domingo, 15 de diciembre de 2013

ALBETT CAMUS, UN SIGLO DE LITERATURA

Albert Camus, un siglo de literatura

Uno de los grandes autores del siglo XX, cuya obra fue reconocida con el Premio Nobel en 1957, tres años antes de que el autor de El extranjero o La peste falleciera en un trágico accidente de tráfico, cuando se encontraba en la cumbre de su carrera 
Siempre repeinado y con un cigarrillo apoyado en la comisura de los labios, el llamado
Vida. Siempre repeinado y con un cigarrillo apoyado en la comisura de los labios, el llamado "Humphrey Bogart de la literatura" trabó amistad con el filósofo Jean-Paul Sartre en 1943, y mantuvo con él una relación de diez años que, tras la publicación del artículo "Les Temps Modernes", desembocaría en una agria batalla filosófica con marcado trasfondo político. . (Foto: Archivo/EFE )
París | Miércoles 06 de noviembre de 2013EFE | El Universal11:26
Comenta la Nota

Mañana se cumple el centenario del nacimiento deAlbert Camus, uno de los grandes autores del siglo XX, cuya obra fue reconocida con el Premio Nobel en 1957, tres años antes de que el autor de El extranjero o La peste falleciera cuando se encontraba en la cumbre de su carrera.
Su vida se apagó el 4 de enero de 1960 en un trágico accidente de tráfico, al estrellarse a 180 kilómetros por hora el Facel-Véga en el que viajaba como copiloto desde el sur de Francia hacia París.
Cuando el coche que conducía su amigo Michel Gallimard -sobrino de su editor, Gaston Gallimard- se salió de la carretera a un centenar de kilómetros de la capital y chocó contra un árbol, Camus llevaba consigo en un maletín varios documentos, cuadernos y un manuscrito de 144 páginas.
Ese último texto del autor de Calígula no se publicaría hasta 1995 y con el título de El primer hombre, forjando un relato inacabado y en clave autobiográfica en el que el literato francés regresaba a su infancia de "pied-noir" en la Argelia colonial.
"La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo, inmersos en una vida uniforme y gris", observa el escritor en uno de los fragmentos de esa obra póstuma.
Albert Camus (1913, Mondovi -actual Drean- Argelia) nació hace un siglo en el seno de una familia muy humilde de colonos franceses.
Su padre, excombatiente en la Guerra franco-prusiana, falleció en la Primera Guerra Mundial, sin apenas conocer a su hijo. Su madre, de origen menorquín, analfabeta y casi sordomuda, tuvo que limpiar muchas casas para sacar a sus dos hijos adelante.
Camus se crió pobre, aislado y febril en la colonia francesa. Alentado por sus profesores, se matriculó en Filosofía, aunque la tuberculosis le impidió finalizar sus estudios.
Fundó entonces una compañía de teatro, se afilió durante dos años al Partido Comunista y trabajó como periodista, antes de mudarse a París en 1940 para incorporarse a la redacción de Paris-Soir y ejercer como lector de textos en la editorial Gallimard.
Con 29 años publicó El Extranjero, su novela más aplaudida y una reflexión en primera persona del singular sobre las consecuencias morales del asesinato y la indiferencia ante la muerte, que arranca con las indolentes frases: "Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé".
En los años siguientes escribió la obra de teatro El Malentendido y el ensayo El Mito de Sísifo que, junto conCalígula, abundan sobre la "filosofía del absurdo". Camus parte de las influencias de los filósofos existencialistas Kierkegaard y Nietzsche para analizar el vano esfuerzo del ser humano por encontrar el significado de la vida.
En París, durante la ocupación nazi, militó en La Resistencia y fundó el periódico clandestino Combat. Fue en esos años cuando conoció a su amante más célebre, la actriz española exiliada en Francia María Casares, hija de un presidente del Gobierno de la Segunda República Española.
Siempre repeinado y con un cigarrillo apoyado en la comisura de los labios, el llamado "Humphrey Bogart de la literatura" trabó amistad con el filósofo Jean-Paul Sartre en 1943, y mantuvo con él una relación de diez años que, tras la publicación del artículo "Les Temps Modernes", desembocaría en una agria batalla filosófica con marcado trasfondo político.
Aunque ambos pensadores se reivindicaban de izquierdas, Sartre defendía la violencia para alcanzar la revolución social mientras que Camus, acusado de estático, entendía que el fin no justifica los medios.
"Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría", resumía Camus, que en 1957 y contra pronóstico ganó el Premio Nobel de Literatura. Tenía 44 años.
Entonces vivía ya instalado en el gran desgarro que le produjo la guerra de independencia de su Argelia natal (1954 y 1962).
Anhelaba que la tierra que le vio nacer, donde los atardeceres apacibles se mezclaban con los colores mediterráneos, dejara atrás el sistema colonial, pero sin desligarse de la Francia que educó su talento. Dos años antes de que terminara esa barbarie, Camus falleció, a los 46 años, al romperse el cuello en un accidente.
La muerte de Camus dejó viuda a su segunda esposa, Francine, y huérfanos a sus dos hijos gemelos, Jean y Catherine. Aunque conoció numerosas amantes, la verdadera mujer de su vida fue su bondadosa y esforzada madre, reconocen sus hijos.
Coincidiendo con el centenario de su nacimiento, la exposición "Albert Camus, ciudadano del mundo" de la Ciudad del Libro de Aix-en-Provence explora en diez ejes temáticos sus amistades, su lenguaje o sus rincones predilectos. Puede visitarse hasta el próximo 5 de enero en esa localidad de la costa mediterránea que tanto amó Albert Camus.
Quienes le conocieron, como el periodista Jean Daniel, fundador de "Le Nouvel Observateur" y amigo del Premio Nobel, dicen que "para saber lo que es un hombre feliz hay que haber visto a Camus delante del de Marzo y el sol".

