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lunes, 29 de diciembre de 2014

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Saludos.

domingo, 28 de diciembre de 2014

El encabezado original del artìculo que sigue de Antonio...


SOBRE LA POESÍA DE NUNO JÚDICE, Antonio Carlos Cortez


António Carlos Cortez

Nuno Júdice (1949) es, en el actual panorama de la poesía portuguesa, uno de los poetas cuya obra ha recibido la atención generalizada de la crítica y del quehacer ensayístico especializado. Las más diversas distinciones, con particular énfasis en algunos premios nacionales e internacionales, nombremos el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana con que fue distinguido en 2013, así como tesis de doctorado sobre su obra poética, pero también ficcional, señalan el lugar central de la obra literaria del autor en nuestra contemporaneidad.*

En efecto, ese reconocimiento nacional e internacional se debe no sólo a la exigencia y originalidad de su oficio, sino también al hecho de que Nuno Júdice es, a todas luces, un destacado intelectual. Y el término “intelectual” no es, en este contexto, de menor valía, dado que es en el cruzamiento entre meditación teórica y necesidad de liberar el proceso poético de su intrínseca tendencia a auto-explicitarse que vive mucha de su escritura. En los propios términos en que se presenta, esta es una obra marcadamente meta-literaria, aprovechándose, con frecuencia, de conceptos operativos provenientes de la teoría para, de cierto modo, poner en duda o subvertir esos mismos conceptos. Ya que es por dentro del propio cuerpo de la teoría que su lírica pretende mostrar al lector los modos de construcción de su hacer, ya que su estilo, ora congrega parodia y humor acerca de la institución Literatura, ora se sumerge fundamentalmente en las tensiones y contradicciones humanas, apartándose, o suspendiendo, en un mismo libro, lo que es del orden de la reflexión sobre las artes, para así aproximarse a lo que es del orden de lo circunstancial y de lo inmediato. Los poemas de Júdice oscilan, entonces, entre el poema largo y otros textos más condensados, como si la propia elaboración del lenguaje obedeciese a regímenes que se van adecuando a las varias voces textuales, conforme estén en concordancia con la explicación de la teoría sobre el poema, o la ironía, tanto que analítica, poetización del mundo sin necesidad de teoría.

Desde este punto de vista, la obra de Nuno Júdice prolonga una de las conquistas pessoanas de mayor relieve: la conciliación entre un cierto espíritu científico, anclado en una fuerte conciencia poemática, y lo que, por medio de la ironía como estrategia discursiva, acaba por transformar ese deseo de cientificidad del poema en enigma a revelar. Prueba de eso es el modo en que se difuminan las fronteras entre el lirismo y lo narrativo, en un hacer lúdico constante entre formas, como desafiando siempre los límites de los que la propia teoría se alimenta para poder ser ciencia. Se diría, pues, que hay una especie de constante en los libros de Nuno Júdice: si es verdad que estamos frente a un poeta culto (e hijo de la teoría y de la historicidad literaria), no es menos cierto que su mirada asume el legado de Caeiro, en un deseo de retorno a una esencialidad que el lenguaje, por exceso de cultura, ya no puede tener. La resolución del misterio de la escritura exige, en este sentido, que el poema sea el constante desmontar, o develar de su modo de producción. El poema es ese perímetro, o esa ecuación que se presenta con las siguientes premisas: “Todo es poner la mayor relación posible” y escribir es saturar el espacio mnemónico de la página-poema-historia, o de la página-teoría-memoria. El poeta es esa figura de un alguien que, consciente de las voces interiores, trabaja sobre la página “en blanco de un lado a otro” teniendo la conciencia de que escribir poesía es explorar “todas las posibilidades” de “ordenar” esa página “en pleno corazón del verso”.

En su primer libro, A Noção do Poema (1972), el poeta no ignoraba la propia naturaleza de las palabras, “recurso contra la totalidad del ser”, pero dudaba de esas palabras y de su poder (“Aunque yo pudiese proseguir/ con este análisis, me faltaría la respuesta,/ o sea la demostración”), gesto pleno de resonancias en un momento en que, en la resaca de la poética de la década anterior, la palabra era aún como el centro polarizador de todo el discurso. Escribía, en 1972: el poeta “no oscil[a] en el eje abstracto de los pensamientos y de las emociones…”**, definiendo, de esta manera, el camino otro de la contemporaneidad que toda su obra posterior habría de seguir.


Foto: commons.wikimedia.org
En efecto, lejos de la poesía social, equidistante con relación al surrealismo, crítico con respecto a los triunfos y caídas de la moda textual, el autor de Meditação sobre Ruinas(1995) proclamaba, en los años setenta, una teoría de la poesía centrada en la atención, o en las formas de atención, por medio de las cuales, el textualismo triunfante era como minado o puesto en duda. Se alteraban, por tanto, los términos de la ecuación poética en Portugal: apostando abiertamente en el poema como acto de contar “el contagio temporal del poema” y reaccionando contra “el impulso ártico de la nominación”, lo que Júdice funda en la poesía portuguesa a partir de los años setenta es la “descripción púrpura de una flor liberadora”, no cediendo a la idea de la poesía como cosa hermética, o dependiente, sólo, de una “estrategia de la depuración”. No se dejaba, por lo tanto, espacio para hesitaciones: sus libros se levantaban contra la “oblicuidad porosa de la prosodia” y defendían la “extensa nomenclatura de la imagen”, poniendo de lado “el estuario reversible de la metáfora”. Precisamente por eso, por haber abierto la poesía portuguesa a un modelo de narratividad que hasta hoy no cesa de renovarse (poetas de generaciones posteriores deben mucho a esa deflagración narrativa dentro del lirismo), es que muchos críticos no dudan en colocar el nombre de Júdice en el epicentro de una renovación estético-ideológica que se da justamente en los años setenta en adelante y se prolonga hasta hoy.

En las décadas siguientes, busca una expresión más breve, como si a las imágenes extensivas o amplias les sucediesen imágenes cada vez más incisivas y lapidarias. En A Partilha dos Mitos (1982) y Lira de Liquen (1985), y por oposición a lo que leíamos en As Inumeráveis Águas (1974) o Nos Braços da Exígua Luz (1976), por ejemplo, se refrena la hiperbolización, con el tono de manifiesto vanguardista evidente en sus primeros poemas. Igualmente el pathos de matriz romántica o el diálogo con el simbolismo (Mallarmé y Pessanha) va a dar lugar a aquello que podríamos ver como apertura del poema al mundo terreno. Sumergirse en el poema (o enterrarse en él) a partir de volúmenes como Um Canto na Espessura do Tempo (1992) o O Movimento do Mundo (1996), es ir al caos primordial, aceptar el desafío de construir un mundo poético según “un orden diverso a los elementos que la tradición [le] legó”. La poesía como puente del conocimiento implicará mostrar “la particular manifestación de la locura/ que imprime un ánimo profundo a las palabras/ devolviéndoles, en un extraño brillo, su significación/ primera”, como, además, premonitoriamente escribía en versos iniciales.

