miércoles, 18 de diciembre de 2013

CIEN MARCOS PARA JOSÉ MARÍA PÉREZ GAY, Vicente Leñero


Lo que sea de cada quien 
Cien marcos para José María Pérez Gay


Vicente Leñero
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Lo recuerdo en nuestro departamento de avenida Cuauhtémoc arrancando del carrito de bebé a mi hija Estela de un año para lanzarla luego hacia el techo y cacharla y volverla a lanzar y a cachar entre las risas de mi esposa y mi desesperación:
—¡Ya párale, la vas a matar!
No pocas tardes José María Pérez Gay anclaba en la casa y charlando como ferrocarril se quedaba hasta la cena. Era un estudiante de Comunicación de la Ibero —cuando algunas carreras se asentaban aún en la calle de Zaragoza de Coyoacán— inquieto como pocos por el ansia de saber, brillante, alegador. No era mi alumno. Cursaba un año por delante de los muchachos de mi grupo, pero participaba en las pláticas durante el coffee-break y luego, junto con su maestro Ramón Zorrilla a quien veneraba, continuábamos cafeteando en el restorán El Altillo donde se encuentra ahora la panadería Santo Domingo. Nos teníamos voluntad.
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José María Pérez Gay y Vicente Leñero
Corriendo el tiempo lo encontré en la Zona Rosa y me anunció que se iba becado a la Alemania de la República Federal.
No supe más de él. Hasta 1971 en que fui invitado a la Feria del Libro de Frankfurt y con el remolino de un grupo de escritores latinoamericanos recorrimos ciudades en pisa y corre. Cuando recalamos en Bonn me lo topé durante una recepción solemne.
—Quihubo Chema, qué haces aquí.
Ahora era agregado cultural de la embajada de México y había acumulado conocimientos que me sorprendieron: desde las calamidades del imperio austrohúngaro hasta el idioma alemán que dominaba a la perfección.
De inmediato, al margen de la comitiva, se dedicó a pasearme por Bonn y Colonia. El Rin, la imponente catedral gótica, el museo de Beethoven…
La tarde de un sábado nos escapamos a comer chamorros y a beber tragos en compañía de Manuel Puig, de Olga Costa Viva y de Salvador Garmendia. Ahí nos confesó que estaba harto del servicio diplomático y que ansiaba dedicarse a traducir a célebres y a escribir una novela, dos novelas, tres novelas. Seguía hablando como ferrocarril y de pronto él y yo, activados por los tragos, nos soltamos a cantar los boleros que Puig solicitaba como si fuéramos Los Panchos, hasta terminar con el Agustín Lara de Janitzioson las redes de plata y un perfume carmesí
Olga Costa Viva —argentinoalemana— se hartó:
—Los mexicanos son así; apenas se emborrachan se ponen a cantar. Quién los aguanta.
Ahí se acabó el festejo. Se agotaron los tragos y también nuestros bolsillos. Manuel Puig me susurró:
—Oye, tu amigo no puso un marco. No se vale.
Cuando Chema Pérez Gay nos dejó en el hotel, me detuvo al pie de la escalera:
—Ando sin un clavo —me dijo—, préstame cien marcos.
No era demasiado dinero: como cuatrocientos pesos de los pesos del 71, aunque para un viajero ocasional, que aún no compraba regalitos para la familia, representaba un desbalance incómodo en las últimas etapas del viaje. Se lo dije.
—Es fin de semana —me respondió—. Me pagan el lunes en la embajada.
—El lunes nos vamos de Bonn, antes del mediodía.
—El lunes te los traigo tempranito al hotel.
—No me falles, Chema.
—Tú no te apures.
Dejé de ver y de conversar con José María Pérez Gay durante siglos. No de leer sus libros voluminosos y de admirar lo que hacía: sus conferencias, su paso por el Canal 22, su activismo político.
Como en Bonn, cuarenta años después, lo vi cruzar una calle en Guadalajara.
—Quihubo, Chema.
Nos apapachamos. Llevaba prisa. Juramos vernos en México.
Le dije:
—Me debes cien marcos, ¿te acuerdas?
Se acordaba. Sonrió.
—Te los pago en México con unos tragos por delante —prometió, pero ya no le dio tiempo.

