miércoles, 30 de marzo de 2016

LA MUERTE DEL POETA, Benjamín Adolfo Araujo Mondragón


A GUILLERMO FERNÁNDEZ GARCÍA (1932-2012)
LA MUERTE DEL POETA
Fue sueño ayer, mañana será tierra.
¡Poco antes nada, y poco después humo!
¡Y destino, ambiciones, y presumo
apenas punto al cerco que me cierra!
(Del Poema: Fue sueño ayer...
Francisco de Quevedo)
Has muerto, amigo, del modo más cruel.
Has muerto, y tu cadáver clama justicia
pero las autoridades no encuentran
ni un resquicio en la ley que hable
de justicia poética…

Has muerto, pero vives, y vivirás por siempre,
…preñado en el recuerdo de los que te leímos;
la magia está en las veces que te reviviremos,
página a página, verso a verso, al leerte
resucitas, poeta, ¡resucitas!, ¡resucitas!...

Y en cada lector revives la paciencia;
sabes que eso no es ciencia
sólo calma franciscana;
la misma que te impulsó
a recitar ante tus amigos,
en el bautisterio del convento
del siglo XVI en Zinacantepec…

Ese mismo día, en que recitas con ganas
y un pájaro se paró en tu dedo
mientras tú de recitar no dejabas
y eso que estábamos en el misticismo
de irnos al Xinantécatl, que tú tanto
querías, y al que volvimos varias veces
para renovar nuestra infantil alegría
de poetas bucólicos (y, a veces,
un poco alcohólicos, es cierto…)…

Recuerdo tus “versitos”, como tú llamabas a tus poemas, adultos textos con toda la barba que minimizabas con humildad ajena a los reflectores. Recuerdo asimismo tus retobos de agente publicista con los ganaste el sustento y tus viajes setenteros a Italia. Recuerdo tu misoginia engañosa, llena de amistades femeninas, tantas casi como tus amigos varones. Recuerdo asimismo tus pastas al “dente” y tus tequilas –como los de Cortázar-…en fin, tanto recuerdo, amigo, tanto recuerdo; pero nos legas tus libros de poemas y tus traducciones y la promesa de albergar tu cuerpo en el Xinantécatl como para ser semilla de un mañana fraterno…
 
26 de abril de 2012.
(Día en que grabé, en Radio Mexiquense dos programas en tu honor, Guillermo, con la invitación del titular del programa, el poeta y amigo Pepe Falconi Oliva)

martes, 29 de marzo de 2016

RECONSTRUCCIÓN, Benjamín Adolfo Araujo Mondragón



RECONSTRUCCIÓN


Estamos en paz con el mundo. En paz con la vida. Amándonos estamos, pero llegan pretextos para incomodarse y caen encima de nosotros todos los males, en apariencia. Se nubla el cielo. Aparecen negros nubarrones. Rayos y centellas iluminan el escenario. Los estruendos son tremendos y atosigan los oídos y la mente.
Todo pasa. Acaban las tormentas. Pero ya nada vuelve a ser igual. Para alcanzar la paz debemos reconstruirnos.

DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA, Benjamín Adolfo Araujo Mondragón


DÍA MUNDIAL
DE LA
POESÍA
La Poesía es delicada planta que echa raíces en el corazón
del hombre y desarrolla gruesos troncos en el cerebro
humano y nacen los poemas; un gran misterio resulta
ese incienso que se quema todos los días en múltiples
idiomas y se multiplica por todos los continentes para
intentar impregnar de amor las madrugadas, las noches
y los días, y frescos atardeceres de las personas que no
miran tal vez nunca al horizonte sino a través de esos
miradores de luz que son los poemas, los versos dichos
o anotados por sus creadores de todos lados del mundo. 

MEMORIAS AJENAS, Benjamín A. Araujo M.


MEMORIAS AJENAS



Vereda de la vida vaticinios oscuros
van los pasos siguiendo rutas marcadas
de antemano por alguien tal vez desconocido
pero no obstruyamos los planes ya cernidos
y demos voz a las palmas que no suenan
ni pasan, ni se escuchan y corren silenciosas...
Vereda de la vida luminosos caimanes
aparecen en el futuro rancio y parlotean;
conminan a seguir a refrendar de frente
las huellas de otras generaciones
diligentes siguieron y proclaman 
que ese es el camino para dar con el paso
definitivo y bueno para todos, comunidad
de intereses, resguardo de alegrías:
toca alguien a la puerta y no abren
son los duendes ajenos a los sueños
que otrora soñamos tú y yo ¿lo 
recuerdas acaso o ya olvidaste de nuevo?
No quiero ya volver. el pasado es algo
trunco, insensible, doloroso y fatal.
No quiero volver; no me hagas retroceder
porque caigo de nuevo al precipicio...

