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jueves, 2 de julio de 2015

BILLIE HOLIDAY: LA CUMBRE Y EL ABISMO, Augusto Isla


 
Augusto Isla

Acaso la más original voz femenina, extática y quebrada, de la
historia del jazz. Cuarenta y cuatro años de fragilidad
y orgullo, de temperamento y claudicación

“Anda, ponme esa música frívola que te gusta”, me decía un amigo enamorado de Vivaldi, de Brahms, de toda esa seriedad que sonorizaba su elegancia cotidiana. Se refería al jazz: música de burdel, música de negros que, al decir de Herbert Marcuse, revoca la Novena sinfonía y “da al arte una forma sensual, desublimada, de atemorizadora inmediatez, conmoviendo, electrizando el cuerpo y el alma materializada en el cuerpo. La música negra es originalmente música de los oprimidos”. Música que no exige, a veces, saber leer las convenciones de su escritura; pero impone, sí, otras exigencias: cuando Billie Holiday cantaba, obedecía a su sentimiento. “No puedo cantar nada que no siento.” Nunca asistió a una escuela de música, pero tuvo dos inspiraciones geniales: Louis Armstrong y Bessie Smith, a quienes escuchaba en la atmósfera marginal de su niñez y adolescencia. Con ellos, en compañía de sus alegrías, de sus lamentos, forjó un arte radical, más allá de su destino trágico: violaciones tempranas, prostitución, droga, prisiones.

En el canto se buscó y se exigió a sí misma trascender, sin importarle el qué dirán, insumisa, renuente a ser una criada como su pobre madre, madre casi niña. Billie cantante de jazz, original como ninguna otra, con un registro vocal limitado pero poderoso, sin el timbre cristalino de Ella Fitzgerald, los amplios atributos de Sarah Vaughan, la dicción esmerada de Carmen McRae. ¿Cantaba o vivía las canciones?Don’t explain, con letra suya, es el testimonio de un amor indulgente cuando descubre las huellas del lápiz labial en la camisa de Jimmy Monroe, su pareja. “No expliques nada. Me complace que hayas vuelto. Eres mi alegría y mi dolor. Amor.” Otra canción, emblema suyo como “God bless the child”, nace de una frase pronunciada por la madre, fervorosa católica.

en un mundo dominado por los blancos, terco en sus políticas segregacionistas que reemplazan a la esclavitud, Billie no parecía encontrar su lugar, ni siquiera la definición de su color: demasiado blanca para los negros, demasiado negra para los blancos; a pesar de su éxito, entraba a los hoteles por la puerta trasera, comía en la cocina si bien le iba. “Humillación” era la palabra que la perseguía; la droga, el recurso para sobrellevar aquella realidad insoportable: era la tentación de otros mundos, de unas gotas de felicidad instantánea.

después de pasear entre las mesas de varios centros nocturnos de Harlem o de recorrer largos trayectos como vocalista de bandas como las de Count Basie o Artie Shaw, Billie se mueve a sus anchas en el club Café Society en Washington Square. En una atmósfera liberal promovida por C, aquella negrita herida por tanta discriminación se convierte en una gran estrella. Allí, como lo señalado por Luc Delannoy, se forja la imagen mítica de una Billie con las flores de gardenia sobre la oreja izquierda; allí luce impecablemente vestida, digna y serena; allí también nace “Strange Fruit”, un poema de Lewis Allen, seudónimo de Abel Meespol, que denuncia el racismo y nos habla del cuerpo de un negro que pende de un árbol en aquel territorio sureño enfermo de prejuicios étnicos; cuando Billie estrena esta canción deja estupefacta a una audiencia acostumbrada a escuchar de ella, en la línea del song, canciones de amor, baladas comerciales, por así decirlo, aunque de autores talentosos como Gershwin o Porter que Billie, al igual que Armstrong, transforma con el pathos propio del jazz. Y es que Billie es más que una intérprete: reinventa aquello que canta, lo hace suyo, personalísimo, con un toque de excentricidad, si se quiere, que a veces gustaba y a veces no. Pero fue esto lo que sedujo lo mismo a un John Hammond, su descubridor, que a un Norman Granz, productor de sus últimas grabaciones en Verve, cuando Billie, ya un poco o un mucho marchita, conservaba la identidad de su estilo, sensibilidad melódica, fraseo.

