domingo, 30 de diciembre de 2012

POETAS DE LOS CINCUENTA EN GUANAJUATO, Benjamín Valdivia


Poetas de los cincuenta en Guanajuato: la generación vigente

Foto: Gaby Gutiérrez
Benjamín Valdivia (Aguascalientes, 1960) es miembro correspondiente de las academias Mexicana de la Lengua y Norteamericana de la Lengua Española, doctor en Humanidades y Artes, integrante del Sistema Nacional de Investigadores y exbecario del Fonca. Novelista merecedor de dos premios nacionales, por El pelícano verde y Veleidades de Numa Fernández al caer la tarde, su poesía reunida,Interpretar la luz, apareció en 2010. Preguntado sobre el estado de la poesía, respondió con un texto que por razones de espacio presentamos, con su anuencia, editado.
entrevista con Benjamín Valdivia
Ricardo Yáñez
En Guanajuato nacieron poetas como Ignacio Ramírez, Antonio Plaza, Rafael López, Efrén Hernández o Efraín Huerta, quienes abandonaron el terruño para hacer carrera en Ciudad de México; el legado en sus lugares es prácticamente nulo. Las cosas cambiaron hacia los años setenta del siglo XX, cuando las políticas culturales federales y estatales coincidieron en dar un poco de ayuda al movimiento cultural de Tierra Adentro, que comenzó a focalizarse en consejos regionales o ciudades en las que se intentaría ofrecer recursos e infraestructura de educación superior y cultura. Tras una década, pasada la contingencia ideológica, los proyectos de arraigar a los provincianos fuera de la capital se modificaron y el centralismo volvió por sus fueros. Ejemplo, el traslado del proyecto Tierra Adentro de Aguascalientes a Ciudad de México, donde hasta la fecha se conduce con gran éxito la expresión de los jóvenes de provincia. Otro modelo es la Fundación para las Letras Mexicanas: sus jóvenes becarios tienen la obligación de mudar su residencia al DFdurante el beneficio. No pretendo discutir bondades o perversiones del centralismo; sí dar contexto para la posible explicación de lo que sigue.
Ante los vaivenes de la política poblacional y cultural, se formaron dos grupos en la literatura de provincia: quienes se trasladaron a la capital a hacer carrera y atendieron las instancias creadas para el arraigo. Huelga decir que, sin menoscabo de calidades, los más conocidos son los primeros. En Guanajuato se produjo una auténtica generación perdida, o invisible, formada por autores nacidos en los cincuenta que se vincularon con la universidad pública y coordinaron talleres literarios en sus localidades: Eugenio Mancera, Juan Manuel Ramírez Palomares, Demetrio Vázquez Apolinar y Gabriel Márquez de Anda. Añadiría al nicaragüense Edgard Cardoza Bravo, residente en Irapuato desde hace décadas.
Todos han efectuado trayectoria en Guanajuato, con ocasionales contactos o presencias efímeras en la capital u otros rumbos de la provincia. Textos de Demetrio Vázquez y Gabriel Márquez se publicaron en los Cuadernillos de Taller y Seminarioque editaba la UNAM hará treinta años, y un cuaderno de poemas de Edgard Cardoza se imprimió en la colección Dosfilos de Zacatecas a mediados de los ochenta. Antes de la prensa digital o la edición virtual, sin recursos o infraestructura, los esfuerzos de divulgación eran magros pero constantes. Lo prueban las publicaciones en mimeógrafo de los primeros años ochenta: Guanajuato, luz y pluma, colectivo surgido de un encuentro estatal, o El cuerpo a la luz, con poemarios de Eugenio Mancera y Ramírez Palomares.
En los noventa, con el impulso a la creación de institutos o departamentos culturales, se acentuó el arraigo del segundo grupo y se publicaron en la localidad sus primeros libros formales. A mediados de esa década existía ya el fundamento bibliográfico de la generación, a la cual habría que aproximar los nombres de Gerardo Sánchez, Graciela Guzmán y Baudelio Camarillo.
Márquez de Anda se estableció en una expresividad áspera, de imágenes volcadas hacia una mascarada trágica entregada al recurso de cierta crueldad y a una intransigencia de tintes anarquistas. Posteriormente se dio al quehacer de desmontar sus propios poemas, con algunas vinculaciones hacia Deniz. La pared en la ventanaera, en una versión inicial, un grupo de unos ochenta poemas; al publicarse en libro quedaron doce, aunque el volumen, lance inexplicado, se publicó con el resto de las ochenta páginas en blanco. Luego, Márquez se aproximó a un tono más conceptuoso y con referencias clásicas pero sin formalismos.
Ramírez Palomares ha confiado desde su juventud en las potencias de los sentidos, por lo que su obra se constituye de aproximaciones a la compasión de la vida inmediata (como si él también tuviera una Tía Chofi) y la progresión sensual sobre cuerpos y cosas que lo sorprenden de continuo. Los rituales de la embriaguez dispersan y conducen gran parte de su reflexión sensible, en contrapuntos ocasionales con breves proyectos acerca del circo y la lectura.
Vázquez Apolinar muestra un hilo filosófico (y hasta teológico) con el que aborda todos los asuntos que le van interesando. Así, el amor es un tema de reflexión sobre el destino más que un encuentro en la materia. El mundo es un objeto presente para ser interrogado más que exprimido. El universo, un misterio al que la inteligencia imaginante busca develar. Un grupo de diez libros suyos se publicó en España bajo seudónimo; y con otro seudónimo ha dado a conocer otras páginas de igual talante.
Cardoza trajo de su país una fórmula para contar el poema y acomodar la historia desde la imaginación, con una especie de equilibrio de frases entre delirantes y narrativas, marcadas alusiones a la tradición bíblica y a los mitos, clásicos o populares, o personajes propios de la literatura, que acontecen para dirimir, socarronamente, nuestra actualidad.
Mancera, de arraigo terrestre, persigue una expresión de ecos hispánicos: el amor cortés, los olivos, el horizonte marino llevado por la sonoridad de versos e imágenes que evocan la trayectoria más acendrada de la poesía en nuestro idioma. Ha sabido dialogar con sus lecturas sistemáticas y combinarlas con vivencias y posiciones surgidas de su doble filiación de productor agrícola e investigador académico.

sábado, 29 de diciembre de 2012

CARLOS PELLICER (1897-1977)

Carlos Pellicer (1897- 1977) 
 
DESEOS
Trópico, para que me diste
las manos llenas de color.
Todo lo que yo toque
se llenará de sol.
En las tardes sutiles de otras tierras
pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol.
Déjame un solo instante
dejar de ser grito y color.
Déjame un solo instante
cambiar de clima el corazón,
beber la penumbra de una costa desierta,
inclinarme en silencio sobre un recóndito balcón,
ahondarme en el manto de pliegues finos,
dispersarme en la orilla de una suave devoción,
acariciar dulcemente las cabelleras lacias
y escribir con un lápiz muy fino mi meditación.
¡Oh, deja de ser un solo instante
el Ayudante de Campo del sol!
¡Trópico, para qué me diste
las manos llenas de color!
    Seis, siete poemas, 1924

