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viernes, 28 de octubre de 2016

CANTO A UN DIOS MINERAL, Jorge Cuesta *

CANTO A UN DIOS MINERAL 

Jorge Cuesta *
Capto la seña de una mano, y veo 
que hay una libertad en mi deseo; 
ni dura ni reposa; 
las nubes de su objeto el tiempo altera 
como el agua la espuma prisionera 
de la masa ondulosa.

Suspensa en el azul la seña, esclava 
de la más leve onda, que socava 
el orbe de su vuelo, 
se suelta y abandona a que se ligue 
su ocio al de la mirada que persigue 
las corrientes del cielo. 

Una mirada en abandono y viva, 
si no una certidumbre pensativa, 
atesora una duda; 
su amor dilata en la pasión desierta 
sueña en la soledad y está despierta 
en la conciencia muda.

Sus ojos, errabundos y sumisos, 
el hueco son, en que los fatuos rizos 
de nubes y de frondas 
se apoderan de un mármol de un instante 
y esculpen la figura vacilante 
que complace a las ondas.

La vista en el espacio difundida, 
es el espacio mismo, y da cabida 
vasto y nimio al suceso 
que en las nubes se irisa y se desdora 
e intacto, como cuando se evapora, 
está en las ondas preso.

Es la vida allí estar, tan fijamente, 
como la helada altura transparente 
lo finge a cuanto sube 
hasta el purpúreo límite que toca, 
como si fuera un sueño de la roca, 
la espuma de la nube.

Como si fuera un sueño, pues sujeta, 
no escapa de la física que aprieta 
en la roca la entraña, 
la penetra con sangres minerales 
y la entrega en la piel de los cristales 
a la luz, que la daña.

No hay solidez que a tal prisión no ceda 
aun la sombra más íntima que veda 
un receloso seno 
¡en vano!; pues al fuego no es inmune 
que hace entrar en las carnes que desune 
las lenguas del veneno.

A las nubes también el color tiñe, 
túnicas tintas en el mal les ciñe, 
las roe, las horada, 
y a la crítica muestra, si las mira, 
por qué al museo su ilusión retira 
la escultura humillada. 

Nada perdura, ¡oh, nubes!, ni descansa. 
Cuando en un agua adormecida y mansa 
un rostro se aventura, 
igual retorna a sí del hondo viaje 
y del lúcido abismo del paisaje 
recobra su figura.

Íntegra la devuelve el limpio espejo, 
ni otra, ni descompuesta en el reflejo 
cuyas diáfanas redes 
suspenden a la imagen submarina, 
dentro del vidrio inmersa, que la ruina 
detiene en sus paredes.

¡Qué eternidad parece que le fragua, 
bajo esa tersa atmósfera de agua, 
de un encanto el conjuro 
en una isla a salvo de las horas, 
áurea y serena al pie de las auroras 
perennes del futuro! 

Pero hiende también la imagen, leve, 
del unido cristal en que se mueve 
los átomos compactos: 
se abren antes, se cierran detrás de ella 
y absorben el origen y la huella 
de sus nítidos actos.

Ay, que del agua el imantado centro 
no fija al hielo que se cuaja adentro 
las flores de su nado; 
una onda se agita, y la estremece 
en una onda más desaparece 
su color congelado.

La transparencia a sí misma regresa 
y expulsa a la ficción, aunque no cesa; 
pues la memoria oprime 
de la opaca materia que, a la orilla, 
del agua en que la onda juega y brilla, 
se entenebrece y gime.

La materia regresa a su costumbre. 
Que del agua un relámpago deslumbre 
o un sólido de humo 
tenga en un cielo ilimitado y tenso 
un instante a los ojos en suspenso, 
no aplaza su consumo.

Obscuro perecer no la abandona 
si sigue hacia una fulgurante zona 
la imagen encantada. 
Por dentro la ilusión no se rehace; 
por dentro el ser sigue su ruina y yace 
como si fuera nada.

Embriagarse en la magia y en el juego 
de la áurea llama, y consumirse luego, 
en la ficción conmueve 
el alma de la arcilla sin contorno: 
llora que pierde un venturero adorno 
y que no se renueve.

