lunes, 7 de noviembre de 2016

EXCESO Y AUSENCIA DE LA REALIDAD, Julio César García (La Jornada Semanal)

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Colaborador constante de estas páginas, al historiador, ensayista y filósofo italiano Fabrizio Andreella no sólo le tienen sin cuidado las etiquetas de un prestigio intelectual habitualmente más asido al rebumbio mediático que al calado de las ideas expuestas, sino que valido de una discreción ya en desuso general, incluso evita ponerse bajo unos reflectores que, al menor descuido, ciegan a quienes desean, en el fondo y sobre todo, ser mirados, y no tanto leídos o escuchados.
Sin embargo, para precisar las coordenadas dentro de las cuales discurren las doce miradas que integran este volumen, conviene repetir, para recalcarlo, eso que Andreella es: “historiador por formación, filósofo por vocación y observador de la realidad social por diversión y obligación ética”. También descontinuada hoy en día, cuando no violentada por la exageración, otra palabra que define al autor de estas Vidas amuebladas es “pensador”, y quien ha leído alguno de los numerosos ensayos de Andreella publicados en este suplemento desde hace aproximadamente década y media, no podrá sino coincidir en que, para el también autor de El cuerpo suspendido. Códigos y símbolos de la danza al principio de la modernidad, la maravilla más alta y jubilosa de la vida humana consiste en vivir “la aventura del pensamiento”, como han afirmado Carl Sagan y Jacob Bronowsky entre otros pensadores cuya pluralidad de intereses y largoalcance en su mirada los convirtió en mucho más que célebres divulgadores del conocimiento. Como el propio Fabrizio Andreella, quien evidentemente no los necesita pero se sirve de los que él llama lentes bifocales.
Hechos con el doble cristal de la información certera y el discurso claro, pulidos con el esmeril doble también de la reflexión y la propuesta, enmarcados en el armazón de la sencillez y, como quería Calvino, de la levedad, los doce ensayos aquí reunidos abordan grandes segmentos de una realidad que, a falta de mejor o peor apellido, toca seguir llamando “postmoderna”. Son doce visiones: del placer, del cuerpo, de la transformación, de la palabra, de la pantalla, del mensaje, del producto, del exceso, del recorrido, de la relación, de la instantaneidad y de la permanencia. A su vez, cada uno de los ensayos es precedido por una suerte de epígrafe o noticia preliminar que arroja luz a la materia de la que se trata: en las visiones del placer Andreella avisa que, en nuestro mundo postmoderno, “la excitación ha tomado el lugar del placer”; en las del cuerpo, que éste “es la fuente profunda y el receptáculo resignado de toda fantasía”; en la transformación, que “el yo no es más un sujeto, sino una situación”; que “toda palabra es falsa, pero”, como preguntaba Elias Canetti, “¿qué hay sin palabras?”; que “la imagen es parricida de las cosas querepresenta”; con McLuhan coincide al afirmar que “en la mediocracia actual, cualquier mensaje es un masaje”; que “los objetos tienen privilegios que se niegan a los sujetos”; deplora que “la abundancia impide el movimiento”, así como que “vida y viaje ya no son sinónimos”, como lo fueron para fenicios, portugueses y otros pueblos menos atados a espejismos; que “el aislamiento es un sicario del control social”, sobre todo si se considera que “hoy en día los que batallan para enfocar el horizonte son los présbitas”, y remata con esta afirmación irónica: “El tiempo es tan tolerante que nos deja moldearlo incluso para crear nuestras angustias.”
Paseando su mirada generosa y aguda en la galería variopinta que conforman el tiempo incómodo de la senilidad, el mercado de la juventud, la ley del deseo en la sociedad de consumo, la invasión de la irrelevancia, el cuerpo sin fin de la anorexia, la momificación de la poesía, la religión apantallada, la soledad de la carne y otras estaciones del tiempo contemporáneo, Andreella invita a leer la postmodernidad o, dicho de otro modo, a desmitificarla desenmascarándola, mirándola de frente tal como es y no como unos cuantos la hacen lucir, en un juego de apariencias en el que los ganadores siempre son poquísimos y siempre son los mismos. Invitación, la del autor, a dejar de lado el automatismo del consumo irreflexivo e irrefrenable, la búsqueda de una falsa celebridad tan fugaz como barata, así como el culto laico a espejismos como la juventud eterna y el bienestar únicamente material, para en cambio “pensar y mirar el mundo como protagonistas de nuestra existencia”. Tan sencillo que eso suena y tan arduo de lograr hoy día, entre tantos muebles estorbando el acto simple y máximo de vivir.

