lunes, 24 de octubre de 2016

ACERCA DEL ESTILO LITERARIO, Flavio Crescenzi (Semanario Las Nueve Musas)

Flavio Crescenzi
Sábado, 22 de octubre de 2016
EL ESCRITOR ORIGINAL NO ES AQUEL QUE NO IMITA A NADIE, SINO AQUEL A QUIEN NADIE PUEDE IMITAR

Acerca del estilo literario

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Noticia clasificada en:Artes literarias
Concebir una obra de literatura creadora es concebirla en su particularidad. Un razonamiento es cosa distinta; se ocupa con ideas, en el sentido lógico, y éstas pueden ser expuestas clara u oscuramente, con economía o despilfarro.
I

Muchos de los términos utilizados por las jergas filológica, crítica y editorial tienden a confluir en una suerte de limbo lingüístico desde el cual logran exhibir su particular «disponibilidad» semántica. Un ejemplo de esto bien podría serlo la palabra estilo. Dejando de lado su significado etimológico —el cual ya he puntualizado en mi artículo anterior—, es posible percibir en ella, por lo menos, tres significados más. Pasaré a enumerarlos.

En primer lugar, llamamos estilo a esa individualidad expresiva mediante la cual podemos reconocer o distinguir a un escritor. Es fácil reconocer, por ejemplo, la prosa de Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges o Francisco Umbral (por nombrar tres escritores galardonados con el Cervantes, pero muy distintos entre sí); en cambio, quizá por lo estandarizado de sus recursos, es difícil reconocer la prosa de Sidney Sheldon, Wilbur Smith o Dan Brown. Sin ánimos de establecer una polémica sobre la calidad de los autores mencionados, agregaré, para resumir este punto, que todos los elementos que contribuyan a hacer reconocible lo que escribe un hombre serán parte constituyente de su estilo.
  
En segundo lugar, la palabra estilo alude a las técnicas de expresión, es decir, a la facultad que tiene un escritor de exponer claramente una secuencia de ideas. En puridad, creo que esta acepción sólo puede aplicarse a la exposición de ideas intelectuales, pues, como sabemos, los novelistas y los poetas no expresan en sí ideas, sino percepciones, intuiciones, convicciones emotivas que se materializan en una determinada concepción integral de obra. Si un texto literario está en realidad bien concebido, será inmune al peligro de la mala redacción, ya que, como dice Middleton Murry, «concebir una obra de literatura creadora es concebirla en su particularidad. Un razonamiento es cosa distinta; se ocupa con ideas, en el sentido lógico, y éstas pueden ser expuestas clara u oscuramente, con economía o despilfarro»[1]. Por supuesto, hay ciertas reglas generales de composición que deben respetarse, por ejemplo, evitar los errores ortotipográficos y gramaticales, mantener la coherencia y la cohesión del texto, conservar un mismo registro o tono, sortear las ambigüedades, etc.

En tercer lugar, la palabra estilo se emplea en un sentido completo. Todos hemos utilizado alguna vez expresiones como «este escritor tiene estilo». Pues bien, no sabemos con exactitud qué es lo que queremos decir con esta frase, sin embargo, solemos emplearla para indicar que el escritor aludido maneja muy bien su oficio, a tal punto que es capaz de elevarlo a un nivel de excelencia formal digno de admiración.

En suma, la palabra estilo es entendida simultáneamente como peculiaridad personal, como técnica de exposición y como conquista formal. Es evidente, pues, que las posibilidades de confundir sus acepciones son muchas. El crítico, editor o filólogo, por tanto, debería explicar el sentido en el que emplea la palabra, y lo cierto es que pocas veces lo hace. En el caso del crítico, al menos, esto está justificado, ya que, por lo general, el crítico también «crea» en su crítica, es decir, también despliega un estilo. Sin ir más lejos, la parte primordial de su trabajo es transmitir el efecto, la total impresión intelectual y emotiva que le ha dejado la obra que critica. Sin este antecedente, su crítica será estéril y aburrida. De esto podemos inferir que los términos que utilice el crítico en la explicación de sus impresiones no tendrán un sentido preciso, sino más bien un tono y una cualidad particulares.