GRUPOS DE PALOMAS
A la señora Lupe Medina de Ortega
1
Los grupos de palomas, 
notas, claves, silencios, alteraciones, 
modifican el ritmo de la loma. 
La que se sabe tornasol afina 
las ruedas luminosas de su cuello 
con mirar hacia atrás a su vecina. 
Le da al sol la mirada 
y escurre en una sola pincelada 
plan de vuelos a nubes campesinas.
2
La gris es una joven extranjera 
cuyas ropas de viaje 
dan aire de sorpresa al paisaje 
sin compradoras y sin primaveras.
3
Hay una casi negra 
que bebe astillas de agua en una piedra. 
Después se pule el pico, 
mira sus uñas, ve las de las otras, 
abre un ala y la cierra, tira un brinco 
y se para debajo de las rosas. 
El fotógrafo dice: 
para el jueves, señora. 
Un palomo amontona sus erres cabeceadas, 
y ella busca alfileres 
en el suelo que brilla por nada. 
Los grupos de palomas 
--notas, claves, silencios, alteraciones-- 
modifican lugares de la loma.
4
La inevitablemente blanca, 
sabe su perfección, bebe en la fuente 
y se bebe a sí misma y se adelgaza 
cual un poco de brisa en una lente 
que recoge el paisaje. 
Es una simpleza 
cerca del agua. Inclina la cabeza 
con tal dulzura, 
que la escritura desfallece 
en una serie de sílabas maduras.
5
Corre un automóvil y las palomas vuelan. 
En la aritmética del vuelo, 
los ochos árabes desdóblanse 
y la suma es impar. Se mueve el cielo 
y la casa se vuelve redonda. 
Un viraje profundo. 
Regresan las palomas. 
Notas. Claves. Silencios. Alteraciones. 
El lápiz se descubre, se inclinan las lomas, 
y por 20 centavos se cantan las canciones.
    Hora y 20, 1927
HORAS DE JUNIOVuelvo a ti, soledad, agua vacía,
agua de mis imágenes, tan muerta,
nube de mis palabras, tan desierta,
noche de la indecible poesía.
Por ti la misma sangre --tuya y mía--
corre al alma de nadie siempre abierta.
Por ti la angustia es sombra de la puerta
que no se abre de noche ni de día.
Sigo la infancia en tu prisión, y el juego
que alterna muertes y resurrecciones
de una imagen a otra vive ciego.
Claman el viento, el sol y el mar de viaje.
Yo devoro mis propios corazones
y juego con los ojos del paisaje.
Junio me dio la voz, la silenciosa
música de callar un sentimiento.
Junio se lleva ahora como el viento
la esperanza más dulce y espaciosa.
Yo saqué de mi voz la limpia rosa,
única rosa eterna del momento.
No la tomó el amor, la llevó el viento
y el alma inútilmente fue gozosa.
Al año de morir todos los días
los frutos de mi voz dijeron tanto
y tan calladamente, que unos días
vivieron a la sombra de aquel canto.
(Aquí la voz se quiebra y el espanto
de tanta soledad llena los días.)
Hoy hace un año, Junio, que nos viste,
desconocidos, juntos, un instante.
Llévame a ese momento de diamante
que tú en un año has vuelto perla triste.
Álzame hasta la nube que ya existe,
líbrame de las nubes, adelante.
Haz que la nube sea el buen instante
que hoy cumple un año, Junio, que me diste.
Yo pasaré la noche junto al cielo
para escoger la nube, la primera
nube que salga del sueño, del cielo,
del mar, del pensamiento, de la hora,
de la única hora que me espera.
¡Nube de mis palabras, protectora!
    Hora de junio, 1937
HORAS DE JUNIOJunio, jardín de junio, yo no quise
sino sólo una voz de su ternura,
besar el aire que en sus ojos dura
y soltar en mis labios lo que dice.
Aire, junio en los aires ya predice
las imágenes muertas en la oscura
piedad de las palabras que apresura
la sola poesía que no quise.
Agua, en tus lluvias llévame ceñido
al campo de tus ojos, al latido
del corazón que halle en otra sombra.
Róbame a los espacios que su acento
busque al azar, fuera de luz y sombra.
Yo cubriré mi sombra con el viento.
Junio que no cumpliste el prometido
fruto del sacrificio, tú caminas
y a las treinta jornadas avecinas
el ave prodigiosa del olvido.
Yo me quedo más solo que tu olvido
en la imagen creciente de tus ruinas.
¡Yo caminara lo que tu caminas!
¡Yo olvidara el olvido de tu olvido!
Por ti la angustia es llave de la puerta
que no se abrió ni de noche ni de día.
¡Agua de mis imágenes, tan muerta!
¡Noche de la implacable poesía!
Por ti la misma sangre, tuya y mía,
corre el alma de nadie siempre abierta.
    Hora de junio, 1937

POESÍA
Poesía, verdad, poema mío,
fuerza de amor que halló tus manos, lejos
en un vuelo de junios pulió espejos
y halló en la luz la palidez, el frío.
Yo rebosé los cántaros del río,
paré la luz en los remansos viejos,
di órdenes a todos los reflejos;
Junio perfecto dio su poderío.
Poesía, verdad de todo sueño,
nunca he sido de ti mas corto dueño
que en este amo en cuyas nubes muero.
Huye de mí, conviérteme en tu olvido,
en el tiempo imposible, en el primero
de todos los recuerdos del olvido.
    Hora de junio, 1937

HORAS DE JUNIO
Amor así, tan cerca de la vida,
amor así, tan cerca de la muerte.
Junto a la estrella de la buena suerte
la luna nueva anúnciate la herida..
En un cielo de junio la escondida
noche te hace temblar pálido y fuerte;
el abismo creció por conocerte
robando al riesgo su sorpresa henchida.
Hiéreme así, dejándome en la herida
la sangre que no cuaja ni la muerte
--la llaga con la sangre de la vida--.
Ya estás herido con mi propia suerte
y somos la catástrofe emprendida
con todo nuestro ser desnudo y fuerte.
Eramos la materia de los cielos
que en círculos inútiles perece
sin dar el fuego cósmico que crece
sino apenas el ritmo de sus vuelos.
Energía de idénticos anhelos
que aleja y avecina y que los mece,
juntó en choque de fuerzas luz que acrece
la sombra en tierra de sus hondos cielos.
Y buscándose en ambos nuestra suerte
fluyó hacia tu esbeltez la fuerza fuerte
que al fin su espacio halló propio y profundo.
Salgo de ti y estoy en tu tristeza,
sales de mí y estás en tu belleza.
Las estrellas nos ven: ya hay otro mundo.
Eso que no se dice ni se canta
es sólo un nombre ¿acaso es un suspiro?
En la sangre celeste de un zafiro
tiene lugar, y tiempo, y voz levanta.
¿En que número numen, qué garganta,
qué secreto feliz, a cuál retiro
donde sólo el suspiro de un suspiro
pase, te he de esconder, ventura tanta?
Si estas manos vacías ya están llenas
al pensar en tu ser --lecho de arenas
con que las aguas doran su camino--,
donde ponerlas, manos asombradas
de mostrarse desnudas al destino
y levantar al cielo llamaradas.
    Hora de junio, 1937

RECINTO (fragmentos)
II
Que se cierre esa puerta 
que no me deja estar a solas con tus besos. 
Que se cierre esa puerta 
por donde campos, sol y rosas quieren vernos. 
Esa puerta por donde 
la cal azul de los pilares entra 
a mirar como niños maliciosos 
la timidez de nuestras dos caricias 
que no se dan porque la puerta, abierta...Por razones serenas
pasamos largo tiempo a puerta abierta.
Y arriesgado es besarse
y oprimirse las manos, ni siquiera
mirarse demasiado, ni siquiera
callar en buena lid...
Pero en la noche
la puerta se echa encima de sí misma
y se cierra tan ciega y claramente,
que nos sentimos ya, tú y yo, en campo abierto
escogiendo caricias como joyas
ocultas en noches con jardines
puestos en las rodillas de los montes,
pero solos, tú y yo.
La mórbida penumbra
enlaza nuestros cuerpos y saquea
mi ternura tesoro,
la fuerza de mis brazos que te agobian
tan dulcemente, el gran beso insaciable
que se bebe a sí mismo
y en su espacio redime
lo pequeño de ilímites distancias...
Dichosa puerta que nos acompañas,
cerrada, en nuestra dicha. Tu obstrucción
es la liberación destas dos cárceles;
la escapatoria de las dos pisadas
idénticas que saltan a la nube
de la que se regresa en la mañana.
 
 

XVI
¿Qué harás? ¿En que momento 
tus ojos pensarán en mis caricias? 
¿Y frente a cuales cosas, de repente, 
dejarás, en silencio, una sonrisa? 
Y si en la calle 
hallas mi boca triste en otra gente, 
¿la seguirás? 
¿Que harás si en los comercios --semejanzas-- 
algo de mi encuentras?¿Qué harás?
¿Y si en el campo un grupo de palmeras
o un grupo de palomas o uno de figuras
vieras?
(Las estrofas brillan en sus aventuras
de desnudas imágenes primeras.)
¿Y si al pasar frente a la casa abierta,
alguien adentro grita: ¡Carlos!?
¿Habrá en tu corazón el buen latido?
¿Cómo será el acento de tu paso?
Tu carta trae el perfume predilecto.
Yo la beso y la aspiro.
En el rápido drama de un suspiro
la alcoba se encamina hacia otro aspecto.
¿Qué harás?
Los versos tienen ya los ojos fijos.
La actitud se prolonga. De las manos
caen papel y lápiz. Infinito
es el recuerdo. Se oyen en el campo
las cosas de la noche. --Una vez
te hallé en el tranvía y no me viste.
--Atravesando un bosque ambos lloramos.
--Hay dos sitios malditos en la ciudad. ¿Me diste
tu dirección la noche del infierno?
--...Y yo creí morirme mirándote llorar.
Yo soy...
                                     Y me sacude el viento.
¿Qué harás?
    Recinto y otras imágenes, 1941

TEMA PARA UN NOCTURNO
Cuando hayan salido del reloj todas las hormigas
y se abra --por fin-- la puerta de la soledad,
la muerte,
ya no me encontrará.
Me buscará entre los árboles, enloquecidos
por el silencio de una cosa tras otra.
No me hallará en la altiplanicie deshilada
sintiéndola en la fuente de una rosa.
Estoy partiendo el fruto del insomnio
con la mano acuchillada por el azar.
Y la casa está abierta de tal modo,
que la muerte ya no me encontrará.
Y ha de buscarme sobre los árboles y entre las nubes.
(¡Fruto y color la voz encenderá!)
Y no puedo esperarla: tengo cita
con la vida, a las luces de un cantar.
Se oyen pasos --¿muy lejos?...-- todavía
hay tiempo de escapar.
Para subir la noche sus luceros,
un hondo son de sombras cayó sobe la mar.
Ya la sangre contra el corazón se estrella.
Anochece tan claro que me puedo desnudar.
Así, cuando la muerte venga a buscarme,
mi ropa solamente encontrará.
    Subordinaciones, 1949

