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viernes, 30 de agosto de 2013

MEDIAS NEGRAS, Joaquín Sabina

VÍCTOR NÚÑEZ JAIME

SOBRE EL AUTOR

Víctor Núñez Jaime es un escribidor de historias. Estudió periodismo y literatura hispanoamericana. Sabe que el periodismo es más de nalgas que de cabeza, porque hay que estar sentado durante largos ratos escribiendo, corrigiendo... Es autor de tres libros: Un periodista ante el espejoLos que lleganCrónicas sobre la migración global en México y Una cabrona de Tepito. Ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Periodismo Cultural (México) y el Premio a la Excelencia Periodística de la sociedad Interamericana de Prensa. Con libreta y pluma en mano, sale a por las historias. Contrasta estadísticas con los testimonios de la gente. Visita a los escritores y periodistas de renombre. Está obsesionado con el buen uso del idioma español. Le apasiona leer y estudiar. Devora libros. Él es lo que ha leído. Y también lo que ha escrito.

RICARDO SALAZAR, FOTÓGRAFO DE ESCRITORES (primera parte), Víctor Núñez Jaime

Ricardo Salazar, fotógrafo de escritores (I)

Por:  26 de agosto de 2013
Untitled
Con su cámara Roliflex al hombro, Ricardo Salazar asistió a una comida ofrecida por el periódico mexicano Novedades a sus colaboradores. Era la época de esplendor del suplemento México en la Cultura. Los contertulios estaban reunidos en un hotel del centro de la ciudad de México. De pronto, alguien le avisó a Salazar que entre los presentes se encontraba el escritor Gabriel Zaid (a quien no le gusta ser fotografiado), pero estaba a punto de retirarse. Mientras Zaid se despedía de sus compañeros, Salazar se adelantó a la salida. Entonces, al pie de unas escaleras, cuidándose de no ser visto, el fotógrafo disparó su cámara. El clic pasó desapercibido y se obtuvo así una de las poquísimas imágenes del poeta y devastador ensayista cultural. Al otro día, la foto se publicó.
Poco tiempo después, en la entrada de El Colegio Nacional, en el centro de la capital mexicana, Zaid se encontró a Salazar y, enojado, casi a gritos, le reclamó por la fotografía que le había tomado en aquella ocasión. “Supuse que comenzarían los golpes y tendría que defenderme”, recordaría muchos años después Ricardo Salazar. Pero en ese momento, el ascensor se abrió y de él salieron cinco escritores muy amigos de Salazar, entre ellos Salvador Elizondo, y lo saludaron efusivamente. Al darse cuenta de esto, el autor de Cómo leer en bicicleta desvaneció su coraje.
Para ese entonces, Ricardo Salazar ya había elaborado parte (quizá de manera inconsciente) de su crónica gráfica del acontecer cultural y en especial de la vida literaria del México contemporáneo. Desde mediados de los años 50 del siglo pasado, en la Revista de la Universidad de México, “Emmanuel Carballo le pedía fotografías de los escritores y artistas de diversas generaciones, de hacedores de la cultura mexicana en pie, desde los más viejos hasta los más jóvenes, y de este y el otro sexo y el de más allá, y ya fuesen escritores o pintores o escultores o músicos o científicos o ya intelectuales inclasificables, etcétera, y Ricardo Salazar salía disparando a todos los puntos cardinales y a todos los domicilios de la ciudad, y a las salas de conferencias, de exposiciones, de cócteles, y a los cafés y a los bares y las cantinas y los restaurantes y las calles y las plazas, etc., para disparar con la cámara a los susodichos, fotografiándolos…Y esa ha sido la historia de Ricardo Salazar, una historia indisolublemente ligada a la historia de las figuras, las figurillas, los figurines y los desfiguros de la vidita cultural del país”, escribió José de la Colina en noviembre de 2003, dos años y medio antes de la muerte del fotógrafo.
En Jalisco (occidente de México), su estado natal, Ricardo Salazar Ahumada había estudiado algunos cursos de fotografía después de trabajar durante varios años como carpintero. También leía y repasaba libros y revistas de reproducción de imágenes. Sus técnicas fotográficas las había perfeccionado gracias a las enseñanzas de sus principales maestros: Silverio Orozco y Rodolfo Moreno.
En Guadalajara, Salazar era uno de los habituales en las tertulias del Café Apolo en donde se reunían escritores y artistas, entonces noveles, que hacían la revista Ariel, entre ellos Alfredo Leal Cortés (novio de Pina, hermana de Ricardo) y el escritor Emmanuel Carballo. Cuenta éste último que en aquel entonces a Salazar lo apodaban Lolito, “ya que sus fotos en algo nos recordaban a las de Lola Álvarez Bravo, excelente fotógrafa y amiga y la única influencia realmente importante en la vida profesional de Ricardo”.
En los inicios de 1953, Salazar se trasladó a la ciudad de México. Carballo cuenta ahora con precisión el por qué de ese viaje: “en 1953, en Guadalajara, Ricardo Salazar violó a una muchacha y la embarazó. Entonces fue a platicar conmigo y yo le ayudé a que cometiera una vileza y se viniera a vivir a la ciudad de México. Pocos meses después, yo también me fui a la ciudad con una beca del Centro Mexicano de Escritores. Pronto trabajé en Difusión Cultural de la UNAM y llamé a Ricardo para que fuera nuestro fotógrafo.”
Las órdenes de trabajo de Salazar consistían en retratar a escritores, ya fueran jóvenes principiantes o consagrados. Además de seguir los lineamientos de Carballo, Jaime García Terrés, entonces al frente de Difusión Cultural de la Universidad, le encargaba registrar la efervescencia cultural cotidiana: el arte escénico universitario, montajes del grupo Poesía en Voz Alta, el grupo de Teatro de Arquitectura, los artistas que se presentaban en la Casa del Lago y, en general, la vida cotidiana de Ciudad Universitaria y otros recintos pertenecientes a la Máxima Casa de Estudios.
Además, recorría las salas de redacción de publicaciones como Novedades, Siempre! y años después Unomásuno y Vuelta. Y también se iba a esas otras “salas de redacción” que suelen llamarse bares y cantinas. Se reunía con sus amigos (Efraín Huerta, Jaime Sabines, Rubén Salazar Mallén, Jesús Arellano —quien le dedicó un poema: Barbas para desatar la lujuria—… entre muchos otros) en el Salón Palacio y otras cantinas por el rumbo de la calle capitalina Bucareli para departir con ellos y, al mismo tiempo, recoger con su cámara esas sesiones.
Pero también los escritores llegaban a su hogar. “Juan Rulfo y yo —dijo Salazar— fuimos muy buenos amigos. Seguido llegaba a mi casa, como a las dos o tres de la tarde y, como nos encantaba beber, nos poníamos hasta las chanclas con tequila. Algunas veces íbamos a una cantina en Avenida Chapultepec y Niza. Juan José Arreola fue otro de mis buenos cuates. Le tomé cantidad de fotos. Cuando el fue director de La casa del Lago, decía que yo era su fotógrafo de cabecera.”
RicardoSalazarAlto, flaco, barba de candado crecida, gafas grandes, pelo negro engominado, muchas veces de camisa y traje pero sin corbata, Salazar “fusilaba con la cámara” a sus personajes cada vez que se los encontraba. Precisamente, su cámara era una más de sus partes vivas. “Ricardo tenía una forma muy curiosa de fotografiar que no era sorprenderlo a uno, sino ponernos contra una pared y como si nos fusilara tomaba la foto”, recuerda José de la Colina.
Lola Álvarez Bravo había descrito la forma de trabajar de sus colegas, entre ellos Salazar, y de ella misma: “en el fotógrafo se desarrolla un tercer ojo que lo capta todo. El proceso es el siguiente: ve, recibe el impacto, pasa al cerebro, lo transmite a la mano y ésta a la cámara: entonces lo visto cobra vida.”
Y conforme pasó el tiempo, Salazar acumuló cientos de imágenes. Se trata de rostros de hombres y mujeres, quienes solos o integrados a un escenario o paisaje, expresan su soledad, su amor por el trabajo, su desconcierto, su esperanza, su amistad, su inteligencia o hasta sus deslices. De esta manera, quedaron congelados los rasgos, los gestos, las actitudes de los principales exponentes de la literatura mexicana. La cámara de Salazar aguardó, rastreó, descubrió los secretos de una figura o un rostro, hasta arrancarle su expresión más profunda.
Son fotos que constituyen lo inmediato y lo lejano de los personajes de la literatura mexicana, luces que iluminan un instante y lo aíslan antes de extraviarse en el caudal vertiginoso del tiempo. Varias de esas imágenes se han quedado para siempre en nuestra retina: Arreola frente al tablero de Ajedrez. Reyes en medio de su capilla alfonsina. Elena Garro bailando. Agustí Bartra en la salida del viejo edificio del Fondo de Cultura Económica. Elena Poniatowska sonriente a los 20 años de edad. Siqueiros en Cuernavaca poco después de salir de la cárcel. Max Aub frente a los micrófonos de la radio universitaria. El doctor Alt montando en un burro mientras observa los ríos de lava del volcán Pihuani, en Jalisco. Josué Ramírez, José de la Colina, Fernando García Ramírez y Noé Cárdenas frente al edificio del periódico Novedades. Carlos Valdés, José Emilio Pacheco, Rosario Castellanos y Juan García Ponce en el décimo piso de la torre de Rectoría…, por citar sólo unas cuantas.
Porque en el archivo de Ricardo Salazar también existen varios retratos de personajes como Octavio Paz, Nellie Campobello, Francisco Monterde, Eduardo Lizalde, José Luis Martínez, José Revueltas, Martín Luis Guzmán, José Vascocelos, Juan Rulfo, Juan Vicente Melo, Federico Campbell, Juan José Reyes, Carlos Fuentes, Inés Arredondo, Ramón Xiaru, Luis Buñuel, Celestino Gorostiza, Ricardo Yáñez, Elías Nandino, Diego Rivera, Carlos Monsiváis, Beatriz Espejo…Varias de esas series fotográficas, permiten ver cómo ha evolucionado la vida o la carrera de cada escritor. Salazar les tomó “la primera foto conocida”, “la foto de la suerte” o, de plano, “la foto clásica”. CONTINUARÁ...

