martes, 1 de marzo de 2016

"ESCRIBO A LA DIABLA": SANTIAGO DAYDÍ-ROLSON, René Rodríguez Soriano (MediaIsla)

Santiago Daydí-Tolson: “Escribo un poco a la diabla”

Santiago Daydi-Tolson. 1RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO [mediaisla] «Se escribe a solas, pero se requiere de la conversación del café para realmente sentir que se escribe por algo, si es que por algo se escribe. Los viajes, sobre todo los cumplidos en la celda de mi automóvil, son puro tiempo de escritura»
Desde que me topé con Santiago Daydí-Tolson en un aula de Trinity University, cada visita a San Antonio es una fiesta. No niego que la travesía por el río o visitar el Álamo constituyan una aventura fascinante. Lios me dibre. Amo la ciudad de palabras y sabores que este chileno correcaminos arma y desarma para mí en cada encuentro, una ciudad de luces y sabores; sí, sobre todo de sabores, Santiago conoce cada rincón, cada piedra, las ramas de los árboles, el tiempo de floración y hasta los pájaros que se asientan, pían y vuelan… Sin lugar a dudas, junto a él poco sentido tienen los manoseados mapas o las guías turísticas. El mapa es la aventura a la bartola por empedradas callecitas y paseos, puentes, jardines y centenarios portones. El paso del tiempo, los avatares de la historia. Y la comida.
Cada visita a San Antonio es una cura. Casi siempre he querido guardar algún registro de las conversaciones que adoquinan nuestras largas caminatas. Letras, historia, ciencias (ocultas y de las otras). Todo cuanto se nos ocurra o nos pase por el frente. Su colección de plumas fuentes, sus perros, el poema y su insectario de palabras. De las cuales, sin que lo advierta, aprovecho y tomo nota.
Escribir. ¿Por y para qué? ¿En qué momento te das cuenta o te pica el gusanito de la escritura, cuenta un poco cómo se encuentran ambas pasiones: leer y escribir?
—Por qué y para qué me lo pregunto a cada rato y siempre acabo dándome respuestas diferentes. Creo que la mejor, la más acertada dice que se escribe porque sí, porque hay que hacerlo: así lo exige el misterio. No sabría decir cuándo me encandiló la palabra escrita, pero recuerdo muy bien las páginas del silabario en que me enseñaron a leer y, curiosamente también persisten en la memoria las páginas de los libros en que tuve la suerte de aprender a leer de niño el inglés y el francés. Y como eran página ilustradas (las del silabario en castellano eran acuarelas del admirable Coré, que iluminaba la revista El Peneca, donde leí asiduamente) confundí dibujo y caligrafía. Tomé la pluma —sí, una de esas plumas de palo con plumilla de metal que se untaba en un tintero aromático a tinta oscura y que usaban para vacunarnos en masa en el colegio— y me puse a dibujar como quien cuenta y a escribir como quien dibuja. De lo que escribí de niño recuerdo una narración que empecé en un grueso cuaderno en la que me imaginaba otro niño y en la que viví vicariamente en mis palabras la dicha de ser ese otro. Lo digo: leer y escribir son formas de transmutación que bien podría decirse sirven de escapismo, un mentís a la confusa realidad de todos los días.
¿Cómodamente sentado a la mesa o a lo Hemingway? ¿Es importante el ambiente, el espacio, el set para Santiago oficiar?
Santiago Daydi-Tolson. UNDER_THE_WALNUT_TREE2—Por un tiempo tuve la dicha de tener un viejo mueble familiar en el que podía escribir de pie. Lo echo de menos. Por lo general escribo con pluma fuente sentado a una mesa, a menudo en un café; y luego cumplo, sentado ante el computador, el sagrado rito de transcribir lo que la mano garabateó y volverlo texto legible. Por cierto que el ambiente es imprescindible, sólo que en mi caso, no se define como uno solo, sino todo lo contrario. Como llevo siempre conmigo una libreta y varias plumas puedo escribir en cualquier parte. Prefiero las bibliotecas y los cafés; a veces un parque y, de todos modos, la cama, donde se escribe antes de dormir y recién despertado. Casi no hay mañana en que no desayune escribiendo en un café.