LOS SONETOS DE ZAPOTLAN (fragmento)
I
A Juan José Arreola
Un amarillo esta de otoño al día. 
Sus olvidadas comunicaciones 
abrieron los antiguos corazones 
que junio en otros junios exprimía.Triunfos de corporal idolatría
desnudan sepulcrales posesiones.
Las perlas, amargadas, las acciones
atléticas, vejada fantasía.
¿En donde estás, eterna primavera?
¿Por qué perdí tu claridad ligera
y en flores amarillas te descubro?
Y devorado por mi boca herida,
con las palabras que te digo cubro
la muerte más hermosa de mi vida.
    Practica de vuelo, 1956

HE OLVIDADO MI NOMBRE
He olvidado mi nombre.
Todo será posible menos llamarse Carlos.
¿Y dónde habrá quedado?
Estoy entre la noche desnudo como un baño
listo y que nadie usa por no ser el primero
en revolver el mármol de un agua tan estricta
que fuera uno a parar en estatua de aseo.
Al olvidar mi nombre siento comodidades
de lluvia en un paraje donde nunca ha llovido.
Una presencia lluvia con paisaje
y un profundo entonar el olvido.
¿Qué hará mi nombre,
en dónde habrá quedado?
Siento que un territorio parecido a Tabasco
me lleva entre sus ríos inaugurando bosques,
unos bosques tan jóvenes que da pena escucharlos
deletreando los nombres de los pájaros.
Son ríos que se bañan cuando lo anochecido
de todas las palabras siembra la confusión
y la desnudez del sueño está dormida
sobre los nombres íntimos de lo que fue una flor.
Y yo sin nombre y solo con mi cuerpo sin nombre
llamándole amarillo a lo azul y amarillo
a lo que nunca puede jamás ser amarillo;
feliz, desconocido de todos los colores.
¿A qué fruto sin árbol le habré dado mi nombre
con este olvido lívido de tan feliz memoria?
En el Tabasco nuevo de un jaguar despertado
por los antiguos pájaros que enseñaron al día
a ponerse la voz igual que una sortija
de frente y de canto.
Jaguar que está en Tabasco y estrena desnudez
y se queda mirando los trajes de la selva,
con una gran penumbra de pereza y desdén.
Por nacer en Tabasco cubro de cercanías
húmedas y vitales el olvido a mi nombre
y otra vez terrenal y nuevo paraíso
mi cuerpo bien herido toda mi sangre corre.
Correr y ya sin nombre y estrenando hojarasca
de siglos.
Correr feliz, feliz de no reconocerse
al invadir las islas de un viaje arena y tibio.
He perdido mi nombre.
¿En qué jirón de bosque habrá quedado?
¿Qué corazón del río lo tendrá como un pez,
sano y salvo?
Me matarán de hambre la aurora y el crepúsculo.
Un pan caliente --el Sol-- me dará al mediodía.
Yo era siete y setenta y ahora sólo uno,
uno que vale uno de cerca y lejanía.
El bien bañado río todo desnudo y fuerte,
sin nombre de colores ni de cantos.
Defendido del Sol con la hoja de toh.
Todo será posible menos llamarse Carlos.
    Obras, "Poemas no coleccionados", 1981

SONETO
A un amigo incomparable, regalándole un reloj
El tiempo que nos une y nos divide 
--frutal nocturno y floreciente día-- 
hoy junto a ti, mañana lejanía, 
devora lo que olvida y lo que pide.Cuidar en él lo que al volar descuide
será internarse en su relojería;
y minuto a minuto y día a día,
sin quererlo, aunque poco, nos olvide.
Olvidados del tiempo, esos instantes,
serán de eternidad; los deslumbrantes
momentos del instante de lo eterno.
Junio en tus manos su belleza afina;
el otoño es su dócil subalterno.
Tiempo y eternidad tu alma combina.
    Obras, "Poemas no coleccionados", 1981

ALFONSO REYES (1889-1959)


Alfonso Reyes (1889-1959)
GLOSA DE MI TIERRA
Amapolita morada
del valle donde nací:
sino estás enamorada,
enamórate de mi.
    I
Aduerma el rojo clavel
o el blanco jazmín de las sienes;
que el cardo es sólo desdenes,
y sólo furia el laurel.
Dé el monacillo su miel,
y la naranja rugada
y la sedienta granada
zumo y sangre --oro y rubí;
que yo te prefiero a ti,
amapolita morada.
    II
Al pie de la higuera hojosa
tiende el manto la alfombrilla;
crecen la anacua sencilla
y la cortesana rosa;
donde no la mariposa,
tornasola el colibrí.
Pero te prefiero a ti,
de quien la mano se aleja:
vaso en que duerme la queja
del valle donde nací.
    III
Cuando, al renacer el día
y al despertar de la siesta,
hacen las urracas fiesta
y salvas de gritería,
¿por qué, amapola, tan fría,
o tan pura, o tan callada?
¿Por qué, sin decirme nada,
me infundes un ansia incierta
--copa exhausta, mano abierta--
si no estás enamorada?
    IV
¿Nacerán estrellas de oro
de tu cáliz tremulento
--norma para el pensamiento
o bujeta para el lloro?
No vale un canto sonoro
el silencio que te oí.
Apurando estoy en ti
cuánto la música yerra.
Amapola de mi tierra:
enamórate de mí.
    Huellas, 1922
LA AMENAZA DE LA FLOR
Flor de las adormideras:
engáñame y no me quieras.

¡Cuánto el aroma exageras,
cuánto extremas tu arrebol,
flor que te pintas ojeras
y exhalas el alma al sol!

Flor de las adormideras

Una se te parecía
en el rubor con que engañas,
y también porque tenía
como tú negras pestañas.

Flor de las adormideras.

Una se te parecía...
(Y tiemblo sólo de ver
tu mano puesta en la mía:
tiemblo no amanezca un día
en que te vuelvas mujer.)
    Huellas, 1922
APENAS
A veces, hecho de nada,
sube un efluvio del suelo.
De repente, a la callada,
suspira de aroma el cedro.

Como somos la delgada
disolución de un secreto,
a poco que cede el alma
desborda la fuente de un sueño.

¡Mísera cosa la vaga
razón cuando, en el silencio,
una como resolana
me baja, de tu recuerdo!
    Otra voz, 1936
MORIR
En el más cariñoso lecho
me siento morir,
cuando en la naturaleza,
toda mansa como jardín.

Muelle, el ala del ángel blanco
¡qué piedad, que ternura al fin!--
primera vez roza mis hombros
como el arco roza el violín.

Esta frescura de saber
que también nos vamos de aquí,
¡qué novedad en la conciencia,
qué persuasión blanda y sutil!

¡Qué conformidad, que tersura,
qué dejarse ir!
Sus filos y puntas los actos
redondean al llegar a mí.

Ni la sangría del estoico
que se amenguaba sin sentir,
ni el áspid que penas besaba
el botón de ansioso carmín:

Lento declive, y tan seguro
--hinchado de sí--
que ni da lugar a lamentos
ni a temores, ni

siquiera al vago cosquilleo
de ese minuto por venir
en que se ha de abrir a mis ojos
algo que se tiene que abrir.

¡Qué natural lo que se acaba
cuando ya se acaba por sí!
Voy con la razón satisfecha,
dormido, contento, feliz.

¡Y yo que viví tantos años,
tantos años como perdí,
sin dar oídos a la esfinge
que susurraba junto a mí!

Yo no sabía que la vida
se reclina y se tiene así
en esa gula de la nada
que es su diván, es su cojín.
    Otra voz, 1936
SOL DE MONTERREY
No cabe duda: de niño,
a mí me seguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Saltaba de patio en patio,
se revolcaba en mi alcoba.
Aun creo que algunas veces
lo espantaban con la escoba.
Y a la mañana siguiente,
ya estaba otra vez conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

    (El fuego de mayo
    me armó caballero:
    yo era el Niño Andante,
    y el sol, mi escudero.)

Todo el cielo era de añil;
toda la casa de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Mar adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh cuánto me pesa el sol!
¡Oh cuánto me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!

Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.--
Cada ventana era sol,
cada cuarto era ventanas.
Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.

Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
--¡Ya llevas sol para rato!--
Es tesoro --y no se acaba--
no se me acaba --y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.--
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.
    Otra voz, 1936
GOLFO DE MÉXICO
VERACRUZ
La vecindad del mar queda abolida:
basta saber que nos guardan las espaldas,
que hay una ventana inmensa y verde
por donde echarse a nado.
LA HABANA
No es Cuba, donde el mar disuelve el alma.
No es Cuba --que nunca vio Gauguin,
que nunca vio Picasso--,
donde negros vestidos de amarillo y de guinda
rondan el malecón, entre dos luces,
y los ojos vencidos
no disimulan ya los pensamientos.