ENTREVISTA A ELIZONDO POR FERNANDO GARCÍA RAMÍREZ

Entrevista a Salvador Elizondo


Fernando García Ramírez
Coyoacán, 16-VI-04


Fernando García Ramírez. ¿Piensa sobre todo en el pasado o en el porvenir?
Salvador Elizondo. Vivo esencialmente en el presente. Un presente entre doméstico y clínico, pero ese presente está compuesto ya de un largo pasado que recuerdo y, por razón aritmética natural, de un futuro breve.
¿Qué estudios realizó en las universidades de Perugia y luego en Cambridge?
Soy profesor titulado de Lengua y Literatura Inglesa, profesión que comparto con Mallarmé y con Joyce, en el Cambridge Examinations Board, 1959. En otras universidades hice cursos de "Civilización" en general. En Perugia, con el profesor Critofani, estudié a Piero de la Francesca, y con el profesor Pallotino cuestiones de los etruscos.
En otro tiempo pensó consagrarse al cine, ¿qué lugar ocupa hoy en su vida?
Ahora solamente nostálgico. Recuerdo las viejas películas de mi infancia y de mi juventud; del cine mexicano guardo muchos recuerdos en el orden familiar. Ahora ya hace cuarenta años que no voy al cine. Conservo el pequeño catálogo íntimo de "mis diez favoritas"; en primer lugar Las cuatro plumas y, con ella, El acorazado Potemkin, Berlín, sinfonía de una gran ciudad, de Ruttman, El triunfo de la voluntad, Carnet de bal, Brief Encounter...
En su obra parece conceder -en relación con la literatura, la pintura o la fotografía- poca atención a la música, ¿qué papel representa la música en su vida y en su obra?
La música tiene en mi vida el mismo papel que muchas otras cosas. La XELA se inauguró el 5 de julio de 1940; ese día prendí el radio que seguí oyendo toda mi vida ininterrumpidamente hasta el 14 de febrero de 1984, en que lo apagué para siempre. Frecuenté a muchos músicos. Conocí de vista a Silvestre Revueltas en los estudios Clasa. Estudié desde chico y sin éxito el piano. Uno de mis profesores fue el maestro Aurelio Fuentes, amigo de mi familia. Me casé con la hija de un músico, amigo mío, Raúl Lavista. Ahora me quedo con Brückner. Su Cuarta Sinfonía es mi favorita.
La transgresión, el desquiciamiento de los límites, el éxtasis de lo erótico, la blasfemia batailleana y la violencia sádica, como temas, ¿lo aproximaron a la experiencia de lo sagrado?
Todas esas cosas ya no me dicen nada.
¿Es usted pesimista, ve el porvenir muy oscuro?
No sé bien. Mi estado físico y de ánimo no me permiten responder con certeza. Espero que algún día triunfe el comunismo. Como mexicano, y como todos los mexicanos de mi edad, tengo nostalgia vergonzante del PRI. La democracia, tal y como se entiende aquí y ahora, no me convence. En general soy pesimista.
¿Cómo llegó a la escritura?
Por la vía natural de la lectura. Corazón, diario de un niño, Julio Verne, Hesse, Dostoyevski, Joyce, etcétera... con muchos intercalados.
¿Sigue llevando regularmente un diario?
Sí, regularmente, en lo posible, desde que tengo diez años. Cuadernos en los que escribo todo lo que se me ocurre. No se si hay alguna relación entre ellos y mi obra. A veces escribo borradores, pero se distinguen claramente cuando tienen una intención literaria ulterior. He programado mis cuadernos para que sean publicados después de que las cosas de las que hablo en ellos ya hayan sido olvidadas.
¿Cuáles fueron sus primeros contactos con la literatura francesa? Ha tenido una gran influencia sobre usted...
Desde muy chico. Mi papá leía libros en francés, teatro de su época, memorias, etcétera. Mi madre y mi abuela en traducción. A mi mamá le gustaba mucho Balzac. El primer libro que leí en francés fueron las Pensées de Pascal, un libro que me impresionó mucho, y que todavía hasta la fecha mantengo cerca. No creo que ningún autor francés haya tenido influencia sobre mí, aunque hay muchos a los que admiro: Valéry y Céline.

¿Le sigue interesando, como lector, la novela?
Ya no puedo leer libros muy largos. Me falla la atención.

Usted participó en una conversación televisada con Jorge Luis Borges y con Octavio Paz, en donde cada uno (Paz desde el romanticismo y Borges desde el clasicismo) exploraba su relación con la poesía. ¿Recuerda ese diálogo? ¿Con qué posición estética se sentía -y se siente- más afín?
Sí lo recuerdo, pero no recuerdo en detalle de qué hablamos. Sólo me acuerdo de que hablamos de imágenes del mar y que yo cité el verso de Valéry: "... la mer, la mer, toujours recommencée..." No me siento afín a ninguna "posición" estética; era un triálogo, no una polémica.
Es usted un admirador de Poe y en especial de su "Filosofía de la composición". ¿Antes de escribir sus cuentos y novelas, las planeó a detalle? ¿Alguna de sus narraciones tomó un rumbo inesperado?
Sigo siendo su ferviente admirador y traduje The Philosophy of Composition, que es un análisis a posteriori de la construcción del poema "El Cuervo".
¿En qué sentido la lectura atenta de Flaubert y de Joyce fueron decisivas en su formación de narrador?
Lo primero que leí de Flaubert fue La leyenda de San Julián el Hospitalario cuando tenía trece años. Me lo regaló mi abuela, a título de libro edificante y ejemplar, cuando todavía no sabía francés y tampoco nada acerca del "estilo" y esas cosas. Con los años, lo que más ha llegado a interesarme es el método y el proyecto literario de Flaubert. Los diferentes disfraces que adopta en sus libros. En Madame Bovary, por ejemplo, se convierte en mujer para poder describir con el mot juste el alma femenina; se convierte en estúpido en Bouvard et Pécuchet para describir exactamente cómo piensan los tontos. Creo hasta hoy que, junto con Baudelaire, es el más grande escritor francés del siglo XIX, por lo menos para mi gusto. No creo que haya marcado mi escritura en ningún sentido. En lo que se refiere a Joyce, la historia es diferente. Es un autor que me apasionó desde la primera vez que lo leí, a los quince años más o menos, y desde entonces es la figura que preside mi vasto panteón literario. He leído Ulysses seis veces. Me lo sé de memoria, y, ahora que se celebra el Bloomsday, me uno al festejo en honor de un personaje, más que del autor mismo que lo hizo. A principio de los años sesenta leí Finnegans Wake y, aunque me costó trabajo, comprendí de inmediato que marca el fin de la literatura homérica occidental. Si Ulysses es la Odisea bajo el signo poundiano de "make it new", el Finnegans Wake es la entelequia de la literatura. Creo que, más allá de Finnegans Wake, ya solamente queda el sistema de la escritura china. Es lo único, que yo sepa, con lo que podríamos hacer algo nuevo los escritores occidentales.

¿Conoció personalmente a José Gorostiza, cuál fue su trato con él?
Sí. Tuve trato con él. Era de Aguascalientes, y mi familia era amiga de la suya. Mi papá tuvo tratos con él en el Servicio Exterior, y mi mamá fue su secretaria en la Comisión de Energía Nuclear. Se conocían desde los años veinte. Gorostiza la menciona, entre otras muchachas de esa época, en su correspondencia con Genaro Estrada. Muy poco tiempo antes de su muerte, por medio de Teresa Silva, me concedió una entrevista a la que asistimos mi esposa Paulina, Vilma Fuentes, Teresa Silva, David Huerta y yo. Ya estaba muy mal. Tenía un tanque de oxígeno, etcétera, y estaba en bata. Solamente le hice una pregunta: ¿Cómo escribió Muerte sin fin? Su respuesta fue doble: "Con engrudo y tijeras primero, y luego poniendo los ladrillos como se hace una casa." Primero lo pasó a máquina en el orden en que lo había escrito de primera intención. Luego pegó las hojas una con otra hasta formar una tira muy larga, luego la dividió en diferentes partes según el género de las cosas que cada parte trataba según la clasificación natural de las cosas: los minerales, las plantas, los animales. Recortó cada parte y las volvió a pegar de acuerdo a un orden clasificatorio lógico. David Huerta lo grabó, pero quién sabe que fue de esa cinta.
¿Me puede contar cómo llegó a conocer a Octavio Paz?
Coincidimos en la cena de Navidad de 1953 en casa de su concuño Guerrero Galván, que era mi maestro de pintura. Nos hicimos amigos y lo fuimos hasta su muerte.
¿Se siente parte de una generación literaria?
No me siento parte de ninguna generación o tradición literaria. Mi generación, la del 32, tiene buena fama, me dicen mis amigos o compañeros de la 32.
¿Qué tipo de escritor o de actitud es la que menos soporta, o qué clase de literatura es la que menos le interesa?
Lo que no soporto procuro no conocerlo, o no saber de ello más que no lo soporto, y lo eludo. De literatura sólo sé o puedo saber lo que más me interesa.
¿Puede recordar la época en que escribió Farabeuf y la manera en que veía el mundo en ese periodo de su vida?
Sí. En esa época el mundo era todavía algo de lo que se podía escapar escribiendo novelas. Ahora siento que es más difícil escapar.
Para algunos, como para el novelista y crítico César Aira, El hipogeo secreto es una novela muy superior a Farabeuf, ¿cómo ve esa novela suya a más de 35 años de haberla publicado?
Hace 35 años todavía podía valorar la obra literaria de otros. Nunca he podido valorar la propia. Siento ahora que mi obra ya llegó a su máxima amplitud posible para mí, pero no distingo valores o categorías de mis libros. Cada uno responde a una circunstancia específica de mi vida.
¿Podría hablarme de su encuentro con la obra y el pensamiento de Valéry?
Desde chico. El primer libro de Valéry que leí, sin entenderlo bien, fue Eupalinos o el arquitecto, traducido por un tío mío, Mario Pani, allá a principios de los años cuarenta. Más tarde en la vida fui conociendo más su obra. Monsieur Teste ha sido un libro fundamental en mi vida. A principios de los años setenta lo traduje y en los noventa traduje Histories brisées. De ambos hay nuevas ediciones de la editorial Aldus, 2002.
¿Intentó alguna vez una novela o cuento de un tipo completamente diferente de las que ha publicado? Recuerdo un cuento suyo, de tono rulfiano, que no he visto recogido en libro...
Aparte de ese cuento que usted menciona, y que fue lo primero que escribí en mi vida con intención "literaria", no. Era el primer intento. Muy defectuoso todavía. Escrito al impulso de una lectura que fue fundamental en mi vida.
Conviven en usted dos actitudes como escritor, por un lado la del escritor romántico, que gusta de la provocación y el malditismo; por el otro, el autor que admira el orden mental y el clasicismo, ¿siente que con el tiempo el escritor romántico ha cedido el paso al escritor clásico?
Creo que tanto el escritor romántico como el escritor clasicista han cedido el paso al diletante viejo y nostálgico.
Su obra abarca tanto la novela como el ensayo, el cuento y el teatro, la crítica de arte y la traducción. Su obra, además, es un sitio de encuentro entre la literatura francesa y la mexicana. ¿Cómo considera su situación personal en nuestra literatura?
Lo que hice no creo que sea un punto de encuentro entre la literatura francesa y la mexicana. Nunca se me ocurrió eso. Mi autor favorito de los escritores franceses modernos es Céline, pero en ningún aspecto me identifico con él. Céline, como Bloy, es un anarquista estilista. Yo nada más soy anarquista espiritual. El estilo nunca me ha importado; es una cosa propia o característica de los escritores que usan el francés. Mi situación personal dentro de nuestra literatura es como la de muchos escritores en la suya: la del lonely crab.
¿Le siguen interesando más los proyectos que las realizaciones? ¿Qué proyectos tiene en mente?
Ya no tengo más que proyectos irrealizables, hipótesis, conjeturas imposibles... Como ir más allá de Finnegans Wake. Ahora lo más presente es el pasado, los recuerdos...
¿Ha conocido a un escritor que lo haya impresionado verdaderamente?
Sí, Juan Rulfo. Empecé a escribir después de leer El llano en llamas. La lectura y la existencia de ese libro obró poderosamente en mi vocación definitiva.
¿Cuál debe ser, en su opinión, la acción política del escritor?
Creo que la actitud política del escritor debe ser la indiferencia.
¿Qué lugar se puede esperar para el hombre de cultura en el interior de esta civilización?
De esta civilización, ninguno importante.