Libros publicados desde los años noventa hasta 2014, como su más reciente título, O Fruto da Gramática (Dom Quiote), son, en el fondo, secuencias totalmente coherentes con un pasado poético programado sin fisuras y absolutamente conciso. El efecto de constancia sólo agudiza la extrema originalidad de un recurso preñado de palabras que esconden atajos que jamás pensamos recorrer. Con razón aplicó Pedro Serra la metáfora de “caja negra” a los textos judicianos, precisamente porque el poema se vuelve, cada vez más, un aparato específico, un momento en que el poeta, manipulador del lenguaje y de la historia, domina y es dominado por el poema en su proceso mismo. Al pretender develar la complejidad de la creación poética, sea en el diálogo con la pintura o la música, sea en la observación de algo real cotidiano agotado en su deriva, lo que el autor de A Matéria do Poema (2008) viene a decirnos es que hay un anacronismo esencial al propio acto de escritura de la poesía. No creo que podamos disociar ese anacronismo de la ironía y de la melancolía de nuestro propio tiempo. La creación poética se dirige contra el tiempo y está, de algún modo, fuera de él. Es por eso mismo “meditación sobre ruinas”.

Hay un poema que siempre me causó la más profunda inquietud: “Teoría del Poema”, incluido en A Condescendência do Ser (1988). Ahí se cuestionaba, por intrincados versos, si la poesía podía ser materia de conocimiento. Se afirmaba sobre el proceso creativo y la producción de las imágenes: “No se puede, en rigor, hablar de/ conocimiento, de comprensión de un objeto/ específico. Vemos la luz sin fijar la fuente/ nos bañamos en el agua sin tocar el fondo.” Son versos poderosísimos, una forma de decir la vida del lenguaje con que somos humanos. Es de esa poesía interrogante de lo humano de la que, a fin de cuentas, nos habla toda la obra de Nuno Júdice, porque, como a Terencio, nada de lo humano le es ajeno.
*Sin olvidar las traducciones de diversos libros de poesía, hoy incluidos en el catálogo de prestigiadas editoriales extranjeras, como son la colección española de poesía Visor, o la francesa Gallimard, por no hablar de traducciones de poemas suyos vertidos a lenguas como el albanés o el vietnamita, que confirman que la obra de Nuno Júdice ocupa un lugar de privilegio en el cuadro general de la contemporaneidad poética portuguesa y europea.
**Seguimos la edición de Poesia Reunida1967-2000, Lisboa, Dom Quixote, p.151.
Traducción de José Javier Villarreal

TRADUCCIÓN POÉTICA Y NUNO JÚDICE, Blanca Luz Pulido


Blanca Luz Pulido
En el mundo de la traducción poética, las variaciones, aproximaciones, ensayos y errores, calificaciones y descalificaciones abundan. Hay multitud de teorías y de ensayos; unos, detallados y profundos; otros más, empíricos y anecdóticos. La traducción poética se ha visto como necesaria, como innecesaria, como traidora, como iluminadora. T. S. Eliot, Valéry, George Steiner, Umberto Eco, Georges Mounin, Walter Benjamin, Jakobson, y entre nosotros, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Federico Patán, Tomás Segovia, Marco Antonio Campos y muchos otros más se han ocupado, tanto desde la perspectiva teórica como desde la arena de la práctica, de la compleja labor de la traducción de poesía.

Afirma Héctor a. Murena, en Visiones de Babel: “Traducir: transducere, llevar más allá. Llevar algo más allá de sí. Convertir una cosa en otra. Pero convertirla a fin de que sea más plenamente lo que era, es. Se traduce un libro de un idioma a otro, y para quien ignoraba el idioma original el libro, siendo el mismo, sólo ahora pasa a existir de verdad.”

En la traducción de poesía, en especial, el traductor prácticamente es el encargado de crear en su lengua un nuevo poema, equivalente (mutatis mutandis) al traducido. El traductor, así, pasa a ser una especie de alquimista, que realiza la transfiguración de un poema en otro.

Una fuente importante de ideas sobre este “traspaso” lingüístico ha surgido precisamente de la pluma de los poetas traductores, pues nadie como ellos conoce los detalles, los pliegues, las aristas de esa labor, que tiene un pie en el deseo de trasladar el sentido del poema lo más fielmente posible, y otro en la necesidad de restituir también algo de los otros aspectos que atraviesan o completan el sentido, como la sonoridad y la textura rítmica de los versos.

Nuno Júdice, traductor él mismo de varios idiomas al portugués, ha vertido en la parte final de su libro de ensayos Las máscaras del poema, en el apartado “Poesía y traducción”, varios textos sobre este asunto. Me detendré en el primero de ellos, llamado “Traducir poesía”.


Los dos niveles de la construcción del poema

El primer problema que enfrenta el traductor, afirma Júdice, es la dificultad de separar el nivel del sentido del nivel del sonido en el poema original, dado que ambos están inextricablemente unidos en éste. Señala:
La especificidad del poema reside en su lenguaje, es decir, en el nivel trans-semántico, en donde el dominio que el poeta tiene sobre el sonido y las imágenes del poema hacen de éste un objeto único e irrepetible, por estar estrechamente ligado al universo que le da forma, es decir, la lengua original en la que el poeta escribe.
Desde el punto de vista teórico, ésta es la gran dificultad que enfrenta el traductor de poesía. De hecho, la traducción de poesía separa irremisiblemente las dos entidades que son indisociables para la creación del poema: el nivel fónico y el nivel sémico, dado que no es posible transportar a la lengua de llegada la música, las aliteraciones, los juegos sonoros que son fundamentales en la creación del poema. Lo único que se transporta es el sentido, o, cuando más, se logra dar un efecto aproximado de la música del poema, ya que una traducción no puede aspirar a transmitir ese nivel con fidelidad.
¿Entonces, ese obstáculo que se presenta al traductor desde un principio, impedirá su intento? Definitivamente no, no es eso lo que se plantea. El traductor deberá tomar siempre como base el sentido del poema, pero tratando, a la vez, de que el nivel musical y rítmico no se pierdan del todo, haciendo trasposiciones, buscando equivalencias, etcétera. En una entrevista realizada a Júdice en España, Ángel Manuel Gómez le pregunta por qué los poetas portugueses actuales no son más conocidos en el ámbito español (y bien podríamos decir, también en México y en Latinoamérica). Y la respuesta fue: “La dificultad, en primer lugar [es] de la traducción. Traducir poesía no es lo mismo que traducir ficción. […], en la poesía el traductor tiene que hallar la sensibilidad del lenguaje, la música, para que el poema pase por español y pueda ser leído por el lector español como si fuese un objeto poético, y así permitirle sentir lo que transporta la propia poesía, que es, al fin y al cabo, musicalidad, ritmo.”