II

Cuando una palabra alcanza la dignidad de poseer diversos significados, empieza a tomar vida propia y, una vez que ha empezado a disfrutar de esa existencia independiente, los malentendidos, por más vagos e involuntarios que sean, comenzarán a echar raíces. Así es como, a lo largo de la historia, muchos colegas llegaron a pensar que el estilo no era más que un ornamento cuya única finalidad era engalanar el texto. Cualquier escritor que posea un sano instinto literario, o una módica honestidad intelectual, podrá disipar enseguida este equívoco, por lo menos, en lo concerniente a su obra; sin embargo, es probable que otros no puedan evitar caer en él. Éste es, sin duda, el más evidente de los malentendidos acerca del estilo. De hecho, podemos afirmar que, así como el prejuicio del hombre culto y sofisticado es pensar que el realismo en literatura es sinónimo de vulgaridad, el prejuicio del hombre común es pensar que tener estilo es escribir «bonito».

La idea de que el estilo es sólo un ornamento tiene su origen en la tradición retórica europea. Con todo, si analizamos esta idea desde una perspectiva pedagógica, llegaremos a la conclusión de que no siempre fue tan inconveniente como puede llegar a perecernos en la actualidad. Recordemos que los viejos profesores de Retórica se limitaban a enseñarles a sus discípulos cómo exponer un razonamiento o presentar un alegato. Si bien es cierto que su clasificación de los recursos retóricos era formal y extravagante, también es cierto que el arte que trataban de enseñar, con todos sus complejos atavíos, era un arte que, al menos, podía enseñarse. Si recomendaban el empleo del ornamento, aconsejaban, sobre todo, la construcción de una estructura lógica; y la prueba de que sus teorías no eran del todo desacertadas la tenemos en el hecho de que en Francia —país donde la tradición retórica más ha subsistido— el don de la exposición precisa y directa de un razonamiento lógico es mucho más común que entre nosotros los hispanohablantes.

Acerca del estilo literario

Se dice que un verdadero estilo debe ser único. Desde esta perspectiva, el acento personal parece ser lo esencial y, por tanto, quizá lo más valioso. Sin embargo, si se me permite la insistencia, lo valioso de un estilo personal dependerá de que sea la expresión de un auténtico sentimiento individual. Y será siempre responsabilidad del lector, esa suerte de crítico en potencia, tener la última palabra sobre esto.

Ahora bien, algunos estilos parecerían ser más particulares que otros. Esto suele producirse porque el modo de sentir del escritor se aleja extraordinariamente de las convenciones de su época, porque las peculiares experiencias emotivas que busca expresar caen fuera del horizonte ordinario de la experiencia humana o porque, impulsado por algún motivo extraliterario —como puede serlo el deseo de «espantar al burgués»—, ha convertido su lenguaje en algo exagerado y grotesco. Esta última es la falsa originalidad que no sólo adoptan los jóvenes escritores en su afán de parecer únicos, sino también los escritores adultos cuando les falta el vigor del sentimiento original y cuando su estilo, privado del néctar saludable de la verdadera emoción, desarrolla por sus propios medios una existencia ilusoria.

III

«El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar»[2], decía Chateaubriand. Si aceptamos lo que esta frase nos expone, deberemos admitir que la singularidad del estilo es inapelable, y que la emoción original que nos transmite exige un determinado método de expresión y no otro. Pero para aceptar esto, desde luego, se requiere sensibilidad y, sobre todo, paciencia.

Si bien es innegable que muchos escritores afectan una falsa originalidad, también lo es el hecho de que la crítica tiende a dejar de lado, acusándola de falsa, cualquier singularidad estilística. Que un estudioso de la literatura censure un estilo sólo porque no le resulte familiar es un tanto inconcebible; sin embargo, muchos críticos han incurrido en esta falta. Hasta un Sainte-Beuve se permitió desdeñar a tres de sus más grandes contemporáneos: Stendhal, Balzac y Baudelaire.[3] Sucede que los críticos se resisten a creer que todavía tienen algo que aprender; se niegan a someterse con humildad al influjo de una nueva obra literaria; no quieren tomarse el tiempo necesario para escuchar la música oculta debajo de la letra. Ahí donde faltan esas notas, las rarezas y arcaísmos del lenguaje suelen ser gratuitos y execrables; pero si el crítico no se toma el trabajo de encontrarle a la obra su música secreta, condenará injustamente al escritor.