¿QUIÉN NO AMA A VIRGINIA WOOLF?, Antonio Valle (La Jornada Semanal)

¿Quién no ama a Virginia Woolf?

Todos los secretos de un escritor, todas las experiencias de su vida, todas las cualidades de su mente están ampliamente escritos en sus obras.
Virginia Woolf

I

Este 28 de marzo, al cumplirse setenta y cinco años de ese abismal, fascinante, ritual, abominable, amoroso o perverso suicidio –cada quien decide el adjetivo que mejor le parezca, o, tal vez, como Bartleby, el inmortal suicida creado por Melville, preferimos no hacerlo porque, me parece, echamos a andar un genuino mecanismo de sobrevivencia–, lo realmente importante es examinar las razones por las que Virginia Woolf llegó a tomar esa decisión, que comparte con un puñado de poetas y narradoras exquisitas, grupo selecto que para fines de un estudio de corte psicoanalítico podría reunirse en torno a una especie de inquietante “sociedad de las poetas muertas”. Por otra parte es significativo que la obra de nuestra novelista, nacida el 25 de enero de 1882 en una Inglaterra dominada por aristócratas machos empecinados en hacer valer la moral victoriana, se mantenga como una de las más grandes, consistentes y profundas creadoras, cuyas novelas se venden en todas las librerías y pueden consultarse en las bibliotecas de casi todo el mundo. Especialmente a raíz de la realización de la extraordinaria película Las horas –dirigida por Stephen Daldry y basada en la novela homónima de Michael Cunningham, historia cruel que a la vez abreva genéti-camente en La señora Dalloway de Virginia Woolf–, es que se ha consolidado el interés creciente de los jóvenes más sensibles por conocer su obra, al mismo tiempo que renovó la devoción de viejos lectores.
Virginia Woolf era una ensayista suprema. En los ensayos sobre la obra de sus autores predilectos, como George Eliot o Emily Brontë, se empeñaba en que sus lectores establecieran un contacto franco, íntimo y directo con ellos. Empleando un estilo libre de afectaciones académicas, como los grandes escritores de todos los tiempos, ella también aborrecía “el aparato” y la pose ilustrada y autosuficiente. En ese sentido tuvimos noticias recientes de que en Estados Unidos existen cientos de universidades que ofrecen materias y servicios para dejar en condiciones inmejorables a las personas que deseen “convertirse” en escritores. Evidentemente, fuera de honrosas excepciones, pocos han sido los poetas y narradores verdaderamente importantes que se han matriculado en dichas instituciones. La explicación es sencilla: como dice Octavio Paz al definir el oficio de los poetas –actividad que se extiende a los grandes narradores creadores de poéticas–, la materia prima de sus historias tiene como origen y sustento su propia experiencia. Me parece que Virginia Woolf, junto con Marguerite Yourcenar, o con nuestra Elena Garro, por ejemplo, pueden ser consideradas como narradoras-poetas auténticamente versadas en la paradójica e insondable condición humana.

II. Vamos a vernos ver

Hace más de treinta años, mientras leía Las olas, creí escuchar –o imaginé– los golpes que el mar daba en una remota playa de Inglaterra. De vez en cuando levantaba los ojos para “echar una miradita” a dos criaturas que nadaban en la pequeña, y a veces brava, playita de Puerto Ángel. Seguramente por el poder hipnótico de la novela-poema de Virginia Woolf me fui adentrando en un estado de duermevela. Después de pasado algún tiempo, elástico y remoto, como “un ojal que se llena”, alcancé a escuchar los gritos de los chiquillos que, sometidos por una contramarea, o por la indiferente impiedad del mar Pacífico, estaban ahogándose. En cuestión de segundos nadaba hacia ellos y gracias a una ola favorable logré asegurar a los chicos en mis brazos. Seguramente por esa experiencia traumática olvidé terminar el libro de Virginia. Tuvieron que pasar algunas décadas hasta que volví a soñar con las voces de las criaturas que seguían pidiéndome a gritos que los rescatara de aquel y de otros olvidos. Comprendí que debía volver a Las olas y así lo hice. Fueron los recitativos de Virginia los que me hicieron conectar con una zona remota donde volvía a establecer contacto con las criaturas. La maravillosa novela de Virginia no sólo resistía al paso del tiempo real y el ataque feroz de “la postmodernidad”, sino también a mis temores y olvidos atávicos aquí innombrables.

