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domingo, 18 de agosto de 2013

RELIGIÓN, INTOLERANCIA Y BARBARIE, Fernando del Paso

Religión, intolerancia y barbarie*

Castillos en el aire I, 1981 Dibujo
de Fernando del Paso
Fernando del Paso
Durante el reino en Francia de Francisco I, un protestante de nombre Jean Vallière fue quemado vivo en la plaza de Grève, debido a sus convicciones religiosas. Esto sucedió el 8 de agosto de 1523. Fue la primera víctima de la persecución religiosa en Francia. El 31 de marzo de 1771, durante el reinado de Luis XV, fue arrestado el pastor protestante Charmuzy, de Nanteuil. Falleció pocos días después en la prisión de Meaux tras haber sido golpeado brutalmente. Se le consideró, nos dice Pierre Miquel en la primera página de su libro Les Guerres de Religion –Las guerras religiosas–, como el último de los pastores evangelistas mártires. A continuación, en ese primer capítulo titulado “Tres siglos de violencia”, nuestro autor agrega: “Hubo que esperar hasta 1778 para que los protestantes fueran admitidos como franceses casi por entero” (el subrayado es mío).
En total fueron ocho las guerras de religión que tuvieron lugar, entre los siglos XVI yXVII, entre los franceses católicos y los franceses protestantes, llamados estos últimos “hugonotes”, al parecer porque sus primeros adeptos solían reunirse al pie de un monumento dedicado al rey Hugo –siglo X–, fundador de la dinastía que llevó su nombre, los Capeto o Stirps Capaticiorum. Dos siglos antes, la tierra francesa se había ensangrentado con otra feroz guerra religiosa, la de los cátaros, miembros de una secta de principios maniqueos apoyada por los grandes señores feudales del sur de Francia y cuyo trágico destino benefició en gran medida a los Capeto. Se dio fin así a una herejía que sobrevivió cien años en la región de Languedoc.

Del Paso publicista.
Foto: archivo Familia Del Paso
La larga lucha contra los protestantes se caracterizó por una serie de atrocidades cometidas por ambos bandos. Sin embargo, la matanza espectacular de los hugonotes de París en la llamada Noche de San Bartolomé del 24 de agosto de 1572, instigada por Catalina de Médicis y el duque de Guisa y aprobada por Carlos IX, y de la que no se salvaron mujeres, niños y ancianos, fue la marca de sangre que le otorgó a los católicos la supremacía de la crueldad. Hasta cierta medida, era inevitable: aunque el movimiento hugonote en Francia adquirió dimensiones extraordinarias, la hegemonía de los católicos, tanto en número como en potencial bélico, les dio mayores oportunidades para ejercer la sevicia. Pero las dos partes representaban dos fanatismos recalcitrantes. Los hugonotes vandalizaban las poblaciones católicas siempre que les era posible, como sucedió con los pueblos del Valle del Sena: Athis, Mons, Ablon, Villeneuve-le-Roi y Vitry, y masacraban a sus habitantes cuando también se les presentaba la ocasión de hacerlo, como sucedió en la ciudad de Nîmes en el día de San Miguel, en 1566, o día de la “Michelade”, en el cual todos los sacerdotes y religiosos católicos fueron degollados. Asimismo, los hugonotes vandalizaban conventos, incendiaban iglesias y destruían cuantas imágenes de vírgenes y santos encontraban en su camino.
Siglo y medio más tarde, durante la llamada “guerra de los Camisardos”, el cardador de lana André Castanel, en venganza por la muerte de su madre y su hermana en el curso de una “dragonada”, exterminó a toda la población de la ciudad papista de Fraissinet-de-Fourques. Marillac, intendente de Luis XIV, se había encargado de inventar las dragonadas –dragonnades–, como se llamó a las brutales acciones de represión a cargo de regimientos de caballería a las órdenes del monarca. Los “dragones”, nos dice Miquel, definidos como “soldados de infantería montados” –fantassins montés–, ejercieron el bandolerismo y sembraron el terror y el odio en toda Europa bajo la égida del Vizconde de Turenne, Mariscal de Francia –considerado por Napoleón como el hombre de guerra más grande del siglo XVII– y del príncipe de Condé, le Gran Condé, quien fuera el brazo armado del cardenal Mazarino. La misión de las dragonadas fue, durante un buen tiempo, la de imponer a los protestantes la conversión al catolicismo. Miles de éstos, aterrorizados, huyeron a otros países, pero se calcula que el número de conversiones forzadas alcanzó la cifra de cuatrocientos mil. Los hombres que se rehusaban a convertirse eran condenados a galeras por un mínimo de seis años. Azotados por la menor falta, sus verdugos les aplicaban sal y vinagre en las heridas para impedir la gangrena. Al que blasfemaba, se le perforaba la lengua con un hierro al rojo vivo. A uno de ellos, Jean Marteilhe, se le condenó a galeras a perpetuidad cuando tenía apenas quince años de edad. Por otra parte, los hugonotes, herederos espirituales de su coterráneo Jean Calvino –originalmente Cauvin, nacido en 1509 en la Picardía–, no sólo se propusieron aniquilar todos los símbolos del politeísmo católico y erigir una nueva Iglesia libre de corrupción: su meta era también la de crear una sociedad sometida a un puritanismo extremo en la cual se proscribieran las danzas y los bailes, los juegos y las canciones, el teatro, las pelucas, los carnavales, incluso las fiestas votivas. En otras palabras, una sociedad en la cual estuviera prohibida la alegría.