A 30 AÑOS DEL ASESINATO DE LENNON, Luis Hernández Navarro

Andanzas del marxismo lennonismo

Luis Hernández Navarro

Ugraffiti se le apareció al fotógrafo mexicano Jorge Acevedo en 1984 caminando por las calles de Roma. Su cámara recogió la imagen. En ella, los rostros de Carlos Marx y John Lennon se fusionan en una sola faz. En la parte de abajo de la pared un letrero escrito con aerosol bautiza al personaje: San Lennon.

La pintura forma parte de una creencia con fieles en casi todos los rincones del planeta: el marxismo lennonismo. Una doctrina que disputa el legado del exBeatle y reivindica su etapa políticamente más comprometida y radical, como el sello distintivo de una época.

San Lennon. No es broma, a setenta y tres años de su nacimiento, la herencia doctrinaria de Lennon sigue en disputa. Tanto es así que, en 2008, el papa Benedicto XVI perdonó al músico inglés la osadía de afirmar, en 1966 que “Los “Beatles son más famosos que Jesucristo”. Condescendiente L´Osservatore Romano, el periódico del Vaticano, publicó: “La declaración de John Lennon, que provocó una profunda indignación, después de muchos años suena tan sólo como una fanfarronada de un joven de clase trabajadora de Inglaterra que tuvo que afrontar un éxito inesperado, después de crecer en la leyenda de Elvis Presley y del rock and roll.” Y, aunque no está claro si la exculpación redimía a John de sus pecados y le aseguraba un lugar en el más allá, los purpurados alabaron la música de Los Beatles, porque, según ellos, “treinta y ocho años después de su ruptura, las canciones con la firma Lennon-McCartney han mostrado una extraordinaria resistencia al paso del tiempo, siendo fuente de inspiración para más de una generación de músicos del pop”.


Graffiti en los estudios Abbey Road:
John Lennon como el Che Guevara
Parte de esta pelea es el libro, recientemente publicado por la UNAM,John Lennon. Un humanista subversivo. Coordinado por los doctores Elvira Concheiro, Carlos Arturo Flores y Julio Muñoz, la obra se mete de lleno en el pleito por el legado del pensamiento político del exBeatle. Uno de los autores, Juan Luis Concheiro, lo define como “socialista intuitivo, partidario de la clase obrera, simpatizante de las izquierdas radicales y de la revolución, e incluso, comunista”. En una semblanza que él reconoce como muy parcial, Julio Muñoz lo caracteriza como radical, romántico, feminista, icono del ateísmo, crítico de la familia, amante de la verdad, orgulloso de sus raíces obreras, pacifista y revolucionario. Y René Avilés Fabila lo ve como “algo más que un cantante, que un músico, era un revolucionario sincero, un agitador, un provocador necesario, indispensable, un tipo genial que no hizo más daño que llenarnos de excelente música y justas propuestas de cambio”.

La hora de Los Beatles

Que un centro de investigación de la unam publique un libro sobre John Lennon puede parecer extraño, pero no lo es. La beatlemanía, como se sabe, es un hecho arraigado, persistente y con raíces en la industria del espectáculo mexicano. De hecho, aunque en una escala distinta a la de la década de los sesenta y setenta del siglo pasado, sigue viva.

Han pasado ya muchos años desde que, en 1963, se comenzó a escuchar el programa 7 Minutos y 90 Segundos con Los Beatles, producido y conducido por Adolfo Fernández Zepeda. También de que, en Radio Éxitos, en el 790 de AM, el locutor descolgara el auricular del teléfono y preguntaba al aire: “Bueno ¿por quién vota? ¿Por Los Beatles o por los Monkees?”, aquella banda de Los Ángeles creada en 1966 para una comedia de televisión que ejemplificaba a las mil maravillas la comercialización y domesticación del rock. Y de que, en la pista de hielo Insurgentes (sí, había lugares para patinaje sobre hielo en Ciudad de México antes de que Marcelo Ebrard fuera jefe de gobierno), los duranguenses Dug Dug’s interpretaran al cuarteto de Liverpool mejor de lo que el grupo inglés lo hacía en vivo. Sin embargo, aún hoy, cuarenta años más tarde, en lo que debe ser todo un récord digno de ser consignado en la Guía Guiness, Universal Stereo, trasmite diez horas semanales del cuarteto de Liverpool.