No es Cuba --la que nunca oyó Stravinsky
concertar sones de marimbas y güiros
en el entierro de Papá Montero,
ñañigo de bastón y canalla rumbero.

No es Cuba --donde el yanqui colonial
se cura del bochorno sorbiendo "granizados"
de brisa, en las terrazas del reparto;
donde la policía desinfecta
el aguijón de los mosquitos últimos
que zumban todavía en español.

No es Cuba --donde el mar se transparenta
para que no se pierdan los despojos del Maine,
y un contratista revolucionario
tiñe de blanco el aire de la tarde,
abanicando, con sonrisa veterana,
desde su mecedora, la fragancia
de los mangos y cocos aduaneros.
VERACRUZ
No: aquí la tierra triunfa y manda
--caldo de tiburones a sus pies.
Y entre arrecifres, últimas cimbres de la Atlántida,
las esponjas de algas venenosas
manchan de bilis verde que se torna violeta
los lejos donde el mar cuelga el aire.

Basta saber que nos guardan las espaldas:
la ciudad sólo abre hacia la costa
sus puertas de servicio.

En el aburridero de los muelles,
los mozos de cordel no son marítimos:
carga en la bandeja del sombrero
u sol de campo adentro:
hombres color de hombre,
que el sudor emparienta con el asno
--y el equilibrio jarocho de los bustos,
al peso de cívicas pistolas.

Herón Proal, con manos juntas y ojos bajos,
siembra la clerical cruzada de inquilinos;
y las bandas de funcionarios en camisa
sujetan el desborde de sus panzas
con relumbrantes dentaduras de balas.

Las sombras de los pájaros
danzan sobre las plazas mal barridas.
Hay aletazos en las torres altas.

El mejor asesino del contorno,
viejo y altivo, cuenta una proeza.
Y un juchiteco, esclavo manumiso
del fardo en que descansa,
busca y recoge con el pie descalzo
el cigarro que el sueño de la siesta
le robó de la boca.

Los Capitanes, como han visto tanto,
disfrutan, si hablarse,
los menjurjes de menta en los portales.
Y todas las tormentas de las Islas Canarias,
y el cabo Verde y sus faros de colores,
y la tinta china del Mar Amarillo,
y el Rojo entresoñado
que el profeta judío parte en dos con la vara,
y el Negro, donde nadan
carabelas de cráneos de elefantes
que bombean el Diluvio con la trompa,
y el Mar de Azufre,
donde perdieron cabellera, ceja y barba,
y el de Azogue, que puso dientes de oro
a la tripulación de piratas malayos,
reviven el olor del alcohol de azúcar,
y andan de mariposas prisioneras
bajo el azul "quepi" de tres galones,
mientras consume nubes de tifones
la pipa de cerezo.

La vecindad del mar queda abolida.
Gañido errante de cobres y cornetas
pasea en un tranvía.--
Basta saber que nos guardan las espaldas.

(Atrás, una ventana inmensa y verde...)
El alcohol del sol pinta de azúcar
los terrones fundentes de las casas.
(...por donde echarse a nado).

Miel de sudor, parentesco del asno,
y hombres color de hombre
conciertan otras leyes,
en medio de las plazas donde vagan
las sombras de los pájaros.

Y sientes a la altura de tus sienes
los ojos fijos de las viudas de guerra.

Y yo te anuncio el ataque a los volcanes
de la gente que está de espalda al mar:
cuando los comedores de insectos
ahuyenten las langostas con los pies
--y en el silencia de las capitales
se oirán venir pisadas de sandalias
y el trueno de las flautas mexicanas.
    La vega y el soto, 1944
ARTE POÉTICA
    1
Asustadiza gracia del poema:
flor temerosa, recatada en llema.
    2
Y se cierra, como la sensitiva,
si la llega a tocar la mano viva.
    3
--Mano mejor que la mano de Orfeo,
mano que la presumo y no la creo,
    4
para traer la Eurídice dormida
hasta la superficie de la vida
    La vega y el soto, 1944
LOS CABALLOS
¡Cuántos caballos en mi infancia!
Atados de la argolla y cabezada,
en el patio de coches de la casa,
desempedrando el suelo en su impaciencia
y dando gusto a las rasposas lenguas,
los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Aprendí a montar a caballo
en el real de San Pedro y San Pablo.
Éste era un alazán de trote largo
que se llamaba --pido perdón-- el Grano de Oro.

Mi padre, poeta a ratos,
y siempre poeta de acción,
cuidaba como Adán del nombre de las cosas:
--Para algo tienen cuatro cascos,
para andar de prisa.
Pónmele un nombre raudo como el rayo,
quítale ese nombre que da risa.--
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Me hacían jinete y versero
el buen trote y sus octosílabos
y el galope de arte mayor,
mientras las espuelas y el freno
me iban enseñando a medir el valor.

Pero, aunque yo partiese a rienda suelta,
mi fuga no pasaba de la esquina:
el caballo era herencia de un gendarme borracho
y paraba sólo en los tendajos.
¡Oh ridículo símbolo
de una prudencia que era apenas vicio!

Y me fui haciendo al tufo dulzón
y al fraseo del guadarnés
y a todos los refranes del caso:

    En la cuesta,
    como quiera la bestia,
    y en el llano,
    como quiera el amo.

Y aquella justa máxima que parece moneda:
Nunca dejes camino por vereda.

Y aprendí de falsa y de almartirgón
y de pasito y trote inglés,
que no va nada bien con la silla vaquera;
porque yo nunca supe de albardón,
y esto es lo que me queda del color regional.

Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Mi segundo caballo
se llamaba Lucero y no Petardo:
él sólo entendía por su nombre
y en vano quisieron mudárselo.
Pequeño y retinto,
nervioso y fino,
con la mancha blanca en la frente...
Nunca tuve mejor amigo,
nunca he tratado mejor gente.

Rompía el cabestro,
pisoteaba el huerto.
cruzaba el parque a las volandas,
atravesaba el corral de los coches,
entraba resbalando por los corredores,
abría con la cabeza la puerta de mi alcoba
y venía hasta mi cama de niño
a despertarme todas las mañanas.

¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!

En una enfermedad que tuve
me lo llenaron de oprobiosas mañas,
que ya ni yo lo conocía:
me lo volvieron pajarero,
lo hicieron duro del bocado
y cabeceador,
y le enseñaron esas vilezas
de arrancar el galope al levantar la mano
y otras torpes costumbres que pasan por proezas.
Y yo ya no lo quise montar
y, como había que hacer algo,
se lo vendimos a un Alemán.

Porque el verdadero caballo
se ha de conocer en el tranco:
geometría plana, destreza lineal
de la auténtica equitación,
implícita en el bruto y no de quita y pon.

¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!

Me dajaba a la puerta de la escuela
y luego regesaba por mí;
era mi ayo y mi mandadero.
Y yo me río de Tom Mix
y de su potro que le hace de perro
cuando me acuerdo de mi lucero.

Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Y vino el Tapatío, propio bridón de guerra,
mucha montura para el muchacho que yo era.
Allá cerca del Polvorín,
quiso un día sembrarme en el barranco;
que aunque el siempre me pedía azúcar
y me lo negaba,
yo bien se lo entendí,
que su voluntad bien clara estaba.

Y vino el pinto, un poney
manchado como vaca de blanco y amarillo;
un artista de circo
que también entendía de tiro.
Y como yo ya había crecido
--vamos al decir--,
con las piernas le sujetaba
todas las malas intenciones.
Por las cumbres del Cerro del Caído
siempre andaba conmigo.
En la capital siempre lo usé
para tirar de un cabriolé,
en el paseo --ya se ve--
del Zócalo a Chapultepec.

Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Y luego se confunden las memorias
de la cuadra paterna:
uno era el Gallo, de charol lustroso,
otro se llamaba el Carey,
yo no sé bien por qué,
y aquel noble Zar que se abría de patas
para que mi padre montara,
(como el bucéfalo de Alejandro,
según testimonio de Eliano);
y aquel otro lucero en que él vino a morir
bajo las indecisas hoces de la metralla.

Lo guardaron como reliquia,
como mutilado de la patria,
aunque, cojo y clareado de balas,
no servía ya para nada.

