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miércoles, 1 de febrero de 2017

ELLA HA PERDIDO UNA DE LAS BOTAS, Guillermo Samperio (La Jornada Semanal)


Ella ha perdido una de las botas

Tiene miedo de regresar a casa ahogado en la borrachera. Además, no sabe en qué parte de la ciudad se encuentra. Su automóvil, un BMW gris platinado, se hace uno con la nieve. Esa noche de miércoles son pocos los automóviles que circulan con la nevada turbulenta. Frederick Lowell ha dado unas dos horas de vueltas perdido en Springfield, bebiendo de una botella de whisky. Cada vez que le sucede esto, al día siguiente comenta con Richard Wrigth, su socio principal, que no es posible perderse en un pueblucho que se aprende de memoria con visitarlo un fin de semana.

Tal vez ya ha pasado frente a su casa un par de veces, pero ese tipo de nieve hace idénticas las calles y las casas. Además, pero eso ya no lo recuerda, sabe que esa mañana le ha prometido a su mujer no beber nunca más. Unos amigos de negocios lo invitaron a jugar dominó a media tarde. Se jura que a las ocho se retirará y esta vez llegará a cenar con su esposa y sus hijos. Ella le dijo que prepararía el guiso preferido de él al verlo llorar e hincarse, bajo la promesa de que la borrachera de la noche anterior era su despedida del alcohol.
Quizás fuera a amanecer y eso sí era terrible. En su celular, que no contesta, tiene acumuladas unas veinte llamadas sonoras de su esposa, cinco de su hijo mayor y una de la menor, de apenas dos años. Toma la decisión en ese momento, cuando piensa que puede amanecer de un momento a otro. Da vuelta en Maine, toma una calle estrecha de nombre Faulkner, pasa un par de cuadras, mira un teléfono público a media calle, frente a un edificio de apartamentos. Acelera y, casi al llegar a la esquina, gira el volante y se estrella contra un paradero de autobuses. El golpe sordo se escucha a dos cuadras de distancia. El cofre del auto retorcido se ha encajado en el rostro de Sharon Stone, semidesnuda, que anuncia unas botas rojas de invierno con cierre al frente.
El hombre abre la puerta con dificultad. Se encamina hacia el teléfono público. Lanza su celular entre unos arbustos de un jardín casero. Varios hombres bajan del edificio, lo ven lastimado, quieren auxiliarlo, pero él les pide que muevan el carro mientras llama por teléfono a su esposa. Marca y al fin contesta ella. Frederick Lowell dice que se ha extraviado y que para no atropellar a un anciano, tuvo que estrellar su auto contra el paradero. Le pide a su mujer que llame a su abogado y le da los datos de la calle Faulkner, a unas dos cuadras de Maine. Ella le responde que en ese mes ha estrellado cuatro carros y que ha salvado la vida de cuatro ancianos. Que la cena se quedará servida para la eternidad. Que si quiere llamar al abogado, lo haga él. Que en ese momento ella y sus hijos se van hacia el este, que no los busque. Pero mi amor, dice él; sólo escucha un clack definitivo. Vuelve a marcar pero no obtiene respuesta.
Se busca el celular en todos los bolsillos. Piensa que alguno de esos hombres, los que mueven su carro y lo acomodan de manera correcta para simular que está estacionado, se ha robado su celular. Se acerca a ellos, dice que salvó la vida de un anciano, mete la mano por la ventanilla del copiloto, abre la guantera, saca un pistola 9milímetros. La mete en su boca, de reojo observa a un negro que esboza una sonrisa. Saca el arma de entre su lengua. El sabor metálico le hace pensar en una lata de anchoas rancia. Se aproxima al negro, a quien le brillan los dientes. “¿Por qué se burla de mí este pinche negro?”, pregunta a los demás hombres y le mete dos tiros en la cabeza. La dentadura del negro vuela y la lengua cae entre las pisadas en la nieve.
Los otros hombres corren, pero todavía alcanza a matar a dos: un blanco, de los llamados redneck, y un oriental. “Perdóname, mi amor”, dice en voz alta a la Sharon Stone retorcida. Ella ha perdido una de las botas entre el vapor que sale del automóvil.
De pronto se escucha un escopetazo y Frederick Lowell se derrumba de espaldas, resbala un par de metros y queda al lado de la actriz. El fogonazo viene de una ventana del edificio. Todavía brillan cuatro fogonazos más y el cuerpo del muerto se va desmembrando a manera de maniquí, como si quien dispara desde la ventana noquisiera que se le vaya vivo el reno. La sangre baja la banqueta, resbala por la orilla y se junta con el camino de la del negro deslenguado. Allí se forma un charco renegrido. Se oyen sirenas. Las persianas de la ventana de los fogonazos se bajan y apagan la luz. Llegan dos patrullas y dos ambulancias. No se sabe de dónde ha salido tanta gente con abrigos, gorras, bufandas, de diversos colores. Parecen actores contratados para la ocasión y aparentan que actúan bien su papel. Discuten e inventan historias sobre lo ocurrido. Se escucha que el negro sin dientes se apellida Doolittle. Uno de los mayores, también negro, recuerda que a su abuelo le volaron la cabeza de un tajo. “La historia de las familias repite destinos”, sentencia. Prende un cigarrillo y se aleja.
A los dos minutos arriba un hombre de civil y se identifica como el abogado del hombre que han confundido con un reno. “Para su mujer –dice el abogado–, va a ser una larga desgracia. Sigue esperándolo para la cena.” Se acomoda unos lentes deportivos de cristal ámbar. “Pero Josephine tiene familia en el este”, dice. Sube a su automóvil Porsche y del escape sale el último vaho de esa madrugada. En ese instante amanece. La luz es borrosa, de tono amarillento pálido. Pasa un autobús rojo sin gente en el lado opuesto al gentío 

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