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jueves, 3 de septiembre de 2015

JUAN CALZADILLA: EL POETA T LAS PALABRAS, David Cortés Cabán (MediaIsla Revista literaria)

Juan Calzadilla: el poeta y las palabras

Calzadilla 2DAVID CORTÉS CABÁN [mediaislaHay en la obra de Juan Calzadilla toda una dimensión que nos indica un movimiento, una concepción del acto poético que parece esperar del yo lírico mucho más de lo que implican las palabras. Algo que aunque se dice en un tono bastante directo, proyecta una voz que impacta como un boomerang
Yo no creo que el poeta sea injusto con sus emociones
porque las explote. Más bien
frente a éstas actúa con miedo y pudor,
celoso y confiado en que las palabras harán el resto,
sabiendo que más allá del limitado poder del lenguaje
querer abarcar lo imposible conlleva
derrota y humillación.
J. C.
No es de extrañar para los que se acerquen a la poesía de Juan Calzadilla (1931), enfrentar un lenguaje que transgrede el sentido de lo nombrado para conducirnos a una expresión que va más allá de lo que implica el acto creativo. No ya en el sentido absoluto de las cosas, sino en el del doble sentido o el sentido que podríamos atribuirle a las cosas que se ven a la luz del humor y la ironía, elementos de una visión de mundo que parece cuestionar nuestro modo de acercarnos a la lectura de este autor. Su libro más reciente, Poesía por mandato, Antología personal (1978-2012)[1] recoge composiciones inéditas y poemas de libros publicados entre 1962 y 2013. Más de cincuenta años de infatigable e ininterrumpida creación de un imaginario que genera siempre una postura novedosa y un modo muy particular de escribir y sentir la poesía.
Dividida en cinco apartados, y con textos que provienen de veintidós libros, esta antología nos ofrece un panorama total de la magnífica obra que ha elaborado Juan Calzadilla a través de los años. Refleja la lucidez y profundidad de un poeta que nos hace reflexionar sobre el sentido de la realidad y de la poesía misma; incluso de los valores que condicionan nuestra actitud ante el mundo. Es decir, lo que sentimos y responde a nuestra relación con el entorno. Lo que germina en nuestra interioridad, pero no decimos. La percepción de una realidad que se multiplica en infinitas y sorprendentes posibilidades interpretativas. Y es que la obra de Juan Calzadilla nunca nos deja al margen, sino al centro de una visión de mundo cuyos valores éticos y estéticos implican otra mirada, otra actitud ante el lenguaje y las cosas que sostienen su mundo. Y su mundo nos conmueve porque en cierta forma nos sentimos íntimamente ligados a lo que proclama sin regodeos ni glorias su palabra. La dimensión de una escritura que se resiste a aceptar las apariencias de lo que vemos descartando todo hermetismo para proyectar la condición del poeta y su obra. Por eso, muchas de las referencias de esta escritura las hallamos en el ámbito de la cotidianidad y en los contrastes de ese espacio exterior que la refleja. Esto es lo que demarca los límites entre lo que siente el poeta y lo que sucede más allá de esa visión sujeta al hilo de las palabras. La imagen que nace de esa mirada acaba siempre por hacernos reflexionar sobre lo que ocurre en el diario vivir y lo que adquiere su particularidad en el lenguaje. Creo que para Juan Calzadilla ─alma noble consagrada a la pintura y la escritura─ la poesía parece una esfera de múltiples referencias en las que se cuestionan sutilmente todos los aspectos de la vida comenzando, sin duda, por la suya como paradigma de su propia realidad.
Hay en la obra de Juan Calzadilla toda una dimensión que nos indica un movimiento, una concepción del acto poético que parece esperar del yo lírico mucho más de lo que implican las palabras. Algo que aunque se dice en un tono bastante directo, proyecta una voz que impacta como un boomerang al sujeto que la formula. En otras palabras, una mirada que refleja la identidad del yo como reflexión, pero también como continuidad e incertidumbre de esa realidad:
[…]
Mi movilidad es lo que hace que viva.