El viaje, Santiago porque vienes de la otra punta, aquella en la que, cuando aquí es invierno allá es verano, ¿cómo se da el viaje de Sur a Norte?
—Crecí en un ambiente cargado de alusiones a otras tierras y otras lenguas y desde muy niño tuve muy claro que tarde o temprano me echaría a navegar. El puerto y sus barcos en constante arribar y despedirse me tuvo siempre al borde del salto. La lejanía, la inmensidad del Pacífico frente a los ojos día a día —viví siempre muy cerca del mar–, el muro de Los Andes al este, la hazaña emigratoria de mis antepasados y los antepasados de tantos de mis amigos, las voces extranjeras en el aire, la literatura, el cine… en fin, mi entorno me impulsó siempre a viajar, a ascender desde las lejanías australes a la centralidad del hemisferio donde parecía suceder todo. Hasta que vino el momento de partir una vez completados los estudios universitarios. Partir como partíamos tantos en esos años a completar en el viaje educativo nuestra formación. A mí, la vuelta, que se daba por supuesta, no me pareció necesaria.
Tengo entendido que eres una especie de correcaminos, viajero interminable, ¿cuáles ciudades te han marcado de manera muy especial?
—La verdad es que no soy muy buen viajero y tiendo a preferir el auto, que se mueve en espacios más limitados que el avión. No son tantas las ciudades que he conocido, pero he tenido la dicha de vivir un tiempo largo en varias. Tendría que decir que Valparaíso, ciudad que inspiró el viaje, está entre mis lugares encantados y me fascina recordarlo en otros lugares que he visitado. A esa ciudad volvería si no fuera la ciudad real de ahora sino la todavía más real de entonces. Nueva York fue por un tiempo, para mí increíble, mi ciudad y me ha quedado siempre la nostalgia de haber vivido en ella. De Washington D.C. me queda el regusto de la biblioteca y largas, larguísimas horas de soledad iluminada. Milwaukee me enseñó la austera disciplina del frío y el engaño hermoso de un lago que podía ser el mar. Las ciudades extranjeras han sido fugaces experiencias que no creo me hayan marcado mayormente, aunque de cada una me queden imágenes que de cuando en cuando, sin que yo sepa por qué, se me hacen presentes con intensa nostalgia. La nostalgia, me digo, propia del viajero, sabedor de lo pasajero.
Y tus lecturas, en español o en inglés. Lees y escribes en las dos lenguas, ¿en cuál de las dos te sientes más cómodo, más a gusto?
Santiago Daydi-Tolson. Insectarium—No leo tanto como quisiera ni en una ni en otra lengua y menos aún en francés, que fue en mis años de colegio lengua preferida y ahora me abandona. No tengo preferencia ahora por una lengua u otra: el español y el inglés me son igualmente dilectas. Ambas me parecen perfectas para expresarse, aunque no lo puedo hacer igual de bien en ambas. Por cierto que me siento más en control cuando uso el castellano, pero a veces el inglés se me presenta como el idioma perfecto para ese momento. No fue hasta que una madrugada, paseando con mi perro, se me vinieron a la mente inesperadamente unos versos en inglés que no supe que podía escribir en ella. La novela que escribí en inglés fue más bien un reto y una curiosidad que se volvió una necesidad. No creo que pueda escribir otra y, de hecho, últimamente he dejado de escribir en inglés, tal vez inseguro de mi capacidad para hacerlo efectivamente.
Háblame un poco de Under Walnut Tree, su mundo, sus lectores.
