lunes, 17 de septiembre de 2012

El blog de Magnus Ingaldsen: Reseñas, reseñas, reseñas...

El blog de Magnus Ingaldsen: Reseñas, reseñas, reseñas...: Cuando ya han pasado casi dos meses desde el lanzamiento en Amazon de mi novela "No todos moriréis", he pensado hacer un balance de lo q...

domingo, 16 de septiembre de 2012

EL ESPEJO, de Luis Revert


SÁBADO, 15 DE SEPTIEMBRE DE 2012

El espejo.

 Lo que vio reflejado en el espejo fue el rostro de un hombre tremendamente viejo. No podía ser él, sin embargo, pudo reconocer sus facciones tras el impacto inicial producido por ver un anciano ocupando el lugar donde su rostro debía mostrarse. Era como si la noche hubiese durado cincuenta años y al despertar su edad presumiblemente pasase con creces de los ochenta. No experimentó ninguna reacción instantánea; quedó literalmente pasmado concentrado en la visualización de los detalles. Abrió la boca y observó su dentadura, ayudándose con los dedos estiró sus labios arriba y abajo comprobando que le faltaban varias piezas, varias muelas, tanto en el maxilar superior como inferior, los incisivos y caninos los conservaba, aunque algo amarillentos y bastante romos. Hizo presión con la lengua sobre ellos confirmando un ligero movimiento en los incisivos inferiores. Sus dedos manipulando su boca le semejaron unos sarmientos leñosos y sus manos huesudas, manchadas y de dedos corvos a los que costaba un gran esfuerzo estirar, le insinuaron más parecido a garra que a mano. Su pelo era totalmente blanco, despeinado por cincuenta años de sueño inexplicable, pero no había crecido ni tampoco sucumbido víctima de la alopecia; mantenía un corte no demasiado escrupuloso. Pensaba que en sus cincuenta años de sueño había acudido al peluquero con la regularidad acostumbrada de un par de veces al año; por el aspecto que presentaba debió cortarlo algunos meses atrás. Estaba afeitado, seguramente los pelos plateados que asomaban como agujas en su rostro debían de tener un par de días de antigüedad; tampoco era persona que se afeitara diariamente. Seguía manteniendo un aspecto delgado, pero aún así, sus mejillas colgaban flácidas y la piel de su cuello se derramaba por falta de tersura. Suspiró profundamente y se resistió a pensar; pensar significaba aceptar como premisa la imagen que mostraba el espejo y eso, sencillamente, era inaceptable. Escrutó sus ojos y se detuvo con tristeza sobre las bolsas que se descolgaban bajo sus párpados inferiores los cuales tampoco abrazaban -la gravedad era más fuerte que ellos- al globo ocular perfectamente, una ligera caída mostraba su tejido interior. Toda esta imagen  le explico las sensaciones que había experimentado en el momento de levantarse; se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño aún medio dormido y sintió que su cuerpo pesaba más de lo acostumbrado y que sus movimientos iban acompañados de una torpeza inusual y desconocida, acompañados de algo que, sin ser dolor, ponía de manifiesto sus articulaciones de un modo molesto. Sentía rigidez en los movimientos que requerían demasiada energía para ser realizados; energía que no encontraba con facilidad. Ahora comprendía esas extrañas sensaciones corporales y quitarse el pijama -que le venía muy holgado- y observar la totalidad de su cuerpo desnudo era algo que le producía terror. Un recorrido por la casa le mostró que ésta se encontraba tal y como la había dejado la noche anterior, cuando era como mínimo cincuenta años más joven. Se asomó a la ventana y tampoco nada había cambiado en el barrio. Sólo pudo recostarse en un sillón y quedar con la mirada perdida disolviendo su pensamiento contra la pared de enfrente; delante de esta pared sobre una mesa al efecto había un televisor apagado, su rostro se reflejaba en la pantalla oscura como un espectro. La mirada perdida contra la pared y el doctor haciéndole preguntas que no quería responder. Un síndrome depresivo distímico con intentos suicidas le había llevado allí. Antes de ser ingresado, había sido dado de baja en su trabajo al que no acudía. Largas sesiones de terapia, cócteles de fármacos y eternas conversaciones colectivas por las que no sentía ningún interés, como si viviese únicamente para la pura anhedonia. Los  terapeutas lo trataban con la condescendencia que les producía su desgracia derivada de otra desgracia de la que era absolutamente inocente y que le apeaba de la senda de la vida; como si su neurosis psicosocial les pareciese congruente y difícil de superar, alimentando una solidaridad que suponía un incentivo en cuanto a su trabajo con él. Lo fortuito, las conjuras del azar cuando se pone en contra y así suele ser la mayoría de las veces; no en vano la estadística dice que hay muchas más probabilidades de morir en un accidente que de enriquecerse al conseguir un premio sustancial en cualquier sorteo de lotería.

