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lunes, 27 de junio de 2016

POETA EN EL MANICOMIO (Memorias de las visitas de William Carlos Williams al Hospital Psiquiátrico donde estaba Ezea Pound)


«Poeta en el manicomio, (memorias de las visitas de William Carlos Williams al hospital psiquiátrico de St. Elizabeth, donde permanecía encerrado Ezra Pound) »
Poco antes de que Hitler invadiera Polonia, Ezra Pound me escribió diciendo que la ayuda suministrada por Mussolini al generalísimo Franco, no era más que una tentativa para limpiar un pantano de mosquitos. Le repliqué con una explosión de cólera: él, Ezra —le dije— era un triste representante de su país, etc. Declarada la guerra, dejamos de escribirnos durante varios años. Cierto día, al volver a casa, Floss me contó que uno de los empleados del Banco preguntó si yo sabía de alguien en Italia conocido como Ezra Pound. Agregó que durante la tarde del día anterior dicha persona había hablado por radio y había dicho que el doctor Williams, de Rutherford, Nueva Jersey, lo comprendería.
—¡Dios mío! ¿Con qué derecho me arrastra en sus sucias historias?
Sólo repito lo que me dijeron —respondió Floss—. Tus “amigos” siempre te envuelven en sus historias. Le pregunté al empleado, pero no sabía nada más. Había captado la audición por casualidad. Nunca escuchaba ese programa. Luego, otro día, un joven me abordó en la puerta de mi oficina, me mostró sus papeles y me preguntó si había escuchado las audiciones de Ezra Pound en la radio italiana. Le dije que no, pero que había oído hablar de ello.
—¿Sería usted capaz de identificar su voz?
—No, seguramente no; pero podría quizá reconocerla.
—¿Es amigo suyo desde hace mucho tiempo?
—Sí, desde la época de la Universidad.
—¿Aceptaría testimoniar que la voz que usted escucha es la voz de su amigo?
—Por cierto, si estoy seguro de que realmente es él quien habla ¿Pero cómo puedo estar seguro?
—Nosotros le traemos las grabaciones de sus audiciones a su oficina con un magnetófono. ¿Es usted un ciudadano leal? — dijo mirándome fijo a los ojos. Me quedé turbado.
—Por supuesto que sí. Yo he consagrado, puedo decirlo, toda mi vida a mi país; he intentado servirlo por todos los medios. Hasta he escrito un libro sobre el tema.
—¿Qué libro?
—Se llama In the American Grain… y he escrito muchos artículos y ensayos y 12 críticos. Soy Williams. Carlos Williams, el escritor. Le daré el libro si usted quiere.
—No será necesario. Tenemos que establecer que esas audiciones, dirigidas actualmente contra nuestro gobierno, son en verdad obra de Ezra Pound. ¿Usted tiene dos hijos, doctor Williams?
—Sí, están en la Marina. Uno es médico, en el Pacífico, y el otro está a bordo de un destructor-patrullero entre Europa y Estados Unidos. El F.B.I me visitó dos veces durante la guerra, pero nunca escuché las grabaciones. Poco después recibí una carta de un amigo que había tenido la ocasión de oírlas en Washington. Me dijo que estaban divididas en dos partes: la primera parecía ser de Ezra Pound, que lanzaba insultos contra el presidente Roosevelt, su familia y los judíos apátridas a quienes hacía responsables de todo. La segunda parte, según mi informante, parecía estar a cargo de otro, que formulaba proposiciones y argucias más histriónicas que razonables.
Un año después de finalizada la guerra recibí de vuelta la carta que le había enviado a Ezra y en la cual lo cubría de anatemas a propósito del asunto de Franco. Yo había sido presidente del comité local de la Ayuda Médica a la España Leal. La carta había sido abierta por las autoridades. Pound, al menos, no la había visto jamás. Es así como desde el comienzo, mi nombre debió haber estado asociado al suyo. Ahora, Pound está encerrado en un asilo psiquiátrico en Washington. Cuando actualmente quiero ver a Ezra Pound, debo ir al hospital SaintElizabeth en Washington, donde fue encerrado luego de su detención, al finalizar la última guerra. Es un edificio de piedra gris que, estoy seguro, fue diseñado y construido a principios de este siglo, con altas ventanas con barrotes y anchas y muy vastas salas. Al final de ellas se encuentra una persona protegida por un simple biombo, en un rincón. Cada día de una a cuatro, si él lo desea, tiene permiso para recibir visitas. Cada vez que he ido está allí su mujer, Dorothée. Creo, en realidad, que ella va todos los días, desde el encarcelamiento de Ezra. En los hermosos días de verano está autorizado a pasar la tarde con ella en el parque. Es un pensionista ejemplar según dicen los que se encargan de él. Sólo el futuro dirá si va a salir de esta situación. La primera vez que fui a visitarlo me sentía muy inquieto. La demencia me ha inspirado siempre una repugnancia instintiva, como de algo desconocido. y 13 Me afectó mucho saber que se encontraba encerrado las primeras semanas y meses con enfermos más o menos desesperados. Al salir de una reunión del consejo de administración de la biblioteca del Congreso, en Washington, tomé un taxi, preguntándome qué iría a encontrar. Luego de haber andado una veintena de minutos, entramos por uno de los portones aparentemente no custodiados. Era una hermosa tarde y me puse a buscar el edificio en el que me habían dicho que estaba encerrado. No sé cuántas hectáreas cubre el hospital, pero tuve que recorrer de una a otra punta hasta que al fin encontré el edificio en cuestión. Le dije al conductor que me esperara y entré a pedir un pase. “Usted encontrará a Ezra Pound sentado allá bajo los árboles, con su mujer”, me dijo un hombre. Efectivamente, estaba allí, en una chaise longue nueva; delante de él, Dorothée leía en voz alta. Me aproximé, atravesando un grupo de pensionistas que me miraban con curiosidad. Ezra no esperaba mi visita… De manera que cuando estuve muy cerca y me reconoció, saltó de su silla, apretó mi mano tendida, luego me estrechó en sus brazos. —¡Caramba! —dijo Dorothée—, ¿es Bill Williams, no es cierto? Hablamos una hora ese día. No había cambiado mucho, tenía la misma barba y los mismos tics en las manos; no dejaba de mover sus espaldas sobre el respaldo mientras me examinaba, con su sonrisa socarrona, entrecerrando los ojos; tenía su acostumbrada risa entrecortada, y se expresaba como siempre con algunas palabras cortas, rápidas, sin construir frases. Yo me sentía muy feliz de encontrarlo tan bien. — Hablamos principalmente de la situación literaria de este mundo —situación bien mediocre—, y también de ciertas personas, de la falta de iniciativas de aquellos que deberían actuar, yo mismo entre otros. Naturalmente no pudimos evitar el eterno tema, la economía política. Ezra reiteró una de sus grandes ideas, que muchos comparten con él: la banca internacional nos precipita a todos a la ruina; por períodos cada vez más cercanos, y las guerras son provocadas por la banda que gobierna Rusia, Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos, etc. Esos individuos son identificables, sus características conocidas, y dan la posibilidad a muchos, pero no a todo el y 14 mundo. Ezra repite que en el presente el principal criminal es F. D. Roosevelt. Yo no podía hacer nada más que escuchar. Dorothée también escuchaba. He aquí el marido con el que compartía con desvelo las tribulaciones. Todos aquellos que la ven y conocen, respetan y aman profundamente a esta inglesa grande y austera. Los Pound no tienen dinero. El primer invierno Dorothée vivió en una habitación sin calefacción, en el tercer piso de un edificio contiguo al hospital. Nosotros la invitamos a venir a vernos y descansar en casa, pero ella lo rechazó. Me acuerdo de ese día, bajo los árboles, hablamos, entre muchas otras cosas, de Nancy Cunard y de su vida bajo la ocupación alemana y de Wyndham Lewis. Ezra y Dorothée rieron cuando les conté algunas de nuestras aventuras el verano pasado, en Bufalo. Ezra creía a Lewis un poco loco; pero pensaba que era uno de esos raros individuos que conocen los escapes necesarios para subsistir. Si se conociera el complot de los diferentes estados sería un juego de niños, según Pound, establecer una sólida base de gobierno y asegurar la paz. Pero él cree que en Washington no hay más que cinco hombres que están al corriente de las cosas fundamentales y, a su entender, Tinkham, de Massachussets, es uno de ellos. No es pues más que por azar que se llega a hacer alguna cosa útil. Además está convencido, por ejemplo, de que si Stalin le hubiera acordado una entrevista de cinco minutos, él habría podido revelarle su error de razonamiento e influido para que actuara de otra manera y que todos los malentendidos y desastres que siguieron habrían sido evitados. Pound se pregunta: ¿Estamos reducidos a ser los idiotas desvariados en la penumbra de un humor crepuscular por ser poetas? Nuestro desarrollo como hombres, objetivo hacia el cual tienden nuestros deseos, no puede alcanzarse si nos negamos a ver el muro tan real que se levanta en nuestro camino. En esta situación, el poema debe buscar destruir ese bloque, a fin de que podamos realizar todo lo que nos prohíben alcanzar.
∇ Poeta en el manicomio, (memorias de las visitas de William Carlos Williams al hospital psiquiátrico de St. Elizabeth, donde permanecía encerrado Ezra Pound) –  Memorias completas en En Número Especial Ezra Pound, Buenos Aires Poetry, 2015.