Iremos a parar a cualquier playa.
Vamos a hacer un fuegui–
to contra el frío y el hambre.
Vamos a arder bajo la misma noche.
Vamos a vernos, ver.

No lo sé de cierto, pero me parece que este excelente poema de Juan Gelman, si no se nutrió de la novela de Virginia ha sido por la sencilla razón de que comparte la gnosis holística de Las olas, poema cuya experiencia sensorial me hizo recordar un obsequio, que por una insensata decisión volví a depositar en las aguas de Zipolite (mar de muertos), playa y aguas azules, estas sí verdaderamente de cuidado, que se encuentra a unos pasos del Puerto Ángel en Oaxaca. Aquel obsequio era una concha de mar cubierta de imprimaturas, piedras salinas y caracoles de diversas dimensiones y colores que me encargó una amiga, pintora, budista y viajera altamente sensible. En aquella cubierta, al mismo tiempo nacarada y delicada, agreste y desgastada, creí entender que estaba escrita una fracción de la novela célebre de Virginia, es decir, un fragmento de la historia más antigua de la tierra, una historia del mar y de la abismal cómplice que narraba de Las olas.

III. Las horas y La señora Dalloway

ediante una serie de secuencias cinematográficas muy bien planeada de flashbacks y de flashforwards, es decir, regresando y alterando el orden “lógico-cronológico” de los acontecimientos, encontramos tres historias entreveradas con maestría y vemos en pantalla cómo Virginia Woolf, interpretada por Nicole Kidman, se hunde con un abrigo lleno de piedras en el río Ouse. Enseguida aparece la segunda historia en la que Laura Brown, una joven embarazada de su segundo hijo, depresiva y presumiblemente homosexual, está leyendo la novela La señora Dalloway, (es la década de los cincuenta en la ciudad de Los Ángeles). La tercera historia transcurre en Nueva York, en los albores de este milenio, donde Clarissa, “avatar” del personaje protagónico de la novela de Virginia Woolf, se dispone, como en el relato original, a comprar flores para la fiesta que le organiza a un extraño poeta, más bien ilegible y enfermo de sida (todo nos hace suponer que se trata del hijo de Laura Brown, la angelina embarazada); poeta con el que Clarissa, interpretada por Meryl Streep, sostiene una larga y tormentosa relación afectiva. Tan extraordinario ejercicio intertextual entre dos novelas y tres épocas a través del cine, nos permite volver hacia los temas más caros de Virginia Woolf –y con ello a temas de apremiante actualidad–: el problema de la soledad y de la extraña vida interior de las mujeres, tema ligado directamente al problema 
de la identidad y las preferencias sexuales; las dificultades de la alienación y el lenguaje (mediante la puesta en escena de la tragedia que implica la incapacidad del poeta para expresarse con mediana claridad) como las que experimenta Septimus, el personaje loco de La señora Dalloway, que al sentirse asediado por los servicios de salud mental ingleses termina por encontrar una mejoría en el suicidio; además del gran tema de fondo que son las guerras, las postguerras y sus secuelas violentas y alienantes; primero en una sociedad inglesa de moral victoriana que impide la libre expresión de los sentimientos –particularmente de las mujeres–, impedimento que no está lejos del ambiente festivo y falso con el que la clase media estadunidense vivió el triunfo de la segunda guerra, locura cuyas olas traumáticas alcanzan tanto a Septimus en La señora Dalloway como a los personajes gays y suicidas de Las horas en pleno siglo XXI. Verdaderos nudos existenciales de tres generaciones.

IV. “Nada es más fuerte que la posición de los muertos entre los vivos”

En alguno de sus diarios Virginia apuntó: “Me pregunto si no… practico… la autobiografía y la llamo ficción.” Esta frase puede aplicarse al conjunto de su obra, pues la vida de Woolf estuvo signada por una cantidad increíble de eventos trágicos. Particularmente durante el breve período de juventud, durante el cual muere su madre y una de sus hermanas más queridas; a esto se suma la violencia sistemática, soterrada o abierta, que ejercía la sociedad victoriana contra las mujeres: “Casi todas las casas victorianas tenían su ángel… esta criatura… nunca tuvo una existencia real… era un sueño, un fantasma…. Hice lo posible por asesinarlo. Si no lo hubiera matado, él me hubiera matado a mí… como escritora”, dice Virginia en uno de sus diarios. Además padeció el acoso y la intimidación sexual de sus medios hermanos. Poco después aparecerían los primeros síntomas depresivos y las crisis nerviosas que –fuera de algunos periodos de felicidad intelectual y literaria– no la abandonarían hasta su muerte.