Traducción literal y traducción poética

Planteado este aspecto esencial del problema, Júdice señala dos posibilidades que, en principio, se ofrecen al traductor: ser fiel sobre todo al sentido del poema, lo que resulta en una versión más literal, o “confiar más en la fidelidad al poema (a su totalidad sentido-sonido)”, que es la que suelen elegir, afirma, los poetas-traductores, en oposición a los traductores más académicos o escolares, que se inclinan por la primera opción. Y después de este planteamiento, se encuentra, a mi parecer, la idea más interesante de este ensayo: la refutación del famoso adagio traduttoretraditore.

El legendario motto: “traductor, traidor” nos ha creado, a los practicantes de este nada sencillo arte, una aureola de sospecha, como si a las vicisitudes propias del caso fuera necesario agregar, además, un descrédito a prioripor el cual cargamos las culpas de todas las malas traducciones que en el mundo han sido. En realidad, un poema que se transporta a otro idioma requiere de complejas operaciones de alejamiento y de acercamiento, es decir: nos alejamos de la letra del original para acercarnos mejor a su espíritu, a su sentido profundo, ése que va más allá de las palabras concretas que lo expresan, pues reside en la combinación entre ellas y los efectos y sugerencias que el poema, en su totalidad, origina. Afirma Júdice:
En poesía […] no tiene mucho sentido el asunto de traduttore/traditore: la traducción, para ser fiel, implica necesariamente la traición. Y no es necesario tener un dominio absoluto de la teoría de la traducción: existe un alto grado de intuición y de empirismo en el trabajo de traducir poesía, que se relaciona con la conciencia lingüística del traductor.[…] No estamos ante un proceso pasivo, en que basta aplicar un esquema léxico para trasladar un texto de una lengua a otra. Cada palabra, expresión, verso o estrofa van a desencadenar reacciones que ocasionan respuestas diferentes, según la subjetividad del sujeto/traductor, en el sentido de encontrar soluciones para un mismo texto original, que serán muy distintas en diversas épocas y para otro tipo de traductores.


La traducción: viaje retroactivo
y al interior de las lenguas

Una traducción nos remite siempre al texto original, al poema en que se basa. Por más afortunada que sea, y aunque funcione con autonomía del texto fuente, tiene que contener sus marcas significantes y de sentido, pues no olvidemos que una traducción “es, finalmente, una transformación/recreación del texto original”. Y ésta es una de las grandes aristas del proceso: si quedan muchas “marcas” del poema original, el resultado no se dejará leer con fluidez ni naturalidad; mas, por otro lado, el traductor tampoco debe “apropiarse” del poema ajeno y olvidar que el sentido de la traducción es siempre retroactivo, como bien señala Júdice, es decir, que no es posible leer ésta como si fuera un poema original, pues la “lengua del traductor” será siempre un intermediario entre el lenguaje del poema que se traduce (donde significado y significante están plenamente unidos) y el poema traducido, que debe desdoblar, digamos, la forma y el contenido del original y dar una mayor importancia a la dimensión semántica, por encima del nivel de la forma.

Por todo ello, y para no olvidar nunca esa realidad lingüística de la que parte el poema traducido, nunca se subrayará lo suficiente la importancia de, en las ediciones de obras poéticas traducidas, incluir la versión en el idioma de origen.


Homologación: palabra clave

El equilibrio, así, para lograr una traducción que no sea ni completamente literal que se vuelva ilegible o simplemente aburrida, ni tan interpretativa e independiente que corte las amarras con el poema que pretende trasladar, depende de la capacidad del traductor de atraer hacia su lengua el poema fuente con fortuna y tino, realizando una atinada homologación:
La traducción deberá tener como objetivo la creación de una realidad textual homóloga de un texto existente en otra lengua, tanto en el plano de sus características formales como en el de los efectos que produce.

DOS POEMAS INÉDITOS DE NUNO JÚDICE, Marco Antonio Campos


 La Jornada Semanal
 
Dos poemas inéditos
Nuno Júdice
Presentación
Reservado, casi silencioso, hombre que no suele opinar a menos que se le pregunte, Nuno Júdice, sin embargo, parece mirar con viveza todas las cosas del mundo, las cuales guarda detalladamente en la memoria, para luego, a la hora de escribir el poema, saber con toda conciencia el asunto a tratarse, desarrollarlo y terminar llevando a cabo una pieza distinta, irrepetible. En buena parte de su obra poética es dable seguir su mirada irónica y melancólica. Para esta entrega se invitó a varios autores que son a la vez poetas y ensayistas notables: tres españoles (Luis García Montero, Jenaro Talens y Luis María Marina), un portugués (António Carlos Cortez) y una mexicana (Blanca Luz Pulido). En estos breves ensayos totalmente inéditos se analizan perfiles característicos de la poesía de Júdice: su lugar en la poesía portuguesa, su originalidad creativa, su narratividad, sus temas recurrentes, su poética de la traducción y rápidos rasgos de su personalidad. Por demás, debe señalarse que Talens, Marina y Blanca Luz son traductores de libros de Júdice. Agradezco mucho a Hugo Gutiérrez Vega que me haya propuesto reunir los trabajos críticos de este dossier de un poeta a quien tanto admiro y un amigo al que tanto aprecio.
Marco Antonio Campos
Retrato con modelo
Te veo asomar a la veranda, regar las flores
nacidas de semillas que plantaste en la primavera,
mirar distraída hacia el tráfico, bajo los árboles
que perdieron hojas y fuerza, y concentro
mi atención en tus ojos. Pasan
por ellos versos antiguos, un candelabro
de sextinas y las rimas paralelas de un mar
que se oscureció con el moho de siglos; pero
en su fondo veo la llama del amor que
incendia la tarde. Y te pido que entres,
mientras las horas avanzan y el día parece
no tener fin: para que cierres los ojos y
yo tenga la imagen de tu rostro en el perfil
de la estrofa, su alegría tierna y feroz, y
la inquieta y simple forma de tu cuerpo.
El tiempo que pasa
Un día, tal como este día en que la primavera nació
de súbito por entre los campos sedientos de luz, algo
surgió en el corazón, si aún se puede hablar así del punto
en que el sentimiento se junta con el impulso de la vida. “Amé
como nunca amé antes”, escribió en el papel que
el tiempo iría a destruir; y también ese sentimiento
se diluyó en las muchas primaveras que siguieron a aquella,
y en los inviernos que de nuevo marchitaron los amores
y las imágenes que ocupaban el corazón y los ojos. “Así”,
escribió, “el tiempo va llevando como un río los destrozos
del alma, y en breve llegarán al océano del olvido,
para que ya no atormenten a quien amó.” Pero no vio
el rostro que un día emergiera de la negra sensación del fin,
ni oyó la voz que lo llamó del centro del vacío,
para que ningún otro día tuviese el mismo color de ceniza
de los días antiguos. A pesar de todo, sintió que
volvía a vivir; y sus manos ganaron fuerza para
tomar el cuaderno donde había juntado todas las palabras del amor,
y leyó lo que había escrito con la lentitud de quien recuerda. Ah,
como si las aves antiguamente aún supiesen el camino
de regreso, y las ramas del árbol que abrigó a los amantes
no estuviesen secas hace ya mucho. Dicho esto, volvió a cerrar
el cuaderno y esperó, delante del campo cubierto de niebla,
que el sol de la mañana trajese una ilusión de primavera
a su vida, y un nuevo sentimiento al corazón.
Versiones de Marco Antonio Campos y Rodolfo Mata

sábado, 27 de diciembre de 2014

ENTREVISTA CON MARISA TREJO SIRVENT, Galvarino Orellana (Publicado en Liberación de Suecia)