jueves, 23 de junio de 2016

MIRO, Benjamín A. Araujo Mondragón

Benjamín A. Araujo Mondragón
MIRO

Miro a tus ojos:
ahí habita la luna,
hasta en el día...

martes, 21 de junio de 2016

PUENTES, FUENTES, José Manuel Gómez Mira


PUENTES, FUENTES



JOSÉ MANUEL GÓMEZ MIRA

Entre el rumor acuoso de unos arcos extraviados,
golpeados con el cincel suave de la virtud
de estar entre mis ojos con su canto,
voy acelerando las rúbricas libres
de mis firmas de emociones.
Es un puente blando que me une
al aroma de la ceniza antigua,
encajado entre las corrientes vagas
de mis tardes de sábado,
resumidas en el trote ligero de mis pies,
sucios y felices cuando flotan
en el barro permisivo de mis pecados veniales.
Poco a poco,
con la fidelidad de ir suprimiendo
de los estanques antiguos el lodo y la pizarra,
voy filtrando sin prisa, también sin pausa,
las agujas de las fuentes oscuras,
voy aclarando las aguas de mi llanto.
Barajo con ternura mis cartas de firmeza,
desato de las fronteras antiguas
el viejo desdén de las cuerdas rotas,
dejo circular a su antojo el río,
le permito recorrer mis valles,
escucho el eco de aquel Otoño de secuelas
cobijadas bajo humildes arboledas
de las remotas orillas socavadas.
No pido nada bajo este puente;
que hoy me sirve de lecho
en la prudente soledad de saberme vivo,
con los helechos siendo hucha de lo poco que preciso,
nada les exijo a las siluetas grises
que en un lugar lejano se guarecen.
Solo, desde mi escuela de llana calma,
con las llamas de mi signo como escolta,
hablaré sin dictarle a nadie la doctrina,
esperando alcanzar la fe precisa
que me eleve en esta alfombra de hojas vivas.