Sea como sea, la crítica suele hacer énfasis únicamente en la naturaleza inmediata del estilo y no en los recursos de arte o artificio. Así, la novela Palinuro de México, de Fernando del Paso, una obra maestra de la literatura mexicana del pasado siglo, fue tildada en su momento de artificial por cierta crítica descuidada, justamente, porque ésta no supo reparar en los logros formales de la obra. Todo estilo es artificial, le diría a esos críticos, al menos, si partimos de que todos los buenos estilos se logran mediante un artificio. Cuando distinguimos entre buenos estilos, llamando artificiales a unos y naturales a otros, no estamos haciendo un juicio literario, sino más bien un juicio ético: estamos clasificando modos de expresión de acuerdo con un modo «estereotipado» de sentir. Es, por tanto, desde el interior de la obra misma desde donde debemos abordar la cuestión de la artificialidad. Si el centro vital del sentimiento está ahí, visible a nuestros ojos, podremos estar seguros de que lo que se tiene a veces por «artificial» no es otra cosa que el producto de una genuina exploración artística.

No hace falta aclarar que la artificialidad de Borges, Carpentier y Umbral (para insistir con los Cervantes) es fruto de esta misma orientación creativa, independientemente de que los resultados formales, como dijimos, difieran entre sí. Luego de esta aclaración, queda claro que los que nos dedicamos al estudio sistemático de la Literatura, ya sea desde la Filología, ya sea desde la crítica literaria, debemos emplear el término artificialidad con suma prudencia, pues, aunque sepamos con exactitud lo que queremos decir cuando lo usamos, la palabra, en sí misma, connota cierto menosprecio. Por lo general, quienes la utilizan son aquellos que ignoran el abismo que separa la artificialidad de estilo original, propia del autor que siente lo que escribe, de aquella otra que surge cuando el deseo de perfección no es acompañado por ningún sentimiento singular, es decir, cuando la capacidad de sentir del escritor ya se ha evaporado, dejando que lo que alguna vez fue un método de expresión sano y natural comience a vivir, por cuenta propia, una existencia fingida.  


[1] J. Middleton Murry. El estilo literario, México, Fondo de Cultura Económica, 2014.   
[2] François-René de Chateaubriand. El genio del cristianismo. Bellezas de la religión cristiana. Madrid, El Buey Mudo, 2010.
[3] Véase, Marcel Proust. Contra Sainte-Beuve, Barcelona, Tusquets, 2005.  

jueves, 20 de octubre de 2016

CINCO POEMAS DE ARTHUR RIMBAUD

Cinco poemas de Arthur Rimbaud que no te puedes perder
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·         CINCO POEMA DE ARTHUR RIMBAUD

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El 20 de octubre de 1854 nació en Charleville, Francia, el poeta y escritor Arthur Rimbaud.
Toda su obra la realizó entre los 10 y los 17 años, cuando abandonó definitivamente la poesía para emprender un viaje que lo llevaría por Europa y África.
Para él, el poeta debía hacerse vidente por medio de un largo e inmenso desarreglo de todos los sentidos. En vida, sus méritos literarios no fueron reconocidos pero, con el tiempo, se abrieron paso entre las nuevas generaciones.
Falleció el 10 de noviembre de 1891 en Marsella, Francia.
Aquí un fragmento de cinco poemas del representante de la escuela simbolista e integrante del grupo llamado “Los poetas malditos”.

El baile de los ahorcados
En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!
Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados,
que antaño damiselas gentiles abrazaba,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.
¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza,
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!
¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su sayo de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.