Así nuestra entrevistada refleja sus convicciones  políticas. «Pero no tiene que escribir solamente de política. Su compromiso político como ciudadano de un país, como ciudadano del mundo, eso es ineludible, eso es imprescindible. Siempre es algo que deberían tener todos los seres humanos», dijo.
Esta semana damos a conocer a una poetisa Mexicana que conocí el año 2009 en Chile, en el Encuentro de Poetas del Mundo. Luego en el 2010 nos encontramos en España, cuando asistí al Centenario de Miguel Hernández, para luego ser invitado por ella al VII Encuentro de Escritores e Investigadores, realizado en Chiapas. Me refiero a Marisa Trejo Sirvent, profesora universitaria, quien nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 1956. Marisa es  Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Chiapas. Se tituló en el Instituto de Estudios Universitarios de Maestra en Ciencias de la Educación y Doctora en Educación. Además es poeta, cuentista, ensayista y escribe artículos perio-dísticos y crítica literaria.
Ha publicado su poesía y es autora de una centena de artículos en revistas literarias, educativas y culturales del ámbito nacional e internacional. Su poesía ha sido traducida al francés e incluida en veinte antologías, doce de ellas internacionales, entre ellas, la antología bilingüe Poetes de Chiapas (Editorial Caracteres, París, 1997, 2008) realizada por Claude Couffon. Ha sido Jurado en certámenes nacionales e internacionales de poesía. Creadora con trayectoria del Sistema Estatal de Creadores.
Ha participado en congresos, festivales y encuentros nacionales e internacionales de literatura y educación. Ha publicado seis poemarios, cuatro libros de ensayos y cuatro libros académicos. Es Miembro Asociado de Prometo de Poesía (Madrid, España), Miembro del Ateneo de Ciencias y Artes de Chia-pas, Coordinadora del Proyecto Inter-nacional Cultural Sur (en Chiapas) y Miembro del Seminario de Cultura Mexicana.
¿Qué opinión tienes de tu obra literaria?
Cada obra literaria refleja un punto de vista, es el del autor, aunque por ejemplo en una novela, cada personaje tiene el suyo propio y el narrador también, a veces diferente del escritor. En poesía el poeta debe ser verdadero, íntegro, debe tener un criterio bien definido. De otra manera suena falso. Si miente, si no se entrega  totalmente, es posible que el lector no le crea nada.
¿Qué tan difícil fueron tus comien-zos?, ¿era fácil publicar en esa época?
Cuando yo empecé sí, hace más de treinta y siete años. Ya en 1977 obtuve un Premio Nacional de cuento y tuve la oportunidad de publicarlo. Yo nunca he estado preocupada por este tema. Quizá porque he tenido suerte.
Casi todo lo que he publicado se lo debo a la iniciativa de otras personas o son publicaciones fortuitas, hechas por mis amigos, o escritores que han conocido mi obra. Yo no soy una buena promotora de mi obra, realmente pienso que debería tomar más en serio esto, pero no creo que el hecho de publicar mucho sea indicativo de una calidad. Mis libros también se han hecho con mucho tiempo, me gusta releerlos, trabajarlos, pensar bien los títulos. El tiempo va a decir también si son buenos o no.
En los últimos quince años he tenido suerte en cuanto a publicaciones. La UNAM publicó La señal de la noche (libro colectivo de la Colección El Ala del Tigre en el año 2000) y  la UAEM me editó Jardín del paraíso también en el 2000. Se hizo la reedición de Dos voces chiapanecas (Editorial Viento al Hombro). El Instituto Mexiquense de Cultura publicó mi libro Una introducción a Sor Juana Inés de la Cruz, en el Estado de México.  También me han publicado tres antologías: Árbol de muchos pájaros. Antología de poetas Chiapanecos del Siglo XX (2000, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México), Al filo del gozo (Antología de poesía erótica escrita por mujeres en español, 2007, Guadalajara, Editorial Viento al Hombro) y Pequeña Antología para el amado (2014 Pontevedra, El Taller del Poeta). El Gobierno del Estado de Tabasco publicó Páramo de Espejos. Vida y obra de José Gorostiza, en 2009 y se reeditó en 2010. Fue un libro que también coordiné y me encantó hacer un ensayo biográfico sobre este autor tabasqueño, tan admirado por muchos.
Últimamente se han publicado muchas cosas mías en internet, en México, Brasil, España, Cuba, Puerto Rico y Brasil.
¿Podrías hablarnos sobre cómo se da el proceso de creación de su poesía?
A veces tienes una imagen, en ocasiones es una palabra o una frase, una oración completa, un sonido. En otras ocasiones tienes una idea pero no sabes cómo empezarla. Por eso, dejo fluir las cosas, no se deben forzar las palabras. Es mejor escribir de forma espontánea y luego ir trabajando hasta pulir y lograr la idea completa.
Cada escritor tiene su propio método. En realidad, cualquiera de estas cosas puede venir primero, a veces es el sonido de una palabra, el sentido de una frase, el no poder decir una idea con otras palabras o el querer decirla con otras. Otras veces también es una imagen y de ahí, de esa visión, surge la otra imagen, que es la poética.
¿En qué público piensas cuando creas?
En realidad no lo había pensado de ma-nera consciente. Pero si pienso bien, tendría que ser para un público que pueda percibir mi emoción, que ame la literatura. De hecho, la poesía se vende tan poco que el que la compra, es posible que de verdad ame la literatura.
¿Crees que la literatura tiene que ser contestataria? Como poeta,  ¿eres un artista comprometido políticamente?
La poesía no te marca límites, hay buena poesía y lo demás no es poesía. La literatura no tiene tabúes ni límites. Los límites y tabúes los tiene la sociedad que nos limita como seres humanos, como mujeres, sobre todo. También como seres humanos todos tenemos ciertos tabúes y límites. En todo caso, los límites existen a nivel de la interpretación como dice Umberto Eco. Creo que el autor no debe limitarse, su única limitación o preocupación debe ser no perder su integridad y buscar siempre la calidad en sus escritos.
Respecto a la segunda pregunta te diré: La verdadera literatura siempre es universal, no importa quién la escribe, si una mujer o un hombre, un chino o un mexicano.
El poeta tiene que comprometerse con su poesía, si ella refleja sus convicciones políticas está bien, pero no tiene que escribir solamente de política. Su compromiso político como ciudadano de un país, como ciudadano del mundo eso es ineludible, eso es imprescindible, siempre es algo que deberían tener todos los seres humanos. El mundo literario es diferente, no se concreta a un tópico, eso limitaría la creatividad del artista si solamente se plantea un solo tema.
¿Cuáles son tus escritores latinoamericanos favoritos?
Me gustan, en ensayo, Octavio Paz, Alfonso Reyes. En narrativa, todos los grandes novelistas latinoamericanos como Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, entre otros. Sor Juana Inés de la Cruz y Rosario Castellanos, porque son las más completas, las mejores en su época, las más inteligentes. Entre las escritoras latinoamericanas destaco a Gabriela Mistral, Juana de Ibarborou y Alfonsi-na Storni. Pioneras en su momento.
¿Qué premios ha obtenido?
Premio Nacional de Cuento UN.A.CH 1976. Premio Nacional de poesía José Gorostiza (1ª.mención, 1991), Premio Armando Duvalier (2005), Diploma de honor de la Asociación Prometeo de Madrid (2010) y Premio de Relato Breve, Alicante 2014.