V. Abismos de la inconsciencia/
fluir de la consciencia

Las fracturas y tensiones provocadas por la desaparición de personajes familiares provocaron en Virginia una serie de trastornos que –al mismo tiempo que la obligaron a someterse a violentos y casi ridículos tratamientos médicos– la incitaron a buscar en el lenguaje varias rutas de acceso a las pulsiones –olas– de su inconsciente. Es necesario señalar que, además de la obra de Sigmund Freud, elaborada desde principios del siglo XX, se fraguaron algunas de las obras literarias cumbre que, mediante diversas técnicas poéticas y narrativas, exploraban por primera vez en el inconsciente, digámoslo así, personal y colectivo. El Ulises de James Joyce y Tierra baldía de T.S. Eliot fueron algunas de las obras que influyeron en su estado de ánimo, pero al mismo tiempo debieron generarle una reacción paradigmática, de manera especial En busca del tiempo perdido, la novela río por excelencia escrita por Marcel Proust, escritor a quien Virginia Woolf leyó con admiración y avidez durante años.

VI

La inteligente amanuense y líder del influyente grupo de intelectuales y escritores de Bloomsbury –que además había fundado la editorial Hogarth Press, donde publicaron escritores como Katherine Mansfield,T.S. Eliot y Sigmund Freud–, a pesar de sus recurrentes crisis anímicas generó una de las obras más consistentes del siglo XX, obra basada en la introspección, en las ricas conversaciones con sus amigos escritores y colegas, así como en su rica formación autodidacta. Algunas de estas reflexiones quedaron registradas en Fin de viaje, además de las ideas que en torno a los derechos femeninos de pensamiento y creación expuso en su emblemático ensayo Una habitación propia; a partir de esa crítica, de la que ya no pudo recuperarse la rancia sociedad paternalista de Inglaterra, se convirtió en un icono del movimiento feminista planetario.

VII. ¿Quién le teme a Virginia Woolf?

Virginia Woolf fue víctima de la ignorancia y la barbarie de los servicios sanitarios de salud mental ingleses de vocación victoriana. No fueron pocas las ocasiones en las que Virginia se enfrentó, incluso de manera física, con doctores y enfermeras que solían doparla, denigrarla e internarla contra su voluntad en clínicas de salud mental. Nunca sabremos a ciencia cierta en qué grado le afectaron somníferos, camisas de fuerza, maltrato de médicos y enfermeras, aunque debemos suponerlo por la escena donde se lanza por la ventana de una clínica o por la energía con la que escribió contra la profesión médica y su retórica represiva. Sin embargo, a pesar de esta adversidad, Virginia expresó: “el máximo abatimiento personal es el más cercano a una auténtica visión.” 

LA VIDA ESCRITA DE VIRGINIA WOOLF, Esther Andradi (La Jornada Semanal)

La vida escrita de Virginia Woolf

Despuntaba el año 1941 y Europa se hundía en el terror y la muerte. La segunda guerra mundial había estallado en 1939, el fascismo se extendía, cientos de miles de emigrados abarrotaban trenes y barcos huyendo de las persecuciones y otros tantos golpeaban las puertas de embajadas en busca de refugio. El mayor de los genocidios del siglo XX en territorio europeo había comenzado. Desde unos meses atrás Inglaterra, y especialmente Londres, era azotada por el blitz, los ataques aéreos de la Luftwaffe. Distritos enteros de la ciudad en ruinas eran devastados por las llamas. En medio de ese desastre, el 28 de marzo de 1941 la escritora Virginia Woolf se arrojó al río Ouse y logró que su cuerpo lo tragara la corriente. Fue en Rodwell, donde con su esposo Leonard Woolf tenían una residencia para pasar los veranos y ahora era el refugio contra los bombardeos. La primavera ya estaba allí pero las aguas bajaban heladas todavía. Días antes ya lo había intentado, pero el río la devolvía a la orilla. Entonces llenó de piedras los bolsillos de su abrigo. Numerosas piedras recogidas en su caminata por la ribera. ¿Fueron las piedras del fascismo, de la violencia, del orden patriarcal, tan soberbio como ridículo, las que la arrastraron al fondo de las aguas?
Más de un mes después encontraron su cuerpo. Pero las ondas gravitacionales de sus ideas siguen llegando. A diferencia de las galaxias, cuanto más tiempo nos separa de su muerte, más luminosas nos alcanzan. Más provocadoras.
El Ángel de la casa
Nacida en 1882, Virginia creció en un hogar privilegiado, estrechamente vinculado a la elite intelectual de la época, con una grandiosa biblioteca a su disposición y en una familia ciertamente numerosa, con varios hermanastros por parte de ambos progenitores, que se casaron en segundas nupcias. Y recibió una educación muy completa, aunque sin ir a la escuela, al buen uso de los grupos socialmente acomodados de aquellos tiempos. Su madre falleció repentinamente cuando Virginia tenía trece años y fue un golpe muy fuerte para ella. Cuando en 1905 murió su padre, sufrió su primera depresión importante. Pero lo que va a marcar su carácter tiene que ver con el “ser mujer” en la época victoriana, donde el destino reservado para una burguesa era constituirse en el “Ángel de la casa”. Mientras las obreras y niñas estaban obligadas a trabajar a destajo, gracias a esa maquinaria llamada revolución industrial, las mujeres acomodadas gozaban del raro honor de ser custodias del hogar y armonía familiar, dueñas y señoras del orden puertas adentro. Virginia no parece dispuesta a calzarse este corsé para satisfacer ni a la familia ni a la pareja, y pronto se da cuenta de que para escribir cualquier cosa que no sea la lista de la lavandería, necesita su propio criterio. La libertad personal. Y es allí donde comienza a oír voces, susurros, reclamos, persuasiones. Consejos de un fantasma. Ella lo describe así:

