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lunes, 6 de junio de 2016

ENTREVISTA A PAUL GARNER, Ariel Ruiz Mondragón

domingo, junio 05, 2016

Paradojas y contradicciones de don Porfirio. Entrevista con Paul Garner


Paradojas y contradicciones de don Porfirio
Entrevista con Paul Garner*

Ariel Ruiz Mondragón

A un siglo de su muerte Porfirio Díaz y su régimen continúan provocando debates que muchas veces terminan con el enfrentamiento de detractores y defensores del general, choques en los que se echan de menos los intentos de entendimiento de aquella dictadura modernizadora.
Sin duda, el gobierno de Díaz tuvo muchos claroscuros, los cuales suelen ser exagerados para mejor deturparlo o exaltarlo. Por ello era necesario un libro como Porfirio Díaz: entre el mito y la historia(México, Crítica, 2015), de Paul Garner, el que, como escribe el autor, “no es una biografía clásica en torno a la historia personal o de vida, sino una biografía política que entrelaza tanto la carrera política como el estilo político de Porfirio Díaz con el contexto histórico en el que se desarrollaba”.
Etcétera conversó con Garner, quien es doctor en Historia por la Universidad de Liverpool, institución de la que es profesor emérito. También ha sido profesor-investigador en las universidades de Gales y Londres, además de que actualmente es investigador asociado de El Colegio de México.
Autor de al menos cinco libros, ha colaborado en publicaciones como NexosLetras LibresHistoria mexicana y Journal of Latin American Studies, entre otras.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy publicar, revisado, un libro como el suyo, que apareció originalmente en 2001?
Paul Garner (PG): Precisamente porque en estos casi 15 años ha habido un avance muy fuerte en los estudios porfirianos, y eso es muy interesante porque eso demuestra que Porfirio Díaz es una figura menos satanizada no solamente en la historia patria sino en la prensa, en la política y también en la academia.
Durante mucho tiempo no hubo grandes estudios; en los últimos 30 años eso ha cambiado. Si uno hace una búsqueda básica de fichas bibliográficas para Porfirio Díaz, va a encontrar un gran número de estudios y artículos publicados desde 2000.
Mi libro salió publicado en 2001 en inglés, pero fue escrito dos años antes, como ocurre con las publicaciones académicas. En los últimos 16 o 17 años he tenido la oportunidad de actualizar el texto, de incorporar esos nuevos estudios, por lo que entendemos mucho más que antes.

AR: Al principio del libro, en su revisión historiográfica, destaca los vínculos que hay entre la historiografía y la política. ¿A qué necesidades políticas obedecieron las tres categorías principales de historiografía que se han producido sobre el régimen de Porfirio Díaz, que usted denomina porfirismo, antiporfirismo y neoporfirismo?
PG: Estos tres “ismos” tienen sus vertientes políticas y pertenecen a momentos y cambios importantes en México. La historia patria mexicana es muy politizada: siempre ha habido en el interés del Estado la construcción de una narrativa de la nación para ayudar al proceso de creación de ciudadanos conscientes de su pasado. Eso aplica al siglo XIX, incluyendo la época del porfirismo, cuando los libros de historia se consolidaron, con una narrativa liberal, mientras que antes hubo una versión católica. Ésta le echaba flores a la Colonia, a los españoles por traer a México religión, civilización, idioma, etcétera. En la historia liberal fue al contrario: esa fue una época de desastre, una invasión que dejó una huella negativa en la historia nacional.
Los héroes de la historia patria liberal son Hidalgo, Morelos y luego Juárez. Es una historia que se empezó a narrar en la época porfiriana, con textos clásicos de Vicente Riva Palacio y Justo Sierra. Se creó un porfirismo, un relato en el que al final el legado de la trayectoria liberal es el régimen de Porfirio Díaz. Ese es el porfirismo, y es una distorsión, en cierto sentido, porque es una simplificación.
Entonces, el porfirismo en su momento fue una exageración: hubo una serie de libros publicados, sobre todo en los años cercanos al Centenario, en 1910, que hablaban de un Porfirio Díaz que trajo la paz política, que permitió la modernización y el desarrollo económico, que fueron los éxitos de su régimen. Implicaban la idea de Porfirio Díaz como el único gobernante que podía gobernar México por la forma en que lo hacía. Esas son exageraciones.
Pero en los últimos años de crisis política, de 1906 en adelante, vemos una veta de crítica muy fuerte contra Díaz y su régimen: se hablaba mucho más de la dictadura y se creó el antiporfirismo, con sus vertientes que fueron las narrativas revolucionaria y posrevolucionaria durante todo el siglo XX.
Durante todo el siglo XX, el antiporfirismo habló de Porfirio Díaz como tirano, dictador, vendepatrias y entreguista. Pero a finales de la crisis política y económica de los años ochenta del siglo XX empezó a haber otra narrativa de la historia nacional: la neoporfirista, que todavía hablaba de un tirano, de un dictador, pero cambió el discurso a un Díaz que trajo la modernización del país. Fue una forma de menguar el antiporfirismo, pero sigue siendo una figura polémica hasta la fecha, y por eso hay tantas confusiones sobre quién fue Porfirio Díaz, porque en su momento fue uno de los máximos héroes, después uno de los mayores tiranos, y ahora un modernizador.
Lo que no tenemos es una reconsideración histórica de su figura. Ese es el problema.
Es más complejo el neoporfirismo que el porfirismo y el antiporfirismo porque mantiene también una parte de la satanización, pero hay una nueva versión en cuestiones de política económica. Y es que el neoliberalismo busca sus antecedentes en el liberalismo del siglo XIX.
Entonces hay esas tres versiones, y en su momento han sido, en cierto sentido, distorsiones, y demuestran la importancia de la política en la historiografía. En esos momentos históricos, como hay cambios de política, cambia la narrativa nacional. Ese es el punto.

