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miércoles, 23 de octubre de 2013

GENERACIÓN Z, Benjamín A. Araujo M.

GENERACIÓN Z POR ALBERTO CHIMAL

El nom­bre de “gen­eración Z”, pen­sado para cierto grupo de autores mex­i­canos, no tiene nada que ver con el nar­cotrá­fico. Es un juego más que una marca y tiene que ver con los zom­bis: con la figura del zombi, o tal vez con su espíritu.
La expli­cación se divide en dos partes:

1. MELANCÓLICA
Hace falta todavía con­tar una his­to­ria de los escritores, y en espe­cial los nar­radores, de mi edad: los que se acer­ca­ban a los treinta años cuando comenzó el siglo. Hace unos años hubo cierta polémica alrede­dor de nosotros; no se enteró casi nadie más allá de los pro­pios cole­gas, como suele suceder en Méx­ico, pero la dis­cusión giró alrede­dor de algunos libros de entonces, su mérito o su falta de mérito, lo poco que se parecían a una obra maes­tra como las de las grandes fig­uras, y lo que esto implic­aba para la gen­eración. Este tér­mino se volvió mala pal­abra. Muchas per­sonas habla­ban de la gen­eración sólo para recal­car que no esta­ban en la gen­eración. Lo que queda ahora de esas dis­cu­siones es una idea de esagen­eración que no resulta una rev­elación, pues parece referirse a algo como el per­iódico de ayer o los coches del año pasado: una cri­sis de los cuarenta que nos regalaron, sobre todo, ami­gos y cono­ci­dos de edad lig­era­mente menor.
Hubo, sin embargo, una obser­vación intere­sante que se repi­tió varias veces. La gente de la gen­eración, se decía, no tiene una prop­uesta común. Los tex­tos que han pub­li­cado no com­parten una poética. Todos están, en fin, dis­per­sos, desunidos cuando –pre­sum­i­ble­mente– los de otras gen­era­ciones habrían escrito de modo más con­cer­tado y esto habría sido mejor. La idea ya se había usado para hablar de autores ape­nas un poco may­ores —naci­dos en la segunda mitad de los años sesenta— en el pról­ogo de la antología Dis­per­sión mul­ti­tu­di­naria, com­pi­lada por Roberto Max y Leonardo Da Jan­dra y pub­li­cada en 1997; diez años después la ima­gen de la gen­eración dis­persa se repi­tió en muchas oca­siones y se volvió popular.
La ima­gen, por otro lado, es falsa.
En los mis­mos años noventa hubo una ten­den­cia que sigu­ieron muchos nar­radores prin­cipi­antes de la gen­eración: una más pop­u­lar que cualquier otra de su momento. Los libros que le sir­ven ahora de tes­ti­mo­nio comen­zaron a apare­cer pre­cisa­mente alrede­dor de 1997: eran nov­e­las y colec­ciones de cuen­tos pub­li­ca­dos por per­sonas naci­das en los primeros años de los setenta o un poco antes; en gen­eral ape­nas había quien rebasara la trein­tena. Casi todos esos libros fueron pub­li­ca­dos por edi­to­ri­ales inde­pen­di­entes, casi sub­ter­ráneas, o bien por el estado; sólo unos pocos aparecieron en los catál­o­gos de empre­sas como Plan­eta, Plaza y Janés, Océano u otras. En su momento, los lec­tores sim­ple­mente no adver­ti­mos que todos com­partían var­ios ras­gos comunes: nar­radores pasivos y con­tem­pla­tivos, tra­mas casi despro­vis­tas de acon­tec­imien­tos —aunque algu­nas de sus premisas ini­ciales fueran estram­bóti­cas o escan­dalosas—, un ambi­ente urbano y con­tem­porá­neo visto de man­era no desapa­sion­ada pero sí dis­tante y, sobre todo, una sen­sación de des­en­canto: pro­funda melan­colía que desem­bo­caba en amar­gura, en efu­siones sen­ti­men­tales o en obser­va­ciones cíni­cas sobre una real­i­dad hostil.
Este grupo de tex­tos afines apare­ció, sim­ple­mente, sin que medi­ara ningún plan ni man­i­fiesto. Algunos tendían a lo exper­i­men­tal, otros se cen­tra­ban en la explo­ración de per­son­ajes, otros en tra­mas enten­di­das de man­era más con­ven­cional, pero los temas cen­trales eran siem­pre dos: el tiempo y la memo­ria, y todas las his­to­rias desem­bo­ca­ban en la misma idea de un daño o una pér­dida: en angus­tia ante el exi­s­tir en un mundo donde ya nada es posi­ble y sólo se puede repasar lo que fue, lo ya irre­me­di­a­ble, lo que no y lo que nunca.