Es, así pues, mi carta de triunfo.
Pero ¿por qué tengo yo que ir más de prisa
y dar cuenta de los frutos de mi rápida incursión
en esta vida, de las ganancias y las pérdidas
que en el trayecto hice?
(¿Por qué tengo yo que ir más de prisa?, p. 5)
La movilidad es, en cierto modo, la revelación de esa continuidad que nos transmite el mundo exterior y la intimidad del yo lírico. Lo que nace como exteriorización de esa experiencia: las ganancias y las pérdidas ─en el sentido estético y espiritual de la palabra─ de ese mundo. Todo bajo el ímpetu creativo que proyecta la imaginación del poeta: “Deberíamos atrevernos a narrar con lujo / de detalles todo lo que nos pasa por la mente / en una especie de diario donde nada real sucede” (7). Pero ciertamente, no todo lo que “pasa por la mente” del poeta culmina en un hecho poético, aunque sabemos que esa cotidianidad contiene la esencia de las cosas que están latentes en su obra. Por eso los temas de su escritura también están marcados por la soledad y la angustia como consecuencias de esa realidad. Es ahí donde la poesía misma se convierte en una tabla de salvación. Sobre todo en la dimensión de una poesía que aunque impregnada de ironía y humor no deja por eso de manifestar un sentimiento de dolorosa incertidumbre sobre las cosas que obsesionan al escritor:
Yo tenía como ocupación habitual pasar de largo.
Dejaba atrás las ciudades, las multitudes,
las plazas, la campiña y la recta que conduce
al horizonte y su curvatura plana.
Lo cierto es que dejaba bien atrás al tiempo
como si ya no me perteneciera.
Y además, el presente, el porvenir, los buenos
y malos augurios, los muertos en sus parcelas,
las máscaras, los trajes, el exilio,
los huesos frotados por el timbre de las lluvias,
el temor, el éxito y las calamidades,
los claros entre la maleza y la muralla,
quién duda de que eran un recuerdo bien lejano.
Memoria, te nombraré de última,
ah viejo reloj estropeado.
Quién mejor que yo sabía que mi programa
era pasar de largo
y que si algo llevaba conmigo
era mi deseo de pasar de largo.
(“Incluso frente a mi vida yo pasaba de largo”, p. 15)
Calzadilla 3El sentir de ese “pasar de largo” apunta hacia un sentimiento que sitúa al sujeto lírico dentro de una visión recelosa de la vida. ¿Qué es lo que retiene ese pasar de largo en la dimensión del tiempo? Una imagen, un recuerdo, un paisaje que hace legible lo perecedero. La visión inconfundible de un yo que depende de las palabras para precisar la presencia de sus pasos. Por lo demás, la memoria ya parece sentir la vastedad del tiempo. Lo nombrado transcurre como la descripción de una figura que pasa de largo como si de este modo evitara ser objeto de atención. Pero el anhelo de “pasar” responde también a una referencia del ser ante el escenario que contempla. La imagen de ese espacio proyecta lo que existe más allá de las apariencias. De modo que lo que existe, lo que se desprende de esa visión y se fragmenta en el lenguaje es también lo que constituye su presencia. Una realidad mucho más compleja de la que percibimos. Por eso la conciencia no busca asumir una actitud que transforme el sentido de la vida o las cosas que atraviesan la cotidianidad del poeta. En esa travesía su ironía será un escudo contra la dureza del mundo y las apariencias y artificios de la cotidianidad:
El horizonte solo es accesible
a las lejanías.
Pone siempre entre él y nosotros
las distancias.
De nada vale que te precipites
a darle alcance.
Cuando llegues, ya se habrá
mudado a otro horizonte
que como tú es también voluble y errático.