EL POETA HO CHI MIN, Daniela Saidman (IslaNegra Revista)


El poeta Ho Chi Minh

Daniela Saidman


A veces los nombres vienen de tanto vivir, como si con el que se hubiera nacido no alcanzara para contenernos. Tal vez eso fue lo que le pasó a Nguyen Tat Thanh, aunque en sus biografías digan que sus nombres fueron apodos y que surgieron de la clandestinidad. También lo que suele suceder es que los poetas tienen la cualidad de cambiar con los versos, de hacerse viento y agua, escombro, eco y claro, caricia y consuelo.
En 1911, el joven que había nacido en Vietnam, el 19 de mayo de 1890, se embarcó como ayudante de cocina en un buque francés. Durante los dos años que duró la travesía usó el nombre de Ba. Y en 1914 partió a Nueva York.
Poco después se instaló en Londres. Allí ejerció de barredor de nieve, lava platos y ayudante de uno de los grandes cocineros del siglo: Escoffier. Pero de la cocina se escapaba a los libros y a la militancia en una organización clandestina asiática.
Se instaló nuevamente en París en 1917. Y otra vez cambió de piel. Una tras otra, como una mariposa que lentamente va abriendo las alas, cada vez más tensas, más coloridas, más experimentadas en el vuelo que nace de la necesidad honda de la libertad absoluta.
Nguyen Ai Quôc, algo así como Nguyen el Patriota, fue el nombre que mejor se adaptada al hombre que iba haciéndose y con el que se conoció hasta 1942, mientras se ganaba la vida retocando fotos. Leía incansable durante aquellos años y empezó a escribir sus primeros artículos que publicó con el nieto de Marx en algunos periódicos de la época.
Después de 1920, Nguyen militó en el Partido Comunista Francés. De ese tiempo es Proceso de la colonización francesa, uno de sus libros más conocidos, que compila buena parte de sus artículos.
Alrededor de 1922 llegó a Moscú donde conoció a Trotski, Radek, Zinoviev, Stalin y Dimitrov, entre otros. Y en 1925 se instaló en China, aunque fue obligado a salir cuando se impusieron medidas contra las actividades comunistas. Regresó en 1930 para fundar el Partido Comunista de Indochina. Se quedó en Hong Kong como representante de la Internacional Comunista. En 1931 fue arrestado y encarcelado por la policía británica hasta su liberación en 1933. Al poco tiempo regresó a la Unión Soviética.
Regresó a China en 1938 para servir como asesor en las fuerzas armadas. Pero cuando Japón ocupó Vietnam en 1941, ayudó a fundar un nuevo movimiento de independencia conocido popularmente como el Vietminh.
En 1942, Ho Chi Minh fue apresado por las autoridades chinas, mientras cruzaba la frontera.Durante 14 meses lo trasladaron a distintas prisiones, sometiéndolo a toda suerte de maltratos.
En agosto de 1945, al final de la segunda guerra, cuando Japón se rindió, el Vietminh tomó el poder y proclamó la República Democrática de Vietnam en Hanoi.
Ya él era todo luz y canto. Y sus alas inmensas se desplegaron como velas para surcar infinitas los mares. Ho Chi Minh (el que trae la luz) fue desde entonces y hasta siempre. Se convirtió en Presidente.
El gobierno francés no estuvo dispuesto a conceder la independencia a sus súbditos coloniales, y a finales de 1946 estalló la guerra. Durante ocho años las guerrillas del Vietminh combatieron a las tropas francesas en las montañas y los arrozales. Y como suele suceder cuando la razón acompaña una lucha popular, finalmente el ejército francés fue derrotado en 1954.
La historia es larga. A pesar del triunfo de Ho, de la inspiración con la que animó a su pueblo a alcanzar la libertad, Vietnam fue divido en dos y solo el Norte fue asignado al Vietminh.
En la década de 1960 estalló la guerra de Vietnam. Estados Unidos apoyó, dotó de armamento militar e intervino directamente en el conflicto, como siempre tratando de dominar a un pueblo que crecía luminoso.
En la segunda mitad del 60 la salud de Ho fue deteriorándose, aunque su figura, su temple de hombre sencillo y comprometido siguió siendo siempre una inspiración para su pueblo. El 3 de septiembre de 1969 Ho Chi Minh falleció en Hanoi.
Su voz sigue acompañando los sueños de la humanidad, porque si de volar se trata, el tío Ho tiene mucho de maestro y sus alas son una breve caricia que alumbra el viento que hay que seguir.

El poeta Ho 

Tal vez se sepa menos de Ho Chi Minh como poeta. Pero, ¿es que acaso es posible trascender sino es por la amorosa entrega que tiene tanto de verso y de sueño?
Entre septiembre 1942 y octubre de 1943 Ho, con poco más de cincuenta años de edad, estuvo en distintas prisiones, de allí su Diario de prisión. Cuentan que en un rincón en penumbras dejaba testimonio en el idioma de sus carceleros (la lengua clásica de los letrados chinos, y según la poética de la dinastía Tang). En un cuaderno de tapas verdes Ho escribía lo que en el transcurrir del día llenaba sus ojos, fuera la tristeza, la melancolía o la esperanza, de un paisaje o un gesto.
Son unos brevísimos poemas que hacen pensar en un instante detenido, en una imagen quieta que sin embargo tiene dentro de sí el movimiento constante de las alas de un colibrí. Justamente en su palabra está la estatura de un hombre que fue libre en lo más libre de los seres humanos.
En su último poema en prisión Ho dice: “Hoy debemos fundir los versos en acero / Y ser cada poeta un bravo combatiente”. 