 Ha bajado al bar de la esquina a desayunar. En el armario ha podido encontrar algunas piezas de ropa que pueden resultar acordes a su nueva condición de anciano, unos pantalones oscuros y una sencilla camisa de tela con finas rayas verticales de color gris.

  En este lugar tomaba su desayuno numerosas mañanas. Se acomodó en una banqueta frente a la barra y pidió un cafe con leche y un croisant. El camarero quedó perplejo durante unos instantes con la mirada clavada en el rostro que tenía enfrente; le recordaba a alguien, pero no acertaba a saber quien era. El anciano agarró un periódico de la barra continuando con su ritual matutino.  Captó la perplejidad del camarero que tan bien conocía, pero prefirió fingir que era un cliente primerizo, es decir, comportarse como tal antes que identificarse y contar su historia a todas luces increíble. Constató que las letras del periódico eran un magma borroso e ininteligible; tuvo que contentarse con leer los titulares y disimuló, hizo como si estuviese leyendo el grueso de las noticias intentando no arrugar el rostro al intentar un  enfoque inalcanzable. Cuanta vida se le había escapado en un suspiro; recordaba estas palabras que tanto habían sonado en su cabeza pocos días antes de recibir su alta médica, pronunciadas por una voz que sólo él podía escuchar. El camarero seguía dirigiéndole miradas furtivas de tanto en tanto, sufría la misma intriga por saber de que conocía a ese anciano que desayunaba en su local como las que producen las palabras cuando se quedan en la punta de la lengua y se resisten a salir de ahí. Un nuevo cliente entró en el establecimiento. Era una mujer esbelta, se situó a un par de metros del anciano en la barra a su derecha. Sus rostros se encontraron y sostuvieron sus miradas. Estaba acostumbrado a recibir respuestas gestuales que transmitían o bien coquetería, pavoneamiento, simple agrado por sentirse admirada o alguna objeción que normalmente se expresaba con dulzura si no lo impedía el mal humor; había sido un hombre atractivo. En esta ocasión percibió un rechazo mezcla de asco y reparo ante un descaro que oscilaba entre lo obsceno y lo ridículo. Y así justamente se sintió; obsceno, ridículo y triste. No era consciente de su nueva condición que físicamente se plasmaba de un modo rotundo pero cuyos aspectos sicológicos todavía no había encajado. Retiró la mirada de un modo abrupto y sonrojado y se escondió en el periódico. Las letras borrosas le hablaban esta vez de todo aquello que antes podía hacer y ahora ya no estaba a su alcance o podía resultar humillante. Reflexionaba en torno al modo en que su vida se había esfumado repentinamente y del profundo malestar que produce advertir que la vida, aunque todavía pudiese disfrutar de un café con leche y un croisant, se ha escapado y que quizá no aprovechó lo suficiente -aunque éste no era su caso, no podía evitar el placer de la extrapolación- el jugo que ésta pudiera darle, sin capacidad de volver atrás y sin que todos los obstáculos, ya fuese por la observación