¿Qué lugar atribuir a la libertad si la Historia es el ámbito del ejercicio del mal?
Quién sabe. -

CRIMEN, Salvador Elizondo

Crimen
Salvador Elizondo

Te reconocerán los asesinos
cuando cruce tu rostro el umbral del espejo.
Entonces olvidarás las letras de mi nombre.
Sí; la noche es como un mar.
Las palabras que digas
cuando roce tu cuerpo la mano del extraño
se quedarán girando en el florero.
Ten cuidado de llevar los dedos en cruz
cuando ruede tu cuerpo los peldaños.
Al alba, desde el puente, te miraré pasar
y cruzaré las mismas calles que cruzaste
tratando de olvidar.
Los espejos entonces
reflejarán mis ojos como si fueran de otro
y otra vez por la puerta insegura
se meterá en la casa la noche como un mar.

martes, 27 de agosto de 2013

HÉCTOR O LA AMARGURA DEL VIAJE..., Benjamín Araujo M.

HÉCTOR O LA AMARGURA
DEL VIAJE…
... los caballos
haciendo resonar los carros vacíos por los caminos de la guerra.
en duelo de sus conductores sin reproche. Ellos sobre la tierra
yacían, de los buitres más queridos que de sus esposas.
La Ilíada…

Amargura sin fin, en ese viaje eterno,
Héctor arrastra su tristeza en el polvo
la inmortalidad consoladora no existía
mientras Zeus promueve violencia y
más violencia entre los hombres.

Helena mientras tanto, teje y teje
como si la esperanza fuera telar
humano y se pudiera tejer como
una araña lo hace para que caiga
su presa; mientras Príamo sufre
asimismo por la fuerza del poder
de Aquiles, que le ha matado ya
a varios hijos y amenaza con que
Héctor no vuelva nunca más a
Gozar con la paz de su casa…

El hombre, incapaz de sentir
su miseria, se doblega al dolor
y jura doblegar a los otros;
eso ocurría con Aquiles, víctima
también de Zeus que doblegó
a Príamo, su padre, y doblegará
a Héctor, como lo hizo con sus
hermanos, víctimas del santo
destino de dolor y de sangre.

Humillación tras humillación,
la fuerza por la fuerza, Agamenón
arrebató a Aquiles su amor, su
mujer, su amada y le humilló
por la fuerza como una ley
implacable, inamovible,
que hace imposible la paz
y el sosiego y las vidas en
calma, en sosiego y amor.

Pareciera una ley inmóvil
caída de los cielos:
la violencia se aferra a los
hombres, los abraza y degüella
para que sólo exista una ley:
la de la fuerza del hombre
sobre el hombre…

Helena teje y teje, como araña
que cose una mentira, espera
lo que no llegará, espera y sueña;
crea un cielo de amor, de paz
y de futuro, que le ha sido negado
por los dioses: no lo sabe y teje,
teje, teje, sin saber que Atenea
goza a su hombre, por engaños
de Aquiles; que se solaza en
una venganza eterna contra todo

que es un modo de vengar la nada.

SIMONE WEIL: LA ILIADA O EL POEMA DE LA FUERZA

Simone Weil: "La Ilíada" o el poema de la fuerza

27 de agosto de 2013





El verdadero héroe, el verdadero tema, el centro de La Ilíada es la fuerza. La fuerza manejada por los hombres, la fuerza que somete a los hombres, la fuerza ante la cual la carne de los hombres se retrae. El alma humana sin cesar aparece modificada por sus relaciones con la fuerza, arrastrada, cegada por la fuerza de que cree disponer, doblegada por la presión de la fuerza que sufre. Los que soñaron que la fuerza, gracias al progreso, pertenecía ya al pasado, pudieron ver en este poema un documento; los que saben discernir la fuerza, hoy como antes, en el centro de toda historia humana, encuentran en él el más bello, el más puro de los espejos.

La fuerza es lo que hace de quienquiera que le esté sometido una cosa. Cuando se ejerce hasta el extremo, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de él un cadáver. Había alguien y, un instante después, no hay nadie. Es un cuadro que La Ilíada no se cansa de presentar.

... los caballos
haciendo resonar los carros vacíos por los caminos de la guerra.
en duelo de sus conductores sin reproche. Ellos sobre la tierra
yacían, de los buitres más queridos que de sus esposas.

El héroe es una cosa arrastrada tras un carro en el polvo:

... Alrededor, los cabellos
negros estaban esparcidos, y la cabeza entera en el polvo
yacía, antes encantadora; ahora Zeus a sus enemigos
había permitido envilecerla en su tierra natal.

A la amargura de tal cuadro la saboreamos pura, sin que ninguna ficción reconfortante venga a alterarla, ninguna inmortalidad consoladora, ninguna insípida aureola de gloria, o de patria.

Su alma fuera de sus miembros voló, fue hacia el Hades,
llorando su destino, abandonando su virilidad y su juventud.

Más patética todavía, por lo doloroso del contraste, es la evocación súbita, rápidamente borrada, de otro mundo, el mundo lejano, precario y conmovedor de la paz, de la familia, ese mundo donde cada hombre es para los que lo rodean lo que más cuenta.

En la casa ella ordenaba a sus sirvientas de hermosos cabellos que se quedasen
para poner cerca del fuego un gran trípode, a fin de que hubiera
para Héctor un baño caliente al retornar del combate.
¡Ingenua!. No sabía que muy lejos de los baños calientes
el brazo de Aquiles lo había sometido, a causa de Atenas la de los ojos verdes.

En verdad, estaba lejos de los baños calientes el desdichado. No estaba solo. Casi toda La Ilíada transcurre lejos de los baños calientes. Casi toda la vida humana ha transcurrido siempre lejos de los baños calientes.

La fuerza que mata es una forma sumaria, grosera, de la fuerza. Mucho más variada en sus procedimientos y sorprendente en sus efectos es la otra fuerza, la que no mata; es decir, la que no mata todavía. Matará seguramente, o matará quizá, o bien está suspendida sobre el ser al que en cualquier momento puede matar; de todas maneras, transforma al hombre en piedra. Del poder de transformar un hombre en cosa matándolo procede otro poder, mucho más prodigioso aun: el de hacer una cosa de un hombre que todavía vive. Vive, tiene un alma, y sin embargo es una cosa. Ser muy extraño, una cosa que tiene un alma; extraño estado para el alma. ¿Quién podría decir cómo el alma en cada instante debe torcerse y replegarse sobre sí misma para adaptarse a esta situación? No ha sido hecha para habitar una cosa, y cuando se ve obligada a hacerlo no hay ya nada en ella que no sufra violencia.

Un hombre desarmado y desnudo sobre el cual se dirige un arma se convierte en cadáver antes de ser alcanzado. Durante un momento todavía calcula, actúa, espera:

Pensaba, inmóvil. El otro se aproxima, todo sobrecogido,
ansioso de tocar sus rodillas. En su corazón deseaba
escapar a la muerte malvada, al negro destino...
Y con un brazo apretaba para suplicar sus rodillas, con el otro 
        mantenía la aguda lanza sin abandonarla...

Pero pronto comprendió que el arma no se desviaría y, respirando aún, ya no es más que materia, pensando todavía que ya no puede pensar en nada:

Así habló el hijo tan brillante de Príamo
con palabras de súplica. Oyó una palabra inflexible:
................
Dijo; al otro desfallecen las rodillas y el corazón;
abandona la lanza y cae sentado, las manos tendidas,
las dos manos. Aquiles desenvaina su aguda espada,
hiere en la clavícula, a lo largo del cuello; y toda entera
hunde la espada de doble filo. Él cara al suelo
yace extendido, y la negra sangre se escapa humedeciendo la tierra.