viernes, 26 de diciembre de 2014

HÌMEN *



MEN

Una oscuridad milenaria
reinaba en la caverna.
Apenas se percibía,distante,
el suave latir de las entrañas.
De ese cráter abismal
fluía como géiser
un vapor húmedo y caliente.
Tras la bruma pudorosa,
un firme velo escarlata
resguardaba el misterio virginal.
Todo era penumbra inocente...
Todo era mutismo ignorante...
Hasta que, imprevistamente,
un movimiento sísmico
reveló el origen de los tiempos.
Un trueno sicalíptico
tomó posesión de las tinieblas,
con feroz resplandor
estalló en mil puntos luminosos
y rasgó incólume
la membrana protectora.
Fue el ancestral deseo
contenido en la carne adormecida
que, como torrente volcánico,
irrumpió tempestuoso a la vida.

lunes, 22 de diciembre de 2014

LA NOCHE DE LA PERVERSIÓN, Efraín Huerta


LA NOCHE DE LA PERVERSIÓN

Efraín Huerta

El caracol del ansia, ansiosamente
se adhirió a las pupilas, y una especie de muerte
a latigazos creó lo inesperado.
A pausas de veneno, la desdichada flor de la miseria
nos penetró en el alma, dulcemente,
con esa lenta furia de quien sabe lo que hace.
Flor de la perversión, noche perfecta,
tantas veces deseable maravilla y tormenta.
Noche de una piedad que helaba nuestros labios.
Noche de a ciencia cierta saber por qué se ama.
Noche de ahogarme siempre en tu ola de miedo.
Noche de ahogarte siempre en mi sordo desvelo.
Noche de una lujuria de torpes niños locos.
Noche de asesinatos y sólo suave sangre.
Noche de uñas y dientes, mentes de calosfrío.
Noches de no oír nada y ser todo, imperfectos.
Hermosa y santa noche de crueles bestezuelas.
Y el caracol del ansia, obsesionante,
mataba las pupilas, y mil odiosas muertes
a golpes de milagro crearon lo más sagrado.
Fue una noche de espanto, la noche de los diablos.
Noche de corazones pobres y enloquecidos,
de espinas en los dedos y agua hirviendo en los labios.
Noche de fango y miel, de alcohol y de belleza,
de sudor como llanto y llanto como espejos.
Noche de ser dos frutos en su plena amargura:
frutos que, estremecidos, se exprimían a sí mismos.
Yo no recuerdo, amada, en qué instante de fuego
la noche fue muriendo en tus brazos de oro.
La tibia sombra huyó de tu aplastado pecho,
y eras una guitarra bellamente marchita.
Los cuchillos de frío segaron las penumbras
y en tu vientre de plata se hizo la luz del alba.

SI YO PUDIERA AMARTE, Mar[ia Gloria Carre[on Zapata */Mexicana&

SI YO PUDIERA AMARTE
Si yo pudiera amarte, no dudes que lo haría,
mi ser quedó atrapado en una telaraña de mentiras,
cuando un falso ser juró que me quería,
vaciando el corazón se llevó hasta mi alegría.
Si yo pudiera amarte, te juro mi amor yo te daría,
pero imposible, por fuera voy sonriendo
y por dentro estoy vacía,
aquél falso amor me arrancó la fe y el gusto por la vida.
Si yo pudiera comenzar de nuevo
sin duda mi corazón te entregaría,
y junto a ti una nueva vida comenzaría,
pero no tengo nada que ofrecer más que mi compañía.
Si yo pudiera amarte no lo pensaría,
te amaría y en tus brazos dormiría
olvidando el pasado mil te amos te diría,
y tu fiel compañera por siempre yo sería.
Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

SUEÑO, Cesare Pavese


SUEÑO

Cesare Pavese

¿Aún ríe tu cuerpo a la aguda caricia
de la mano o del aire, y a veces reencuentra
en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos
regresan
de un temblor de la sangre, de una nada.
También el cuerpo
que se tendió a tu lado en esa nada te busca.
Era un juego ligero pensar que algún día
la caricia del aire podría renacer
imprevisto recuerdo en la nada. Tu cuerpo
se habría despertado una mañana, amoroso
de su misma tibieza, bajo el alba desierta.
Un agudo recuerdo te habría recorrido
y una aguda sonrisa. ¿No vuelve aquel alba?
En el aire se hubiera ceñido a tu cuerpo
esa fresca caricia, en la íntima sangre,
y si hubieras sabido que el tibio momento
respondía en el alba a un temblor diferente,
a un temblor de la nada. Lo hubieras sabido
como un día lejano supiste que un cuerpo
se tendió a tu lado.
Dormías liviana
bajo un aire risueño de frágiles cuerpos,
de una amorosa nada. Y la aguda sonrisa
te recorrió, abriéndote los ojos azorados.
¿No ha vuelto más, de la nada, aquel alba?

domingo, 21 de diciembre de 2014

NECROPOLÍTICA E IDENTIDAD, Ricardo Guzmán Wolffer

Graffiti en una calle de la ciudad de Oaxaca. Fuente: Facebook

Ricardo Guzmán Wolffer

Desde el momento en que se declara la guerra a la “otredad indefendible” (el crimen organizado, la corrupción, el abuso político, la represión cínica y muchos más), el discurso público saca de contexto las noticias de sangre que hay por millones en el país y, con ello, limita su comprensión y sus implicaciones.

La sangre sigue siendo la primera plana en México. No es sólo por el complejo contubernio –a veces inconsciente, queremos creer– entre factores de poder y medios de comunicación. En la actual administración, con cambios legales que literalmente modifican el concepto de país y cuyos efectos ni siquiera se vislumbran, todo parece opacarse frente a las notas de muertos y desaparecidos: estamos en un país que será modificado a partir de los fallecidos y no de los vivos.

La presión generada por los deudos de esos miles de asesinados y desaparecidos no se limita a los manifestantes ni a quienes recurren a organismos internacionales para obtener una simple respuesta sobre si viven o no sus parientes. El imaginario colectivo es otro, a partir de que resultó inocultable la avalancha de sangre. Son los muertos los que reinan este tiempo.