(“Los horizontes son nuestros brazos”, p. 53)
El horizonte infinito es una imagen que sostiene la presencia del hablante en diálogo continuo con su mundo. Lo íntimo y lo lejano representado en la fugacidad de aquello que busca iluminar la palabra. Ese horizonte revelado en la condición temporal del ser recoge el transcurrir que retiene su realidad y penetra su condición humana: “El camino se recorre a sí mismo. / No eres tú el que lo recorre. / Tú te recorres a ti mismo” (p. 56) En lo íntimo de ese “recorrer” late indudablemente la reflexión que legitima la condición pasajera del ser. El horizonte cambiante y movedizo donde se desplaza su presencia. Por eso el poeta no puede permanecer inmutable, ni indiferente al tiempo y las cosas. Dice lo que siente no para sustituir una realidad por otra, sino para expresarla como sustancia de su vida en conformidad con el tiempo que le ha tocado vivir.
                                 Tú que celebras, ¿has notado alguna diferencia
de ayer a hoy? ¿Por qué tanto alboroto?
Asómate, observa la calle y dime
si en este día de año nuevo todo no continúa igual.
Tu mirada y las cosas que ves permanecen
a la misma distancia de ayer, unidas por una línea recta
a través de la cual tus ojos dan por conocido
todo lo que encuentran en esa dirección.
El cielo sigue siendo de un austero azul neutral.
No hay nada nuevo en la forma en que
el sol lame la pared de enfrente. De eso mismo
se ocupaba ayer. ¿Y acaso ha adelantado en su tarea?
¿Qué te hace pensar
que flota en el ambiente un matiz especial
de cuya condición efímera se desprenda
un estado de ánimo más optimista y diferente
al de ayer? ¿Qué es eso de salir a dar gritos
por la calle? Esta mañana los acontecimientos
sin presentarse duermen a pierna suelta.
El azar mantiene en secreto su próximo paso.
Dependemos mucho más de él que de nosotros.
Voltea y observa en tu cuarto la pared
donde el almanaque cuelga en su sitio, sin moverse,
a la par del tiempo que con su ir y venir
hace que las cosas, inmóviles también,
se resistan a cambiar, cubriéndolas
con su manto polvoriento.
El espacio que habitas es el mismo.
Tú también.
(“Poema de año nuevo”, pp. 69-70)
¿Qué es lo que notamos en este poema en el que el tiempo toma dominio absoluto de lo que vemos como si lo nombrado negara el sentido de la realidad? ¿Quién está en esa habitación y quién es el que mira a través de esa ventana? ¿Qué sugiere esa mirada que parece aceptar lo permanente como una consecuencia del azar?: “Asómate, observa la calle y dime / si en este día del año nuevo todo no continúa igual”. Lo que el hablante recoge desde esa habitación es un paisaje retenido en la mirada: el ruido, la celebración del nuevo año, el cielo azul, la mañana, los mismos acontecimientos. Toda una realidad exterior que filtra un espacio en el que las cosas proyectan su condición intransferible. El pasado y el presente fundidos en una misma imagen que se desliza en un tiempo indiferentemente y lineal. Esto es precisamente lo que sugiere el poema. Un estar en el que la materia parece resistirse al tiempo que la consume. Un tiempo ordenado por un azar insoslayable como si lo desconocido alternara con nuestro paso por el mundo y como si lo inanimado fuera parte de ese ir y venir que concreta la existencia: “El azar mantiene en secreto su próximo paso. / Dependemos mucho más de él que de nosotros”. El azar representa el territorio desconocido del acontecer humano. Un modo de reflexionar sobre el tiempo y las consecuencias de su negación. La vida misma presentada como incertidumbre y cuestionamiento de una realidad en que la certeza de lo visto se ha convertido en algo lejano y polvoriento, como si no existiera un antes ni un después, como si todo permaneciera estático en un mismo lugar:
Voltea y observa en tu cuarto la pared
donde el almanaque cuelga en su sitio, sin moverse,
a la par del tiempo que con su ir y venir
hace que las cosas, inmóviles también,
se resistan a cambiar, cubriéndolas
con su manto polvoriento.
El espacio que habitas es el mismo.
Tú también.