Destrucción del orden IV, 1991
Dibujo de Fernando del Paso
En un libro de más de quinientas apretadas páginas, Pierre Miquel nos describe estos y otros muchos de los horrores cometidos por los soldados del rey y la nobleza. Al evangelista Jean Leclerc, de Meaux, le amputaron una mano y le arrancaron después la nariz, los brazos y las piernas. Otros hombres de la misma ciudad, situada a orillas del Marne, fueron torturados y quemados vivos. En Saverne, en el Bajo Rhin, el duque Antoine de Lorraine, católico fanático, masacró a dieciocho mil rustauds o “rústicos”, como se llamaba a los campesinos. En abril de 1545, en seguimiento a una decisión del parlamento de Aix, todas las casas de Mérindol fueron arrasadas y diecinueve impenitentes arrojados a la hoguera. También se dio muerte a una gran parte del resto de sus habitantes y los bosques circundantes fueron devastados. Nunca más nadie podría edificar allí una casa sin la autorización expresa del monarca. En Cadenet, los soldados violaron a las mujeres y les cortaron los pechos. Aquellas que habían encontrado refugio en un templo, fueron arrojadas desde lo alto del campanario. Unas, degolladas. Otras, destripadas. A otras más, y a los niños, los vendieron como esclavos en L’Isle-sur-la-Sorgue. En los alrededores de los montes de Luberon, en los Alpes, tan sólo en el curso de un mes fueron incendiadas novecientas casas, destruidos veinticuatro poblados, masacradas más de tres mil personas y capturados seiscientos setenta hombres destinados a las galeras. Otro distinguido mariscal de Francia, Monluc, se hizo célebre por el martirio que ordenó aplicar a las mujeres de Agen: retacarles la matriz de pólvora para después hacerlas explotar.
Y San Bartolomé, como bien lo señala nuestro autor, no se limitó a una noche –tras la cual, por cierto, la Reina Madre aceptó con satisfacción la felicitación del papa–: la violencia asesina de las turbas católicas se prolongó por varios días y en ocasiones por meses enteros. En Orléans, mil doscientas personas perdieron la vida. En París fueron asesinados los estudiantes extranjeros del Barrio Latino: sus cadáveres enrojecieron las aguas del Sena. En Saumur y Angers, todos los hugonotes fueron degollados por órdenes del conde de Montsoreau. A mediados de septiembre, sufrieron la misma suerte los hugonotes de Rouen, a los cuales el obispo católico había tratado de salvar encerrándolos en una prisión. Las masacres se extendieron a Troyes, Lyon y Roanne.
Las modalidades de la represión contra los herejes habían sido precisadas y reglamentadas desde el Edicto de 1547, al cual siguieron el Edicto Châteaubriant de 1551 y el de Compiègne de 1557. Pierre Miquel nos dice que, por ejemplo, a algunos prisioneros, condenados a ser asados en una parrilla, como San Lorenzo, si después de unos minutos de suplicio manifestaban arrepentimiento por su herejía, se les concedía la gracia de ser estrangulados. A otros, si persistían en su impenitencia, se les cortaba el labio superior y, si aun así no se retractaban, se les arrancaba la lengua.
*El presente texto forma parte del ensayo inédito titulado Los triunfos del islam.

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