AR: En el libro hay una categoría clave: el liberalismo patriarcal, una combinación del liberalismo y el constitucionalismo con el caudillismo. Pero parecen muy antitéticos, contradictorios. ¿Cómo se mezclaron en el porfirismo esos dos aspectos?
PG: Esa es una muy buena pregunta. Para entender el éxito de Porfirio Díaz llegué a la conclusión de que él, como todos los gobernantes exitosos de México desde su Independencia, fue capaz de mezclar, manipular y hacer funcionar dos culturas políticas muy diferentes.
Para entender cómo gobernar exitosamente a México (lo que es muy difícil de hacer) se tienen que comprender y ejercer dos tipos de cultura política: hacer funcionar el constitucionalismo liberal, que es una cultura democrática, de representación de los ciudadanos en un sistema democrático, fundamentalmente, con las práctica políticas de México, que no pertenecen al liberalismo sino a una cultura de informalidad, con jerarquías, favores, a lo que se llamó en el siglo XIX caciquismo a nivel local, y caudillismo a nivel nacional.
Entonces se tuvo que implantar el constitucionalismo con base en prácticas no constitucionales: esa es la gran paradoja de las culturas políticas de México. Porfirio Díaz sí sabía manipularlas, porque siempre hablaba de la Constitución, de la necesidad de crear un Estado. Con sus corresponsales fue excelente: aunque no siempre podía satisfacerlos siempre les contestaba con una cortesía y con un discurso patriótico, de construcción de Estado, de nación, etcétera. Al mismo tiempo había mucha deferencia: algunos corresponsales le decían “usted, como nuestro caudillo, como nuestro líder, como nuestro presidente”. Y eso es lo que hizo en la política también: no centralizar el poder necesariamente, pero hacer muy presente la figura del presidente, como un presidencialismo. En varios sentidos fue un régimen muy personalista, pero su legitimidad se basaba en la Constitución y en las prácticas electorales. Eso es otra contradicción, a la que dedicó en el libro dos capítulos, en las que trato el liberalismo pragmático y el liberalismo patriarcal. En ambos casos son adjetivos contradictorios: no se puede calificar al liberalismo como patriarcal ni como pragmático, pero esa fue la realidad política.
Entonces son términos políticos contradictorios pero esa es la forma en que yo pude entender el éxito de Porfirio Díaz: no como un tirano y dictador, que fue la versión antiporfirista.
Fue a raíz de los ferrocarriles, de la construcción de ciudades y de la modernización porfiriana que podemos hablar de un mercado interno nacional, y es cuando podemos hablar de una nación por primera vez. Fue un proceso de construcción de Estado y de nación, que fue imperfecto, irregular y no siempre parejo, de avances en lo material y económico, pero no en lo político. Esa fue también otra contradicción: que Díaz no logró una apertura política que se necesitaba y que él mismo reconoció en la entrevista con Creelman cuando decía que México estaba listo para la democracia, pero luego se presentó otra vez a la reelección cuando ya había dicho que no lo iba a hacer. Si hubiera dimitido entonces creo que sería un héroe nacional y tendríamos monumentos y calles “Porfirio Díaz” por todos lados. Pero nadie perdona a un señor que se queda en el poder y tiene que salir de él por la fuerza.