...el fantasma era una mujer. Y cuando empecé a escribir, la encontré con las primeras palabras. La sombra de sus alas cayó sobre mi página; oí el susurro de su falda en la habitación. Es decir que no bien tomé la pluma para reseñar la novela de aquel hombre famoso, ella se deslizó a mis espaldas y murmuró: “Querida, eres una mujer joven. Estás escribiendo sobre un libro escrito por un hombre. Sé comprensiva; sé tierna; adula; engaña; usa todas las artes y astucias de nuestro sexo. Jamás permitas que nadie sospeche que tienes pensamiento propio. Por encima de todo, sé pura.” E hizo el intento de guiar mi pluma.

Durante la primera fase de su vida creativa tuvo que lidiar con este fantasma “El Ángel de la casa”, como lo denominó, que no era fácil de eliminar por su carácter cambiante y fantasioso. Y concluyó que la primera ta-rea para una mujer escritora es matar a este ángel, a este fantasma. Y ser libre.
Entretanto, la familia se había mudado a una casa del barrio londinense de Bloomsbury, que pronto se convirtió en lugar de reunión de intelectuales, algunos de ellos antiguos compañeros de universidad de su hermano mayor. En el grupo, conocido como Bloomsbury, participaba el historiador y ensayista Leonard Woolf, con quien Virginia se casó en 1912, en pleno apogeo del movimiento sufragista. Un año más tarde, en 1913, la sufragista Emily Davison moría en una de sus acciones de protesta al arrojarse a los pies de un caballo de la cuadra real en el transcurso de una carrera.
En 1917 el matrimonio Woolf fundó la editorial The Hogarth Press, el puente por el cual Virginia llegaría al mundo de las letras. Como editora, y a juzgar por las lecturas críticas con que despachaba a sus contemporáneos, se ve que Virginia había tenido éxito en la tarea de enmudecer a su Ángel, sacarlo de en medio, e incluso matarlo, como ella misma asegura en ese alegato sobre los “oficios para mujeres” publicado póstumamente por su esposo. The Hogarth Press se dio el lujo de editar las obras de Sigmund Freud y Robert Graves, de escritoras como Gertrude Stein y Kathrine Mansfield, y de reconocidos exponentes de la literatura rusa como Máximo Gorki, Anton Chéjov o León Tólstoi. Además de rechazar otros tantos notables, como Jean-Paul Sartre, W.H. Auden o el Ulises, de Jame Joyce. “Si ya tuvimos un Homero... no necesitamos otro”, parece que dijo la Woolf según la novelista argentina Susana Sisman, autora de la biografía ficcional Cuando Virginia Woolf desató la cinta azul. Cierto o falso, la cuestión es que la lectura de Joyce la aburría notablemente, según consta en sus Diarios.