CASA SOSEGADA, Javier Sicilia (La Jornada Semanal)

Casa Sosegada

Memoria y relato
En una hermosa historia que el escritor Yosef Agnón transmitió a Gershom Scholem y que Giorgio Agamben utiliza como título de uno de sus libros, El fuego y el relato, se cuenta que cuando el fundador del jasidismo, Baal Shem, debía resolver un asunto difícil “iba a un determinado punto en el bosque, encendía un fuego, pronunciaba las oraciones” y el asunto se resolvía. Sus sucesores hicieron lo mismo, pero algo había dejado de estar. Después de varias generaciones, todo, el bosque, el fuego y las oraciones, desaparecieron por completo. Entonces Rabi Israel de Rischin, que habitaba en un castillo dorado y que al igual que Baal Shem debía resolver una tarea difícil dijo: “No sabemos ya encender el fuego, no somos capaces de recitar las oraciones y no sabemos siquiera el lugar en el bosque, pero podemos contar la historia”, y con eso fue suficiente.
El relato, como todo buen relato, tiene muchas interpretaciones. Yo lo leo, por un lado, como una alegoría del anuncio de lo que el jasidismo, fundado en el siglo XVIII, intuía que serían las consecuencias del progreso que comenzaba su avance: el arrasamiento del pasado, de la vida tal como la conocíamos, de los fundamentos de la tradición y de la vida común. Por el otro, como la afirmación de la memoria que, al preservar el pasado, lo rescata de la tabla del carnicero con la que Hegel definió la historia.
Visto desde nuestra modernidad, donde el desencantamiento del mundo se ha instalado, todo relato –toda literatura–, como señala Agamben al comentar la historia jasídica–, es a la vez memoria de lo perdido y conmemoración de su fuente mítica y espiritual en el sentido de misterio, aunque el escritor ya no lo sepa y sus protagonistas, como en el caso de Isabel Archer de Retrato de una dama, de Henry James o de Anna Karenina, expresen ese contacto y esa pérdida de manera desesperada o mediocre y miserable como Emma Bovary. El peligro, como parece ocurrir cada vez más, es que el avance del progreso contamine de tal forma el relato que le haga perder “su ambigua relación con el misterio” y, cancelándolo, pretenda no tener necesidad de él o lo dilapide “en un cúmulo de hechos privados” que haga que la novela se pierda “junto con el recuerdo del fuego”, es decir, junto con la memoria.
La historia evocada nos dice otra cosa más. El universo jasídico, de la que proviene, es profundamente místico. Sus raíces se hunden en la tradición hebrea y en la memoria de la promesa que Yavé hizo a Abraham y que se encuentra en el Libro, la Biblia. Así, recordar para ellos –que desde entonces se pusieron en marcha hacia la tienda de Yavé– es no perderse en el tiempo. Es también recordar que en el momento de la llegada a la tienda de Yavé, que coincidirá con la llegada del Mesías, todo lo que ha sido y es recordado se recobrará. Si la memoria que está en los relatos se pierde, algo no será rescatado al final de los tiempos.
Contra la historia moderna que se basa en el avance progresivo de la humanidad hacia la perfección y en laque, como en la tabla del carnicero de Hegel, la destrucción del pasado con sus seres, lugares y fórmulas es el horrendo precio que la humanidad debe pagar en su marcha hacia adelante, la tradición jasídica nos dice, de alguna forma, que, a pesar de la destrucción del progreso, la memoria preserva todo lo que deberá ser salvado al final del tiempo. Lo nuevo coincide con el rescate del ayer. La destrucción, para decirlo con Walter Benjamin, para quien el jasidismo era una de sus fuentes, es el resquicio por el que un día entrará el Mesías que dará cuenta de todo aquello que en la historia fue vencido, destruido, devastado e incluso olvidado, pero que todo verdadero relato preserva. De allí la necesidad de que la novela, como dice Agamben, no seaparte nunca de su fuente mistérica, es decir, de su fuente espiritual.
Por desgracia, los escritores ya no parecen darse cuenta de esa inmensa responsabilidad. Escribir significa, ante todo, recordar, amar y preservar lo que fue o nos fue arrancado en nombre de un progreso y una soberbia absurdas. Quien no lo hace, jamás será un escritor.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José ManuelMireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, devolverle su programa a Carmen Aristegui y abrir las fosas de Jojutla.

ROSARIO TIJERAS O LO FALLIDO, Valdemar Ramírez Loaeza (Semanario Las Nueve Musas)

Valdemar Ramírez Loaeza
Domingo, 6 de noviembre de 2016
LA AUSENCIA DE CREATIVIDAD

ROSARIO TIJERAS

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Noticia clasificada en:Televisión
Primero fue la novela colombiana (Franco Ramos, 2000); después, la adaptación a cine (Emilio Maillé, 2005); posteriormente, la adaptación a serie (2010), y en el colmo de la dilución, el fallido intento de mexicanización de esta narración (TV Azteca, 2017).
Bárbara de Regil
Bárbara de Regil
La historia se traslada de un barrio pobre de Medellín, Colombia, a lo que parece ser Cuautepec, Barrio Alto, en el Estado de México. Posiblemente esta similitud de asentamientos humanos en lo alto de las colinas sea el único acierto de la adaptación. El resto de los elementos roza el ridículo, por lo forzados que son: la actriz que interpreta a Rosario (Bárbara de Regil Alfaro), con su tipología de modelo, con sus largos músculos de gimnasio (y por cierto, bastante mayorcita para ser una chica de preparatoria) no tiene nada que ver con la gente que habita colonias como la descrita.

El lenguaje también resulta exageradamente inverosímil: ¿qué joven de hoy le llama “echar un danzón” a bailar? Cierto, los hay: son los que en verdad bailan danzón, mambo y swing, y recrean la cultura del pachuco... pero son los menos, y ni siquiera se hallan en las zonas marginales de la mancha urbana.