AR: Sobre esa construcción del Estado: usted habla del liberalismo de Díaz desde su época en Oaxaca, y de que valoraba mucho el federalismo y la autonomía regional. ¿Cómo fue su relación con los estados, para que, al mismo tiempo de respetar el federalismo, pudiera ejercer cierto control sobre los caciques, construir el gobierno central y fortalecer el Estado nacional?
PG: Esa es otra paradoja muy interesante, porque siempre el discurso y la ideología liberal eran federalistas. Porfirio Díaz, en sus actos con los gobiernos locales, dependía mucho de la relación personal que tenía con los gobernadores, y él tenía mucho que ver con quién iba a seleccionarse. Es una relación muy compleja que cambiaba según la relación y las circunstancias políticas.
Se habla mucho de la centralización del poder, pero nunca la hizo formalmente, aunque hubo varias enmiendas a la Constitución. Lo que hizo Díaz fue hacer mucho más presente al presidente como la figura, la autoridad central del país, que, además, tenía las redes de poder y era un árbitro entre distintas facciones, tanto en el Congreso como entre los gobernadores. Cuando había problemas en los estados hubo negociaciones políticas para solucionar el problema de quién se iba a imponer, quiénes iban a ser los gobernadores.
Con la reforma constitucional que permitía la reelección permanente del presidente y de los gobernadores, a todos los niveles, vemos una parte única en la historia de México: muchos gobernadores que duraban 15 o 20 años en el poder, lo cual originó un tipo de atrofia en el sistema político de Porfirio Díaz.
Lograr que no hubiera en el Porfiriato rebeliones locales políticas es lo que habla de la paz política. No es que no haya habido revueltas o disidencias, sobre todo tras la enmienda constitucional de 1890 que permitió la reelección, lo cual estimuló movimientos críticos de esa idea, porque uno de los fundamentos esenciales del liberalismo en el siglo XIX era la no reelección. Fue Díaz quien levantó la idea de sufragio efectivo y no reelección contra Lerdo de Tejada en 1876, y es una gran ironía que Madero haya usado este mismo lema como uno de los temas fundamentales del liberalismo para construir un movimiento contra Porfirio Díaz.

AR: Otro tema es que, efectivamente, se ha puesto el acento sobre la imagen de un dictador casi todopoderoso y muy cruel. ¿Pero cómo Díaz tejió las relaciones políticas? Usted reconoce que sí utilizó la represión, que hubo coerción, intimidación e incluso menciona el caso de un asesinato, pero que también hubo negociación y manipulación. Destaca usted otro aspecto: la deferencia. ¿En qué medida usó Díaz estos distintos recursos para consolidar su poder?
PG: Hay que ver cuál fue el armamento político de Díaz. Las negociaciones políticas, las elecciones y la Constitución fueron muy importantes para la paz en esos años, así como el rechazo completo a cualquier movimiento armado contra la autoridad. En sus primeros cuatro años de gobierno hay evidencia clara de la mano dura, de la idea que tenía Porfirio Díaz de que no se puede aceptar ningún levantamiento en armas. El caso clásico es el amotinamiento en Veracruz en 1879, de donde salió el dicho popular de que mandó un telegrama al gobernador diciendo “Mátenlos en caliente” en referencia a los líderes del movimiento. Ese telegrama nunca se ha encontrado y creo que no existe, pero sí hubo una orden de Díaz al gobernador Luis Mier y Terán de ejecutar a los oficiales. Lo que hizo éste aparentemente fue matar, al mismo tiempo, a sus enemigos políticos, pero esa fue su interpretación de esa orden. Pero sí existió una orden de ejecución.
Díaz construyó un sistema político a base de la conciliación y de la negociación mucho más que con la mano dura, pero en los últimos años el problema de la apertura política y sobre todo los problemas con las huelgas de 1906-1907, a las que el régimen no sabía cómo responder, y su reacción fue muy torpe con las masacres de Río Blanco y Cananea. Estaba claro que en los últimos años Díaz perdió la brújula política y como que ya no era la mano dura, aunque fue realidad: por ejemplo, los yaquis y los mayas sabían muy bien que Díaz era capaz de actos de brutalidad.
Pero para mí criticar el sistema por sus últimos cuatro años es una distorsión porque el régimen no fue así todo el tiempo. Eso demuestra que ya estaba en crisis y no sabía solucionar el problema más grave: la sucesión. ¿Qué iba a suceder después de Porfirio Díaz? Había movimientos de oposición que se empezaron a consolidar en esos momentos, incluso dentro del sistema.
Díaz sabía manipular y congeniar con distintos grupos; al final del régimen los importantes eran los Científicos y los reyistas, y ejercía siempre arbitraje entre las dos facciones. Pero en los últimos años se aferró mucho más a los primeros, lo que desequilibró el sistema político hacia adentro. Entonces había problemas también hacia afuera, y el régimen no tenía una respuesta porque al final Díaz pensó que la única forma de gobernar el país era la suya. Esto es contradictorio porque él mismo en la entrevista Creelman reconoció que sí era el momento de una apertura.