—Fui el primero en sorprenderme con los personajes y el mundo de esta novela: estaban profundamente ocultos en mí y creo que fue el inglés en que empecé a escribir la novela lo que los trajo a la superficie como una realidad mágica. Es el mundo nostálgico de una edad ilusoria que me obsesiona, la del puer aeternus, el Peter Pan de los que nos apena dejar de ser niños. Probablemente la escribí sin darme cuenta de lo que estaba haciendo y me temo que haya en ella más de mi subconsciente de lo que me convendría admitir. Por lo mismo es una obra fantástica, un ensueño no necesariamente feliz. Me gustó en ella descubrir que sucedía en un lugar que recuerda, mejorándolo, el lugar de mi infancia. Cuando la escribí tenía lectores tan querendones que no pude sino darles lo mejor: escribí para ellos. Los demás lectores son una ilusión. Creo que yo habría sido un agradecido lector de la novela a mis quince años, que es algo que tuve muy presente también cuando escribía.
De 2013 a 2015 llevas publicados tres libros (Under Walnut Tree, Insectarium y La lira de la ira and Some Irate Lyrics), ¿cómo administras el tiempo para, además de cumplir rigurosamente con tus ocupaciones académicas, viajar, escribir y, de vez en cuando, tertuliar con los amigos?
Santiago Daydi-Tolson. 2—Como a todo gran ocioso el tiempo se me va en desordenado pasatiempo. De administrador no tengo ni una pizca, de lo que me enorgullezco y me lamento. Tiendo a dejar pasar el tiempo hasta encontrarme cara a cara con las fechas de compromiso; entonces me pongo como un desaforado a terminar lo que, para decir verdad, había estado haciendo subconscientemente durante días. Juan Ramón Jiménez hablaba de la gestación como de un proceso casi imperceptible que concluye en un trabajoso parto literario. Salvo la novela, que la escribí a marcha forzada de puro fascinado que estaba con ella, mis otros libros son el resultado de años de estar escribiendo un poco sin ton ni son. Insectarium lo concebí en 1969, apenas llegado a los Estados Unidos; La lira de la ira agrupa textos escritos entre los años sesenta, en Chile, hasta el poema del título, que se escribió días antes de que el editor hiciera la selección final de textos. Y los libros que deberían seguir a éstos son ahora un montón de papeles y una serie de documentos electrónicos que esperan revisión, selección y el añadido de textos nuevos. Escribo un poco a la diabla, al correr de la pluma, pero no a tontas y a locas, obviamente. La tertulia es fuente de conocimiento y motivación. Se escribe a solas, pero se requiere de la conversación del café para realmente sentir que se escribe por algo, si es que por algo se escribe. Los viajes, sobre todo los cumplidos en la celda de mi automóvil, son puro tiempo de escritura, de la que va quedando archivada en las tripas para cuando la pluma esté ansiosa de papeles.
Y a propósito de tus dos recientes libros de poesía, ¿en cuáles aguas te sientes más pez: la narración o el verso?
—Me da un poco lo mismo. A veces al pez le da por dejarse llevar por los remolinos del verso, a veces por las corrientes de la narración y las más de las veces se encanta en los engañosos remansos de la prosa no narrativa.
Y Chile, la literatura chilena, su mundo, ¿qué papel juega en el imaginario de Santiago Daydí-Tolson?
—Casi ninguno. Nunca fui un lector dedicado en lo que respecta a la literatura de mi país. Como crítico me he ocupado bastante de la obra de Gabriela Mistral, pero eso se debió a que por necesidad profesional tuve que analizar su obra y descubrí su inmenso valor. Podría nombrar esos nombres casi sagrados que la poesía chilena ha aportado a la literatura hispana, pero sería más gesticulación de mi parte que sincero reconocimiento. Le guardo gran cariño, sin embargo, a un escritor científico, el Abate Molina, que me nombra tanta cosa de la tierra que conocí en mis aventuras de mochilero adolescente.
Llevas más de 40 años enseñando Literatura Española y Latinoamericana en universidades de Estados Unidos, ¿qué se siente, cuál es la retroalimentación para un hombre de letras latinoamericano?
Santiago Daydi-Tolson. La lira de la ira—Me pones en aprieto porque me obligas o a ser sincero y responder algo que no parecerá tan admirable, o a mentir y responder lo que me hiciera quedar bien como académico. Callo, haciendo alusión al pez de que hablamos más arriba en el dicho que lo dice todo “por la boca muere el pez”. Pienso también en las moscas.