de algún dogma o por haber contraído obligaciones de dudosa obligatoriedad, en los que su vida hubiese tropezado, no iban a devolverle el tiempo ya transcurrido; se aproximaba al último suspiro en un camino sin retorno. Pagó su consumición y salió de nuevo a la calle. El simple gesto que la muchacha del bar había dibujado en su rostro le había mostrado una nueva realidad. Su vida quedaba circunscrita al mundo de los recuerdos, a hacer de la evocación el modo de disfrutar de aquello que la vida ya no le ofrecía, a asumir que era persona poco importante o poco a tener en cuenta -sin que se tratase de un juicio deliberado por parte de los demás- por el entorno. Se cruzó con alguien que corría hacía la parada del autobús y deseó poder correr como él -ahora que su locomoción se restringía a un pesado, torpe y molesto arrastrar los pies- en consecuencia, recordó sus partidos de fútbol cada sábado; si se encontraba con una mujer bonita su mente se llenaba de rostros y cuerpos conocidos cuyo recuerdo hubiese encendido acaso una similitud fisonómica o un simple parecido en el movimiento y con los que acaso alguna vez se hubiese fundido; podía sentir, de algún modo, el placer redivivo que pudiese llenar, aunque sólo fuese una pequeña parte, el pozo de su deseo. Hacer del pequeño trance que constituye el estado de duermevela, la experiencia máxima en la que los recuerdos se tornan vívidos y las escenas recordadas se viven con una intensidad cercana a la experiencia que los dejó grabados en la caverna de la memoria histórica que ahora, por una cuestión de pura necesidad, adquiere una claridad y cantidad de registros inusitada con la que poder llenar la soledad mediante rostros con nombre y nombres sin rostros, muchos de ellos quizá ya cadáveres, que ofrecen la compañía que, de algún modo, no cesaron jamás de compartir, porque se alojaron en lugares muy profundos de la existencia. Continuó andando con la idea de que le gustaría ser un reptil y que su peso descansase sobre la totalidad de su cuerpo antes que sobre sus piernas que con el escaso trayecto, cincuenta metros de ida, cincuenta de vuelta, comenzaban a resentirse. Anotó en su lista mental de objetos necesarios, junto a las gafas para ver de cerca, un bastón en el que apoyar parte de su peso cuando caminase. Una leve protuberancia en el enlosado de la acera hizo que sus pies reptantes trastabillasen y cayó al suelo. Tuvo una sensación como si todas sus articulaciones se hubiesen desmontado. Tal vez su cadera se hubiese roto. Unos jóvenes que caminaban por la acera de enfrente acudieron y le ayudaron a levantarse del suelo y se interesaron por su estado. Se apoyó en ellos un instante hasta que su dolor fue remitiendo y pudo comprobar que por el momento el terrible accidente no había revestido demasiada gravedad. Tomó conciencia de su extrema fragilidad. Anduvo lentamente los últimos metros que le separaban de su piso. Una vez allí, se instaló de nuevo recostado en su sillón, relajó su mente y supo que su elección estaba decidida.