Este sentimiento revela la realidad del sujeto poético, su estar frente al tiempo. Esto no constituye, por supuesto, la negación de su temporalidad. Hay más de una perspectiva que caracteriza esta relación en la atmósfera de estos poemas. En ellos el conocimiento de lo que vemos parece reflejar un sentido impersonal que paradójicamente alude al vivir del poeta y la experiencia de la escritura. El lenguaje mismo será lo que sostiene su presencia dentro de esa visión de mundo. El esfuerzo por concretar una imagen que satisfaga su necesidad son indudablemente parte de esa intensidad que impone la creación: “Desconfía de lo que brota repentinamente / pero también, y aún más, de lo que necesita / mucho tiempo para madurar”, dice en estos versos (p. 76). Y más adelante: “No escribo sobre aquello que pasa por mi cabeza. / Más bien escribo sobre aquello / por lo que mi cabeza pasa. / Vivo solo encerrado en mi cuerpo. / Yo soy mi universo y mi solo firmamento”. (p. 85) Ese pasar sobre las cosas es precisamente lo que manifiesta el poema como una respuesta a lo permanente y definitivo. Una idea que rechaza el concepto de esa perfección que busca particularizar la escritura. Pues la misma experiencia y conocimiento de la realidad nos sitúa frente a una imagen poética que siempre va más allá de la razón que la sostiene. Así mismo dentro de esa perspectiva, admite más de un modo de interpretarla. De un lado está la distancia: la mirada objetiva que retiene el instante de lo contemplado; y por otro, lo que la imagen misma integra como aceptación o negación de esa experiencia. No es que exista una contradicción entre la imagen y lo que se observa, lo que importa es lo que arroja esa mirada como referencia y reflexión de esa realidad:
Cuando salgo de casa llevo conmigo a las palabras.
Entonces comienzo a descubrir las cosas,
veo esto y aquello con asombro de neófito en una ventana.
O quizás no veo ni descubro nada nuevo y asombroso
sino que nombro y nombro.
Por eso fue bueno traer conmigo a las palabras.
Fue útil tenerlas a mano, conmigo, en alguna parte
de mi mente
para comprobar
que todo lo que descubro se reduce a ellas.
                                                             II
                                Muy hermoso debe ser el paisaje
que elogias tomándote el trabajo de señalármelo
con la mano para que lo vea. Pero
yo sólo estoy viendo
aquello en lo cual pienso.
Bastante ocupado me tiene mi propio paisaje.
No un paisaje propiamente
sino un lugar en mi mente.
(“Nombro, no descubro”, p. 86)
El asunto del poema configura otra perspectiva, demanda mayor atención por la intensidad de la imagen que incorpora. No de la imagen que nace de la voluntad absoluta del poeta, sino de esa visión que se transforma como un espejismo que adquiere en la distancia otra dimensión:
¿Es que volaron antes de que nos diéramos cuenta
de que podían hacerlo sin necesidad de tener alas?
¿O fue que nuestras miradas se las prestaron?
Así el poema.
(“Los pájaros”, p. 89)
Cazadilla 1El juego intuitivo entre el vuelo del pájaro y el poema despliega una imagen que por sí misma manifiesta el proceso sutil de la creación. El cuestionamiento que orienta el trasfondo del poema refleja su estremecida realidad. Lo que aspira poseer el hablante en el plano estético del lenguaje. Allí se funde la fugacidad de ese “vuelo” cuya imagen sintetiza la naturaleza del acto poético. Parece que el sentido de la escritura se desdibuja hasta trazar la ilusión de otro paisaje. Así lo sugieren los siguientes versos: “Que se oponga pero que deje ver / Como la verja, no como la pared.” (“La realidad”, p. 96). Y así mismo la intención de los versos: “Que refleje pero que deje ver / Como el cristal, no como el espejo.” (“El poema”, p. 97). Precisamente este reflejar retiene el sentido que intenta presentar esa realidad. Las cosas que vemos o imaginamos a nuestro alrededor, lo que pasa por nuestros ojos ante la sostenida contemplación de un paisaje que busca plasmar la esencia de lo contemplado y no las apariencias:
                               Sentados en el barranco vemos la cascada
cayendo como sílabas blancas
fija sobre las grandes lajas
tal si una lengua oscura recobrara en el chorro
el uso de la palabra.
