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jueves, 8 de septiembre de 2016

DAVID HUERTA SOBRE LA PROSA DE GERARDO DENIZ



Aguas aéreas 
El buho de mar*


David Huerta
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Los lazos o puentes entre la prosa de Gerardo Deniz (1934-2014) y sus poemas son de diferentes tipos, todos interesantísimos. Una de esas vinculaciones es el tema mismo de la poesía, la deniciana y la de otros. La poesía deniciana fue compilada en Erdera (2005) y la prosa acaba de aparecer con el título de De marras (2016). Con este libro ejemplarmente impreso, como aquel, por el Fondo de Cultura Económica —casa editorial donde trabajó Deniz varios años, como corrector de pruebas y traductor de varias lenguas—, tenemos el binomio libresco más llamativo, suscitador, y más repleto de ideas, visiones y fábulas de los últimos años en nuestro país. Para quienes hemos sido lectores y aun seguidores fieles de Deniz, es la mejor noticia tener ahora estos dos tomos. De marras junta los libros prosísticos ya conocidos de Deniz —ensayos, memorias, narraciones—, y da a conocer materiales dispersos (y diversos) y algunos textos inéditos, magníficos.

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Me interesa en especial, ante la aparición de este volumen, examinar, así sea a vuelo de pájaro, cómo la prosa deniciana trata la poesía. Por eso empecé estos renglones hablando de los contactos entre su prosa y sus poemas. Deberíamos, sin embargo, ampliar este sistema de enlaces (prosa-poesía); no tomar solo en cuenta los poemas, sino múltiples asuntos y estribaciones: crítica y análisis de poemas ajenos, retratos (etopeyas o bien medallones satíricos) de poetas admirados o detestados, explicaciones (“visitas guiadas”) de los versos propios, curiosidades de toda índole y otras yerbas difíciles de enumerar y clasificar, de bautizar y meter en algún cuadrito convencional. Está además su discurso en la ceremonia de entrega del Premio Xavier Villaurrutia, en 1991, muestra de su independencia de espíritu, fresca soltura opuesta a la solemnidad, sentido del humor corrosivo y, en fin, burla de los falsos valores de nuestra diminuta cultura literaria: un auténtico despliegue de “malos modales”. En el caso de Deniz, sin embargo, esos modales son el raro talismán de una plena sabiduría y salud nietzscheanas; lo digo a sabiendas de cuánto le disgustaría a él traer a cuento, aquí, a ese tío bigotón y alemán perdido en raras filologías y filosofías indigeribles.
En cientos de páginas de este libro extraño, vertiginoso, simpatiquísimo, a veces triste hasta la desolación, hay rastros numerosos de las lecturas poéticas de Deniz. No en todas esas páginas hay esas huellas, desde luego, pues Deniz discurre sobre mil y un temas, y lo hace con singular fervor cuando se trata de sus devociones de químico, de conocedor de varias lenguas, de estudioso de la etnología y de la mitología comparada. Tenemos con De marrasun tesoro inmenso, páginas de la mejor literatura de cualquier país, en cualquier idioma; lo digo con toda convicción. Así de excepcional es Deniz; así de original. Otra cosa muy diferente es el triste panorama de nuestra literatura y sobre todo de nuestro “medio literario”, orgánicamente incapaz de valorar a este hombre único.