Cuando, fuera del combate, un extranjero débil y sin armas suplica a un guerrero, no por eso está condenado a muerte; pero un instante de impaciencia de parte del guerrero bastaría para quitarle la vida. Es suficiente para que su carne pierda la principal propiedad de la carne viva. Un pedazo de carne viva manifiesta su vida ante todo por el estremecimiento; una pata de rana bajo una corriente eléctrica se estremece; el aspecto próximo o el contacto de una cosa horrible o aterrorizadora hace estremecer cualquier masa de carne, de nervios y de músculos. Sólo este suplicante no se estremece, no tiembla; no tiene ese derecho; sus labios tocarán el objeto para él más cargado de horror:

Vieron entrar al gran Príamo. Se detuvo,
apretó las rodillas de Aquiles, besó sus manos,
terribles, matadoras de hombres, que le habían asesinado tantos hijos.

El espectáculo de un hombre reducido a tal nivel de desgracia hiela casi tanto como el aspecto de un cadáver:

Como cuando la dura desgracia embarga a alguien, cuando en su país ha matado, y llega a la casa de otro,
de algún rico, un estremecimiento se apodera de los que lo ven,
así Aquiles se estremeció viendo al divino Príamo.
Los otros también se estremecieron, mirándose entre sí.

Pero es sólo un momento, y bien pronto aun la misma presencia del desgraciado se olvida:

Dijo. El otro, pensando en su padre, deseaba llorar;
tomándolo por los brazos empujó un poco al anciano.
Ambos recordaban, el uno a Héctor matador de hombres
y se fundía en lágrimas a los pies de Aquiles, contra la tierra;
pero Aquiles lloraba a su padre, y por momentos también a
Patroclo; sus sollozos llenaban la morada.

No por insensibilidad Aquiles con un gesto ha empujado al suelo a ese viejo apretado a sus rodillas; las palabras de Príamo evocando a su anciano padre lo han conmovido hasta las lágrimas. Es simplemente porque se siente tan libre en sus movimientos y en sus actitudes como si en lugar de un suplicante fuese un objeto inerte lo que toca sus rodillas. Los seres humanos que nos rodean por su sola presencia tienen un poder, que les es propio, de detener, reprimir, modificar, cada uno de los movimientos que nuestro cuerpo esboza; alguien que pasa no desvía nuestro camino como un poste indicador; uno no se levanta, camina, descansa en una habitación cuando está solo de la misma manera que cuando tiene un visitante. Pero esta influencia indefinible de la presencia humana no es ejercida por hombres a quienes un movimiento de impaciencia puede privar de la vida aún antes que un pensamiento haya tenido tiempo de condenarlos a muerte. Ante ellos los otros se mueven como si no estuvieran; y ellos a su vez, en el peligro en que se encuentran de ser reducidos a nada en un instante, imitan la nada. Empujados caen, caídos permanecen en tierra, mientras a alguien no se le ocurra pensar en levantarlos. Pero levantados por fin, honrados con palabras cordiales, que no vayan a tomar en serio esta resurrección, a atreverse a expresar un deseo; una voz irritada los devolvería de inmediato al silencio:

Dijo, y el anciano tembló y obedeció.

Al menos los suplicantes, una vez escuchados, vuelven a ser hombres como los otros. Pero hay seres aun más desgraciados que, sin morir, se convierten en cosas para el resto de su vida. No hay en sus jornadas ninguna alternativa, ningún vacío, ningún campo libre para nada que venga de ellos mismos. No son hombres que vivan más duramente que los otros, socialmente colocados más bajo que los otros; es otra especie humana, un compromiso entre el hombre y el cadáver. Que un ser humano sea una cosa es, desde el punto de vista lógico, contradictorio; pero cuando lo imposible se convierte en realidad, lo contradictorio se convierte en el alma en desgarramiento. Esa cosa aspira en todo momento a ser un hombre, una mujer, y en ningún instante lo logra. Es una muerte que se estira a todo lo largo de una vida; una vida que la muerte ha congelado mucho antes de suprimirla.

La virgen, hija de un sacerdote, sufrirá esta suerte:

No la devolveré. Antes le sobrevendrá la vejez,
en nuestra morada, en Argos, lejos de su país,
corriendo al telar, viniendo a mi lecho.

La joven mujer, la madre, esposa del príncipe, la sufriré:

Y quizá un día en Argos tejerás la tela para otra.
Y llevarás el agua de Miseis o del Hipereo,
muy a pesar tuyo, bajo la presión de una dura necesidad.

El niño heredero del cetro real la sufrirá:

Ellas sin duda se irán al fondo de las cóncavas naves,
yo entre ellas; tú, hijo mío, conmigo.
Tú me seguirás y harás trabajos envilecedores
penando bajo la mirada de un amo sin dulzura...

Tal suerte, a los ojos de la madre es tan temible para su hijo como la misma muerte; el esposo prefiere haber perecido antes que ver así reducida a su mujer; el padre llama a todas las calamidades del cielo contra el ejército que somete a su hija a ese destino. Pero en aquellos sobre quienes se abate, un destino tan brutal borra las maldiciones, las rebeldías, las comparaciones, las meditaciones sobre el futuro y el pasado, casi hasta el recuerdo. No corresponde al esclavo ser fiel a su ciudad y a sus muertos.

Cuando sufre o muere uno de aquellos que le han hecho perder todo, que han asolado su ciudad, que han asesinado a los suyos bajo sus ojos, entonces el esclavo llora. ¿Por qué no? Sólo entonces le son permitidos los llantos. Hasta le son impuestos. Pero en la servidumbre, ¿las lágrimas no corren fácilmente desde el instante en que pueden hacerlo impunemente?

Dijo llorando, y las mujeres gimieron,
tomando como pretexto a Patroclo, cada una por sus propias angustias.

En ninguna ocasión el esclavo tiene derecho a expresar algo, salvo lo que puede complacer a su amo. Por eso si en una vida tan sombría algún sentimiento puede despuntar y animarla un poco es el amor al amo. Todo otro camino está cerrado al don de amar, como para un caballo uncido a un carro las varas, las riendas y los frenos borran todos los caminos, salvo uno. Y si por milagro aparece la esperanza de volver a ser un día, por un favor, alguien... a qué grados no llegarán el reconocimiento y el amor por hombres hacia los cuales un pasado muy reciente debería inspirar horror:

Mi esposo, a quien me habían dado mi padre y mi madre respetada
lo vi ante mi ciudad transpasado por el agudo bronce.
Mis tres hermanos, nacidos de una misma madre,
¡tan queridos! encontraron el día fatal
pero tú no me dejaste, cuando mi marido por el rápido Aquiles
fue muerto, y destruida la ciudad del divino Mines,
verter lágrimas; me prometiste que el divino Aquiles
me tomaría por esposa legítima y me llevaría en sus naves 
a Phthia, a celebrar el casamiento entre los mirmidones.
Por eso te lloro sin descanso, a ti que siempre fuiste dulce.

No se puede perder más que lo que pierde el esclavo: pierde toda vida interior. Sólo la reconquista en parte cuando aparece la posibilidad de cambiar de destino. Tal es el imperio de la fuerza: ese imperio va tan lejos como el de la naturaleza. También la naturaleza, cuando entran en juego las necesidades vitales, borra toda vida interior y aun el dolor de una madre:

Pues aun Níobe la de la hermosa cabellera pensó en comer,
ella de quien doce hijos perecieron en su casa,
seis hijas y seis hijos en la flor de la edad.
A ellos, Apolo los mató con su arco de plata
en su cólera contra Niobe; a ellas, Artemisa que ama las flechas.
Porque ella se había comparado a Leto de hermosas mejillas
diciendo: "tiene dos hijos y yo engendré muchos".
Y esos dos, aunque no fuesen más que dos, los mataron a todos.
Nueve días yacieron en la muerte; nadie vino a enterrarlos. Las gentes
se habían convertido en piedras por voluntad de Zeus.
Y el décimo día fueron sepultados por los dioses del cielo.
Pero ella pensó en comer, cuando se sintió fatigada por las lágrimas.

Jamás se expresó con tanta amargura la miseria del hombre, que hasta lo hace incapaz de sentir su miseria.

La fuerza manejada por otro es imperiosa sobre el alma como el hambre extrema, puesto que consiste en un perpetuo poder de vida y muerte. Y es un imperio tan frío y tan duro como si fuera ejercido por la materia inerte. El hombre que se siente siempre el más débil está en el corazón de las ciudades tan solo, más solo de lo que podría estarlo un hombre perdido en medio del desierto.

Dos toneles se encuentran colocados en el umbral de Zeus,
donde están los dones que otorga, malos en uno, buenos en otro...
A quien hace funestos dones expone a los ultrajes;
la terrible miseria lo arroja a través de la tierra divina;
va errante y no recibe consideración de los hombres ni de los dioses.

Tan implacablemente como la fuerza aplasta, así implacablemente embriaga a quien la posee o cree poseerla. Nadie la posee realmente. En La Ilíada los hombres no se dividen en vencidos, esclavos, suplicantes por un lado y en vencedores, jefes por el otro; no se encuentra en ella un solo hombre que en algún momento no se vea obligado a inclinarse ante la fuerza. Los soldados, aunque libres y armados, no reciben menos órdenes y ultrajes:

A todo hombre del pueblo que veía le gritaba,
con su cetro le golpeaba reprendiéndolo así:
"¡Miserable, mantente tranquilo, escucha hablar a los otros,
"a tus superiores!. No tienes ni valor ni fuerza,
"no cuentas para nada en el combate, para nada en la asamblea..."

Tersites paga caro palabras que sin embargo son perfectamente razonables y que se asemejan a las que pronuncia Aquiles:

Lo golpeó; él se encorvó, sus lágrimas corrieron aprisa,
un tumor sangrante se formó en su espalda
bajo el cetro de oro; se sentó y tuvo miedo.
En el sufrimiento y el estupor enjugaba sus lágrimas.
Los otros, a pesar de su pena, se regocijaron y rieron.

