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lunes, 4 de enero de 2016

EL TÚNEL DE MI COMPADRE, Raquel Rueda Bohórquez

EL TÚNEL DE MI COMPADRE


DEDICADO A MI COMPADRE, BENJAMÍN ARAUJO MONDRAGÓN
de Toluca, México.

Un anciano camina muy lento, hacia esa luz, donde pareciera que un túnel continúa bajo tierra, pero ese resplandor invita a meditar.

Dan ganas de tocar, de asomar a esa orilla para saber si continúa o termina, luego caer en ese precipicio, en ese foso donde al menos una llamarada nos espera.

Imaginamos el infierno, nos contaron que eran flamas que ardían, la gente está prendida, pero no se vuelve cenizas, es como si el alma se ajustara a ese calor que no deja de tener su divinidad.

Todo viene de Dios, ¿entonces para qué me afano?, hasta el infierno le pertenece, y creo entonces que ahí purgamos algo, es un padre bueno y justo, nos reprende con severidad, pero jamás nos destruye, imagino que al fin de ese tiempo, saldremos de nuevo a la luz y volaremos por la tierra de nuevo, hasta que nos veamos como un espejo de luz en el sueño tranquilo de un lago, /esto pensaba el anciano, estaba cansado y enfermo y se dirigía hacia ese final de su vida…

Una voz colada entre las montañas gritó a su oído: ¡Te regresas ahora!, ¿qué te has creído abuelo?, ¿acaso porque te di larga vida crees tener ganado el cielo?, esa vida te la di porque siempre pospuse para mañana tu castigo, esperando cambiaras, a ver, dime, te haré unas preguntas antes de continuar:

El anciano se recostó un tanto dentro de ese túnel, no había cansancio, pero la voz lo indujo a esperar y escuchar…

Inició por decir: Hasta los 7 años te portaste regular, pero ahí ya sabías cuál era el bien y el mal, entonces iniciaste por ser rebelde y no acatar a tus padres, todo está bien, cuestiones de la edad, y te dejé continuar, luego esperé que tuvieras 15, ¡qué gran tarea la de tus padres para que fueras un hombre!, ¡desordenado desde pequeño!, y pensé: a este muchacho lo que le hace falta es tiempo, pero ya habías iniciado con esa tarea necia de masturbarse una y 100 veces, hasta que salías pálido, sin energías ni para leer un libro, y aquí también pensé: ¡bah, es un muchacho, y esto también estaba incluido dentro del paquete de la vida, y te dejé un tiempo más…
Vi como iniciaste a manejar las cosas a tu manera, ¡te creías un hombre!, arrebataste a más de una mujer su dignidad y con carcajadas lo pregonaste, con uno y otro, y te hacías macho cada vez que podías contar hasta de qué color tenían sus pezones, también aquí pensé: ¡cosas de hombres!, creo que dejaré un tiempo más a éste muchacho a ver si aprende a vivir, aquí en ésta etapa ya tomabas sin control y fumabas sin medida.

Presté atención a tus padres, muchas veces los vi orando de rodillas, siempre era por tu culpa, ni siquiera prestaron atención a sus propios sueños, porque eras tú ese sueño ansiado, habían volcado tantas cosas en ti, todas sus ilusiones se verían reflejadas en tus estudios y progreso.

Cada lágrima de tu madre la fui juntando hasta formar un océano, y cada pesar de tu padre lo fui convirtiendo en una montaña, sin embargo, esperé que ellos tuvieran calma, anhelé que todo pasara pues quería ver una sonrisa en sus rostros, y tú, ¡nada que cambiabas!

Te perdoné una y otra vez, hasta que al fin casi de 20 años te graduaste, te regalaron el cartón, y jamás te enteraste que tu padre arregló todo, porque estaba cansado con éste cabrón de hijo que le tocó.

Después de 30 años y todavía dando guerra  en la casa, preñando mujeres aquí o allá, sin responder como padre por ninguno de tus hijos, pero también como Dios que soy, decidí darte tiempo, a quienes aprendieron pronto, regresaron a casa y aquí están conmigo, ¿piensas que te dejé porque eras mejor que otros?

No trabajabas con juicio, pero te di fortuna, quería ver cómo administrabas y a quién ayudabas, y seguías pensando que era tuya, me estaba enojando mucho, permití que guardaras y guardaras tu dinero, te volviste tacaño y avaro, querías acumular riquezas pero no veías ni siquiera por sobre tu hombro, pero te dejé hacer y deshacer, hasta que murieron tus padres, y me di cuenta que tus sentimientos por ellos no eran los de un hijo, jamás enviaste una ayuda generosa, dabas pidiendo permiso, entregabas pero seguías haciendo cuentas, ¿tan poco merecían tus viejos?, ¡tacaño!, debiste dejar una pequeña pensión para que vivieran bien, sin mendigar a nadie nada, pero el dinero te volvió engreído, lo gastabas en nada, pues seguías acumulando riquezas y riquezas.

¿Recuerdas el día que enfermaste?

-El anciano asintió con la cabeza sin responder.
Bien, ese día quería ponerte a prueba, porque sabía que algo bueno tenías en tu corazón, estuviste muy grave, y seguías pensando en comprar lotería, ¿no pensabas acaso que éste sería tu final? ¡Insensato!, y una ráfaga fuerte azotó su rostro, pero el anciano seguía callado sin responder a esa voz profunda que lo estaba cuestionando.

Ahora estás aquí, no hubo más lotería, y ese dinero se volverá viento, porque otros que no vivieron con tanta ansiedad como tú, serán quienes lo disfruten, viajando, conociendo, amando…

¡¡Ahora vete a la mierda cabrón!!

Dios le dio tremenda patada de viento al viejo que ya se había levantado, y asustado cayó al precipicio…

Un sacudón fuerte y ahí estaba, con los ojos muy abiertos viendo que el tiempo había pasado y no había sido feliz con tantas oportunidades que había tenido de dar y dar y dar sin esperar nada, pues había recibido abundancias.

La enfermera le gritaba: ¡Don Anastasio!, ¡Don Anastasio!, ¡ha regresado a la vida!, el marcapasos empezó a funcionar otra vez.

El viejo se rascó la cabeza y preguntó: ¿No he muerto?, ¡tenía una horrible pesadilla!, que iba directo al infierno, ¿y ahora estoy aquí?

No sé qué sucedió, /dijo la enfermera/ creo que hiciste una promesa porque te escuchamos gritar: ¡Todos mis bienes son para el hospital! Y firmaste un documento en medio de tus delirios.

¡¡¡Ni puel hifueputas!!! Gritó el viejo alterado, y ahí quedó con su mirada extendida hacia ese mismo camino sin retorno.

Raquel Rueda Bohórquez
Barranquilla, enero 4/16

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