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domingo, 3 de enero de 2016

EDUCACIÓN O CULTURA, Hermann Bellinghausen

Educación o cultura
Hermann Bellinghausen
I
nvocar la cultura con la boca llena es un viejo hábito decimonónico, que a la hora de los esquemas presenta siempre un lado conservador (realista, imperial, porfiriano) y uno liberal. Este último alentó desde el principio la idea de que la joven Nación merecía ser instruida, ilustrada, educada, y con ese horizonte se emprendieron las obras de creación y pensamiento. Los miembros de la generación liberal o juarista del siglo XIX se asumieron maestros de la Nación en un sentido amplio y profundo. Buscaron poner el conocimiento en circulación a través de la creación, la crónica y la pedagogía. Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez, incluso Vicente Riva Palacio, invocaban al saber pensando no en los atenienses sino en los mexicanos, por ignaros y plebeyos que fueran.
En tanto la tradición neoclásica, vapuleada por el desorden independista, se recompuso en academias y cenáculos, dirigiendo sus gustos y aspiraciones a Europa, o sea Francia, buscando aceptación en las añoradas cortes, aún las venidas muy a menos en la Madre Patria. Los Habsburgo se habían instalado en Austria, y bien por ellos. Por eso hubo quien soñara en restaurarlos aquí y se trajeron a Maximiliano, un primer experimento neocolonial de lo que el siglo XXI parece cumplir, aunque a la globalidad actual le basten reyezuelos y gerentes. Estos restauradores, que con fines descriptivos tildaremos de conservadores (ellos siempre se consideran modernizadores) no suelen tener idea clara de qué es el pueblo ni les despierta mayor interés como no sea por costumbrismo ornamental.
Los liberales tenían una idea estereotipada y general, pero generosa. Inspirados en el igualitarismo de las revoluciones francesa y estadunidense, alimentaban el ideal de hacernos iguales a todos. A mediados del XIX México seguía siendo abrumadoramente indígena. Y donde no, predominaba un mestizaje que en buena parte caía del lado indígena, bien por ser rural, bien por pertenecer a la entonces naciente clase trabajadora que Carlos Marx comenzaba a estudiar en Inglaterra con fines prácticos. Había que hacer con todos una sola cosa: mexicanos. Pluralidad, multiculturalismo y diversidad no eran conceptos de moda.
Con los positivistas, científicos y generales ilustrados del porfiriato, la educación y la cultura se concentraron en la minoría masculina que podía optar por la preparatoria. Aunque al final del XIX la Iglesia católica andaba de capa caída, lo que no enseñaban ella o el Estado no lo enseñaba nadie. Los ideales de la Reforma se acomodaron al academicismo, los modales modernistas o la bohemia decadentista.
La Bola de 1910 reventó la prolongada siesta y puso en primer plano a los ignorantes, los incultos, la plebe, para desmayo de la aristocracia, más rancia que nunca. Una nueva generación de pintores, escritores, pensadores, abogados, compositores y educadores reparó en ellos, se les unió o los encabezó, y con el inteligente pulso de José Vasconcelos lanzaron a la cultura para educar la Nación. Esta vez el pueblo venía incluido: su historia era La Historia. Los murales de Diego y la épica novelística coincidieron con leyes obreras y la reforma agraria. Educación y cultura, juntas, devinieron una cruzada que durante el cardenismo sería heroica, con música de Revueltas como fondo. ¿Y qué hacía la derecha con los maestros?: los desorejaba.
El discurso gubernamental se nutrió de este México de plebe redimible, independientemente de las progresivas corrupción, decadencia e institucionalización que vaciaron de significado el discurso popular, pero lo mantuvieron hasta bien entrados los años 70.
No obstante, más allá de las inercias, la educación era cultura y la cultura, didáctica o no, era educación, al menos en los reglamentos. Los libros de texto gratuitos eran un hecho consolidado. Desde el despacho que algún día ocuparon José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet se siguieron administrando la educación básica y la bilingüe, las alfabetizaciones y también las bellas artes, los proyectos editoriales, la conservación histórica y arqueológica, los museos, la investigación etnológica. Dos caras de Jano que el país no podía separar.
Siguió un periodo mutante (el hoy llamado ciclo neoliberal, en curso todavía) donde la esfera cultural de élite obtuvo nichos de poder y bienestar, garantizadas sus libertades creativas y solvencia económica, con los pasaportes necesarios para el mercado del prestigio. Mientras, la educación propiamente dicha, la pública, se tiró a la basura en las mentes de sus administradores. La educación prioritaria pasó a manos privadas, sumamente conservadoras y pudientes. (Cabe reconocer el papel de las universidades públicas en resistir al desmantelamiento total.)
El cómodo divorcio que finalmente impone hoy el Estado neoliberal entre la educación y la cultura redondea la distancia de la alta cultura, corporativizada por la vía blanda, con aquello que atañe a la chusma eternamente educable que mejor está con tele nueva y una bolsa de galletas que con un libro.
Cuando se desfonde el largo pero frágil sueño de ferias, festivales, premios, becas, obras completas y exposiciones retrospectivas, la Cultura volverá a toparse con el pueblo terco, la naquiza prieta y chorreada que, ¿qué creen?: a veces piensa, crea, se organiza y educa en autonomía. Viene de abajo, igual que las raíces. Es menos probable que se evapore en el aire.

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