Curiosa persistencia ésta de un grupo musical disuelto en 1970, en la que sus fansse dividieron en torno a quienes defendían a Paul y quienes estaban con John, y se atesoraban en la memoria todo tipo de anécdotas sobre ellos, porque no podía darse uno el lujo de olvidarlas. Anécdotas que servían, por ejemplo, para elevar los bonos de Lennon frente a Paul, como la del encuentro entre los músicos y Cassius Clay, durante la primera gira de ellos a Estados Unidos en 1964, cuando el más grande boxeador de todos los tiempos estaba a punto de disputar a Sony Liston el título mundial.


John Lennon y Yoko Ono durante su protesta Bed-In, 1969
Originalmente, John propuso visitar al campeón, pero a Liston le molestaron Los Beatles cuando los vio en el show de Ed Sullivan. “¿Son estos hijos de puta por los que toda la gente grita? Mi perro toca mejor la batería que el chico narizón”, dijo el boxeador.
Así que, en lugar de ver al campeón, se dirigieron al retador. El encuentro tuvo lugar en el gimnasio donde entrenaba Clay, entre disparos de cámaras fotográficas, payasadas y una histórica foto donde los cuatro de Liverpool simulan sucumbir ante un demoledor golpe del pugilista.

Con la prensa fuera del pabellón, Cassius se sinceró con los músicos y les soltó un gancho al hígado. “No son tan estúpidos como parecen”, les dijo. Y Lennon, que era un fajador nato forjado en la ley de la calle, con la paz en la boca y la guerra en el corazón, le reviró tremendo uppercut que se impactó de lleno en su quijada: “Nosotros no, pero tú sí.”

Cotilleos aparte, en nuestro país estaba ya en el aire la disputa a muerte entre los seguidores de la línea folklorito/venceremos y los integrantes informales del club de los huaraches de ante azul (Federico Arana dixit), en torno a si era o no políticamente correcto escuchar rock, o si quien lo hacía era un comparsa del imperialismo estadunidense. Algunos amantes de la quena y el charango juzgaban por arriba del hombro desde las Peñas convertidas en púlpito para celebrar el arte revolucionario, la debilidad de la carne y del oído de quienes disfrutaban con los requintos y bajos de los agentes del demonio colonial.

A su manera, cuatro décadas después, John Lennon. Un humanista subversivo es un jab directo a la nariz de aquellos Torquemadas que consideraban indigno de la revolución latinoamericana el profesar culto laico a los huaraches de ante azul. Un ajuste de cuentas tan elegante como un combate de Mohamed Alí. Como dicen Elvira Concheiro y Carlos Arturo Flores en el prólogo del libro “The Beatles idearon un nuevo estilo al expresar la rebelión que penetra el espíritu del tiempo y en esa medida fueron una auténtica revolución.”

Los papeles de la sedición


Fotos: socialistresistance.org
Como apunta Pablo Espinoza en el libro, esta disputa por su herencia se avivó a raíz de la desclasificación de los archivos secretos del FBI sobre el músico, después de una batalla que el historiador John Weiner libró desde 1981. Los últimos informes que el académico obtuvo describen los detalles sobre los vínculos de Lennon con grupos de izquierda y opositores a la guerra de Vietnam en Londres en la década de 1970, pero no hay nada en ellos que indique que los funcionarios del gobierno consideraban al exBeatle una amenaza seria a la seguridad nacional.
Ciertamente, Richard Nixon sospechaba que Lennon planeaba interrumpir la convención nacional republicana de 1972. Sin embargo, un informante policíaco aseguró a la agencia de seguridad que la eficacia del músico era limitada porque “estaba constantemente bajo la influencia de las drogas”.

Lo que John Lennon. Un humanista subversivo señala se debate en todo el mundo y, a pesar de que lleva años discutiéndose, tiene una absoluta actualidad. Por ejemplo, desde la acera de enfrente y en dirección opuesta, Maurice Hindle, entrevistador del artista de Liverpool, sostiene, en un artículo publicado en The Guardian en 2010, que Lennon nunca fue un radical de ultraizquierda. Su radicalismo –sostiene– fue un asunto de relativa corta duración. Y pone como prueba que, en 1978, el músico escribió: “El error más grande que Yoko y yo cometimos en ese período fue el permitirnos ser influenciados por los machos revolucionarios serios y sus ideas locas acerca de matar a la gente para salvarlos del capitalismo y/o del comunismo (dependiendo de su punto de vista). Deberíamos haber conservado nuestra propia manera de trabajar por la paz: los encamamientos, las vallas publicitarias, etcétera.”