Noche de otoño

“Ante la puerta, un guardia
con el rifle al hombro.
En el cielo, la luna huye
a través de las nubes.
Insectos escaladores de camas
como tanques negros en la noche.
Escuadrones de mosquitos,
como olas de aviones enemigos.
Pienso en mi patria.
Sueño que vuelo muy lejos.
Sueño maravillas atrapado
en telarañas de dolor.
Un año ha terminado aquí.
¿Qué crimen cometí?
Con mis lágrimas escribo
otro poema en la prisión".

miércoles, 15 de junio de 2016

ORACIÓN POR LOS REFUGIADOS, Benjamín Adolfo Araujo Mondragón

ORACIÓN POR LOS REFUGIADOS

Señor, tú eres justo; pero tu pueblo,
el pueblo de Jesús Cristo, fue un pueblo sin tierra
y sin asilo. Tú les pediste durante siglos que
tuvieran paciencia. Y la tuvieron. Desperdigados,
vacíos de hogar y de raíces, viajaron por entre
las aguas del mar...y al parecer lo consiguieron:
pero luego otro pueblo, el romano, les dominó...
Parece eterno sufrir de tu pueblo, Señor, 
ya no el pueblo judío: si no todos los pueblos
pero especialmente los del Oriente, ¿por qué?
(Ese es un misterio inabordable) pero miles y
miles de ciudadanos son desplazados o no les
admiten, ni les dan asilo...
¡¡¡Señor: protégeles!!!

lunes, 13 de junio de 2016

POETAS SIGLO XXI - ANTOLOGIA DE POESIA MUNDIAL + 18.800 POETAS: Editor: Fernando Sabido Sánchez : PEDRO DAMIÁN BAUTISTA [18.851]

POETAS SIGLO XXI - ANTOLOGIA DE POESIA MUNDIAL + 18.800 POETAS: Editor: Fernando Sabido Sánchez : PEDRO DAMIÁN BAUTISTA [18.851]: Pedro Damián Bautista  (México, 1953). Poeta infrarrealista. El último poema (Fragmento) –No trabajo. Ya no traba...

POETAS SIGLO XXI - ANTOLOGIA DE POESIA MUNDIAL 18.800 POETAS: Editor: Fernando Sabido Sánchez : DRAUPADÍ DE MORA [18.852]

POETAS SIGLO XXI - ANTOLOGIA DE POESIA MUNDIAL 18.800 POETAS: Editor: Fernando Sabido Sánchez : DRAUPADÍ DE MORA [18.852]: DRAUPADÍ DE MORA Draupadí de Mora (Ciudad de México, 1984) Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM, donde también...

POETAS SIGLO XXI - ANTOLOGIA DE POESIA MUNDIAL + 18.800 POETAS: Editor: Fernando Sabido Sánchez : RICKEY LAURENTIIS [17.997] Poeta de Estados Un...

POETAS SIGLO XXI - ANTOLOGIA DE POESIA MUNDIAL + 18.800 POETAS: Editor: Fernando Sabido Sánchez : RICKEY LAURENTIIS [17.997] Poeta de Estados Un...: Rickey Laurentiis  Nació en el año 1989. Se crió en Nueva Orleans, Louisiana. Es el autor de Boy with Thorn, seleccionado por Terra...

A PARTIR, MUCHAHOS y SIN VIENTOS, Alejandra Sotelo Federland (Buenos Aires, Argentina)