Fin de viaje

En 1915, un año después de comenzada la primera guerra mundial, Virginia publica Fin de viaje, su primera novela. Una obra premonitoria, según su biógrafa, Irene Chikiar Bauer, autora de Virginia Woolf. La vida por escrito. Se trata de un viaje iniciático a Sudamérica. Por entonces Virginia ignora que en el sur de ese continente va a surgir una relación muy especial para su literatura. La editora argentina Victoria Ocampo, su futura amiga y admiradora de las “pampas argentinas”, va a lograr la difusión de los libros de la Woolf en la traducción al español –nada menos– que de Jorge Luis Borges. La Ocampo era todavía, en aquellos años, una joven des-preocupada que paseaba su luna de miel por Europa.

En Fin de viaje nacen también los personajes de sus futuros libros, como la señora Dalloway, protagonista de la historia del mismo nombre que va publicar en 1925.
Y es la novela donde Virginia impondrá la marca de su escritura.
“Buscó experimentar maneras menos convencionales de tratar el argumento y los personajes, lo cual requería salirse de los cánones establecidos”, comenta Chikiar Bauer. “Se puede decir que Fin de viaje refleja las preocupaciones de Virginia Woolf durante su adolescencia y primera juventud, siendo centrales cuestiones como las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres jóvenes, la ignorancia sexual y el lugar en la sociedad que ocupaban las jóvenes de su clase, e incluso el efecto de la muerte prematura de la madre.” Ya en esa obra señala la necesidad de un cuarto propio para la protagonista, “donde poder tocar música, leer, meditar, desafiar al mundo, habitación que podía convertir en fortaleza y santuario”.

Déjame que te cuente

Si la primera tarea de una escritora es liquidar al Ángel de la casa, un cuarto propio es condición sine qua non para ejercer esa libertad conquistada para escribir. Y quinientas libras al año: “Mi tía, Mary Beton, murió de una caída de caballo un día que salió a tomar el aire en Bombay. La noticia de mi herencia me llegó una noche, más o menos al mismo tiempo que se aprobaba una ley que les concedía el voto a las mujeres. Una carta de un notario cayó en mi buzón y al abrirla me encontré con que mi tía me había dejado quinientas libras al año hasta el resto de mis días. De las dos cosas –el voto y el dinero–, el dinero, lo confieso, me pareció por mucho la más importante.” Así lo manifiesta la Woolf en ese ensayo fundante que se llamó precisamente “Un cuarto propio” (“A Room of One ’s Own”) publicado en 1929. Un lugar donde: “es necesario que haya libertad y es necesario que haya paz. No debe chirriar ni una rueda, no debe brillar ni una luz. Las cortinas deben estar corridas.”

El encargo de una conferencia acerca de “Las mujeres y la novela” desata un trabajo de más de ochenta páginas donde Virginia, con gran sentido del humor, abre la caja de Pandora de la particularidad de la escritura: “Sería una lástima terrible que las mujeres escribieran como los hombres, o vivieran como los hombres, o se parecieran físicamente a los hombres, porque dos sexos son ya pocos, dada la vastedad y variedad del mundo.”
Un año antes Virginia había publicado su novela Orlando, el viaje de una mujer a lo largo de más de cuatro siglos de la historia de Inglaterra, personaje que en algún lugar de la travesía se convierte en hombre. Dedicada a su amiga Vita Sackville-West, es una biografía ficcional de ella, un análisis de las identidades sexuales, la creatividad, los sueños y la vida. Y una versión satírica de amigos, parientes e incluso de la propia Virginia en clave de humor. Como la princesa Budur de Las mil y una noches, el cambio de sexo deOrlando no modifica su identidad, pero sí su futuro. “No necesito odiar a ningún hombre; no puede herirme. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene nada que darme” es la consigna de la Woolf.
Nueve novelas, varias piezas de teatro, colecciones de relatos, ensayos, críticas, la producción de la escritora es una invitación a la aventura que sucede en los interiores, una exploración de la intimidad, las pulsiones y sentimientos de sus protagonistas. Y también una escritura que es un legado, un tatuaje irreversible. Con todo, la literatura de Virginia Woolf permaneció sumergida casi tres décadas después de su muerte, para reflotar en los setenta gracias al descubrimiento de las feministas que enarbolaron El cuarto propio como bandera personal e intransferible.

Por tres guineas

En 1938, cuando Europa ya era una promesa para el infierno, la Woolf publica su alegato pacifista “Las tres guineas”, un ensayo crucial contra la guerra. La “guinea” era considerada más “de caballeros” que una libra. Al comerciante, al carpintero, se le paga en libras, pero a los caballeros en guineas. Partiendo de este código de “caballeros”, Virginia responde a una carta que le consulta sobre cómo evitar la guerra.
....mientras ustedes harán uso de los medios suministrados por su posición –coaliciones, simposios, campañas, grandes nombres y todas aquellas medidas públicas que su riqueza y política influencia ponen al alcance de sus manos–, nosotras, que seguiremos siendo extrañas, haremos experimentos.

