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martes, 2 de junio de 2015

DEL PASO Y TOSCANA: LOCURA Y ERUDICIÓN EN LA LITERATURA MEXICANA, Héctor Iván González



Un repaso a la insania de Carlota y de los personajes
de Los puentes de Königsberg
Héctor Iván González
A don Fernando del Paso, celebrando sus 80 años

I
Hay dos características de las que goza la literatura mexicana. La primera es una curiosidad estética por lo que pasa en el contexto internacional. Desde sus inicios, la literatura mexicana ha tenido el afán de insertarse en lo más actual del discurso de Occidente. Por lo mismo, su segunda característica es que en numerosos ejemplos se engarza en lo más sofisticado de las letras y las artes. Desde figuras como Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) o Juan Ruiz de Alarcón (1580-1639) hasta nuestros novelistas contemporáneos, este carácter se muestra en una ambición por ejercer y tratar los temas que respondan al desarrollo de la cultura y las artes de la modernidad. Debido a esto, el tratamiento de una de las características de este proceso como la locura no podría quedar fuera del arsenal de temas a trabajar y retratar.
Si pensamos que es con la materialización de la metrópolis y con la revolución industrial que la locura tiene una acentuación en nuestra cultura, producto de la concreción de la sociedad de masas, podemos ver la forma en que las fobias, traumas, pensamientos obsesivos y la paradoja irrumpieron en nuestra existencia. Y si le agregamos la forma en que México ha sido una sociedad próxima a los conflictos violentos, podremos notar algunos ingredientes de la versión particular que ha mostrado nuestra literatura. De hecho –para ir concretizando– me refiero a la locura como un desfase entre la capacidad de interpretar el acontecer y la realidad misma. Si, como Jean-Paul Sartre apuntó: “estamos inmersos en la realidad”, el loco en la literatura sufre un divorcio con lo que sucede a su alrededor y crea una realidad distinta. En este sentido, puedo pensar en uno de los ejemplos más emblemáticos de nuestra literatura, me refiero a Carlota de Habsburgo (1840-1927), la emperatriz más longeva que Fernando del Paso (1935) retratara dramáticamente a través de su obra catedralicia Noticias del Imperio (1987). Quizá sea en ella que podamos tener una figura de lo que representaría esta conciencia que, a fuerza de enfrentarse con dos mundos absurdos, a saber: aquél de la situación de la locura monárquica, la cual se basa en un pensamiento conservador que, en cuanto se descontextualiza, saca a florecer su absurdo carácter, y la extraña realidad que representaba el México que los recibiera, a ella y a su esposo, Maximiliano de Habsburgo-Lorena (1832-1867). A partir de esta óptica me gustaría tratar la forma en que se suscita parte de la locura que plantea la literatura, pues resulta interesante la manera en que Del Paso desarrolla esa locura de forma paulatina. No es una locura repentina lo que se posesiona de la emperatriz, sino que se trata de un proceso que se va acentuando con la frecuencia de un medio enrarecido.
En un inicio, Carlota se muestra tranquilamente y en armonía con su entorno, con esa lógica que la entronizará al llegar a México, ese mundo que le muestra una artificialidad donde el boato es la prioridad y donde ella es la merecedora de todos los privilegios debido a una razón, su noble estirpe. No obstante, las cosas empiezan a desestabilizarse porque hay una resistencia que no esperaba, la resistencia del presidente Benito Juárez (1806-1872) y los republicanos, lo cual la hace pensar que las cosas no eran como les habían hecho creer quienes les hablaron de que el pueblo mexicano anhelaba un rey y una reina. La realidad se rebela y se convierte en una situación inhóspita. Además, entrambos se ha abierto un precipicio de forma contundente, pues parece ser que, debido a la enfermedad venérea del emperador, ella no lo aceptaría más en su lecho amoroso. Sin embargo, los nubarrones que se avecinan para enturbiar el cielo de este matrimonio pueden ser superados por los haces de una realidad personal, propiciada por la imaginación, como respuesta a lo que sucede en la realidad. De un modo tentativo, puedo decir que muchas veces la locura surge como una respuesta voluntaria a los reveses que da la realidad. Un desfase para evadirse ante circunstancias desagradables. Como si, por un instinto de conservación, la conciencia evitara el encuentro con la inestabilidad, el peligro o la desgracia. La locura es una respuesta –¿podríamos pensarla “natural”?