Luego de tu largo viajar de continente a continente, de país en país, de ciudad en ciudad, pueblos y caminos, ¿sientes que has nacido, o despertado, de un sueño no tenido?
—¡Ay, Segismundo, cómo se te entiende! Sueño o realidad es asunto de romperse la cabeza. Despertar cada mañana, aquí o allá, antes o después del viaje, ha sido siempre un desengaño. Tengo la rara limitación de no recordar lo que sueño y sentir, sin embargo, que he soñado lindamente. No hay manera de que la realidad reproduzca eso que la mente ha concebido en el sueño. Soy, en esencia, un insatisfecho que ilusiona la capacidad de recordar lo soñado como un antídoto de lo vivido.
Entre el escarabajo y la mariposa, ¿con cuál te identificas?
—El escarabajo, de todas maneras. Las mariposas son tan cursis, tan de “mírame y no me toques”, bellezas de tocador a las que se les pasa la mano con el maquillaje y se visten de colorines y sedas rococó. Y eso de volar las vuelve aún más insoportables y vanidosas. El escarabajo se las sabe todas y no se anda con apariencias ni pretensiones. No se embriaga de néctares delicados; se alimenta de las heces.
¿Qué escribes en la actualidad? Cuenta un poco de qué va.
—Los poemas se van dando un poco al paso; las narraciones requieren más tiempo y por ahora tengo unas cuantas a medio escribir —cuentos y novelas— que me temo queden inconclusas. Dedico demasiado tiempo a escribir sin plan ninguno, averiguando qué se me ocurre y qué podría convertirse en un proyecto. Reviso lo mucho que llevo escrito en años de no haber publicado por temor a que no me publicaran. Material tengo de sobra para varias colecciones de poemas y para otras de cuentos; lo que me falta es decisión y ser menos autocrítico. Un proyecto, dentro de este desorden, es una novela que empecé hace mucho y que me pide la termine porque trabaja con la fantasía y las desilusiones del tiempo, que son mis causas preferidas. Si solo me pusiera a remover papeles y garrapatear las páginas que faltan.

ALFREDO COLLADO MARTELL ¿EXCLUÍDO DE LA LITERATURA PUERTORRIQUEÑA?, Miguel Ángel Fornerín (MediaIsla)


¿Alfredo Collado Martell, un excluido de la Generación del treinta en la literatura puertorriqueña?

Alfredo Collado Martell. RevistaMIGUEL ÁNGEL FORNERÍN [mediaislaCollado Martel, como muchos escritores de las primeras décadas del siglo XIX, fue un destacado periodista que alternaba la publicación en los medios de obras creativas con el ensayo crítico: la publicación de poesía y cuentos. Además de ser un polemista sobre los problemas sociales y políticos de la isla irredenta.
La pregunta que me hago al iniciar estas apuntaciones, parece desde un inicio tener una respuesta doble. Porque si el lector se preguntara: ¿Y quién es ese Collado Martell? La pregunta sugiere la respuesta; porque, en verdad, sobre él se ha escrito muy poco. Pero también hay otra respuesta a esa pregunta: Eduardo Collado Martell parece no existir en las referencias recientes a la Generación del treinta. Pero esa ausencia no se debe a los historiadores de la literatura ni a sus compañeros de promoción, sino al tiempo, a la contemporaneidad, a los temas recurrentes que, de alguna manera, entraron en el cansancio de una cultura. Es, en fin, la herrumbre de los años que hace que hoy nos preguntaremos por el destino de esta innovadora voz de las letras de Puerto Rico y el  Caribe.
A pesar de las muy reiteradas búsquedas que he realizado, sobre la vida Alfredo Collado Martell sabemos poco.  En un tiempo creí que había nacido en Caguas, pero no era cierto; nació en Santo Domingo (1900), hijo de un puertorriqueño y una criatura dominicana. En esa orilla isleña vivió su infancia, unos siete años. Luego pasó a vivir en Mayagüez. Algunos historiadores literarios lo ubican en Venezuela y España. Posiblemente regresó a trabajar como técnico azucarero a una central cercana a la capital dominicana, el Ingenio Boca Chica y luego, al final de su corta vida, pues muere en 1930, fue oficinista en la división de estadísticas del Departamento de Instrucción Pública de San Juan.
