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martes, 14 de octubre de 2014

VIAJAR ES ENAMORARSE DESPACIO, Alberto Ruy Sánchez



VIAJAR ES ENAMORARSE DESPACIO

Viajar no es hacer suya una ciudad sino dejarse pasar por ella a través del cuerpo
ALBERTO RUY SANCHEZ El autor es poeta, narrador y ensayista. Su libro más reciente es la novelaElogio del insomnio, publicada por Alfaguara (FOTO: NINA SUBIN )

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ALBERTO RUY SÁNCHEZ
| DOMINGO, 12 DE OCTUBRE DE 2014 | 00:10
Viajar es con frecuencia un asunto de obsesiones. Dejarse poseer por un lugar que antes no se conocía. Observar cómo se va metiendo en ti por todos los sentidos. Volverse disponible a su existencia, a su manera peculiar de relacionarse contigo. A su modo de mostrar sus gracias o esconderlas. Descubres de pronto que es demasiado tarde para oponer cualquier resistencia, que irremediablemente has caído ante un lugar cuando ya su peor o su mejor ángulo te interesan lo mismo. La existencia de ese lugar te ha poseído. Eres parte de lo que ese sitio va siendo y él es parte de este nuevo tramo de tu vida.
El mundo está hecho de esos motivos de obsesión. La vitalidad del planeta palpita de lo desconocido a la revelación apasionante de su existencia. Y el extranjero radical en desplazamiento, el viajero, expuesto a esas revelaciones a su paso se descubre súbitamente conmocionado, trastocado, conmovido y, sin saberlo demasiado, tal vez enriquecido. No dejo de comprobar cómo conocer de verdad un lugar maravilloso hace crecer mi felicidad, mi deseo de afirmar la vida en sus cualidades sorpresivas.
Lo inesperado es eso hacia lo cual vamos sin saber cómo ese viaje transformará nuestra existencia. Viajar es aceptar lo inesperado, saberse parte de eso que a cada paso nos transforma.
Un lugar te obsesiona y sientes, súbitamente y con una alta dosis de certeza, que ya no estás de paso. Que algo de tu cuerpo se está construyendo, modificando, adquiriendo forma en esa nueva geografía mientras la gozas. Y eso te sucede aunque sepas que siempre es temporal cualquier estancia, sea visita fugaz o tenaz residencia. Porque a final de cuentas vivir es estar de paso.
Viajar es admirar cómo va despertando en ti, en toda tu piel y más adentro, una necesidad imperiosa de saber más de la gente que habita un lugar o lo frecuenta. Sin darte cuenta quieres indagar tercamente en el pasado de esas personas y del lugar mismo. Y te brota como suelen mostrase en la piel las reacciones alérgicas, de manera salvaje, abrupta. Viajar es una obsesión devastadora.
Darse cuenta de que mucho más allá de lo razonable te importan de pronto los anhelos de la gente de un lugar, sus sueños, sus deseos. Y ya que se ha abandonado físicamente ese sitio, vuelves a él con la mente porque enrealidad (en la realidad de todo el cuerpo, mente y materia) uno nunca se ha ido.
Viajar es entonces irse quedando, muchas veces a pesar de uno mismo. Irremediablemente, viajar de verdad es habitar en movimiento realidades alternas. Dejarse envolver por el mundo, una capa tras otra, una piel nueva por cada llegada, por cada descubrimiento y verdadero asombro.
Viajar es dejarse transformar en un ser extraño, es decir extranjero, de pieles simultáneas, sucesivas, obsesivamente cultivadas. Obsesiones similares a las del amor, porque el contacto con el mundo es sensorial y es erótico.
Viajar es amar ese contacto, desearlo. Una ciudad, o cualquier lugar que se ha convertido en una obsesión es un lugar que te ha seducido. Y que despierta en el viajero como en el enamorado, una sed irrefrenable de conocer, de indagar, de penetrar y tanto afuera como ya dentro, de tocar y ser tocado. Porque si amar es también una aventura del conocimiento trascendente a través de los sentidos, viajar no lo es menos.
Viajar no es conquistar, poseer, seducir, anexar, coleccionar, hacer suya una ciudad sino dejarse pasar por ella a través del cuerpo. Pasar y dejarla pasar, muy a fondo, de manera sutil y radical al mismo tiempo.
Como en el amor, el viajero seducido comprueba que nada iguala a laexperiencia personal y que aún si se confirman las impresiones de otro viajero, las que uno tiene de pronto en contacto con un lugar son únicas y son experiencias profundas, irremplazables, intransferibles. Y, sin embargo, aún en plena conciencia de esa última imposibilidad, parte del amor viajero es la necesidad de contarlo, de pronunciarlo. Así como se convierten en palabras, imágenes y revelaciones poéticas el nombre, el cuerpo y la súbita aparición de la persona amada. Porque decirla es seguir en ella. Nombrarla no es exorcizarla, como en el caso de los demonios, sino todo lo contrario, ahondar su furia posesiva, su fuerza, su presencia.
¿Cuántas veces en la vida se puede uno enamorar de un lugar, el mismo o distinto? Por suerte, o más bien, si se tiene suerte, muchas. Yo he sido seducido por ciudades tantas veces y cada una permanece y crece en mi piel y sigue creciendo. Me hundo en ellas y sin clemencia me transforman. Son mis ciudades obsesivas, imaginarias y reales simultáneamente. Ciudades bien amadas pero sobre todo activamente amantes.

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