– a lo trágico que irrumpe en el mundo. Es muy probable. Al tratar este asunto, me viene a la mente la tragedia de Medea, la figura mitológica de la reina que traiciona a su familia, a su padre, rey de Colcos, y a su linaje, para ayudar al joven Jasón a encontrar el vellocino de oro. Y que él, al convertirse en rey, la engañara con otra reina con quien piensa contraer nupcias. De tal suerte, Medea se venga de la humillación que le infligió Jasón matando a sus propios hijos y liquidando a la princesa por medio de una corona envenenada. Finalmente, Jasón se percata de que todo ha sido una artimaña de la reina Medea, quien se muestra aparentemente satisfecha frente a los reclamos de su cónyuge. Medea es toda algarabía y termina huyendo del castillo en “una nube que se posa en la ventana de la torre”, dejando a Jasón atenazado por las Euménides de la culpa y las Moiras del dolor. Tranquilamente Medea vuela en esa extraña nube que se posa en el alféizar de la torre más alta. La imagen es por demás luminosa: Medea huye envuelta en algo que el espectador puede ver, pero que en realidad es una metáfora de la locura que la ha envuelto al saberse homicida de sus propios hijos. El paralelismo inmediato de esta locura, puedo pensar, es el de Carlota de Habsburgo.
Carlota y Medea tienen ese carácter paralelo, ambos personajes han dejado un reino por seguir a su rey, y también son las dos víctimas de una traición y de una infidelidad. La imagen resulta clara, Eurípides (480-406 ac) nos muestra la forma en que Medea es repudiada por Jasón al tener una nueva reina, de mayores caudales y, lo peor de todo, mucho más joven. En la obra de Del Paso, es Carlota la que sufre los rumores que rondan en la cohorte, se dice que Maximiliano se ha liado con una “india bonita” que conoció en la Quinta Borda de Morelos. Del Paso nos introduce en la locura de Carlota para representar esta suerte de defensa de la trágica noticia que barrunta. Sin embargo, a diferencia de Eurípides, Del Paso nutre esta locura con un toque de poesía que no puede escapar a ojos de nadie, mientras que en la tragedia es el dolor, que propiciará las anagnórisis y posterior catarsis, lo que ocupa un lugar central.
Por otra parte, la locura de Carlota tiene un aderezo bastante atractivo, poéticamente hablando, pues Del Paso sabe que su emperatriz está al tanto de lo que sucede más allá del castillo de Bouchout; de algún modo su locura es momentánea, intermitente, pues recibe visitas y dialoga aparentemente con mucha cordialidad. Al mismo tiempo, continúa sintiendo diferentes deseos. Uno de los que más me atraen está en estas líneas:
Vete al pabellón de las colonias británicas para que conozcas las mesas forradas con piel de pingüino de las Islas Sandwich, y cómprame unos peines de sándalo en el pabellón otomano. Vete al pabellón belga para que conozcas la estatua ecuestre de Ambiórix el Rey de los Eburones, y cómprame un frasco de perfume de Guerlain en el pabellón francés. Vete al pabellón de Túnez para que veas a los árabes del bazar que se tragan ciempiés vivos, y cómprame una crema para la cara de glándulas de cocodrilo en el pabellón del Brasil. Ay, Maximiliano, quiero que me compres tantas cosas: una bolsa de cordobán, un velo de encaje de Bayeux, una tetera de Christofle como la que nos robaron en México, un vestido de cuentas de cristal como el que vi en el pabellón de Austria, un frasco de yerba mate de Argentina, un puñal de Toledo. Y si vas, cuando vayas, al pabellón de Holanda, cómprame la copa de cristal que tiene escondido en el fondo un muñeco de celuloide que aparece y va subiendo cuando se llena de licor, y que se usa para brindar por un nacimiento…
Me parece que este fragmento también nos puede dar un rasgo de aquel año 1927, cuando Carlota poblaba con deseos el silencio de su habitación en el castillo de Bouchout. Y nos lo da por ese rasgo en común que vendría con el siglo XX, a saber, el consumo de las cosas más bellas de todo el mundo al poder visitar las galerías, lasfolies o las arcadas que Walter Benjamin ha analizado tan tenazmente. Carlota anciana, enloquecida y decrépita permanece como esa bella jovencita que llegó del brazo de Maximiliano a entronizarse, el tiempo no ha pasado por ella, su locura le ha guardado un fragmento de memoria y su lucidez le permite saber qué delicias le ofrece el mundo moderno. En esa relación, en esa suerte de locura intermitente, Carlota encontró un espacio para ser la emperatriz que –afortunadamente– los mexicanos no le permitimos. Realidad y fantasía fueron los linderos que la llevaron a desencadenar su imaginación hasta la locura.