Y si enmudecemos nosotros es sólo para percibir mejor
cómo en la columna de agua una voz sin descanso
repite nuestros nombres,
insistentemente. ¿O será que la naturaleza, acaso oscuramente,
sin obtener respuesta, nos habla?
(“La cascada”, p. 105)
Esta visión que vuela como una ráfaga deslumbrando la conciencia, enriquece el sentido de esa contemplación. Nos comunica el lenguaje que el hablante descubre en la cascada. Lo que allí se percibe sugiere una realidad mucho más profunda de la que pensamos. Y en efecto, esto es lo que ─desde mi punto de vista─, busca comunicarnos la poesía de Juan Calzadilla. Este sentir lo ha advertido también el poeta Luis Alberto Crespo al señalar que: “Desde sus orígenes, dicha obra se ha orientado hacia esa determinación: convencernos de que somos unos ilusos en nuestro afán por atribuirle a las formas y a sus sombras, a lo visible y lo impalpable, a la vida misma y su tránsito metafísico, una propiedad personal que no nos merecemos y que, lo que es peor, usurpamos”.[2] Todo lo que rodea al sujeto poético proyecta una sensación ambigua como si la naturaleza misma reclamara la necesidad de ser abordada desde esa pasajera condición que constituye su esencia y su levedad. Pero la ambigüedad que opera sobre esta concepción poética vuelve sobre sí misma para cuestionar la humanidad del hablante en relación a su escritura y a la función que ésta realiza. Ambas se funden en una visión cuya claridad queda flotando sobre la palabra y las referencias que cruzan su camino. En cierto modo, es lo que deja entrever esta poesía y lo que ella proyecta como expresión de la vida:
La poesía solicita de mí mucho más
espacio del que puedo dispensarle,
y también mucho tiempo de mi vida.
Mucho más del que me queda.
Y yo no hallo qué acordarle.
Ni qué primero y qué después.
No sé si tiene sentido preguntárselo.
O si está bien que sepa
que no tener qué darle
es ya darle.
(“Solicitud”, p. 113)
La demanda de ese espacio creativo parece reflejar también un examen de conciencia. Una conciencia que no oculta el estremecimiento de la palabra y de su profunda generosidad. Por eso la poesía impondrá sus propias exigencias. Confirmará la condición humana del hablante poético en la imagen que proyecta ese lenguaje del mundo:
Un día te encontraré en la escritura.
Y ya no será un camino torcido
sino sencillamente el que conduce a ti.
Yo confío en que por ese sendero
llegue a rozar un día la posteridad.
Sé que no será un viaje corto
que garantizará después de todo
que el prodigio que me negó esta vida
será recompensado en la otra.
Puesto que como ya se ha dicho
sólo se es poeta después de morir.
(“Un día te encontraré en la escritura”, p. 116)
La poesía es la más honda expresión del ser y la huella de su transitoriedad. En el proceso de la escritura el poeta dejará también ver sus circunstancias personales. Lo que el lenguaje mismo concretará en afanoso diálogo con las cosas que lo rodean, con la realidad del momento, en el perfil que personaliza su paso por el mundo. En un mundo donde la pompa y la vanidad suelen triunfar sobre los verdaderos valores de la vida, el poeta se reserva un espacio para permanecer fiel a lo que siente. La intensidad de su palabra será un encuentro conmovedor consigo mismo, una reflexión del yo frente al olvido y/o frente al reconocimiento de esa aventura que encierra la poesía: “Yo confío en que por ese sendero / llegue a rozar un día la posteridad”. La ironía del verso responde a la percepción de nuestra época, a la imagen que sostiene el leve acontecer del poeta allí donde el silencio de su palabra lo habita y lo retiene ausente del mundo:
No puedo imaginar el tiempo,
ni el tuyo ni el mío.