CENTENARIO DE ALBERT CAMUS

Centenario de Albert Camus, hombre libre y visionario

Este gran escritor sigue gravitando como una figura mítica de la literatura francesa y mundial.

A cien años de su nacimiento, el 7 de noviembre de 1913, Albert Camus es reconocido tanto por su pensamiento visionario o su sed de justicia como por su trayectoria excepcional.
De los barrios populares de Argel al premio Nobel de literatura a los 44 años, su destino excepcional se detuvo trágicamente a los 46 a causa de un accidente de automóvil en el centro de Francia, el 4 de enero de 1960.
"Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer, no lo sé.": a los 29 años, Camus iniciaba con ese inolvidable principio su trayectoria entre los grandes autores universales. Con cerca de ocho millones de ejemplares vendidos, ‘El extranjero’, su primera novela publicada en 1942 y traducida a unas cuarenta lenguas, es un best seller absoluto. ‘La peste’ se vendió en más de cuatro millones de ejemplares y las ventas de sus libros aumentaron 4,5% entre 2008 y 2012, según Gallimard, su editor francés, que considera a Camus como "el escritor francés más famoso del siglo XX, el más citado, y el más traducido en el exterior".
Su obra incluye unos 30 libros, contando las piezas de teatro. Ante tal popularidad, muchos quisieron reapropiarse de este hombre libre. Pero aunque Camus sigue deslumbrando o molestando, nadie puede apoderarse de él, anotó Frederic Worms, director del Centro internacional de filosofía francesa de la Escuela normal superior (ENS). Según Worms, Camus, cuyas temáticas literarias pueden interesar por igual al lector latinoamericano, indio o chino, no perdió actualidad. Experiencias como la economía solidaria, el microcrédito, el acompañamiento de personas en fin de vida e incluso las revoluciones árabes, son todos fenómenos "muy camusianos", estimó. Esos temas tocan a menudo el corazón de su filosofía: "resistir y poner límites para luchar contra la muerte y la miseria, prohibir la pena de muerte, no recurrir al terror en la guerra contra el terror", destaca Worms.
El filósofo de lo absurdo
Filósofo accesible, lo es a través de sus novelas, que describen experiencias humanas concretas y sensuales, en su evocación de la naturaleza y del amor (‘Bodas en Tipasa’).
Camus tiene una mirada humanista sobre el planeta y milita a favor de una mayor justicia y libertad, aunque admite los límites de la condición de ser humano mortal y la absurdidad del mundo.
Camus nació en Argelia en un medio sumamente modesto, lo cual desde un principio lo distingue de otros intelectuales franceses. Su madre, limpiadora, no sabe leer ni escribir. Fue su maestro de escuela, consciente de sus capacidades, que lo estimula a seguir sus estudios. Es a él que Camus dedica en 1957 su discurso del Nobel. "Camus conquistó la lengua francesa en la secundaria, no le fue dada como a su enemigo Jean-Paul Sartre, un burgués", destaca uno de sus biógrafos, el periodista Olivier Todd. Camus decía sentirse "embarcado más que comprometido".
En 1942, instalado en París, entra a la redacción de ‘Combat’, uno de los títulos clandestinos de la resistencia, publicación de la que será el principal editorialista. Publica el mismo año ‘El mito de Sísifo’, un ensayo en el que expone su filosofía del absurdo: el hombre está a la búsqueda de una coherencia ausente de este mundo. "Una de las pocas posiciones filosóficas coherentes, es la rebelión", escribe.
Pero Camus plantea la cuestión de los medios: todos no son aceptables para alcanzar el fin. Comprometido con la izquierda, denuncia el totalitarismo de la Unión Soviética en ‘El hombre rebelde’ (1951), y se disputa con Jean Paul Sartre. Durante todos estos años, Camus es un hombre solo y la guerra de Argelia lo aísla aún más. Su llamado a la "tregua para los civiles", lanzado en 1956, lo aleja de la izquierda, favorable a la independencia de Argelia.
Con motivo de su centenario, la Escuela Normal Superior (ENS) y la Universidad norteamericana de París organizarán los 3 y 4 de diciembre un coloquio internacional sobre el escritor, con la participación de expertos de los cinco continentes, incluyendo universitarios de China e India.
AFP