Parece que estuviéramos viendo un episodio de “Una familia con suerte”, con expresiones tan estereotipadas y fuera de lugar como “simón”, “es bien pasada de lanza”, “no, carnal”. Hasta ahí llega la capacidad de observación de aquellos conductores y actores de estrato socioeconómico alto que tratan de imitar a la gente de barrio (como hacen Consuelo Duval y Eugenio Derbez, para no ir más lejos), para luego ridiculizarla; en pocas palabras, morder la mano que los alimenta.

Al igual que sucedió con las telenovelas protagonizadas por Thalía, es como si los guionistas tomaran las películas de Pedro Infante como referente para un lenguaje de barrio que se supone actual. Es que estas personas no entienden que cada generación tiene su caló, y que por naturaleza, este tipo de lenguaje caduca; tal vez hoy más pronto que nunca.

Vanessa Bauche
Vanessa Bauche
Esta producción augura un desperdicio de actores como Vanessa Bauche (la única cuya pronunciación de barriada no suena artificial, y quien, por cierto, no tiene ni el mínimo parecido físico con la protagonista, aunque sus personajes son madre e hija).

Son dos cosas las que considero más lamentables: 1) es evidente que TV Azteca realizó esta producción sólo para no quedar fuera del negocio de las narcoseries; 2) este trabajo reitera la crisis de imaginación que sufre el gremio de los guionistas mexicanos, o bien, la cortedad de miras de los productores. ¿Por qué seguir copiando series y telenovelas argentinas o colombianas? ¿Acaso la televisión mexicana no tuvo una época en la que fue referente internacional?

Peor aún: este tipo de copias, mal hechas, fuera de tiempo, son versiones severamente distorsionadas de las obras originales, en este caso el libro. Cuando, en su momento, la novela salió a la luz, trataba un tema de actualidad, de una manera seria y literaria, con todas las peculiaridades regionales de problemas como la el narcotráfico, la pobreza y la violencia. La diluida y mal hecha producción que hoy nos ocupa (con banda sonora que trata de imitar los programas colombianos) sólo es un producto más de la pereza y la negligencia de las televisoras nacionales.

El primer capítulo basta para no repetir un vistazo, ni el más fugaz, a este tipo de productos “nacionales”.


LA ECONOMÍA ¿UN NUEVO OPIIO PARA EL PUEBLO?, Antonio José Gil Padilla (Semanario Las Nueve Musas)



Antonio José Gil Padilla
Lunes, 7 de noviembre de 2016
EL PODER REAL ES EL PODER ECONÓMICO

NUEVOS OPIOS PARA EL PUEBLO

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Ahora, cuando esas religiones tienen menos influencia en la tarea enajenante, nuevos opios aparecen en la escena para mantener las cotas de irracionalidad que el sistema requiere. El desarrollo tecnológico es aprovechado con enorme eficacia para llevar a cabo esta labor.
Con carácter general

El desequilibrio socioeconómico cruel e irracional al que da lugar un modelo de convivencia como el que ha padecido hasta ahora la humanidad, ha estado siempre ligado a fórmulasalienantes. Evidentemente, estas fórmulas han sido compañeras de viaje de métodos más expeditivos que, como si de un círculo de fuego se tratara, han protegido a las clases dominantes a lo largo de toda la historia, evitando que los dominados protagonizaran cualquier tipo de trasformación o de cambio a su favor. El sometimiento inhumano de la esclavitud, el uso de la fuerza física, la persecución política, el encarcelamiento y la muerte  son algunas de las acciones utilizadas a través de los instrumentos que el sistema, a lo largo del tiempo, ha creado para su propia protección y supervivencia: los ejércitos, las fuerzas del “orden”, la ley, etc.

Además, como hemos señalado, ha sido necesario imbuir al pueblo en prácticas irracionales  de autorrepresión  que le permita alejarse, en la medida de lo posible,  de la triste realidad que ha padecido y que padece, y les haga perder la conciencia real de su propia existencia. Las religiones, y en particular las de corte cristiano, han sido en otros tiempos piezas clave, jugando un importante papel enajenador en civilizaciones y sociedades como la nuestra, en las que, habitualmente, centramos el análisis.

 

Ahora, cuando esas religiones tienen menos influencia en la tarea enajenante, nuevos opios aparecen en la escena para mantener las cotas de irracionalidad que el sistema requiere. El desarrollo tecnológico es aprovechado con enorme eficacia para llevar a cabo esta labor.


La clase dominante ha sabido hacer un excelente uso de ciertos inventos y de ciertas prácticas. Los grandes medios de comunicación como canales de distribución y los deportes como “espectáculo” de masas constituyen el marco adecuado para distraer y embelesar a la ciudadanía. En particular, el binomio TV-fútbol se ha convertido en la droga legal más poderosa que, para mayor facilidad de consumo, se expide a domicilio.  Nuevos opios para el pueblo (los mencionados y otros tantos, asociados a una pseudocultura) han venido a sustituir o a complementar a esas viejas prácticas religiosas que, sin dejar de cumplir su función, han quedado un tanto obsoletas, a pesar de las modernas intentonas de revitalización.