Abund­a­ban ejem­p­los de la voz nar­ra­tiva que no podía comen­zar a con­tar su his­to­ria, de modo anál­ogo al del nar­rador de El libro vacío de Jose­fina Vicens; había per­son­ajes vuel­tos car­i­catura en bares (con ecos de John Fante o de Charles Bukowski) o ded­i­ca­dos a repe­tir la misma serie de con­sid­era­ciones sobre la deses­peración o el aban­dono; había tam­bién tra­mas que opt­a­ban por la vio­len­cia o la sor­didez con­stantes, o bien que reducían al mín­imo su pro­pio peso al con­tarse como lar­gos pasajes ret­ro­spec­tivos que después eran cues­tion­a­dos o mati­za­dos por sus pro­pios nar­radores. Tal vez sin que sus autores los hubiesen leído, muchos record­a­ban tam­bién a libros como Los lar­gos días, de Joaquín Armando Chacón, o Ahora que me acuerdo, de Agustín Ramos, que inten­taron artic­u­lar la decep­ción de quienes habían vivido las luchas políti­cas de los años sesenta tras la masacre de Tlatelolco en 1968 y el comienzo de la “guerra sucia” mex­i­cana en los años setenta. No todos escribíamos este tipo de nar­ra­ciones, y más de uno entre quienes escribíamos algo dis­tinto las miraba con descon­fi­anza, pero éramos —evi­dente, vis­i­ble­mente— una minoría.
Pienso ahora que este grupo no llamó la aten­ción como podría haberlo hecho por dos razones. Por un lado, los tex­tos eran parte del espíritu de la época. El “fin de siglo”, con sus aso­cia­ciones apoc­alíp­ti­cas, se había puesto de moda gra­cias a los medios y se explotaba en ellos de muchas for­mas; a la vez, tras la caída del Muro de Berlín y de la may­oría de los regímenes comu­nistas en los tem­pra­nos noventa, otra noción pop­u­lar era la del “fin de la his­to­ria”, a par­tir del libro del politól­ogo estadunidense Fran­cis Fukuyama, muy dis­cu­tido en ese tiempo aunque casi nadie lo hubiera leído. La bur­guesía más o menos ilustrada a la que pertenecía el grueso de los escritores que éramos jóvenes entonces se había quedado sin asidero ide­ológico, o por lo menos sin sus­tento para una serie de ideas frívolas y opti­mis­tas sobre el futuro que habían sido parte de nues­tra edu­cación sen­ti­men­tal y de la cul­tura pop­u­lar desde nues­tra infan­cia. Habíamos heredado estas ideas de la con­tra­cul­tura de los años sesenta y habíamos reflex­ion­ado tan poco sobre ellas como sobre el libro de Fukuyama o las pro­fecías de Nostradamus.
Además, seguíamos resin­tiendo el golpe de la cri­sis económica y política de finales de 1994: a pesar del entu­si­asmo que todavía provo­caba el movimiento del EZLN en Chi­a­pas, el ánimo gen­eral se encon­traba en un estado seme­jante al descrito porGen­eración X de Dou­glas Cou­p­land, aquel libro ya olvi­dado pero que tanto influyó, tam­bién, en el imag­i­nario de la época. Las prome­sas del futuro habían resul­tado ser men­ti­ras; nues­tras “posi­bil­i­dades de desar­rollo” no eran may­ores sino menores que las que habían tenido nue­stros padres; habíamos lle­gado tarde a la his­to­ria que podíamos com­pren­der y lo que se vis­lum­braba no era claro ni reconfortante.
La nar­ra­tiva del tiempo y la memo­ria doc­u­menta, siem­pre, sufrim­ien­tos y pare­ceres indi­vid­uales alrede­dor de esta visión de lo incierto y de la des­ori­entación de un momento en el que —de modo muy seme­jante a como sucedió en Europa en el peri­odo entre las dos guer­ras mundi­ales— los val­ores y el pen­samiento tradi­cionales esta­ban en cri­sis. El cin­ismo del tem­prano siglo XXI tiene su pre­cur­sor en la per­ple­ji­dad y el descon­suelo de muchas his­to­rias de este momento, cuyos per­son­ajes ensayan con fre­cuen­cia, medi­ante prueba y error, for­mas de artic­u­lar su pasado (aunque sea para des­cubrir que es irrecu­per­a­ble) o de res­ig­narse y sopor­tar su presente.