Hubo una leva en la Revolución:
se llevaron al pobre en el montón,
sin hacer caso de su orgullo:
--¡Qué los maten a todos,
y que Dios escoja los suyos.
    Obras Completas, T. X. Constancia poética, 1959

RAMÓN LÓPEZ VELARDE (1888-1921)

Ramón López Velarde (1888-1921) 
 
EL PIANO DE GENOVEVA
Piano llorón de Genoveva, doliente piano
que en tus teclas resumes de la vida el arcano;
piano llorón, tus teclas son blancas y son negras,
como mis días negros, como mis blancas horas;
piano de Genoveva que en la alta noche lloras,
que hace muchos inviernos crueles que no te alegras:
tu música es historia de poéticos males,
habla de encantamientos y de princesas reales,
de los pequeños novios que por robar los nidos
una tarde nublada se quedaron perdidos
en el bosque; y nos cuenta de la niña agraciada
que recibió regalos de sus once madrinas,
que no invitó a la otra a sus bodas divinas
y que sufrió por ello los enojos del hada.
Me pareces, ¡oh piano!, por tu voz lastimera,
una caja de lágrimas, y tu oscura madera
me evoca la visita del primer ataúd
que recibí en mi casa en plena juventud.
Piano de Genoveva, te amo por indiscreto;
de tu alma a todo el mundo revelas el secreto;
cuentas, uno por uno, todos sus desengaños.
Piano llorón, la hermosa más hermosa del valle,
se nos ha vuelto triste porque tiene treinta años
y no hay por todo el pueblo quien ronde por su calle.
Genoveva, regálame tu amor crepuscular:
esos dulces treinta años yo los puedo adorar.
Ruégale tú que al menos, pobre piano llorón,
con sus plantas minúsculas me pise el corazón.
Pluma y lápiz, 1912

ELOGIO A FUENSANTA
Tú no eres en mi huerto la pagana
rosa de los ardores juveniles;
te quise como a una dulce hermana
y gozoso dejé mis quince abriles
cual un ramo de flores de pureza
entre tus manos blancas y gentiles.
Humilde te ha rezado mi tristeza
como en los pobres templos parroquiales
el campesino ante la Virgen reza.
Antífona es tu voz, y en los corales
de tu mística boca he descubierto
el sabor de los besos maternales.
Tus ojos tristes, de mirar incierto,
recuérdanme dos lámparas prendidas
en la penumbra de un altar desierto.
las palmas de tus manos son ungidas
por mí que provocando tus asombros
las beso en las ingratas despedidas.
Soy débil, y al marchar por entre escombros
me dirige la fuerza de tu planta
y reclino las sienes en tus hombros.
Nardo es tu cuerpo y su virtud es tanta
que en tus brazos beatíficos me duermo
como sobre los senos de una Santa.
¡Quién me otorgara en mi retiro yermo
tener, Fuensanta, la condescendencia
de tus bondades a mi amor enfermo
como plenaria y última indulgencia!
México en el arte, 1949

SER UNA CASTA PEQUEÑEZ
A Alfonso Cravioto
Fuérame dado remontar el río 
de los años, y en una reconquista 
feliz de mi ignorancia, ser de nuevo 
la frente limpia y bárbara del niño...Volver a ser el arrebol, y el húmedo
pétalo, y la llorosa y pulcra infancia
que deja el baño por secarse al sol...
Entonces, con instinto maternal,
me subirías al regazo, para
interrogarme, Amor, si eras querida
hasta el agua inmanente de tu pozo
o hasta el penacho tornadizo y frágil
de tu naranjo en flor.
Yo, sintiéndome bien en la aromática
vecindad de tus hombros y en la limpia
fragancia de tus brazos,
te diría quererte más allá
de las torres gemelas.
Dejarías entonces en la bárbara
novedad de mi frente
el beso inaccesible
a mi experiencia licenciosa y fúnebre.
¿Por qué en la tarde inválida,
cuando los niños pasan por tu reja,
yo no soy una casta pequeñez
en tus manos adictas
y junto a la eficacia de tu boca?
Sangre devota, 1916

MI PRIMA AGUEDA
   A Jesús Villalpando
Mi madrina invitaba a mi prima Agueda 
a que pasara el día con nosotros, 
y mi prima llegaba 
con un contradictorio 
prestigio de almidón y de temible 
luto ceremonioso.Agueda aparecía, resonante
de almidón, y sus ojos
verdes y sus mejillas rubicundas
me protegían contra el pavoroso
luto...
 Yo era rapaz
y conocía la o por lo redondo,
y Agueda que tejía
mansa y perseverante en el sonoro
corredor, me causaba
calosfríos ignotos...
(Creo que hasta la debo la costumbre
heroicamente insana de hablar solo.)
A la hora de comer, en la penumbra
quieta del refectorio,
me iba embelesando un quebradizo
sonar intermitente de vajilla
y el timbre caricioso
de la voz de mi prima.
   Agueda era
(luto, pupilas verdes y mejillas
rubicundas) un cesto policromo
de manzanas y uvas
en el ébano de un armario añoso.
La sangre devota, 1916

ME ESTÁS VEDADA TÚ
¿Imaginas acaso la amargura
que hay en no convivir
los episodios de tu vida pura?
me está vedado conseguir que el viento
y la llovizna sean comedidos
con tu pelo castaño.
Me está vedado oír en los latidos
de tu paciente corazón (sagrario
de dolor y clemencia)
la fórmula escondida
de mi propia existencia.
Me está vedado, cuando te fatigas
y se fatiga hasta tu mismo traje,
tomarte en brazos, como quien levanta
a su propia ilusión incorruptible
hecha fantasma que renuncia al viaje.
Despertarás una mañana gris
y verás, en la luna de tu armario,
desdibujarse un puño
esquelético, y ante el funerario
aviso, gritarás las cinco letras
de mi  nombre, con voz pávida y floja
¡y yo me hallaré ausente
de tu final congoja!
¿Imaginas acaso
mi amargura impotente?
Me estás vedada tú... Soy un fracaso
de confesor y médico que siente
perder a la mejor de sus enfermas
y a su más efusiva penitente.
La sangre devota, 1916

LA MANCHA DE PÚRPURA
Me impongo la costosa penitencia
de no mirarte en días y días, porque mis ojos,
cuando por fin te miren, se aneguen en tu esencia
como si naufragasen en un golfo de púrpura,
de melodía y de vehemencia.
Pasa el lunes, y el martes, y el miércoles... Yo sufro
tu eclipse, ¡oh creatura solar!, mas en mi duelo
el afán de mirarte se dilata
como una profecía; se descorre cual velo
paulatino; se acendra como miel; se aquilata
como la entraña de las piedras finas;
y se aguza como el llavín
de la celda de amor de un monasterio en ruinas.
Tú no sabes la dicha refinada
que hay en huirte, que hay en el furtivo gozo
de adorarte furtivamente, de cortejarte
más allá de la sombra, de bajarse el embozo
una vez por semana, y exponer las pupilas,
en un minuto fraudulento,
a la mancha de púrpura de tu deslumbramiento.
En el bosque de amor, soy cazador furtivo;
te acecho entre dormidos y tupidos follajes,
como se acecha un ave fúlgida;  y de estos viajes
por la espesura, traigo a mi aislamiento
el más fúlgido de los plumajes:
el plumaje de púrpura de tu deslumbramiento.
Zozobra, 1919

DÍA 13
Mi corazón retrógrado
ama desde hoy la temerosa fecha
en que surgiste con aquel vestido
de luto y aquel rostro de ebriedad.
Día 13 en que el filo de tu rostro
llevaba la embriaguez como un relámpago
y en que tus lúgubres arreos daban
una luz que cegaba al sol de agosto,
así como se nubla el sol ficticio
en las decoraciones
de los Calvarios de los Viernes Santos.
Por enlutada y ebria simulaste,
en la superstición de aquel domingo,
una fúlgida cuenta de abalorio
humedecida en un licor letárgico.
¿En qué embriaguez bogaban tus pupilas
para que así pudiesen
narcotizarlo todo?
  Tu tiniebla
guiaba mis latidos, cual guiaba
la columna de fuego al israelita.
Adivinaba mi acucioso espíritu
tus blancas y fulmíneas paradojas:
el centelleo de tus zapatillas,
la llamarada de tu falda lúgubre,
el látigo incisivo de tus cejas
y el negro luminar de tus cabellos.
Desde la fecha de superstición
en que colmaste el vaso de mi júbilo,
mi corazón obscurantista clama
a la buena bondad del mal agüero;
que si mi sal se riega, irán sus granos
trazando en el mantel tus iniciales;
y si estalla mi espejo en un gemido,
fenecerá diminutivamente
como la desinencia de tu nombre.
Superstición, consérvame el radioso
vértigo del minuto perdurable
en que su traje negro devoraba
la luz desprevenida del cenit,
y en que su falda lúgubre era un bólido
por un cielo de hollín sobrecogido...
Zozobra, 1919

