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jueves, 3 de diciembre de 2015

MANUEL VILAS: "ESCRIBO MOVIDO POR ESE DESLUMBRAMIENTO QUE ES LA VIDA", Tes Nehuén

Manuel Vilas: “Escribo movido por ese deslumbramiento que
siempre viene de la vida”
Publicado por Tes Nehuén 18 de noviembre de 2015
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Manuel Vilas acaba de llegar de Estocolmo. Le han traducido una novela al turco y vuelve de una ciudad que quiere recomendarme porque es muy bonita. Yo no la conozco. Pero su recomendación refuerza mis ganas de pisarla. Lo llamo a la tardecita, con miedo, porque la mala cobertura de la zona en la que vivo siempre me juega malas pasadas. Hablamos de sus referencias, de la literatura y el alcoholismo, de su pasión por Kafka, de su último libro “El hundimiento”. Y de otras muchas cosas. Esta es sólo la primera entrega de una entrevista de tres partes. Cuando nos despedimos suspiro aliviada; esta vez las ondas electromagnéticas se han puesto de mi parte.

P—En tu poesía sueles ser bastante prosaico. ¿Qué aspecto del poema te parece más importante a la hora de plasmarlo: el ritmo, la tensión, la musicalidad…?
R—Es difícil la pregunta. Yo creo que voy movido por un instinto musical, por unas ganas de comunicar algo que a mí me ha asombrado o me ha producido un gran sentimiento de exaltación. Escribo movido por ese deslumbramiento que siempre viene de la vida y que me produce un impacto sentimental, emocional y moral profundo. Y a partir de ese impacto empiezo a escribir.

P—¿”El hundimiento” es un libro que parece estar muy bien amalgamado, ¿tuviste primero la idea del libro o te encontraste escribiendo poemas que podían estar conectados?
R—La idea del libro va surgiendo… En el caso de “El hundimiento” yo fui escribiendo los poemas y la idea del libro surgió como a mitad de camino. La idea del título y la idea de los temas que iban a ser predominantes en el libro. De todas formas era un libro en el que ya los poemas me iban indicando hacia dónde se dirigían. Es un libro sobre el dolor, sobre el sufrimiento, sobre la muerte, sobre las pérdidas, sobre el desamor y ya todos los poemas estaban en esa zona y dibujaban un título y una unión.

P—Y a la hora de encarar un género, ¿tienes facilidad para pasar de un género a otro? ¿Cómo descubres que el tema que tienes es para hacer un poema o para dedicarle una novela?
R—Pues, esto me lo han preguntado muchas veces y lo cierto es que yo no lo sé. He intentado preguntármelo a mí mismo y racionalizarlo pero, realmente, a veces pienso que no es de carácter racional lo que me lleva a escribir un poema o lo que me lleva a escribir un relato o una novela. Yo creo que todo procede de lo mismo ¿no?, que es un sentido de la literatura en general, que unas veces se manifiesta como poema y otras veces se manifiesta como prosa, como narrativa.

»Las herramientas formales de la poesía sí que son mucho más claras y determinantes; un poema requiere que esté muy bien formalizado y es más exigente. Formalmente la poesía es muy exigente y la prosa no es tan exigente. Pero yo no tengo una consciencia clara de por qué unas veces voy hacia la prosa y otras hacia la poesía. Lo que sí me ocurre es que no compagino las dos cosas. O estoy escribiendo poesía o estoy escribiendo narrativa; pero no las dos cosas a la vez.

P—Pero imagino que necesitarás igualmente de ambas para sentirte un escritor pleno.
R—La poesía da más alegría que la prosa. Da más alegría moral. La poesía tiene algo especial.

P—¿Y en qué lo notas?
R—Te pone más alegre. Te alegra el día. Aunque sea una poesía enormemente triste, te alegra el día. La prosa te justifica el día de trabajo pero la poesía te alegra el día. Y lo que la gente quiere es que le alegre más que le justifique. Esa es la diferencia: la prosa te justifica el día y la poesía te alegra, pero la gente lo que quiere es alegrarse.






Foto: Ana Merino


Manuel Vilas tiene un acento claro. Su entrevista ha sido una de las que menos trabajo me ha llevado desgrabar; quizá tenga que ver con que ha escrito mucho sobre sí mismo y no necesita esconderse en frases susurradas. Habla convencido de su pasión por Kafka y no duda en reconocer que Borges está sobrevalorado. Y de eso va esta segunda parte de la charla. Si no han leído la primera, aquí está .