Aun el llanto otras ondas arrebatan, 
y atónitos los ojos se desatan 
del plomo que acelera 
el descenso sin voz a la agonía 
y otra vez la mirada honda y vacía 
flota errabunda fuera.

Con más encanto si más pronto muere, 
el vivo engaño a la pasión se adhiere 
y apresura a los ojos 
náufragos en las ondas ellos mismos, 
al borde a detener de los abismos 
los flotantes despojos.

Signos extraños hurta la memoria, 
para una muda y condenada historia, 
y acaricia las huellas 
como si oculta obcecación lograra, 
a fuerza de tallar la sombra avara 
recuperar estrellas.

La mirada a los aires se transporta, 
pero es también vuelta hacia adentro, absorta, 
el ser a quien rechaza 
y en vano tras la onda tornadiza 
confronta la visión que se desliza 
con la visión que traza.

Y abatido se esconde, se concentra, 
en sus recónditas cavernas entra 
y ya libre en los muros 
de la sombra interior de que es el dueño 
suelta al nocturno paladar el sueño 
sus sabores obscuros.

Cuevas innúmeras y endurecidas, 
vastos depósitos de breves vidas, 
guardan impenetrable 
la materia sin luz y sin sonido 
que aún no recoge el alma en su sentido 
ni supone que hable.

¡Qué ruidos, qué rumores apagados 
allí activan, sepultos y estrechados, 
el hervor en el seno 
convulso y sofocado por un mudo! 
Y graba al rostro su rencor sañudo 
y al lenguaje sereno.
Pero, ¡qué lejos de lo que es y vive 
en el fondo aterrado y no recibe 
las ondas todavía 
que recogen, no más, la voz que aflora 
de una agua móvil al rielar que dora 
la vanidad del día!.

El sueño, en sombras desasido, amarra 
la nerviosa raíz, como una garra 
contráctil o bien floja; 
se hinca en el murmullo que la envuelve, 
o en el humor que sorbe y que disuelve 
un fijo extremo aloja.

Cómo pasma a la lengua blanda y gruesa, 
y asciende un burbujear a la sorpresa 
del sensible oleaje: 
su espuma frágil las burbujas prende, 
y las prueba, las une, las suspende 
la creación del lenguaje.

El lenguaje es sabor que entrega al labio 
la entraña abierta a un gusto extraño y sabio: 
despierta en la garganta; 
su espíritu aun espeso al aire brota 
y en la líquida masa donde flota 
siente el espacio y canta.

Multiplicada en los propicios ecos 
que afuera afrontan otros vivos huecos 
de semejantes bocas, 
en su entraña ya vibra, densa y plena, 
cuando allí late aún, y honda resuena 
en las eternas rocas.

Oh, eternidad, oh, hueco azul, vibrante 
en que la forma oculta y delirante 
su vibración no apaga, 
porque brilla en los muros permanentes 
que labra y edifica transparentes, 
la onda tortuosa y vaga.

Oh, eternidad, la muerte es la medida, 
compás y azar de cada frágil vida, 
la numera la Parca. 
Y alzan tus muros las dispersas horas, 
que distantes o próximas, sonoras 
allí graban su marca.

Denso el silencio trague al negro, obscuro 
rumor, como el sabor futuro 
sólo la entraña guarde 
y forme en sus recónditas moradas, 
su sombra ceda formas alumbradas 
a la palabra que arde.

No al oído que al antro se aproxima 
que al banal espacio, por encima 
del hondo laberinto 
las voces intrincadas en sus vetas 
originales vayan, más secretas 
de otra boca al recinto.

A otra vida oye ser, y en un instante 
la lejana se une al titubeante 
latido de la entraña; 
al instinto un amor llama a su objeto; 
y afuera en vano un porvenir completo 
la considera extraña.

El aire tenso y musical espera; 
y eleva y fija la creciente esfera, 
sonora, una mañana: 
la forman ondas que juntó un sonido, 
como en la flor y enjambre del oído 
misteriosa campana.