En lo concreto

Los grandes medios de comunicación privados están en manos del gran capital. Los públicos están al servicio del grupo político que gobierna. Poco a poco, ciertos sectores sociales van despertando del letargo en el que hemos permanecido durante tanto tiempo. Nos vamos dando cuenta de que el poder real es el poder económico, cuyos componentes se esconden tras una serie de poderes de segunda entre los que se encuentran los mass media. No se escapa ninguna cadena, ningún periódico. Con la cuartada de la libertad de expresión se permiten hacer y deshacer al antojo de sus amos. Lo que en otros tiempos se convirtió en el diario de la mayor parte de la progresía de esta sociedad nuestra, El País, se ha convertido, junto a la emisora hermana, la SER, en el instrumento más reaccionario. Tal vez nos han estado engañando durante décadas, tal vez siga engañando aún a ingenuos, a pesar de la contundencia y la evidencia con la que está actuando en estos últimos meses. Cualquier signo de cambio es cercenado de inmediato.  El grupo PRISA ha defenestrado a Pedro Sánchez, provocando que el PSOE salte por los aires.

En estos días les toca a los de Podemos. Un hecho insignificante se ha convertido en la noticia de primera página en periódicos, radios y televisiones. No quieren que Ramón Espinar —ayer desconocido, y hoy conocido en medio mundo— sea el dirigente de Podemos en la Comunidad de Madrid. Los de la izquierda real deberíamos  aprender y reforzar nuestra confianza en este grupo político. Las agresiones que sufren, y las que sufrirán, son tan desproporcionadas y burdas que les legitima como grupo diferente a los que se alían para defender a los de siempre.

Decimos que todos los grandes medios están en manos de la oligarquía. Todos. Algunos son más peligrosos que otros. La Sexta es la cadena que ven los que huyen del “Sálvame” y otros programas semejantes, pero este canal pertenece al grupo Planeta, lo mismo que el diario La Razón.  Un tal Ferreras, a la sazón actual director de la emisora, junto a toda su comparsa, ha insistido hasta la saciedad en el asunto “Ramón Espinar”, utilizando la mentira y las más sucias maniobras capciosas. Sus antecedentes laborales hay que situarlos en la SER y en el Real Madrid. Excelente Palmarés. Afortunadamente, cada día que pasa disminuye el número de hombres y mujeres de izquierdas que siguen sus tediosos programas, que, sin reparos, podemos ubicarlos en lo que vulgarmente se conoce como “TV basura”.

 Es vergonzoso, indignante, desesperante que individuos que tienen unos ingresos desorbitados se permitan el lujo de arremeter contra un joven que obtuvo unas insignificantes ganancias en la compra-venta de un piso de 50 metros cuadrados. Espinar y otros dirigentes han quedado “tocados” por este asunto que seguirá en el candelero y será estrujado  hasta la última gota, hasta su total extenuación.

Epílogo

La pregunta a los de Podemos es esta: ¿es que no sois capaces de contrarrestar estos ataques rebuscando en las miserias de esos lacayos, que miserias hay a porrillo? Por fortuna las redes sociales están a vuestra disposición. Por otra parte, podéis aprovechar vuestras apariciones en los medios y dar la vuelta a las agresiones que sufrís. En aras de combatir la manipulación, algunos lo agradeceríamos.

PREPARACIÓN PARA UN BUEN VIVIR O MARCO AURELIO, José Manuel López García (Semanario Las Nueve Musas)

José Manuel López García
Domingo, 6 de noviembre de 2016
PREPARACIÓN PARA UN BUEN VIVIR

Marco Aurelio

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Los pensamientos  del emperador y filósofo Marco Aurelio expuestos en sus Meditaciones son la expresión de un estoicismo abierto y maduro. Su vida se extiende  desde el año 121 hasta el 160.
En su época no son numerosos los que se dedican realmente a la filosofía; y los que a sí mismo se denominan filósofos, en su mayoría no pasan de ser eruditos, como Apuleyo,  médicos como Galeno, o  moralistas, como Epicteto  o Marco Aurelio, polígrafos, comoPlutarco que, además era platónico, o escépticos como Sexto Empírico.  La influencia de las reflexiones  o notas que escribió en su obra han sido objeto de lectura y comentarios, a lo largo de los siglos, por numerosos pensadores. Y también han sido meditaciones que han estado en la mente de las personas cultas.

Como también escribe  Pastor Gómez: «No se preparó para la filosofía, sino que ésta, la filosofía, era en él un ingrediente necesario para el ejercicio del poder: el imperio, y para dirigir convenientemente su vida». Entendía la filosofía como un arte de vivir que era necesario practicar con moderación y  tolerancia. Una especie de preparación para un buen vivir, y para una aceptación serena de lo que nos depara el transcurso del tiempo. Era muy consciente de la finitud humana, y a la misma dedica sus páginas más memorables.

Elaboró o tejió sus meditaciones entre los años 172 y 175. En los espacios de tiempo que podía dedicar a escribir. Si se tiene en cuenta que vivió en estos años en un ambiente militar se comprende que no desarrollara una producción más amplia. Aunque se perdió una autobiografía que había escrito.

El título de las Meditaciones  de Marco Aurelio es Para sí mismo: en griego Ta eis heautón, y en latín Ad se ipsum. Aunque también se ha utilizado el título de Soliloquios. Pero el más acertado es  Meditaciones, sin duda.

Esta obra fue escrita en griego. En lo referido a su estilo es conciso, con frases breves y desconectadas entre sí. Pero aparecen las repeticiones en los temas que más le preocupan. Ya que quiere precisar lo más posible sus ideas para sí mismo, y también para los lectores.

Aunque no fue un filósofo original, su pensamiento era profundo y brillante. Poseía una serenidad estoica que daba muestra de solidez intelectual, y también mostró una fina capacidad de análisis de la realidad y, especialmente, del alma o la mente humana.

