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sábado, 3 de septiembre de 2016

IGNACIO PADILLA (1968-2016), Alberto Chimal

Ignacio Padilla (1968-2016)

Alberto Chimal
El mes pasado, tras un accidente automovilístico, murió el escritor mexicano Ignacio Padilla. Su muerte fue un golpe duro para muchos de nosotros. Me pidieron un texto sobre él, que apareció hace unos días en el sitio de la revista World Literature Today, en traducción de mi querido amigo George Henson. Dejo aquí la versión en español.
Ignacio Padilla

Muchos le decíamos “Nacho” a Ignacio Padilla: es el hipocorístico tradicional de su nombre, el apelativo cariñoso, pero lo empleaban no sólo sus familiares y amigos más cercanos, sino también alumnos, admiradores, colegas, lectores. Nacho Padilla caía bien: se sentía cercano. Su obra –a pesar de ser erudita, cerebral, extraña– también se volvía entrañable: lectores que hubieran rechazado textos más complacientes de otros autores se entregaban con placer a los de Nacho y encontraban, sin fallar, lo mejor de cada uno de ellos.
Nada de lo anterior es poca cosa: un autor como él siempre será raro, inusual en el ambiente de los escritores, y lo era más todavía en el México de los últimos años. Tal vez por el influjo la violencia que nos rodea, acá se ha vuelto “normal” que ciertos colegas sean –o parezcan– personas fatuas o agresivas, que ostenten semejantes cualidades en su vida pública y de hecho tengan admiradores precisamente por ellas: porque sus desplantes se convierten en una válvula de escape para las frustraciones de otros, en ilusiones de poder para quienes no se sienten fuertes. Por el contrario, Nacho Padilla no proyectaba arrogancia ni cólera: proyectaba inteligencia, humor, empatía. Era un gran conversador, que sabía reírse de todo y desarmar a la gente solemne con tal gracia que ellos también acababan riendo. Con sus alumnos era generoso –era profesor universitario de larga carrera– y los encantaba con largas digresiones sobre sus temas más queridos siempre que alguno se asomaba en los programas de estudio. Inventaba apodos juguetones y el primero de todos era el suyo propio: decía de sí mismo que era "físico cuéntico", para recordar que, si bien había escrito novelas, ensayos y teatro –y en cada disciplina era ganador de premios, tanto en México como en otros países–, se sentía sobre todo un cuentista: practicante de ese género antiguo y a veces incomprendido.
Por supuesto era un gran, gran escritor. Sus pasiones estaban incluso en los textos que no las ostentaban: le fue siempre fiel a ciertas formas peculiares que daba a sus historias, al monstruo como figura y como emblema, a la imaginación sutil, insumisa –de hecho muchos de sus textos son de imaginación fantástica, aunque se salvó de ser leído como habitante del gueto de la genre fiction, al que tantas carreras llegan para morir–, y sobre todo a la lengua castellana. Se doctoró en Salamanca, España, con una tesis sobre Cervantes, pero su interés en el autor del Quijote, en su siglo brillantísimo y en el vigor de su idioma, se veía en todo su trabajo. En el momento de su muerte era el miembro más joven de la Academia Mexicana de la Lengua, y su discurso de ingreso a ella fue un espléndido ensayo, “Elogio de la impureza”, que defiende el carácter subversivo de la obra de Cervantes: su llamado a abrir el pensamiento y la percepción del mundo más allá de los límites impuestos por las autoridades (o por los tiranos).
Parte de su obra está traducida a varios idiomas; en inglés está, por ejemplo, su novela Amphytrion (Shadow Without a Name),  un thriller borgesiano ambientado en la Primera Guerra Mundial, y los cuentos de Las antípodas y el siglo (Antipodes). Faltan, al menos, su novela de aventuras La Gruta del Toscano; los cuentos de libros como El androide y las quimeras o Las fauces del abismo; los ensayos de El legado de los monstruos y de Cervantes y compañía. En estas obras, pienso, se cifra el trayecto de un lector que sale de la biblioteca y se encuentra con el mundo, con todo el horror y la belleza, pero jamás pierde la fe en el lenguaje como posibilidad de conocimiento, de orientación en el caos.
Por último, Nacho no solamente proyectaba cordialidad: de hecho era un gran tipo, generoso y bien dispuesto, incluso con quienes lo veíamos poco y nos encontrábamos en su vida sólo brevemente. Tuvo amistades largas con otros colegas, y señaladamente con algunos de sus compañeros en el llamado grupo del Crack, aquellos novelistas que tuvieron la osadía de lanzar un manifiesto literario a fines del siglo XX y desde entonces estuvieron siempre presentes en el imaginario de las letras del país. Yo lo traté más en los últimos años, cuando fuimos profesores en la misma universidad y nos juntaron presentaciones, lecturas, prólogos, antologías…, así que su muerte, en un accidente automovilístico, el sábado pasado, 20 de agosto, no sólo me golpeó por horrorosa, imprevisible, profundamente injusta. Me dolió también, como a tantos otros, la desaparición de la persona tras los libros.
Ahora nos quedan esos textos: las trazas de su pensamiento, capaces todavía de ofrecer las verdades provisionales que Nacho descubrió y pudo expresar en el transcurso de su vida. Pero a él lo vamos a extrañar muchísimo.

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