La interminable controversia sobre la afiliación política de Lennon volvió a subir de tono cuando el exoficial de inteligencia David Shayler, al servicio del M15, la agencia de espionaje británica, divulgó que el exBeatle financió con decenas de miles de libras esterlinas al Ejército Republicano Irlandés (IRA). Ya lo había hecho con el trotskista Partido Revolucionario de los Trabajadores. 

Lennon retó al sistema como muy pocos músicos de rock lo han hecho. Alejado de la filantropía que tanto viste a las estrellas de la industria del entretenimiento, el exBeatle apostó por el compromiso internacionalista con la transformación social. Arriesgó su carrera, su arte y su vida. La máquina respondió con la burla y la persecución. No fue expulsado de Estados Unidos como lo hicieron con Charles Chaplin, pero estuvo muy cerca de ser deportado. La colección de ensayos que integran John Lennon. Un humanista subversivo recrea esta trayectoria en un justo, conmovedor e informado homenaje a San Lennon, ese héroe de la clase obrera, fundador del marxismo lennonismo, inmortalizado en el efímero graffiti italiano.

RECUERDOS DE ALBERTI, Hugo Gutiérrez Vega

Hugo Gutiérrez Vega
Recuerdos de Alberti

Rafael fue para mí un hermano mayor, un padre en poesía y un maestro en el difícil arte de vivir de acuerdo con las propias convicciones y procurando siempre no hacer daño a los demás. Comunista hasta el final de sus días, mantuvo un silencio, a mi entender demasiado cauteloso, respecto a los errores, las falsificaciones y los crímenes del estalinismo.

Recién llegó a Roma procedente de Argentina, se instaló en un discreto apartamento en la Vía Monserrato, muy cerca del Palazzo Farnese y al lado de una librería regenteada por unas alegres monjas españolas que saludaban con mucho gusto a su herético paisano. Con María Teresa y Aitana, Rafael formó un equipo notable por su inteligencia y su hospitalidad. María Teresa, en los días del tremendo calor del ferragosto, siempre ofrecía rotundos cuencos de gazpacho andaluz, adornado con los “tropezones” reglamentarios. En otras épocas del año aparecían los vasos de vino caliente y las empanadas criollas que horneaba la afectuosa Aitana.
Rafael se sabía de memoria las Églogas, de Garcilaso; el Cántico Espiritual, de San Juan de la Cruz, las Soledades, de Gongora, muchos sonetos de Quevedo y de Villamediana, las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique y laSuave Patria, de López Velarde, entre otros muchos poemas. Le encantaban los concursos de memoria y se nos iban tardes enteras recordando versos amados.

Fuimos en caravana a Génova para participar en el congreso de escritores organizado por Miguel Ángel Asturias y por el misterioso jesuita Angelo Arpa. Lo presidió Carlos Pellicer y la discreta estrella del aquelarre fue Juan Rulfo. Visitamos en Rapallo a Ezra Pound y cenamos con Eugenio Montale y con el presuntuoso y gran poeta Salvatore Quasimodo. Ungaretti llegó al final y, como no se meneaba la cola con Quasimodo, se sentó calladito en su rincón y, sólo al término de los actos, nos habló un poco de su aventura brasileña y de su idea de la poesía como el testimonio de nuestras vidas.

Regresé a México y, a los pocos años, nos fuimos a vivir a Madrid y me encontré de nuevo con Alberti. Fuimos a Santander a dar un recital y armamos la tremolina ante los ojos censores de un grupo de notarios que organizaban un curso en la Universidad Menéndez Pelayo. Alberti, senador del Reino (su entrada al Senado llevando del brazo a La Pasionaria pasó a la leyenda cívica), todavía despertaba temores y sospechas a los fachos que poco a poco iban perdiendo fuerza.
Pasó sus últimos años en su tierra, el Puerto de Santa María. Lo vi, vestido de marinerito en tierra, presidiendo el desfile del carnaval. A los pocos meses se fue con los ángeles que tanto celebró en sus poemas más entrañables.

POESÍA Y EDUCACIÓN: ALGO HUELE A PODRIDO EN LA ENSEÑANZA, José Ángel Leyva

Poesía y educación: algo huele
a podrido en la enseñanza
José Ángel Leyva

La poesía insiste una y otra vez sobre la desdichada condición humana, en su sentido erróneo y su existencia efímera. La educación se consolida como un sistema operativo, utilitario, pragmático, forjador del “éxito” y el consumo. Como dice Shakespeare en Hamlet: “Algo huele a podrido en Dinamarca.”