II
En otro sentido, la literatura también ha reflejado la locura en espacios –igual de cultos– que salen de la geografía nacional. Un caso que me parece interesante es el caso de la novela Los puentes de Königsberg (2009), del novelista David Toscana (1961). En esta obra, los personajes se encuentran sitiados por la segunda guerra mundial a la cual México se acababa de integrar en solidaridad con EU. En un Monterrey monótono, los dos protagonistas, Floro y Blasco, desempeñan tareas absurdas para eliminar el hastío. Sin embargo, se trata de un hastío que ha sido puesto en tensión debido a que, en los últimos días, un grupo de niñas ha desaparecido. La conmoción de los protagonistas al enterarse que más de cinco niñas han sido sustraídas durante un viaje escolar es lo que llena de perturbación a todo el estado. La guerra, a lo lejos, pero presente en las charlas, la amistad con un polaco incapaz de articular frases en español y la frecuencia del teatro son el ambiente en que se encuentran los protagonistas. En este caso, la locura no está concentrada en un solo personaje, pues, aunque en apariencia todos son normales, es la mayoría de ellos la que trata con la locura muy de cerca. Una vez más, la violencia como factor desquiciante muestra la forma en que el absurdo está rodeando nuestra vida momento a momento. El desfase de la conciencia con lo que realmente está pasando se da, una vez más, ante la carestía de una realidad asimilable. Es interesante la forma en que el autor tradujo la noticia de los feminicidios que se ejecutaban en Ciudad Juárez en esos años para volverlos un asunto que, posterior a una translocación, podrían ser abordados:
El autobús va rumbo al sur por la carretera nacional hasta llegar al entronque de San Roberto. Ahí hay un camión de carga esperando. Anden, grita uno de los hombres armados, aborden la caja del otro vehículo. No, Marisol, esconde su cabeza en el regazo, yo no quiero. Pero un jalón de cabellos la silencia. Aquí mismo te puedes morir, si eso quieres. Gabriela la abraza con lágrimas y manos temblorosas. No nos va a pasar nada, la conforta, te aseguro que hoy por la noche estarás en tu casa y pensarás que esto no fue sino un mal sueño. Las otras cuatro caminan por el pasillo del autobús hacia la puerta. Uno de los hombres le pone la pistola en el pecho a Marialena. ¿Me das un beso? Le pregunta. Y ella aprieta los labios. El otro hombre, animado con la idea, pone el cañón de su arma en la nuca de Juliana.
Desde luego, esto es una recreación del asalto por medio del cual se llevaron a las niñas, pero poco después descubrimos que es una recreación hecha por Blasco y Floro, quienes han sustituido a las niñas por botellas de diferentes tipos de vinos y destilados. De tal manera que la realidad, por trágica que aparezca, será un juego de dos maníacos o dos seres a ojos vista inútiles. De esta manera, Toscana retoma algunos rasgos que se han visto en personajes como Pozzo y Lucky, de la obra beckettiana Esperando a Godot. Si retomamos lo dicho al inicio de este escrito acerca de los elementos de la alta cultura que son retomados en la literatura mexicana, podemos ver en Toscana la forma en que lo influyen autores como Beckett, ya que sus personajes están al límite de la tragedia, en el borde de la esquizofrenia o de la inutilidad más palpable. Incluso, si pensamos en personajes de novelas posteriores de Toscana, como La ciudad que el diablo se llevó (2012), podemos ver ese absurdo que permea por doquier en la obra de Samuel Beckett (1906-1989).Molloy, El innombrable o Malone muere son antecedentes inmediatos de esta novela, pues no sólo hay un dejo de devastación en las obras que hizo Beckett en los años más próximos a la segunda guerra mundial, sino que también está ese temperamento que nos aproxima al hombre de a pie que surgió durante el siglo pasado. Como si una suerte de neurosis hubiera contagiado a grandes masas de la población mostrándoles que cualquier perspectiva era inútil, lo mismo que cualquier esfuerzo será en vano ante un mundo pobre, encarecido, donde de un momento a otro todo puede ser hecho cenizas. En La ciudad que el diablo se llevó hay una escena en la Varsovia ocupada por los alemanes donde un camión es detenido porque habrá una compensación:
Cincuenta de ustedes, gritó el oficial, por cada uno de los nuestros.
