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lunes, 2 de marzo de 2015

ENTREVISTA CON RICARDO FORSTER, Marcos Daniel Aguilar




Un hombre deambula de aquí para allá. Tiene barba blanca. Usa lentes. Con ese saco color caqui, que lo hace ver más sombrío aun, busca a alguien en medio de los largos pasillos que le dan forma a la sede de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. No hay prensa tras de él, nadie lo acompaña: ni un asistente ni un alumno ni un representante oficial; nadie podría afirmar que es uno de los nuevos ministros de la República Argentina, quien encabeza un nuevo ministerio creado en el último año de la administración de Cristina Fernández con el objetivo de impulsar congresos y debates sobre la actualidad del pensamiento social y político latinoamericano, así como analizar el papel y alcances de las democracias. Su nombre es Ricardo Forster, filósofo argentino y ahora ministro, que en las últimas semanas fue el foco de atención no sólo de la prensa sudamericana, sino de los titulares en España, pues resulta que Forster, crítico del neoliberalismo y allegado en su momento al expresidente Néstor Kirchner, es también un interlocutor cercano de los jóvenes españoles de Podemos, quienes pretenden –así lo dicen ellos– acabar con el bipartidismo para “democratizar aún más” el sistema español. Este hombre, acusado de ser asesor ideológico de los gobiernos “populistas” latinoamericanos y ahora del partido hispánico Podemos, pasó casi inadvertido durante su reciente visita en México. Sin embargo, pudimos hablar con él acerca de la política y los derechos humanos en Argentina, la crisis social en México, y sobre el futuro del neoliberalismo y la democracia popular que tanto apoya.

Un benjaminiano inconforme con esta modernidad
De dónde le viene esta vena crítica a Fortser? ¿De dónde este análisis por describir los males y bienes que nos han traído los sistemas económicos y políticos que nos gobiernan? La respuesta está en México. Este doctor en filosofía, nacido en Buenos Aires en 1957, tuvo que trasladarse a México tras la dictadura militar en su país. En 1977 estudió en la UNAM y fue ahí donde conoció la obra de Walter Benjamin; por caprichos de la vida fue la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica la que, en 2014, editó su ensayo La travesía del abismo. Mal y Modernidad en Walter Benjamin. ¿Qué dijo Benjamin para que Forster ahora sea una de las voces más críticas de la cultura latinoamericana?

“Cuando me encontré a Walter Benjamin, yo era uno de esos líderes argentinos que hallaron en México un ámbito de hospitalidad y protección. Aquí me obsesioné por la “dialéctica de la modernidad”, es decir, de qué modo las grandes ilusiones y utopías que nacieron de la Revolución francesa, de la Ilustración, terminaron desatando violencias inauditas y el fracaso de la ideología del progreso. Por eso me interesa saber la historia del capitalismo como una historia de la violencia y la depredación.”

Siempre ligado a la izquierda, profesor en Historia de las Ideas en la Universidad de Buenos Aires, de voz grave pero jovial, Forster asegura que México es el ejemplo claro de los análisis de Walter Benjamin: “Cómo no va a ser consciente México de esta historia, si fue una tierra donde Europa vino esgrimiendo la llegada de la civilización, para desplegar una violencia sobre cuerpos, ideas y culturas. Esta es una época en la que estamos obligados a pensar sin complacencias lo que sigue siendo la necesidad de dar cuenta de la travesía de nuestra cultura.”

En su libro sobre el pensamiento del autor alemán en torno a la modernidad en la que aún vivimos, el filósofo argentino asegura que Benjamin vio en la primera mitad del siglo xx cómo el proceso civilizatorio basado en el racionalismo había llegado a su debilitamiento. A pesar de ello, Forster ve una esperanza: “Entiendo la frustración de nuestro tiempo al ver el fracaso de aquellos ideales que planteaban que a mayor desarrollo técnico, científico, a mayor expansión económica y a mayor crecimiento educativo, mejor humanidad. El siglo XX fue un siglo terrible en la historia de la humanidad, porque nació bajo la promesa de la libertad, de la igualdad, y encontró los nombres trágicos de Auschwitz e Hiroshima, de las grandes formas de barbarie. Pero también aquí adentro están las ilusiones, los sueños de sociedades más justas, más democráticas, hay potencias que siguen ahí esperando el tiempo de su rehabilitación, hay sueños que están ahí para seguir siendo soñados. Hoy creo que en algunos países de América del Sur esos sueños están ahí palpitando.