 Durante la última sesión de terapia adoptó una nueva actitud. Su mirada antes perdida se mostró vital  y atenta a las palabras del terapeuta, con quien mantuvo de hecho, una conversación sustituyendo al monólogo -como había ocurrido diariamente durante los quince días desde que fue ingresado- al que sólo asentía o negaba, las más de las veces de un modo aleatorio, con la  mirada desvaída y la atención ausente, concentrada en la voz que escuchaba interiormente que acababa de prometerle un juego sin desvelar su contenido; la experiencia definitiva que le llevaría a decidir mantenerse en este mundo o no. Sostuvo la conversación con el doctor de un modo premeditado cargado de vitalidad desbordante. Ante todo debía convencerle de que su idea fija, que no llegaba a realizar por un acceso de cobardía en el último instante, ya no ocupaba su pensamiento. Se deshizo en felicitaciones a todo el equipo de la residencia por haber conseguido tan buenos resultados en tan poco tiempo mientras en su diálogo interno seguía sin obtener respuesta a su intriga. Tras dos días en observación fue dado de alta con el requerimiento de presentarse en la clínica una vez por semana para efectuar un seguimiento y de que acudiese a ésta si notaba el menor indicio de recaída. Llego a su casa por la tarde agotado por todas las experiencias vividas desde que ocurriese el fatal accidente que le dejo en medio de la soledad, sumido en -así lo creía- alucinaciones auditivas y abocado al suicidio. Se metió en la cama y durmió. Despertó a la mañana siguiente y todavía medio dormido y con los músculos entumecidos que sentía más pesados y torpes que nunca, fue al cuarto de baño dispuesto a adecentarse. Lo que vio reflejado en el espejo fue el rostro de un hombre tremendamente viejo. No podía ser él, sin embargo, pudo reconocer sus facciones tras el impacto inicial producido por ver un anciano ocupando el lugar donde su rostro debía mostrarse...