Ése es el fruto que del tiempo es dueño; 
en él la entraña su pavor, su sueño 
y su labor termina. 
El sabor que destila la tiniebla 
es el propio sentido, que otros puebla 
y el futuro domina.



*Biografía de:  
Jorge Cuesta
(1903-1942)
 
 JORGE CUESTA
 "EL MÁS TRISTE DE LOS ALQUIMISTAS"
BIOGRAFÍA
Jorge Mateo Cuesta Porte Petit, nació en Córdoba, Veracruz, el 21 de septiembre de 1903. Su niñez, precoz y solitaria, de pocos juegos, transcurrió tranquila con excepción del accidente acontecido al año de nacer cuando, de los brazos de la niñera, el pequeño cayó golpeándose en una parte muy cercana al ojo izquierdo contra el filo de una mesa. Tiempo después, cuando Jorge contaba nueve años, fue intervenido quirúrgicamente para dar solución a la secuela que aquel descuido había dejado en él: un constante lagrimeo. Es esta la razón por la que en las fotos aparece con el párpado a medio cerrar.  
Atraído por las matemáticas, la física, la música y la química, después de concluir sus estudios correspondientes a la preparatoria, se muda a la ciudad de México en 1921 y, al llegar, escribe a sus padres en espera de la autorización para  ingresar al Conservatorio Nacional y hacer realidad una de sus aspiraciones: ser violinista. Finalmente, deja de lado esta idea e ingresa a la Facultad de Ciencias Químicas, concluyendo su carrera profesional cuatro años más tarde -aunque nunca llegaría a presentar la tesis, motivo por el cual no se título. Sin embargo, esto no le impediría ejercer plenamente la pasión por la ciencia en varias instituciones. En el año de 1924, al lado de Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz De Montellano, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Gilberto Owen, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, formaría parte del "grupo sin grupo" o el "archipiélago de soledades" -como dijera Villaurrutia: Los Contemporáneos.  
Como miembro del mismo, acepta prologar la Antología de la poesía mexicana moderna, publicada en 1928, circunstancia por la que, las críticas hechas a ésta recayeron, a la vez, sobre él. Pero, Cuesta, no escatimando jamás en hacer frente al abanico desplegado de las acusaciones realizadas por sus mayores detractores, es decir, a las emprendidas por los escritores "nacionalistas" y los estridentistas -corriente de la cual formaban parte Manuel Maples Arce y Salvador Gallardo Dávalos, entre otros- que tachaban al grupo de cosmopolitas, sin mencionar los muchos adjetivos de que eran objeto, redacta una carta desde París -estancia que duró tan sólo dos meses-, al director de Revista de Revistas, Manuel Horta, exponiéndole las razones por las cuales figuraban incluidos poetas que a él le parecían "destestables", tales como Amado Nervo y Rafael López, mientras que, Manuel Gutiérrez Nájera, igualmente aborrecido, no figuraba dentro de ella.  
El argumento, de sólidos andamios, utilizado para defender la postura que adoptó al atender a la selección, se sintetiza en las inteligentes líneas de esa carta y, para quienes son observadores y poseen el libro de la Antología , en el prólogo mismo que escribió. Ese año, al llegar de Europa, contrae nupcias con Lupe Marín, quién alguna vez fuera esposa de Diego Rivera. En 1930, trabaja para la Subsecretaría de Educación Pública. Con posterioridad, en 1932, ya desaparecida la revistaContemporáneos, editada por el grupo (para ser precisos, ocho meses después, en agosto), funda la más rigurosa y analítica de México: Examen. Si