BREST, Francia, 1861.                              El puerto de Brest, Circa 1855.
El balanceo del barco amarrado al muelle, que ya muchos miraban como algo a lo que había que acostumbrarse, o un preludio, una profecía de mayores calamidades una vez que la nave se internara en el Océano, no la perturbo en lo mas mínimo, mejor aún aquel movimiento le era agradable, como si todo el barco fuera una enorme cuna que la mecía, le cantaba alguna nana, una nana de despedida.
Ya nadie instaba a apurarse como cuando estaban en tierra, que todos parecían perseguidos por las Furias, como si no quisieran estar ni un minuto más en su tierra: desde el largo camino en el carro saltando sobre los bártulos, se lo gritan desde que sale de su casa en el campo los muchachones que se quedan pastando o van a las tareas rurales, las dependientas de las tiendas de poca monta soñando con las Américas, los que viajan, recordándole a cada instante que no le queda otro remedio, otro camino, otro destino. Se lo graban en cada rincón de la cabeza y hasta los cabellos del moño, las voces de los viejos que no pueden soñar con irse, de los hombres en tono perentorio, y de las viejas que   parecen recordárselo como el latido de un corazón:
-       ' ¡A partir, muchacha'- sin descifrar si era una orden, una bendición, un mantra. Una frase repetida que se colaba en el puerto, una babel de gente en la cual va enlazada a su gente, no por miedo sino para no perderse en un mar no de agua sinó de gentes que parecen hormigas arremolinadas, mientras la frase rebota entre los saludos, las despedidas de grupos de viajeros de distinta laya; los rateros que quieren hacer su agosto,  los vendedores de frutas, comidas, fruslerías, un último recuerdo de la Francia.
 -        A partir, muchacha- informó un adusto inspector de Aduanas una vez chequeados los documentos, simples papeles, de quienes la acompañaban y los autorizo a abordar, siendo recibidos por aquella zaranda de agua. Era una sensación maravillosa ser acunado por las deidades del agua, un gesto casi maternal de cariño, de dulzura; no comprendía porque la mayoría acomodaba sus petates donde pudiera con  expresiones talladas por el dolor, la tristeza, la preocupación, el miedo: para la mayoría de aquellos que se embarcaban buscando mejores horizontes para su vida, la esperanza era un pájaro que solo hacia un  rápido planeo, demasiado breve, como para contrarrestar al resto de emociones que se colaban como polizones entre los bultos del equipaje.
Sin embargo, se le antojaba una aventura fascinante, como tantas que había oído en sus pocos años, solo que no iba a escucharla sino a vivirla, cosa que avisó con estruendo la sirena estridente del buque. En una de las tantas cubiertas abarrotadas, por encima de su cabeza, vio como los uniformados marineros que ya tenían dispuesto lo necesario en las alturas, grandes paños como sábanas, pero a su nivel  tenían problemas para ubicar las planchadas de acceso entre medio del gentío que colmaba la nave. Vio  como los mal presentados y hasta sucios obreros del puerto con una rapidez increíble, desamarraron las maromas más gruesas que sus brazos, que el brazo de un hombre incluso; tironeó la falda de su tía para indicarle algo, pero el rostro de esta era una catarata de lágrimas, y el de su tío una máscara impenetrable. Los marineros a bordo recogieron aquellos cabos que se le antojaron fantásticos como  los tentáculos de un pulpo gigantesco que se replegaba a dormir;  y, con otro silbido que hizo trizas el aire de Brest, los  remolcadores a fuerza de remo arrancaron de una vez y para siempre no solo un barco, sino a cientos de personas de su tierra en Francia. La abarrotada proa enfilo decidida aguas afuera, pero  como muchos giro la cabeza hacia atrás justo a tiempo para ver la popa, rezagada que se negaba a separarse del muelle y solo la fuerza bruta ejercida por aquellos brazos sobre los botes lograban aquella diagonal línea de zarpada, aquel corredor del antes y del después de un destino.
Sonó nuevamente la sirena más tiempo, estridente, penetrante, doliente y vio por sobre sus cabezas el aletear de los pañuelos  y las frases que voz en cuello se dirigían desde y hacia el muelle.
- ¡Escríbeme!
- ¡No nos olvides!
- ¡Avisa cuando podamos viajar!
- Adieu!
Frases entre las familias que ese ulular parecía partir en varios pedazos, los que estaban a bordo y los del muelle, por igual tenían la garganta anudada y los ojos anegados por un mar propio.
Los sonidos de las voces de tierra se escuchaban cada vez mas débiles, cada tanto solo alguna voz forzada lograba hacerse oír, alguna promesa de amor eterno, de espera, de paciencia, un amor confesado a destiempo; el balanceo se hizo más notorio como si aquel mar quisiera acunar por última vez a los suyos, confortarlos, mientras de la chimenea una nube de humo negro empezó a trazar pinceladas sobre el lienzo del cielo.
La nave empezaría a moverse por sus propios medios, pensó;  para quien no tenía de quien despedirse, era como estar sobre un ser viviente, un gigantesco monstruo marino, benigno que los cargaba en sus entrañas, en su lomo...
Vio como los gruesos cables que los unían a los remolcadores eran liberados uno a uno, y  cuando el ultimo chasqueó, caracoleando en el aire, cortaba el ultimo cordón que lo ataba a la vieja Patria.
Brinco de alegría al ver que la elegante escritura de humo era ahora un denso penacho, y la mano de algún hombre de su familia o de su pueblo sobre su hombro refreno tanta alegría, se limitó a mirar hacia abajo y al instante olvido aquella presión que la contenía mirando las ondas del agua que se deslizaban a lo largo del casco, una tras otra, persiguiéndose mutuamente.
Era algo maravilloso, y sin embargo, un vistazo a la abarrotadísima proa le mostraba las mil caras del dolor y del quebranto: juntos el monárquico y el republicano, el campesino, el comerciante arruinado dejaban atrás diferencias y se hallaban hermanados quisieran o no, en aquella masa de seres que según escucho por primera vez, emigraba.
Miro una vez más las ondas que jugaban a lo largo de la línea de flotación, el penacho de humo denso, y aquellos paños enormes que colgaban como sábanas que empezaban a tomar la forma de  vientre de mujer grávida;  y el subir y bajar alternativamente, algo que le recordaba al viejo caballito de madera familiar  donde jugaba a ser un valiente jinete y realizar proezas de hombre siendo solo una niña, una muchacha. Una muchacha con sus padres muertos, y el último intento por casarse fallido que solo le dejaban como camino el surcar las aguas y ver que había más allá: más allá de las aguas y de un hemisferio, más allá de medio mundo. Un subir y bajar más pronunciado la hizo reír en voz alta: era una aventura fantástica y sim embargo su tío la reconvino:
- Compórtate bien, Catherine. Para eso eres una Coirtoix.
Ser una Coirtoix implicaba muchas cosas; algunas de las cuales las hacía de buen grado y hasta con alegría. Debía ser una una buena chiquilla, ser buena alumna, tener bella letra, ser buena con su madre, cosas que le salían quizás naturalmente. Quería a su madre, era fácil ser buena alumna y le gustaba que se lo dijeran. Ser Coirtoix también incluía ser de carácter manso, dócil, aprender a bordar bien ya fuere por educación de una señorita o por motivos laborales,  y jamás contradecir a un hombre; de todo eso lo que mejor le salía era coser y bordar.
Ser Coirtoix era fácil dentro del mundo de su hogar, aunque le llegaran a sus oídos comentarios como que sus padres le estaban dando demasiada ala a una chiquilla sin mayores chances en el mundo; aunque le regalaran la mejor educación que pudieran y fuera una aventajada alumna, estos carecían de experiencia y mundo: eran gente encorsetada en el rígido entramado social, arraigados al trabajo, la pobreza y la falta de oportunidades. Sin nadie que le abriera camino en el mundo, los conocimientos de mujer de hierbas de su madre, los suyos de la escuela, el bordado y la bella letra se estrellarían contra la dura realidad del mundo que afora la gente según se tenga, según se vista y según a que escalón se pertenezca.

-   Ayuda a tu tía- la orden de su tío que el tono no dejaba lugar a dudas le recordaba esto. Su tía estaba mareada con el movimiento del buque, pero no tenía la menor intención de meterse dentro de este. Le divertía el movimiento pronunciado, y con este,  acompañó a su tía que iba a trompicones hasta la borda, como muchos que estaban en peor estado que ella, frotándole la espalda a veces arqueada.

