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lunes, 25 de enero de 2016

ESCRIBIR LO QUE SE VE: LA NOVELA DE LA CRISIS ESPAÑOLA, Ánxela R. Astvaldsson (La Jornada Semanal)

Escribir lo que se ve: la novela 
de la crisis española

Desde 2008 España está sumida en una feroz crisis económica y, por extensión, social, política, territorial e institucional, provocada en gran medida por el estallido de la burbuja inmobiliaria. La pesadilla se prolonga hasta la actualidad con nuevos perfiles y los signos de que lo hará al menos un lustro más, en el mejor de los casos, una década en el peor, son más y más poderosos que aquellos que indican que lo peor ya pasó, como se empeñan en promulgar interesadamente algunos, adjuntando como pruebas las insignificantes briznas de cambio ante una población agotada y descreída.
Como escritor, frente a la realidad empecinada cabe plegarse a una de las dos posturas clásicas: evadirse mediante la práctica creativa de un escapismo esterilizado u optar por ser testigo de cargo de esa realidad enajenada, con todas sus consecuencias. Si nos ceñimos a la tan traída y llevada cita de Sthendal sobre la novela realista como un espejo a lo largo del camino, desde 2008 el espejo a lo largo y ancho de España refleja colas de desempleados de larga duración, extrema precariedad laboral, familias desahuciadas de sus viviendas y endeudadas de por vida, recortes en educación y salud, ancianos a quienes los bancos han robado los ahorros de toda una vida; incontable depauperación social y moral e infinito desaliento, para decirlo rápido. Que mucho o gran parte de esta exasperación no se hubiera colado al menos en una rendija de la novelística actual, hubiera indicado una conducta patológica por parte de los autores, como mínimo. Una indolencia insoportable, pues la novela ahora más que nunca ha de ser un soporte social por agotamiento. Es preciso tener presente que, lejos de ser una circunstancia forzada por un contexto imperativo, el relato social está profundamente imbricado en la tradición literaria española: desde el Cantar de Mío Cid, pasando por la novela picaresca, el propio Don Quijote, numerosas comedias de Lope de Vega, el proyecto realista de Pérez Galdós, por citar ejemplos sobresalientes, han testimoniado un rechazo al poder establecido y expuesto la conciencia de los autores contra las desigualdades sociales, la corrupción y las prácticas tiránicas.
Nombre mayor de este compromiso es el inexpugnable Rafael Chirbes (1949-2015), uno de los escritores que más y mejor ha hundido sus herramientas en el fango de lo que ya sabemos que, además de crisis, fue y es estafa. En Crematorio (Premio Nacional de Crítica 2007) anticipó la cultura del pelotazo y la burbuja inmobiliaria a través de una narración enfebrecida y totalizadora de alcance social y existencial: “Lo que se quiere contar aquí es cómo nuestra modernidad, lo que se suponía que íbamos a traer detrás del franquismo, ha dado como fruto esta especie de planta venenosa que nos asfixia.” En la orilla, elegida con justicia como mejor novela de 2013 y casi unánimemente considerada la novela de la crisis, es de nuevo un pararrayos de las tensiones de época, del “estado del alma humana a principios del siglo XXI”. “Vosotros lo tenéis todo, yo tengo una escopeta,” profiere cargado de impotencia el personaje central de la novela, obligado a cerrar una carpintería en una localidad valenciana próxima a la costa, que vivió del esplendor de las décadas de la construcción masiva; un hombre ahora vacío, despojado, enajenado. Ha dejado en el paro a cinco trabajadores y su padre, enfermo terminal, se apaga mientras él intenta sobrellevar el desmoronamiento que le ha tocado, como a tantos. Narra con mano firme y sin concesiones la resaca que siguió a la farra de los años de bonanza, y que todavía dura, y revela los abusos cometidos por constructores y políticos, que han terminado por desfigurar y corromper el paisaje material y emocional de buena parte de la gente común.
Pero justo es reconocer que la trayectoria de denuncia de Chirbes, fallecido inesperadamente en agosto de este año, no es ni de lejos una actitud sobrevenida por la circunstancia histórica, sino que responde a un proyecto creativo –y, por lo tanto, vital– que arranca desde sus inicios como escritor. Chirbes fue el cronista de una época implacable que diseccionó, orillado (quizá sólo desde ahí se está en condiciones de denunciar) por un sistema que le repugnaba, siempre con alto grado de exigencia compositiva y expresiva, y alejado de falsas concesiones maniqueas: “No me gusta pasar la mano al lector a favor del pelo. Hay que pasársela en contra.” Reacio a poner palabras más allá de las que están en sus novelas, cuando se le preguntaba de dónde nacía su ímpetu narrativo, se limitaba a un certero: “Escribo de lo que veo.” No cabe mayor honestidad.
Literatura de emergencia
Las historias de los personajes de Democracia (2012), de Pablo Gutiérrez, podrían haber salido de las páginas de cualquier periódico nacional: “De economía sé lo que todos hemos aprendido desde 2008. Quise contar cómo afecta un colapso cósmico a seres individuales, la intrahistoria, qué relación hay entre el gran mundo de las finanzas y una vida pequeña. Ya lo hizo Galdós en los Episodios Nacionales. Él cuenta cómo la batalla de Trafalgar afecta a un grumete, y nuestro Trafalgar ha sido Lehman Brothers.” Como Gutiérrez, varios escritores han optado por escribir no para modificar, pero sí al menos para comprender –puesto que la literatura es un medio de conocimiento–, y en ese sentido han configurado una literatura de emergencia que pugna por aferrar este presente enfebrecido.
Estos son algunos de sus nombres y aportaciones: Alberto Olmos (Ejército enemigo, 2011); Benjamín Prado (Ajuste de cuentas, 2013); Javier López Menacho (Yo, precario, 2013); Esther Guillem (Bestseller, 2013); José María Guelbenzu (Mentiras aceptadas, 2013); Isaac Rosa (La habitación oscura, 2013); Domenico Chiappe (Tiempo de encierro, 2013); Elvira Navarro (La trabajadora, 2014); y Ricardo Veredas (Deudas vencidas, 2014)


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