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lunes, 20 de octubre de 2014

MAROSA DI GIORGIO DIEZ AÑOS DESPUÉS, Alejandro Michelena

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diez años después
Marosa di Giorgio
diez años después

Alejandro Michelena

El 17 de agosto del año 2004 amaneció húmedo y brumoso, con una llovizna sutil que le daba a Montevideo un tono de misterio poético. En esa jornada dejaba este mundo Marosa di Giorgio, una poeta en cuya originalísima obra lo cotidiano se imanta de misterios insondables. Había nacido en 1932 en la ciudad de Salto, por ese entonces la más importante del norte del Uruguay, y residía en la capital desde 1978. Cultora de un estilo considerado “inclasificable”, llamó la atención de los más exigentes lectores de poesía a mitad de los años sesenta; fue a partir de un libro intenso y deslumbrante de prosa poética titulado Historial de las violetas (1965). A partir de esta obra se multiplicó el culto y la admiración por esta escritora enigmática, que evocaba una y otra vez en su extraña y sugestiva poesía un ámbito original y pletórico de vibraciones panteístas, inspirado en su infancia rural en la zona de quintas de los alrededores de Salto.

El influyente crítico Ángel Rama saludó entusiasmado la aparición de Historial de las violetas en el semanario Marcha. Amigo de agrupar a los escritores en categorizaciones operativas, ubicó a Marosa en un sector de excéntricos de la literatura nacional, a los que bautizó como “raros”. Le hacían compañía –en esa lista de Rama– desde Isidore Ducasse o Conde de Lautréamont, hasta Mario Levrero.

La mudanza de la poeta a Montevideo renovó el interés en su producción, que aumentaba en títulos pero seguía empecinadamente fiel a un estilo, un imaginario, un peculiarísimo uso de la fantasía. En ese microcosmos tan personal se amalgamaban la madre omnipresente, las magnolias y otras flores, los abuelos evanescentes y ciertos animales entre simbólicos y oníricos. La poesía de Marosa fue entusiasmando en esos años a grupos crecientes de lectores. Fueron los tiempos de su plenitud creativa y de su mayor actividad. Luego aparecieron Los papeles salvajes, publicado por Editorial Arca en 1989, donde se reunía todo lo que había escrito hasta el momento.


La tertulia del Sorocabana

Promediados los ochenta, otra faceta de Marosa que comenzó a destacarse fue la interpretación de sus propios textos. Había tenido formación y actividad teatral en Salto siendo joven, pero en esta nueva etapa evidenció un talento muy destacado. Realizó infinidad de recitales en Uruguay y en Argentina, pero el punto más alto se dio con el unipersonal titulado El lobo, que fuera puesto en escena por el dramaturgo y director Ricardo Prieto. Ese mismo texto fue llevado al cine más tarde a través de la cámara de Eduardo Pincho Casanova. Recibió la escritora en aquellos años importantes premios, como el Fraternidad de la organización judía B'nai B´rith (1982) y la beca Fulbright (1987), que le permitió viajar a Israel y de paso a Europa por primera vez, así como a Estados Unidos; en ambos casos fue objeto de notas críticas y de infinidad de entrevistas.

Mientras tanto, desde que llegó a Montevideo, ella reinaba cada atardecer en medio de la tenue bohemia montevideana, centralizando una tertulia en el café Sorocabana a la que asistían habitualmente el poeta Rolando Faget, el narrador Miguel Ángel Campodónico, el crítico Wilfredo Penco, el escritor Leonardo Garet, el actor Claudio Ross, la poeta Concepción Silva Belinzon, la narradora Paulina Medeiros, el dramaturgo y narrador Ricardo Prieto, el pintor Eduardo Mernies, el dramaturgo y erudito Ariel Mastandrea, y quien esto escribe. Al mágico conjuro de su presencia hierática y cargada de enigmas se acercaron también algunas veces el poeta Elder Silva, coterráneo de Marosa, y los narradores Mario Delgado Aparain y Hugo Fontana, así como desde fines de los ochenta la poeta e investigadora literaria Marisa Guevara, viniendo de Buenos Aires. Esta rueda de café fue un ámbito muy valioso de diálogo, tolerancia y libertad en medio de la dictadura, y durante los años que siguieron Marosa siguió irradiando inteligencia, creatividad y conocimiento. Ella era la figura central, más allá de que no siempre interviniera y nunca monopolizara la palabra; su magnetismo era suficiente para que todos la consideraran el fiel de la balanza del coloquio.
Por otra parte, su curiosa figura –piel pálida, labios pintados de un rojo subido, lentes estilo mariposa, ropa de colores contrastantes y sensualidad evanescente– se tornó habitual en las noches del centro capitalino. Saliendo de un cine, o entrando al teatro, o simplemente caminando por 18 de Julio.

Avanzaron los años y Marosa di Giorgio, ya considerada un referente de la lírica platense en su costado fantástico, siguió dando a conocer nuevos títulos. Poco a poco su prosa fue virando de lo puramente poético a los toques más decididamente narrativos. Surgieron de ese modo sus relatos especialísimos de El camino de pedrerías (1997). La intención narrativa y el bucear en el tópico de lo erótico la harían desembocar en el ejercicio de novela titulado Reina Amelia (1999). Y en su peripecia de cada atardecer, se la veía compartir mesas en el Sorocabana de la calle Yi, el Bar Mincho ubicado casi enfrente, y más avanzada la noche en el boliche Lobizón.


Triunfo en la orilla de enfrente

Promediados los años noventa se afirmó de manera inusitada su prestigio en Buenos Aires, donde no solamente se leía y lee su poesía, tal vez más que en el Uruguay, sino que se tornó –por su creativo decir y actuar sus textos en los recitales, por su talentosa capacidad performática– en artista de culto. Se le llegó a comparar con la mítica Vera Valdor, extraordinaria figura del under porteño de los años setenta y ochenta. Este impacto marosiano en la gran ciudad sigue vigente a través de las multiplicadas ediciones de sus libros, y de los grupos de teatro que año tras año adaptan sus textos a la escena.

En 1993 recibió una invitación a Francia, con beca de residencia por varios meses, y en 2001 la premió el Festival de Medellín, Colombia, el más importante de Latinoamérica en el género. Viajó la poeta a recibirlo y realizó allí recitales multitudinarios.

Han pasado diez años desde que Marosa di Giorgio nos dejó, tal vez escabulléndose de la mano de “la liebre de marzo”, o del brazo de algún extravagante animal brumoso de su creativo bestiario. En todo este tiempo se han multiplicado –casi todas en Buenos Aires, y desde allí proyectándose al mundo– las reediciones de sus obras. Es en el presente una de las poetas uruguayas de mayor proyección internacional.

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