Primera velada
Desnuda, casi desnuda;
y los árboles cotillas
a la ventana arrimaban,
pícaros, su fronda pícara.
Asentada en mi sillón,
desnuda, juntó las manos.
Y en el suelo, trepidaban,
de gusto, sus pies, tan parvos.
-Vi cómo, color de cera,
un rayo con luz de fronda
revolaba por su risa
y su pecho -en la flor, mosca ,
-Besé sus finos tobillos.
Y estalló en risa, tan suave,
risa hermosa de cristal.
desgranada en claros trinos…
Bajo el camisón, sus pies
-¡Basta, basta!» -se escondieron.
-¡La risa, falso castigo
del primer atrevimiento!

Sensación
Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,
herido por el trigo, a pisar la pradera;
soñador, sentiré su frescor en mis plantas
y dejaré que el viento me bañe la cabeza.
Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
pero el amor sin límites me crecerá en el alma.
Me iré lejos, dichoso, como con una chica,
por los campos , tan lejos como el gitano vaga.

Sueño para el invierno
a ella…
En el invierno viajaremos en un vagón de tren
con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto en los rincones.
Cerrarán sus ojos para no ver los gestos en las últimas sombras,
esos monstruos huidizos, multitudes oscuras
de demonios y lobos.
Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño…
un beso muy pequeño como una araña suave
correrá por tu cuello…
Y me dirás: «¡búscala!», reclinando tu cara
-y tardaremos mucho en hallar esa araña,
por demás indiscreta.

Acaso no imaginas…
¿Acaso no imaginas por qué de amor me muero?
La flor me dice: ¡Hola! ¡Buenos días!, el ave.
Llegó la primavera, la dulzura del ángel.
¡No adivinas acaso por qué de embriaguez hiervo!
Dulce ángel de mi cuna, ángel de mi abuelita,
¿No adivinas acaso que me transformo en ave
que mi lira palpita y que mis alas baten
como una golondrina?