Pero el mismo Aquiles, ese héroe altivo, invicto, aparece en el comienzo del poema llorando de humillación y de dolor impotente, después que le han arrebatado ante sus ojos la mujer que quería hacer su esposa, sin que haya osado oponerse.

.... pero Aquiles
llorando se sentó lejos de los suyos, apartado,
al borde de las olas blanquecinas, la mirada sobre el vinoso mar.

Agamenón ha humillado a Aquiles con un propósito deliberado, para demostrar que es el amo:

... Así sabrás
que puedo más que tú, y cualquier otro vacilará
antes de tratarme como igual y levantar la cabeza ante mí.

Pero algunos días después el jefe supremo llora a su vez y se ve obligado a rebajarse, a suplicar, y siente el dolor de hacerlo en vano.

La vergüenza del miedo tampoco es perdonada a ninguno de los combatientes. Los héroes tiemblan como los otros. Basta un desafío de Héctor para consternar a todos los griegos sin excepción, salvo Aquiles y los suyos que están ausentes:

Dijo, y todos callaron y guardaron silencio;
tenían vergüenza de rehusar, miedo de aceptar.

Pero en cuanto Ayax avanza, el miedo cambia de lado:

A los troyanos, un estremecimiento de terror hizo desfallecer sus miembros;
a Héctor mismo, su corazón saltó en el pecho;
pero no tenía derecho a temblar ni a refugiarse...

Dos días más tarde, Ayax a su vez siente terror:

Zeus padre, desde lo alto, en Ayax hizo subir el miedo.
Se detiene, sobrecogido, abandona el escudo de siete pieles,
tiembla, mira completamente extraviado la multitud, como un animal...

También a Aquiles le ocurre una vez temblar y gemir de miedo, ante un río, es verdad, no ante un hombre. A excepción suya, absolutamente todos aparecen en algún momento vencidos. El valor contribuye menos a determinar la victoria que el destino ciego, representado por la balanza de oro de Zeus:

En ese momento Zeus padre desplegó su balanza de oro.
Colocó dos partes de la muerte que siega todo,
una para los troyanos domadores de caballos, otra para los griegos acorazados de bronce.
La tomó por el medio, fue cuando bajó el día fatal para los griegos.

A fuerza de ser ciego, el destino establece una especie de justicia, ciega también, que castiga a los hombres armados con la pena del talión; La Ilíada la formuló mucho antes que el Evangelio, y casi en los mismos términos:

Ares es equitativo, mata a los que matan.

Si todos están destinados desde el nacimiento a sufrir la violencia, es esta una verdad que el imperio de las circunstancias oculta ante el espíritu de los hombres. El fuerte no es jamás absolutamente fuerte, ni el débil absolutamente débil, pero ambos lo ignoran. No se creen de la misma especie; ni el débil se considera semejante al fuerte ni es considerado como tal. El que posee la fuerza avanza en un medio no resistente, sin que nada, en la materia humana que lo rodea, pueda suscitar entre el impulso y el acto ese breve intervalo en que se aloja el pensamiento. Donde el pensamiento no tiene cabida, ni la justicia ni la prudencia existen. Por eso los hombres de armas actúan dura y locamente. Su arma se hunde en el enemigo desarmado que está a sus rodillas; triunfan de un moribundo describiéndole los ultrajes que sufrirá su cuerpo; Aquiles degüella a doce adolescentes troyanos en la hoguera de Patroclo con la misma naturalidad con que cortamos flores para una tumba. Al usar su poder nunca piensan que las consecuencias de sus actos los obligarán a inclinarse a su vez. Cuando se puede con una palabra hacer callar, temblar, obedecer a un anciano, ¿se reflexiona que las maldiciones de un sacerdote tienen importancia a los ojos de los adivinos? ¿Se abstiene de raptar la mujer amada por Aquiles cuando se sabe que ella y él no podrán menos que obedecer? Cuando Aquiles goza al ver huir a los miserables griegos, ¿puede pensar que esa huida, que durará y terminará de acuerdo con su voluntad, va a hacerles perder la vida a su amigo y a él mismo? De esa manera aquellos a quienes la fuerza es prestada por la suerte perecen por contar demasiado con ella.

No es posible que no perezcan. Pues no consideran su propia fuerza como una cantidad limitada, ni sus relaciones con otro como un equilibrio de fuerzas desiguales. Los otros hombres, no imponen a sus movimientos esa pausa de donde proceden nuestras consideraciones hacia nuestros semejantes, y concluyen que el destino les ha dado todas las licencias, ninguna a sus inferiores. Entonces van más allá de la fuerza de que disponen. Inevitablemente van más allá, ignorando que es limitada. Entonces quedan librados sin recursos al azar y las cosas no les obedecen ya. A veces el azar les sirve, otras los da˜na; y allí están desnudos expuestos a la desgracia, sin la armadura de poder que protegía su alma, sin que nada en adelante los separe ya de las lágrimas.

Esta sanción de un rigor geométrico, que automáticamente castiga el abuso de la fuerza, fue el objeto primero de meditación entre los griegos. Constituye el alma de la epopeya; bajo el nombre de Némesis es el resorte de las tragedias de Esquilo; los pitagóricos, Sócrates, Platón, partieron de allí para pensar el hombre y el universo. La noción se hizo familiar en todos los lugares donde penetró el helenismo. Esta noción griega es quizá la que subsiste, con el nombre de kharma, en los países orientales impregnados de budismo; pero Occidente la ha perdido y ya ni siquiera tiene en sus lenguas palabras para expresarla; las ideas de limite, de mesura, de equilibrio, que deberían determinar la conducta de la vida, sólo tienen un empleo servil en la técnica. No somos geómetras más que ante la materia; los griegos fueron primero geómetras en el aprendizaje de la virtud.

La marcha de la guerra en La Ilíada consiste sólo en ese juego de balanza. El vencedor del momento se siente invencible, aun cuando algunas horas antes hubiera probado la derrota; olvida usar la victoria como algo que pasará. Al final de la primera jornada de combate que relata La Ilíada los griegos victoriosos sin duda podrían obtener el objeto de sus esfuerzos, es decir Helena y sus riquezas; al menos si se supone, como lo hace Homero, que el ejército griego tenla razón al creer a Helena en Troya. Los sacerdotes egipcios, que debían saberlo, afirmaron más tarde a Heródoto que se encontraba en Egipto. De todas maneras, esa tarde los griegos ya no querían eso:

"Que no se acepte en este momento ni los bienes de Paris
"ni Helena; todos ven, hasta el más ignorante,
"que Troya está ahora al borde de su pérdida.", dijo; todos los aqueos lo aclamaron.

Lo que quieren es nada menos que todo. Todas las riquezas de Troya como botín, todos los palacios, los templos y las casas como cenizas, todas las mujeres y los niños como esclavos, todos los hombres como cadáveres. Olvidan un detalle y es que no todo está en su poder, pues no están en Troya. Quizá estarán mañana, quizá nunca.

Héctor el mismo día se deja llevar por el mismo olvido:

Pues sé muy bien en mis entrañas y en mi corazón
que vendrá un día en que perecerá la sagrada Ilión,
y Príamo y la nación de Príamo el de la buena lanza.
Pero pienso menos en el dolor que se prepara a los troyanos,
en Hécuba misma, y en Príamo el rey,
y en mis hermanos que, tan numerosos y valientes,
caerán en el polvo bajo los golpes de los enemigos,
que en ti, cuando uno de los griegos de coraza de bronce
te arrastre deshecha en lágrimas, quitándote la libertad.
.................
¡Que yo esté muerto y que la tierra me haya cubierto
antes de que te oiga gritar, antes de que te vea arrastrada!

¿Qué no ofrecería en ese momento para apartar horrores que cree inevitables? Pero no puede ofrecer nada, sino en vano. Dos días después los griegos huyen miserablemente y Agamenón mismo quería embarcarse. Héctor que, cediendo muy poco, podría entonces obtener fácilmente que los griegos se retiraran, ni siquiera quiere permitirles partir con las manos vacías:

Encendamos fuegos en todas partes y que el resplandor suba al cielo
de miedo que en la noche los griegos de largas cabelleras
para huir se lancen a la ancha espalda de los mares...
Que más de uno tenga una flecha que soportar... a fin de que todos teman
llevar a los troyanos domadores de caballos la guerra que produce llanto.

Su deseo se realiza; los griegos se quedan, y al día siguiente, a mediodía, hacen de él mismo y de los suyos un objeto lastimoso:

Ellos a través de la llanura huían como vacas
que un león arroja hacía adelante, venido en medio de la noche...
Así los perseguía el poderoso átrida Agamenón,
matando sin descanso al último; ellos huían.

En el curso de la tarde Héctor adquiere de nuevo ventaja, retrocede después, luego derrota a los griegos, más tarde es rechazado por Patroclo y sus tropas frescas. Patroclo, persiguiendo sus ventajas más allá de sus fuerzas, termina por encontrarse expuesto, sin armadura y herido, a la espada de Héctor, y al atardecer Héctor victorioso acoge con duras reprimendas el prudente aviso de Polidamas:

"Ahora que he recibido del hijo de Cronos astuto
"la gloria cerca de las naves, haciendo retroceder hasta el mar a los griegos,
"¡imbécil! no propongas consejos tales ante el pueblo.
"Ningún troyano te escuchará; yo no lo permitiré".
Así habló Héctor y los troyanos lo aclamaron...

Al día siguiente Héctor está perdido. Aquiles lo ha hecho retroceder a través de la llanura y va a matarlo. Siempre fue el más fuerte de los dos en el combate; ¡qué ventajas no tendrá ahora después de semanas de reposo, impuestas por la venganza y la victoria, sobre un enemigo agotado! He aquí a Héctor solo ante las murallas de Troya, completamente solo, para esperar la muerte y tratar de que su alma se resuelva a hacerle frente.

¡Ay! Si pasara detrás de la puerta y la muralla,
Polidamas el primero me avergonzaría...
Ahora que perdí los míos por mi locura,
temo a los troyanos y a las troyanas de largos velos
y que no oiga decir a los menos valientes que yo:
"Héctor, confiando demasiado en su fuerza, perdió al país".
No obstante ¿si depusiera mi redondo escudo,
mi buen casco, y apoyando mi lanza en la muralla,
fuera hacia el ilustre Aquiles, a su encuentro? ...
¿Por qué mi corazón me da tales consejos?
No me le acercaré; no tendría piedad
ni consideración; me mataría si estuviera así desnudo,
como a una mujer...

