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domingo, 27 de octubre de 2013

POEMAS, Constantino P. Kavafis

Poemas
Constantino P. Kavafis

Josep María Subirachs, Jònica,
en cuyo pedestal se encuentra transcrito un fragmento de
“Canción de Jonia”, de Kavafis
Vuelve
Vuelve siempre y tómame,
amada sensación, vuelve y tómame;
cuando aviva del cuerpo la memoria,
y el viejo deseo a la sangre torna;
cuando los labios y la piel recuerdan,
y sienten las manos que de nuevo tocan.
Vuelve siempre y tómame, en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan...
(1912)
Versión de Vicente Fernández
Ventanas
En estos cuartos oscuros,
donde paso mis días oprimido,
de un lado a otro me muevo
buscando ventanas.
Cuando abra una, tendré un consuelo.
Mas las ventanas no existen,
o no puedo encontrarlas.
Acaso es preferible no encontrarlas.
Quizá la luz sea una distinta tiranía;
quién sabe cuántas cosas nuevas revelerá...
Versión de Cayetano Cantú
A la entrada del café
Algo que dijeron al lado mío
dirigió mi atención a la entrada del café.
Y vi el hermoso cuerpo que parecía
como si el Amor lo hubiese forjado con su más consumada experiencia–
plasmando sus armoniosas formas con alegría,
elevando esculturalmente la estatura;
plasmando con emoción el rostro
y dejando a través del tacto de sus manos
un sentimiento en la frente, en los ojos, y en los labios.
(1915)
Versión de Miguel Castillo Didier
El primer peldaño
A Teócrito se quejaba
un día el joven poeta Eumenes:
“Dos años han pasado desde que escribo
y un idilio he hecho solamente.
Es mi única obra acabada.
Ay de mí, es alta, lo veo,
muy alta la escala de la Poesía;
y del primer peldaño aquí donde estoy
nunca he de subir el desdichado.”
Dijo Teócrito: “Esas palabras
son impropias y blasfemas.
Y si estás en ese primer peldaño debes
estar orgulloso y feliz.
Allí donde has llegado, no es poco:
cuanto has hecho, grande gloria.
Y aun este primer peldaño
dista mucho de la gente común.
Para que hayas pisado en esta grada
es menester que seas con derecho
ciudadano en  la ciudad de las ideas.
Y es difícil y raro que en aquella ciudad
te inscriban como ciudadano.
En su ágora hallas Legisladores
a los que no burla ningún aventurero.
Aquí donde has llegado, no es poco:
cuanto has hecho, grande gloria.”
Versión de Miguel Castillo Didier
Los caballos de Aquiles
Cuando vieron a Patroclo muerto,
tan fuerte, joven y gallardo,
prorrumpieron en llanto los caballos de Aquiles.
Su naturaleza inmortal se conmovió
al ver la obra de la muerte;
movieron las cabezas, agitaron las crines en el aire
y golpearon la tierra con sus patas.
Lloraban a Patroclo al darse cuenta que estaba sin vida
su carne inerte,
su alma perdida, sin aliento, salida a la gran nada.
Zeus vio las lágrimas de los inmortales caballos
y se entristeció: “No debí actuar impulsivamente
en la boda de Peleo. No debí regalarlos.
Tristes caballos.
¿Qué tenían que hacer allá,
entre los desdichados humanos, juguetes del destino?
Ustedes, para quienes no existe la muerte ni la vejez,
si algún problema humano los alcanza
caerán también en la desdicha.”
Sin embargo, los caballos continúan llorando
por el interminable desastre que es la muerte.
(1911)
Versión de Cayetano Cantú
Recuerda, cuerpo
Cuerpo, recuerda no sólo cuánto fuiste amado,
no sólo los lechos en que yaciste,
sino también esos deseos que por ti
brillaban en los ojos claramente
y temblaban en la voz –y que algún
obstáculo fortuito impidió.
Ahora que ya todo está en el pasado,
casi parece que a esos deseos
te entregaste –cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban,
cómo por ti temblaban en la voz, cuerpo, recuerda.
Versión de Francisco Torres Córdova
Murallas
Sin consideración, sin compasión, sin vergüenza
a mi alrededor construyeron grandes y altas murallas.
Y ahora estoy aquí desesperado.
En nada más pienso: este destino me roe la mente
porque muchas cosas afuera tenía que hacer.
¡Ah! cómo no me di cuenta cuando construyeron las murallas.
Pero jamás escuché golpes o ruido de albañiles.
Imperceptiblemente me encerraron fuera del mundo
Versión de Francisco Torres Córdova
Deseos
Cuerpos hermosos de muertos juveniles
entre lágrimas sepultos en rico mausoleo
con rosas en el pelo y a los pies jazmines;
tal parecen los deseos que pasaron
sin cumplirse; sin merecer siquiera
del placer una noche, o una radiante mañana.
(1904)
Versión de Vicente Fernández

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