DE LA CÍTARA A LA GUITARRA, Sergio Ramírez


De la cítara a la guitarra
Sergio Ramírez
L
a concesión del Premio Nobel de Literatura de este año a Bob Dylan ha turbado a muchos, porque la Academia Sueca abre sus puertas augustas a los cantantes de música popular. Ya había roto sus cánones tradicionales el año pasado, al galardonar a la periodista Svetlana Alexievich, lo cual asombró también a no pocos, y quisiera empezar mis reflexiones por este rumbo, el periodismo como género literario, antes de entrar a las canciones, también como legítimo género literario.
La extrañeza vino en aquel caso de que no se premiaba una obra de ficción. La Academia dijo de Svetlana que su obra polifónica es un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo; y esa obra, de verdad polifónica, está compuesta de páginas en las que se relatan verdades, reportajes maestros que no tienen nada que ver con la imaginación, como es regla en el periodismo. Una escritora que trabaja con las palabras y consigue de ellas que resplandezcan por su belleza, y nos revelen historias de sufrimiento y esperanza que trascienden por su belleza.
Eso es la literatura, se trate de hechos inventados o de hechos reales. Si la Academia se ha adelantado un tanto, pudo haber dado el Nobel por estas mismas razones a Ryszard Kapuscinski, muerto en 2007, quien hizo del periodismo un arte de sorprendente aliento y belleza, amparado en el rigor de la investigación fatigosa del reportero que va de país en país, de los palacios de los tiranos a los campos de batalla, de las ciudades abigarradas a los guetos y a los campamentos de refugiados.
Es la literatura que Rubén Darío creó en la lengua española en la crónica periodística donde retrató, también de manera polifónica, el mundo que le tocó vivir; la crónica como relato que no pierde el vuelo literario, retomada después por Gabriel García Márquez, un género que hoy se multiplica con vigor y rigor entre los jóvenes periodistas del siglo XXI.
Y ahora, las canciones. ¿Por qué un músico?, se extrañan muchos, ¿un cantante pop, un roquero? Es como si el olimpo de los dioses de la literatura se rompiera a pedazos ante una profanación semejante. Pero la decisión no es el fruto de un capricho, ni de una provocación, sino que ha sido detenidamente meditada, y asumida por unanimidad. La secretaria permanente de la Academia, Sara Danius, al anunciar el premio para Dylan declaró algo que me parece fundamental: Si miramos miles de años hacia atrás, descubrimos a Homero y a Safo. Escribieron textos poéticos hechos para ser escuchados e interpretados con instrumentos. Sucede lo mismo con Bob Dylan. Puede y debe ser leído.
Tampoco improvisa cuando dice queDylan es un gran poeta en la gran tradición de la lengua inglesa desde William Blake en adelante, un creador que ha mezclado la música popular del blues del Delta y el folclor de los Apalaches con el simbolismo de Rimbaud, además de reinventarse de forma continua y construir una nueva identidad.
Para muchos es una forma desconcertante de distinguir la literatura de Estados Unidos, ausente de los premios Nobel desde la extraordinaria novelista Toni Morrison, galardonada en 1993, una literatura a la que la misma Academia había señalado de ser demasiado insular, a pesar de nombres que siempre están en el oído, como Joyce Carol Oates y Philip Roth.
Y para que quedemos aún más claros de la seriedad de esta decisión, Per Watsberg, otro de los académicos, afirma que Dylan es probablemente el más grande poeta vivo. Y estamos hablando de la misma entidad que en los últimos treinta años ha puesto en su lista de premiados a Joseph Brodsky, Octavio Paz, Derek Walcott, Seamus Heaney y Wisława Szymborska. Una lista indiscutible.
Pero me interesa volver al tema de los aedas. Ciertamente, la poesía, en sus orígenes, fue cantada en los atrios, en las plazas y en los mercados, y sus versos relataban historias de héroes y dioses, viajes, batallas, amores y tragedias. Salman Rushdie, el reconocido novelista hindú que permanece con justicia en las quinielas del Premio Nobel, dice que Bob Dylan encarna la condición del aeda, esa figura fundamental de la cultura antigua griega que fundía en su persona poesía, música, baile, canto, teatro, artes plásticas.
Por siglos, la poesía siguió siendo cantada, un cantor acompañándose de un instrumento de cuerdas, y por eso tiene un metro, un ritmo, una cadencia. Los bardos, juglares, trovadores, son los poetas errantes que seguirán cantando la poesía, creándola y recreándola. No tenían enfrente un micrófono, ni sus canciones se grababan en discos, pero quienes los escuchaban guardaban en la memoria letra y melodía y podían recordarlas y repetirlas. Música y poesía. Volvemos a lo mismo cuando oímos a Paco Ibáñez, a Joan Manuel Serrat o a Amancio Prada, cantar a los poetas que leemos a solas.
Y es aquí adonde quería llegar. Aunque con ruidos disonantes, las puertas de la legitimidad poética se abren con esta decisión a la poesía popular cantada en todos los idiomas. Las letras de las canciones que lo merezcan empezarán a entrar en las antologías de poesía, como debe ser. El Premio Nobel para Bob Dylan ayudará a borrar ese doble rasero que hipócritamente hemos inventado, el de exaltar la poesía escrita y despreciar la poesía cantada, tangos, boleros y baladas, aunque nos conmueva y lloremos al oírla.
Ya Jorge Luis Borges nos había enseñado que no debe ser así. Escribió letras de milongas a las que Astor Piazzola puso la música. Hay poesías de Rubén Darío que pueden ser cantadas como tangos, o como boleros, pues tienen la medida justa para eso.
En adelante debemos hablar de las poesías de José Alfredo Jiménez y de Alfredo Le Pera, de Homero Expósito y Álvaro Carrillo. Es un largo viaje a través de los milenios, de la cítara a la guitarra. Por primera vez, un rapsoda recibirá el Premio Nobel con la guitarra en bandolera.
Twitter: sergioramirezm

miércoles, 19 de octubre de 2016

LA CALLE DE JUSTO ALDÚ: LITURGIA, AMANECERES Y OTROS POEMAS (POEMARIO DE BENJAMÍN ARAUJO MONDRAGÓN)

LA CALLE DE JUSTO ALDÚ: LITURGIA, AMANECERES Y OTROS POEMAS (POEMARIO DE BENJAMÍN ARAUJO MONDRAGÓN)

DYLAN, Andrés Hoyos (El Espectador)