-   ¿Tía?- y esta de tanto ver a otros echar por la boca desde la esperanza hasta la codicia de enriquecerse en las Américas, se deshace en bilis.  El estómago también le aprieta a la buena Coritoix, pero por otros motivos. Como fuere, el mundo que conoce se desvanece ante sus ojos y por primera vez siente la estocada del dolor en su carne; se arquea también pero lo que la doblega es un dolor de otra índole que le quema la boca del estómago  y duele como el infierno mientras mira esa línea de agua que se sucede ondulante sobre los maderos bamboleantes, la ultima esperanza que le queda, después que su pasaje fuera pagado con el ultimo dinero que le dejara de tapadillo su madre.

Pese al dolor, le pasa un pañuelo a su tía,  dice las palabras amables que se esperan de ella, mientras el mundo empieza a girar en todas direcciones, arriba-abajo, un costado-otro costado, arriba-costado, abajo-otro costado, y las cosas empiezan a perder el sentido. Francia es apenas una linea dibujada en el horizonte, hecha por un Dios que quizás escriba derecho con lineas torcidas, rotas, desgarradas, que apenas se entreveen en la lejanía de la calma repentina del viento en el que se mueve el barco, y el motorcito apenas si lo mantiene en curso. Todo pierde sentido y cuando las arcadas de su tía cesan, la acompaña contra unos rollos de gruesos cabos y la ayuda a sentarse dejándose caer a su lado, pañuelo en mano, siendo la buena chica dispuesta a ayudar aunque se haya derrumbado. Fue allí cuando la vio.

Parecía mas joven de lo que era, mas pequeña, frágil, y mas que una “mala mujer”, muy sola. El cabello rubio muy claro quizás le daba la mala fama, el vestido de mejor calidad y el modesto sombrerito también pero la tristeza estaba tallada en sus facciones e inundaba sus ojos claros. Aprovechando que su tia se adormilaba, se acerco hasta ella a pedirle agua de la cantimplora que llevaba en bandolera y se puso a conversar con ella.
- Esto no es nada- dijo la muchachita apenas mareada – Espera que el barco se interne en el Oceáno y lo que has visto no es nada.- Decía llamarse Clementine pero hablaba con acento extranjero y quizás por fin, a esa muchachita de negros ojos que empezaban a combar la tristeza y de cabellos oscuros no afectados todavía  por la sal, que le dijo llamarse Catherine, bien podía contarle su historia, entre las personas mas desparramadas que sentadas sobre la cubierta poco dispuestos a refugiarse en la estructura del navío, y donde los marineros deben esquivarlos si deben maniobrar, mientras mira a tu tía que yace sentada  mirando el ultimo rastro de su tierra por el espacio abierto en la borda, la muchacha le dice que es para dejar salir el agua. Dejar salir el agua durante las  tormentas, le explica con un fría calma que contradice sus años. Con su carácter naturalmente expansivo y espontáneo, sin medias tintas, se dispuso a internarse en la historia de la otra,  tan fría y calmada.
 - Quiero irme. Quiero irme. Quiero irme- susurraba la pobre  Uthe mirando desde el ventanuco carente de vidrio a la calle, y estirando su brazo, abriendo como una flor su mano sobre el aire.
No sabía bien a donde, ni como, ni cuándo, ni a hacer qué. Solo sabía que quería irse de allí, y lo único que podía hacer era sacar su flaco bracito por el agujero por donde el frío entraba sin pedir permiso y acariciar esa porción de libertad.
Aquel agujero, le mostraba tanto los carruajes con grandes señores, damas de sociedad, el presunto buen pasar de las burguesas, y el apuro de los pobres, cargados de elementos de trabajo, con sus ropas amarronadas o grisáceas ya fuera según el uso o la suciedad. Eran más los marrones y grises que los demás juntos, pero nadie se detenía a mirar hacia arriba, donde por aquel ventanuco mal hecho, la pequeña manito trataba de asir el aire. Nada de aquello le pertenecía, ni el carillón que daba la hora, ni las campanas de las iglesias, o el campanilleo alegre de algún vendedor, ni el perfume de la vendedora de flores, el aroma del pan recién horneado que voceaba un panadero, las gallinas camino al mercado y su muerte, las risas de un grupo de muchachas trabajadoras, la seriedad de las damas, o las dichas de algún enamorado o los quebrantos del amor; solo podía reconocer el dolor de algún cortejo fúnebre, pero nada más, abrir su agrietada y joven mano en el vacío para intentar tocar  un poco de aquella vida que sólo veía pasar.