Marco Aurelio destacó, de forma especial, la trascendencia de la conciencia gnoseológica. Manifestación del entendimiento y de la razón. Y que depende de la actividad interna del yo pensante.

Para él la conciencia moral se ejerce por medio de juicios de valor respecto a lo bueno, lo malo, lo indiferente, etc. Se entiende que escriba: «cuánto tiempo libre gana  el que no mira  qué dijo, hizo o pensó el vecino, sino exclusivamente, qué hace él mismo, a fin de que su acción sea justa, santa o enteramente buena».

La ética de  Marco Aurelio no puede ser considerada formalista, en un sentido  cercano al kantiano. Ya que la conformidad ante lo que depara el mundo a los individuos no supone que haya que permanecer sin hacer cosas. Al contrario, hay que ser activo y recto, siguiendo la razón.

La firmeza del carácter es muy apreciada por Marco Aurelio, ya que señala como ejemplo en sus escritos, la fijeza de la roca que resiste los embates de las olas, y permanece inalterable. Por tanto, se entiende también que diga respecto  a las circunstancias negativas: «Acuérdate, a partir de ahora, en todo suceso que te induzca a la aflicción, de utilizar este principio: No es eso un infortunio, sino una dicha soportarlo con dignidad».Y, en lo concerniente a la vida plena y racional, está convencido de la necesidad de  vivir el presente de modo intenso, pero sereno, aunque pueda parecer contradictorio. Escribe: «La perfección moral consiste en esto: en pasar cada día como si fuera el último, sin convulsiones, sin entorpecimientos, sin hipocresías».

Por otra parte, en relación con su pensamiento político y social, Marco Aurelio considera que lo mejor es tener una actitud cosmopolita y sociable. Ya que todos los seres humanos participamos de la razón. Y somos también ciudadanos del mundo. Y el criterio para la toma de decisiones  es la razón.

jueves, 3 de noviembre de 2016

LA CRÍTICA COMO POSIBILIDAD, Norma Lojero * (La Jornada Semanal)

La crítica como posibilidad

¡Oh inteligencia, soledad en llamas,
que todo lo concibe sin crearlo!
José Gorostiza (Muerte sin fin)


En el México del siglo xx, como en otros momentos de la historia, encontramos gran variedad de voces que han generado pensamiento crítico en múltiples disciplinas. Los luchadores sociales, intelectuales, ensayistas, filósofos, escritores, poetas, artistas, desde Ricardo Flores Magón hasta Alfonso Reyes, de José Vasconcelos a Carlos Monsiváis, entre muchos otros, con su postura y convicción contribuyeron a la construcción de las ideologías en nuestro país, pero también se asomaron a las obras artísticas para dar cuenta de ellas mediante su mirada crítica.
La crítica literaria, por ejemplo, es uno de estos ámbitos que se han desarrollado en los últimos siglos, pero que tiene sus orígenes desde la antigua Grecia, lo cual comprueba que, de una u otra manera, siempre serequiere de la mediación para relacionarnos con las obras. Quizás entre más lejos nos queden éstas mayor sea la necesidad de contar con el filólogo que ofrece desde una exégesis hasta propuestas de interpretación más complejas, de acuerdo con la historicidad de quienes se involucran con los textos.
El origen etimológico de la palabra “crítica” tiene que ver con la capacidad de discernir, analizar, y también se relaciona con el criterio. Criticar implicaría hacer una lectura del fenómeno, del hecho o de la obra en sí, bajo la facultad del juicio, lo que llevaría a distinguir, poner en orden, problematizar. En primera instancia el individuo podría tener la necesidad de preguntar(se) qué estoy haciendo, por qué, para qué, y quizá algo esencial: qué es lo que se manifiesta en mi hacer y qué es lo que queda oculto respecto al sentido del mismo. Esto nos lleva a considerar que la materia prima con la que nos construimos siempre es el pensamiento humano puesto en acto, como en el teatro, espejo de la vida, que nos muestra el momento en que sucede o acontece algo y aparece el misterio. Nuestro pensamiento nos lleva a reflexionar acerca de lo que se presenta ante nosotros: el fenómeno.
Estar frente al acontecimiento remite al principio básico que observó Aristóteles: nos es connatural el hecho de aprender pero, ¿cómo aprendemos? El filósofo griego responde: reconfiguramos el mundo, es decir lo interpretamos, por eso hacemos mimesis, acto que mediante la contemplación del suceso nos lleva a reconocer(nos) en y con los otros. La importancia de la interpretación o reconfiguración del mundo es fundamental para la comprensión de nosotros mismos, por lo que desde una concepción hermenéutica propuesta por Paul Ricoeur, el momento en que contemplamos, ya sea el fenómeno o la obra, nos lleva a reconfigurar el mundo de ahí desprendido, y dicha reconfiguración tendrá la posibilidad de convertirse en un acto “creativo” en tanto emana de nuestro ser. A partir de este planteamiento, una obra teatral o cinematográfica es susceptible de ser interpretada en relación con lo que ofrece a los espectadores y no en función de sus carencias. Muchas veces leemos o interpretamos con el deseo de encontrar lo que necesitamos, queremos que aparezca lo que hubiésemos puesto de acuerdo a nosotros y pasamos por alto lo que sí está, lo que se nos ofrece en el escenario, si es el caso. No se trata de descalificar, de señalar implacablemente, o de destruir. Sabemos que nuestra primera experiencia frente a la obra se basa en los sentidos, y mediante éstos el gusto se inclinará a favor o en contra. Esa primera percepción tendrá que pasar por un proceso de análisis muy preciso, en el que también se incluye la reflexión.