La impunidad como costumbre

La necesidad de explicar las causas de la violencia extrema se altera ante la evidencia de que la otredad no reside en los asesinos anónimos, de los cuales algunos son detenidos sin aminorar el desamparo colectivo, sino que la estructura general de poder forma parte de ese mecanismo apabullante. Se han perdido los referentes personales y colectivos. Una respuesta social son las autodefensas ciudadanas, pero jamás podrán acudir a la bolsa de valores o a los mercados internacionales para cambiar los negocios que hacen posible la depredación ambiental irreversible, así como muchos otros problemas: la premura por salvarse de lo micro impide ver la necesidad de resolver lo macro. ¿Sabrán los diputados los alcances que tiene señalar como delito con derecho a fianza los derivados de la especulación o de la elaboración de contratos que empobrecen a millones? ¿Por qué es más fácil encarcelar al delincuente callejero que al de cuello blanco, o al local que al nacional y al internacional? Con su oferta de bienestar económico en un país donde resulta irremediable la existencia de millones de pobres, a causa de la avaricia de unos y la incompetencia o complicidad de otros, ha dejado de tener sentido la división maniquea entre el narco –los “malos” por antonomasia– y el resto de la sociedad, intrínsecamente “buena” toda ella, de acuerdo con dicho maniqueísmo; comenzando esa supuesta bondad, claro está, por gobernantes y todo tipo de autoridades.

Mientras los legisladores comen chocolates con figuras de sus rostros, la vida se evapora de tantos modos que los cadáveres ensangrentados resultan ser minoría en este cementerio dividido en municipios. El imperio de la sangre ha llegado y es necesario señalarlo; primero, para concientizar parte del agobio ya anidado en millones de personas; segundo, para entenderlo y acercarnos a esta forma de vida, donde muchos quieren ver reflejada la cultura prehispánica de la sangre.

Suele mirarse la estrepitosa impunidad nacional como resultado de una incompetencia inamovible de la voraz clase política, la cual es capaz de recibir millones y millones de pesos sin siquiera salir a exponer los hechos que debería resolver: cada administración y sus partidos “de oposición” ejecutan “novedosos” mecanismos para aparentar cambios en una realidad que cada vez se evidencia más como perpetua. La sangre es una derivación de esa política basada en el olvido. Los que buscan modos de desaparecer a otros (los queman, los diluyen, etcétera) no viven en otro país. La identidad autorreferenciada con la que actúan los depredadores no puede ser vista como otro hecho aislado: los mecanismos de autorreforzamiento en la delincuencia, sus cómplices forzosos y los insuficientes mecanismos legales, hacen de la impunidad una práctica.


Street art en calles de la ciudad de México y Monterrey. Fuente: Facebook
En México no puede perderse de vista una historia ininterrumpida de colonización. La mayoría sigue defendiéndose de unos cuantos; ya no importa si son españoles con caballos, si son ladrones de tierras, si son saqueadores de riquezas naturales, si lo hacen desde la “legitimidad constitucional”, si nacieron aquí o llegaron en tránsito: hay grupos que devastan sin considerar la continuidad de la vida misma. Octavio Paz explicaba cómo el mexicano vive sintiéndose agredido y cómo desconfía de todos (chingas o te chingan, no hay nada más), y los hechos le han dado razón.
Ya no hace falta dividir entre autoridad y pueblo para saber que el peligro acecha de tantos modos, que sobrellevarlo es ya un reto para millones de depresivos clínicos o presas del estrés que también aniquila, lo cual está clínicamente comprobado. Para muchos, lo que más lastima es ver a otros tomar a manos llenas y advertir la propia imposibilidad de ser parte de ellos: el país ha dado para generaciones de voraces sin pudor y seguramente habrá para más, pero los hastiados caminantes de esas calles colectivas exigen tomar lo suyo, aunque sea intangible, aunque sea la idea de un país por el que aún vale el reclamo.


La necropolítica al poder

La compulsión consumista derivada de las riquezas que se acumulan detrás de los negocios donde unos sangran y otros expiran en la inanición indefendible, termina por consumir a los supuestos triunfadores de la sangre y permea entre quienes miran con horror el camino que ha tomado una sociedad donde, hasta hace unas pocas generaciones, el sentido del aquí y el ahora partía hacia lugares donde no se esperaba ver cuerpos amontonados o reclamos multitudinarios por la presentación de desaparecidos.
Solía mirarse a los exportadores de armas para buscar culpables, pero la barbarie se ha diversificado a tantos utensilios como los que requieran los hombres salvajes que viven en la necesidad de causar dolor y muerte. Los primitivos imponen la ruta y los argumentos no lavan el camino encostrado.

El poder lo sabe y busca perpetuarse, incluso si es necesario mentir o deslegitimar. Los recientes videos donde se muestra a los vándalos como parte de una corporación policíaca sólo reafirman la percepción de que la desestabilización viene de las propias esferas de “seguridad”: crea la necesidad para hacerse inevitable, pero al ser captado por los miles de pequeños Grandes Hermanos, se evidencia el timo. Este último tiene su contrapartida: frente a los millones de descontentos que confían en el efecto de hacer catarsis pacífica, pública y colectiva, también están los estudiantes que queman y golpean y, al hacerlo, aceptan ante ese mismo auditorio virtual que son parte del caos y de la violencia orquestada desde esa sociedad civil que tiene tantos sustratos reactivos como niveles de ultraje dado o recibido. Si son puestos en libertad no es por su inocencia, sino por el desconocimiento aparentemente voluntario (¿qué otra explicación puede haber ante los nimios resultados?) sobre los elementales procesos acusatorios: habrá que ver a esos Ministerios Públicos y policías ante la publicitada reforma penal.

Mientras tanto, en la confrontación mediática se pierde de vista quiénes dieron el paso principal hacia la necropolítica: los delincuentes que saben callar cuando sus peones estatales salen a enfrentar a esos ciudadanos que suponen estar en un ajedrez de dos oponentes: el reclamo de seguridad se ha cambiado por la revancha generacional, se reprocha a los censurables políticos por su cómplice tibieza –los muertos deben ser tomados en cuenta–, pero en el fondo del reclamo hay mucho más: salarios miserables, servicios insuficientes, tarifas excesivas, distribución inexistente de la riqueza... Muchos tienen ya muy poco o nada que perder, y en su desconsuelo han encontrado una bandera para ondear, aunque no se trate exclusivamente de clamar por los aniquilados. Para este Estado que no quiere mirar al verdadero enemigo, es más fácil manipular la expresión inconforme que atacar la causa generadora y, por lo tanto, lo primero –y casi lo único– que se hace es aprobar con velocidad una Ley para la Movilidad supuestamente neutra en términos políticos. En un sexenio de leyes que dicen prometer un futuro mejor, la realidad sigue poniendo a los legisladores en su lugar: ¿de qué sirve esa movilidad si no hay a dónde ir?