Dylan

Andrés Hoyos
La literatura, que en mi parcializada opinión es la más poderosa de las artes, puede mirarse desde muchas ópticas —la nacionalidad del autor, su época, el movimiento estético al que pertenece—, pero enfoquémonos en dos: la restrictiva, según la cual hacen parte de ella los narradores, los ensayistas y los poetas de texto desnudo, a los que se agrega el teatro quizá para no cometer la enormidad de excluir a Shakespeare, y la expansiva, que dice que el centro de gravedad de la literatura son las palabras, se refieran a lo que se refieran y vivan donde vivan.
Andrés Hoyos
La Academia Sueca se ha inclinado últimamente por la óptica expansiva, como lo demuestran los galardones otorgados en 2015 y 2016. El primero fue para Svetlana Alexiévich, quien es en esencia una periodista, y el segundo fue para Bob Dylan, cantautor de cantautores. Este premio no solo lo recibe él, sino que es un Nobel de rebote para Cole Porter, Leonard Cohen, Jacques Brel, Georges Brassens, Lucio Dalla, Carole King, Tom Waits, Joni Mitchell, Paul Simon, James Taylor y Chico Buarque de Hollanda, para no hablar del notable destacamento de quienes escriben y cantan en español, digamos Serrat, Sabina o Calamaro.
Es difícil sobreestimar la influencia que Dylan ejerció sobre quienes fuimos llegando a la vida consciente después de que estos jóvenes hoy viejos dinamitaron las certidumbres del decoro a partir de 1960. La música rock, con sus múltiples ramificaciones y afinidades, entrañaba una revolución estética de grandes proporciones e implicaba un vuelco radical en las costumbres, pero sin palabras aquello podría haber quedado atrapado en el limbo. Dylan no fue el único músico poeta de su tiempo, claro que no. Vienen a la mente John Lennon, Paul Simon y Mick Jagger, entre muchos, si bien es imposible disputarle al chico de Doluth, Minnesota, el título de oráculo mayor, pues su voz fue clave a la hora de desbaratar la primorosa entelequia bienpensante que se armó en Estados Unidos tras el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial.
Tanto es así que la ideología conservadora se ha ensañado contra estos años 60 y sus protagonistas, sobre todo desde que Ronald Reagan fue elegido presidente de Estados Unidos en 1980. Los blancos cristianos de diferentes denominaciones han querido recuperar el terreno para la intransigencia religiosa, para el capitalismo salvaje en el que solo cuentan los ganadores y para el racismo vergonzante. Trump en últimas está en campaña contra estos años 60 de los que Dylan es el principal símbolo. Así, el Nobel puede leerse otra vez en clave política.
Es necesario aclarar, sin embargo, que la finalidad de esta poesía fue política solo accidentalmente. Su fuerza mayor consiste en iluminar la condición humana por un camino alejado de los rebaños, singular, individualista, en ocasiones solitario y con frecuencia trágico. La gran poesía permite, como nada más en la literatura, que establezcamos con ella una relación personal, única. Si alguien pensaba que las canciones de Dylan le hablaban solo a él, que no se preocupe, yo pensaba lo mismo.
Cualquiera que tenga dudas sobre la potencia poética y narrativa de Dylan hará bien en escuchar “Lily, Rosemary and the Jack of Hearts”, de preferencia en la versión de Joan Báez, su primera y una de sus mejores intérpretes. Las dudas volarán como sopladas por el viento. Dylan quizá no sea hoy el que fue hasta 1975, pero nadie le quita lo cantado.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

EL POETA, Arturo Corcuera (Trujillo, Perú)


Arturo Corcuera

Trujillo, Perú - 1935
El poeta

                  in memorian de Javier Heraud
    
Leía a Marx,
a Pablo. Y a Vallejo
lo llevaba en el pecho
como un llanto.
Deteníase a oír en el silencio
algo que no cabía en su tamaño.

   Se advertía en sus ojos
que soñaba    
en ardiente vigilia, como nadie.

   Me sé sus sueños
de memoria, su alma.

   Lo mataron en medio de la
tarde
porque un alba traía
para todos;
porque otro sol,
otro aire, reclamaba.

   En las hojas
que caen del otoño

me parece que escucho sus
pisadas.