Para asumir una postura

No sólo es importante analizar los fenómenos artísticos, también el ámbito social requiere un ejercicio crítico que dé lugar a las miradas que distingan y, de alguna manera, ordenen el caos en el que nos encontramos.La voz crítica implica una postura, una actitud frente a la obra, postura que involucra, en todos los aspectos, a quien interpreta, puesto que el sujeto se encuentra frente al fenómeno o a la obra con todo su mundo y su ser. Luego entonces interpretamos y construimos discurso. En primera instancia la reconfiguración surge en nosotros mismos, de donde las ideas concebidas se ordenan y toman forma mediante el idioma. Es en las estructuras lingüísticas donde las ideas y pensamientos se amoldan y adquieren sentido para comprender, explicar y volver a cargar de sentido el propio fenómeno, puesto que todo entra en una dialéctica de reconocimiento (en lo que se conoce como el círculo hermenéutico).
Cabe subrayar que el sentido de hacer crítica radica en la posibilidad de distinguir y ordenar lo que se contempla para comprenderlo y explicarlo con mayor claridad; finalmente, se asumirá una postura frente al evento.
¿Quién es capaz de analizar, separar y ordenar los factores que intervienen en los procesos sociales, políticos o artísticos? Puede decirse que aquel que distingue con la mirada. El proceso connatural, que subraya Aristóteles, nos ubica frente al fenómeno o a la obra, y es a partir de ese momento que, mediante lainterpretación, se produce el proceso de reconocimiento. Si asumimos que hay interpretación en tanto hay sentido múltiple, será ante la pluralidad de sentidos donde se pondrá de manifiesto el proceso que nos lleve a reconocer.
El problema de origen es la ubicación del sujeto en el mundo que lo habita, dónde se encuentra la mirada de quienes se alejan del contacto con los otros. Hoy en día deambulamos por las calles, nos dirigimos a los lugares de trabajo de manera automatizada, nos extraviamos, dejamos de percibirnos en el “acto” y, en consecuencia grave, nos olvidamos de nosotros mismos. La fuerza que nos conduce a las actividades cotidianas se aísla de la fuerza que se requiere para encontrarnos con nosotros en los otros. Sísifo, en la obra de Camus, se percibe en el “acto”, y entre la repetición “idéntica” distingue la diferencia; ese es el momento en que adquiere sentido su recorrido “absurdo” de la repetición eterna, es el momento de la conciencia de sí. Mientras caminamos rumbo al trabajo, ¿existirá la posibilidad de percibirnos?, o quizá sea al regresar a casa cuando nos conectamos con nosotros mismos, de ida o de vuelta, en la dinámica de la circularidad de las acciones. En algún momento, en cualquier breve instante, ¿llegaremos a reconocernos? El mismo Ricoeur señala que el “sí mismo” no se conoce de manera directa sino mediante el recorrido: es mediante el rodeo de todos los signos culturales entre los que actuamos como podemos percibirnos y, en consecuencia, interpretarnos.

La obra como mediador

¿Qué es la obra de arte? Esta es sin lugar a dudas una de las preguntas fundamentales que dan paso a las vanguardias del siglo xx, pero a la par de ésta, la pregunta que siempre yace como fundamento involucra a quien hace la obra y a quien la contempla. Sin restar importancia a toda consideración estética, y a las discusiones eternas respecto a las artes, la pregunta entonces se centra en el sujeto que hace: ¿quién es aquel que configura mundos mediante el acto poiético y genera obra?; y del otro lado, ¿quién es aquel que se posa ante la obra y la interpreta?