ALBERT CAMUS DESDE ESA VISIBLE OSCURIDAD, Antonio Valle

Albert Camus
desde esa visible oscuridad
Antonio Valle
Hace unos días, una desesperada jovencita anunció en internet que se suicidaría por desamor, y lo cumplió.* Como parte del absurdo cotidiano, y a propósito del primer centenario del nacimiento de Albert Camus, comencé a hojear sin proponérmeloel libro Esa visible oscuridad, de William Styron. En esa Memoria de la locura –que es el subtítulo de esa pequeña joya–, Styron hace un recuento de la profunda depresión que comenzó a sufrir en el verano de 1985. Mi lectura paradójica devino en evidencia al saber que los libros de Camussintonizaban “radicalmente con la visión de la vida” que Styron se había hecho cuando tenía treinta años. Por ejemplo, dice: El extranjero “fue un formidable detergente de mi intelecto”, y aceptaba enteramente que “sólo hay un problema filosóficamente serio, y es el suicidio”. Después, para seguir con el tono de esta máxima violenta y radical, de manera sobrecogedora Styron relata cómo la depresión fue infiltrándose en su vida sin que él pudiera darse cuenta.
La madre ab-surda
La filosofía del absurdo que Camus explora tiene como telón de fondo la segunda guerra mundial, cereza del pastel de la milenaria actividad bélica internacional. Es el momento en el que se derrumban las filosofías racionalistas (que ya habían sido brillantemente cuestionadas desde el siglo XIX por los maestros de la sospecha: Marx, Nietzsche y Freud), incapaces de dar una respuesta elemental a miles y miles de seres humanos que tienen una sola pregunta: ¿qué hacemos para existir? En este sentido, tiene una coherencia interna implacable que la palabra “absurdo” se componga del prefijo ab (de) y sordus (sordo). En la antigüedad, esta palabra se aplicaba como concepto musical, y en el alto latín hacía referencia a sonidos bruscos y disonantes; estridencia o sordera que puede aplicarse tanto a los amos de la consternación internacional como a los antihéroes de Albert Camus; esosaliens indiferentes ante el teatro o el sinsentido de la vida que se niegan a formar parte –como si no pasara nada– del hato humano demencial.
Se sabe que la madre de Camus era sorda; además de que no sabía leer ni escribir, trabajaba como sirvienta y vivía una complicación lingüística franco-árabe. Se sabe que el niño Albert Camus vivió en la orfandad y en la pobreza (su padre murió en combate durante la primera guerra mundial). Es probable que entonces sufriera los primeros ataques existenciales para los que no encontró respuesta; acaso, eso sí, la contundencia corporal y algunas disonancias fonológicas de su madre, objeto de su amor que, décadas más tarde, en pleno conflicto bélico en Argelia, lo hizo decir: “Ninguna causa, aunque sea inocente y justa, me separará jamás de mi madre, que es la causa más importante que conozco en el mundo”, declaración festinada por sus detractores que la calificaron como “un gran error político”. Por supuesto, esta afirmación en la que Camus prefería estar al lado de su madre y no impartiendo cátedra en torno a las grandes discusiones de la historia, fue interpretada como una postura ideológica sin ética que no se comprometía con la realidad. La descalificación que hicieron correr los “existencialistas” de la postguerra fue tan efectiva que, aunque hace ya décadas se vino abajo el Muro de Berlín, todavía hay quienes nostálgicamente se alinean a los grupos que vivieron en la misère de la philosophie y a la sombra de Sartre.
Amor constante más acá de la muerte (o la defensa maniaco-depresiva)
Camus se interesó profundamente por el individuo. Hablaba de la gente, no de sistemas totalizadores políticos, filosóficos, ideológicos o religiosos que, hasta la tercera parte del siglo XX, funcionaron para imponer distintas formas de creer y de pensar, combinaciones y refutaciones físicas y metafísicas que se debatían entre la esperanza y el miedo. Por supuesto, estos sistemas de control –renovadores de la fe en las milicias, en la dictadura del partido o en las huestes celestiales– eran francamente inaceptables para una humanidad que había declarado una guerra a muerte contra ella misma.

