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lunes, 20 de octubre de 2014

ALERTA: ¿NARANJA O ROJA?, Orlando Ortiz

Orlando Ortiz
Alerta ¿naranja o roja?

Si uno se pregunta desde cuándo hay literatura, de inmediato salta una respuesta: desde que se inventó la escritura, es decir, desde que hay letras. Si se piensa un poco más, podría argumentarse que el relato debe tener origen más remoto (la era de las cavernas). Así, es posible que la narrativa sea la primera expresión “literaria” sin letras. No obstante es imposible dudar de que la poesía es la expresión príncipe. Y si nos reducimos a la etimología, más aún, pues poesía, como todo lo saben, es creación. Así, la narrativa sería la primera expresión “literaria”, sin embargo, siempre se ha dicho que la poesía es la expresión príncipe. Y estoy de acuerdo, pues poesía es creación. Sin embargo, eso es lo que menos me preocupa ahora, pues en este momento mi pregunta es si habrá literatura en el futuro.
Aproximadamente a mediados del siglo pasado fue vaticinado, por muchos, intelectuales y todo lo contrario, el fin de la novela; es más, desde mucho antes se consideró que la novela, por ser la expresión más vulgar de la literatura, además de nociva para la moral, etcétera, estaba destinada a desaparecer. El caso es que a lo largo de varias centurias se ha seguido escribiendo novela. Escribiendo y publicándose, en preciosas ediciones, manuscritas –con viñetas policromas–; después, con la llegada de la imprenta, se imprimieron formando las páginas con tipos móviles; más tarde el linotipo facilitó el proceso, mismo que se alivianó con el offset y los actuales sistemas computarizados. En resumen, se puede decir que a lo largo de varios siglos la literatura se ha difundido y ha permanecido gracias a la letra impresa en papel. No se puede soslayar que la supervivencia de las obras también está en relación con su calidad, pero éstas habrían quedado en la oscuridad de lo ignoto si no hubieran sido impresas.

La literatura es letra, sería mi primera aseveración, de carácter perogrullesco pero emitida con plena convicción.
Desde hace algunos años, los jóvenes aspirantes a ser escritores –novelistas, poetas, dramaturgos, ensayistas, cronistas– me señalan que el libro como tal, en papel impreso y encuadernado, ya pasó a la historia; la digitalización es lo de ahora y lo del futuro. (Sin embargo, curiosamente, estos defensores a ultranza de la digitalización han seguido buscando –y algunos lo han logrado– que su obra sea imprimida a la usanza tradicional, y de preferencia por una editorial “reconocida en el mundo” –regional o nacional, valga el rebuzno.

Algunos editores han incorporado a su catálogo editorial versiones digitalizadas de algunos o de la mayoría de sus títulos. Versiones que se venden a un precio poco menor que el de las versiones impresas en papel. Hasta aquí la literatura sigue siendo letra, legible en pantallas pero letra al fin, y su calidad sigue estando en la liza para determinar su permanencia. Puede argüirse que esta característica es la respuesta a una nueva realidad, es decir, responde a las peculiaridades de la vivienda contemporánea, pues la reducida dimensión de las mismas imposibilita a los lectores tener libreros amplios, en cambio un CD o un USB, conteniendo varias obras, cientos de páginas, será lo más indicado. El libro impreso en papel quedará en los museos o, en el mejor de los casos, en algunas bibliotecas que por falta de presupuesto no tengan una buena dotación de equipo electrónico. (Nunca faltarán los “retro” que prefieran tener un libro en las manos a cargar con una tablet o una laptop, es más, habrá los que, como yo, se deleiten con el aroma de un libro recién impreso).

Hasta aquí es evidente el papel que han jugado los editores e impresores en la producción y difusión de la literatura. Buenos o malos, justo o injustos –con los autores– su desempeño ha sido decisivo. Sin embargo, hace algunas semanas me alarmó que una reunión internacional de editores, uno de ellos declarara que en el siglo XXI se llegará a la “edición” de libros con nuevas manera de contar historias, quizá con geolocalizadores para que en función del lugar donde se encuentre el lector pueda cambiar la trama, o “volúmenes” de ensayos que se completarán con palabras claves. Otro de los asistentes a esa reunión aclaró que todavía no estamos en la era digital, pero ya la tenemos enfrente y “vamos por la creación de relatos sin texto, con audio, voz, animaciones…” Llegados a ese momento, ¿que será la literatura, si ya no habrá letras, tampoco una habilidad narrativa para tramar o capacidad para manejar el lenguaje o crear personajes o preocupación por el estilo?

  ¿Se habrán preguntado los editores, entonces, qué función van a tener?

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