De esa lucha contra la desesperación surgen sus últimas novelas: Las olas, en 1937, y Entre actos, de 1941, publicada póstumamente.
Los cañones, los aviones, los desfiles a la orden del día y la parafernalia de la violencia, la muerte y el genocidio tomaron la palabra en el continente y el mundo, y apagaron la voz de Virginia. La sumergieron en el fondo del río en una pesadilla sin fin.
A setenta y cinco años de la muerte de la Woolf, ¿habrá resucitado el Ángel de la casa? ¿Sobrevuela sobre los ordenadores intentando corromper el tecleo de las escritoras contemporáneas? ¿Será el mismo Ángel quien incita sobre qué escribir, qué ocultar, qué callar?
¿Cuánto veces más tendrá que ahogarse la escritora en el río para que las chicas del “niunamenos”, de los colectivos contra la violencia de género en Sudamérica ya no sean necesarios?
¿Cuántas décadas más para que las escritoras no tengan que escribir con su bebé sobre las rodillas?
¿Cuántos siglos más para acabar con las guerras de todas partes?
Mientras tanto desde algún lugar donde Virginia juega una eterna partida de bridge con Doris Lessing, con su voz tenaz seguirá insistiendo: ¿Es menos útil al mundo la mujer de limpiezas que ha criado ocho niños, que el abogado que ha hecho cien mil libras? 

