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lunes, 9 de enero de 2017

POEMA DE AÑO NUEVO, José Falconi Oliva


José Falconi
POEMA DE AÑO NUEVO

José Falconi
Para mis amigas y amigos, muy en especial para mi querida amiga Rocío Ambriz Zarate.
He mirado la patria largamente.
Se le nota tristeza hasta en el mapa.
Juan Bañuelos
Él se sentía nacido para fundar el ser por la palabra,
cantar las vicisitudes del mundo:
armonías y desarmonías en esta brega contra espacio y tiempo,
contra la química de la naturaleza que nos crea
y nos desgasta.
Ella gozaba con destruirlo todo,
enviarlo al infierno del no ser,
volver el polvo enamorado,
el polvo de oro de la vida polvo terrenal,
escombro entre escombros.
Un vaso de dorado ajenjo él bebía,
con una copa de cinabrio brindaba ella
y pregonaba el no ser,
se deleitaba en su naturaleza
ajena al sustrato en que germina el poema,
su ruido de ola,
sus fractales de agónica floración.
¿Germina el poema o viene de galaxias interiores
para hurtarle al mar sus filamentos de luz?
¿No es acaso la humedad marina,
las ráfagas de viento quienes escriben el poema?
Palabras por las esquinas de la tarde
cansada de polvo y asfalto humedecido
por la sangre de días tan violentos
que ennegrecen estas horas
en que sacarse los ojos es una vieja costumbre
y dar muerte al disidente, mutilando sus miembros,
lo cotidiano.
Su lirismo era otro:
ahíto de dolor alcalino,
de una marchitez de malignas flores
regadas con podredumbre,
desaprensivas puntas de lanza
para el martirio envilecido por un dolor
de bestias hieráticas,
jeroglíficas tal la muerte cuando se aquieta
en los ojos de un niño.
¿Cuánto se petrifica el mundo si la muerte
se aquieta en los ojos de un niño?
El universo se empacha de galaxias enfermas
si los ojos de un niño solo reflejan desencanto cósmico.
El vacío estelar toca sus fanfarrias de luto
con trompetas más negras que la yerba quemada
y el vaivén del mar se congela en espumarajos de sangre:
mal arcilloso que nos condena.
Él se hundió en convulsiones de olvido,
en el horizonte lejano de la muerte,
en texturas de hielo habitado por ácaros
soturnos de crueldad.
Ella afiló sus curvas garras de ave de rapiña
con el hueso deforme de una muerte clandestina.
Él se sentía nacido para darle permanencia
a lo que es de suyo fugitivo.
Ella, para ponerle zancadillas a ese su deseo:
detener la fuga hacia la nada.
¿Cómo fundir los brazos terrenales con el abrazo de la muerte?
¿Cómo evitar morirse nada más porque sí
en las calles de México?
¿Cómo evitar morirse de una herida franca en la espina dorsal?
En largas penumbras
quiso él preparar un nepente de músicas lumínicas
con voces llagadas, maullidos de gatos amarillos fumando sueños
en sus pipas de opio.
Tal un Job de hogaño
pulimentó el envés de la tristeza
y descifró el hermetismo de la dicha;
orzó ángeles en la punta de un alfiler
y puso llagas en la llaga de la luna;
adormeció la migraña del sueño
y aminoró de los muertos la nostalgia.
Entre relámpagos azules llegó ella
con su liturgia de verdades innobles:
dolor / enfermedad / vejez / muerte:
buscabullas que depredan.
Pájaros dentirrostros crascitaban,
búhos alucinados,
dagas de realidad se hundían en el fango.
El esqueleto marino es también una llaga.
Las aguas del mar, como orina de caballo
pueden curar la epilepsia,
acostarse en la tristura de la playa
entre caracolas de bahías lejanas,
dejarse arrastrar por el viento
tal dadiva en el altar del alta mar.
Quería él ofrecer la eternidad
pero ella, estercorista, le recordaba que aún la hostia
está sujeta a la digestión
y sus mortuorias consecuencias.
Percibía el aroma de jardines invisibles,
quería cifrarlo en voces que calaran muy hondo.
Ella le mostraba el espejo humeante de Tezcatlipoca
en que –al reflejarse- todo se dispersa en niebla
y laberintos de azar.
Yerbas del hechizo
de la vida ahogada en un estercolero,
caigan vencidas por una vergonzante enfermedad.
La muerte alimenta sus pajarracos de odio.

1-2 de enero de 2017
José Falconi Oliva

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