En De marras, entonces, hay registro exacto de opiniones sobre literatura, de sus análisis demoledores de tantos mitos de la “inepta cultura” literaria —así lo diría él mismo, creo, pues era un velardiano empedernido—, de formidables zambullidas, dignas del buho de mar, en los versos de Eliot, de Góngora, de Alighieri, de Chumacero, de López Velarde, de Alfonso Reyes. En la sección dedicada a presentar sus colaboraciones en la revista Vuelta, lamento no ver su ensayo sobre las fuentes de la poesía de Perse; un ejemplo deslumbrante, para mí, de cómo se hace crítica o cómo debería hacerse: Deniz debió de darse cuenta de la inactualidad de sus fuentes, y decidió no incluirlo, prueba de su inmensa honestidad intelectual, de su honradez a secas; es una pérdida para sus lectores, admiradores tanto de su poesía como de los poemas de Perse. La noticia sobre la ausencia de este ensayo en De marras, en el prólogo de la obra, es tan completa como puede serlo; Deniz pensó, quizá, perfeccionar ese ensayo de Quellenforschung pero la vida no le dio tiempo de hacerlo; bien se sabe cuánta cuerda tenía: él calculaba en 4,000 años su energía escritural, pero solamente llegó a los ochenta.
Diré un par de palabras sobre Fernando Fernández: con él, por sus esfuerzos admirables, frente a su lucidez como lector y como editor, gracias a su sensibilidad extraordinaria y su inteligencia para comprender a Deniz y para dárnoslo dignamente impreso, tenemos otro ejemplo de cómo debería ser el trabajo intelectual entre nosotros.
La poesía en la vida y las vigilias de Gerardo Deniz fue, como él mismo dijo en la memorable entrega del Premio Villaurrutia, su “cuarta o quinta vocación”. Lo suyo era la ciencia dura, en especial la química y, por largos años, la mitología comparada. No puedo ni podré olvidar nunca la tarde, en su estudio de la avenida San Antonio, en la cual Deniz me mostró, en una caja de zapatos, su correspondencia con Georges Dumézil, a quien tradujo magistralmente para el Fondo de Cultura Económica. Era apenas un puñado de papeles de la apariencia más modesta imaginable, atados, según recuerdo, con una liga; pero en esas hojas manuscritas y mecanografiadas había un diálogo diamantino entre dos individuos de una sabiduría fabulosa.
Solo pude asomarme a esos documentos valiosísimos e ignoro su destino —ojalá no hayan desaparecido o estén extraviados—; pero sospecho, conociendo a Deniz, el papel asumido por él en esa correspondencia, no por real menos desencaminador: el de mero traductor. Estoy seguro, al mismo tiempo, de otro hecho muy diferente, pues Deniz me lo dejó ver: Dumézil sabía con quién estaba tratando, pues se dirigía a nuestro poeta, el prosista de De marras, con un comedimiento notorio. Junto a esa correspondencia, resultan diminutas las otras correspondencias de nuestros esforzados literatos, pilas insaciables de epístolas pomposas publicadas con bombo y platillo por grandes instituciones y editoriales de prestigio mundial, para decirlo con el idiolecto de los publicistas radiofónicos de mis tiempos.
Esas cartas son extraordinarias —de veras extraordinarias, no como las de nuestras glorículas locales o hasta planetarias— y las evoco para mostrar la dimensión intelectual de Gerardo Deniz, y su desinterés en la fama, en las estridencias repelentes de la vida literaria. Ojalá algún día las conozcamos. Mientras tanto, divirtámonos con las páginas en donde Gerardo Deniz habla de los maxmordones, recrea el diccionario de Tolhausen, presenta sus breves mitologías y nos comunica, sonriente a veces, en ocasiones irritado, sus tónicas irreverencias.