en Ulises algunos de los jóvenes escritores de aquella generación encontraron la libertad del desparpajo, -Novo y Villaurrutia- descubriendo otros caminos, y en Contemporáneospusieron al país a la vanguardia de los movimientos que estaban gestándose o realizando ya en otras partes del mundo como Francia, Alemania, Estados Unidos o España (recordemos que la mayoría de ellos sino es que todos, eran lectores de Revista de Occidente de Ortega y Gasset y de la Nouvelle Revue Francaise), enExamen, cuyo director era el miembro más obstinado y batallador en cuanto a las cuestiones intelectuales se refería, se llevó a cabo una exposición metódica de la cultura donde, a diferencia de las otras dos mencionadas líneas antes, la política, la crítica social y la filosofía, tenían cabida dentro de sus páginas, conjugándose con la literatura. Es éste un indicio del advenimiento de las revistas "modernas". Examen, tuvo el honor de ser la primera. Lamentablemente, sólo tuvieron la oportunidad de ver la luz tres números. Maples Arce, inició una querella legal (con esas argucias leguleyas que todos conocemos), alegando que se estaban cometiendo atentados contra la moralidad de la sociedad en turno y que, tanto el director como ese maldiciente autor que publicaba cierta novela a entregas -al estilo de Payno con El fistol del diablo- debían ser consignados y procesados por la justicia (el autor del que hablo es Rubén Salazar Mallén y la "soez" novela, Cariátide). 
Luego de la trifulca que obligó a dar por terminada la revista, colabora en otras y escribe para algunos periódicos como El Universal, y publica dos ensayos de corte político (1934): El plan contra Calles y Crítica de la reforma al artículo tecero. En 1938, entró como jefe del departamento de laboratorio en una industria de azúcares y alcoholes –ya antes, a partir de 1932 y hasta 1937, había trabajado en la Sociedad de Productores de Alcohol. Allí, absorbido por sus inclinaciones científicas, llevaba a cabo experimentos con enzimas –de las que, se dice, llegó a inyectarse- y hacía investigaciones con sustancias de diversa índole -a saber, entre tantas más, una impedía la maduración de los frutos y otra permitía, después de su ingestión, beber toda clase de alcoholes sin llegar a un estado de embriaguez. Es, precisamente, en este lapsus de su vida, en que principia su obsesión, buscando aquéllo que según los gnósticos había encontrado Paracelso: el elixir de la vida.  
Aunque el poeta, con sus invenciones de fómulas químicas, no tuvo la fortuna de hallarlo, si encontró este otro proscrito: la locura -decía Dryden, "la locura es un placer que sólo el loco conoce". Esto, aunado a otras angustias morales, lo llevaron a una serie de instituciones asilares. En la última, cometió suicidio el 13 de agosto de 1942, estando en la plenitud de su vida, pero ya no en la más vasta lucidez intelectual como para discernir lo verdadero de lo ficticio -aunque, ¿quién dicta qué es lo racional? quizá la enajenación es la ventana, más que la ventana, la puerta a la verdadera razón, esa otra cara de la moneda que, nosotros, precisamente por "cuerdos", no logramos evidenciar, permaneciendo una posible "realidad real" invisible a nuestros ojos.  
Al quitarse la vida, contaba apenas con 38 años. En palabras de Villaurrutia, Jorge Cuesta fue "el más universalmente armado de los escritores del grupo, porque la filosofía, la ciencia, la estética, la crítica y la poesía, lo atraían con la misma fuerza".

