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domingo, 27 de octubre de 2013

EL VIEJO POETA DE LA CIUDAD, Francisco Torres Córdova

El viejo poeta de la ciudad*
Francisco Torres Córdova
Nació hace 150 años en Alejandría (1863). Después de la muerte de su padre (1870), la familia se instaló por siete años en Inglaterra donde Constantino aprendió perfectamente inglés, lengua en la que incluso escribió algunos poemas. Tras los disturbios en Alejandría que desembocaron en la ocupación inglesa de Egipto, la familia se refugió en la casa del abuelo materno en Constantinopla (1882). Regresó a Alejandría en 1885 y desde entonces no volvería a viajar más que unas cuantas veces y por períodos muy breves; a París (1897), a Grecia (1901, 1903 y 1905) y a Londres (1901). Después de algunos empleos inestables, ocupó un puesto en la Oficina de Riego del Ministerio de Obras Públicas, modesta posición que mantuvo durante treinta años hasta su retiro en 1922. Su casa estaba llena de libros de historia. Escribió 154 poemas. Murió el día de su cumpleaños número setenta: 29 de abril de 1933.
En su primer viaje a Grecia, conoció al gran novelista, dramaturgo y agudo crítico, Gregorios Xenópoulos, quien dos años más tarde fue el primero en hablar de la poesía del alejandrino en Atenas. Así describe al poeta, entonces de treinta y ocho años de edad: “Es joven, pero no en la primera juventud. Muy moreno, como nativo de Egipto, con bigotito negro, lentes de miope, en tenida de alejandrino elegante, con ligero acento inglés. De fisonomía simpática que a primera vista no dice mucho. Bajo el exterior de un comerciante muy gentil, se ocultan cuidadosamente el filósofo y el poeta.” A lo largo de toda su vida, este griego alejandrino trabajó así, casi oculto, incesante –con “escrúpulo de diamantista”, como diría nuestro Ramón López Velarde–, una obra que, bien se sabe, además de ser referencia esencial en la poesía griega moderna, ha sido traducida prácticamente a todas las lenguas occidentales. Poeta de un acendrado erotismo cuya expresión en su época provocó una intensa controversia; “poeta histórico” –como se definió a sí mismo–, faceta en que la historia se empalma con el presente en una continuidad asombrosa de crítica y pensamiento políticos, y poeta filosófico o reflexivo, las tres áreas en que se suelen dividir los temas de su poesía siguiendo una anotación suya, Kavafis es portador de esa vital lejanía siempre tangible en el mundo heleno cuyo múltiple centro, al final, es su lengua, que en su caso cobra especial relevancia: su obra, en el límite de la poesía y la prosa, articulada en griego moderno pero con fuertes elementos del griego clásico, helenístico y medieval –lo cual supone un enorme reto para su traducción, además de que el tono y la atmósfera que generan son prácticamente intransferibles (Miguel Castillo Didier dixit)–, junto al íntimo recogimiento de su voz, posee un tono muy peculiar, en realidad único, que a la vez lo aísla y lo proyecta en el contexto de las letras de su tiempo, con una presencia innegable y poderosa que entonces y después generó contrastes, encuentros y desencuentros, pero no indiferencia. Odysseas Elytis, al narrar sus primeros contactos con la poesía durante una larga convalecencia en su primera juventud, recuerda así su primer descubrimiento del ya famoso alejandrino: “Día y noche pasaba por mi cama un pequeño ferrocarril cargado de libros y revistas […] Inclinado durante horas, con paciencia, atrapaba muchos peces. Sólo la Poesía no mordía el anzuelo. Fue necesario Kavafis para que sintiera la sacudida, algo muy fuerte, ¡caray!, ¿qué era eso? –cosa extraña. Me entró una profunda curiosidad que más tarde sería profundo interés, y todavía más tarde profunda admiración. Encanto, jamás. (Crónica de una década.)
La otra Grecia, la inagotable, que atraviesa sus avatares e infortunios amparada y a la vez expuesta en su carácter, el ethos, poderosa palabra que ha pasado intacta a casi todas las lenguas, en Kavafis, tan breve, se multiplica. La aparente desnudez de su lenguaje, que es condición y destino, viene de lejos, y es su aliento llevado al límite lo que aún nos llega y nos toca. Yorgos Seferis, en un luminoso y bien conocido ensayo, resume así ese universo: “El mundo de Kavafis se encuentra en los confines de los lugares, de los hombres, de las épocas que con tanto cuidado identificaba; ahí donde se producen numerosas mezclas, desplazamientos, cambios, transgresiones; en ciudades que resplandecen y después se extinguen; Antioquía, Alejandría, Sidón, Seleucia, Osroene, Comagena. Mundo de hermafroditas cuya lengua es una amalgama. En cuanto a su famoso erotismo, Kavafis o bien se comporta como un condenado que envejece en prisión tatuándose frenéticamente en el cuerpo imágenes voluptuosas, o bien se funde con una multitud de muertos y epitafios […] Son tantos los muertos y es tan grande su presencia, que no podemos diferenciarlos del hombre que vimos, al paso, recargarse en la entrada del café (‘A la entrada del café’), sentarse a la mesa de un casino (‘La mesa vecina’), o trabajar en el taller del herrero (‘Días de 1909, 1910, 1911’). El ‘vano, vano amor’, el amor estéril no puede dejar tras de sí sino una estatuilla funeraria, convencionalmente bella, y un traje color canela muy marchito (‘Días de 1908’), trágicamente vivo, como si hubiera caído en la valija del tiempo. Este es el universo de Kavafis. Todo esto en conjunto constituye la experiencia de su sensibilidad, única, simultánea, contemporánea, expresada a través de su conciencia histórica. Sin esta concepción de las cosas, me sería totalmente imposible comprenderlo” (“K. P. Kavafis-T. S. Eliot. Un paralelo literario.”)
Tal vez porque Kavafis es, él solo, una encrucijada de tradición milenaria y lúcida modernidad, un nudo hecho con las fibras de varios territorios geográficos, del espíritu y del lenguaje, y “un poeta anciano que tiene a su cargo, por decirlo así, a un poeta más joven”, como se refiere a él Marguerite Yourcenar, su obra sigue su lento destilado en las maderas de la condición humana, a esas honduras a la vez perenne y mortal. Pocas voces recorren, sin extraviarse, el camino de esa paradoja.

*Así lo llama Lawrence Durrell en Justine, primera novela del famoso Cuarteto de Alejandría. El nombre del poeta ha sido transcrito de varias maneras: Constantino P. Cavafis, o Cavafy; Constantino P. Kavafis, Konstantino P. Kavafis... En esta edición del suplemento transcribimos el apellido con K, siguiendo a Miguel Castillo Didier, uno de sus grandes traductores, y respetamos la que usan los autores que aquí se refieren a él.

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