Collado Martel, como muchos escritores de las primeras décadas del siglo XIX, fue un destacado periodista que alternaba la publicación en los medios de obras creativas con el ensayo crítico: la publicación de poesía y cuentos. Además de ser un polemista sobre los problemas sociales y políticos de la isla irredenta. Como periodista colaboró con distintas publicaciones, en los periódicos: La DemocraciaPuerto Rico IlustradoGráfico de Puerto RicoEl Mundo, y las revistas: Alma LatinaLa Revista Escolar de Puerto Rico e Índice, entre otras.
De Índice fue uno de los cuatro directores. Esta revista, junto a la Revista de las Anillas, fundada por Luis Llorens Torres en 1913, fue una de las publicaciones en la cual la ciudad letrada boricua dio a conocer sus trabajos en Hispanoamérica y recogía distintas voces de la juventud estudiosa, por ejemplo, la de Cuba, como Juan Marinello, y realizó una encuesta sobre las preguntas capitales de la puertorriqueñidad. En ella colaboraron  Gabriela Mistral, Concha Meléndez, Margot Arce, Manuel Ugarte, Samuel Gili Gaya, y se publicaron poemas de Luis Palés Matos, Graciany Miranda Archilla, Juan Antonio Corretjer, Hugo Margenat y Clemente Soto Vélez, jóvenes de la nueva hornada que buscaban renovar la literatura puertorriqueña unido a los manifiestos de vanguardia que se dieron en Europa; Índice publicó 28 volúmenes entre abril de 1929 y julio de 1931.
Alfredo. Cuentos absurdosLa presencia en la dirección de Índice de Antonio S. Pedreira da un inusual aliento a la reevaluación de la cultura y literatura de Puerto Rico en un momento capital de su historia. Samuel R. Quiñones y Vicente Géigel Polanco le conferían un carácter definitivamente intelectual, y de primer orden. Tanto Pedreira  (Insularismo,1934) Géigel Polanco (El despertar de un pueblo,1942) tenían como preocupación central hacer un  balance de la presencia norteamericana en Puerto Rico e incluían la literatura como una forma de la evolución del espíritu, la cultura de los puertorriqueños. Tenían, además, la preocupación sobre el tema del español que se veía amenazado por el uso del inglés como lengua vehicular en las escuelas de la isla. Pedreira, Quiñones y Géigel escribieron brillantes páginas críticas. Al igual que Collado Martel, Pedreira muere muy joven sin dejar de escribir la síntesis más polémica sobre la puertorriqueñidad y ser, en ausencia, un maestro de las generaciones subsiguientes. Ningún ensayista llegó más lejos que Pedreira en el Puerto Rico del siglo XX. Su libro Insularismo ha sido apreciado como si fuera el libro rojo del desarrollismo muñocista y desmontado como parte de la nueva arqueología literaria que se instauró en los años setenta. Amado y criticado, Pedreira hizo con el cincel de sus palabras y la síntesis de sus ideas una atalaya para ver al Puerto Rico en su pasado y su presente.
Vicente Géigel Polanco llegó más lejos al unir teoría y práctica y tuvo una propuesta política distinta, la que ha sido valorada en los últimos años. Collado Martell no fue menos que los anteriores, eso es lo que podemos colegir de lo poco que se ha escrito sobre él en las últimas décadas. Se destaca como poeta modernista, de un modernismo tardío, pero sus poemas no han sido recogidos en libros y los conocemos de forma fragmentaria. Su obra en prosa muestra sus tendencias ideológicas: un pequeño burgués intelectual, que renovaba el pensamiento latinoamericano de su época; escribe sobre las ideas de José Enrique Rodó en Ariel (1900) yMotivos de Proteo, (1909), la filosofía de Eugenio María de Hostos y el ejemplo de José Ingenieros en Argentina, uno de los pensadores que más había influido en la generaciones de América junto a Manuel Ugarte. Estos pensadores, que son parte del centro de interés de Collado Martell, lo aproximan a los escritores que leía la juventud dominicana de la época: como Rodó y Hostos, por Max y Pedro Henríquez Ureña e Ingenieros en Francisco Prats-Ramírez y el proyecto de La Renovación.