Mucho menos podría definirlo
para adecuarlo a una situación
que entretanto ya habrá pasado.
Basta de pedirme que dé la cara
a fin de que la gente sepa a qué atenerse
respecto a lo que soy o no soy.
Basta de corporizarme
en cuanta ocasión se presenta
con la consabida frase:
“Soy fulanito de tal”
para que obviamente el otro
pueda formarse su opinión:
“Sí, es un bípedo, vale decir, un animal”.
Solo si trato de definirme
creo poder encerrar el tiempo
en mi idea de la medida del tiempo.
Vana ilusión. Con eso únicamente
estaré construyendo una frase.
Pero si ensayo vivir a tiempo
entonces ¿qué sentido tiene
ocuparme de la definición?
(“Del tiempo como metáfora”, p. 155)
El tiempo, “la medida del tiempo” como un acto de reflexión actúa también sobre el hablante como aventura y exploración del yo. Lo que caracteriza su presencia resume además su actitud irónica ante la vida. Pero el poema no está escrito para enfatizar la noción del tiempo, sino para burlarse de cómo definirlo. Tampoco busca despojarlo de su significado, sino más bien para contradecir la ironía de esa mirada que cree reconocer lo más recóndito del ser: “Solo si trato de definirme / creo poder encerrar el tiempo / en mi idea de la medida del tiempo”. Esta reflexión no intenta personalizar cada acto de la vida (“Vana ilusión”). El yo lírico no se distraerá con la inutilidad de este pensamiento pues reconoce que vive inmerso en el tiempo. De ahí que reconozca en el presente y el pasado una misma continuidad: la esperanza de una palabra que garantice no sólo el deseo de decir lo que siente, sino también un modo de manifestarse tal como es:
Tengo que suministrarme un origen. Un origen
que no sea aquel del cual provengo y al que aspiro.
Ni siquiera el que merezco. Un origen que como el futuro
esté adelante, silencioso y desconocido.
Un origen no consagrado por las leyes ni condicionado
por los dioses. Un origen que no mire hacia atrás.
Que no sea la fachada de un templo ni un agujero negro.
Un origen que me garantice que por fin admito
que he llegado a ser lo que soy.
(“El origen”, p. 206)
Calzadilla 4En la palabra el poeta encontrará su visión de mundo. Ésta será una forma, un método de interrogar su propia existencia: la conducta humana, las acciones de sus semejantes, la historia y la memoria, las relaciones sociales, el sentimiento y las circunstancias que dominan algunos actos inexplicables de la vida. Su origen nacerá del centro y continuidad de esa palabra. La palabra poética reflejará la libertad y hondura de su voz en el tiempo. Por ello recurrirá una y otra vez a la palabra para formular una poética del mundo que lo habita. Pero en el ámbito de esa intimidad siempre habrá un misterio interior, algo que traspasa los límites de la razón y persiste como un sueño inconcluso. Por eso sus poemas están impregnados de matices que proporcionan otra óptica, es decir, algo que no tiene necesariamente que ver con problemáticas sociales o materiales, sino con asuntos que se adhieren como un fuego invisible a la vida de cada ser. Además su visión de la vida subraya no solo las formas y valores del lenguaje, sino también la autocrítica de su condición humana. En cierto modo, esto lo ha expresado ya el mismo poeta: “…la poesía no puede quedarse exclusivamente en el plano de las imágenes, la metáfora, o el deslumbramiento por la palabra, sino que debía realizar un movimiento al interior de ella para hacer una crítica. Crítica que es doble, una al lenguaje, a sus mecanismos, y a su funcionamiento y por otro, una crítica a la poesía misma.” [3] Y es que la poesía exige una entrega total y debe ofrecer mucho más de lo que aparentemente persiste en su superficie. No basta, para el lector, con detenerse aquí o allá buscando escudriñar sus valores formales o lo que media entre lo que pensamos y lo que incorpora la visión del poeta. Siempre hay un sentido más profundo que nace del escenario que allí se presenta y nos sitúa frente a otra realidad. Ésa, que mediante la ironía o el humor, ha dejado de ser lo que pensamos para convertirse en una especie de crítica y cuestionamiento de los temas y motivos que la sostienen:
¡Ah, si me hubiese hecho alguna ilusión
hoy me sentiría defraudado!