Héctor no escapa a ninguno de los dolores ni de las vergüenzas que corresponden a los desgraciados. Solo, despojado de todo prestigio de fuerza, el coraje que lo ha mantenido fuera de los muros no lo preserva de la huida:

Héctor, viéndolo, fue preso de un temblor. No pudo resolverse a permanecer...
No es por una oveja o por la piel de un buey
que se esfuerzan, recompensas habituales de la carrera;
corren por una vida, la de Héctor domador de caballos.

Herido de muerte, aumenta el triunfo del vencedor con súplicas vanas:
Te imploro por tu vida, por tus rodillas, por tus padres...

Pero los que escuchaban La Ilíada sabían que la muerte de Héctor daría una corta alegría a Aquiles, y la muerte de Aquiles una corta alegría a los troyanos, y la aniquilación de Troya una corta alegría a los aqueos.

Así la violencia aplasta a los que toca. Termina por parecer exterior al que la maneja y al que sufre. Entonces aparece la idea de un destino bajo el cual verdugos y víctimas son igualmente inocentes; vencedores y vencidos, hermanos en la misma miseria. El vencido es causa de desgracia para el vencedor como el vencedor para el vencido.

Un solo hijo le ha nacido, para una corta vida; y todavía
envejece sin mis cuidados, puesto que muy lejos de la patria,
permanezco ante Troya para hacerte mal a ti y a tus hijos.

Un uso moderado de la fuerza, que es lo único que permitirla escapar al engranaje, demandaría una virtud más que humana, y tan rara como el mantenerse digno en la debilidad. Por otra parte, la moderación no carece siempre de peligro; pues el prestigio, que constituye más de las tres cuartas partes de la fuerza, está formado ante todo por la soberbia indiferencia del fuerte por los débiles, indiferencia tan contagiosa que se comunica a aquellos que son su objeto. Pero de ordinario no es el pensamiento político el que aconseja el exceso. En cambio la tentación al exceso es casi irresistible. Palabras razonables se pronuncian a veces en La Ilíada  las de Tersites lo son al más alto grado. Las de Aquiles irritado lo son también:

Nada vale para mí lo que la vida, aun todos los bienes que se dice
que contiene Ilión, la ciudad tan próspera..
Pues se pueden conquistar bueyes, gordos carneros...
Una vida humana, una vez que ha partido, no se reconquista.

Pero las palabras razonables caen en el vacío. Si un inferior la pronuncia es castigado y se calla; si es un jefe, sus actos no se conforman a estas palabras. Y en último caso siempre se encuentra un dios para aconsejar lo irrazonable. Por fin, la idea misma de que se pueda querer escapar a la ocupación asignada por la suerte —la de matar y morir— desaparece del espíritu:

...nosotros a quienes Zeus
desde la juventud ha asignado, hasta la vejez, el penar
en dolorosas guerras, hasta perecer el último.

Ya esos combatientes, como mucho más tarde los de Craonme, se sentían ((todos condenados)).

Cayeron en esa situación mediante la trampa más sencilla. Al partir, su corazón era liviano como siempre que se tiene para sí la fuerza y en contra de sí el vacío. Sus armas están en sus manos; el enemigo, ausente. Excepto cuando el alma se encuentra abatida por la reputación del enemigo, somos siempre más fuertes que el ausente. Un ausente no impone el yugo de la necesidad. Ninguna necesidad aparece todavía en el espíritu de los que van así, y por eso van siempre como a un juego, como a unas vacaciones que los aparta de las obligaciones diarias.

¿Qué se hicieron nuestras jactancias, cuando nos decíamos tan valientes,
las que a Lemos vanidosamente declamabais,
hartos de carne de bueyes de rectos cuernos,
bebiendo en las copas que desbordaban vino?
Que a cien o doscientos de esos troyanos cada uno
haría frente en el combate; ¡y he aquí que uno solo es demasiado para nosotros!

Pero aun cuando se la ha probado, la guerra no cesa de parecer un juego. La necesidad propia de la guerra es terrible, y muy distinta a la de los trabajos de la paz. El alma no se somete a ella sino cuando no puede escapar, y en tanto escapa pasa días vacíos de necesidad, días de juego, de sueños, arbitrarios e irreales. El peligro es entonces una abstracción, las vidas destruidas son como juguetes que un niño rompe, e igualmente indiferentes, el heroísmo es una actitud teatral manchada por la jactancia. Si además en un instante una afluencia de vida viene a multiplicar la capacidad de obrar, uno se cree irresistible en virtud de una ayuda divina que garantiza contra la derrota y la muerte. La guerra entonces es amada con facilidad y con bajeza.

Pero la mayoría de las veces ese estado no dura. Llega un día en que el miedo, la derrota, la muerte de compañeros queridos, hace que el alma del combatiente se pliegue ante la necesidad. La guerra deja entonces de ser un juego, un sueño; el guerrero comprende por fin que la guerra existe realmente. Es una realidad dura, infinitamente más dura de soportar, porque encierra la muerte. El pensamiento de la muerte no puede sostenerse sino por relámpagos, desde que se siente que la muerte es, en efecto, posible. Es verdad que todos los hombres están destinados a morir y que un soldado puede envejecer en los combates; pero en aquellos cuya alma está sometida al yugo de la guerra, la relación entre la muerte y el porvenir no es igual que en los demás hombres. Para los otros la muerte es un límite impuesto de antemano al porvenir, para ellos es el porvenir mismo, el porvenir asignado a su profesión. Que los hombres tengan por porvenir la muerte es algo contrario a la naturaleza. Desde que la práctica de la guerra hace sensible la posibilidad de muerte que encierra cada minuto, el pensamiento se vuelve incapaz de pasar de un día a otro sin atravesar la imagen de la muerte. Entonces el espíritu posee una tensión que no puede soportarse por mucho tiempo; pero cada alba nueva trae la misma necesidad; los días agregados a los días forman años. El alma sufre violencia todos los días. Cada mañana el alma se mutila de toda aspiración, porque el pensamiento no puede viajar en el tiempo sin pasar por la muerte. Así la guerra borra toda idea de fines, hasta la de los fines de la guerra. Borra el pensamiento mismo de poner fin a la guerra. La posibilidad de una situación tan violenta es inconcebible mientras se está fuera; su fin es inconcebible mientras se está en ella. Así no se hace nada para conseguir ese fin. Los brazos no pueden dejar de sostener y manejar las armas frente a un enemigo armado; el espíritu debería calcular para encontrar una salida, pero ha perdido toda capacidad de calcular en este sentido. Está íntegramente ocupado en hacerse violencia. Siempre entre los hombres, ya se trate de servidumbre o de guerra, las desgracias intolerables duran por su propio peso y así parecen desde afuera fáciles de sobrellevar. Duran porque quitan los recursos necesarios para salir de ellas.

Sin embargo el alma sometida a la guerra clama por su liberación; pero la liberación misma se le aparece bajo una forma trágica, extrema, bajo la forma de destrucción. Un fin moderado, razonable, mostraría desnuda ante el pensamiento una desgracia tan violenta que ni siquiera puede soportarse como recuerdo. El terror, el dolor, el agotamiento, las muertes, los compañeros destruidos, no puede creerse que todas esas cosas cesen de morder el alma si la embriaguez de la fuerza no las ahoga. La idea de que un esfuerzo sin límites no podría producir sino un provecho nulo o limitado hace mal.

¿Qué? ¿Dejaremos a Príamo, a los troyanos, jactarse
de la argiva Helena, por quien tantos griegos
ante Troya han perecido lejos de la tierra natal? ...
¿Qué? ¿Deseas que a la ciudad de Troya de amplias calles,
dejemos, por la que hemos sufrido tantas miserias?

¿Qué importa Helena a Ulises? ¿Qué le importa aun Troya, llena de riquezas que no compensarán la ruina de Itaca? Troya y Helena importan sólo como causas de sangre y lágrimas para los griegos; dominándolas se puede dominar espantosos recuerdos. El alma a quien la existencia de un enemigo ha obligado a destruir lo que en ella habla puesto la naturaleza no cree que pueda curarse sino destruyendo al enemigo. Al mismo tiempo, la muerte de compañeros bien amados suscita una sombría emulación de morir:

¡Ah! ¡morir de inmediato si mi amigo ha debido
sucumbir sin mi ayuda! muy lejos de la patria
ha perecido, y no me tuvo a su lado para apartar la muerte...
Ahora me dirijo al encuentro del asesino de una cabeza tan querida,
Héctor; a la muerte recibiré en el momento en que
Zeus vendrá a cumplirla, y todos los demás dioses.

La misma desesperación entonces empuja a perecer y a matar:

Sé bien que mi destino es perecer aquí,
lejos de mi padre y de mi madre amados, pero mientras tanto
no cesaré hasta que los troyanos se hayan saciado de guerra.

El hombre habitado por esta doble necesidad de muerte pertenece, en tanto no se convierte en otro, a una raza diferente de la raza de los vivos.

¿Qué eco puede encontrar en tales corazones la tímida aspiración a la vida, cuando el vencido suplica que se le permita ver todavía la luz? Ya la posesión de armas por un lado, la privación por el otro, quitan a una vida amenazada toda importancia; y ¿cómo aquel que ha destruido en sí mismo el pensamiento de que ver la luz es dulce podrá respetarlo en esta súplica humilde y vana?

Estoy a tus rodillas, Aquiles, ten consideración de mí, ten piedad;
estoy aquí como un suplicante, oh hijo de Zeus, digno de consideración.
Pues en tu casa el primero he comido el pan de Deméter,
ese día en que me cautivaste en mi vergel bien cultivado.
Y me has vendido, enviándome lejos de mi padre y de los míos,
a Lemos santa; te dieron por mí una hecatombe.
Fui rescatado por tres veces más; esta aurora es para mí
hoy la décima segunda, desde que volví a Ilión,
después de tantos dolores. Heme aquí entre tus manos
por un destino funesto. Debo ser odioso a Zeus padre
que de nuevo me libra a ti; para una breve vida mi madre
me ha hecho nacer, Laothoe, hija del anciano Altos...