No era, pienso de manera provisional, Collado Martell un socialista aunque le llamaba la atención el tema social, como un rodosiano veía el problema social muy cercano a un espiritualismo, posiblemente mítico, pero era, como los compañeros de su revista, un anticolonialista, pues también sabemos que perteneció a una asociación nacionalista puertorriqueña. Habría que leer sus artículos polémicos que aún permanecen en la prensa de la época para hacer un cuadro de su trabajo como prosista y pensador. Lo poco que hemos leído y los testimonios de sus compañeros muestran su esmerada formación, autodidacta, la profundidad de sus planteamientos y su interés por buscar una respuesta a las preguntas universales.
Alfredo Collado MartellSabemos un poco más de su trabajo como cuentista. Un años después de su muerte en 1931, la Librería Campos de San Juan, publicó en Madrid, precedido de un prólogo de Samuel R. Quiñones, el libro Cuentos absurdos (1931) que reúne 37 relatos. El profesor William Rosa, agregó tres cuentos más a la segunda edición de la obra realizada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña en 1999.
La crítica que se ocupó de sus textos lo sindica como un autor modernista tanto en prosa como en versos. Y si esto se puede decir de su poesía, en lo que hay que anotar una reticencia a los movimientos de vanguardia y una adscripción lejana a la poética de Darío que tuvo partidarios en el Caribe, a mi manera de ver, hasta la década de 1940, con la muerte de Fabio Fiallo en Santo Domingo y Luis Llorens Torres en Puerto Rico.
Pero una lectura más atenta de sus cuentos nos daría una variedad de registros entre la crónica, el cuento decadentista de los años veinte, que buscaba expresar los valores de una sociedad de incipiente consumo, en las islas caribeñas que funcionan como enclaves azucareros. La posición del artista, el pensamiento social y la profundización en las ideas universales aparecen de forma inusitada en sus relatos. Collado Martell se destaca también con textos más cercanos al costumbrismo, con cuentos de temas infantiles y se notan en sus lecturas las huellas de Hans Christian Andersen, Rubén Darío y Edgar Allan Poe. (Continuará)
MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN (Higüey, RD). Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR Cayey, es autor de Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana (2004), Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la generación del setenta (2009), Las palabras sublevadas (2011) y Los letrados y la nación dominicana (2013), entre otros.

PASIÓN DE PASOLINI, Rodolfo Alonso (MediaIsla)

Pasión de Pasolini

imagesRODOLFO ALONSO [mediaisla] Asesinado en 1975, lo que mantiene vivas, todavía hoy, como decíamos, a las cenizas de Pier Paolo Pasolini, es lo mismo que lo volvió ineludiblemente poeta: la conciencia visceral, empática, de que la lengua es un organismo vivo, en combustión, activo, que gasta y que consume

Fue asesinado el 2 de noviembre de 1975. Ya han pasado cuatro décadas y, sin embargo, su memoria continúa tibia, encendida. Si tuviéramos que preguntarnos por lo que mantiene aún hechas brasa a sus cenizas, no tendríamos sino que acudir a una de sus propias palabras recurrentes, la que utilizó inclusive en alguno de sus títulos: pasión. Y aunque causáramos todavía la extrañeza de algún que otro extraviado en la tramoya de los géneros, ésos mismos a quienes, de vivir él, hoy, no ahorraría ninguno de aquellos urticantes epigramas suyos con nombre y apellido, esa pasión encontró su fuego y su fondo y su forma en la poesía.