“Para que guste la poesía hay que cambiar el sistema educativo”, rezaba el encabezado del diario La Jornada, del 1 de agosto de 2013. Palabras del investigador de El Colegio de México Anthony Stanton. La sentencia pesa más en un país donde se expulsó a la filosofía del programa educativo del nivel secundario y los filósofos se movilizaron para recuperar su sitio; al menos eso afirma el filósofo Gabriel Vargas. Una paradoja si se evoca la exclusión de los poetas de la República ideal de Platón. André Gide expone el tema en su novela Los inmoralistas: “¿Sabe usted por qué ya no se lee poesía ni filosofía?”, pregunta un personaje a otro. Ante la ignorancia de la respuesta, continúa: “Porque la filosofía abandonó a la poesía como recurso estético y sensible de su lenguaje y la poesía a su vez desechó la reflexión y la experiencia como parte de su discurso; pero a la vez ambas dejaron de lado la vida, la vida concebida en algún momento de la antigüedad como una obra de arte, como un todo integral.”

En México podemos constatar que no se educa para formar ciudadanos conscientes de la existencia y de las necesidades de los otros, del otro, sino bajo la idea de la educación para triunfar, para poseer y para imponerse sobre los demás. ¿Cómo puede hablarse de democracia en un país con una población elevadamente ágrafa y analfabeta? ¿Se trata entonces de una democracia analfabeta?

La educación en o por competencias, como respuesta a la era de la información, parece responder más al sentido de la industria y el mercado, más a la eficiencia laboral, que a lo que anota Noam Chomsky como capacidad lingüística para interpretar y activar la realidad del sujeto, sus posibilidades comunicativas, sus capacidades y competencias. Lo cultural, por tanto, queda minimizado ante la importancia del individuo como parte de un sistema productivo y de consumo. Así, la lectura como ejercicio crítico, como herramienta de transformación, de albedrío, es ignorada.

La literatura no sólo no conserva su lugar como motor lingüístico de la enseñanza, tampoco como base del humanismo y de una sociedad imaginativa y crítica. En los niveles más bajos queda la filosofía, pero más abajo aún la poesía, al ser considerada como impráctica, difícil de comprensión e inútil para la vida laboral y profesional, para lo técnico y lo cotidiano. En su Método fácil y rápido para ser poeta, Jaime Jaramillo Escobar arremete contra los vates que suelen destacar el carácter improductivo y la inutilidad de la poesía. Flaco favor le hacemos a la poesía si enarbolamos tal pensamiento, si no aclaramos que lo es con respecto al mercado, que es inmensamente útil y necesaria para desarrollar las capacidades humanas, para aprender y aprehender la historia emocional, para reconocernos en el lenguaje, para construirnos en el lenguaje.

Nuestras comunidades indígenas comienzan apenas a reivindicar sus lenguas originarias, a ejercerlas en la escritura y a dar muestras de su fortaleza en la poesía. No como expresiones exóticas dentro de un mundo en el que se habla y se comunica en español, donde domina lo español, sino como auténticas obras que proponen poéticas diversas y atractivas. En América Latina domina lo español porque así resulta desde la perspectiva del mercado editorial. Las grandes empresas ibéricas mantienen un dominio casi absoluto en nuestras naciones americanas, pero cierran sus puertas a las editoriales latinoamericanas y, por consiguiente, a los traductores de estos países. Para la industria editorial ibérica sólo es válida el habla de su país. Con un mercado tan grande, la poesía podría dejar algunos dividendos a los poetas y mejorar la capacidad lectora de nuestros ciudadanos en América Latina.

La educación se concibe aún dentro de esa lógica de las dos culturas que Charles Percy Snow describió ya hace tanto tiempo: la cultura de las humanidades y la cultura de la ciencia y la tecnología. Un divorcio que privilegia la utilización del conocimiento como instrumento de dominio y de enajenación, pero no como herramienta de sabiduría, de imaginación, de búsqueda, de preguntas.