P—Eres un lector acérrimo de Kafka; supongo que es uno de tus autores predilectos. ¿Cómo te llegó y qué viste en él que te cambiara la vida?
R—Sí. Me leí la obra completa cuando tenía 32 o 33 años. En ese momento yo escribía poesía pero todavía no cultivaba la prosa. Escribía artículos en los periódicos, hacía crítica literaria y tal, pero a la narrativa no acababa de verla. Y cuando leí a Kafka me di cuenta de que lo que yo llevaba en la cabeza se podía narrar, y entonces me construyó como escritor. De hecho, me lo leí entero. Había intentado leerlo antes, de más jovencito, con 22 o 23 años, y me había parecido un coñazo, porque no entendía nada. Y es que los libros esperan el momento de cada uno. Yo a Kafka llegué con 32 años y antes era imposible que hubiera llegado.

P—El tiempo del lector…
R—Sí. Nunca sabes en qué momento un autor se va a presentar en tu vida. A lo mejor no cuando tienes 20 años, tampoco cuando tienes 30, o al revés, hay autores que se presentan en tu vida cuando tienes 20 años y a los 30 años desaparecen de tu vida. Hay una historia del lector. Los lectores somos históricos, tenemos nuestra propia historia. Algunas veces nos ha seducido un autor otras veces, no. A veces nuestra vida pega un cambio y de repente un autor al que no entendíamos se vuelve imprescindible para nosotros porque explica lo que nos ha pasado. Hay un tema interesante en la historia del lector.

P—Kafka es además uno de los autores que genera opiniones más contradictorias. Sin ir más lejos, hace poco decías que Borges no lo leyó bien, quizá porque él nunca escribió una novela…
R—El asunto es que Kafka y Borges tienen puntos en contacto. Yo lo que citaba era una frase de Ernesto Sábato a quien una vez le preguntaron en una conferencia qué relación había entre Borges y Kafka. Y Sábato dijo que Borges era como una noche de fuegos de artificio y Kafka era como una noche iluminada por el incendio de un orfanato. Esta comparación a mí me parece muy acertada, porque Borges es un gran maestro de la literatura fantástica y de la imaginación, pero Kafka es otra cosa. Son dos autores distintos. Quien cree que están relacionados o no ha entendido al uno o no ha entendido al otro, pero Kafka no tiene nada que ver con Borges. Aparentemente parece que sí, que están tocando brumas literarias parecidas, pero no.


P— ¿De qué forma habría que leer a Kafka para comprenderlo?
R—El problema de Kafka es el siguiente. Kafka te coge de la mano y no te suelta en el momento en que te das cuenta que él ha visto cosas que están en el mundo y que tú no ves; entonces, no es imaginación. Yo siempre digo que Kafka no tenía imaginación. Kafka es como un vidente; ya sé que la videncia hoy en día no goza de mucho prestigio literario pero es la verdad. Es como si estuviera viendo algo, porque la precisión que hay en las descripciones de las narraciones, por ejemplo en la novela “El castillo, no son inventadas.
»Yo creo que veía cosas. Esa es la atracción que ejerce sobre mí. Las cosas que veía, las cosas que narraba en sus novelas, para mí no son inventadas; para mí estaban ocurriendo en algún sitio que sólo él veía. De ahí que Max Brod haya hecho una interpretación teológica del mundo de Kafka. Pero aquí se complica todo porque a Kafka se lo puede leer de cincuenta mil maneras; se lo puede leer desde el marxismo, desde el psiconálisis, desde cincuenta mil lecturas.
»A mí me interesa mucho más Kafka que Borges, evidentemente, pero Borges también me interesa, pienso que es un escritor magnífico.

P—¿Y no consideras que es un autor que está sobrevalorado?
R—¿Borges? Sí, yo creo que está sobrevalorado. Yo creo que Borges es un gran escritor pero hay otros buenos grandes escritores. Construyó una mitología en torno a su persona muy interesante que le sirvió; entre la ceguera y el culto de la literatura fantástica y estas ocurrencias que tenía tan geniales… y todo eso hizo que se creara una obra en torno a él. A mí me parece un gran escritor pero sí creo que está sobrevalorado.

P—Cuando te leo me encuentro a un escritor que es capaz de arriesgarlo todo en cada palabra. ¿Crees que al escribir hay que asumir un riesgo?
R—Eso es lo que a mí me interesa de la literatura. Estar en la literatura para hacer los deberes como te mandan, pues eso no tiene gracia. La gracia de la literatura es el desafío constante entre lo que se puede hacer y hasta dónde se puede llegar. En todo: moralmente, literariamente, vitalmente. Es una zona de riesgo constante. Y sino, no tendría gracia. Ya vivimos anodinamente. Todo ser humano occidental vive anodinamente y, pues, por lo menos la literatura es el único sitio donde aunque sea en la ficción puedes acometer el riesgo, ¿no?