Es verdad que el ensayo, la novela, el cine, la polémica, la crítica, el panfleto, la ironía y la injuria fueron algunas de las muchas apariencias que adoptó su insobornable pasión poética, pero ¿cuál de esos textos-imágenes o imágenes-textos puede alcanzar por ejemplo la densidad cabal, la grave hondura, la dolorosa belleza de sus indelebles versos “A las campanas de Orvieto”?
No se negó a experiencia alguna, ni se negó a ningún combate. Heredero poco complaciente de una gran literatura y de una envidiable conciencia civil, devolvió al mejor neorrealismo su contacto con las nuevas asperezas en Accatone o Mamma Roma, despabiló a no pocos clericales con su Ruiseñor de la Iglesia Católica pero también reintegró un profundo sentido místico y humano al mejor cristianismo con El Evangelio según San Mateo, supo recuperar la saludable rugosidad primitiva de los clásicos griegos en su sabroso Edipo Rey, teorizó siempre entre Pasión e ideología, fue capaz de inquietar a un comunismo ya tan poco dogmático como el italiano dialogando fecunda y libremente con Las cenizas de Gramsci. No dejó insulto, ofensa o diatriba sin devolver. Y se sentía fieramente orgulloso de que su propio rostro, de agudos planos cortados a pico con sólida prestancia francamente popular, le diera un parecido con Sekú Turé, entonces Presidente de Guinea.
Pasolini2Vio la luz en Boloña, pero sus raíces estaban en el viento. En el viento de Italia, que es África en el sur y Europa en el norte. En el viento del cambio y del nomadismo con que obligaron a su infancia los oficios de su padre. Nació en 1922, el año de Trilcey del modernismo brasileño. El año del Ulises y deTierra Baldía, el año de la muerte de Proust. Pero también el año que siguió a la represión del Ejército Rojo contra los obreros revolucionarios de Kronstadt, o el año mismo de la Marcha sobre Roma, aquella caminata ostentosa que dio pie a los veinte años siniestros del fascismo. Su estrella aparecía entonces indisolublemente ligada con la historia, vivida ya no desde las bases sino desde el subsuelo, el humus mismo y a la vez fecundo pero también contradictorio de una inestable y tornadiza frontera entre lo proletario y lumpen, que conocería de primera agua al tener que volver a “adaptarse”, en 1949, a las violentas barriadas plebeyas de Roma, donde vuelve a envolverlo un dialecto, esta vez urbano y de avería. Porque en su sangre venían bullendo los jugos agridulces, macerados, fermentados, de la lengua friulana, heredada de su madre, nacida en aquella Casarsa donde él también tuvo que refugiarse, en 1943, durante la guerra.
Y ya desde entonces, desde 1940, antes aún de los primeros pasos en una Universidad, el joven Pasolini no sólo escribe en friulano, sino que ésta es directamente la lengua de sus primeros libros, y suya es la intentona de una Academiuta da Lenga Furlana. Si alguno llega a preguntarse de qué se habla cuando alguien hace referencia a la lengua materna, he aquí una respuesta. Y por eso la vida y la obra de Pier Paolo Pasolini están indisolublemente ligadas con la poesía. Mejor dicho, con esa encarnación de una lengua viva que es la poesía lograda.
Pier_Paolo_PasoliniPorque, a la vez, qué es lo que llaman un dialecto sino la irrupción visceral, orgánica, no controlada ni regimentada, no socializada administrativamente aún, de una comunidad sumergida junto con su lengua. Lo que ello arrastra, hecho luego teoría, aunque en verso, claro, sigue y seguirá siendo para Pasolini una verdad primaria, elemental, en el mejor sentido, tan bellamente bárbara como sanamente fecunda: “Todos juran ser puros: / puros en la lengua… naturalmente: / señal de que está sucia el alma”. Y también, magníficamente: “¡La Lengua es oscura / no límpida —y la Razón es límpida, / no oscura!”. Y más aún: “Son infinitos los dialectos, las jergas, / el pronunciar, porque es infinita / la forma de la vida: / no hay que hacerlos callar, hay que poseerlos…”.           
