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domingo, 25 de agosto de 2013

MUTIS Y MAQROLL, Ricardo Bada

Mutis y Maqroll
Ricardo Bada
En el otoño de 1986 me desplacé a Hamburgo para informar acerca de un congreso de escritores españoles, portugueses, brasileños e hispanoamericanos. Hasta me tocó conducir una lectura literaria seguida de diálogo con los autores, y en la que participaba, entre otros, Sergio Pitol. Pues bien: a los dos o tres días llegaron los poetas ultramarinos de nuestra lengua, los últimos invitados al magno congreso (los peninsulares habían sido quienes rompieron el fuego, en la inauguración del mismo), y el Senado de Hamburgo puso a disposición del Olimpo iberoamericano su aristocrática barcaza, para que todos los participantes en el evento hiciéramos una excursión por el puerto hanseático. Recuerdo por cierto que Antonio Skármeta, el novelista chileno, viendo zarpar un ferry de los que conectan el Elba con el Támesis, y que lucía en su popa el nombre hamlet, comentó: “Parte con rumbo incierto”.
Uno de los que se rieron con el bonmot fue un hombre cuya pinta me era familiar desde mucho tiempo atrás a través de una pródiga iconografía, pero mi respeto y mi timidez tan grandes me inhibían de acercarme a él y presentarme. Providencialmente, a los pocos minutos comenzó a llover y se produjo la más cobarde de las estampidas: ¡todo el mundo corrió a refugiarse bajo cubierta! Todos menos quien les cuenta, protegido por su boina vasca, y el hombre que les digo, impertérrito bajo su gorra de lobo de mar.
¡Ay, Mutis!, pensé, ahora sí que no te me escapas. Me acerqué a él y le propiné la más que superflua pregunta: “¿No es usted Álvaro Mutis?” Cordialmente me contestó que sí. Le expliqué que era periodista español residente en Alemania y quisiera hacerle una entrevista.
Él a su vez me preguntó: “¿Y usted vive aquí, en Hamburgo?” “No, en Colonia, y usted es el segundo Álvaro colombiano que conozco, el otro es el doctor Castaño Castillo.” “¡Ay, carajo!”, exclamó, echando mano a su cartera, “el doctor es muy amigo mío, y cuando supo que venía a Alemania, y que voy a ir a recitar en Colonia, me dijo que al llegar allí no dejase de llamar a...”, desdobló un papelito y leyó un nombre: “Ricardo Bada”. “Soy yo”, le dije.
Desde ese instante nos volvimos inseparables para todos los días de Hamburgo y para todos los que han seguido luego, a lo largo de muchos años, en Colonia, París, Fráncfort, Bad Ems, Madrid, Huelva... Y aparte del cariño que nos tenemos, Carmen y él, mi esposa y yo, hay algo que nunca les voy a poder pagar: que salvaran de la desesperación a nuestra hija Montserrat cuando la pobre capituló con armas y bagajes ante ese monstruo llamado Ciudad de México.
Y ya es hora de que dejemos de hablar de Mutis y platiquemos algo acerca de Maqroll.
Maqroll, ya lo sabemos, es un perdedor. ¿Pero por qué es Maqroll un perdedor? Si alguien lo investiga de una manera endogámica, adentrándose en su saga, la cosa resulta muy clara: todo lo que emprende Maqroll está condenado al fracaso. Todo... excepto esa saga que Mutis le dedica.
El triunfo de Maqroll no acontece en su propia vida, cuyas peripecias han sido predestinadas al fracaso por el autor de la saga. El triunfo de Maqroll sucede fuera de esa su propia vida de ficción, es más: creo poder afirmar que si no fuera un fracasado, jamás hubiese obtenido esa victoria clamorosa con la que ha ganado, desde el primer momento, el corazón de sus lectores.
En mi sentir, Maqroll es un avatar (“reencarnación”, según lo define la Real Academia en su diccionario) de Cervantes. Con la diferencia de que es Cervantes quien escribeDon Quijote de la Mancha, mientras Maqroll se sirve de un amanuense de Coello para relatarnos su fracaso. Pero ambos triunfan en su empeño. Lean, o relean, la mejor biografía de Cervantes con que contamos hasta la fecha, la de Jean Canavaggio (sintomáticamente se trata de un extranjero), y vayan anotando las coincidencias con el currículum del Gaviero. Como diría un alemán: “¡Saludos de Plutarco!” Ya saben, aquél de las Vidas paralelas.
Maqroll tiene además mucho de Dalan, del holandés errante, aunque el Gaviero casi nunca navega en alta mar (excepto por aquello que nos cuenta Mutis, pocas veces o casi nunca el mismo Maqroll). Y también tiene mucho de Ashaverus, del judío errante, por supuesto que sí, sus trasiegos son más que nada de tierra firme. Y también tiene mucho de Lord Jim, aunque alimenta poco el sentimiento de la culpa, más bien el de su impotencia para lograr lo que se propone, una impotencia que pocas veces o casi nunca le resulta imputable. Pero ¿y qué me dicen ustedes de Arturo Cova, el protagonista de La vorágine (1924): “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia.” De Arturo Cova sabemos, por la última frase de esa novela fundacional de la literatura colombiana contemporánea, que a él y a sus compañeros “¡los devoró la selva!” Maqroll, releído al alimón con Don Quijote de la Mancha La vorágine, nos propone un enrevesado acertijo cuya ¿única? solución ¿quizás? tan sólo la conozca ¿Álvaro Mutis?
Pero con Álvaro Mutis se nos plantea el insoluble problema que también arroja la dicotomía entre la personalidad y la obra de García Lorca. ¿Cómo es posible que García Lorca, ese ser divertido, bromista, cachondo, lleno de un buen humor del que todos quienes lo conocieron se hacen lenguas, sea el autor de una obra más bien horripilante, en la que el humor no es que brille, es que deslumbra por su ausencia? Y ahora viene la retórica repetición de la pregunta: ¿cómo puede ser posible que Álvaro Mutis, ese cronopio inefable, irrepetible, pletórico de vida y de una juventud que es en él más que nunca un divino tesoro, sea el creador de ese murrioso y atormentado Maqroll, a quien sólo cabe desearle que la próxima empresa le salga todavía peor, para ver cómo su mecenas de Coello lo saca del apuro? ¿No será que Mutis tiene un acuerdo secreto con una compañía de seguros, para que el pararrayos Maqroll lo preserve de toda catástrofe? Si es así, y así lo creo, concluyamos aquí con un convencidísimo “Amén”.

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