Aunque inclasificable, joachim berendt considera a Billie como la gran cantante delunderstatement: elegancia, sensibilidad, refinamiento, a veces roto por los arrebatos, como aquello de levantarse el vestido y mostrar los glúteos cuando le disgustaba la reacción del público. Pues Billie, aunque amada por sus oyentes, nunca abandonó su temperamento irritable, crecido con los años cuando descendía de sus paraísos.
para el gusto de muchos, los mejores años de Billie fueron aquellos en los que celebró nupcias musicales con Lester Young, cuando el saxofón de éste, protector, acentúa los valores sonoros de su voz con un swing cadencioso y tranquilo. Cuatro años, de 1937 a 1941, duró la fraternidad de una “realeza” en la que ella pasó a ser Lady Day y éste Prez, el presidente; fraternidad cómplice en la música y en la droga que nos dejó versiones inolvidable de “Man I love”, “Time On My Hands”, “Fine and Mellow,” “I Can’t Get Started”… En el seno de la orquesta de Teddy Wilson, ella alcanza la cima de su arte; una cima que la  llevaría a la escena del Metropolitan Opera de New York en ocasión de un concierto organizado por la revista Esquire, a las páginas centrales de la revista Life, a reconocimientos aquí y allá, como aquel recibido de manos de Jerome Kern.

Billie Holiday en el Tribunal a finales de 1949, llevada por una disputa de contrato
No dudo que, en aquellos días, Billie haya logrado sus mejores frutos; pero, como apunta James Isaacs, la pérdida de aquella exuberancia la compensó, más tarde, en los años cincuenta, con una entrega conmovedora. De suerte que las grabaciones con sus amigos Ben Webster y Benny Carter en el saxofón, Harry Edison en la trompeta, Jimmy Rowles en el piano y Barney Kessel en la guitarra, suenan formidables en baladas como “Prelude to a Kiss”, “I Don’t Want to Cry Anymore”…
y a pesar de todo, la insatisfacción, la soledad, los matrimonios fallidos, los amantes ocasionales, la heroína como consuelo, que en 1947 la conduce a prisión. Sociedad puritana y represiva, la estadunidense criminaliza su adicción. La policía, obscenamente dura, como diría Vicente Verdíu, entonces como ahora mismo, pasa por alto el renombre o, tal vez por eso, la persigue, y los médicos nunca comprenderán la raíz de ese drama individual, “nunca llegan tan a fondo como para saber qué es lo que en verdad te corroe el alma”, dice la propia Billie. Cuando sale de prisión al año siguiente ha perdido la licencia para cantar en centros nocturnos neoyorquinos; sólo le quedan el Carnegie Hall y el Teatro Apollo.
fortaleza y vulnerabilidad. quien se inventó a sí misma, se dio una identidad y con sobresaliente intuición pudo encumbrarse, nunca dejó de ser aquella criatura vulnerable maltratada por la prima Ida y, después como mujer, víctima de parejas infieles, de vividores como John Levy, que le administraba hasta el último centavo. Billie lo tuvo todo: la fama, el Cadillac, los visones. Y a la vez careció de lo esencial: una intimidad plena, esa capacidad para vencer la melancolía que produce, casi irremediablemente, la estúpida historia de Estados Unidos. Como todos los iconos de una sociedad promisoria y cruel, Billie sólo sobrevivió con el apoyo del artificio de las drogas en la entraña de una sociedad opulenta y, al propio tiempo, pobre. La redimió el canto; la mató la heroína.

en 1956, billie publicó sus memorias bajo el título de Lady Sings the Blues. Producto de las conversaciones con William Dufty, la narrativa es una mixtura de confesión sincera, fabulación, reflexiones, descripción de atmósferas, anecdotario dudoso, como aquello de pasear con Orson Welles. ¿Cuánto hemos de creerle? Cada lector desprenderá sus conclusiones. ¿Qué pretendió? ¿Sincerarse, obtener un poco de dinero en el tiempo aquel en que Nueva York le cerró las puertas, conmover a la opinión pública con un texto explosivo? No importan etiologías. Nos es entrañable de cualquier manera. ¿Su verdadera historia? Tal vez ni ella la conocía.
el crepúsculo de su vida fue previsiblemente triste. Eleonora Fagan –pues tal era el nombre con que fue registrada Billie– muere en un hospital de Nueva York a los cuarenta y cuatro años, en 1959. Vivió entre la Depresión amenazadora y el optimismo de la postguerra en un país que acarició el sueño planetario. ¿Cuál sería el balance de su existencia en el lecho de muerte? ¿Había sido vana o, pese a las adversidades, se sintió plena? Acaso llegó a pensar que su nación no era lugar para la esperanza.

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