Hieronymus Bosch,
Extracción de la piedra de la locura
En El mito de Sísifo, un hombre audaz, aunque de reputación dudosa, después de morir y engañar alsoberano de los muertos, regresa a la vida para seguirla disfrutando. Como los dioses no logran atrapar alformidable sensualista recurren a Hermes, ese megahéroe que, además de ser el santo pagano de comerciantes y ladrones, por sus dotes de alquimista y clarividente es uno de los protagonistas estelares del juego semiótico y del psicoanálisis. Hermes logra atrapar a Sísifo y lo lleva prisionero de regreso al Hades, ese territorio del inconsciente o in-visibleoscuridad donde operan complejos psíquicos y mitos. Sísifo tiene que cumplir con la sentencia que lo condena, a perpetuidad, a subir una montaña mientras empuja una enorme piedra. Cada vez que llega a la cima (especie de umbral saturado por una formidable fuerza de gravedad) la piedra rueda cuesta abajo. Hace años escribí que es preferible volver a empezar con lo que sea, desde el mismo corazón del absurdo, antes que dejarse someter por la melancolía o por un falso optimismo hasta el fin de nuestra vida. Trataré de explicar esta idea a partir de la imagen de Sísifo cargando su enigmática piedra. Esta frase posee una sospechosa sonoridad que la vincula con el concepto psicoanalítico de “carga libidinal”, en la que el héroe –el yo–, antes que hundirse definitivamente ante la inercia de la roca, asume la extraordinaria tarea de reanimar el movimiento e iniciar un nuevo ascenso. Sin embargo, Sísifo no es exonerado por default; de ser así, la piedra, con todo y Sísifo en la cima –permítanme usar la metáfora de un grupo musical argentino– podría irse del otro lado de la muralla que divide todo lo que fue de lo que será, y el tiempo real volvería a activarse. Nuestro héroe, al fin, podría bajarse de la rueda de la fortuna, pero entonces ya no sería un personaje mítico, sino que formaría parte del estado consciente de la mente. Mientras esto no suceda, será la constancia de Sísifo la que mantenga a flote al yo –aunque sea con altas y bajas. Sísifo es un símbolo que representa la defensa que establece el hombre absurdo (probablemente aquel diagnosticado como maníaco-depresivo) para evitar unknockout forever and ever.
Planeta Melancolía
Al designar una sombría paradoja, los editores decidieron ilustrar la portada deSemblanza, suma de poemas y textos de Alejandra Pizarnik, con el cuadroExtracción de la piedra de la locura, de Hieronymus Bosch, obra que alude altrastorno límite de la personalidad que condujo a la gran poeta argentina a buscar una mejoría en el suicidio; una tragedia en la que ni los oficios amorosos de Olga Orozco y de Julio Cortázar lograron impedir que la piedra de la locura minaradefinitivamente a la querida Alejandra. Ella era capaz de escribir versos como éste: “alguien en mí dormido/ me come y me bebe”. Un fenómeno semejante sucede con la protagonista del filme Melancholia (Lars Von Trier, 2011.) Ahí, media docena de personajes masculinos francamente repugnantes –junto a un progenitor mequetrefe– son incapaces de reivindicar la figura paterna. La historia comienza cuando un planeta diminuto, o piedrita de la locura, se va haciendo visible en la materia negra que circunda al sistema solar. De manera imperceptible, el planetaMelancolía va creciendo hasta que irrumpe violentamente sobre la pantalla atropellando a todos. Es una historia similar a la de Randall Jarell –excelente poeta y crítico de la generación de Styron–, que murió atropellado por un automóvil, y aunque su mujer insistía en que la tragedia había sido accidental, el mismo Styron narra cómo el escritor había intentado varias veces liberarse de una depresión extrema. Más o menos sucede lo mismo con Roland Barthes, quien también muere atropellado “absurdamente”. El semiólogo francés dejó constancia de su depresión en el Diario de duelo que comenzó a escribir al día siguiente de la muerte de su madre. Sus punzantes notas revelan los síntomas de una melancolía abismal. Va un ejemplo:
Otoño de 1921.
Proust está a punto de morir (toma demasiado Veronal)
–Celeste: “Nos volveremos a encontrar en el Valle de Josafat.
–¡Ah!, ¿de verdad usted cree que volveremos a encontrarnos? Si yo estuviera seguro de volver a encontrarme con mamá, moriría de inmediato.
Styron explica que la depresión que lo postró no fue del género maníaco-depresivo, es decir, que no sufrió los característicos hundimientos con cúspides de euforia. Styron, autor de novelas tan importantes como Esta casa en llamas y La decisión de Sophie, escribió historias en las que deambulaban personajes alcohólicos y suicidas. No es casual que su depresión comenzara a manifestarse cuando dejó de consumir las grandes dosis de alcohol que lo “ayudaban” a atemperar su angustia. Dice: “Me quedé encallado y ciertamente en seco y sin amor.” Cualquier miembro de Alcohólicos Anónimos sabe que esta descripción de Styron es la de una clásica borrachera seca; son los anuncios de una visible oscuridad en la punta de un iceberg. El complejo principal no se encuentra ahí, sino en el fondo oscuro donde ha ido creciendo un nido emocional. Mediante una prosa puntual y aterradora, Styron explica que, una vez que fue vulnerado por la depresión, un dolor insoportable lo obligaba a desear la muerte. Luego, mientras imaginaba las mil formas de suicidarse, dice que una especie de observador o de “segundo yo” miraba con desapego cómo algo de melodramático y teatral brillaba en esa puesta en escena. Es curioso que de las ciento treinta y tantas páginas de su libro, Styron sólo dedicara tres a la muerte de su madre, muerte que en realidad es la piedra rosetaque podría explicar el hundimiento del escritor.

Camus protestando.
Fotos: apieceofmonologue.com
Para el psicoanálisis, el duelo es un estado normal ante la pérdida del objeto amado que le permite renunciar a él; a diferencia de lamelancolía, donde el objeto desaparecido se constituye como el yo mismo del sujeto. La paradoja mortal es que ese objeto perdido dentro del yo conlleva una extinción del deseo. Después de provocar inhumanosataques a la autoestima, víctima de sí mismo, el sujeto vislumbra el pasaje al suicidio. Para ilustrar esta secuencia, imaginemos cómo el enigmático Mersault de El extranjero, después de enterrar a su madre “dentro de sí”, sospechosamente no es capaz de recordar cuándo ha muerto, manifestando axiomáticos síntomas de melancólica. Por ejemplo, como la protagonista de la películaMelancholia, antes de morir tiene un encuentro sexual injustificable (absurdo) y enigmático. En realidad la condena a muerte que dicta la justicia argelina es un suicidio proyectado por el alien magistral creado por Albert Camus. Aparentemente se trata de un tipo de depresión limítrofe de la que Styron consigue salir con vida, pero que no concede indulto a Roland Barthes. Styron dice que se encontraba haciendo los últimos preparativos para suicidarse cuando “recordó” la voz de su madre cantando el pasaje de la Rapsodia para contralto, de Brahms; canto que impidió que consumara el “autosacrificio”. Evidentemente su madre, que tenía la potestad y el oído para afinar como contralto, no era sorda, palabra que curiosamente tiene como sinónimos: indiferente, fría y ahogada.
Después de todo, El primer hombre
Uno de los últimos textos que escribió Camus fue un agradecimiento a Mozart que –piensa su biógrafo Hildesheimer– también sufría una alteración anímica bipolar. Por un instante imaginemos el momento de gloria que el hijo de las musas comparte con Sísifo. Están en la cima de la montaña, experimentando una lluvia de emociones mientras escuchan el aria de “La reina de la noche” de La flauta mágica. Ahora, desde el fondo de la montaña, escuchemos el coro Confutatis Maledictis. Cuando Sísifo ya no logra cargar la piedra de la melancolía, Mozart exhala la última bocanada y no logra terminar su Réquiem. Por último, imaginemos el árbol tropical que absurdamente detiene la marcha del auto donde viaja Camus. Hacía unas horas aún escribía El primer hombre, hermosa novela que describe el encuentro con el padre. El combatiente de la Resistencia francesa ha logrado hacer el viaje íntegro del héroe. Antes de morir en ese accidente, Albert Camus recuerda la mirada del primer hombre; sabe que no es en el planeta Melancolía donde hallará su última morada.
*Cada 40 segundos muere alguien por suicidio en el mundo.