Hace algunos años, en una conversación con el entonces rector de la Universidad Intercontinental, el teólogo Sergio César Espinosa comentaba que el propósito de toda universidad debería ser formar buenos ciudadanos antes que profesionistas exitosos. Insistía en que la mayoría de las instituciones educativas, privadas y públicas, enarbolaban el éxito profesional como bandera. Pero, se preguntaba el rector, ¿para qué muchachos que sólo sean capaces desde el punto de vista técnico, diestros para acumular riquezas, si carecen de ética y de principios ciudadanos? ¿Para qué una riqueza, pocas veces bien habida, si para disfrutarla hay que vivir blindados, escoltados, perseguidos por el miedo?
La poesía, como la filosofía, le dan a nuestras comunidades la capacidad de reflexionar, de preguntar, de ver aquello que no ven, de descubrir otras dimensiones del tiempo, de reconocerse en los otros, de entender la libertad y el valor de la palabra. Es improbable que los sistemas educativos cambien para acoger a la poesía y a la filosofía como vías de lectura, como potencias intelectuales y estéticas. Esa labor, por fortuna, la hacen los propios poetas haciéndose escuchar en festivales, ferias del libro, recitales, presentaciones. Allí está la poesía a las puertas de los colegios, de las universidades, de los hogares, en las calles, sin explicar su presencia, su utilidad práctica, sólo allí, con la pregunta a flor de labios: ¿para qué poetas?

DE AFORISMOS, CUENTOS Y OTRAS AVENTURAS, Mariana Frenk-Westheim

De aforismos,
cuentos y otras aventuras
Mariana Frenk-Westheim
Para amar a la humanidad hay que ignorarla. (Ca. 1930).
¿Quieres creer en la bondad de los hombres? Hazte ermitaño. (1972).
Antes los jóvenes eran esclavos de tradiciones y tabúes. Hoy viven en la esclavitud de la libertad. Antes los obligaban a obedecer, hoy están condenados a escoger. (1992).
Hay personas de grandes cualidades a quienes sólo soportamos por sus pequeños defectos. (1972).
Contra las grandes cualidades de otras personas hay una sola defensa: el amor. (Esta frase es de Goethe, pero así, metida entre las mías ¿quién se va a fijar?) (1972).
Dándonos cuenta de las pequeñas infamias de que somos capaces las personas decentes y casi maravillosas, ¡qué podemos pedir a los canallas! (1992).
Teme a los tímidos: son capaces de todo. (1971).
Ningún audaz lo es tanto como un tímido que venció su timidez. (1972).
El suicidio es un acto cobarde para cuya ejecución se requiere gran valor. (1992).
(De la estulticia humana.) Qué felices nos hacen los elogios, aunque sepamos que no son sinceros. (1992).
Aprecio infinitamente tu sinceridad. Si me dijeras ‒sinceramente‒ lo que piensas de mí, tendría yo que decirte ‒¡qué pena!‒ lo que pienso de ti. (1992)
No desprecien el chisme: es la única actividad creadora de muchos. (1992).
El tonto que habla poco demuestra que no lo es tanto. (1992).
Esa mujer tiene una manera nada espiritual de ocuparse de cosas espirituales. (1969).
Lo aburrido no garantiza lo profundo. (1992).
“La elegancia no es mi ideal”, dijo el hipopótamo. (1973).
(Para una amiga.) Qué bella serías si no lo supieras. (1978).
Estar orgulloso por haber hecho algo me parece justificable, aunque no necesario. ¿Pero estar orgulloso de ser algo, por ejemplo, hombre o mujer, o chino, alemán, iraní o guatemalteco? Extraña locura. (1992).
Si a tiempo aprendes a renunciar, tu vida será gloriosa hasta el último momento. (1992).
Entre los vicios de la humanidad actual, uno de los peores es la velocidad. (2001).
(Consejo a los que asisten a menudo a cocteles, vino de honor, etcétera.) Si no tienes la menor idea de quién es la señora que te saluda efusivamente, te tutea y demuestra en sus preguntas un conocimiento exhaustivo de tu pasado, presente y futuro, y si, absurdamente, te interesa saber quién es, no le preguntes de ninguna manera ‒ni siquiera si ella parece tener todas las características de la mujer casada‒: “Y dime, ¿cómo está tu esposo?” Porque puede suceder que la señora esa condense la frustración de su vida en una mirada gélida y, alzando las cejas, te conteste: “Yo nunca he tenido esposo.” Cosas así no son agradables. Más vale preguntar. “Y tú, ¿qué has hecho en los últimos tiempos?” Toda la gente tiene últimos tiempos. Y es probable que se suelte ella contándote muchas cosas, más de las que tú quieres saber, y que así logres establecer su identidad. Y si te contesta: “Pues lo de siempre” ‒entonces, ni modo

domingo, 15 de diciembre de 2013

LA MUERTE "MÁS IDIOTA" DE ALBERT CAMUS

HEMEROTECA

La muerte «más idiota» de Albert Camus

Día 07/11/2013 - 14.50h

Así calificó el Nobel de Literatura el fallecimiento del ciclista Fausto Coppi en accidente de tráfico, según anunciaban por error algunos periódicos, un día antes de que a él le ocurriera lo mismo en la carretera de Borgoña