AR: Otro aspecto relevante es el de las relaciones internacionales: por un lado la economía con la atracción de inversión extranjera, especialmente la norteamericana pero también procurando la europea para crear un contrapeso, y por otro las fricciones que tuvo el gobierno de Díaz con Estados Unidos por Cuba y Centroamérica. ¿Cuál fue la importancia del aspecto internacional en el desarrollo del gobierno de Díaz?
PG: Creo que es una parte que se ha malentendido por la versión antiporfirista y sus acusaciones de entreguismo y de vendepatrias. Porfirio Díaz fue muy patriótico y defendió la soberanía de México. Entendía que la posición geopolítica de México hacía muy difícil una política independiente por el vecino del norte, que en esa época surgía como una de las potencias mundiales. Además, obviamente la intervención norteamericana a mediados del siglo XIX dejó un recelo muy fuerte de los políticos mexicanos hacia los intereses de Estados Unidos.
En la época de Porfirio Díaz fue cuando Estados Unidos empezó a extender su estrategia de controlar el lado americano, del Caribe, y su política en Cuba fue una señal muy preocupante para el gobierno de Díaz. Pero entendió que México estaba en una posición de debilidad en cuestiones de Estado, lo que hizo que Europa fuera muy importante.
También estaba el problema del endeudamiento de México. Díaz tuvo dos secretarios de Hacienda muy talentosos: Manuel Dublán (al que nadie conoce y nadie ha estudiado) y José Yves Limantour, que hicieron una labor muy importante para equilibrar las finanzas. Tenían buenas relaciones con los mercados internacionales, sin las cuales y sin el sistema bancario pues no hubiera ferrocarriles y no habría modernización.
Pero se necesitaba equilibrar los intereses estadounidenses, atraer el capital extranjero pero canalizarlo a proyectos de inversión en infraestructura y desarrollo, que fue lo que hizo Limantour con los ferrocarriles: al principio fueron contratos y concesiones a compañías extranjeras, pero al fin y al cabo se dio la mexicanización de 1907 y la creación de Ferrocarriles Nacionales de México. En ese momento se vio una estrategia que iba a seguir la Revolución mexicana para defender la soberanía y los intereses.
Era una política bastante arriesgada abrir las fronteras a la inversión extranjera y al mismo tiempo proteger la soberanía, pero durante mucho tiempo se logró. Hay problemas mayores con Estados Unidos después de 1898, cuando la solución al problema cubano espantó al gobierno mexicano, que intentó establecer una doctrina Díaz: que en vez de ser Estados Unidos el que tenga la responsabilidad de proteger a América Latina, fuera una responsabilidad que se tiene que compartir entre las distintas repúblicas de la región.
Pero era muy difícil enfrentarse con Estados Unidos en ese momento, lo cual se reflejó mucho con lo que pasó con Bahía Magdalena y con el gobierno de José Santos Zelaya en Nicaragua. Hubo algunos puntos de conflicto y eso significó el final del régimen, pues los problemas con la Unión Americana eran bastante grandes.
Algunos historiadores piensan que la culpa de la derrota de Porfirio Díaz la tiene Estados Unidos. Yo no estoy tan convencido de eso pero sí contó la influencia que tenía Estados Unidos sobre la estabilidad de México cuando le puso presión al gobierno de Díaz. En la entrevista Creelman, de la que hemos hablado, el presidente mexicano dijo “estamos listos para la democracia, yo me voy”; fue una entrevista para un público norteamericano, para demostrarle a Washington que Díaz todavía tenía las riendas del poder y que controlaba la situación cuando en realidad había una crisis política en esos años.
Asimismo, había que atraer inversiones europeas, y los gobiernos de estos países iban van a defender los intereses de sus ciudadanos, que era el equilibrio que se necesitaba para enfrentar a Estados Unidos. Díaz en realidad estaba más receloso de la potencia del vecino del norte para minar la soberanía mexicana. Pero fue más allá de Europa y Estados Unidos: el gobierno de Díaz tuvo relaciones con muchos otros países: China y Japón, por ejemplo, y, aunque no hubo grandes avances, sí hubo tratados y convenios.
Fue muy interesante la internacionalización de Porfirio Díaz y de México, lo que se reflejó en el número de premios y medallas que le dieron al general Díaz, que le fueron dadas por gobiernos de muchos países del mundo en reconocimiento por la estabilidad y modernización de México en esos años.
Aunque ya había una crisis política muy fuerte poco antes de las fiestas del Centenario, en 1910, México tenía una muy elevada imagen en el mundo. Hay muchos documentos que atestiguan esto.