MI CORAZÓN SE AMERITA...
   A Rafael López
Mi corazón leal, se amerita en la sombra. 
Yo lo sacara al día, como lengua de fuego 
que se saca de un ínfimo purgatorio a la luz; 
y al oírlo batir su cárcel, yo me anego 
y me hundo en la ternura remordida de un padre 
que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego.Mi corazón leal, se amerita en la sombra.
Placer, amor, dolor... todo le es ultraje
y estimula su cruel carrera logarítmica,
sus ávidas mareas y su eterno oleaje.
Mi corazón leal, se amerita en la sombra.
Es la mitra y la válvula... Yo no me lo arrancaría
para llevarlo en triunfo a conocer el día,
la estola de violetas en los hombros del alba,
el cíngulo morado de los atardeceres,
los astros, y el perímetro jovial de las mujeres.
Mi corazón, leal, se amerita en la sombra.
Desde una cumbre enhiesta yo lo he de lanzar
como sangriento disco a la hoguera solar.
Así extirparé el cáncer de mi fatiga dura,
seré impasible por el Este y el Oeste,
asistiré con una sonrisa depravada
a las ineptitudes de la inepta cultura,
y habrá en mi corazón la llama que le preste
el incendio sinfónico de la esfera celeste.
Zozobra, 1919

TIERRA MOJADA...
Tierra mojada de las tardes líquidas
en que la lluvia cuchichea
y en que se reblandecen las señoritas, bajo
el redoble del agua en la azotea...
Tierra mojada de las tardes olfativas
en que un afán misántropo remonta las lascivas
soledades del éter, y en ellas se desposa
con la ulterior paloma de Noé;
mientras se obstina el tableteo
del rayo, por la nube cenagosa...
Tarde mojada, de hábitos labriegos,
en la cual reconozco estar hecho de barro,
porque en sus llantos veraniegos,
bajo el auspicio de la media luz,
el alma se licúa sobre los clavos
de su cruz...
Tardes en que el teléfono pregunta
por consabidas náyades arteras,
que salen del baño al amor
a volcar en el lecho las fatuas cabelleras
y a balbucir, con alevosía y con ventaja,
húmedos y anhelantes monosílabos,
según que la llovizna acosa las vidrieras...
Tardes como una alcoba submarina
con su lecho y su tina;
tardes en que envejece una doncella
ante el brasero exhausto de su casa,
esperando a un galán que le lleve una brasa;
tarde en que descienden
los ángeles, a arar surcos derechos
en edificantes barbechos;
tardes de rogativa y de cirio pascual;
tardes en que el chubasco
me induce a enardecer a cada una
de las doncellas frígidas con la brasa oportuna;
tardes en que, oxidada
la voluntad, me siento
acólito del alcanfor,
un poco pez espada
y un poco San Isidro Labrador...
Zozobra, 1919

HORMIGAS
A la cálida vida que transcurre canora
con garbo de mujer sin letras ni antifaces,
a la invicta belleza que salva y que enamora,
responde, en la embriaguez de la encantada hora,
un encono de hormigas en mis venas voraces.
Fustigan el desmán del perenne hormigueo
el pozo del silencio y el enjambre del ruido,
la harina rebanada como doble trofeo
en los fértiles bustos, el Infierno en que creo,
el estertor final y el preludio del nido.
Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo
y han de huir de mis pobres y trabajados dedos
cual se olvida en la arena un gélido bagazo;
y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos,
tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno,
tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo
como réproba llama saliéndose de un horno,
en una turbia fecha de cierzo gemebundo
en que ronde la luna porque robarte quiera,
ha de oler a sudario y a hierba machacada,
a droga y a responso, a pabilo y a cera.
antes de que deserten mis hormigas, Amada,
déjalas caminar camino de tu boca
a que apuren los viáticos del sanguinario fruto
que desde sarracenos oasis me provoca.
Antes de que tus labios mueran, para mi luto,
dámelos en el crítico umbral del cementerio
como perfume y pan y tósigo y cauterio.
Zozobra, 1919

IDOLATRÍA
La vida mágica se vive entera
en la mano viril que gesticula
al evocar el seno o la cadera,
como la mano de la Trinidad
teológicamente se atribula
si el Mundo parvo, que en tres dedos toma,
se le escapa cual un globo de goma.
Idolatremos todo padecer,
gozando en la mirífica mujer.
Idolatría
de la expansiva y rútila garganta,
esponjado liceo
en que una curva eterna se suplanta
y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo.
Idolatría
de los dos pies lunares y solares
que lunáticos fingen el creciente
en la mezquita azul de los Omares,
y cuando van de oro son un baño
para la Tierra, y son preclaramente
los dos solsticios de un único año.
Idolatría
de la grácil rodilla que soporta,
a través de los siglos de los siglos,
nuestra cabeza en la jornada corta.
Idolatría
de las arcas, que son
y fueron y serán horcas caudinas
bajo las cuales rinde el corazón
su diadema de idólatras espinas.
Idolatría
de los bustos eróticos y místicos
y los netos perfiles cabalísticos.
Idolatría
de la bizarra y música cintura,
guirnalda que en abril se transfigura,
que sirve de medida
a los más filarmónicos afanes,
y que asedian los raucos gavilanes
de nuestra juventud embravecida.
Idolatría
del peso femenino, cesta ufana
que levantamos entre los rosales
por encima de la primera cana,
en la columna de nuestros felices
brazos sacramentales.
Que siempre nuestra noche y nuestro día
clamen: ¡Idolatría! ¡Idolatría!
Zozobra, 1919

TODO...
   A José D. Frías
Sonámbula y picante, 
mi voz es la gemela 
de la canela.Canela ultramontana
e islamita,
por ella mi experiencia
sigue de señorita.
Criado con ella,
mi alma tomó la forma
de su botella.
Si digo carne o espíritu,
paréceme que el diablo
se ríe del vocablo;
mas nunca vaciló
mi fe si dije "yo".
Yo, varón integral,
nutrido en el panal
de Mahoma
y en el que cuida Roma
en la Mesa Central.
Uno es mi fruto:
vivir en el cogollo
de cada minuto.
Que el milagro se haga,
dejándome aureola
o trayéndome llaga.
No porto insignias
de masón
ni de Caballero
de Colón.
A pesar del moralista
que la asedia
y sobre la comedia
que la traiciona,
es santa mi persona,
santa en el fuego lento
con que dora el altar
y en el remordimiento
del día que se me fue
sin oficiar.
En mis andanzas callejeras
del jeroglífico nocturno,
cuando cada muchacha
entorna sus maderas,
me deja atribulado
su enigma de no ser
ni carne ni pescado.
Aunque toca al poeta
roerse los codos,
vivo la formidable
vida de todas y de todos;
en mí late un pontífice
que todo lo posee
y todo lo bendice;
la dolorosa Naturaleza
sus tres reinos ampara
debajo de mi tiara;
y mi papal instinto
se conmueve
con la ignorancia de la nieve
y la sabiduría del jacinto.
Zozobra, 1919

HUMILDEMENTE
   A mi madre y a mis hermanas
Cuando me sobrevenga 
el cansancio del fin, 
me iré, como la grulla 
del refrán, a mi pueblo, 
a arrodillarme entre 
las rosas de la Plaza, 
los aros de los niños 
y los flecos de seda de los tápalos.A arrodillarme en medio
de una banqueta herbosa,
cuando sacramentando
al reloj de la torre,
de redondel de luto
y manecillas de oro,
al hombre y a la bestia,
al azahar que embriaga
y a los rayos del sol.
aparece en su estufa el Divinísimo.
Abrazado a la luz
de la tarde que borda,
como al hilo de una
apostólica araña,
he de decir mi prez
humillada y humilde,
más que las herraduras
de las mansas acémilas
que conducen al Santo Sacramento.
"Te conozco, Señor,
aunque viajas de incógnito,
y a tu paso de aromas
me quedo sordomudo,
paralítico y ciego,
por gozar tu balsámica presencia.
"Tu carroza sonora
apaga repentina
el breve movimiento,
cual si fuesen las calles
una juguetería
que se quedó sin cuerda.
"Mi prima, con la aguja
en alto, tras sus vidrios,
está inmóvil con un gesto de estatua.
"El cartero aldeano
que trae nuevas del mundo,
se ha hincado en su valija.
"El húmedo corpiño
de Genoveva, puesto
a secar, ya no baila
arriba del tejado.
"La gallina y sus pollos
pintados de granizo
interrumpen su fábula.
"La frente de don Blas
petrificóse junto
a la hinchada baldosa
que agrietan las raíces de los fresnos.
"Las naranjas cesaron
de crecer, y yo apenas
si palpito a tus ojos
par poder vivir este minuto.
"Señor, mi temerario
corazón que buscaba
arrogantes quimeras,
se anonada y te grita
que yo soy tu juguete agradecido.
"Porque me acompasaste
en el pecho un imán
de figura de trébol
y apasionada tinta de amapola.
"Pero ese mismo imán
es humilde y oculto,
como el peine imantado
con que las señoritas
levantan alfileres
y electrizan su pelo en la penumbra.
"Señor, este juguete
de corazón de imán,
te ama y te confiesa
con el íntimo ardor
de la raíz que empuja
y agrieta las baldosas seculares.
"Todo está de rodillas
y en el polvo las frentes;
mi vida es la amapola
pasional, y su tallo
doblégase efusivo
para morir debajo de tus ruedas".
Zozobra, 1919