Pero a la ilusión, como a un tercero,
la traté cortésmente,
sin tomarle confianza
ni rendirle pleitesía.
Jamás de tú a tú,
sino como a la bella desconocida
que, habiéndonos sido presentada un día,
nunca más vimos.
(“La ilusión”, p. 210)
¿A qué se asemeja esa ilusión? ¿Qué es lo que queda en el poema como una forma inaprensible en el vacío? La vida pasa igual que la realidad o las circunstancias que giran como una presencia hacia la muerte. A solas con esa ilusión el poeta comprende que la historia del hombre también vuela sobre un paisaje inasible. Y no puede idealizarlo, ni aferrarse a la vanagloria de ese mundo que contiene las máscaras de un futuro irrisorio y desconocido. Por eso el hablante poético ha asumido una actitud recelosa distanciándose de aquello que provocaría su ruina. A través de los años su relación con la poesía y aun con la realidad misma ha marcado el cuestionamiento y la reflexión de una conciencia que no se deja incitar por la ilusión. Ya desde el comienzo del poema (“¡Ah, si me hubiese hecho alguna ilusión / hoy me sentiría defraudado!”) comprende que hubiera sido un error sugestionarse con lo que acabaría colocándolo frente al engaño. De ahí la reacción del poeta ante el lenguaje, su cuidadosa percepción de la realidad, su actitud ante el tiempo y las cosas que estimulan su mirada. Ciertamente el poema contiene un sentido de desconfianza porque repudia las vanas conquistas que el lenguaje mismo pudiera proponerle. Ante esta encrucijada reconoce que tampoco quedará exonerado de ese otro plano irónico y absurdo que marca algunas situaciones de la vida:
                               Solían decirme
Con esa fachada no vas a ninguna parte
Vístete bien, arréglate
el nudo de la corbata
camina derecho,
domínate
¡ten compostura!
Y nada de sentarte a la mesa y sacar
un palillo de dientes antes de sentare a comer
cuando escuches permanece de pie
y cuando hables también
Con los zapatos sucios y como un mandril
con esa fachada no vas a ninguna parte
Ni siquiera a un burdel.
(“Consejos de familia”, p. 217)
En este poema los convencionalismos sociales actúan sobre un lenguaje que sustituye el verdadero significado de las relaciones humanas por conductas ceremoniales y elitistas. Todo el claro sentido de convivencia queda reducido a mezquinas apariencias. En ese contexto el sujeto lírico será llevado y traído por una imagen errónea de la vida que lo convertirá en víctima de una falsa moral. Desde el primer verso, el texto irá incorporando toda una serie de mandatos que particularizan cada acción humana: “vístete”, “arréglate”, “camina derecho”, “domínate”, “¡ten compostura!”. Estas acciones manifiestan no solo la realidad de ese mundo de falsas apariencias, sino también la superficialidad que reproduce lo vivido allí como una fachada que pretende cubrir los prejuicios latentes en las llamadas clases sociales de nuestros países.