AR: Su libro da muchos elementos que van mucho más allá del puro personaje. Pero ¿cómo influyeron las características personales de Díaz en su régimen?
PG: Sí fue un sistema bastante personalista, pero también hay que decir que Díaz es una figura a la cual es difícil acercarse porque no dejó muchos escritos. No era un intelectual en la política pero fue un político muy efectivo, sin lugar a dudas. Yo diría que era una persona muy disciplinada y muy enigmática, no como muchos políticos modernos que hablan mucho más de lo que deben y no escuchan tanto. Díaz escuchaba y no hablaba.
Todas las descripciones de Porfirio Díaz son así. Pero hay que decir que le interesaba mucho el poder, y eso fue uno de los problemas principales: que no quería soltar el poder.
Yo creo que fue sumamente astuto, pero es muy difícil acercarse muy bien a él. Francisco Bulnes, por ejemplo, dijo, en su libro sobre Porfirio Díaz que se publicó después de la revolución, que lo había escuchado decir que él entendía muy bien la motivación de los mexicanos, a quienes les gusta más la seguridad que la democracia, más la seguridad económica que la libertad política. Pero no tenemos escritos donde diga esto, ni de famosas frases como “¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!”. Nunca he encontrado dónde dijo o escribió eso.
No escribía mucho; era un excelente corresponsal pero fueron sus secretarios obviamente quienes escribieron esas cartas dictadas por él. Era muy cuidadoso con su lenguaje, con la forma en que se dirigía a la gente de distintos niveles, desde los pueblos indígenas hasta la élite política. Es importante que estudiemos los textos y cartas que salían de sus oficinas, porque ese es un discurso de veras muy pragmático, muy cortés, muy patriótico, muy liberal y muy positivo en el sentido de un proyecto nacional que estaba llevando a cabo. Eso es muy interesante.
Enrique Krauze lo llama “el místico de la autoridad”, pero yo creo que no era tan místico porque tenía los pies en la tierra, un político muy pragmático y muy hábil.