sábado, 14 de diciembre de 2013

ALBERT CAMUS: NO HAY SOL SIN SOMBRA, Guillermo Vega Zaragoza


1 / 3

A cien años del nacimiento de Albert Camus, parece ocioso seguir polemizando sobre cuál parte de su herencia tiene mayor valía: la literaria o la filosófica. Sobre el valor de la primera, no cabe ninguna duda de que libros comoEl extranjero o La peste son obras maestras que permanecerán como tales de manera imperecedera. Sin embargo, sus reflexiones filosóficas enfrentaron escollos casi desde el momento mismo de su enunciación.
Recuerdo el ensayo de un jovencísimo Mario Vargas Llosa, escrito cuando vivía en París en 1962, en el que hizo una severa revisión de la obra de Albert Camus, fallecido apenas dos años antes, el 4 de enero de 1960, a causa de un trágico accidente automovilístico. El aún incipiente escritor peruano aprovechó la aparición del primer tomo de los Carnets de Camus para saldar cuentas con el Premio Nobel de Literatura de 1957, acusándolo de haberse convertido en “un lastimoso escritor oficial, desdeñado por el público y vigente sólo en los manuales escolares”.
El principal alegato de Vargas Llosa era que Camus cayó tan pronto en desgracia en el favor de los lectores debido a su insistencia en presentarse como un filósofo. “La gloria, la popularidad de Camus reposaban sobre un malentendido. Los lectores admiraban en él a un filósofo que, en vez de escribir secos tratados universitarios, divulgaba su pensamiento utilizando géneros accesibles: la novela, el teatro, el periodismo”. El futuro autor de La guerra del fin del mundo fue implacable: “Su pensamiento es vago y superficial: los lugares comunes abundan tanto como las fórmulas vacías, los problemas que expone son siempre los mismos callejones sin salida por donde transita incansablemente como un recluso en su minúscula celda”. Eso sí: Vargas Llosa lo reconoce como un gran narrador y prosista: sus libros serían “desdeñables si no fuera por su prosa seductora, hecha de frases breves y concisas y de furtivas imágenes”. Reconoce que, en realidad, Camus “era un artista fino y en algunas de sus obras registró intuitivamente el drama contemporáneo en sus aspectos más oscuros y huidizos”.
No obstante la severidad con que lo juzga, Vargas Llosa termina por absolverlo de sus “deslices”: “Camus no tuvo la culpa de que se viera en él a otro y lo único deplorable es que, contaminado por ese asombroso equívoco colectivo que hizo de él un ideólogo, traicionara su sensibilidad ascendiendo a alturas especiosas para discurrir artificialmente sobre problemas teóricos”. Y finaliza: “El prestigio de Camus se desvaneció cuando sus lectores descubrieron que el supuesto pensador, que el aparente moralista no tenía nada que ofrecerles para hacer frente a las contradicciones de una época crítica”.
Vargas Llosa tenía razón: Camus no era un filósofo, pero tampoco era sólo un literato. Además de un excelente narrador y prosista, era un agudo pensador. A diferencia del rigor lógico de Sartre, el método de Camus era la duda y el cuestionamiento, de ahí que las ideas que surgían a través de sus novelas las extendiera para desarrollarlas y clarificarlas en sus ensayos. Al paso de los años, el malentendido ha quedado plenamente aclarado: Camus es un extraordinario escritor con preocupaciones filosóficas, sin que ello signifique que estas preocupaciones no hayan tenido pertinencia entonces, cuando las escribió, y que no las tengan ahora, a la luz del desarrollo histórico de la civilización, a más de medio siglo de haberlas enunciado.
imagen
Albert Camus 
©Wikicommons
¿A qué se debe que las ideas de Camus sigan siendo pertinentes para explicarnos la condición humana de los tiempos actuales? Camus buscó expresar sus ideas filosóficas a través de la novela y el teatro, pero sobre todo recurriendo a mitos clásicos para ilustrarlas y explicarlas. Esta predilección por el clasicismo provino de la influencia temprana que tuvo en él André Malraux —con quien más tarde lo uniría una gran amistad— y André Gide, sobre todo el de Los alimentos terrenales. En una entrevista, Camus afirmó: “Conociendo bien la anarquía de mi naturaleza tengo necesidad de ponerme, en arte, barreras. Gide me enseñó a hacerlo. Su concepción del clasicismo como un romanticismo domado, es la mía”. Pero, sobre todo, la vocación clásica de Camus provendría de sus lecturas tempranas de Friedrich Nietzsche, sobre todo Así habló Zaratustra y El nacimiento de la tragedia, en especial la continua mirada a la Grecia clásica y sus mitos.
Camus consideraba que el escritor es un creador y recreador de mitos, pues éstos “no tienen vida por sí mismos, esperan que nosotros los encarnemos —dice en ‘Prometeo en los infiernos’—. Que un solo hombre responda a su llamamiento, y ellos nos ofrecerán su savia intacta”. Así, consciente de su inspiración artística, Camus se apoya en la historia de los héroes míticos: Sísifo, Prometeo, Ulises, Edipo, Némesis, Helena...
En La necesidad del mito, el psicoanalista Rollo May explica el mecanismo y la función que cumplen los mitos en la historia de la humanidad, pero sobre todo en el mundo contemporáneo: “Un mito es una forma de dar sentido a un mundo que no lo tiene. Los mitos son patrones narrativos que dan significado a nuestra existencia”. Los mitos son la autointerpretación de nuestra identidad en relación con el mundo exterior. Son el relato que unifica nuestra sociedad. Son esenciales para el proceso de mantener vivas nuestras almas con el fin de que nos aporten nuevos significados en una realidad difícil y a veces sin sentido. “Cualquier individuo —explica May— que necesite aportar orden y coherencia al flujo de las sensaciones, emociones e ideas que acceden a su conciencia desde el interior o el exterior, se ve forzado a emprender por sí mismo lo que en épocas anteriores hubiera llevado a cabo su familia, la moral, la Iglesia y el Estado”.