¡Qué respuesta recibe esta débil esperanza!

Vamos, amigo, ¡muere tú también! ¿Por qué te quejas así?
Ha muerto también Patroclo que valía mucho más que tú.
Y yo, ¿no ves cómo soy hermoso y grande?
Soy de noble raza, una diosa es mi madre
pero también sobre mí se abaten la muerte y la dura necesidad,
será durante la aurora, por la tarde, o a la mitad del día,
cuando también a mí por las armas me arrancarán la vida...

Es necesario, para respetar la vida de otro cuando se ha debido mutilar en sí mismo toda aspiración a la vida, un esfuerzo de generosidad que rompe el corazón. No se puede suponer a ninguno de los guerreros de Homero capaz de tal esfuerzo, salvo aquel que en cierto modo se encuentra en el centro del poema: Patroclo, que "supo ser dulce con todos", y que en La Ilíada no comete nada brutal ni cruel. Pero, ¿cuántos hombres conocemos, en miles de a˜nos de historia, que hayan dado prueba de una generosidad tan divina? Es dudoso que se puedan nombrar dos o tres. Falto de esta generosidad, el soldado vencedor es como una calamidad natural; poseído por la guerra, como el esclavo, aunque de distinta manera, se ha convertido en una cosa, y las palabras no tienen poder sobre él como no lo tienen sobre la materia. Ambos, al contacto de la fuerza, sufren su infalible efecto, que es transformar a quienes toca en mudos o sordos.

Tal es la naturaleza de la fuerza. El poder que posee de transformar los hombres en cosas es doble y se ejerce en dos sentidos; petrifica diferentemente, pero por igual, a las almas de los que la sufren y de los que la manejan. En las armas esta propiedad alcanza su más alto grado desde el momento en que la batalla se orienta hacia una decisión. Las batallas no se deciden entre hombres que calculan, combinan, toman una resolución y la ejecutan, sino entre hombres despojados de esas facultades, transformados, rebajados al nivel de la materia inerte que no es más que pasividad, o al de las fuerzas ciegas que no es más que impulso. Este es el último secreto de la guerra, y La Ilíada lo expresa por comparaciones, en las que los guerreros parecen semejantes sea al incendio, a la inundación, el viento, a las bestias feroces, a cualquier causa ciega de desastre; sea a animales atemorizados, árboles, agua, arena, todo lo que es movido por la violencia de las fuerzas exteriores. Griegos y troyanos, de un día a otro, a veces de una hora a otra, sufren a su turno una y otra trasmutación:

Como por un león que quiere matar vacas son asaltadas
que en una pradera pantanosa y vasta pacen
por miles...; todas tiemblan; así entonces los aqueos
con pánico fueron puestos en fuga por Héctor y por Zeus padre,
todos...
Como cuando el fuego destructor cae sobre el espesor de un bosque;
por todas partes en remolinos lo lleva el viento; entonces los fustes
arrancados, caen bajo la presión del fuego violento;
así el átrida Agamenón derribaba las cabezas
de los troyanos que huían...

El arte de la guerra no es sino el arte de provocar tales transformaciones, y el material, los procedimientos, la muerte misma infligida al enemigo no son más que medios para ese efecto; su verdadero objeto es el alma misma de los combatientes. Pero estas transformaciones constituyen siempre un misterio, y los dioses son los autores, ellos que conmueven la imaginación de los hombres. Sea lo que fuere, esta doble propiedad de petrificación es esencial a la fuerza, y un alma colocada en contacto con la fuerza sólo escapa por una especie de milagro. Tales milagros son raros y cortos.

La ligereza de los que manejan sin respeto a los hombres y las cosas que tienen o creen tener a su merced, la desesperación que obliga al soldado a destruir, el aplastamiento del esclavo y del vencido, las masacres, todo contribuye a dibujar un cuadro uniforme de horror. La fuerza es el único héroe. El resultado sería una gris monotonía si no hubiera, diseminados aquí y allá, momentos luminosos, momentos breves y divinos en los que los hombres tienen un alma. El alma que se despierta as´ı, en un instante, para perderse pronto bajo el imperio de la fuerza, se despierta pura e intacta; no aparece en ella ningún sentimiento ambiguo, complicado o turbio, sólo el coraje y el amor tienen lugar. A veces un hombre descubre así su alma deliberando consigo mismo, cuando ensaya, como Héctor ante Troya, sin ayuda de los dioses ni de los hombres, enfrentar completamente solo su destino. Los otros momentos en que los hombres descubren su alma son aquellos en que aman; casi ninguna forma pura de amor entre los hombres está ausente de La Ilíada.

La tradición de la hospitalidad, aun después de varias generaciones, triunfa sobre la ceguera del combate:

Así, soy para ti un huésped amado en el seno de Argos...
Evitemos los lances entre nosotros, aun en la confusión del combate.

El amor del hijo por los padres, del padre, de la madre por el hijo, sin cesar aparece indicado en una forma tan breve como conmovedora:

Ella respondió, Tetis, derramando lágrimas:
"Has nacido de mí para una breve vida, hijo mío, como dices..."

Lo mismo el amor fraternal:

Mis tres hermanos, nacidos de una misma madre,
tan queridos...

El amor conyugal, condenado a la desgracia, es de una pureza sorprendente. El esposo, al evocar las humillaciones de la esclavitud que esperan a la mujer amada, omite aquella cuyo solo pensamiento mancharía de antemano su ternura. Nada tan simple como las palabras dirigidas por la esposa al que va a morir:

... Más valdría para mí,
si te pierdo, estar bajo tierra; ya no tendré otro apoyo,
cuando hayas encontrado tu destino,
sino males...

No menos conmovedoras son las palabras dirigidas al esposo muerto:

Mi esposo, has muerto antes de la edad, tan joven; y a mí, tu viuda,
me dejas sola en la casa; nuestro hijo muy pequeño
que tuvimos tú y yo, desdichado. Y pienso que
jamás será grande
............
Pues no has muerto en tu lecho tendiéndome las manos,
no has dicho una sabia palabra, para que siempre
piense en ella día y noche derramando lágrimas.

La amistad más hermosa, la de los compañeros de combate, es el tema de los últimos cantos:

... Pero Aquiles
lloraba, pensando en su compañero bienamado; el sueño
no lo tomó, que aquieta todo; y daba vueltas de aquí para allá.

Pero el triunfo más puro del amor, la gracia suprema de las guerras, es la amistad que sube al corazón de los enemigos mortales. Hace desaparecer la sed de venganza por el hijo muerto, por el amigo muerto, borra por un milagro aun mayor la distancia entre bienhechor y suplicante, entre vencedor y vencido:

Pero cuando el deseo de beber y comer se hubo aplacado,
entonces el dárdano Príamo se puso a admirar a Aquiles,
qué bello y grande era; tenía el rostro de un dios.
Y a su vez el dárdano Príamo fue admirado por Aquiles
que contemplaba su hermoso rostro y escuchaba sus palabras.
Y cuando se saciaron de contemplarse uno al otro...

Esos momentos de gracia son raros en La Ilíada  pero bastan para hacer sentir una aguda nostalgia hacia todo aquello que la fuerza hace y hará perecer.

Sin embargo una tal acumulación de violencias sería fría sin un acento de incurable amargura que se hace sentir continuamente, aunque indicado a menudo por una sola palabra, a menudo hasta por el corte de un verso, por una transposición. Así La Ilíada es algo único, por ese sabor amargo que procede de la ternura y que se extiende a todos los humanos, como la claridad del sol. Jamás el tono deja de estar impregnado de amargura, pero jamás se rebaja a la queja. La justicia y el amor que casi no pueden tener cabida en este cuadro de extremas e injustas violencias, lo bañan con su luz que sólo se deja sentir en el acento. Nada precioso, perecedero o no, es despreciado, la miseria de todos es expuesta sin disimulo ni desdén, ningún hombre está colocado por encima o por debajo de la condición común a todos los hombres, todo lo que se destruye es lamentado. Vencedores y vencidos están igualmente próximos, son con el mismo derecho los semejantes del poeta y del oyente. Si hay alguna diferencia, es que la desgracia de los enemigos se siente tal vez con más dolor.

Así cayó, adormecido por un sueño de bronce,
el desgraciado, lejos de su esposa, defendiendo a los suyos...

¡Qué acento para evocar la suerte del adolescente vendido por Aquiles en Lemos!

Once días se regocijó su corazón entre los que amaba,
volviendo de Lemos; el décimo segundo
de nuevo en las manos de Aquiles Dios lo ha librado, él que debía
enviarlo al Hades, aunque no quisiera partir.

Y la suerte de Euforbo, el que no vio más que un solo día de guerra:

La sangre empapó sus cabellos a los de las Gracias semejantes ...

Cuando se llora a Héctor:

... guardián de las esposas castas y de los hijos pequeños

esas palabras son suficientes para mostrar la castidad manchada por la fuerza y los niños librados a las armas. La fuente a la puertas de Troya se convierte en un objeto de aguda nostalgia, cuando Héctor la pasa corriendo para salvar su vida condenada:

Allí se encontraban amplios lavaderos, muy cerca,
hermosos, de piedra, donde los vestidos resplandecientes
eran lavados por las mujeres de Troya y por las muchachas tan bellas,
hace tiempo, durante la paz, antes que vinieran los aqueos.
Por allí corrieron, huyendo, y el otro detrás persiguiendo...

Toda La Ilíada está a la sombra de la desgracia mayor que exista entre los hombres, la destrucción de una ciudad. Esta desgracia no aparecería más desgarradora si el poeta hubiera nacido en Troya. Pero no es diferente el tono cuando se trata de los aqueos que perecen lejos de su patria.