"NO TENGO POR QUË CALLARME AHORA", Elena Poniatowska


Lucinda y Hugo, listos para ir al baile del Palacio de Buckinham,
Hugo porta la condecoración de Comendatore dell’ ordine al
mérito de la República Italiana. Londres, 1971 Foto: Archivo familiar
Hugo y Lucinda en su departamento de Copilco
Foto: Rogelio Cuéllar, 2015
A Hugo Gutiérrez Vega le dolía este país y
condenaba la actual política regida por el PRI
Elena Poniatowska
La casa de Hugo y Lucinda me conmueve. Ahora miro a la pareja, la primera, la de a de veras, Hugo y Lucinda el uno al lado del otro, hombro con hombro, los dos frente a mí, Lucinda, Hugo, el hombre y la mujer que forman “la familia del hombre”, la multitud que de ellos desciende, la que viene atrás; ellos son esa multitud de seres esperanzados, Hugo y Lucinda encabezan la manifestación y me pregunto por su amor y por lo que han vivido, sus largas misiones diplomáticas en Roma, Londres, Washington, Madrid, Río de Janeiro, Atenas, San Juan de Puerto Rico. ¡Con cuánta gallardía han representado a México!
[…]
Los recuerdos más sentidos y personales de Hugo son para el Actor’s Studio de Elia Kazan que en Nueva York lo convirtió en actor; para Ionesco y La cantante calva, que Hugo montó en el Teatro de la República en Querétaro; para Rafael Alberti, quien le hizo un poema; Félix Grande, especialista en flamenco; don Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Rita Macedo y Cecilia, que vivieron con él en Londres; José Carlos Becerra, el joven tabasqueño que salió de una curva en su coche camino a Brindisi y encontró la muerte; Sergio Pitol, Manuel Puig y su madre Male en Río de Janeiro; Carlos Drummond de Andrade y Joao Cabral de Melo Neto, y sobre todo para su gran, gran amigo Carlos Monsiváis.
Hugo y Elena, 13 de junio de 2015 Foto: Francisco Olvera/La Jornada
“La inteligencia universal enriquecida por una memoria verdaderamente prodigiosa” de Carlos Monsiváis, es la que más falta le hace. Hugo y Lucinda albergaron a Monsi en la Inglaterra de John Lennon, “Give peace a chance”, “All you need is love”; lo cuidaron, consintieron, aguantaron y llevaron al cine durante meses. A José Gorostiza, “yo lo quise mucho”, como hoy busca a sus amigos en la Academia de la Lengua, Margit Frenk, Eduardo Lizalde y Jaime Labastida. También en Puerto Rico, Hugo hizo una muy buena amistad con Luce y Mercedes López Baralt y Carmen Dolores Hernández, así como Rosario Ferré y su prima Olga Nolla, que por desgracia murió.
Como es un extraordinario actor y sigue pareciendo un personaje chejoviano igualito al tío Vania deEl jardín de los cerezos, el polaco Ludwig Margules sigue siendo para él una presencia. Con Gurrola montó Lástima que sea puta, y participó en Roberte ce soir, de Klossowski, una obra que causó escándalo y ahora podría figurar en Rosas de la infancia, de María Enriqueta.
[…]
Cuando Rafael Tovar y de Teresa invitó a Hugo Gutiérrez Vega a hablar ante el presidente Peña Nieto en el veinticinco aniversario del Conaculta, Hugo, hombre de izquierda, militante activo de Morena y partidario de Andrés Manuel López Obrador, respondió: “Con todo gusto, Rafael, pero diré lo que pienso. Toda la vida lo he hecho, no tengo por qué callarme ahora.”  “Claro, tienes absoluta libertad”, respondió el director del Conaculta. Hugo no quería escandalizar ni jugarle al radical, pero sí condenar la actual política de México regida por el PRI. Almeida Garret, el escritor favorito de Saramago, un constitucionalista portugués de mediados del siglo XVIII, llamó “barones” a todos los miembros de la política capitalista. Los barones son los jerarcas católicos, los banqueros, los empresarios, los senadores y diputados (que ahora reciben 225 millones de pesos por “subvención especial”). “Gobierno que deja comer de más a sus barones es mal gobierno”, dice Almeida Garret. El gobierno mexicano no sólo deja comer de más a sus barones, sino que se alía con sus socios, empresarios y políticos, para despojar al país de sus bienes.
Hugo habló de reformas constitucionales, sobre todo la energética, y de la necesidad de un debate con científicos e intelectuales para aprobarlas. Hasta la fecha, Peña Nieto ni siquiera ha respondido a las diez preguntas del mejor director de cine de México, Alfonso Cuarón, ni ha mostrado respeto por el acto de ciudadanía del ganador del Oscar.
La lista de premios que Hugo ha recibido no tiene fin y hasta aburre. ¿Dónde guardar tantas preseas, tantas copas, medallas, galardones y diplomas? Entre todos, el único que conserva a la vista es el de su hija Mónica, que en Londres tenía que ir al dentista. Como se portaba muy bien, no gritaba ni le mordía el dedo, al término del tratamiento el médico inglés le dio un diploma de letras doradas: “To Mónica Gutiérrez Ruiz, for distinguished conduct on the dental chair”. Hugo se enceló y reclamó: “Yo también quiero un diploma así.”
Siempre fue un jefe alto y hermoso, un rebelde al que expulsaron del PAN. Desde entonces, lo tachaban de comunista (como tachan a cualquier joven idealista) y lo corrieron por tener ligas con la Revolución cubana y por apoyar al líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo en su huelga de 1959. De la cárcel de Mérida tuvo que exiliarse a Belice. Y de ahí en adelante, joven fogoso y lúcido, siguió desafiando al sistema de prebendas y al tejido de corrupciones que caracteriza al México actual, como lo hizo en Querétaro, frente a los latigazos del todavía incomprensible y absurdo Diego Fernández de Cevallos.
Quien lo condujo por el camino de la diplomacia fue el gran poeta José Gorostiza, su amigo y compañero poeta. “Ponga tierra de por medio, Hugo; la derecha nunca es inventada”, le dijo el entonces presidente Adolfo López Mateos. “Una frase muy sabia, muy certera”, reflexionó Hugo en esos días de persecución y cárcel.
A sus ochenta años ejemplares, Hugo Gutiérrez Vega asegura que las mayores alegrías de su vida han sido sus nietos, verlos crecer. “Tengo uno que ya anda por los dieciocho años y es muy buen rockero, Bruno, hijo de Lucinda, y tengo a Rita, hija de Mónica, mi hija que murió a los cuarenta y cuatro años. Rita cumplió quince años y le gusta la pintura. También tengo a los tres de Fuensanta, que viven cerca de Nueva York: Gabriel, un futbolista muy exitoso, y los gemelos Nicolás y Fiona, quien se dedica a la danza. Nicolás es un filósofo desde que tenía nueve años. Gabriel también lo es, y me ha enseñado muchas cosas. Cuando era pequeño lo vi pasar a mi lado y le pregunté: “¿A dónde vas, Gabo?”
–Voy a mi cuarto a encerrarme para ver si entiendo.
Le respondí: “Voy a hacer lo mismo que tú. Voy a mi cuarto a encerrarme para ver si entiendo.”
*Fragmento del prólogo al libro Hugo Gutiérrez Vega, itinerario de vida,
de Angélica María Aguado Hernández y José Jaime Paulín Larracoechea.