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domingo, 7 de junio de 2015

CARRINGTON Y PONIATOWSKA: ENCUENTRO EN LIVERPOOL, Änxela Romero-Aztvaldsson


 
Carrington y
Poniatowska:
encuentro en Liverpool
Ánxela
Romero-Astvaldsson

Leonora Carrington (Chorley, 1917-México, 2011) regresó al país de su infancia del 6 de marzo al 31 de mayo. Inserta en las actividades del año dual México-Reino Unido, la Tate de Liverpool organizó la primera exposición –y única en las últimas dos décadas– en su país originario tras la muerte de la artista. La muestra explora diversas prácticas de Carrington, prueba de su afán de experimentación, a través de imágenes que subsumen a los visitantes en la atmósfera de irrealidad que trasunta su obra, y que la convirtió en figura distintiva del surrealismo. De ello dan testimonio las ciento seis piezas que acoge la retrospectiva, entre pinturas, tapices, máscaras, poemas y acuarelas, la mayoría provenientes de museos mexicanos, algunas de colecciones privadas.

Lugar preponderante ocupa el mural El mundo mágico de los mayas, por primera vez fuera de México. Realizado en l963 para el Museo Nacional de Antropología, su composición fue fruto de la lectura del Popol Vuh y de entrevistas a indígenas chiapanecos; experiencias que la pusieron en contacto con el simbolismo prehispánico y fructificaron en una expresión sincrética en la que al aliento del inframundo onírico intercala elementos mayas con otros del imaginario surrealista y celta, este último más afín a sus raíces.
Otro cuadro icónico: La giganta (1947), imagen de una habitante de la isla de Brobdingnag, en tanto deudora del mundo mágico de Jonathan Swift, que parece inaugurar la creación sosteniendo entre sus manos un huevo, y cuyo cuerpo descomunal, de cabeza mínima y cabellera color maíz, es circunvalado por aves negras; a sus pies, caballos y humanos huyen despavoridos.

Las imágenes se despliegan ante nuestros sentidos atónitos desafiando cualquier expectativa racionalista que las constriña, que intelectualice lo que no es sino producto de la magia, la mitología, el ocultismo, la alquimia. Tratar de comprenderlas o, peor, de explicarlas, era un esfuerzo inane para la autora que se preguntaba cómo poner en palabras lo que nace en el epicentro de las entrañas, lo que regala la magia y uno se limita a recoger.

Al igual que la Alicia de Carroll, Leonora tuvo su puerta de lanzamiento al otro lado, hacia lo que anidaba en su vientre; una curiosidad insaciable que no cejaría. El deslumbramiento vino en forma de regalo materno: Surrealism, de Herbert Read, en cuya portada la aguardaba el cuadro de Max Ernst, Dos niños amenazados por un ruiseñor, que la condujo hipnotizada a los brazos de su autor, amante simbiótico y desbocado por igual.

Elena Poniatowska llegó a Liverpool a acompañarla en su regreso. En el salón del ayuntamiento vio lo desconocida que Carrington era en su país natal, sin resultarle raro, pues “era el secreto mejor guardado de México, porque era una mujer sumamente privada”. La misma Poniatowska conversó regularmente con ella casi desde su llegada al país; fueron charlas en la cocina mexicana de la pintora que se constituyeron en el germen de la novela Leonora –nunca biografía, insiste Elena. Al fin, lo decisivo estaba hecho. Leonora se había narrado en cuentos publicados en México, sobre todo, en el catártico Memorias de abajo, diario descarnado sobre el colapso mental y la experiencia horrenda del psiquiátrico.

Leonora fue un espíritu volcánico que habitaba espacios donde regían las leyes de la fantasía, la magia, el sueño y la alucinación. Su vida fue excepcional y por eso, relatada de una pieza, suena tan irreal como sus paisajes oníricos. La vida idílica de St. Martin d’Ardeche se le rompió con el internamiento de Ernst en un campo de prisioneros; azuzada por la alucinación viaja a España donde sufre una crisis nerviosa y es internada en un sanatorio mental en el que es tratada con Cardiazol, prohibido años después por su toxicidad; asaltada por militares requetés en Madrid, logra escapar de la voluntad paterna de llevarla a Sudáfrica, llega a Lisboa, luego a Nueva York, de allí, en 1942, a México, donde se integra a un grupo de mujeres artistas que reinterpretaron el surrealismo a la luz de las tradiciones locales.

Su avasalladora experiencia vital devino en renacimiento, sin alharacas ni sublimaciones. La guerra y el manicomio, ambas caras de la sinrazón, la transformaron. Tras su ingreso supo que quería pintar lo que vislumbró en el encierro infernal; deseaba aprehender el pozo de monstruos que le dejó antes de que se disolvieran. Era el mismo empeño de individualidad que le impidió quedarse en Nueva York a vivir el desaliento de un grupo de surrealistas carcomidos por resentimientos e inquinas personales, o sumarse en México al séquito de Diego Rivera –de cuyos murales afirmó sin empacho: “They are not my cup of tea”– y de una Frida Khalo cuya sentimentalismo la embotaba.

Cuestionada en su ancianidad por su atribulada existencia, respondió como una sabia ancestral: “No tengo pesadillas, porque éstas se quedan en la carne. Pero no estoy arrepentida de mi vida. Lo que haya hecho, me parece bien.”

Poniatowska valoró a ese ser incontaminado, poblado por seres y espacios intangibles para los demás mortales: “El mundo que pinto no sé si lo invento, más bien él me inventó a mí.” Desde que la supo cerca, no quiso renunciar a ella.

Aunque Leonora, ratificada con el Premio Biblioteca Breve 2011, es una novela quizá no todo lo entera en términos creativos que cabría esperar, en especial tomando en cuenta el material prodigioso de arranque, o precisamente a causa de él –cómo dar forma exacta a ese magma portentoso–, y se vale más de lo deseable de un clima etéreo, no deja de ser un esfuerzo valioso por ponernos frente a la magnitud existencial y artística de una obra que nos abisma, y renunciamos a nuestra humana animalidad, nos esencializamos, para pertenecer sólo a los sidhes, los seres invisibles que siempre la acompañaron dentro del pecho.

La arrasadora libertad de Leonora Carrington fue su fascinante privilegio. Sólo ella pudo poner a arder al arzobispo de Canterbury en mole verde, recuerda Poniatowska. Y a eso vino Elena, erigida en giganta emisaria de Leonora: a ponernos a salvo del vértigo de la descarnada racionalidad.

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