En su otro libro, La anomalía kirchnerista (Planeta, 2013), este intelectual menciona que durante el siglo XX en su país se vivieron tiempos de progreso y, después, de decadencia social y política; sostiene además que México experimentó algo similar. Primero, la aparición de gobiernos populares: en México, la utopía del cardenismo en la década de 1930 con la nacionalización del petróleo, la reforma agraria; en Argentina, con el peronismo, en la década de 1940 se construyó la visibilidad de los invisibles, los derechos de los trabajadores, la sustitución de importaciones, la expansión de derechos.

“Pero en las décadas de los sesenta y setenta llegaron las crisis económicas y la violencia de la dictadura militar que quiso quebrar esa sociedad de derechos, bajo la doctrina de la seguridad nacional por el papel de Estados Unidos en la región; por ello también hubo golpes militares en Brasil, en Chile, en Uruguay, en Bolivia.”

Para Forster, la violencia que destruyó los sueños democráticos no sólo vino de la política sino también de la economía, lo que significó el punto de quiebre y comienzo para otras formas de gobierno en la región latinoamericana: “Después de las dictaduras, América Latina se convirtió en un laboratorio neoliberal. Latinoamérica se convirtió en el continente más desigual del planeta, y a partir de esa crisis del modelo neoliberal fueron apareciendo otras alternativas de gobiernos democráticos populares en Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay; eso significó que frente a la tragedia social que implicó el neoliberalismo apareció la posibilidad de ampliar los derechos.”


México tomó el camino contrario

– Si eso ocurrió en Sudamérica, ¿qué ocurrió en México durante finales del siglo XX y comienzos del XXI?

–México profundizó su estado conservador con el pan, primero, y nuevamente con el pri, un proyecto que sigue estando ligado al neoliberalismo, al que se suma una violencia brutal vinculada a una guerra contra el narco. Esto plantea una diferencia fundamental con el sur, en donde se amplían derechos. Creo que una parte de la sociedad mexicana está despertando a partir de lo más terrible que es el asesinato de los jóvenes estudiantes. Hay que ver si es posible devolverle a México la trama de potencia democrática, de vida en libertad que tuvo en otro contexto.


–¿ Qué opina sobre lo que está ocurriendo ahora en México?

–Veo que en la tierra mexicana nos encontramos con un núcleo de violencia muy dolorosa. No se puede dejar de mencionar lo que ha significado la masacre de los 43 estudiantes. Eso implica que hay una oscuridad en la propia sociedad supuestamente democrática y republicana, de la misma forma que Argentina atravesó la dictadura y el terrorismo de Estado. Eso se hizo también en nombre de la civilización. A veces las palabras ocultan el horror. Creo que hoy estamos necesitados de refundar esas palabras. La verdad es que siento que este es un momento para actuar, veo con mucha alegría que en México muchos amigos están saliendo a las calles, están poniendo su palabra y su cuerpo en defensa de la vida, de los derechos y de las libertades. Creo que el problema en México es que hay una ficción que sigue funcionando, pero cada vez más vaciada y agujerada, que es la ficción democrática.

En Argentina salimos de la noche de la dictadura y pasamos al gobierno de Alfonsín, que inició un momento histórico decisivo: el juicio a las juntas. Después vinieron las leyes de impunidad, los indultos con el gobierno de Carlos Menem, y el gobierno de Néstor Kirchner retomó la bandera de los derechos humanos, las Madres, las Abuelas de la Plaza de Mayo, y convirtió esa lucha en una decisión de Estado. Llevar a juicio a todos los responsables de delitos de lesa humanidad. Eso implicó un saneamiento ético de la sociedad argentina, significó afianzar y profundizar la democracia. Se volvieron a juntar tres palabras: verdad, memoria y justicia.

Creo que el gran desafío de México es abrir la relación entre verdad, memoria y justicia. Acá sigue faltando juzgar a los responsables de Tlatelolco, sigue faltando juzgar a tantos responsables de masacres. México ha sido un país que durante mucho tiempo ha tenido una política internacional tremendamente progresista y que, sin embargo, ha manejado con manos de hierro las distintas formas de protesta social.