CAMUS Y LA DESESPERACIÓN, Ignacio Solares

1 / 1

A cien años de su nacimiento, Albert Camus se mantiene en el gusto e interés de los lectores como el autor de novelas emblemáticas del vacío y del absurdo, como El extranjero y La peste. Lo recuerdan Ignacio Solares y Guillermo Vega Zaragoza en los siguientes ensayos.
Por encima (o por debajo) de sus creencias o de sus dudas filosóficas y religiosas, Albert Camus fue ante todo un poeta (la gran diferencia con Sartre), y el poeta, que no acepta el lenguaje en su intención puramente racional, descubre pasadizos secretos entre todos los opuestos, entre razón y locura, cielo e infierno, fe e incredulidad.
A posibles fórmulas de trascendencia —¿cómo no pensar aquí en Dostoievski?—, el artista incorpora la suya: por la belleza se va a la reconciliación. Esa belleza, que será depositaria de su esperanza de creador (Creador), lo resume, preserva y hace de él un demiurgo. Verdad estética que, como quería Platón, es la Verdad a secas. La estética de Camus —su prosa es realmente una de las más bellas y exaltadas de la literatura francesa— le permite integrar, hic et nunc, lo que quizá la razón había fragmentado. Por ejemplo, su relación con la figura de Cristo. Si descartaba tan radicalmente cualquier posible relación con la Iglesia Católica —a la que no dudó en calificar de criminal—, la figura de Cristo parece haberlo atraído muy vivamente e, incluso, afirmó haberlo “amado”. En La caídahay unas líneas reveladoras en este sentido. “Cristo gritó su agonía y por eso lo amo, amigo mío… Lo malo es que nos dejó solos… solos… pasara lo que pasara… incapaces de hacer lo que Él hizo e incapaces de morir como Él”.
La poesía de Camus está cargada de nostalgia porque “el cielo no responde”.
Escribe Max-Pol Fouchet que un día paseaban él y Camus en Argelia por una calle a la orilla del mar. De pronto se encontraron ante un apiñamiento de gente. En el suelo yacía el cadáver de un niño árabe desfigurado, sangrante, recién aplastado por un autobús. La madre pegaba de gritos. El padre parecía pasmado. La gente miraba estupefacta. El joven Camus, después de un momento, habiéndose alejado unos pasos del grupo, mostró a su amigo el cielo azul, refulgente, señalándolo con el índice. “Mira, el cielo no responde”.
Esta simple frase resume el drama de una sensibilidad —y toda una literatura— marcada por el enigma (Enigma) más inescrutable, y que seguramente inspiró a Camus el relato de la dramática muerte de un niño en La peste, ante el cual el doctor Rieux pregunta: “Puesto que el orden del mundo está regido por la muerte de un niño, piénselo, ¿no es mejor para Dios que no creamos en Él, que no levantemos jamás los ojos al Cielo, donde Él siempre permanece en silencio?”. Variación de la de Ivan Karamazov de Dostoievski: “Ante una Creación que tortura a los niños, regreso mi boleto”.
imagen
Albert Camus en 1957
©New York World-Telegram/The Sun Newspaper/ Wikicommons
También en La caída se refiere a la nostalgia de Cristo por los niños que murieron por su culpa.
“Él debía haber oído hablar de cierta matanza de inocentes. Si los niños de Judea fueron exterminados, mientras los padres de él lo llevaban a lugar seguro, ¿por qué habían muerto, si no a causa de Él? Desde luego que Él no lo había querido así. Le horrorizaba la idea de aquellos soldados sanguinarios, de aquellos niños partidos en dos. Pero estoy seguro de que, tal como Él era, no podía olvidarlos. Y esa tristeza que adivinamos en todos sus actos, ¿no era la melancolía incurable de quien escuchaba por las noches la voz de Raquel, que gemía por sus hijos y rechazaba todo consuelo? La queja se elevaba en la noche, Raquel llamaba a sus hijos muertos por causa de Él, ¡y Él estaba vivo!... Sabiendo lo que sabía, conociendo profundamente al hombre —¡ah, quién hubiera creído que el crimen no consiste tanto en hacer morir como en no morir uno mismo!—, puesto día y noche frente a su crimen inocente, se le hacía demasiado difícil sostenerse y continuar… ‘¿Por qué me has abandonado?’. Era un grito sedicioso, ¿no es cierto?... Y, querido amigo, sé bien de lo que hablo. Hubo un tiempo en que a cada minuto mismo no sabía cómo podría llegar al siguiente”.
Camus sabía que el dolor nos emparenta a Cristo por más que, como en su caso, no se crea en Dios. En Cartas a un amigo alemán escribe: “Sigo suponiendo que este mundo no tiene un sentido superior. Pero sé que hay algo en él que sí tiene sentido, y es el hombre ante su prójimo. Porque ese encuentro le da sentido a todo”. Frase que se complementa con otra de La peste, donde se habla de “aquellos a quienes les basta el hombre, y su pobre y terrible dolor”.
La exhaustiva biografía de Herbert R. Lottman sobre Camus nos revela al gran escritor francés en toda su grandeza creadora y, también, en toda su desesperación existencial. Precisamente por mostrarnos cuánto luchó Camus contra la enfermedad (era tuberculoso), contra la angustia y contra la depresión, es que la biografía de Lottman lo humaniza más y adquiere un mayor relieve su trabajo artístico, realizado literalmente a contracorriente.
“El único esfuerzo de mi vida, ya que lo demás me ha sido dado y generosamente (salvo la fortuna económica, que me es indiferente): vivir una vida de hombre normal. No quería ser un hombre de los abismos. Pero este desmesurado esfuerzo no ha servido para nada. Poco a poco, en vez de avanzar en mi intento de una vida normal, veo acercarse más y más el abismo”.
Nótese la relación de la siguiente frase de su diario con la imagen de tristeza y de culpa que nos dio de Cristo: “Morimos a los cincuenta años de una bala de nostalgia que nos disparamos al corazón a los veinte”.