Delincuencia, norma y legalización

El Estado se ha perdido en manos de los impunes y los papeles parecen haberse cambiado: el porcentaje de políticos enjuiciados legalmente es mínimo, a pesar de las evidencias reiteradas. Basta hacer cuentas para establecer matemáticamente la culpabilidad ética de los “estadistas”, y sería suficiente ver quién manda en territorios cada vez mayores para establecer hasta dónde se han cambiado los papeles. Se paga el “derecho de piso” porque hay más eficacia social con los cárteles que con esos aparatos de “procuración” de justicia que conllevan niveles casi totales de impunidad.

La insurrección civil ha llegado, pero los de hoy son peores tiranos: al imperio del dinero han ampliado el mandato de la sangre. En un Estado no funcional, la violencia es la única rectora que no se puede simular; quizá por eso “funcionarios” de distintos niveles recurren a ella, ante la certeza de que las leyes existen en lugares que no habitamos, de que esas palabras se las llevó el viento en boca de voraces legalistas que creen reformar un mundo ajeno a sus delirios: hace tiempo que dejaron de ser Estados paralelos: subordinado uno, en el mejor de los casos; inexistente, en cualquier otra realidad que no sea la de “legalizar” los cobros al incluirlos en la nómina.

Una mujer durante una de las marchas de familiares de los normalistas
desaparecidos de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero, 12 de diciembre de 2014.
Foto: Xinhua/ Edgar de Jesús Espinoza (EE) (DA) (SP)
Tal como fue sentenciado desde hace siglos, la historia pendular se repite. Ante la masacre sostenida, la República centralista parece que quiere volver: se busca minar las células del federalismo, presumido como democrático, al asumir su inercia ante los salvajes que vuelven para conquistar y mostrar la inexistencia del poder de la legalidad en muchas parcelas, tantas que suman más de las que deberían. ¿Cómo es que ahora la Guerra de Intervención viene de adentro? ¿Cuántos territorios más habrán de perderse? Una de las Siete Leyes expedidas en 1836 otorgaba al Supremo Poder Conservador facultades para declarar la incapacidad física o moral de cualquiera de los tres poderes de la República; hoy se inicia con los municipales. En la evocación de la historia, muchos miran con suspiros al ostracismo de Atenas: si un político reunía determinado número de votos, sin importar la causa, era desterrado por diez años de la ciudad. Hoy tenemos la variante de los políticos autoexiliados que se llevan dinero suficiente para varias generaciones de gozosos ausentes. También están los narcos, que pactan encierros en el extranjero (en cárceles con condiciones tolerables, no como las mexicanas) con penas muy inferiores a las que merecerían bajo una mínima justicia, y con la fácil obligación de dar al Estado gringo sólo un porcentaje menor de las ganancias ilegales, en lugar de restituirlas a los miles de secuestrados, mutilados y deudos de asesinados.


Promesa de muerte

Ante los ojos internos y externos, México ha dejado de ser la tierra de la gran promesa o el líder de una Latinoamérica que ahora apenas existe en el discurso, para volverse un país cuyos muertos tienen voz en muchos países, cuya búsqueda ha llevado a escenarios insospechados; está siendo convertido en un sitio donde los campos exponen sus terribles siembras y manchan los tiempos mefíticos del regreso de una forma de gobernar que supone la primacía de la imagen y el discurso frente a los regueros de plasma que conducen a altares que esperábamos desaparecidos, pero donde se siguen sacrificando miles de vidas a cambio del bienestar fugaz de unos pocos. El postcolonialismo polimorfo ha encontrado un nuevo laboratorio donde los colonizadores tienen tantos nombres que parecen inagotables, pero donde, también, la intolerancia anida en el ciudadano desconfiado y temeroso de las autoridades, a las que mira como si fueran un solo ente que incumple con su labor de proteger a una sociedad perdida entre nubes escarlatas; ciudadanos dispuestos a cobrarse con furia los agravios largamente causados, incluso los verbales: como si no hubiera una interdependencia, como si no necesitáramos la cohesión para avanzar.

No extraña que ante tales realidades muchos busquen escapar por caminos autodestructivos. En este punto, entorno y ensoñación pesadillesca se hacen una serpiente circular que nos recuerda lo rastrero y lo cerca que estamos de la tierra que reclama vidas para brindar algún futuro, con la esperanza de que sea mejor.

ORGULLOSOS MORIRÁN, Hugo Gutiérrez Vega

Hugo Gutiérrez Vega
Orgullosos morirán

En la anterior columna les hablé de la retórica falangista y fascista de los educadores religiosos de nuestro país. Estos extremos ideológicos se modificaron al terminar la segunda guerra mundial, pero quedaron polvos de aquellos lodos y el himno del colegio de los jesuitas en Guadalajara siguió convocando a la lucha, a la victoria o la muerte, a sus alumnos y, en particular, a los que pertenecían a la Congregación Mariana y a otras agrupaciones piadosas. Vale la pena recordar otras partes del belicoso himno: “Nuestro Instituto,/ Fuerza y Energía,/ forjando temples que amen su deber,/ te ofrendará una juventud bravía/ que por saber morir sabrá vencer.” Todo un programa militar que mantenía los olores de la cruzada nacional del espadón Franco, de la segunda guerra cristera que, según mi abuela, fue ya puro bandidaje, y del levantamiento de un extraño caudillo religioso llamado Lauro Rocha que fue ultimado por la policía en algún barrio de Ciudad de México. El olor a pólvora se iba desvaneciendo, pero las obsesiones en materia de moral social e individual no habían cambiado un ápice. Mi compañera Lucinda, estudiante en un colegio de monjas de Querétaro, recordaba hace poco una oración-poema de pésima factura, pero de tremenda carga ideológica. Así dice: “Porque es el beso a la corola blanca de las flores más puras de la vida, la hoja primera que al pudor se arranca.” Una oración nos ponía a temblar todas las noches ligerísimamente pecaminosas: “Pecador, no te acuestes nunca en pecado, puede ser que despiertes ya condenado.” Mi primo Héctor, pío y escrupuloso, se levantaba de repente en la madrugada y corría rumbo a la residencia de los que mi abuela llamaba “los santos padres de la Compañía”. Uno de ellos dejaba su ventana abierta toda la noche para que los jóvenes pecadores fueran a confesarse. Mi primo era uno de los clientes más asiduos al rito del perdón, lo que significaba que su voluntad de arrepentimiento era más bien débil y escasa.

