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miércoles, 6 de abril de 2016

VENDRÁ LA MUERTE, Juan Villoro (Guillermo Fernández, In memoriam)


Juan Villoro: Vendrá la muerte

Juan Villoro
6 ABR2012
07h02
actualizado a las 07h17
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El 30 de marzo fue asesinado Guillermo Fernández, quien dedicó los 79 años de su vida al ejercicio de la poesía y la traducción del italiano. Un sabio fue ultrajado en un país donde la vida vale cada vez menos.
De acuerdo con la asociación México Evalúa, de cada 10 homicidios que se cometen en el Estado de México, 8 quedan impunes. Es posible que no se conozca a los verdugos de este crimen o que se fabriquen culpables al uso de la justicia nacional. Mientras tanto, Enrique Peña Nieto encabeza las encuestas para la Presidencia del país. Su gestión en el Estado de México será recordada por la impunidad que rodeó los casos de Atenco, de la niña Paulette y del ex gobernador Arturo Montiel.
Nadie merece un final como el de Guillermo Fernández. Es otro saldo de la descomposición que padecemos. A medida que la diferencia entre la vida y la muerte adquiere irrelevancia, los promotores de la impunidad ganan poder.
La inagotable pregunta de Dante vuelve a cobrar sentido: "¿Por qué sueles llorar, si esto no basta?". El propio Fernández ensayó una respuesta, como si quisiera aliviarnos de su fin con visionario afecto: "No es tiempo de llorar. Mira ese árbol./ En nuestras horas hay hojas que no conoce el río./ Un dios ha puesto en nuestras manos un fruto de alegría./ Que nada cante más allá ni más acá de la vida". Con acierto, el Instituto Mexiquense de Cultura escogió este fragmento de "Suite de verano" como obituario del poeta.
Al igual que Francisco Cervantes, Guillermo Fernández fue un poeta de raigambre regional con una patria imaginaria. En Querétaro, Cervantes traducía a Pessoa del mismo modo en que Fernández traducía a Montale desde su casa en Toluca. Ambos vivieron con modestia. No contaron con los apoyos que podrían haber tenido para pasar largos años en Portugal o Italia. Sus visitas a esos países fueron breves, pero les permitieron llevar una biblioteca a cuestas.
Hace un par de años, Guillermo me invitó a comer al Instituto Italiano de Cultura, donde un auditorio debería llevar su nombre. El traductor de Pirandello se movía ahí como un alumno de primer ingreso. "Nadie me conoce", sonreía.
Aficionado al futbol, pasión que contrajo en su natal Jalisco, donde tanto y tan bien se habla del tema, detestaba la pompa y la solemnidad.
Vivió en la Ciudad de México en el edificio Río de Janeiro, que Sergio Pitol, otro inquilino del lugar, transformaría en el edificio Minerva de su novela El desfile del amor.
Fue una figura decisiva para dos brillantes traductores de poesía, Jorge Esquinca y Hernán Bravo Varela. Curiosamente, ambos se habían dado cita en Guadalajara en el momento del crimen, como si el gran "antimaestro", según lo llama Bravo Varela, hubiera fraguado el encuentro para paliar el dolor de sus sucesores predilectos.
También era muy querido por los alumnos de su taller de los lunes en Toluca.
La tertulia, la fiesta y la enseñanza se mezclaban con fluidez en su socrático temperamento.

1 comentario:

  1. Aunque el texto, en realidad apareció en 2012, me parece muy oportuno publicarlo ahora, 4 años después...

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