Otro será el sentido que hallamos en poemas que rasgan la piel de la palabra hasta hacer de ésta una presencia iluminadora y penetrante. ¡Profundo el conocimiento y muchos los motivos que recoge la excelente obra de Juan Calzadilla! Por eso su palabra busca lo auténtico en la confección de un lenguaje que lo lanza hacia el vasto universo de la poesía: “Piensa en una poesía que, aun estando escrita, / no necesitara de palabras”, dice en un verso; y, en otro: “La tragedia del poeta consiste en que estuvo / siempre demasiado consciente de sí”. Esta paradoja es parte de ese juego irónico con que el poeta intuye su mundo: ironía y humor de una experiencia creativa que desemboca en el ámbito de una poesía siempre distinta como si quisiera transformar el sentido de la realidad: lo que pasa sobre el corazón como el vuelo de un ave nocturna que al alejarse olvida que “todo arte verdadero lo es porque habita en los límites extremos de lo real y lo irreal”, como justamente ha señalado el poeta Gustavo Pereira.[4]
Mi obra (si pudiera considerarse poesía)
puede entenderse en última instancia
como un ejercicio de emborronamiento reactivo.
Y no porque me empeñe en borrarla
una vez que la escribo, buscando proporcionarle
con esto patente de invisibilidad, sino porque al
reescribir lo ya escrito
me he dado cuenta de que lo que
he hecho con ella
es engendrar un nuevo borrón.
(“Mi obra puesta en el banquillo de los acusados”, p. 238)
He aquí el esfuerzo de esa experiencia creadora cuya burla se vierte sobre sí misma no para mofarse de lo que ennoblece el alma, sino de la imagen que acusa su vocación de poeta. Y es que en la poesía de Juan Calzadilla también existe una angustia existencial que advertimos en los diversos planos de esa realidad. Por un lado, la que el texto particularmente nos refiere y, por otro, la que consigue desviarnos del verdadero sentido de lo que allí se dice:
Nunca tuvo bastante amor propio para pensar que su
suerte pudiera llegar a ser la escritura. Por el contrario,
fue la duda lo que alimentó en todo momento las
expectativas que, respecto a su posibilidad de triunfo, se
hacía. Y así fue siempre. A tal punto que se aplicó a su
tarea con demasiado realismo, sin ninguna esperanza,
y alcanzó a ser lo que esperaba de sí: un desconocido.
(“El desconocido”, p. 275)
Comprendemos que la poesía no impide ocultar lo que el poeta conoce por experiencia: la imagen agobiante del mundo que contiene su realidad. De ahí que su obra contenga ese humor punzante que a veces se burla de todo. Y nos coloca ante una visión que podría cambiar la percepción del mundo si no estuviera tan sujeta a ésa otra que el hablante vive en sus versos. Por eso: “Es difícil apreciar las cosas sin que nos reflejemos en lo que pensamos de ellas. / ¡Cómo que ellas también nos sirven de espejo! Igual que la capa de aire interpuesta cuando miramos por el vidrio de una ventana!”.[5] Pero no le es dado a este poeta cambiar su destino; solamente expresar la poesía que amorosamente reclama su lugar en la tierra, allí donde su mirada se posa, “allí donde el tiempo no ha podido vencer”. [6]
_______________________
DAVID CORTÉS CABÁN (Arecibo, Puerto Rico, 1952). Fue profesor adjunto del Hostos Community College (CUNY). Su libro más reciente se titula Islas (2011)
[1] Juan Calzadilla. Poesía por mandato, Antología personalCaracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, C. A., 2014. En esta antología hallamos también tres poemas (pp. 30, 204, 221), cuyas estructuras fueron modificadas y poemas que permanecían inéditos hasta el momento de esta publicación.
[2] Vela de armas, para navegar en el viento. Juan-calzadilla.blogspot.com/search/label/Luis%20Alberto%20Crespo
[3] Véase, David Lara Ramos, “Juan Calzadilla: La poesía habita en el individuo antes de que empiece a escribirla”. [Entrevista: David Lara Ramos]. http://escribedavid.blogspot.com/2007/10/juan-calzdilla-la-poesia-habita-en-el.htm1#!
[4] Véase, La poesía es un caballo luminoso, Caracas, Fundación Editorial El perro y la rana, 1913, p. 55.
[5] Juan Calzadilla, Editor de crepúsculosCaracas, Fundación Editorial El perro y la rana, 2014, p. 23.
[6] Ramón Palomares, Antología poéticaCaracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, C. A., 2004, p. 7.

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