Las breves evocaciones del mundo de la paz hacen daño, de tal manera esa otra vida, la vida de los vivientes, aparece tranquila y plena:

Mientras duró la aurora y subió el día,
de ambos lados hirieron las flechas y los hombres cayeron.
Pero a la misma hora en que el leñador va a preparar su comida
en los valles de las montañas, cuando sus brazos están cansados
de cortar los grandes árboles, y una fatiga se apodera del corazón
y el deseo del dulce alimento aparece en sus entrañas
a esta hora, por su valor, los dánaos rompieron el frente.

Todo lo que está ausente de la guerra, todo lo que la guerra destruye o amenaza está envuelto de poesía en La Ilíada; los hechos guerreros, jamás. El paso de la vida a la muerte no está velado por ninguna reticencia:

Entonces saltaron sus dientes; vino por ambos lados
la sangre a sus ojos; la sangre que por labios y narices derramaba,
la boca abierta; la muerte con su negra nube lo envolvió.

La fría brutalidad de los hechos de guerra no aparece disfrazada con nada, porque ni vencedores ni vencidos son admirados, despreciados u odiados. El destino y los dioses deciden casi siempre la suerte variable de los combatientes. En los limites asignados por el destino, los dioses disponen soberanamente de la victoria y la derrota; son ellos los que siempre provocan las locuras y las traiciones, impiden la paz; la guerra es su asunto propio y no tienen otros móviles que el capricho y la malicia. En cuanto a los guerreros, las comparaciones que los muestran, vencedores o vencidos, como bestias o cosas, no pueden suscitar admiración ni desprecio, sino únicamente pena de que los hombres puedan ser así transformados.

La extraordinaria equidad que inspira La Ilíada quizá tiene ejemplos desconocidos en nosotros, pero no tuvo imitadores. Apenas si se advierte que el poeta es griego y no troyano. El tono del poema parece dar testimonio directo sobre el origen de sus partes más antiguas; la historia tal vez no nos dará nunca más claridad al respecto. Si creemos con Tucídides que, ochenta años después de la destrucción de Troya, los aqueos, a su vez, sufrieron una conquista, se puede preguntar si estos cantos, donde raramente se nombra al hierro, no son los cantos de esos vencidos algunos de los cuales quizá se exiliaron. Obligados a vivir y morir "muy lejos de su patria" como los griegos caídos ante Troya, habiendo perdido como los troyanos sus ciudades, se encontraban a sí mismos tanto en los vencedores que eran sus padres, como en los vencidos cuya miseria se asemejaba a la suya; la verdad de esta guerra todavía próxima podía aparecerles a través de los años sin estar velada por la embriaguez del orgullo ni por la humillación. Podían imaginársela a la vez como vencidos y vencedores, conociendo así lo que jamás vencedores ni vencidos conocieron, cegados unos y otros. Todo esto no es más que un sueño; casi no se puede sino soñar con respecto a tiempos tan lejanos.

Sea como fuere, este poema es algo milagroso. La amargura se posa sobre la única causa justa de amargura, la subordinación del alma humana a la fuerza, es decir, al fin de cuentas, a la materia. Esta subordinación es igual para todos los mortales, aunque el alma la lleva diferentemente según el grado de virtud. Nadie en La Ilíada se substrae a ella, como nadie se substrae en la tierra. Ninguno de los que sucumben es despreciado por eso. Todo lo que, en el interior del alma y en las relaciones humanas, escapa al imperio de la fuerza, es amado, pero amado dolorosamente por el peligro de destrucción continuamente suspendido. Tal es el espíritu de la única epopeya verdadera que posee Occidente. La Odisea parece como si fuera una excelente imitación a veces de La Ilíada  a veces de poemas orientales; La Eneida es una imitación que, por más brillante que sea, está afeada por la frialdad, la declamación y el mal gusto. Las canciones de gesta no supieron alcanzar esta grandeza por falta de equidad; la muerte de un enemigo no impresiona al autor y al lector de la Chanson de Roland como la muerte de Rolando.

La tragedia antigua, al menos la de Esquilo y Sófocles, es la verdadera continuación de la epopeya. El pensamiento de la justicia la ilumina sin intervenir jamás; la fuerza aparece en su fría dureza, siempre acompañada de efectos funestos a los cuales no escapan ni el que la emplea ni el que la sufre; la humillación del alma bajo la necesidad no se disfraza, ni se envuelve de una piedad fácil, ni se propone al desprecio; más de un ser herido por la desgracia se ofrece a la admiración. El Evangelio es la última y maravillosa expresión del genio griego así como La Ilíada es la primera; el espíritu de Grecia se deja ver no sólo en el hecho de que todo nos ordena buscar, excluyendo todo otro bien, "El reino de Dios y la justicia de nuestro Padre celestial", sino también en su exposición de la miseria humana, y de la miseria en un ser divino al mismo tiempo que humano. Los relatos de la Pasión muestran que un espíritu divino unido a la carne es alterado por la desgracia, tiembla ante el sufrimiento y la muerte, se siente, en el fondo de su desamparo, separado de los hombres y de Dios. El sentimiento de la miseria humana le da ese acento de sencillez que es la marca del genio griego y que constituye todo el valor de la tragedia ática y de La Ilíada  Ciertas palabras tienen un sonido extrañamente cercano al de la epopeya, y el adolescente troyano enviado al Hades, aunque no quería partir, viene a la memoria cuando Cristo dice a Pedro: "Otro te ceñirá y te llevará a donde no quieres ir". Este acento no es separable del pensamiento que inspira el Evangelio; pues el sentimiento de la miseria humana es una condición de la justicia y del amor. El que ignora hasta qué punto la fortuna variable y la necesidad tienen a cualquier alma humana bajo su dependencia no puede mirar como semejantes y amar como a sí mismo a aquellos a quienes la suerte los ha separado de él por un abismo. La diversidad de las presiones que pesan sobre los hombres origina la ilusión de que hay entre ellos dos especies distintas que no se pueden comunicar.

No es posible amar y ser justo si no se conoce el imperio de la fuerza y no se sabe respetarlo.

Las relaciones del alma humana y el destino, la medida en que cada alma modela su propia suerte, lo que una implacable necesidad transforma en un alma cualquiera conforme a su suerte variable, lo que por efecto de la virtud y de la gracia puede permanecer intacto, es una materia donde la mentira resulta fácil y seductora. El orgullo, la humillación, el odio, el desprecio, la indiferencia, el deseo de olvidar o ignorar, todo contribuye a esta tentación. En particular, nada es más raro que una justa expresión de desgracia; al pintarla, casi siempre se finge creer o que la degradación es una vocación innata del desgraciado, o que un alma puede soportar la desgracia sin recibir su marca, sin que cambien todos los pensamientos de una manera que sólo le pertenece. Los griegos, casi siempre, tuvieron la fuerza espiritual que permite no mentirse; fueron recompensados por ello y supieron alcanzar en todas las cosas el más alto grado de lucidez, pureza y simplicidad. Pero el espíritu que se transmite de La Ilíada al Evangelio pasando por los pensadores y los poetas trágicos, casi no ha franqueado los limites de la civilización griega, y desde que Grecia fue destruida no quedan más que reflejos.

Romanos y hebreos se creyeron ambos substraídos a la común miseria humana, los primeros en tanto nación elegida por el destino para ser dueña del mundo, los segundos por favor de su Dios y en la medida exacta en que lo obedecían.

Los romanos despreciaban a los extranjeros, a los enemigos, a los vencidos, a sus súbditos, a sus esclavos; así no tuvieron ni epopeyas ni tragedias. Reemplazaban las tragedias por los juegos de gladiadores. Los hebreos veían en la desgracia el signo del pecado y por ende un legítimo motivo de desprecio. Consideraban a sus enemigos vencidos como horribles ante Dios mismo y condenados a expiar crímenes, lo que permitía la crueldad y hasta la hacía indispensable. Por eso ningún texto del Antiguo Testamento tiene un tono parecido al de la epopeya griega, salvo quizá ciertas partes del poema de Job. Romanos y hebreos han sido admirados, leídos, imitados en actos y palabras, citados siempre que hubo necesidad de justificar un crimen, durante veinte siglos de cristianismo.

Además el espíritu del Evangelio no se transmitió puro a través de las sucesivas generaciones de cristianos. Desde los primeros tiempos se creyó ver un signo de la gracia en los mártires, en el hecho de soportar con alegría los sufrimientos y la muerte, como si los efectos de la gracia pudieran ir más lejos en los hombres que en Cristo. Los que piensan que Dios mismo, una vez que se hizo hombre, no pudo tener ante sus ojos el rigor del destino sin temblar de angustia, hubieran debido comprender que sólo se pueden elevar aparentemente sobre la miseria humana los hombres que disfrazan el rigor del destino ante sus propios ojos con la ayuda de la ilusión, la embriaguez o el fanatismo. El hombre que no está protegido por la armadura de una mentira no puede sufrir la fuerza sin ser alcanzado hasta el alma. La gracia puede impedir que esta herida lo corrompa pero no puede impedir la herida. Por haberlo olvidado demasiado la tradición cristiana no ha sabido reencontrar sino muy raramente la simplicidad que hace punzante cada frase de los relatos de la Pasión.

Por otra parte, la costumbre de convertir mediante la coacción ha velado los efectos de la fuerza sobre el alma de los que la manejan.

A pesar de la corta embriaguez producida en el Renacimiento por el descubrimiento de las letras griegas, el genio de Grecia no ha resucitado en el curso de veinte siglos. Algo aparece en Villon, Shakespeare, Cervantes, Moliére, y una vez en Racine. La miseria humana es puesta al desnudo a propósito del amor en L’Ecole de Femmes, en Phedre; extraño siglo, por otra parte, en el cual, al contrario de la edad épica, sólo podía percibirse la miseria humana en el amor, mientras que los efectos de la fuerza en la guerra y en la política debían siempre estar envueltos de gloria. Quizá podrían citarse otros nombres. Pero nada de lo que han producido los pueblos de Europa vale lo que el primer poema conocido que haya aparecido en uno de ellos. Reconquistarán quizá el genio épico cuando sepan que no hay que creer nada al abrigo de la suerte, no admirar jamás la fuerza, no odiar a los enemigos ni despreciar a los desgraciados. Es dudoso que esto ocurra pronto.


Traducción: María Eugenia Valentié
Universidad Nacional de Colombia 
Bogotá 2004


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