- Uthe Lassen- llamó una voz seca, dura como el metal y así de fría - ¿qué está haciendo la señorita allí arriba?
- Desmanchando las camisas, señora- respondió con docilidad, una docilidad estudiada, porque si a alguien odiaba más que al Demonio era a la preceptora, un odio mutuo.- Quedarán como nuevas.
- Más te vale, hace horas que estás ahí. Baja de una vez, ¿es que no escuchas el llamado para orar?
- El gremio de los pañeros es muy exigente y yo también. No me perdonaría que se quejen que no tienen su ropa blanca como se merecen- dijo bajando rápidamente y con la cabeza gacha, como correspondía, lo que dejó a su vista sus suecos gastados, y su vestido gris oscuro, de tela gastada, deprimente.
- ¿Cómo es que no estás mojada? - la preceptora la tiró del rubio cabello que escapaba de la seria toca, mirando su ropa seca, y duplicó el tirón del pelo liso, casi corto, como corresponde a una huérfana.
- Cuido la ropa que me provee el Buen Señor y las buenas gentes - para sus 13 años había aprendido a mentir con ligereza y naturalidad, no tenía nada que agradecerle a los pañeros que cedían aquellas telas bastas, finas, para morir de frio, y de un color de gris tan triste que nadie en su sano juicio usaría para los vestidos y era preferible el gris de la suciedad. Los odiaba, como odiaba a todo allí - Hay tantos niños necesitados que no pueden darme un vestido nuevo a cada rato.
La mujer la estudio con sus ojillos pequeños, calculó el impacto de un golpe de su corpachón contra la flaca criatura, su respuesta que se le antojo falsa; en cuarenta y tantos años la mujer había aprendido a detectar mentiras y respuestas estudiadas como esa. Pese a todo la soltó y de un empujón le hizo bajar 3 escalones.
- Rápido, a orar y prepararse para ir a la cama, que mañana es sábado, día del señor.- le recordó.
 Sin embargo, antes de entrar al refectorio, la desnuda sala donde todas las huérfanas se reunían a rezar largamente y comer brevemente como buenas calvinistas, la esperaba otra sorpresa -le tocaba en echadas suertes o más bien desgracias, lavar los trastos y el lugar-, y en verdad la niña maldijo el día que había empezado mal. Ya su vecina de jergón la había molestado con sus ruidos durante la noche: dos años mayor se revolvía en el  lecho en un caldo que no comprendía. A veces por la escasa luz que penetraba por las estrechas  ventanas, veía las cobijas  retorcíendose como serpientes enroscándose, un culebreo, y algún sonido que  no la dejaba dormir. Al parecer era la única que se despertaba, las demás dormían o fingían hacerlo. Se había despertado cansada y su demora en levantarse fue castigada. Recibió tres golpes y tuvo que hacer y deshacer dos veces su jergón, y llegar a tomar apenas dos cucharadas de avena por el retraso, para ir a la clase.
La clase era un eufemismo. No aprendían nada interesante, salvo como ser mejores sirvientas, lavanderas, nada de verdadero conocimiento, nada de poder escribir como su padre o hacer cálculos como hacía su madre y abuela.
  
A diferencia de muchas, Uthe podía remontar su ascendencia no solo hasta su padre y madre, sino hasta sus abuelos maternos, y recordar algo de su lejana -más bien otra vida- de infancia, cuando vivían todos juntos, una época que se le antojaba como una época gloriosa, iluminada por el mejor sol del mundo. Poco importaba que vivieran en una cabaña donde el mueble más importante era la chimenea y cocina donde siempre pendía una olla sahumando el ambiente con el aroma del plato del día, dos escabeles para los abuelos, una silla enclenque para el padre, un banquito para la madre y  la paja limpia en el suelo para acomodarse ella y sus hermanos varones cada cual  como pudiera. Era una buena época, la mejor de todas cuando se levantaba, se embutía en sus vestidos que de alguna forma siempre estaban como para ir a la feria, su madre o su abuela trenzaban su cabello al que llamaban 'de ángel' y la coronaban con una toca blanca como la nieve. Era maravilloso salir corriendo tras sus hermanos entre los pastos que acariciaban sus piernas, las flores silvestres, maravillosas y radiantes en su sencillez le sonreían y las nubes cotilleaban y hacían apuestas acerca de quién de los hermanos llegaría primero al establo para empezar a ordeñar las vacas. Era un trabajo pero también un juego, por su edad, el primer jarro de leche recién ordeñada, tibia, a la temperatura de la vaca era para ella, y sus hermanos reían del blanco bigote que el jarro de hojalata le dejaba en el labio. Podía correr tras los abuelos, hacer que ayudaba a su abuela con la colada, como llamaban sin saber porque al lavado de ropa y ver los trucos de esta para sacar o en el peor de los casos, ocultar manchas en la ropa que se usaba una y otra vez. La sonrisa del su abuelo, cuando muy seria y creyéndose mayor de lo que era, iba con un cazo de agua mientras este trabajaba entre maderas; no recordaba bien que cosas hacía, solo que estaba siempre entre maderos, y como este simulaba que sin su ayuda, sin el agua de la vida que portaba no lograría terminar el trabajo y desfallecería. Acompañar a su madre a las ferias, imitar su ropa, su cofia, o quedarse fascinada con su padre en el pequeño molino, donde la tela gastada de las aspas se movía en un círculo eterno como una gigantesca cometa, un insecto gigante en medio del prado, y desde la altura de la ventana en la cilíndrica construcción, maravillarse de la altura del dique portentoso y más allá de este bañados, un barrizal eterno y a lo lejos, el brillo enceguecedor  del mar.
Hasta el invierno, con su manto blanco de nieve podía ser mágico, aun cuando parecieran fardos de tanta ropa superpuesta y aun así, se quejaran del frio, lo cual no impedía que jugaran con la nieve o patinaran en las leves capas de hielo; o cuando se quedaban todos en la cabaña, mágicamente calentada por la chimenea donde entre el cric-crac con que protestaba la madera, o el olor de la boñiga, se cocía el caldo de la vida. La vida había sido generosa entonces. Maravillosa. Solo que Holanda tenía un vecino peligroso, y ese peligro venía de ese maravilloso brillo de joya centelleante llamado mar. Nunca, pero nunca, fiarse del mar.