Por otra parte, las his­to­rias de ese momento y ese ánimo ape­nas dejaron huella. La causa fue, sobre todo, que la may­oría de los tex­tos ape­nas se difundieron. Durante los noventa hubo un gran auge de la pub­li­cación “no com­er­cial” de escritores jóvenes, al amparo de proyec­tos inde­pen­di­entes o con­tra­cul­tur­ales o de ini­cia­ti­vas del Estado como el Conac­ulta, pero el aumento en la pub­li­cación no estuvo acom­pañado por nuevas for­mas de dis­tribu­ción que le per­mi­tieran lle­gar más allá de unos pocos lec­tores: todo esto ocur­rió jus­ta­mente antes de que las tec­nologías de inter­net se volvieran pop­u­lares y mod­i­ficaran por com­pleto, como lo han hecho, las alter­na­ti­vas de la edi­ción inde­pen­di­ente en el país. Para ser pre­cisos, la may­oría de los tex­tos del tiempo y la memo­ria no aparecieron siquiera en libros sino en revis­tas: pub­li­ca­ciones de tirada dimin­uta, casi invari­able­mente de corta vida, con nom­bres como Ostraco, Ped­i­mos la Pal­abra o Cuader­nos del Can­guro Bol­són, o bien en colec­ciones de pla­que­ttes. Y los libros tenían, en gen­eral, los mis­mos prob­le­mas que estas pub­li­ca­ciones. Aunque en algu­nas hemerote­cas se pueden encon­trar ejem­plares de revis­tas y pla­que­ttes y tam­bién doc­u­men­tos acerca de la recep­ción y crítica de muchos libros —reseñas, noti­cias de pre­senta­ciones, etc.—, lo cierto es que casi todos los tira­jes quedaron sin leerse más allá del cír­culo muy reducido de los cono­ci­dos de sus autores y el “medio” lit­er­ario en el que se desen­volvieran. De esta man­era se encon­tró mi “gen­eración” con el prob­lema de la ausen­cia de grandes masas de lec­tores, que es de todo Occi­dente desde comien­zos del sigloXX pero más agudo en un país como Méx­ico, con el sis­tema educa­tivo en cri­sis per­petua que tenemos.
Hay que agre­gar, por supuesto, que la cal­i­dad de lo pub­li­cado era irreg­u­lar, como cabía esperar, y en gen­eral no muy ele­vada. De los libros, quedan pocos siquiera con algún interés histórico y sólo un puñado de ellos merece releerse y recon­sid­er­arse; entre esos pocos tex­tos rescat­a­bles estarían Mar­cos’ fash­ion (1997), de Edgardo Bermejo —cuyo sub­tí­tulo podría haber sido un lema: “de cómo sobre­vivir al der­rumbe de las ide­ologías sin perder el estilo”—, Trán­sito oblig­a­to­rio (1995) de Ale­jan­dra Bernal, Los extra­dita­bles (1999) de Marcela Rodríguez Loreto y los que me pare­cen los tres mejores de todo ese movimiento vir­tual, descen­trado pero no inex­is­tente: No volverán los trenes (1998) de Andrés Acosta, La risa de las azu­ce­nas (1997) de Socorro Vene­gas e Y por qué no ten­emos otro perro (1997) de José Ramón Ruisánchez (es sig­ni­fica­tivo que los tres haya sido pub­li­ca­dos en el Fondo Edi­to­r­ial Tierra Aden­tro del Conaculta).
Un resumen de la nar­ra­tiva de mi gen­eración hecho en ese momento y cen­trado en los tex­tos del tiempo y la memo­ria, como si éstos fueran todo lo que hubiése­mos podido pro­ducir, sería injusto, evi­den­te­mente, pero no es posi­ble negar que, a pesar de muchos momen­tos estimables e incluso bril­lantes, ninguno de estos libros podría con­sid­er­arse la mejor obra de sus autores ni un libro cen­tral de la nar­ra­tiva mexicana.
En los primeros años del siglo XXI, la nar­ra­tiva del tiempo y la memo­ria desapareció.
