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viernes, 26 de febrero de 2016

"FRAGMENTACIONES" DE JOSÉ FALCONI, Carlos Gasca



“Fragmentaciones” 

de José Falconi



por Carlos Gasca


La palabra precisa, revelada en el momento exacto, puede cambiarle la historia a un jovencito de 19 años o al menos depositarlo en el camino correcto de lo que a su naturaleza corresponde como destino. Hace poco más de veinte años, escuché a José Falconi hablar sobre la impermanencia de las cosas, del mundo, de la existencia misma. Eso me marcó para siempre. No es casualidad entonces que hoy estemos aquí para hablar de una novela, en la que descubro a cada instante la presencia activa de lo impermanente. Lo percibo orbitando como un cuerpo estelar negro, alrededor de otro cuerpo cósmico superior y por ende de mayor peso gravitacional: “La vida de un hombre libre”. Nuestro personaje constituye el centro gravitacional de todas las filosofías: orientales y occidentales. Por el atraídas, la vida y la muerte circunvolucionan. Magnetizados: Karl Marx, el santo señor Krishna, Lucio Cabañas, Amparo Montes, el profesor Zobek y una Enfermera de Orden Celeste, danzan al compás de “la música insumisa para los muertos que llenan las calles.” Lo hacen porque así está construida esta novela. Como una danza cósmica, o un baile de máscaras, en el que los fragmentos vivos del tiempo se acercan o se alejan a placer del autor. Ceden el lugar unos a los otros; para luego regresar, ejecutando con elegancia el paso de minuette o de danzón, que los coloca justo frente a nuestros ojos. Ganesha y Vishnú bailando mambo. Es este mismo bailar de los dioses orientales, lo que nos entrega a los personajes de la novela. Los deja a tiro de piedra, para el disparo de la reflexión, o la fotografía de calidad Polaroid. Pero esos mismos personajes desaparecen para ir, luego de la imagen revelada, no se sabe a dónde.

En las fragmentaciones de la realidad total (que la mente de un hombre crea para comulgar por masticación verbal) es perfectamente posible que lo último, como fin, aparezca en lo primero; como inicio de una línea de tiempo alterado. Los epígrafes elegidos por José Falconi nos hablan en su conjunto, o conjuro, de al menos una de las intenciones, o debo decir, preocupaciones, del autor. Una, a mi entender, de carácter toral. Si “todo queda inútil como el llanto después de la desgracia ¿en gracia a qué? o ¿para qué seguir en medio de una existencia fragmentada?

¿Qué importancia tiene entonces ser santo o demonio? ¿Víctima o victimario? Para estas preguntas, tantas respuestas como hombres o novelas. En la que hoy nos atañe la sugerencia primera es dormir, volar, soñar, quizá luchar. Las revelaciones vendrán después si hay suerte, o si una bala no nos revienta el cráneo para acabar con toda dialéctica y toda mexicana esperanza. Soñar. Nuestro héroe, no lo olvidemos, despierta a la realidad de su novela de una tibetana cuna de agua. Entiéndase cama de hierro carcelario. ¿Despierta de un sueño a otro sueño? ¿Sueño fragmentado que nos revela la historia de un protagonista ya no de ficción? ¿Un personaje ahora perfectamente real e histórico? “Pepe” un hombre de carne hueso y sueño, que lo mismo nos recuerda que los gobiernos “con el pueblo se limpian el culo” y que los líderes campesinos suelen morir, higiénicamente masacrados. Las sábanas en los tendederos de azotea pueden ser fantasmas. O que se puede tener acceso a un instante de dicha suprema al recibir como una forma de voto sacramental, dentro de un ritual de enlace, la pulsera de dominación impuesta por Karana, la mujer loto. Porque la aventura terrestre tiene momentos magnánimos y momentos sórdidos. Y la presencia de lo que se cree mágico dura sólo lo que un pestañeo oscuro. Revelaciones e historias infames circundan a Pepe a lo largo de la novela, ejecutando siempre su movimiento-baile-satelital ya antes referido.

El tránsito intercalado, interconectado, cíclico de cada una de las anécdotas o fragmentaciones (sólo posible gracias a un montaje de edición literaria que se antoja cinematográfico) termina por dar a luz a un fluido, un flujo de consciencia, un fluir del río de imágenes, casi siempre sereno que nos obsequia (como el río que depositó a Moisés en los umbrales de un nuevo credo) la totalidad de una novela y de una vida, casi de la misma forma en que el oxígeno llega a ese otro río que es la sangre, de un modo orgánico, imperceptible. Es enorme el talento del autor para construir esta estructura tan complicada en su ingeniería, pero tan sencilla en su forma de relacionarse con nosotros los lectores. El milagro de la sencillez es de muy difícil acceso. Sólo los mejores autores pueden producirlo.
Más aún; cuando la novela escrita es a un tiempo actual y eterna, enorme y breve, colectiva por ser común a tantos, y personal por lo que le toca de autobiográfica. El todo y la parte, en ofrenda, quizá holocausto, por y para nosotros los hombres fragmentados. Inmanencia, impermanencia, interpolación de tiempos narrativos. Caos, orden, sentido. Lucha a muerte por la razón o la falta de ella. Revoluciones que siempre fracasan. Aún más cuando triunfan y se convierten en un asunto institucional. Una nueva guerra, más sucia que la de costumbre, con sus sótanos policiales donde los chakras son re-alineados a punta de madrazos. Templos del terror donde los comandantes te bautizan por inmersión en tambo de agua helada. Con todo y madrinas presentes, te dan un nuevo nombre: “Confiesa hijo de la chingada”. Porque no confesar si de todos modos Juan te llamas. ¿Juan o Pepe? Días amarillos para el reflejo de García Lorca en un espejo siempre impar. El entendimiento de que la realidad colectiva se construye a base de fetiches propios o compartidos y la poesía se antoja como la única puerta de salida decorosa. La necesidad de seguir vivo aunque sea con un ácido sabor a derrota en los labios de la memoria. Pero también, el conocimiento de que la lucha puede ser retomada en cualquier momento, en este mismo instante, en el mexicanísimo ahorita. Todo eso y más está aquí, entre las líneas de capítulos novelísticos, breves y ágiles.
La lectura de este texto vital, me lleva a la reafirmación de lo entendido hace veinte años. La vida es un inaprensible suceder de fragmentaciones. Dentro de ese acontecer, el hombre es sólo una de las partes, quizá la más pequeña y carente de sentido. ¿Para qué? ¿En gracia a qué, estamos aquí reunidos? Estamos aquí para hablar de una novela y celebrarla. Porque esa novela, al mostrarnos una parte de la historia que muchos quisieran borrar de la memoria colectiva, nos define a nosotros mismos en lo más propio, lo más cercano. Porque al entregarnos los sueños e incluso las alucinaciones más íntimas de un poeta enamorado de la belleza y la libertad, nos tiende un puente, que nos coloca con los dos pies bien firmes en el campo de batalla de la historia. Porque el autor nos canta y nos celebra, nos integra a la Gran Danza, al fluir cósmico de todo lo que está al mismo tiempo reunido y disperso. Nos funde al tiempo y al espacio: a todas sus fragmentaciones.

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