En una ocasión tomó un avión en Orán, dejando a su mujer y a sus hijos en Argelia. Pero, poco después del despegue, el aparato perdió uno de sus cuatro motores y el piloto anunció que había que volver al aeropuerto para proceder a las reparaciones necesarias. Camus comenzó entonces a sentir la claustrofobia que solía apoderarse de él, y se desmayó.
Las siguientes reflexiones sobre una recaída de su enfermedad aparecen fechadas en su diario a finales de octubre de 1949:
“Después de llevar tanto tiempo seguro de mi curación, este retroceso debería hundirme, me hunde, en efecto. Pero al venir tras una cadena ininterrumpida de abatimientos, por momentos me hace reír. En esos momentos, al fin me veo liberado. La locura es también liberación”.
Su estado de ánimo le llevó a escribir en su diario, a raíz del suicidio de un amigo:
“Conmocionado porque lo quería mucho, por supuesto, pero también porque de repente he comprendido que tenía ganas de hacer lo mismo”.
En alguna ocasión, desesperado, le dijo a María Casares, su amante, que si en los siguientes meses no conseguía llevar una vida normal  —si la enfermedad seguía amenazando la vida a la que estaba acostumbrado— tendría que tomar una decisión drástica. No le explicó cuál, pero se apresuró a tranquilizarla: intentaría vivir.
Paradójicamente, en las mismas páginas en las que Camus traza a grandes rasgos su porvenir literario y sus nuevos proyectos, se percibe una nota de desolación de cuando en cuando. “Por fin, lo que he buscado con tanto afán: hacerme a la idea de una muerte muy próxima”. El 5 de febrero del 53 escribe: “¿Morir sin haber resuelto todo, salvo…? Dejar al menos resuelta la paz de aquellos a los que se ha amado…”.
Al enviarle a René Char un ejemplar de su prólogo a L’Allemagne vue par les écrivains de la Résistance française, de Konrad Bieber, que iba a aparecer en el transcurso del año, le escribió que ese prólogo era un texto muy malo: “Puesto que ya no sé escribir. Algo se acabó en mí y sólo queda el vacío”. Por suerte para él y para la literatura, esos pasajes de desolación se combinaban con otros de gran exaltación creativa.
Su mujer también era depresiva y al enterarse de la relación amorosa del escritor con la actriz María Casares, empeoró gravemente, al grado de que intentó suicidarse. Camus escribió en julio de 1954 que en su familia vivía un infierno que le consumía la poca energía que le restaba. Casi no salía de su casa, dejó de ver a María y se pasaba la mayor parte del día al lado de su mujer y sus hijos.
“¿Sabes lo que ocurre conmigo? —le escribió el 17 de septiembre de ese año a René Char—. Que tengo unas ganas enormes de desaparecer, en resumen: de no ser nada ni nadie”. Y seguidamente: “No he hecho nada durante este verano, en el que sin embargo tenía puestas muchas esperanzas. Y esta esterilidad, esta súbita insensibilidad me afectan enormemente y se transforman en angustia”.
Cuando Camus volvió de Estocolmo, después de recibir el Premio Nobel, su gran amigo argelino, Emmanuel Roblès se encontraba en París. Un día de la última semana de 1957, quedaron de comer juntos. Como Camus no llegaba, Roblès, conociendo su puntualidad, telefoneó a su secretaria, quien le dijo que el escritor había salido del despacho a las doce menos cuarto. Cuando por fin llegó, Camus tenía la voz alterada, como si algo le ahogara. Explicó que cuando estaba buscando un taxi en el bulevar Saint-Germain había empezado a asfixiarse y, por fin, había conseguido que un transeúnte le buscara el taxi; entonces había dado la dirección de su médico y llegó a tiempo de recibir una inhalación de oxígeno. Le confesó a Roblès que se sentía ridículo por ser tan vulnerable, que el reconocimiento público no hacía sino aumentar su angustia.
A veces Suzanne Agnely, su secretaria, tenía que acompañarlo hasta su casa cuando el simple hecho de salir a la calle parecía aterrarlo. Ahora que era célebre temía que se le acercaran, que lo rodearan, que le hicieran preguntas tontas a las que no sabría qué responder, que los periodistas intentaran entrevistarlo con cualquier pretexto. Además de con su médico habitual empezó a ir con un psiquiatra.
Se describía a sí mismo como “disminuido”. Ya no podía coger el Metro a causa de la claustrofobia. Cuando viajaba en avión, su secretaria advertía a Air France que el escritor deseaba ir de incógnito y que podía ponerse mal de repente, en cualquier momento.
Decía que se metía en su piso como para esconderse en su madriguera. Agregaba que, cuando se encontraba mal, sentía la necesidad de alejarse de todos, quedarse solo, como las fieras. A menudo utilizaba la expresión “animal enfermo”. Y si la idea del suicidio le tentaba, en la práctica lo rechazaba por “indigno”.
Sin embargo, todo esto, como decíamos, se combina con momentos de gran exaltación.
“Todo mi esfuerzo, en todas las situaciones, es para restablecer los contactos. E incluso a pesar de esta tristeza mía, qué deseo de amar y qué embriaguez por momentos ante la sola visión de una colina en el aire de la tarde”.
Y:
“Si pudiera prolongar la alegría que me provoca la pura visión del mar. Antes que nada hacerme dueño de mí mismo. Entregarme al puro momento presente, en donde la nostalgia se transforma en plenitud…”.
Así lo dijo en una línea de El hombre rebelde:
“Nuestro compromiso con el futuro, es dárselo todo al presente”.
Ese intento de cura, de reconciliación, que —como la “pura visión del mar”— se transforma en poesía, en la que todo (Todo) recupera el sentido, incluso el dolor más absurdo.
“Aceptar lo absurdo de todo lo que nos rodea es una experiencia necesaria, pero no debe convertirse en un callejón sin salida. Suscita una rebeldía que puede transformarse en una visión reveladora”.
Esa visión reveladora que sólo consiguen, a pesar del dolor que lleva implícito, los grandes poetas.
Él así lo escribió: “Hay que imaginar a Sísifo feliz”.