–¿Sirve salir a protestar a las calles?

–Sirve salir a las calles, encontrarse, porque la política también es encuentro. La construcción de espacios colectivos. A veces el camino es largo, yo soy muy benjaminiano en eso y no creo en una historia lineal. Creo en la sorpresa, en lo inesperado, en las rupturas. Por ejemplo, yo no esperaba que en la Argentina pasara lo que pasó, y sin embargo, algo sucedió, algo se quebró y emergió una oportunidad. Quiero creer que en México hay algo que pasó, que traspasó el límite, y quizá haya una parte fundamental en esta sociedad que logre reaccionar frente a esa ruptura y sea capaz de reinventar las grandes tradiciones democráticas de México.


Recuperar los conceptos perdidos en la sociedad

Estos dos libros, La travesía del abismo y La anomalía kirchnerista, hablan por sí mismos sobre la doble personalidad de Forster. Uno es un duro ensayo filosófico, mientras el otro es un recuento ameno sobre su militancia y experiencia dentro y fuera de la administración actual argentina, que se suscitó tras la crisis económica de 2001. Justo en el segundo libro, el militante dice: “la política como ideal transformador y como eje de litigio por la igualdad”.

–Entonces, ¿hace falta resignificar la política para evitar esta ola de violencia?

–Sí, esto es interesante, porque una de las características del neoliberalismo es la despolitización, la transformación de la política en una administración gerencial. Esto produce gerentes que salen de las empresas y que van a administrar el Estado y a administrar los cuerpos, y a administrar la sociedad bajo la lógica de la economía empresarial. La repolitización implica volver a colocar a la política en el centro del litigio democrático, que siempre es el litigio de la igualdad. La política implica poner en evidencia conflictos no resueltos en una sociedad. El conflicto es parte de la vida democrática, porque el liberalismo económico busca una sociedad de consenso que en realidad es una sociedad donde los que manejan y concentran la riqueza de la sociedad son los que determinan las formas de la vida de estas sociedades. Mientras que el reconocimiento de las desigualdades y las contradicciones es el reconocimiento de la diversidad.


El papel del intelectual en una democracia popular

Ricardo Forster escucha con atención cada una de las preguntas. Sabe que la oposición al kirchnerismo (movimiento político peronista que encabezó el expresidente Néstor Kirchner y la actual presidenta Cristina Fernández) lo encasilla como un oportunista que aprovecha los beneficios del Estado, pero sabe también que en 2008 conformó el grupo Carta Abierta, una unión de intelectuales que decidió apoyar abiertamente las políticas antimonopolio de los medios de comunicación y ayudó en el cese de paros patronales del sector agropecuario, dos de los conflictos más graves que enfrentó el gobierno de Cristina Fernández durante ese año.

–¿Qué papel tomaron los intelectuales en esta nueva etapa de la vida política en Argentina?

–Los intelectuales, en la década de los noventa, no existían, y si existían vivían encriptados en la academia. En cambio, creo que en nuestros países, particularmente en Argentina, surgió este grupo que se llama Carta Abierta, que incluye a centenares de hombres y mujeres de la cultura, que ha hecho pronunciamientos públicos, ha publicado más de dieciséis cartas en las que se debaten ideas políticas. Sobre todo, ha vuelto a construirse una relación entre mundo intelectual, espacio público, vida democrática y compromiso político en el interior de una disputa de ideas. Creo que esto es algo muy importante, que los intelectuales asuman públicamente su compromiso con la sociedad.
Cuando Fortser asumió el Ministerio de la Secretaría de Coordinación de Pensamiento Nacional, muchos argentinos calificaron esto como un “acto de viejo fascismo”, pues no creyeron necesario contar con una secretaría así, como si fuera una institución totalitaria o el Ministerio de la Verdad de 1984, la clásica novela de George Orwell. Sin embargo, para Forster era necesario que el debate político-intelectual se integrara al cuerpo del Estado.

–¿No cree que fue un error que usted, filósofo, se involucrara en la política?