El intérprete se encuentra, en ambos casos, mediado por la obra en sí, que se convierte en el punto de contacto entre ambas miradas.
La mirada que distingue lo que de la obra emana se puede convertir en una mirada crítica necesaria y oportuna cuando se trata de ordenar discursivamente lo que ahí aparece. El ejercicio crítico deja de ser la postura destructiva frente a la obra, si a esa mirada se le confiere la posibilidad de reconfigurar el fenómeno en una dialéctica de comprensión, explicación y reconocimiento. Esa sería la tarea del crítico, bajo una perspectiva hermenéutica, misma que ofrece más posibilidades de relación con la otredad en el proceso de entendimiento.
¿Cuándo cambiaron, en México, los paradigmas de la crítica? O bien, podríamos preguntar: ¿en qué se ha transformado la crítica en nuestro país? ¿Se hace crítica hoy en día?, y quizá no se pueda responder radicalmente pero, sin duda, es muy necesario reflexionar al respecto y que cada quien asuma una postura desde su propia “trinchera”. Si algo necesita una sociedad como la nuestra es, precisamente, las miradas que distingan y analicen las problemáticas en las que se encuentra inmersa. Más que nunca nos conviene a los mexicanos asumir una postura que posibilite las vías para cuestionar objetiva y prácticamente, entre otros, los modos de conducir nuestro país. ¿Tendríamos que ser especialistas en cada una de las áreas de la política, economía, ciencia, religión, artes, etcétera, para poder emitir un juicio basado en el análisis objetivo y rigurosamente argumentado? La respuesta es muy sencilla: sí. Para hacer verdadera crítica se requiere conocimiento, información y todo aquello que respalde el juicio emitido, además de tener un ojo que pueda distinguir las problemáticas y sus posibles soluciones. Los ciudadanos que cuentan con las herramientas para emitir una crítica respecto a las problemáticas que nos rebasan, tendrían el compromiso social de manifestar su criterio. Por ejemplo, en el caso de la contaminación ambiental, principalmente, los especialistas de la unam de manera reiterada han planteado las verdaderas causas que originan el fenómeno que afecta a todos los capitalinos, sin embargo las autoridades no escuchan ni prestan atención a tales consideraciones, lo que agrava de manera sustancial un problema que recae negativamente en todos. Una vez asumida la convicción frente al suceso cabe preguntar si bastaría con usar la crítica como una herramienta útil para nuestra sociedad tan necesitada de caminos que propicien diálogo y reconocimiento en y con los otros.
El sentido de la crítica hoy en día debe tener un alcance mayor, en el afán de lograr un reconocimiento en y con la sociedad. Ya no se puede descalificar y denostar como recurso mediático de mercado, esa es una tarea absolutamente banal que está al alcance de todos. Las redes sociales dan cauce al señalamiento incisivo, y aunque en muchos casos han servido para denunciar y acercar la justicia a los más vulnerados,no se está aprovechando la potencialidad ahí latente. Se podría hacer un verdadero ejercicio crítico que se integre a la educación, a la que todos tenemos derecho, y sigue siendo privilegio de unos cuantos. Si aprender es natural para nosotros, mediante la crítica y convicción podríamos propiciar que los otros “imiten” (mimeticen) el acto de reflexionar ante los acontecimientos 


* Licenciada en Literatura Dramática y Teatro por la FFyL de la UNAM, es profesora en dicha facultad y antologadora de textos dramatúrgicos, así como articulista y ensayista.
Licenciada en Literatura Dramática y Teatro por la FFyL de la UNAM, es profesora en dicha facultad y antologadora de textos dramatúrgicos, así como articulista y ensayista.

LA LECTURA CRÍTICA, EL CANON LITERARIO Y OTROS PROBLEMAS, Rocío García Rey (La Jornada Semanal)

La lectura crítica, el canon literario y otros problemas


I

¿Qué se considera conocimiento dentro de una sociedad? Tanto las nuevas producciones académicas en el ámbito de las humanidades como la lectura de autores canónicos, son muchas veces una reproducción de lo prefijado desde el discurso educativo que, a su vez, es un desdoblamiento de un poder mayor. Se trata de un poder que, en el caso de la literatura, consagra sólo a ciertos autores –entendidos como autoridades– cuya producción ha pasado por el filtro que los hace “confiables” y necesarios en la enseñanza-aprendizaje. Son escritores que, para la institución escolar, se vuelven necesarios también para la alfabetización literaria.
El sur, como noción y metáfora territorial para referirse a lo opacado, a lo no oficial, prevalece incluso en la enseñanza y difusión de la literatura. Lo anterior nos permite suscribir la afirmación de Teivo Teivainen: “Las prácticas educativas son concomitantes a las dimensiones pedagógicas del poder.” Más aún, las prácticas de lectura son guiadas por políticas no asépticas, y por ello tienen la impronta de lo que, a través de la historia, ha sido construido como currículo oculto y como canon literario.
Por lo menos en el caso de México, la selectividad, venta y difusión de los textos de nuestro continente se une a una acérrima creencia: leer literatura latinoamericana es leer a los autores del llamado Boom (Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez). En este caso, además, se trata de autores, no de autoras. Se trata de una literatura sexista, hecho que no deja de ser trascendente como parte del entramado político y cultural.
Independientemente del género, un texto literario puede tener varias “rutas de interpretación”. Tal variedad podría ser aprovechada en el aula como ejercicio de transversalidad. Si su utilización fuera tal, estaríamos dando un gran paso para romper con las limitaciones causadas por las divisiones entre disciplinas; limitaciones que conllevan a la parcelación de temas e incluso la parcelación, en términos de Paulo Freire, para leer el mundo: “Mas si la palabra verdadera, que es trabajo, que es praxis, es transformar el mundo, decirla no es privilegio de algunos hombres, sino derecho de todos los hombres.”
El diseño de lectura está inmerso, también, en las políticas editoriales. Por eso, para los lectores “comunes” es difícil el acceso a textos, por ejemplo, como los de la venezolana Antonia Palacios. Hace aproximadamente tres años busqué en las librerías más conocidas de Ciudad de México dos textos particulares: Ana María una niña decente, de Palacios, y Sitios a Eros, de la puertorriqueña Rosario Ferré.Ninguno aparecía registrado en los catálogos. Sitio a Eros fue publicado en 1980 por la editorial Joaquín Mortiz, y al parecer fue la única edición. Enunciar esta anécdota no significa desconocer que actualmente es posible comprar, por medios electrónicos, libros de otros países, pero estas formas de adquisición, ¿no son también formas de exclusión? Estos medios de compra sólo son para quien tiene acceso a internet y, al mismo tiempo, cuenta con una tarjeta de crédito.