ALGUNAS OBSERVACIONES EN TORNO A JORGE CUESTA
 La sonoridad de su poesía, de factura tan ascética y estéril como el propio Cuesta, cunde en lo remoto, en lo inombrable que, apenas sí se dice, se disipa: la íntegra lucidez de buscarse entre los recodos más oscuros y subrepticios de la inteligencia por medio de la palabra, de los abismos del pensamiento, sin temor a precipitarse jamás, de manera abrupta, demasiado a su fondo o, mejor dicho, a su vacío: el pensamiento, como el hombre, no tiene límites. Por eso mismo ha se serlo todo; por eso mismo ha de ser nada. Realidades que, si marchan contiguas de la mano, también se atraen y se repelen al mismo tiempo: al no mezclarse, siempre preservan su individualidad bien definida como las sustancias químicas heterógeneas.  Empresa de tales resonancias, porsupuesto, no podía ni puede ser jamás afán sino de una brillantez exacerbada, cuya última voluntad es ir al encuentro de sí misma, haciendo gala de los recursos que la lógica le presenta como últiles para alcanzar sus objetivos.  
Cuesta, por ello, a semejanza de las más modernas teorías de la física en boga, que buscan unificar la fuerza gravitoria, el electromagnetismo, la fuerza nuclear fuerte y la fuerza nuclear débil, clamaba por hallar en los sinfines de la razón, aquellos puentes que lo ligaran a sus alter egos, a sus otros yo diseminados en los distintos campos de la erudición humana por los que concebía un gran entusiasmo; pero, a diferencia de Pessoa –por citar un ejemplo- que supo desdoblarse, sucederse en una segunda personalidad, la cual, a su vez, fue peldaño para llegar a otras tantas ambiguas y, más que eso, hallarse a través de ellas -multiplicidad destilada de lo que, a partir de Descartes, se cree, es prueba fidedigna del existir: el cogito-, el poeta mexicano era el espectro de sí mismo. Ni siquiera se hallaba situado en el punto de donde partió el portugués para edificar su obra. El motivo es simple: hasta el propio Cuesta, parecía estar llamado a ser solamente el eco de otra voz que hablaba por la suya: "su voz parecía nacer de los fantasmas del aire", considerando la descripción que Elías Nandino, aunque, como era de esperarse, artística, hizo de su persona.  
La producción de su obra poética nunca reunida en forma de libro, contiene uno de los poemas más logrados y ambiciosos de nuestra literatura mexicana, aquél que lleva por título Canto a un dios mineral: treinta y siete estrofas de seis versos cada una escritas a la usanza de las silvas. Canto a dios mineral constituyó, a lo largo de toda su vida, su gran sueño poético y obsesión. Las últimas tres estrofas redactadas, de manera seguida, delante de los enfermeros cuando éstos fueron a recogerlo para llevarlo a la institución psiquiátrica, dan motivo a pensar que se trata de un poema llevado a su fin más que por la libertad de la pluma del poeta, por el azar de las circunstancias: un texto inacabado que no pasó por la aduana del análisis implacable; ese análisis programático que imperaba en su personalidad.  
No se hará alguna clase de examen exhaustivo sobre él. Los hay en suma y muy buenos. Lo que sí hay es pertinente mencionar, es que la articulación de las palabras en que el fondo, la idea está sumida y viceversa, ha dado pauta a una consecusión de interpretaciones que sí bien pudieran no ser fieles, tampoco pueden ser inválidas: eterna oscilación; como el péndulo, de un extremo a otro, no está en ninguna parte puesto que, al poema, ninguna cesura interpretativa lo aprehende: "Nada me afirma y nada me desmiente”, es lo que el texto nos argumenta.  
A Cuesta, más que nada, le debemos en México, por vez primera, una verdadera conciencia crítica. Una conciencia crítica de la política y la cultura. Y eso es indubitable. Un grupo de reflexiones originales, dispersas en revistas y artículos de prensa bastan para comprobar su calidad como ensayista -no obstante, que fue el menos publicado a comparación de sus compañeros de odiseas intelectuales. Él podía trabajar en un par de textos durante un año -el mismo tiempo que a Torres Bodet le tomaba escribir tres libros y publicarlos-, debido a que su sentido de la perfección lo llevaba hasta esa frontera que desemboca en la esterilidad, en el silencio. Este sentido, se puede percibir a lo largo de todo su legado, pues supone, para los lectores, las más de las veces, un fino oído para lo que tiene que decir, como es el caso de las líneas de "En la sempiteromia samarkanda" y "Rema en un agua espesa y vaga el brazo", donde la palabra, trasmutada en tabique, se va apilando de tal forma que ya el poema lo terminamos por leer erigido en muro: realidad que se presenta, ante nuestros ojos, como impenetrable.  
Pese a esa virtud de engendrar concepciones abstractas, Cuesta, no logró solidificar, organizar un verdadero sistema de pensamiento, donde lo genuino de ellas destellara con toda la intensidad luminosa de que era capaz su agudeza racional. Su vida, como su legado, es breve. Murió siendo joven. Inteligencia a la que, como a tantas, le faltó tiempo para madurar, y pereció en el don de una promesa…
 Diego Salvador Rodríguez Castañeda.

1 comentario:

  1. *Gracias a Diego Salvador Rodríguez Castañeda, autor de la Biografía y Notas sobre este gran poeta mexicano de corte universal.

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