–Desde muy joven soy parte de una generación que tuvo y que tiene ideales políticos. Imaginábamos transformar la sociedad y pagamos un precio altísimo, muertes, desapariciones, exilios, pero yo sigo pensando en la necesidad de un mundo más justo. La verdad no esperaba este tiempo histórico de América Latina, no esperaba que se abriera una fisura en el mundo de la dominación, y la verdad es que pude sentir el entusiasmo, junto con otros, de volver a participar. Sentí la necesidad de revalorar el lenguaje político. Es un momento extraordinario de la vida política argentina, no me podía quedar en mi casa. Desde la Secretaría lo que seguimos buscando es generar debates que puedan poner en evidencia las distintas miradas que hoy recorren la sociedad argentina, debates culturales, políticos, que generen las condiciones para encuentros con otros intelectuales y políticos de América Latina y de otras partes del mundo. Por ejemplo, en marzo de 2015, vamos a hacer un gran encuentro en Buenos Aires al que vendrán los amigos de Podemos, activistas griegos, de la izquierda socialista francesa, probablemente el expresidente Lula da Silva. Lo que me interesa es generar debates abiertos, discutir y convocar a los pueblos originarios que están en un momento extraordinario de su historia. Discutir las grandes derrotas de las tradiciones de las izquierdas en el siglo XX y ver cómo se retoma una tradición democrática y popular e igualitaria en estos tiempos.


Podemos, en España, cercanos al populismo latinoamericano

– En las semanas anteriores, la prensa española mencionó que Pablo Iglesias, líder del partido político Podemos, está siendo asesorado por usted ¿Es cierto? ¿Cómo observa este fenómeno inédito en la España reciente?

–Los dirigentes de Podemos tienen una estrecha relación con América Latina, esa es una novedad para Europa. Los intelectuales, los políticos europeos han tenido una relación muy distante con América Latina; en cambio, gente como Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, de Podemos, tienen una relación intensa y algunos de ellos estuvieron varios años en América Latina estudiando sus doctorados. Han pensado en las experiencias latinoamericanas, pero también han buscado los caminos propios de la realidad española para generar una reapertura democrática, para romper lo que ellos llaman “un sistema de élites”, y creo que han sintonizado profundamente con la crisis brutal de la sociedad española, con lo que fue el movimiento 15m de los Indignados, con los jóvenes que en un porcentaje inmenso no tienen ninguna posibilidad de trabajo. Podemos se ha convertido en la voz que le da esperanza de ese desasosiego, en la voz que ha logrado comprender que España debe ir hacia otra perspectiva que no sea el ajuste presupuestario. Para mí ha sido fantástico el encuentro con los compañeros de Podemos; sólo he mantenido con ellos conversaciones profundas tanto en España como en Argentina. Yo veo en esa joven diligencia una enorme posibilidad para la democracia española, y creo que tarde o temprano va a pasar en México, porque el problema es que el neoliberalismo le ha quitado potencia a la democracia.

–Los tachan de populistas, pero ¿qué se entiende por populismo el día de hoy?

–Intentan demonizarlos, intentan homologarlos a la concepción europea del populismo, que para ellos es “la bestia populista”, y los de Podemos, con una gran capacidad de provocación, se asumen como “populistas”, porque el populismo para los latinoamericanos no es fascismo, no es xenofobia, no es autoritarismo. Lo que pasa es que para la nomenclatura europea, el populismo se asemeja a los movimientos nacionalistas, a enojos, a derechas, y lo que hay que explicar una y otra vez a los europeos es que en la historia de América el populismo se dio con Lázaro Cárdenas, con Juan Domingo Perón, con Getulio Vargas en Brasil, que implicó ampliación de derechos. Hay que explicarles que hubo una segunda oleada de gobiernos populistas con su propia lógica, un alzamiento a partir del siglo XXIque ha vuelto a poner a debate el rol del Estado. El populismo ahora es un pueblo que lucha por construir una genuina sociedad que sea más libre y más igualitaria.

Ricardo Forster, el escritor que entiende cómo la filosofía racional no ha podido remediar la crisis que ella misma construyó, enfrenta todos los días el paradigma de José Ortega y Gasset: el del filósofo que por tentación e impulso quiere entrar a la política y enfrenta el dilema de decir la verdad pese a quien le pese, o quedarse callado y no actuar bajo la consigna de no mentirle a la sociedad. ¿Hacia dónde se dirigirá este filósofo? Esto nos lleva a otra pregunta: ¿dónde están nuestros intelectuales en México?, ¿del lado de los que actúan o de los que callan para no engañar?

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