II

Es preciso reconocer que nos enfrentamos a un escenario complejo, difícil e, incluso, desolador, pues es cada vez mayor el número de profesores y alumnos que no saben leer críticamente. No podemos creernos lectores y escritores latinoamericanos de novedades si desconocemos, por ejemplo, a escritoras como Antonia Palacios o Rosario Ferré, o a poetas como Aimé Cesaire, cuyos textos fueron clave en la construcción de un movimiento señero: la negritud. ¿En qué aula, en qué materia, en qué taller literario (si aludimos al ejercicio de divulgación) podremos leer el poema “Cuaderno del regreso al país natal”?:


Los que no han inventado ni la pólvora ni la brújula
los que no han sabido domar ni el vapor ni la electricidad
los que no han explorado ni los mares ni el cielo
pero que conocen todos los rincones del país del dolor
los que de los viajes sólo saben los desarraigos
los que se han ablandado en los arrodillamientos
los domesticados y los cristianizados
los que fueron inoculados de bastardía
tam- tams- de manos vacías
tam- tams inanes de llagas sonoras
tam- tams burlescos de traición tábida.

En nuestro presente, donde la llamada globalización parece hiperbolizarse hasta anular matices culturales e identitarios, hasta anular, también, la conciencia histórica, es indispensable hacer un re-conocimiento, cuando no un descubrimiento de textos y autores latinoamericanos silenciados.
El reducido conocimiento de los otros discursos literarios latinoamericanos, independientemente de que seamos estudiosos de las letras, nos sitúa en la posición de lo que José Martí llamó: “letrados artificiales”. ¿Cómo podremos construirnos como ciudadanos críticos, capaces de elaborar proyectos de vida, proyectos políticos, proyectos culturales para nuestras comunidades, si nos hemos conformado con lo que nos han permitido leer? No habría que olvidar (o quizá habría primero que saber) que nuestro continente es un mosaico de textos, de discursos que aún forman parte de un material opacado, a veces totalmente invisible. Se trata de una derivación de los mecanismos disciplinarios que guían nuestra noción de literatura y nuestro ejercicio como lectores.
Las prácticas disciplinarias han estado marcadas por una herencia colonial; se trata de una impronta que nos ha hecho creer que hablar de literatura universal se reduce casi siempre a hablar de literatura europea y que, en el caso de la literatura infantil, por ejemplo, se reduce a los cuentos clásicos también de filiación europea. ¿Quién nos ha dicho, quiénes nos han invitado a leer, a descubrir los textos que Martí escribió en La Edad de Oro? ¿Qué profesor(a) de primaria conoce los cuentos de la escritora y docente Carmen Lyra? Me refiero a aquellos recopilados en el libro: Cuentos de mi tía Panchita. El libro sigue circulando en Costa Rica, en México, algunos cuentos fueron publicados en 1921, en El Maestro. Revista de Cultura Nacional. Este ejemplo en apariencia diacrónico permite inferir que la historia literaria se vuelve evanescente.
¿En qué salón de clases, incluso de la carrera de Letras hispánicas, es leída la uruguaya Armonía Somers (1914-1994)? ¿Quién se detendrá a leer, a comentar, a recrear textos como el siguiente?:

Al fin, adaptándose a la penumbra, pudo divisar a los durmientes. Se hallaban como fuera del mundo, con ese cansancio sagrado de los animales de labor que tienen por única tregua el derrumbe del sueño.
Aquellos brutos dormidos eran, en realidad, la expresión plástica de la indiferencia, quizá la misma que había quedado tras el bosque, los ferrocarriles, las calles con plazas y con tiendas que ella había dejado en la ciudad, y que a puro olfato estaría segura de reconocer en cualquier parte.

Se trata de un fragmento de La mujer desnuda, relato publicado en 1950 y algún tiempo censurado, puesto que, según la portada del libro, “por su alto contenido sexual […]. La obra llegó al gran público en 1966”. Se trata de un relato en el que los juegos intertextuales, si retomamos la transversalidad, permitirían, además de hacer una lectura meramente literaria, hacer también una reflexión del ser y hacer y de la identidad de las mujeres mediante el cuerpo. Quizá precisamente por esa falta de lectura de textos “antecesores”, hoy muchos planteamientos pueden ser percibidos como novedosos, inéditos; ignoramos así el cúmulo de historia que tenemos como lectores potenciales.

Los textos de autores no conocidos se vuelven entonces sospechosos/peligrosos. Se cree que son textos que no vale la pena leer, bien porque la industria editorial no los ha consagrado (o vuelto a consagrar) o porque ciertos críticos literarios no acostumbrados a mirar al sur, simple y sencillamente no los nombran. Un ejemplo inmediato de este desconocimiento es el libro del estadunidense Harold Bloom, The western Canon(El canon occidental).
Valga lo expuesto como una invitación para poner en marcha lo que Cajiao llama “la herejía de leer”. Y, porqué no, la herejía de escribir. Esta transgresión podría permitir que asumiéramos lo que Emilia Ferreiro ha escrito:

Entre el “pasado imperfecto” y “el futuro simple” está el germen de un “presente continuo” que puede gestar un futuro complejo, o sea nuevas maneras de dar sentido a los verbos leer y escribir. Que así sea aunque la conjugación no lo permita 
Licenciada en Estudios Latinoamericanos por la FFyL de la UNAM. Narradora y ensayista. Cursa la Maestría en Arte y literatura en América Latina. Participa en el Proyecto PAPIIT. Imparte talleres literarios y de fomento a la lectura.