De calumnias...PACO IGNACIO TAIBO II


De calumnias, lecturas en libertad y otras historias
Paco Ignacio Taibo II
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Ojalá en nuestra vida pública y en nuestro periodismo hubiera tanta transparencia como la que generan las actividades de la brigada Para Leer en Libertad, sostiene Paco Ignacio Taibo II. Imagen de archivoFoto María Meléndrez Parada
E
l día 3 de septiembre se publicó en el diario 24 horasuna nota titulada: Hacen propaganda para AMLO con recursos públicos y en la portada del diario había un llamado a la información en la página 4 titulado: Dineros públicos para Taibo II. El GDF financió proyectos de intelectuales de López Obrador. La nota estaba firmada por Georgina Morett. Extrañamente otra nota con información muy similar fue publicada en el diario Milenio el mismo día.
La curiosidad, siguiendo la máxima de Manolo Vázquez Montalbán (cuando leas algo pregunta quién lo escribe) me hizo buscar otros artículos de la Morett y encontré los siguientes títulos que parecen retratar su lugar en el oficio con precisión: AMLO, el izquierdista burguésPeña Nieto acepta besos y apretones de sus seguidoresApoyo a Peña, no al PRI (una entrevista con Rosario Robles), Cuento chino decir que soy candidato de Televisa: EPN oEmprende Peña Nieto una campaña diferente.
En la nota se decía: Con recursos públicos y contratos con organismos como la Asamblea Legislativa del DF y el Instituto de Transparencia local, la asociación Para Leer en Libertad hace propaganda política en favor del candidato de izquierda a la presidencia Andrés Manuel López Obrador.
Ese mismo día (y si usted cree en la casualidad es que no es mexicano) aparecía una nota en Milenio diario, titulada: Para Leer en Libertad operaba para AMLO con fondos del GDF. La fundadora fue funcionaria en la gestión de Andrés Manuel. El grueso de sus labores se concentra en el seguimiento de las actividades de Morena.
La autora es Miriam Castillo, de la que encontré en la red algunos artículos titulados: Es tiempo de dar un nuevo salto a la transparencia: EPN, “En acto del Peje otra vez roban a reporteros” y que se define en su Twiter como reportera de Milenio despistada, caótica y desorganizada.
En ambas notas el centro de la información es que en 2011 la brigada Para Leer en Libertad había recibido financiamientos de instituciones públicas del DF (la Asamblea Legislativa, la Secretaría de Desarrollo Social, la delegación Azcapotzalco, etcétera) y que con esos fondos había publicado folletos y libros en apoyo a la campaña de Andrés Manuel López Obrador.
Aclaremos: En el caso de la Secretaría de Desarrollo Social respondimos a una convocatoria como decenas de otras asociaciones civiles y organizaciones no gubernamentales, y dentro del marco de promoción de la lectura y celebración del bicentenario. Recibimos un apoyo de 150 mil pesos.
En contrapartida la brigada organizó 39 conferencias sobre la Independencia y la Revolución en barrios marginales de la ciudad de México, se organizaron 14 lecturas en comedores populares del DF de cuentos y poemas de autores nacionales y extranjeros y se entregaron 24 bibliotecas en barrios, ofreciendo posteriormente cursos de capacitación para los encargados. A pesar de que nos habíamos comprometido a dar 12 lecturas, conferencias y a entregar 4 bibliotecas, sobrecumplimos el programa ampliamente.
Con esa misma institución editamos una biografía sobre el cura Hidalgo, con un tiraje de 7 mil ejemplares por lo que recibimos un apoyo para la impresión de 40 mil pesos (menos de 6 pesos por ejemplar).
Todo esto fue posible gracias a millares de horas de trabajo voluntario de miembros de la brigada; a la inmensa colaboración de casi un centenar de escritores e historiadores y a las donaciones de libros que recibimos en los tianguis.
Es más, colaboramos de manera gratuita para la distribución de libros infantiles el Día de Reyes en una zona de campamentos de damnificados por una inundación.
Ni un solo libro sobre Morena o sobre la campaña de Andrés Manuel fue publicado con ese financiamiento. Pero, además de calumnia, la afirmación es risible. Después de haber hecho todo lo que mencionamos, ¿qué dinero podría sobrar para financiar la campaña?
En otra nota se menciona que nuestra coordinadora, Paloma Saiz, fue funcionaria en la administración de Andrés Manuel. Es público y sabido que fue directora de la Feria del Libro de la ciudad y coordinó los programas de promoción de la lectura en la Secretaría de Cultura del DF, como Para Leer de Boleto en el Metro, Sana, sana leyendo una plana, Letras de luz, Letras en rebeldía y otros, con un notable éxito y que en ese proyecto participaron algunos de los que hoy son miembros de la brigada. Tratar de unir las dos historias parecería sugerir que apoyamos a Morena en pago de viejas deudas laborales. Eso es una calumnia.
