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miércoles, 16 de marzo de 2016

LA PRIMERA COMUNIÓN, Yabel René Guadarrama


La primera Comunión


Nací en 1968, año de profundos cambios en el mundo: el mayo francés, el movimiento estudiantil mexicano, el 2 de octubre, las olimpiadas, el auge del rock and roll y la coca cola.


Aunque mis progenitores se casaron, mi padre nunca vivió con nosotros. Mi madre, maestra de escuela, tuvo que sacar adelante la familia; esta la conformábamos mi madre, mi hermana, mi abuela y yo. Todos los días el tío Román iba a desayunar y comer con nosotros.


Mis primeros recuerdos datan de 1973, tendría yo cinco años, me gustaba ver la televisión más que asistir a la escuela; el Tío Gamboín, el espacio de Rogelio, Cascarrabias, Teatro Fantástico… eran mis programas favoritos. El juego preferido de los niños de mi cuadra era el fútbol, todos emulábamos a Pelé, Enrique Borja o al “Gato” Marín, no existía otro futbolista para nosotros. Con las niñas solíamos jugar los fines de semana, a las cebollitas, los listones o los encantados. Organizábamos cascaritas de béisbol a las que llamábamos “la bateada”.


Me enamoré por primera vez a los siete años, ella nunca lo supo. Se llamaba Sandy. Me acuerdo de ella porque cursábamos primer grado de primaria, era hija de una maestra amiga de mi mamá, al terminar el ciclo escolar emigró a otro lugar, nunca volvía a saber de ella.


Capulhuac, mi pueblo, eran dos calles largas a cuyos lados se agrupaban las casas, en el centro se encontraba la presidencia municipal, la iglesia y la escuela primaria. De él siempre me gustaron sus fiestas, en especial el día de muertos, la Navidad y la fiesta del 24 y 25 de agosto.


Me gustaba el 25 de agosto porque las campanas de la iglesia eran echadas a vuelo, quemaban cohetones y había feria. Siempre pensé que esto era así, porque en esa fecha se celebra mi cumpleaños. Mi abuela me festejaba, preparaba mole, invitaba a sus compadres de Toluca, con ellos venían sus hijos. Con Ricardo, Alicia y Beatriz, jugábamos a los niños cantores de San Buenaventura. Los hijos grandes de su compadre Samuel, casi no jugaban con nosotros, ellos preferían escuchar música,Samuel y Carmen eran los consentidos de mi abuela, Javier también, era el mayor, creo que nunca se casó, aún así mi abuela le ponía “su taco” cuando regresaban a la ciudad, “para tu esposa” decía. Arturo casi no venía a la casa, lo hacía de vez en cuando, estudiaba agronomía.


Las vacaciones solía pasarlas en T
oluca, me llevaban a la Bombonera al fútbol, a tomar nieve de limón en el puesto de Don Canuto, a comer flautas; unos tacos dorados elaborados con varias tortillas. Dormía yo al lado de la cama de Bety, me encantaba verla dormir, un día se dio cuenta, a la hora del desayuno me echó de cabeza con los demás, sentí que me hice chiquito, quería que me tragara la tierra.

En Semana Santa la casa de mi abuela se atestaba de gente, llegaban los familiares de la ciudad de México, eran cerca de cuarenta personas. Se venían a desintoxicar, decía el tío Román. Yo creo que por eso cada año se seguía el mismo itinerario: Jueves Santo; ir a caminar por el rumbo del Molino de San Cayetano, Viernes Santo; día de campo en el cerro de Santa María o en el Cerro Cuate; jugar una cascarita de fútbol en el parque de los Cedritos. Por las tardes se bebía cerveza y se jugaba baraja, ¿cuál desintoxicación?, decía yo. En la noche asistíamos a la procesión del silencio, en completo silencio, no del todo, nos encantaba platicar, mi abuela se enojaba, decía que le estábamos haciendo morcillas al demonio.Desde niño soy escéptico, no me creo todas las cosas que la religión dice, eso era lo que le preocupaba a mi abuela, que fuera yo ateo. Quizá influyó en mí el gusto por la lectura. A los once años había leído ya Así hablaba Zaratustra, El ocaso de los ídolos y El Anticristo de Federico Nietzsche. Mis libros favoritos eran Cristo de carne y hueso y El mito Gudalupano de Eduardo del Río, Rius; años después llegaría Quinientos años fregados pero cristianos. “Esos chivos libros”, diría mi abuela.


 Cierto día mi hermana se inscribió en la doctrina, era tiempo de hacer la primera comunión, nada más por no pelear con mi abuela me inscribí también.El primer día de catecismo resultó un fraude, la catequista no sabía nada, hablaba, diría el tío Román, porque Dios es grande y poderoso.Abrán su catecismo en la página ocho. ¿Quién es Dios?, repitan por favor: ¡Dios es nuestro padre de los cielos que con su poder ha hecho todo para nosotros! Otra vez. ¿Quién es Dios?


¡Dios es nuestro padre de los cielos que con su poder ha hecho todo para nosotros! Y así nos tuvo toda una hora hasta que me atreví a interrumpir.¿Oiga, por qué Dios es nuestro padre de los cielos?Porque somos sus hijos.¿Por qué somos sus hijos?


Porque estamos hechos a imagen y semejanza de él?¿Todos? ¡Sí, todos!Entonces… ¿Dios es hombre o es mujer?, ¿es guapo o es feo?, ¿tiene pene o tiene vagina?, ¿tiene ombligo, es chaparro, es alto…?


¿Por qué preguntas todas esas cosas niño? Dios es dogma y no podemos cuestionarnos a cerca de él. ¡Estás zafado! ¡Ve a ver si ya puso la marrana!¡Nos está dando catecismo!¡Ja, ja, ja, ja, ja…! Estalló el grupo en sonora carcajada. Se salió llorando, fue a llamar al cura.  Cuando llegaron, yo ya estaba en mi casa.Nunca volví a la doctrina. El día que mi hermana se confesó para poder hacer la primera comunión yo también lo hice.¡Ave María Purísima!Si ha pecado no es concebido.


¡Ehhhhh! Padre quiero confesarme.Dime tus pecados hijo.


No me acuerdo que le dije. ¿Qué pecados podía tener un adolescente de doce años? No había matado, no había fornicado, amaba a mis padres. Dios me intrigaba, pero no había dicho Jesús que “la verdad os hará libres”.


… Eso es todo padre. Señor mío Jesucristo.¿Mande padre?Señor mío Jesucristo.¿Perdón padre?¡Señor mío Jesucristo!No lo escuche padre.


¡Ya lárgate! Reza veinte Padres Nuestros y cuarenta aves Marías.


Me retire contento, al fin y al cabo no rezaría. Al otro día, ataviado con un traje gris y una corbata de moño, negra, hice mi primera comunión.


Yabel René. "La primera comunión". En 40 Esquirlas al aire". Editorial Endora. 

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