Ahora da la impre­sión de que ocur­rió de la noche a la mañana: el “grupo” del tiempo y la memo­ria, que no había ter­mi­nado de destacarse ni ofre­cido una obra maes­tra, dejó de rep­re­sen­tar una ten­den­cia may­ori­taria porque la may­oría de sus autores sim­ple­mente dejó de escribir. Ésta, y no las que le han col­gado luego, es la der­rota de la nar­ra­tiva de mi gen­eración: todas se des­gas­tan, por supuesto, y en ese des­gaste todas demues­tran la necesi­dad de la per­sis­ten­cia (la ver­dad de la ima­gen de la escrit­ura lit­er­aria como una car­rera de resisten­cia), pero lo suce­dido fue el equiv­a­lente de una extin­ción en masa: prob­a­ble­mente el fin de miles de car­reras y proyec­tos. ¿Qué pro­dujo el des­en­canto de tan­tas per­sonas? Además de las razones indi­vid­uales de cada autor, que rara vez podrán deter­mi­narse, los últi­mos años del sigloXX y los primeros del XXI fueron de pasmo y desconcierto gen­eral: a las con­vul­siones locales se agre­garon cam­bios vio­len­tos en el mundo entero que no sólo fueron pro­fun­dos sino que lle­garon muy ráp­i­da­mente, uno tras otro, durante años. El pre­sente comenzó a cam­biar muy veloz­mente cuando —pienso— todavía no nos acos­tum­brábamos como gen­eración a las cir­cun­stan­cias que parecían haber­nos tocado a comien­zos de los años noventa, o peor todavía: cuando muchos escritores ya habían fijado sus temas y sus obse­siones. Éstas se volvieron obso­le­tas: la reflex­ión sobre el tiempo y la memo­ria dejó de tener sen­tido antes de que hubiese podido dar sus mejores fru­tos. A todo lo que ya se había vivido se agregó la pop­u­lar­ización del uso de inter­net (que ahora parece un cam­bio mucho más pro­fundo que los otros), el surgimiento del “nuevo orden mundial” y, en Méx­ico, el paso a una nueva etapa de nues­tra lentísima tran­si­ción democrática, que no sólo no se acel­eró sino que ha ter­mi­nado por desem­bo­car, como sabe­mos, en un gravísimo dete­ri­oro del tejido social. El sen­tido de nues­tra época —de lo que podría haber sido nues­tra época— cam­bió ráp­i­da­mente y varias veces antes de que pudiéramos ter­mi­nar de asirlo. Ya he men­cionado la sen­sación de “lle­gar tarde” a la que se refieren muchos tex­tos del tiempo y la memo­ria: en los noventa debo haber leído al menos una docena de veces, en cuen­tos y nov­e­las, la frase “La fiesta comenzó sin nosotros” u otras muy pare­ci­das, y es muy triste con­statar que los autores se refer­ían a la vida de sus padres o sus her­manos may­ores: los grandes acon­tec­imien­tos de los años sesenta y de sus primeros años de infan­cia, y no a lo que pasaba real­mente entonces, ante sus narices. Lle­garon tarde —lleg­amos tarde— dos veces.
No es imposi­ble que en el futuro se pueda escribir todavía un tes­ti­mo­nio de esto: un relato de este vér­tigo, estas incer­tidum­bres, esta ceguera y esta frus­tración, capaz de poner en per­spec­tiva el tra­bajo de tan­tas per­sonas y lo que vivieron. De momento ese texto no existe. En eso, por lo demás, la época se parece a otras. No hay todavía una nov­ela defin­i­tiva sobre los movimien­tos sociales de 68, por ejem­plo, ni sobre las trans­for­ma­ciones de los años ochenta, de las que los ter­re­mo­tos de 1985 podrían ser, aún, una metá­fora poderosa.
Entre­tanto la impre­sión que queda es, desde luego, de vacío. El que una población viva tiem­pos intere­santes no quiere decir que deba o pueda estar a la altura de sus cir­cun­stan­cias. La nar­ra­tiva del tiempo y la memo­ria seguirá siendo invis­i­ble. La pal­abra gen­eración seguirá, al menos por un tiempo, car­gada de esas con­no­ta­ciones desagradables.

2. ZOMBI
Para pre­cisar o mati­zar lo ante­rior, hay que agre­gar lo sigu­iente: no todos en la gen­eración hemos muerto, ni de veras ni para la lit­er­atura. No todos escribi­mos entonces, ni ahora, de esos temas dolorosos y melancóli­cos. Y la per­ple­ji­dad, la des­ori­entación y la frus­tración no sólo fueron expe­ri­en­cias de escritores. Y además están los zombis.

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