Se afirma también que recibimos de la Asamblea Legislativa 250 mil pesos por la edición de tres libros. Es cierto, propusimos a la Comisión de Cultura de la ALDF la edición de las biografías de Juan Escudero, Rubén Jaramillo y Librado Rivera, con un tiraje de 10 mil ejemplares cada uno. Estos libros fueron distribuidos gratuitamente, dentro de nuestro proyecto de promoción de la lectura, en tianguis de libros y en conferencias de los autores a lo largo de todo el Distrito Federal. Como se puede ver, nada tiene que ver con Morena ni la campaña de AMLO.
Respecto a que el financiamiento de la Feria Internacional del Libro de Azcapotzalco, que la brigada ayudó a organizar, se hizo con fondos federales, no debería ser motivo de sorpresa. La feria de Azcapotzalco, así como otro medio centenar de ferias del libro regionales reciben apoyos de la federación. Y nosotros no tuvimos ningún tipo de trato con esas autoridades. Asumimos por encargo de la delegación el trabajo organizativo y realizamos una feria digna, en la que participaron un centenar de escritores mexicanos y extranjeros, se dieron varios conciertos importantes, se regalaron libros y acudieron más de un centenar de librerías y editoriales. La feria, realizada en marzo y abril de 2011, no tuvo nada que ver con la campaña de López Obrador.
En resumen, jamás hemos utilizado fondos del gobierno del DF para la campaña de Andrés. Los apoyos que hemos recibido han sido absolutamente comprobados como operaciones de fomento a la lectura y siempre hicimos más de lo que nos habíamos comprometido. Son testigos de esto las decenas de millares de personas que asistieron a tianguis, conferencias, debates, lecturas; que recibieron bibliotecas de barrio, que se llevaron poemas de nuestros tendederos, que recibieron libros gratuitos, que participaron en canjes y en rifas. Son testigos cientos de escritores, historiadores, periodistas e investigadores sociales que colaboraron dando charlas gratuitamente. Son testigos los cientos de voluntarios que han apoyado este proyecto.
Tendría que añadir que del centenar de conferencias que di en estos meses no cobré ninguna, y que cedí gratuitamente los derechos de autor de todos mis libros que se publicaron.
Es absolutamente cierto que la brigada Para Leer en Libertad ha estado profundamente ligada a la campaña de Andrés Manuel en meses recientes (y lamentamos no haberlo estado aún más) y que editamos libros, folletos, promovimos conferencias y debates en el contexto de esta campaña, que colaboramos en la realización del folletoFraude 2012. Todo esto sumó horas de trabajo voluntario, decenas de miles de ellas y apoyos para la impresión del material que vinieron de diputados locales (de su bolsillo personal), PRD del DF, candidatos del frente progresista y organizaciones de Morena.
Por tanto, la afirmación que encabeza la nota de que operábamos para AMLO con fondos del gobierno del DFes una calumnia vil y vulgar difamación. Y además de patético es risible: Después de haber realizado todas estas ediciones, montado todas estas bibliotecas populares, dar cursos de capacitación, organizar todas esas lecturas en voz alta y conferencias, ¿cuántos pesos sobraron de los 439 mil pesos (que no del millón 110 mil pesos que se nos atribuyen) que recibimos en 2011 para financiar a Andrés Manuel?
Ojalá en nuestra vida pública y en nuestro periodismo hubiera tanta transparencia como la que generan las actividades de la brigada Para Leer en Libertad.
La extraña coincidencia de que ambas notas aparezcan publicadas el mismo día en dos diarios de esta ciudad nos haría pensar en la mala fe de dos reporteras, de los que se las encargaron y de los responsables de titularlas. Pero en este país y en estos tiempos uno desconfía de las coincidencias.
Respondí a nombre de la brigada a ambos artículos. La carta que envíe a 24 horas fue publicada con una respuesta de la redacción que decía: sólo reportamos hechos basados en documentos oficiales que pueden ser consultados por cualquier persona y reconocía que ambas informaciones estaban desvinculadas. Lo cual distaba mucho de aquel titulo original: Hacen propaganda para AMLO con recursos públicos.
En Milenio resumieron la respuesta y la enviaron a las cartas del lector a pesar de que en la posdata de mi nota exigía que: en beneficio de la libertad de expresión y el derecho de réplicapedíamos que la respuesta se publicara en la misma página y el mismo espacio.
Estas son las reglas del juego: Se calumnia a cinco columnas, con titulares de 60 puntos y se publica la rectificación escondida en las cartas de la redacción.
Más allá de esta polémica personal y que involucra las actividades de la brigada Para Leer en Libertad se queda en la boca un amargo sabor cuando se piensa en el comportamiento de los medios en los pasados meses. No se trata de un choque de ideas entreopinadores profesionalesconservadores y el movimiento de izquierda, en la televisión, la radio y la prensa escrita; lamento tener que pensar que nos hallamos ante un fenómeno de corrupción masiva que afecta a muchos medios.

