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lunes, 15 de junio de 2015

FICCIÓN Y REALIDAD DE LOS PERSONAJES, Vilma Fuentes


Promocional de la versión cinematográfica de Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello



Vilma Fuentes
El don divino y demoníaco de crear realidades alternas

Crear un personaje es acaso un don, divino o demoníaco, quién lo sabe. El creador comete el luciferino crimen de igualarse a Dios. Sin embargo, el sueño de todo escritor, dramaturgo, e incluso ahora de cineasta, es concebir y dar a luz un prototipo de hombre o mujer, la encarnación del mito: qué le importa si debe pagar su inmortal invención con su caída fulminante a los infiernos.

Las religiones politeístas forjaron cosmogonías donde sus dioses encarnaban tal o cual virtud: heroicidad, elevación de ideas o generosidad de sentimientos. Igual podían representar la venganza, la discordia, la guerra. La lucha entre dioses y diosas causa la guerra de Troya y funda la literatura en Occidente con  la Ilíada y la Odisea. El monoteísmo, ¿vale la pena recordarlo?, empobreció estas mitologías. Un solo Dios, así sea en tres personas, no es lo mismo que la multitud de seres divinos que habitan el Olimpo. Dios padre, Alá o Jehová no debieron escapar a las fauces de sus sangrientos progenitores para imponerse en el trono de los dioses. Tampoco engañaron a sus cónyuges ni éstas les pusieron los cuernos por la simple y sencilla razón de su condición de solteros empedernidos.

Quizás el único mito surgido de la religión cristiana sea el del diablo, la encarnación del mal, y, después de él, el de Fausto.

Por fortuna, si las religiones monoteístas despojaron de una abundante riqueza a sus mitologías, la literatura parece haber tomado el relevo: de ella brotan figuras míticas, cuyos nombres encarnan una manera de ser, una conducta, un estilo o una forma de pensar: el Quijote, Don Juan, Tartufo, Romeo y Julieta, Celestina, Tristán e Isolda, el avaro Harpagón, Charlus, Lolita, Pedro Páramo, o Rey Lopitos. Seres irreales más reales que lo real, reencarnan a diario en otras personas. Personajes imaginarios, poseen el espesor de las personas en carne y hueso. Inmortales, sobreviven a sus modelos. Arquetipos fuera del tiempo, escapan a su paso.
Un autor, el marqués de Sade, como si él mismo fuera uno de sus personajes, funda con su obra y su vida el concepto de sadismo. Término utilizado con las más variadas desinencias en la actualidad, en psicoanálisis o en la vida diaria.

Por desdicha, son raros los autores que gozan de esa gracia otorgada por los dioses, el carisma. Ser particularmente escogido y amado por los dioses no es la regla. No todo mundo puede preciarse de ser un Cervantes, un Tirso de Molina, Shakespeare, Fernando de Rojas, Joseph Bédier, Molière, Proust, Nabokov o Juan Rulfo.

Sin esa gracia divina, sin las iluminaciones del espíritu, ¿puede crearse un personaje? ¿Se trata acaso, entonces, de una rústica fabricación? Muy lejos de la idea de fabricación industrial, pues puede decirse que incluso el Quijote, Tenorio o Lolita son fabricaciones, otros personajes de carne y hueso pueblan la auténtica literatura de un extremo a otro, aunque su rareza misma, su condición única, les impidan volverse arquetipos. Natacha de Tolstoi, Emma Bovary de Flaubert, Raskolnikov de Dostoievsky, Valjean o Quasimodo de Hugo, Artemio Cruz de Carlos Fuentes, La Maga de Cortázar, los Buendía de García Márquez, la Sanseverina de Stendhal, los mosqueteros de Dumas y su inolvidable Montecristo… ¿Cuántos otros personajes no pueblan la centelleante constelación de héroes, heroínas, villanos, amantes, traidores, celosos, todos esos protagonistas de novelas, cuentos, piezas de teatro, epopeyas y otros dramas y tragedias?

Personajes de carne y hueso, su realidad va más allá de los confines de lo real, más reales que las personas reales. Su existencia persiste y permanece cuando hombres y mujeres de su época han sido enterrados bajo las paletadas del olvido. Mientras cientos de miles de habitantes de Florencia en el siglo XIII murieron desde entonces, Francesca de Rímini sigue viva en los infiernos, al lado de su amante, desde hace ya siete siglos. El Richard III de Shakespeare sobrevive a su original en carne y hueso. Dorian Gray renace de las cenizas de su retrato, joven y bello mientras cada nuevo lector abra la obra de Oscar Wilde. Scheherezada continúa sus relatos al alba desde hace siglos, sin ser decapitada. Vautrin, Rubempré, Gobseck, Rastignac y tantos otros personajes de Balzac son más reales que sus modelos y están hoy más vivos que sus desaparecidos contemporáneos.

Esto nos lleva a plantear la cuestión esencial: ¿de qué se trata cuando de lo real se trata? ¿Por qué ciertas figuras inventadas por completo parecen finalmente cargadas con un peso más real que otras figuras, las cuales, sin embargo, han existido históricamente?

Es posible que, al lado de la Historia –que los mejores historiadores se esfuerzan con dificultades en restituir–, se haya creado otro relato, legendario, o ficticio, que llamamos literatura, el cual traza un camino paralelo al de los libros de Historia. ¿Dónde se encuentra la verdad? Si acaso es posible que la verdad pueda existir. La libertad que toma el escritor cuando inventa la novela a través de la cual restituye, por ejemplo, la guerra de Napoleón en Rusia, como lo hace Tolstoi en Guerra y paz, dando vida al príncipe Bezoukov, a Natacha y a otros personajes imaginarios, al lado de los históricos, tan irreales, permite ver y comprender mejor lo que fue esta guerra, esta derrota de Napoleón, la Berezina, la voluntad y el heroísmo del pueblo ruso, a pesar de las debilidades e imperfecciones escandalosas del zarismo. Entonces, ¿dónde se encuentra la verdad, si de casualidad existe alguna cosa que pueda nombrarse: la Verdad? Territorio convertido, poco a poco, en monopolio de la ciencia. Pero la ciencia, al contrario de una idea bastante difundida, no pretende poseer la verdad, sólo aspira a la exactitud. Los rigores de la lógica permiten alcanzar la exactitud y verificarla. Lo cual no impide a la verdad ser un fenómeno aún más misterioso, más secreto y, tal vez, reservado a la escritura, a la poesía. A la voz de los personajes cuando hablan como un oráculo desde su verdadera realidad.

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