Las breves páginas sobre el buho de mar (las 730-732 de De marras) son Deniz en plenitud. Fueron publicadas en la antología del poema en prosa mexicano, de Luis Ignacio Helguera, y aparecen junto a otro texto rubendarianamente titulado “Azul”. ¿Rubendarianamente? Es un decir, y no quiero ni imaginar las fulminaciones denicianas contra el poeta nicaragüense. No las llegó a escribir, según entiendo, pero debe de haberlas prodigado en sus conversaciones con amigos de todo pelaje, y si eran admiradores de Darío, mejor. Quién sabe: quizá Darío hasta le gustaba, pero lo dudo seriamente.
El texto titulado “Estrigiforme”, pues, habla del buho de mar (Maxibubo marinus), “única ave genuinamente anfibia, dotada de dos respiraciones que funcionan alternativamente”, animal fantástico, en cualquier sentido de esta palabra. El vocablo “estrigiforme” tiene lo suyo, aparte de significar, en un sentido muy general, “ave rapaz y nocturna de cabeza grande y redondeada, pico corto y ganchudo, ojos dirigidos hacia adelante y garras afiladas y fuertes” (es decir, buho o lechuza; gloso el diccionario de la Cacademia, como le gustaba llamarla a Deniz). Tiene lo suyo, digo, o lo sospecho seriamente, pues con Deniz nunca se sabe. Ante la aparente inocencia de la voz “estrigiforme” podemos estar en realidad frente a todo un mundo de fábulas y mitos, de significaciones recónditas; puede apuntar a un mundo vampírico, de brujería y magia negra, fenómenos en los cuales nuestro poeta y prosista no creía, más aún: militantemente no creía, y le indigestaba cuánto se habían difundido esos irracionalismos en el mundo. Sí cree, desde luego, en la inspiración, y de ello muchas páginas de De marras y no pocas declaraciones suyas en entrevistas dan fe. De esa inspiración quiero decir un par de cosas, sencillísimas, a propósito de “Estrigiforme”.
Lo había leído una sola vez, seguramente, en la antología de poemas mexicanos en prosa, junto con “Azul”; pero no volví a él hasta ahora, en 2016, gracias a De marras, a Fernando Fernández y al Fondo de Cultura Económica: la verdad, aquella antología de Helguera de poemas-en-prosa me aburrió soberanamente, y por desgracia los textos de Deniz quedaron contaminados o malamente envueltos por otros. Ahora, en cambio, en la vecindad de una maravillosa constelación de textos denicianos, la cosa cambia, y la diferencia de lectura de los mismos textos, en especial de “Estrigiforme”, es abismal, como el tiburón allí mencionado: este es su auténtico vecindario, no aquel, clasemediero y adocenado, en donde lo situó Helguera.
Releer, o mejor dicho, leer “Estrigiforme” me produjo una auténtica conmoción, como la de esos estremecimientos descritos por A. E. Housman, síntomas de estar frente a una obra maestra. Es una página y apenas unos pocos renglones más, pero es de una belleza absoluta, de una perfección y una extrañeza sorprendentes. No puedo ni debo reseñarlo; solamente decirles: léanlo. Lo mejor de todo es lo siguiente: alrededor de “Estrigiforme” hay en De marras cientos de páginas comparables, en otros derroteros de la prosa deniciana, y acerca de asuntos de una asombrosa diversidad.
Desde mi lectura del Borges de Adolfo Bioy Casares o de las Memorias de ultratumba, del vizconde François-René de Chateaubriand, o de los libros de Pietro Citati —leídos como una sola obra, maciza e irradiante—, no había tenido en estos años una experiencia parecida a la inmersión en las páginas de De marras. Cada uno de esos libros significó un auténtico estremecimiento, en el sentido de Housman.
Un día, pero no sé si llegue, no es nada seguro, las generaciones futuras reconocerán este hecho: entre 1934 y 2014 vivió en México uno de los dos o tres grandes escritores de verdad geniales del último medio milenio. Se llamaba en el siglo Juan Almela Castell y en su siglo en la brisa se llamaba Gerardo Deniz.

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* Más de cuatro respingarán ante la impresión, aquí, de la palabra “buho”, sin acento. Agradezco a los editores de la Revista de la Universidad de México su sensibilidad y apertura de espíritu con mi solicitud de omitir ese signo en cada mención de este animal. Ponérselo sería una traición a Deniz, su etólogo y taxonomista, y sobre todo a esa criatura, suspicaz de la sedicente “corrección ortográfica”; el texto sobre este animal concluye con estas palabras diáfanas: “Se acerca con un graznido, como el de la cuerda del arco inmenso tensado de pronto por Odiseo. Sacudiéndose nervioso, por si le han puesto un acento, se acerca veloz, ya llega, ya pasa”. No hay duda: sin acento.

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