ÁNGELA DAVIS

HERNÁN LAVÍN CERDA, el lobo sapiens o el optimismo irredento, José Ángel Leyva


Hernán Lavín Cerda, el Lobo Sapiens o el optimismo irredento

Presentación de La Otra Gaceta 66
José Ángel Leyva
José Ángel LeyvaEl último domingo de agosto de este año, en el Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México, se le rindió un homenaje nacional al poeta nacido en Santiago de Chile, Hernán Lavín Cerda, profesor de muchas generaciones universitarias y autor prolífico en la poesía, el ensayo y la narrativa. Con manifestaciones de mucha emotividad se le reconoció como un lobo Sapiens chileno de aullido mexicano.
A diferencia de su compatriota Nicanor Parra, Hernán Lavín Cerda ha renunciado pública y líricamente por segunda ocasión al premio Nóbel de Literatura, aún a sabiendas de que no lo recibirá y de que los miembros del jurado de la Academia Sueca se hacen los suecos para no dárselo. Estremecedor discurso ha vertido también ante el honorable Congreso de la Unión, cualquiera que se dé por aludido, ante las palabras de este vate nacido en Santiago de Chile en 1939 y mexicano por mano propia, para exigir que lo quieran un poco y le otorguen un bono lo más caudaloso que sea posible, a cambio de ejercer sus capacidades de escribir y leerse. Sus palabras, cargadas de vaticinios sobre lo que no sucederá, confirman su vocación política de no mezclar la poesía con la demagogia. Alto discurso de la Cámara Baja, Hernán, a quien lo cortés no quita lo Lavín, deja un testimonio fiel y valiente de que no acepta lo que de antemano no le ofrecen. A mí me conmueven hasta la risa los citados versos solemnemente irreverentes y autofágicos. Eso demuestra, además, que la poesía no es necesariamente una queja de dolor o un canto de desesperanza, tampoco un rosario de lamentos y depresiones programáticas, también puede ser un camino del humor y el optimismo, aun cuando la realidad se empeñe en demostrarnos lo contrario.
Hernán Lavín Cerda
   Hernán Lavín encarna el humor y el juego de sentidos. Los significados no son lo que parecen sino lo que son en su aparente engaño. Hombre de Letras, se autodefine como Lobo Sapiens, depredador natural de los silencios y solitario animal poético que sólo se deja acompañar de su pareja, la Nora de sus 24 horas del día, como la Zenaida de Juan Ramón o la Berta de León Felipe. Originario de Santiago de Chile y descendiente de migrantes españoles de Santander, víctima de la persecución pinochetista que lo empujo a tierras mexicanas, donde ha sabido sembrar en la docencia las inquietudes intelectuales y literarias en cientos de estudiantes universitarios, entre ellos yo, que asistí a sus cursos sobre Vicente Huidrobro y Pablo Neruda, dos de las luminarias de ese país donde recayeron dos Premios Nóbel, uno en Neruda y otro en la maestra Gabriela Mistral, a quien el cabeza de incendio, Volodia Teitelboim (Teitelbaum, le gustaba pronunciar al viejo comunista y biógrafo) junto con Eduardo Anguita, le negaron la presencia en laAntología de poesía chilena nueva, 1935. Nunca se perdonó esa omisión de soberbia juvenil el Volodia militante que, también al final, reconoció a tiempo la genialidad de Borges en una generosa biografía.
   Es posible que se cometa también una injusticia con Hernán, más que por voluntad, por ignorancia o insuficiente difusión de su obra en Chile, su país de origen, y con certeza también su país de destino. México es la casa de este Hernán que no vino a conquistar, sino a buscar refugio y condiciones propicias para la única misión que tiene en este mundo: llenarlo de palabras. Aún tengo fresca la imagen del poeta profesor en una de las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras, con su barba quijotesca y su figura espigada permanecer con los ojos entrecerrados esperando a que el último alumno rezagado pasara a ocupar su sitio entre los atentos jóvenes que esperábamos la luz de su discurso. Hernán entreabría los ojos y descansaba su mirada en un supuesto horizonte más allá de nuestras cabezas expectantes. No eran en verdad clases regulares, sino monólogos ante un público de perplejos estudiantes. Era un poeta el que hablada de otros poetas admirados y en ese afán ordenaba sus ideas e imágenes, administraba silencios en los que podía verse el fuelle del poema. Es de los muy poco poetas que recuerdan el día, la hora y el lugar donde fue investido como insalvable caso para la productividad e irremediable ciudadano de las letras, por el mismísimo Pablo Neruda, una tarde de mayo de 1961. Es un caso a estudiar Hernán, porque es quizás desde la infancia un poeta, pues como él lo dice, todo poeta es la respiración de su niñez, la respiración del balbuceo; es un hombre al que le corren palabras por las venas, un organismo 75 por ciento verbal y sólo un 25 por ciento terrenal. Es decir, un animal poético, un lobo sapiens con más de cincuenta libros publicados de poemas, narrativa de ficción, ensayo.