El Colegio ya había firmado una especie de modus vivendi con el gobierno estatal, que le  permitía violar impunemente el artículo tercero de la Constitución y cubrir las apariencias vistiendo a los profesores con ropas civiles y quitando crucifijos e imágenes religiosas de las aulas cuando llegaba el inspector, sin duda miope perdido. En mis primeros años escolares la jerarquía recordaba las viejas épocas del dominio eclesiástico total sobre el país. El mejor alumno era nombrado príncipe del Colegio y las “dignidades” eran las siguientes: cuestor de pobres, edil de clase, jefe de filas, jefe deportivo. Se rezaban oraciones al principio de las clases y al final del día, pero los controles políticos salían del confesionario y de la estrategia basada en el sentimiento de culpa. Cuando estaba ya en secundaria noté los cambios. Para empezar, el príncipe desapareció y apareció una figura militar peninsular, el brigadier general. Los que ostentaban ese título eran generalmente miembros de las buenas familias de Guadalajara y, casi todos ellos, rubitos y de ojos claros, bien vestidos y modositos. Un año fue nombrado brigadier general un joven de apariencia indígena. Pronto nos enteramos que era hijo de un político influyente casado con una señora de las buenas familias. Esto significaba que los rudos revolucionarios mejoraban la raza uniéndose a las pálidas flores de invernadero de la ciudad reaccionaria. Debo advertir que esas flores eran bellísimas y que sus padres las cultivaban con esmero, para llevarlas al mercado matrimonial y casarlas con un nuevo rico al que la Revolución había hecho justicia. “No importa que sea prieto –decía mi tía Chole–, con tal de que tenga influencias y dinero.” Teniéndolos, se vuelve un prieto polveado y, como la segunda educación es la de la esposa, sin duda se volverá piadoso y civilizado. La tía recordaba el ejemplo de don Porfirio Díaz, polveado por doña Carmelita.

Ramón Pérez de Ayala, en su novela A. M. D. G., recuerda con pavor los días que pasó en un colegio jesuita del norte de España. Mis recuerdos son menos terribles. Yo diría que son más bien amables, pues las corruptelas, los arreglos y el cuidado de las apariencias nos daban un buen margen de libertad y obligaban a los hijos de Loyola a ser menos rígidos y militaristas. Además, entre los maestrillos crecían ya las voces de la Teología de la Liberación.

DE NUEVO OPERACIÓN MASACRE, Luis Guillermo Ibarra

Foto: Agencia MVT / Beatriz Rodríguez

Luis Guillermo Ibarra

Ricardo Piglia nos dice de manera insistente que los dos grandes temas de la novela son la aventura y el crimen. Por medio de ellos se mueven los personajes de su órbita, quedan abolidas las fronteras, se desarrollan un sin fin de sueños y de horrores de los que es capaz el ser humano. ¿Hasta dónde puede llegar el hombre? Esa parece ser la pregunta que arroja toda gran narrativa literaria.

Rodolfo Walsh sabía de estos asuntos. Las entrañas de esa realidad a la que se asomó escondían los inagotables ecos del horror y de la barbarie. A estos rincones solamente tuvo acceso por medio de una insistente y aguda investigación; por una exhaustiva y terca forma de hacer de la aventura un plan para mostrar las verdades escondidas por la historia oficial. Crimen, investigación y aventura, ficción y realidad, centro y marginalidad, quedaron entrelazados en las páginas del escritor argentino. De aquella anécdota sucedida en José León Suárez, provincia de Buenos Aires, en junio de 1956, donde un grupo de civiles son fusilados por la policía de la libertadora, se desprenden todos esos hilos que darán como resultado la novela Operación masacre.

A Walsh le resultó sumamente revelador encontrarse, seis meses después de aquellos acontecimientos, con un sobreviviente. Aquel “fusilado que vive” lo llevó a encontrar a otros sobrevivientes más, hasta lograr encontrar un total de siete personajes que habían sorteado la muerte. Ante los ojos del escritor surgía un archivo vivo de voces, en el que las palabras flagraban otra vez el destino humano. Eran los muertos hablando de nuevo. Uno de ellos con medio rostro a causa de una bala; todos ellos huyendo, escondiéndose ante el temor del aniquilamiento y la muerte.

La versión oficial arrojaba que aquellos hombres eran parte de una subversión, que una “ley marcial” decretada al día siguiente de los acontecimientos, permitía al nuevo gobierno apagar cualquier llama que alterara la paz de la nación. La seda de la ley del discurso oficial, por lo tanto, admitía todo. Los telones que abre Rodolfo Walsh dirían otra cosa. Esa mano justiciera, capaz de devolver el orden ante la más mínima provocación, era sistemáticamente criminal. Entre la civilización y la barbarie de Sarmiento, en el discurso se mostraba de una forma más insistente la primera. Sin embargo, bastaba escarbar un poco para encontrarse con el claro despliegue de injusticias, con el instinto del aniquilamiento del otro, con la hazaña de sangre impune que cobraba vidas humanas; con la eterna sombra de la barbarie.


Rodolfo Walsh leyendo un capítulo de Operación Masacre
Para nada es exagerado decir que Walsh se adelantó a todo. No sólo a esa configuración poética de un estilo denominado “novela sin ficción”, reino de unión entre la literatura y el periodismo, que en los años sesenta tuvo como centro a Truman Capote. Walsh se impuso la creación como un viaje y un destino que apelaba a las frágiles versiones oficiales de los acontecimientos.

Su relato ponía como centro no sólo la verdad que le interesaba descubrir, sino la propia búsqueda de la verdad. Una exploración llena de piedras y de personajes sorprendentes, de contradicciones que develaban los alcances de lo que eran capaces los hombres que dirigían los destinos de su nación. Esa realidad que interesó al escritor no hubiera llegado a volverse gran literatura sin el proceso de selección y el descubrimiento de los elementos representables, sin esa aguda mirada que descubría las tramas ocultas de un sistema y el crimen que escondían los discursos legitimados desde los más oscuros intereses.

Operación masacre se publicó por vez primera en 1957. En ediciones posteriores se le agregarían nuevos prólogos y algunos hallazgos que fue realizando el escritor argentino. De hecho, el mismo periplo de las ediciones de la novela merecería una historia aparte. Aquellos hechos de 1956 siguieron formando parte de la historia reciente de Argentina, y tendrían su mayor intensidad durante la dictadura militar de 1976 a 1983. El mismo Rodolfo Walsh, con su desaparición y su muerte, sería una víctima más de estos acontecimientos. 
A estas alturas, ¿qué tan lejos estamos de aquella Operación masacre? Los escenarios en la época actual no son inamovibles. Las fichas mayores del horror actual en el mundo parece estarlas aportando el gobierno mexicano; los casos de Tlatlaya y Ayotzinapa no dicen otra cosa. La Operación Masacre y el crimen de Estado a estas alturas son innegables. Los culpables se esconden en las versiones de sus propios discursos oficiales, cada vez más absurdos e increíbles. No cabe duda de que es necesario continuar la senda marcada por Rodolfo Walsh en su novela, por medio de la denuncia y la resistencia.

viernes, 19 de diciembre de 2014

LA INCONDICIONALIDAD ES UN OFICIO, Waldo Leyva (Cuba, 1943)

Waldo Leyva
Cuba - 1943
La incondicionalidad es un oficio

No olvides nunca que en la piedra está el hierro
y que la muerte es de metal.

La chispa y la madera son contrarios
de donde nace el fuego,
y la ceniza,
y cierto mito alado que es el hombre.

Si mandas, el leal será el sostén que necesitas.
No confíes jamás en quien te anuncia
sin condición su entrega.
Nunca el leal limpiará con su lengua tu camino,
ni aplaudirá tu soberbia o tus errores,

pero sabrá morir contigo.