Entrevista a Manuel Vilas (Segunda Parte)
Foto: Jordi Carrión
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“El hundimiento” de Manuel Vilas es un libro lleno de aciertos pero también de dolores y frustraciones. Es una obra valiente, atípica y doliente; uno de esos libros que te cambian.
Aunque su poesía es más dolorosa que risueña, Vilas sonríe y se ríe. Y se expresa con una claridad que vuelve sumamente fluida la conversación. Dice que un lector inteligente puede decir más de un libro que el propio autor; yo insisto en que la humanidad que se percibe en una entrevista nos anima a los lectores a seguir leyendo, porque saber que hay hombres y mujeres detrás de los libros nos hace sentirnos menos solos. En esta última parte me cuenta algunos detalles de “El hundimiento”, con esa voz que flota y que se resiste al dolor a través de la poesía.



P—¿Cuál es el germen de “El hundimiento”? ¿Sientes, como dice la contraportada, que es tu libro más personal?
R—Sí, el germen son varias crisis de carácter personal que más o menos en el libro se vislumbran. Y sí, es un libro muy autobiográfico.



P—Una de las cosas que más me interesó es que das vida en tus poemas a viajantes de comercio, maestros, prostitutas, camareros…
R—Mi padre fue viajante de comercio. Mi madre y mi padre son muy importantes en toda mi poesía. Además ahí está la muerte de mi madre en un poema y la presencia de mi padre también… Por otra parte, me interesan los trabajos de la clase media baja española.


P—¿Parece que nunca son suficientes las páginas que se hayan escrito en la literatura para hablar de esa gente?
R—No, yo creo que no son suficientes. En mis poemas sale la gente que tiene trabajos de la clase media baja española. El que quiera otra cosa, tendrá que ir a la poesía de los esteticistas. Yo no soy ningún marqués.



P—¿Por qué crees que a pesar de todo lo que se ha escrito sobre el dolor y el sufrimiento de la clase trabajadora la situación en ese sentido sólo ha empeorado con el correr de los años?
R—Esa es la dialéctica del capitalismo. Vivimos en una enorme paradoja que es que el capitalismo es voraz y feroz pero fuera del capitalismo no hay nada. Y esa es la gran paradoja a la que nos enfrentamos. El capitalismo nos devora pero formamos parte del capitalismo y fuera de él sólo hay frío e intemperie.




P—Al leer “El hundimiento” fueron despertándose en mí los grandes conflictos de la literatura; por ejemplo, la conmiseración de Dostoyevski, la orfandad de Kafka, la incomprensión de Rimbaud. ¿Es “El hundimiento” un viaje a través de las lecturas que te han ido nutriendo, como un homenaje a esos autores (además de a los músicos, porque hay mucho de música también en el libro)?
R—Evidentemente yo he leído a esos autores, pero no están en el libro. En mi poesía estoy yo solo. Yo creo que llega un momento en la vida de un escritor en que él está solo; es decir, puede recordar a algunos otros escritores pero está solo y se lo está inventado todo él. Evidentemente existe la tradición y yo he leído a Kafka pero en “El hundimiento” aunque puede haber un eco de Kafka no hay una influencia de Kafka. Y así con todos. Y sí, puede haber un eco de Dostoyevski también pero no hay una influencia directa. Pero no por nada; es decir, por una explicación vital. Porque ese libro obedece a mi vida y Kafka, Dostoyevski o Rimbaud vivieron conforme a sus vidas… Lo que pasa a veces es que a uno le puede fascinar tanto un escritor que acaba escribiendo como ese escritor pero uno tiene que escribir conforme a lo que está ocurriendo en su vida.



P—Dices en uno de los poemas. “Yo amé y amo este país, pero es maligno. Hay algo en él que acaba destruyendo a la inteligencia”. ¿Hay más dolor que odio en tu relación con España?
R—Sí, sí, hay más dolor que odio. Yo no odio a España, para nada. Yo amo a España. Lo que pasa en ese poema (una cosa es el poema y otra cosa soy yo como ciudadano) es que está intentando contar lo terrible que ha sido la historia de España y narrar esas caídas en el abismo que tiene la historia de España. El ’36, la guerra de España, fue una caída brutal en el abismo y eso es lo que intenta contar.



P—Y ¿qué es lo que destruye la inteligencia de España?
R—Me refiero al egoismo. Es decir, España es un país en donde la gente no piensa en qué puede hacer uno por sus conciudadanos sino en qué pueden hacer los conciudadanos por uno. Yo creo que la búsqueda del bien común en España siempre nos queda pendiente; el bien común quiere decir la felicidad de la gente: buscar la felicidad de la gente y no los propios intereses. Esto lo hemos visto en la política. En la política de los últimos treinta años han primado muchísimo los intereses de los partidos políticos por encima de los intereses del bien común. Es muy difícil que en España se produzcan pactos de estado para favorecer los intereses de los ciudadanos. Siempre los problemas graves de este país los han utilizado electoralmente. Ha habido poco pensamiento en beneficio del ciudadano; todo ha sido hacer política para ganar unas elecciones.