Los nazi esperaban que los varsovianos entendieran alemán; sin embargo, algunos soltaban órdenes y amenazas en polaco. La regla era conocida, aunque había tenido variantes desde veinte hasta cien por uno. Una anciana se puso a entonar el himno nacional con la intención de que la multitud la acompañara. Con su voz de solista, lo único que consiguió fue que las futuras viudas se le echaran encima.
Estamos negociando con el enemigo y usted viene a provocarlo.
La oportunidad se presentó y Feliks tomó al oficial de la manga. Herr Kommandant, wir sind vierundfünfzig.
El alemán lo empujó fuera del grupo y se acercó para señalar a Kazimiers, a Ludwik y al padre Eugeniusz. No hubo órdenes, pero los tres entendieron que debían ir tras Feliks. Él les hizo una seña para que fueran hacia los tranvías.
Y una vez que huyeron, el grupo le preguntó a su salvador cómo lo había hecho, ¿tenía palancas en el ejército nazi?, ¿era una colaboracionista?, a lo cual contestó Feliks: “Le dije que éramos cincuentaicuatro”.
La locura que muestra Toscana rebasa el puro argumento dramático y sus escenificaciones y llega a colocarse hasta en la voz del narrador. En Los puentes de Königsberg el narrador se muestra por medio de un chico que es difícil de localizar hasta después de la primera mitad, lo mismo puede ser una perspectiva peculiar que trata de renovar la forma narrativa por medio de la supresión de guiones o cualquier recurso de la literatura del siglo XIX. En ese sentido, la locura o el absurdo que muestra Toscana se presiente en la forma en que son retratados los diálogos. La locura individual se camufla para volverse parte de una locura masificada que, por momentos, pasa por una cuestión puramente normal, pero que, si se profundiza en ésta, el lector se da cuenta de que todo es anómalo y que, incluso, hay una violencia callada que permanece soterrada pero latente. Del mismo modo, en Los puentes de Königsberg los personajes pasan de una calle de Monterrey a una de Alemania, precisamente de la ciudad de Königsberg, los planos de la realidad se entrecruzan por medio de los discursos de los personajes, de un momento a otro atraviesan una plaza que tuviera rasgos alemanes, como si fuera lo más natural. Es digno de subrayar la postura de David Toscana, y que también practica Fernando del Paso, de situar la batalla, los bombardeos o la violencia de una forma en que no está manifiesta, pero sí está presente. En ambos casos, en Noticias del Imperio o en Los puentes de Königsberg, se percibe esa expectación que se contagia al lector al enterarse de las peripecias o reflexiones de los personajes. Igualmente, la manera en que la cultura forma parte de estas obras pareciera ser un asidero al fenómeno de la violencia. Como si al llenar de significados, de referencia y de un elemento civilizatorio la barbarie de la guerra fuera puesta en realce. Se me ocurre recordar la forma en que Toscana utiliza la obra de Ivo Andric (1892-1975), Un puente sobre el Drina (1945), emblemática obra de la literatura de Europa del Este, para situar y contextualizar su obra sobre Königsberg-Monterrey. Además de que no lo hace de forma soterrada, ya que el mismo Toscana menciona esta obra en la solapa de su libro para evidenciarse, para avisar al lector que puede tender un lazo, dar un vistazo, a esa obra a la cual rinde homenaje dialogando con ella. Por su parte, Del Paso hace un diálogo ambicioso con la tradición poética surrealista en la locura de Carlota de Habsburgo, la forma en que metaforiza con los objetos y su relación nos muestra que es imposible sacar imágenes de la nada y lo hace patente en su personaje.
Finalmente, lejos de querer refugiarse en la imagen estereotipada del loco genial o del loco interesante, artista incluso, estos dos autores han tratado la locura como un absurdo que pervive en un medio donde la violencia no deja otra opción a los personajes: la locura como el último reducto del arte y de la cultura, quizá. Un espacio donde la forma de defender la existencia sea, como señalaba Marcel Proust, “no soñando menos, sino soñando más”.

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