«No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto», dijoAlbert Camus, el 3 de enero de 1960, en referencia a la pérdida deFausto Coppi, después de que algunos diarios europeos publicaran por error que esa había sido la causa de la muerte del histórico ciclista. Al día siguiente, el propio Camus, de cuyo nacimiento se cumplen hoy 100 años, se dejaba la vida sobre el asfalto de la carretera de Borgoña, cerca de La Chapelle Champigny.
La muerte «más idiota» de Albert Camus
ABC
Retrato de juventud el el autor de «La peste»
Ocurrió cuando su amigo y editor Michel Gallimard conducía a gran velocidad su Facel Vega en una recta sin obstáculos y el neumático reventó. El Premio Nobel de Literatura 1957 iba a la derecha del conductor. «El encontronazo con un árbol fue tan violento que el vehículo se partió en tres pedazos, y Camus fue a parar a los asientos posteriores. La muerte del famoso escritor fue instantánea», contaba el corresponsal de ABC en París, Federico García-Requena, en una crónica titulada «La muerte, imprevista y absurda, de Albert Camus».
El coche quedó tan destrozado que se tardó mucho tiempo en extraer el cadáver del escritor de entre los restos del coche. Gallimard, en cambio, fue trasladado grave al hospital y su esposa y su hija sufrieron tan sólo contusiones.

Tributo tardío

La huelga que mantenían desde hace días los medios de comunicación francesas hizo que la trágica noticia se divulgara muy tarde. Sin embargo, en cuanto se supo del accidente, la radio pública francesa, de acuerdo con las comisiones de huelga, decidió inmediatamente suspender su programa de música grabada, el único que transmitía en aquellos momentos, para rendir tributo al fallecido escritor.
La muerte «más idiota» de Albert Camus
ABC
Camus, tras recibir el premio Nobel en 1957
«El estupor ahondaba dolorosamente en nuestra carne conforme íbamos tomando conciencia del tremendo e inesperado drama», añadía el corresponsal de ABC.
Camus tenía sólo 47 años y tan sólo tres antes había alcanzado la gloria de las letras con el Nobel. Fue el segundo escritor más joven de la historia en conseguirlo–por detrás del inglésRudyard Kipling, que recibió el galardón en 1907 con 42 años, uno menos que Camus– y llegó a decir en una ocasión que su obra no había hecho más que empezar. Nadie lo hubiera dicho a juzgar por novelas como «El extranjero» (1942), «La peste» (1947) o «La caída» (1956), pero lo cierto es que fallecía prematura y repentinamente un hombre «colmado de dones y de honores, benjamín de los actuales escritores franceses de fama universal, que tenía adquirida una reputación intelectual incomparable, elaborada de exigencias y de una estricta y severa pureza», decía la necrológica de ABC.
Se unía así a la larga lista de celebridades que se han dejado la vida en un accidente de tráfico: James DeanJackson PollockJorge Cafrune,Pierre Curie o la bailarina estadounidense Isadora Duncan, entre una lista infinita.

«Condenado a muerte»

Sin embargo, la vida de Camus era la del hombre que se sabe «condenado a muerte» por una enfermedad incurable, razón por la cual trabajaba incasablemente para «desprenderse del precioso mensaje literario que guardaba en sí». Sufría una afección pulmonar, que ya le había avisado con dos graves crisis, y el mal de Koch, que «estaba latente en su organismo como una fiera agazapada, dispuesta a surgir de nuevo para dentellearle vorazmente en el instante más inesperado», aseguraba García-Requena.
La muerte «más idiota» de Albert Camus
ABC
Camus, en 1959, un año antes de su muerte
Ni por un momento pudo imaginarse el gran Albert Camus que su fin sería tan distinto, tan «absurdo» e «imprevisible». «La pérdida del joven maestro de la joven élite europea es una de las mayores que podían sufrir en estos momentos las letras francesas y toda la juventud ha de llorarla», dijo entonces François Muriac, otro de los escritores franceses laureados con el Nobel.
«¿Qué podré yo llamar eternidad, sino a todo aquello que forzosamente habrá de continuar después de mi muerte?», se preguntó en una ocasión el humanista convencido, consciente del absurdo de la condición humana, antes de morir.