jueves, 5 de diciembre de 2013

ORACIÓN, un poema de Juan Carlos Quiroz a Enriqueta Ochoa

Oración
Por Juan Carlos Quiroz
2 de diciembre de 2008
No rebusquen más mitos en mis labios.
Soy la furia salvaje de una criatura
abandonada en el monte...
Enriqueta Ochoa
Que el silencio no se extinga, que se esconda en esa leve ranura de la noche. Que este día se quede grabado en el alma de una piedra milenaria, justo ahí, en medio de las carnes de Pandora. Que el sonido forme un reflejo inesperado de cipreses, un destello de ocarina en cualquier ciudad del África sombría. Otro sitio y otro tiempo será siempre el adecuado para no ceder ante el miedo y la marea, para no guardar este hilo de palabras que comienza dentro de tu cuerpo. Tu nombre, tu nombre sobre el mar es sólo una castaña deslumbrante, sobre los filos más finos de la arena, es un crepúsculo de estambre a la deriva. Hay un torreón de sol a las cuatro de la tarde, música de Mozart tiñendo el oído de Enriqueta.

                                                               Señor
                                                          que la luz eterna
                                                                         ilumine su camino
                                                            y que ella
                                                                     sin ninguna condición
                                                pueda habitar en tu morada

POESíA DE ENRIQUETA OCHOA


P O E S Í A
E-Mail
Enriqueta Ochoa
(Torreón, 1928)


Los himnos del ciego

I


El que canta es un ciego
con los ojos de faro
y los labios de raíz oscura.
El que canta es un ciego
que se quemó de ver
y nunca percibió
dentro de su cuerpo justo
ni con su luz exacta
el mundo de las cosas.
Sin embargo,
es el ciego maldito
que ve con los ojos de todos los que ven.

II


Sobre la más alta roca del amor
he llorado esta noche,
porque soy,
porque los hombres somos
aherrojado flautín,
mirada ciega,
potencia de una luz encanecida
que podría cantar, contar,
hilar la trama de los siglos.
Porque los hombres somos
la gran mirada que dejó oculta el Señor,
grávida como el embrión.
Hay que saber crecer calladamente.
Pero revientan ya los brotes.
Hay un rumor secreto de azúcar fermentando,
una dilatación,
un vencimiento,
un estallido de todas las suturas del espacio.
Échanos a tu hoguera
en la revuelta de esta hora sombría:
la yesca de nuestros labios arderá,
y acaso alguna chispa salte como astro
alumbrando la noche.



Asaltos a la memoria

III


A la bisabuela le peinaban las trenzas con los dedos.
Vivió 110 años.
Lúcida, su cuerpo fue achicándose.
Nunca desmereció la mata de su pelo inmaculado
que crecía en abundancia
                                colgando en largas trenzas.
Una mañana rechazó la bandeja de panecillos
y el chocolate espumoso.
Pequeñita, se ovilló en el silencio
“La virgen me envolvió en un vapor azul,
me trajo el desayuno”,
dijo antes de bajar a esconderse
en los íntimos pliegues de la tierra.



Este ir y venir

¿Para qué este ir y venir?
Quién sabe en qué rincón se encontrará la aurora
y qué idiota o qué santo
nos vaciará un día equis la cabeza.
Y el sueño de un buen Dios
Y la tiniebla
se borrarán de golpe
el entrar a ese ojo que nos acecha fijo
y al que nos vamos todos
a la señal de un tiempo.