EN MI PECHO FELIZ
No he buscado poder ni mental,
mas viví en una marcha nupcial...
Me parece que por amar tanto
voy bebiendo una copa de espanto.
Claroscuro de noche y de día;
corazón y cabeza y hombría,
los tres nudos que tiene mi ser
a la buena y la mala mujer.
En mi pecho feliz no hubo cosa
de cristal, terracota o madera,
que abrazada por mí, no tuviera
movimientos humanos de esposa.
¡Desdichado el que en la hora lunar
en su lecho no huele a azahar!
Desposémonos con la sencilla
avestruz, con la liebre y la ardilla...
El son del corazón, 1919-1921, 1932

EL SUEÑO DE LOS GUANTES NEGROS
Soñé que la ciudad estaba dentro
del más bien muerto de los mares muertos.
Era una madrugada del invierno
y lloviznaban gotas de silencio.
No más señal viviente, que los ecos
de una llamada a misa, en el misterio
de una capilla oceánica, a lo lejos.
De súbito me sales al encuentro,
resucitada y con tus guantes negros.
Para volar a ti, le dio su vuelo
el Espíritu Santo a mi esqueleto.
Al sujetarme con tus guantes negros
me atrajiste al océano de tus seno,
y nuestras cuatro manos se reunieron
en medio de tu pecho y de mi pecho,
como si fueran los cuatro cimientos
de la fábrica de los universos.
¿Conservabas tu carne en cada hueso?
El enigma de amor se veló entero
en la prudencia de tus guantes negros.
¡Oh, prisionera del valle de México!
Mi carne...  de tu ser perfecto
quedarán ya huesos en mis huesos;
y el traje, el traje aquel, con que tu cuerpo
fue sepultado en el valle de México;
y el figurín aquel, de pardo género
que compraste en un viaje de recreo...
Pero en la madrugada de mi sueño,
nuestras manos, en un circuito eterno
la vida apocalíptica vivieron.
Un fuerte... como en un sueño,
libre como cometa, y en su vuelo
la ceniza y... del cementerio
gusté cual rosa...
El son del corazón, 1919-1921, 1932

PORFIRIO BARBA JACOB (1883-1942)

Porfirio Barba Jacob (1883-1942) 
 
CANCIÓN DE LA VIDA PROFUNDA
    El hombre es cosa vana, variable y ondeante
    Montaigne
Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, 
como las leves briznas al viento y al azar. 
Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe. 
La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
-¡niñez en el crepúsculo!, ¡lagunas de zafir!-
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña oscura de oscuro pedernal:
la noche nos sorprende con sus profusas lámparas,
en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano la carne la mujer:
tras un ceñir de talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noche lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.
Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día
en que levamos anclas para jamás volver...
Un día en que discurren vientos ineluctables.
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!
    Poemas intemporales, 1943
ELEGÍA DE SEPTIEMBRE
    ¡Oh sol! ¡O mar! ¡Oh monte! ¡Oh humildes
    animalitos de los campos! Pongo a todos por
    testigos de esta realidad tremenda: He vivido.Main
Cordero tranquilo, cordero que paces 
tu grama y ajustas tu ser a la eterna armonía: 
hundiendo en el lodo las plantas fugaces 
huí de mis campos feraces 
un día. 
 Ruiseñor de la selva encantada
que preludias el orto abrileño:
a pesar de la fúnebre muerte y la sombra y la nada,
yo tuve el ensueño.
Sendero que vas del alcor campesino
a perderte en la azul lontananza:
los dioses me han hecho un regalo divino:
la ardiente esperanza.
Espiga que mecen los vientos, espiga
que conjuntas el trigo dorado:
al influjo de los soplos violentos,
en las noches de amor, he temblado.
Montaña que el sol transfigura,
Tabor al febril mediodía,
silente deidad en la noche estelífera y pura:
¡nadie supo en la tierra sombría
mi dolor, mi temor, mi pavura!
Y vosotros, rosal florecido,
lebreles sin amo, luceros, corpúsculos,
escuchadme esta cosa tremenda: ¡HE VIVIDO!
He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos,
y voy al olvido...
    Poemas intemporales, 1943
SABIDURÍANada a las fuerzas próvidas demando,
pues mi propia virtud he comprendido.
Me basta oír el perennal ruido
que en la concha marina está sonando.
Y un lecho duro y un ensueño blando;
y ante la luz, en vela mi sentido
para advertir la sombra que al olvido
el ser impulsa y no sabemos cuándo...
Fijar las lonas de mi móvil tienda
junto a los calcinados precipicios
de donde un soplo de misterio ascienda;
y al amparo de númenes propicios,
en dilatada soledad tremenda
bruñir mi obra y cultivar mis vicios.
    Poemas intemporales, 1943

LA ESTRELLA DE LA TARDE
Un monte azul, un pájaro viajero,
un roble, una llanura,
un niño, una canción... Y, sin embargo,
nada sabemos hoy, hermano mío.
Bórranse los senderos en la sombra;
el corazón del monte está cerrado;
el perro del pastor trágicamente
aúlla entre las hierbas del vallado.
Apoya tu fatiga en mi fatiga,
que yo mi pena apoyaré en tu pena,
y llora, como yo, por el influjo
de la tarde translúcida y serena.
Nunca sabremos nada...
¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
vago rumor de mares en zozobra,
emoción desatada,
quimeras vanas, ilusión sin obra?
Hermano mío, en la inquietud constante,
nunca sabremos nada...
¿En qué grutas de islas misteriosas
arrullaron los Números tu sueño?
¿Quién me da los carbones irreales
de mi ardiente pasión, y la resina
que efunde en mis poemas su fragancia?
¿Qué voz suave, que ansiedad divina
tiene en nuestra ansiedad su resonancia?
Todo inquirir fracasa en el vacío,
cual fracasan los bólidos nocturnos
en el fondo del mar; toda pregunta
vuelve a nosotros trémula y fallida,
como del choque en el cantil fragoso
la flecha por el arco despedida.
Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos nada...
    Y sin embargo...
¿Qué mística influencia 
vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante? 
¿Quién prende a nuestros hombros 
manto real de púrpuras gloriosas, 
y quién a nuestras llagas 
viene y las unge y las convierte en rosas?Tú, que sobre las hierbas reposabas
de cara al cielo, dices de repente:
-"La estrella de la tarde está encendida".
Ávidos buscan su fulgor mis ojos
a través de la bruma, y ascendemos
por el hilo de luz...
                                       Un grillo canta
en los repuestos musgos del cercado,
y un incendio de estrellas se levanta
en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
y en mi pecho en la tarde sosegado...
    Poemas intemporales, 1943

EL CORAZÓN REBOSANTE
El alma traigo ebria de aroma de rosales
y del temblor extraño que dejan los caminos...
A la luz de la luna las vacas maternales
dirigen tras mi sombra sus ojos opalinos.
Pasan con sencillez hacia la cumbre,
rumiando simplemente las hierbas del vallado;
o bien bajo los árboles con clara mansedumbre
se aduermen al arrullo del aire sosegado.
Y en la quietud augusta de la noche mirífica,
como sutil caricia de trémulos pinceles,
del cielo florecido la claridad magnífica
fluye sobre la albura de sus lustrosas pieles.
Y yo discurro en paz, y solamente pienso
en la virtud sencilla que mi razón impetra;
hasta que, en elación el ánimo suspenso,
gozo la sencillez que viene y me penetra.
Sencillez de las bestias sin culpa y sin resabio;
sencillez de las aguas que apuran su corriente;
sencillez de los árboles...¡Todo sencillo y sabio,
Señor, y todo justo, y sobrio, y reverente!
Cruzando las campiñas, tiemblo bajo la gracia
de esta bondad augusta que me llena...
¡Oh dulzura de mieles! ¡Oh grito de eficacia!
¡Oh manos que vertisteis en mi espíritu
la sagrada emoción de la noche serena!
Como el varón que sabe la voz de las mujeres
en celo, temblorosas cuando al amor incitan,
yo sé la plenitud en que todos los seres
viven de su virtud, y nada solicitan.
Para seguir viviendo la vida que me resta
haced mi voluntad templada, y fuerte y noble,
oh virginales cedros de lírica floresta,
oh próvidas campiñas, oh generoso roble.
Y haced mi corazón fuerte como vosotros
del monte en la frecuencia.
Oh dulces animales que, no sabiendo nada,
bajo la carne sabéis la antigua ciencia
de estar oyendo siempre la soledad sagrada.
    Poemas intemporales, 1943

