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jueves, 27 de octubre de 2016

MANIFIESTOS INFRARREALISTAS, Roberto Bolaño, Mario Santiago y José Vicente Anaya (Del blog El Anaquel) (marzo 2013)


Manifiestos Infrarrealistas – Roberto Bolaño, Mario Santiago & José Vicente Anaya

infrarrealistas copia
Un nuevo lirismo, que en América Latina comienza a crecer, a sustentarse en modos que no dejan de maravillarnos. La entrada en materia es ya la entrada en aventura: el poema como un viaje y el poeta como un héroe develador de héroes. La ternura como un ejercicio de velocidad. Respiración y calor. La experiencia disparada, estructuras que se van devorando a sí mismas, contradicciones locas.
Si el poeta está inmiscuido, el lector tendrá que inmiscuirse.
El grupo infrarrealista estuvo dirigido en México por Roberto Bolaño y Mario Santiago. La historia de ese momento fue retratada en Los detectives salvajes (el infrarrealismo es mencionado como realismo visceral)Sin entrar a detalles en la novela, lo que nos ocupa ahora son los manifiestos infrarrealistas, que fueron escritos por Bolaño, Santiago Papasquiaro y José Vicente Anaya.
El origen del término es francés y se le atribuye a Roberto Mattael último de los surrealistas. El infrarrealismo tomó como consigna la frase de Matta: volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial.
En el infrarrealismo hay más poesía que manifiesto, es cierto, pero los textos son relevantes para entender un intento de parricidio en un tiempo donde la figura de Octavio Paz dominaba la cultura en México. Al respecto de cómo se formó el grupo, Ramón Méndez Estrasada cuenta:
La idea del nombre y la fundación de un movimiento contra la cultura oficial fue de Roberto Bolaño, entusiasmado por la poesía irreverente de algunos cuantos jóvenes que seguíamos frecuentándonos tras nuestra expulsión del taller de Bañuelos. (…) Entre aquellos jóvenes los más beligerantes eran Mario Santiago, que entonces aún no había adoptado el Papasquiaro, y Héctor Apolinar. Sus críticas irónicas, su mordaz sentido del humor, nos empujaban a todos a escribir más y mejor. A fin, una tarde de principios de 1974, Mario Santiago se presentó al taller con una hoja en que traía redactada la renuncia de Bañuelos, con esa caligrafía particular que caracterizaba al joven vate y, por supuesto, también con su muy singular estilo, irreverente y desparpajado, donde el maestro se autoacusaba de menopausia galopante y otras lindezas para dejar su puesto.
Juan leyó el texto, y mientras la mayoría de los talleristas suscribíamos la hoja su rostro cambiaba de color y él, con contenida cólera, nos decía: “¡Qué buena broma, muchachos! ¡Qué buena broma!” Quienes lo enfrentaron con más decisión fueron Mario Santiago y Héctor Apolinar: “No es broma, Juan, no te queremos. No sirves tú para estas cosas”.
Una madrugada de 1975, agotadas las reservas del espirituoso que compartíamos y cansados de vagar por las calles del centro de la Ciudad de México, Mario Santiago me invitó a visitar a un amigo suyo: Roberto Bolaño, quien vivía en un vetusto edificio cerca de la estación Cuauhtémoc del Metro. La recepción de Roberto no fue muy cordial que digamos, pues lo interrumpíamos de su diaria jornada de redacción creativa mañanera, que cumplía con el rigor de un burócrata sujeto a reloj checador. La conversación no fue larga, pero sí muy intensa. Cuando Santiago y yo salimos de la casa de Bolaño lo habíamos convencido de nuestra subversión vital contra el oficialismo de la cultura, y nos había comparado con los beatniks: “Tú eres Ginsberg –le había dicho a Santiago‑, y éste es Corzo: son los beatniks de México”.
Poco después –semanas o meses‑ Mario Santiago me informó que, entonces sí, estaba en puerta la constitución de un movimiento poético rebelde, el Infrarrealismo.
Idea de Roberto, la explicaba como una metáfora: a quienes cometimos el pecado de rebelarnos contra una de las glorias nacionales de la poesía nos tenían vetados en todas las publicaciones y espacios culturales de México; decía que éramos como soles negros, de esos que no se ven pero que atraen la luz, materia condensada a tal grado que hace caer a la energía por su peso, y auguraba que nosotros haríamos la literatura clásica de nuestro tiempo.
Con este preámbulo, dejo a continuación los textos, para que sepamos que los poetas infrarrealistas existieron, más que como una leyenda de revoltosos.

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