AR: ¿Por qué cayó esta dictadura, que parecía eterna?, ¿por qué Díaz no supo resolver el problema de la sucesión en las postrimerías de su gobierno?
PG: El problema principal era la sucesión, y seguramente Díaz intentó solucionarlo con la invitación a Bernardo Reyes para incorporarse a su gabinete como ministro de Guerra en 1900. Pero luego Reyes, entre otras cosas, construyó una milicia casi privada, la Segunda Reserva. Esto no le agradó nada a Díaz (y es interesante que en esa milicia ciudadana estuvieron muchos que participaron en la revolución, fueron sus primeros momentos de organización y de participación militar). Reyes era una figura importante en la política, el rival más grande, y Díaz le temía mucho a Reyes y a su influencia en Nuevo León, en el norte, entre los militares.
Otra figura que también aspirada a ser presidente era Limantour; en su archivo se ve muy claro que tenía aspiraciones y un trabajo político importante en los estados. Siempre hubo una lucha entre quienes buscaban influir en Díaz, como los Científicos, los reyistas o quizá otros políticos.
Hasta cierto punto Díaz cambió de decisión. Según Bulnes, la idea era que sería una combinación de Reyes y Limantour, quienes no podían trabajar juntos. Yo creo que Porfirio Díaz tampoco quería esa combinación y no la permitía. Entonces mandó a Reyes al norte y luego al exilio; éste, siempre leal a Díaz, frustraba mucho a sus seguidores. Creo que Limantour se mantuvo muy leal a Díaz.
Vino la entrevista Creelman, que fue como un acto de suicidio político, que fue de decir “voy a salir” y luego, en realidad, “no voy a salir”. No apaciguó la crisis política sino que la inflamó en esos momentos.
Hay también muchos que dicen que Porfirio Díaz, tras una derrota militar, hubiera podido aplastar la rebelión maderista. Es importante acordarnos de que dimitió al poder, y en su discurso final dijo que era para evitar mayor derramamiento de sangre. Pues obviamente no fue el caso, entonces no sé si fue otro error. En ese momento su capital político era nulo, y esa fue la gran demanda de los maderistas: que se fuera Porfirio Díaz, y éste lo aceptó.
Pero sabemos muy bien que no se pudo solucionar ese problema, y la ausencia de poder, del vacío que dejó Porfirio Díaz es una de las grandes causas de la revolución (por supuesto, hay muchas otra muy importantes).
El vacío de poder que dejó Díaz inspiró muchos levantamientos que ocurrieron después de que se fue, no antes. Antes de que se fuera relativamente había poca actividad revolucionaria, y eso es interesante.
Entonces Díaz cometió una serie de errores al final, y hay que hablar de su pérdida de brújula política. Le faltó resolver el problema de la apertura democrática, que es lo que pedía Madero. Éste le echó muchas flores en La sucesión presidencial de 1910, en la falta de apego a la Constitución y a las prácticas constitucionales, que siempre fueron parte del armamento político de Díaz, fue donde su legitimidad ya no existía.

AR: Hay historiadores que han observado líneas de continuidad de la Revolución mexicana con el porfirismo. En esa dirección, ¿cuál fue el legado político de Porfirio Díaz que ha pervivido pese a la Revolución?
PG: Es interesante: eso es cultura política, de lo que hablaba antes, de la que combina el constitucionalismo, el caudillismo, el autoritarismo. Estos persisten, y si lo hacen entonces necesitamos entender estas culturas para actuar.
Hay, en ese sentido, congruencia con la política del siglo XX. Obviamente el discurso es muy diferente. Sobre el proyecto de modernización, creo que en la época de Porfirio Díaz se encuentran las raíces del México moderno, para acabar pronto. Pero no son proyectos completos ni terminados.
En la política, por ejemplo, esa mezcla de culturas políticas él supo manejarlas durante mucho tiempo con éxito aunque al final no, lo que le sirvió para gobernar un país complejo y muy diverso. También está la idea del indigenismo, de México como nación mestiza, que promueve sobre todo Justo Sierra, una proyección cultural muy importante de México en el siglo XX y que retomaron los gobiernos revolucionarios.
Además los monumentos que construyó Díaz en el Centenario, como el Ángel de la Independencia y el Hemiciclo a Juárez, todavía definen la nación mexicana.
En materia económica, el antiporfirismo hablaba mucho del campo, y hay que entender que el 80 por ciento de la población vivía en el campo, entendiéndose el desarrollo del campo como un caso de hacendados a los que los campesinos le vendían sus terrenos y sufrían abusos. Es un panorama más complejo: con Porfirio Díaz la política agraria no tuvo tanto éxito, pero la industrialización, sí fue exitosa: México era el país de América Latina más industrializado para 1910, a pesar de haber empezado muy tarde su proceso.
Estos hechos se van a ver también en el siglo XX; la diferencia obviamente se encuentra en las políticas, el discurso, la organización política. También está el famoso comentario de Mario Vargas Llosa de que México era una dictadura perfecta que había pasado de una dictadura personal a una de partido. Me pareció interesante.
Definitivamente en el Porfiriato hay rasgos del México moderno. Hay que indagar, por lo que tenemos que investigar más profundamente esos procesos.
De lo anterior viene mi llamada al estudio. Debemos entender esa época y no politizarla tanto. Está el asunto de la repatriación de sus restos, asunto muy polémico, pero para mí lo que es necesario es la reconciliación histórica del ciclo de Porfirio Díaz. Tenemos que estudiarlo mucho más, en vez de politizarlo y polemizarlo, como siempre se ha hecho.



*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 180, noviembre de 2015.

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