P—Sí, es una realidad lamentable de muchos lugares…
R—Sí, lo sé. Es algo que ocurre en todas partes pero yo lo señalo en España porque es donde he vivido. Además, aunque es verdad que ocurre en muchos lugares, creo que en España ocurre de una manera muy acusada. Por ejemplo, que no hubieran hablado del tema catalán antes los dos grandes partidos políticos me parece increíble. Había un programa político ahí y fueron incapaces de tratarlo antes. Y eso genera una inestabilidad política que finalmente quien la paga es la clase media. Y aquí todo el mal hacer de los partidos políticos y de los gobiernos quien lo paga es la clase media y la clase media baja.



P—¿Nos condiciona tanto el lugar en que nacemos cuando escribimos?
R—Nos condiciona bastante. Depende del escritor que seas. Si eres un escritor que arraiga en su tiempo y quiere saber por qué vive y por qué le pasa lo que le pasa tendrás que hablar inevitablemente de tu país. ¿Y qué es un país? Un país es lo que te pasa. Y si tú eres un escritor que no ves la realidad social, económica y laboral en donde vives y eres un escritor fantástico pues a lo mejor consigues evadirte, ¿no?
»Pero yo me pregunto qué hago en este mundo y por qué me pasa lo que me pasa y entonces, tiro de ese hilo y me sale el fantasma de España. Y no es que yo quiera hablar de España, me pasaría lo mismo si viviera en Alemania, pero si quiero saber que hago yo en este mundo, por qué vivo donde vivo, por qué tengo el piso que tengo, por qué publico los libros que publico, por qué todo, por qué este país es así, pues, sale el país. Y cuando yo hablo de España no hablo de la nación española, hablo de la gente que vive aquí, de lo que hace, de cómo trabaja, de cómo vive: cómo se emborracha, cómo hace el amor…




P—¿Ves la escritura como un trabajo casi neurótico? En este libro hablas sobre la dependencia a sustancias y me pregunto si valdría como una alegoría a lo que es la dedicación a la escritura.
R—Sí, yo soy un neurótico de la escritura. Tengo que escribir prácticamente todos los días. Si no escribo todos los días me pongo enfermo. En “El hundimiento” hay un tema fundamental que es el alcoholismo. Es el libro de un alcohólico. Ahora ya llevo un año sin beber. Pero es el libro de un alcohólico.
»El alcoholismo no es cualquier cosa; hay una banalización de lo que es. Es un problema social, indudablemente, pero yo no lo trato de ese modo. El alcoholismo en literatura es un punto de vista. El alcoholismo es un punto de vista; es una euforia ilimitada, es también dolor, es también exageración… es una distorsión en la mirada. Es también un punto de intensificación de la vida, conducido por las drogas, evidentemente. La relación entre literatura y alcoholismo es un tópico pero es que si coges el siglo XX desde William Thomas, William Faulkner, es que te salen alcohólicos por todas partes. Y no es casual que haya una relación entre literatura y alcohol, porque yo creo que el alcoholismo es un estímulo de la literatura en alguna medida.



P—¿Estímulo?
R—Sí, lo ha sido históricamente. Hay una relación especial entre literatura y alcohol porque el alcohol activa los grandes resortes de la literatura que son la distorsión en la mirada y la exaltación y la euforia.



P—¿Y crees que sin eso te habría sido imposible escribir un libro como “El hundimiento”?
R—No lo sé.



P—¿Y ahora en qué estás trabajando?
R—Ahora estoy con un libro de prosa. Es un ensayo autobiográfico en el que se narran cosas de mi pasado. Hablo de la vida de mis padres también; yo pienso que es sobre la vida de mis padres.



P—Tus padres te han influido mucho…
R—Sí, muchísimo. Porque me doy cuenta de que si quiero explicarme a mí mismo y a lo que soy tengo que retrotraerme a la vida que ellos me dieron. Y por otra parte hay un tema que a mí me obsesiona muchísimo que son las desapariciones. Es decir, lo que desaparece. Lo que estuvo y ya no está.
 


P—¡Espero leerlo pronto! ¡Muchas gracias por este rato!
R—A ti… Pero, mira, yo también te digo una cosa. Te prevengo… A los escritores les preguntas sobre sus obras y no te ofrecen ninguna certeza. Parece un tópico decirlo pero es que es verdad; un lector inteligente puede decir cosas mucho más interesantes de mi libro que yo mismo. Yo tengo una visión del libro a veces bastante reducida porque en este caso, como es un libro de mucho dolor, pues reflexionar sobre él tampoco es algo que me entusiasme mucho. Con haberlo escrito uno como que ya tienes bastante. Quiero decir que la visión que un autor tiene de su obra a veces no es gran cosa. El autor te puede dar un punto de vista pero no la verdad del libro.











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