Asesinado en 1975, lo que mantiene vivas, todavía hoy, como decíamos, a las cenizas de Pier Paolo Pasolini, es lo mismo que lo volvió ineludiblemente poeta: la conciencia visceral, empática, de que la lengua es un organismo vivo, en combustión, activo, que gasta y que consume, que vive y muere, hecho a la vez de sublimaciones y detritus, pura y feroz materia nunca inerte, como la vida misma, gran mar nutricio y a la vez devorador, matriz y forma inevitable de lo humano, lengua viva en los hombres, de los hombres, por los hombres.
EL CIELO TRANSPARENTA…
El cielo transparenta un leve signo
sobre mí… Sólo es cándida sombra,
una nube. (Reconozco esa sombra,
la no dicha palabra… la herida…
Ah, mi conciencia sola como el cielo.)
El henil y las losas me devuelven
el claro azul de la luna en los ojos.
¿Quién me pone de frente con mi vida?
y ya un aire celeste de lo alto
ha alejado las nubes: ni una sombra
en el cielo desnudo.
PIER PAOLO PASOLINI(Traducción de Rodolfo Alonso)
___________________
RODOLFO ALONSO. Poeta, traductor y ensayista argentino. Voz reconocida de la poesía iberoamericana. Publicó más de 30 libros. Primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina, y primero con sus heterónimos en castellano. Junto a Klaus Dieter Vervuert, primeros en traducir Paul Celan. Tradujo Ungaretti, Marguerite Duras, Pavese, Éluard, Drummond de Andrade, Montale, Prévert, Apollinaire, Murilo Mendes, Pasolini, Rosalía de Castro, Artaud, Bandeira, Baudelaire, Valéry, Mallarmé, Olavo Bilac, Lêdo Ivo, Breton, Schehadé.

EL CIELO CUNA, Ernesto Cardenal


Ernesto Cardenal
Una muchacha cuna de quince años, con una bonita argolla de oro en la nariz me ha hecho el siguiente relato del cielo:
“Cuando uno se muere se va en una canoa por un río largo. Uno está entonces muy débil, como borracho, y no puede remar. Va así, muy débil en el centro de la canoa, y van cinco personas adelante y cinco atrás, que son las que reman. (Le pregunté si estas personas se veían, y me respondió con mucho énfasis: ¡No se ven!). El río tiene diez vueltas. Cuando el río está muy estrecho y tiene poca agua, se bajan de la canoa y empiezan a caminar hasta llegar al cielo.
“En el cielo todo es de oro. Se usan vestidos muy lindos, de sedas, con muchos colores. No más vestidos como éstos (y señalaba su vestido). Hay caballos muy grandes, y muchos perfumes, y casas muy lindas. Todas las casas tienen sus números. Allí en el cielo están todos los días aprendiendo, y aprendiendo mucho. Se aprenden muchas cosas, se aprende a leer.
“¿Peleas?, eso se arregla. No más peleas en el cielo.
“Cuando uno llega donde Dios, Dios está de espaldas. Uno le pregunta si lo quiere coger, Dios sólo vuelve la cabeza un poco. Se le repite la pregunta y se vuelve un poco más. A la tercera vez está completamente de frente. A los que han sido malos, a los que tienen rabias, Dios les sopla y los bota otra vez al río por donde habían venido. A los buenos les dice: ΄Este es un chiquito mío΄, y los coge en sus brazos. Porque cuando uno llega allá se vuelve como un chiquillo.
“En el cielo uno se hace ΄de oro mismo΄. Cuando una muchacha murió sin casarse, allí consigue marido: ΄muchachos muy bonitos΄. Cada persona que se muere encuentra su casa con su número. Antes de que se muera, su casa no tiene número. Cuando se muere se abre su casa y tiene número. Cada persona tiene su tienda. Los amigos tienen sus tiendas juntas. Los maridos y las mujeres ya no duermen juntos, sino que tienen sus tiendas, una al lado de la otra, y también las tiendas de sus parientes y de los amigos.
“En el cielo nunca se trabaja. Ya jamás se trabaja para cocinar. Todos tienen buenos vestidos y buenos zapatos.”