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lunes, 18 de abril de 2016

POESÍA POPULAR: MAESTRÍA Y TORPEZA, Juan Domingo Argüelles (La Jornada Semanal en Jornada de Poesía)

Jornada de poesía

Poesía popular: maestría y torpeza
Así como en la poesía culta existen el acierto y el desacierto, la excelencia y lo fallido, asimismo en la poesía popular podemos distinguir entre la maestría y la torpeza. ¿Por qué José Alfredo Jiménez, autodidacto, es un auténtico poeta? Porque domina no sólo la versificación (lo más elemental), sino sobre todo los más exigentes principios poéticos.
Esto lo podemos probar con una lectura comparativa de dos corridos: “El caballo blanco”, de José Alfredo Jiménez (1926-1973) y “Caballo de patas blancas”, interpretado por Antonio Aguilar (1919-2007). Se trata de la maestría, en el caso del primero, y de la torpeza y lo fallido en el caso del segundo, más allá de la popularidad de ambos.
Empecemos por la torpeza. Dice la primera estrofa de la letra que canta Antonio Aguilar: “Caballo de patas blancas/ con herraduras de acero,/ hoy vas a brincar las trancas/ antes que salga el lucero/ y vas a llevar en ancas/ a la mujer que yo quiero.” Las cerraduras suelen ser de acero, no así las herraduras, que se forjan de hierro. He aquí la definición del diccionario de la RAE: “herradura: hierro aproximadamente semicircular que se clava a las caballerías en los cascos.” Justamente, “herradura” deriva de “hierro”.
Dice la segunda estrofa: “La gente por donde quiera/ ya sabe que soy matrero,/ y traigo en mi carrillera/ cincuenta balas de acero.” El adjetivo “matrero” posee un sentido negativo: además de astucia, perfidia y engaño. Es obvio que no se trata de una autocrítica. Pero, además, ¿son de acero las balas? Obviamente, no. Son de plomo y pueden ser de hierro o de plata, pero no de acero. Tanto en esta estrofa como en la anterior, el único motivo de utilizar el término “acero” es la fácil rima con “lucero”, “quiero” y “matrero”.
Dice el estribillo: “Yo sé que tus pretendientes/ presumen de ser matones;/ el miedo que yo les tengo/ lo traigo aquí en los talones.” ¿Alguien en los corridos se puede ufanar de ser cobarde? ¡Nadie absolutamente! El caso es que si alguien dice que trae (o lleva) el miedo en los talones es que se trata de un correlón, de alguien que no les hace frente a sus enemigos. Y si algo caracteriza al corrido es la valentía ejemplar de sus protagonistas, no la cobardía. El único propósito es rimar en “ones”: igual podría decir que lleva o trae el miedo en los calzones o en los cojones; que se caga en los primeros y se le arrugan los segundos.
Todo el corrido que interpreta Antonio Aguilar (cuatro estrofas y un estribillo de versos octosilábicos) está lleno de sinsentidos, de imágenes elementales y rimas forzadas, a diferencia del arte de exigente poesía que lleva a cabo José Alfredo Jiménez en “El caballo blanco”, cuyas seis estrofas de versos dodecasílabos son siempre magistrales:
“Este es el corrido del caballo blanco/ que un día domingo feliz arrancara;/ iba con la mira de llegar al norte,/ habiendo salido de Guadalajara.// Su noble jinete le quitó la rienda,/ le quitó la silla y se fue a puro pelo,/ cruzó como rayo tierras nayaritas,/ entre cerros verdes y lo azul del cielo.// A paso más lento llegó hasta Escuinapa,/ y por Culiacán ya se andaba quedando./ Cuentan que en Los Mochis ya se iba cayendo,/ que llevaba todo el hocico sangrando.// Pero lo miraron pasar por Sonora/ y el Valle del Yaqui le dio su ternura;/ dicen que cojeaba de la pata izquierda/ y a pesar de todo siguió su aventura.// Llegó hasta Hermosillo y siguió pa’ Caborca,/ y por Mexicali sintió que moría;/ subió paso a paso por la Rumorosa,/ llegando a Tijuana con la luz del día.// Cumplida su hazaña se fue a Rosarito/ y no quiso echarse hasta ver Ensenada./ Este fue el corrido del caballo blanco/ que salió un domingo de Guadalajara.”
En ambos corridos se relatan historias, pero en el de José Alfredo Jiménez todo está poéticamente puesto en su lugar: metáforas, metonimias, imágenes, alegoría, métrica, rima, punto de vista. Y lo más extraordinario de todo es que el corrido-poema de Jiménez no habla, prosaicamente, de un caballo sino, metafóricamente, de un automóvil: un Chrysler New Yorker 1957, blanco (algunos dicen que era un Ford Thunderbird), de acuerdo con los testimonios de los amigos del cantautor. El viaje que inicia en Guadalajara y termina en Ensenada, luego de recorrer todo el norte de México, se hace en el “caballo blanco”, es decir en el automóvil de José Alfredo Jiménez, en el que van él y su compañía en una gira artística llena de peripecias.
Chavela Vargas, amiga de José Alfredo, que formaba parte de la compañía, refiere que José Alfredo nombraba “caballo blanco” a su automóvil un tanto destartalado en el que “un día salimos de Guadalajara hacia Tijuana”. Cuando el cantautor se refiere al “hocico sangrando” alude al radiador sobrecalentado que lanzaba agua a borbotones, y cuando dice que “cojeaba de la pata izquierda” se refiere a la pinchadura de un neumático. Esta es la diferencia entre la gran poesía popular y la simple versificación rimada y llena de sinsentidos del “Caballo de patas blancas” que interpreta Antonio Aguilar.
  
AUTOR
Juan Domingo Argüelles 
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