REPUDIO A FOTOMULTAS (La Jornada), Israel Dávila

  
Es un negocio para gobierno y empresa; aparatos y radares tienen fallas, dicen conductores
Repudio a fotomultas en Edomex, por anomalías
Israel Dávila
Corresponsal
Periódico La Jornada
Domingo 12 de junio de 2016, p. 28
Toluca, Méx.
Más de 150 automovilistas participaron este sábado en una caravana en rechazo al programa de fotomultasque aplica el gobierno mexiquense mediante 63 aparatos electrónicos que infraccionan a conductores que rebasan los nuevos límites de velocidad fijados en el reglamento de tránsito.
Los propietarios de unidades emplacadas en la entidad se quejaron de que los aparatos y radares con los que se emiten las fotomultas están mal calibrados o tienen fallas, pues emiten sanciones con inconsistencias. Los inconformes expresaron que el programa de fotomultas es un negocio para el gobierno y para quienes operan los aparatos.
Con el lema No me opongo al uso, pero sí al abuso, los automovilistas solicitaron de nuevo al gobierno del estado una reunión para discutir el tema, pues consideraron que el programa, que opera desde noviembre, ha causado grave perjuicio a los ciudadanos.
Durante más de 20 minutos bloquearon con sus autos Paseo Tollocan, a la altura de Santa Elena, donde se instaló un radar de velocidad y las cámaras que detectan cuando un auto excede los límites permitidos. Muchos automovilistas mostraron solidaridad a la lucha de este colectivo y se unieron a la protesta.
Algunos participantes indicaron que a sus domicilios han llegado más 40fotomultas presuntamente por exceder los limites de velocidad en avenidas que no son ocupadas por ellos, lo que refleja que el lector de placas de los aparatos no está bien calibrado.
Otros expusieron que las sanciones les llegan a sus casas de modo extemporáneo; es decir, se les notifica de la infracción cuando ha vencido el plazo que da el gobierno del estado para pagarlas con descuento.
Van 3 millones de infracciones
Las autoridades mexiquenses refieren que de noviembre a la fecha se han emitido más de tres millones de infracciones mediante el programa Límite Seguro, el cual, afirmaron, ha provocado una baja de más de 30 por ciento en el número de accidentes por exceso de velocidad.
De acuerdo con un convenio firmado el 15 de noviembre de 2014, Proyectos en Ingeniería, Seguridad y Abastecimiento sería la encargada de operar los aparatos radares y cámaras que sacan las fotos del vehículo infractor.
El convenio fue hecho público en laGaceta de Gobierno y señala que por cada fotomulta que se imponga el gobierno recaudará la mitad y la otra mitad, la empresa. No obstante, el comisionado de seguridad Ciudadana, Eduardo Valiente, aclaró que a la empresa sólo se le da 38 por ciento y el gobierno estatal se queda con el resto.
Los aparatos se encuentran colocados en Paseo Tollocan, Bulevar Aeropuerto y la carretera Toluca-Palmillas, en la capital mexiquense; además, en la vía Gustavo Baz, en Tlalnepantla; en la carretera México-Cuautla, al oriente del estado; en la vía López Portillo y Avenida Central, en Ecatepec; Mario Colín, en Naucalpan y Tlalnepantla; en la carretera Toluca-Tenango, y en vialidades de Texcoco, Atizapán; Nicolás Romero, Cuautitlán Izcalli, entre otras.

sábado, 11 de junio de 2016

NUEVA ERA (A Josué Mirlo), Eliana Machado

NUEVA ERA

                                   Al poeta Josué Mirlo



Del muro del silencio brota un recuerdo
Longincuo rasgando el rincón yermo
Lápida gris bajo mil pies rutinarios
Donde despuntan los tallos libertarios.



Confiado serpentea con el viento
Desplazado por tacones de zapatos
Obcecados en transmutar su formato
La prístina pulpa del conocimiento.



Cae la noche en el espíritu humano
Mientras sueña el tallo con copa y ramos 
Hincando raíces por la superficie.



Se despierta nueva la ciudad de piedra
Con su ropaje entretejido de hiedras
Y el gorjeo de una nueva era.



Autora: Eliana Machado

viernes, 10 de junio de 2016

SUERTE PLACENTERA, Benjamín A. Araujo M. (Toluca, México)


SUERTE PLACENTERA
Con la muerte he vivido
una suerte placentera;
siempre cerca de mi
pero sin habitarme;
he visto escapar de
mis manos a mi abuela
Dolores, la madre de
mi padre; a la tía Carlota
Iniesta, hermana de mi
abuela y que viuda
vivió muchos años
con su hermana y
sobrinas...solteras siempre.
Luego viví la muerte trágica
-¿alguna muerte no lo es?-
de mis abuelos maternos,
Teodoro y Elodia, en ese
órden: sexagenarios ambos
plenos de salud e ilusiones;
él, en accidente carretero
en Ciudad del Carmen, Campeche,
en el bello sureste mexicano;
ella, en casa, en Lomas Altas,
el día que se disponía a ir a
una misa fúnebre de Teodoro,
cayó por las escalas del recuerdo
mientras daba alimento a sus canarios...
Más tarde fue Carlos, mi hermano,
en accidente carretero también
-trágico sino- y más delante 
Adolfo, mi padre, y mi madre,
Guadalupe...trágica fue asimismo
la muerte de un nieto recién nacido
pero como no había huella existencial
pasó el dolor...y sólo una vez yo
fuí amenazado de manera directa
con mi infarto cerebral, supe luego,
me tuvo al borde ¡pero nunca lo supe!
...y, muy recientemente, la muerte de
mi hermano Arturo, once años menor
que yo: murió de infarto...y tan, tan...
un dolor en el alma queda como recuerdo.
Muchas han sido, sin duda, las ausencias
de amigos, muchas las causas, divergentes
las formas. La muerte suele ser una artista
en ésto de llevarse a los seres queridos;
nunca repite formas; original su apuesta
es en todo momento, siempre ese sello
le cuadra y le acomoda; pero llevo, pese
a todo, una suerte placentera con ella
pues cuando llegue el momento señalado
por Él, preparado estaré; creo que ya estoy...
...pero puedo entretanto concluir mi relación
con ella ¡¡¡siempre ha sido placentera!!!