CAMUS, EL EXTRANJERO ETERNO, Raffa Gassó

Camus, el extranjero eterno

Albert Camus
Albert Camus, en 1957, posando para un retrato. AFP

De haber vivido cien años Albert Camus, ¿seguiría siendo sin haberlo sido, como ese señor Meursault -protagonista de esa primera novela que le catapultó a la fama cuando apenas tenía 29 años-, pasivo ante la vida y la tragedia, escéptico frente a lo ético o lo universal?
No es que 'El extranjero', publicada hace 71 años, fuera una declaración de principios autobiográficos firmada por el mismo Camus. Se limitaba a retratar otros escenarios existenciales propios de épocas convulsas. Sin embargo, el argumento de la novela bien podría parecer el mismo por el que Camus, de alguna manera, fuera condenado a cierto ostracismo por sus propios contemporáneos, forzado a deambular sin parada en una u otra parte por una suerte de extranjería eterna entre el norte de las ideas y el sur de la pólvora y la emoción.
En 1945, desde el periódico parisino 'Combat', había denunciado enérgicamente las matanzas de Sétif. Charles de Gaulle -el mismo que elogiaba a Camus como un ejemplo de periodismo insobornable y libre-, había declarado el 8 de mayo el día para celebrar el triunfo sobre la Alemania nazi, una fiesta por la libertad que los musulmanes de Sétif se tomaron al pie de la letra. Salieron a la calle, entre otras, portando la bandera argelina, y la jornada acabó con un reguero de muertes que se sitúan en centenas entre los colonos, y en miles -se habla de cerca de 20.000-, entre los "indígenas", como los llamaban los franceses.

Precoz, rebelde y libertario

Su investigación y denuncia en la 'Miseria de Cabilia' -corazón de la resistencia contra el colonialismo francés-, publicada en el Periódico del Frente Popular unos años antes -y poco después de haber roto con el Partido Comunista por serias discrepancias-, había concluido con la prohibición de la publicación del diario, y la presión para que Camus no pudiera encontrar trabajo en Argelia, lo que le había llevado a Francia.
Camus, 'Pies negros' de nacimiento, precoz hasta en rebeldía, había posicionado su máxima existencial defendiendo que la literatura "no es servir a los que hacen la historia, sino a los que la sufren". Por eso, quizá, el comprometido peso de la intelectualidad de entonces, con Jean-Paule Sartre a la cabeza, no entendió que durante su discurso al recibir el premio Nobel de Literatura en 1957 -tres años después de que hubiera nacido el Frente de Liberación Nacional (FLN) en Argelia-, Camus no dijera nada acerca de esas víctimas de su historia más reciente, y sí condenara que el FLN recurriera a la lucha armada y los atentados para defender una "causa justa" usando "métodos injustos".
Alumbró, además, una frase que pasaría a la historia: "Si un día tengo que escoger entre la justicia y mi madre, escogeré a mi madre por encima de la justicia". Quizá sólo pensaba en su madre, activa usuaria del tranvía en Argel, objetivo habitual de ataques terroristas. Como quizá tampoco celebró en su día la victoria sobre Japón tras el lanzamiento de dos bombas atómicas al tachar la hazaña de "locura". Fue, para muchos, el perfecto epicúreo. Quizá.
Apenas tres años después de recibir el Nobel, Alberto Camus moría, una vez más, precoz, en un accidente de tráfico. Tenía 47 años. Dos más tarde, Argelia conseguía su independencia e inauguraba otra época negra de cuatro décadas en las que las divisiones entre dos facciones del FLN provocaron un golpe de Estado, primero, y una cruenta guerra civil entre Gobierno y diferentes grupos islámicos a partir de 1991, después de que la primera ronda de las elecciones fuese cancelada al saberse que ganaría el Frente Islámico de Salvación (FIS).
Camus defendía el derecho de cada ciudadano a elevarse por encima de la masa para alcanzar su propia libertad. Tenía sólo 22 años cuando escribió, en el ensayo 'El revés y el derecho': "En África, el mar y el sol son gratis". Lo único gratis. Quizá como hoy en día. Igual. O quizá, otra precocidad más vigente que nunca.