva y de Boris Pasternak, de Riner Maria Rilke y de Leon Tolstói, de Nikolai Vasilievich Gogol y de Alexander Sergei Pushkin, de Johan Wolfang Goethe y de Miguel de Unamuno.

PÓSTUMA, Adela Fernández

Póstuma
Adela Fernández
A mi padre
 
Papi así que nos tocó estar
unidos en el destino nuestro.
¿Qué tanto logramos?
¿Cuántos renacimientos
necesitaremos sólo para conocernos
realmente?
Estoy aquí, dispuesta a recomenzar.
 
Quiero conocerte.
Adela.
Atenea
Emilio
Tengo suficiente amor por ustedes
para continuar a su lado
Adela.

LA MIRADA DE GRACIELA ITURBIDE, Vilma Fuentes

Vilma Fuentes

La mirada de
Graciela
Iturbide
Graciela Iturbide, El señor de los pájaros

Foto: Marco Peláez/
archivo La Jornada
Jne suis pas complète, je ne connais pas la haine: frase de Arletty que podría atribuir a Graciela Iturbide. A semejanza de la prodigiosa actriz francesa, la fotógrafa mexicana no debe estar completa: desconoce el odio.
Graciela es uno de esos regalos que la vida hace a sus privilegiados. Era 1975 cuando tocó a mi puerta, en París, una joven con unos ojos que exhalaban bondad. De esa bondad que emana belleza: se quedauno mirando sin comprender, sin intentar ni querer comprender. La necesidad, y necedad, de querer meter todo tras las rejas de la razón está de sobra cuando se puede, simplemente, admirar porque se tiene la suerte de acceder a una revelación. Y Graciela Iturbide, a lo largo de casi cuarenta años, ha sido, para mí, una sucesión de asombros.
Acababa de vivir en mi casa, durante una semana, una cirquera. Se decía acróbata y prestidigitadora. Tal vez lo era en una carpa bajo los proyectores. En mi estudio, logró hacer caer, y a veces, sin poner particular esmero, quebrar cuanto objeto destinaba a ensayar su arte frente a mí. Se resbaló en el baño y, una madrugada, lo inverosímil: se cayó de la cama. No invento. Recuerdo que solté una carcajada. La equilibrista tomó mi risa por un insulto y abandonó mi casa a la mañana siguiente, después de tratar de meterme en la cabeza que ella no era una payasa para hacerme reír a sus costillas. Nunca volví a verla.
Los azares tienen, sin duda, sus leyes: liberado mi estudio de la malabarista, pude recibir a Graciela Iturbide. Generosa, me traía una carta de uno de mis amigos más queridos: Fernando Cesarman. No sé cuánto tiempo se quedó en mi casa. Un parpadeo. Su presencia fue ligera como el vuelo. No pude ver sus fotografías, no cargaba con ellas. Pude, en cambio, ver cómo fotografiaba. Qué fotografiaba. A diferencia de tantas otras personas que aspiran convertir en arte este oficio disparando sin cesar sus cámaras contra un objetivo abandonado de inmediato por el azar, hado intolerante a las búsquedas, y aún más a la persecución de aficionados, Graciela deja venir a ella lo insólito. Aparece ante sus ojos, y su cámara fotográfica, como lo que es: una aparición.
Me atrevería a decir que Graciela Iturbide me enseñó a ver. Mis visiones, sí, pero aún más difícil: la realidad. Es tan raro lograr verla. ¿No es el primer enigma eso que aparece ante nuestros ojos si somos capaces de ver? Sin ornamentos ni artificios mentales, libres de tics culturales, de recuerdos ajenos a esa visión antifánica. De algo no dudo: no escribiría como escribo sin haber aprendido a mirar en las cosas más simples su misterio. Y Graciela fue, y sigue siendo, para mí, el “ábrete sésamo” de eso tan simple y maravilloso que es lo real.
La seguí muchas tardes en sus andanzas por París: Iturbide se dejaba impregnar por las calles, los cafés, los olores de los paseantes, el crachin o chipichipi parisiense, las vitrinas tan sofisticadas donde incluso los trozos de res, carnero o puerco se convierten en top models, los clochards, tan folclóricos y fotografiables, aunque no para la sensibilidad de Graciela ni la mía.
Iturbide, en efecto, se deja impregnar. Diría, incluso, poseer. ¿Ser poseído no es la única forma de apropiación del otro? Camina el lugar, lo respira, no busca, no persigue, mira. A veces, me dije, sin asomo de ironía al ver sus ojos distraídos, Graciela mira lo invisible. Inventa lo real, crea y vuelve real lo imaginario. Ante su mirada aparece lo deseado, por temible que sea el sueño. ¿No quedaría sino condenarse al insomnio?
La noche en vela es un clásico de la pintura. La luz ilumina desde adentro de la tela. Las fotografías de Iturbide reflejan, pura, la luz del día. Las cosas aparecen bañadas en ella. Y no sólo los seres animados y los inanimados, también las visiones. Una de ellas, la muerte, quedó atrapada por su cámara. Fue en la ciudad de Dolores, en Hidalgo. En 1977, siete años después de la desaparición de su pequeña hija Claudia, Graciela proseguía su duelo fotografiando sepulturas de angelitos, esos niños que entran al sueño eterno en ataúdes blancos. Guiada por un hombre en el cementerio, éste se volvió hacia ella. “Se parecía a la muerte, y me dijo: ya basta.” El mandato fue claro. Iturbide dejó de fotografiar tumbas de angelitos y logró, en un instante sólo visible a quienes fallecen, fotografiar a la muerte. Si fue una visión, la fotografía la plasmó.
Sus sueños son algunas veces premoniciones de sus fotografías. “En mi tierra sembraré con pájaros”, me cuenta Graciela que soñó a una persona diciéndole esta frase. Tiempo después (1984-85), durante un viaje a las Islas Marías, tomó la foto nombrada El señor de los pájaros. El hombre mira hacia el cielo el vuelo de las aves con su rostro de pájaro carpintero.
Iturbide es una auténtica viajera. Se impregna y se integra con el lugar a donde llega. Sus fotos son testimonio, no sólo huella.  Ella es testigo, no juez. Ve, no juzga. Su visión está libre juicios y prejuicios: hace ver lo que sus ojos descubrieron y miraron, antes de invitarnos a ver, de hacernos percibir con nuestros ojos. De Sonora a Oaxaca, de Paquistán a Bangladesh, de Panamá a Cuba, de un barrio a otro de Ciudad de México, Graciela se convierte en parte de las mujeres, niños, hombres, pájaros, animales, vegetación, troncos vivos y petrificados, rieles, varillas como escaleras que se alzan al cielo, acero, hormigón.
Su libro más reciente, Sogno, una edición del Museo Amparo RM, es notable por su originalidad: dividido en dos partes, a la manera de dos libros distintos. Uno contiene fotos de seres humanos, partes de cuerpos: caras, cabezas de niños sumergidos en el agua, piernas de mujer con medias de raya, dos mitades de hombre desnudo. El otro volumen trae fotos de casas, caminos, vías férreas, una planta (Ostia, Italia) que Graciela llama “el verdugo” pues la punta de su tronco parece enmascarada. Entre 1981 y 2009, de La Mixteca a Barcelona, Mozambique, Madagascar, Benarés en India, Graciela, panteísta, reanima lo petrificado, da vida a la cosa, hace de la fotografía un panteón donde todo está vivo.