Hernán Lavín Cerda
   Lo he visto ir y venir con sus escritos en las diversas publicaciones en las que he estado, como Mundoculturas y genteAlforja y ahora La Otra. Es un autor extraño porque no suele hablar mal de los otros, inventa en todo caso ser los otros, dice ser Hernán Lara Zavala, Pasternak, Pessoa, el Mano peluda, Álvaro de Campos, Zaratustra, Pedro Infante, Roberto Bolaño, Gonzalo Rojas, Woody Allen, y es un apologista de los feos y las feas, de los gordos, los enanos. Sólo le he escuchado hablar con placentera crueldad de la muerte de Marcelo Mastroiani, porque nunca le perdonó ni le perdonará ser el galán en los sueños de Nora, su esposa. Y Marcelo aún luce joven y bello en sus películas. La envidia no es, al parecer, una emoción que se alimente de su tiempo.
     Hernán es un polígrafo, la escritura es una herramienta transversal de la creación, pero es sobre todo poeta, un poeta irreverente con corbata, como corresponde a su compatriota Chico Molina, que solía exclamar ante sus mecenas: soy poeta, aristócrata y muy exigente. Pero cuando le tocaba alguien que le negaba la habitación y la comida por no tener suficiente plata, les decía, buen poeta sí, pero ni tan exigente ni tan aristócrata.
    Traigo a colación ahora las propias palabras de Lavín Cerda, en su ensayo ¿Para qué sirve la poesía?, como una prueba contundente de lo que afirmo:
“Y a todo esto, ¿qué es la poesía? Si no me lo preguntan, sospecho que lo sé; si me lo preguntan, sospecho que lo ignoro. Este juego fue una invención magnífica de Agustín de Hipona, nuestro San Agustín de la antigüedad, quien estaba pensando en Dios, por supuesto. Es difícil olvidarse de Dios o de los Dioses: Dios es un fenómeno plural como el verbo encarnado, y ese verbo encarnado se llama Poesía y suele ser la cara oculta de Dios o algo por el estilo. A veces pienso que la poesía es una aguja sismográfica en el corazón del ser humano. Qué inteligente soy, ¿verdad?, me digo a lo lejos. ¿Cómo es posible? Más que un peligro, la inteligencia de Narciso toca las orillas del pecado y de la culpa. No sé, pero de repente soy como un hijo de Ingmar Bergman, aunque no me hagan caso; más de Andrey Tarkovski o de Federico Fellini que de Bergman. Siento que la poesía es el regulador de voltaje del espíritu por antonomasia."
   Sin dejar de sonreír como un enano medieval, nuestro Iván (su hijo) dijo con un poco de euforia: "En mi salón de clase todos los niños tienen ombligo, y el señor profesor lo tiene muy grande. Es un ombligo ciego, según dicen, pero muy bien alimentado: un ombligo de campeonato mundial. En toda mi escuela no hay otro ombligo como el de nuestro gran profesor, don Julio Santillana".
Como ustedes pueden ver, la poesía también sirve para acercarnos, con humor, felicidad y misterio, a la región umbilical del Mundo.”
    Hernán Lavín Cerda es mexicano por decisión propia, nos pertenece y le pertenece a él esta cultura, como también le sucede con esa patria, Chile, que no eligió pero que es suya. Celebremos y reconozcamos a Hernán como poeta del canon mexicano, porque si no le dan dos veces el premio nobel sí que al menos le hagan dos merecidos homenajes en sus dos terruños.

Leyva
Canción de la súplica
Honorable Congreso de la Unión:
–Quiéranme, no me hagan sufrir, quiéranme.
¡Pido a gritos un bono de 300 mil pesos
o de 500 mil, o de un millón de pesos, ahora
o nunca, y antes que sea demasiado tarde!
Yo también sé leer y escribir, aprendí a escribir leyéndome.
Como les decía, yo sé leer y escribir
Al igual que las honorables señoras diputadas
Y los honorables señores diputados
(para concluir)
Lo ruego, lo exijo, lo merezco más que nadie en este mundo:
Ahora o nunca, yo lo suplico, y hasta las últimas consecuencias.

Cuentos, cuentos y cuentos: El espejo.

Cuentos, cuentos y cuentos: El espejo.:  Lo que vio reflejado en el espejo fue el rostro de un hombre tremendamente viejo. No podía ser él, sin embargo, pudo reconocer sus faccione...