ELEGÍA DE UN AZUL IMPOSIBLE
¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia!
Era como el convólvulo -la flor de los crepúsculos-,
y era como las teresitas: azul crepuscular.
nuestro amor semejaba paloma de la aldea,
grato a todos los ojos y a todos familiar.
En aquel pueblo, olían las brisas a azahar.
Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo:
su cabellera rubia en el balcón,
su linda hermana Julia,
mi melodía incierta... y un lirio que me dio...
y una noche de lágrimas...
y una noche de estrellas
fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo...
Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo
amaban con mi amor las músicas del río;
las noches blancas, ceñidas de luceros;
las noches negras, negras, ardidas de cocuyos;
el son de las guitarras,
y, entre quimeras blondas, el azahar volando...
Todos teníamos novia
y un lucero en el alba diáfana de las ideas.
La Muerte horrible -¡un tajo silencioso!-
tronchó la espiga en que granaba mi alegría:
¡murió mi madre!...La cabellera rubia de Teresa
me iluminaba el llanto.
Después... la vida... el tiempo... el mundo,
¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo!
No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta.
¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba,
ingenua, virilmente resignada;
refería querellas
del pueblo, de mi casa, de un amigo:
"Se casó; ya está viejo y con seis hijos...
La vida es triste y dura; sin embargo,
se va viviendo... Ha muerto mucha gente:
Don David... don Gregorio... Hay un colegio
y hay toda una generación nueva.
Como cuando te fuiste, hace veinte años,
en este pueblo aún huelen las brisas a azahar..."
¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo,
la flor de los crepúsculos!
    Poemas intemporales, 1943

ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ (1871-1952)

Enrique González Martínez (1871-1952)
IRÁS SOBRE LA VIDA DE LAS COSAS...
Irás sobre la vida de las cosas
con noble lentitud; que todo lleve
a tu sensorio luz: blancor de nieve,
azul de linfas o rubor de rosas.
Que todo deje en ti como una huella
misteriosa grabada intensamente
lo mismo el soliloquio de la fuente
que el flébil parpadeo de la estrella.
Que asciendas a las cumbres solitarias
y allí, como arpa eólica, te azoten
los borrascosos vientos, y que broten
de tus cuerdas rugidos y plegarias.
Que esquives lo que ofusca y lo que asombra
al humano redil que abajo queda,
y que afines tu alma hasta que pueda
escuchar el silencio y ver la sombra.
Que te ames en ti mismo, de tal modo
compendiando tu ser cielo y abismo,
que sin desviar los ojos de ti mismo
puedan tus ojos contemplarlo todo.
Y que llegues, por fin, a la escondida
playa con tu minúsculo universo,
y que logres oír tu propio verso
en que palpita el alma de la vida.
Silenter, 1909
A VECES UNA HOJA DESPRENDIDA...A veces, una hoja desprendida
de lo alto de los árboles, un lloro
de las linfas que pasan, un sonoro
trino de ruiseñor, turban mi vida.
Vuelven a mí medrosos y lejanos
suaves deliquios, éxtasis supremos;
aquella estrella y yo nos conocemos,
ese árbol, esa flor son mis hermanos.
En el abismo del dolor penetra
mi espíritu, bucea, va hasta el fondo,
y es como un  libro misterioso y hondo
en que puedo leer letra por letra.
Un ambiente sutil un aura triste
hacen correr mi silencioso llanto,
y soy como una nota de ese canto
doloroso de todo lo que existe.
Me cercan en bandada los delirios...
(¿Es alucinación..., locura acaso?)
Me saludan las nubes a su paso
y me besan las almas de los lirios.
¡Divina comunión!... Por un instante
son mis sentidos de agudeza rara...
Ya sé lo que murmuras, fuente clara;
ya sé lo que me dices, brisa errante.
De todo me liberto y me desligo
a vivir nueva vida, de tal modo,
que yo no sé si me difundo en todo
o todo me penetra y va conmigo.
Mas todo huye de mí y el alma vuela
con torpes alas por un aura fría,
en una inconsolable lejanía,
por una soledad que espanta y hiela.
Por eso en mis ahogos de tristeza,
mientras duermen en calma mis sentidos,
tendiendo a tus palabras mis oídos
tiemblo a cada rumor, naturaleza;
y a veces una hoja desprendida
de lo alto de los árboles, un lloro
de las linfas que pasan, un sonoro
trino de ruiseñor, turban mi vida.
Silenter, 1909
CUANDO SEPAS HALLAR UNA SONRISA...
A Ricardo Arenales
Cuando sepas hallar una sonrisa 
en la gota sutil que se rezuma 
de las porosas piedras, en la bruma, 
en el sol, en el ave y en la brisa;cuando nada a tus ojos quede inerte,
ni informe, ni incoloro, ni lejano,
y penetres la vida y el arcano
del silencio, las sombras y la muerte;
cuando tiendas la vista a los diversos
rumbos del cosmos, y tu esfuerzo propio
sea como potente microscopio
que va hallando invisibles universos,
entonces en las flamas de la hoguera
de un amor infinito y sobrehumano,
como el santo de Asís, dirás hermano
al árbol, al celaje y a la fiera.
Sentirás en la inmensa muchedumbre
de seres y cosas tu ser mismo;
serás todo pavor con el abismo
y serás todo orgullo con la cumbre.
Sacudirá tu amor el polvo infecto
que macula el blancor de la azucena,
bendecirás las imágenes de arena
y adorarás el vuelo del insecto;
y besarás el garfio del espino
y el sedeño ropaje de las dalias...
Y quitarás piadoso tus sandalias
por no herir las piedras del camino.
Los senderos ocultos, 1911
TUÉRCELE EL CUELLO AL CISNETuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.
Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
 de la vida profunda...  y adora intensamente
la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.
Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
y  posa en aquel árbol el vuelo taciturno...
Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno
Los senderos ocultos, 1911
MAÑANA LOS POETASMañana los poetas cantarán en divino
verso que no logramos entornar los de hoy;
nuevas constelaciones darán otro destino
 a sus almas inquietas con un nuevo temblor.
Mañana los poetas seguirán su camino
absortos en ignota y extraña floración,
y al oír nuestro canto, con desdén repentino
echarán a los vientos nuestra vieja ilusión.
Y todo será inútil, y todo será en vano;
 será el afán de siempre y el idéntico arcano
y la misma tiniebla dentro del corazón.
Y ante la eterna sombra que surge y se retira,
 recogerán del polvo la abandonada lira
 y cantarán con ella nuestra misma canción.
La muerte del cisne, 1915
MI TRISTEZA ES COMO UN ROSAL FLORIDOMi tristeza es como un rosal florido.
Si helado cierzo o ráfaga ardorosa
lo sacuden, el pétalo caído
se trueca en savia y se convierte en rosa...
Mi tristeza es como un rosal florido.
En mi dulce penumbra sin ruido,
la propia vida con mi llanto riego,
y las horas dolientes que he vivido
impregnan de perfumes mi sosiego...
Mi tristeza es como un rosal florido.
Tú que colgaste en mi dolor tu nido,
sabes que a cada mal brota una yema
y revienta un botón a cada olvido.
¡Perenne floración y eterno emblema!...
Mi tristeza es como un rosal florido.
El libro de la fuerza, la bondad y el ensueño, 1917
EL JARDÍN QUE SUEÑA (fragmento)VIII
PLACIDEZ
Esta noche ha traído un temblor de luceros,
un gris cielo de perla y un octante de luna;
la penumbra es de plata, y se envuelven en una
transparencia indecisa los callados senderos.
En el alma se filtra, por ocultos veneros
de recóndita fuente, una calma oportuna,
y apacienta sus cuitas la contraria fortuna
cual si fuera un rebaño de medrosos corderos.
Resignado el espíritu, no formula un reproche
por el mal ni la muerte; la quietud de la noche
los impulsos refrena y las ansias mitiga;
y la vida se acepta, sin saber si la mansa
placidez en que el pecho se adormece y descansa
es virtud y holocausto, o desdén y fatiga.
El libro de la fuerza, la bondad y el ensueño, 1917

CANCIÓN
Canción para los que saben
lo que es llorar...
¿Quién pudiera darte al viento
 e irse al viento en el cantar!
Canción como lluvia fina
 sobre el mar,
 que se disuelve y es nube
que sube y vuelve a llorar...
Canción que en el alma es lluvia,
canción que es llanto en el mar...
¡Quién pudiera darte al viento
e irse al viento en el cantar!
Tres rosas en el ánfora, 1944
EL GOZO ALUCINADOEl color se me adentra y no lo pinto;
la nota musical llega hasta el fondo
de la entraña cordial, y yo la escondo
en el sacro rincón de su recinto.
El árbol es aliento y no verdura,
germinación de vuelo y no ramaje;
el ojo lo desliga del paisaje
y lo clava en el dombo de la altura.
Apago soles y deseco ríos,
borro matices y deshago formas,
y en propio barro, quebrantando normas,
modelo mundos para hacerlos míos.
Sobrepasa las cosas la mirada,
el sueño crece, lo real esfuma,
y me embarco en las alas de la bruma
corno en una galera aparejada.
El nuevo Narciso, 1952