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domingo, 4 de octubre de 2015

BREVÍSIMA ANTOLOGÍA POÉTICA, Hugo Gutiérrez Vega (1934-2015)

Poema
Agitando las manos hasta llegar
a la agonía perfecta.
Con los ojos abiertos
a las pequeñas cosas,
presintiendo la llegada
de la estación destructora.
El miedo en el jardín
acongoja
al frío de la estatua.
Tendidos en la hierba
esperamos el momento
de la siega.
No hay más realidad
que esta pálida espera;
no hay más voces
que las del miedo oculto
tras la sombra
de esta noche interminable
que se desploma
sobre el jardín.
De Buscado amor, 1965.
Finale
Il poeta chiude il becco
Debería callarme el hocico
y evitar las calles adyacentes.
Voy exhibiendo la cabeza rota,
los agujeros de los pantalones,
el corazón que por barroca vanidad
espero que algún día sea trasplantado
a un negro de Sudáfrica.
Debería callarme el hocico
y escribir solamente en los retretes
alumbrado por fósforos,
hacer grandes grafitti con carbón
y terminarlos con la punta de la nariz.
Yo nací en un mundo tan solemne,
tan lleno de conmemoraciones cívicas,
estatuas,
vidas de héroes y santos,
poetas de altísimas metáforas
y oradores locales;
en la ciudad que tiene siempre puesta
la máscara de jade y de turquesa,
y como ahí nací
debería callarme el hocico
y pintar solamente en los retretes.
De Resistencia de particulares, 1974.
El Pontífice
Vivo en el descalabro.
No he podido aliar mi voluntad
a una ortodoxia
firme, clara y segura.
Dudo y persisto en la búsqueda
de un cordel pendiente del aire,
de lo innombrado,
de lo que da sentido a la noche lunar,
a la mañana descubierta por pájaros sedientos,
a la tarde sentada en la banca del parque,
a tu calma cuando al final del amor
te ocupa la plenitud del cuerpo.
No puedo aceptar
el orden preciso de las creencias.
Cuarenta y seis años en el mundo
me han dejado la certidumbre
de que aquí hay un engaño,
un retorcido truco,
algo que sobrecoge al desamor,
algo trivial y blando,
algo tan natural como la sangre.
A nada puedo aferrarme
y no protesto o me doy por vencido,
Tal vez esta búsqueda
y la certeza del engaño
sean una oscura forma
de la gracia.
De Meridiano 8-0, 1982.
Nota roja
A Cesare Pavese
Salir una mañana de la casa
sin tomar el café, sin decir nada,
sin besar a la esposa ni a los hijos.
Salir e irse perdiendo por las calles,
tomar aquel tranvía,
recorrer el jardín sin ver que el sol
va colgando sus soles diminutos
de la rama del árbol.
Recorrer el jardín
sin ver que un niño nos está contemplando,
sin ver las cabelleras rubias, morenas, pálidas...
Pasar cargando una sonrisa muerta
con la boca cerrada hasta hacer daño.
Entrar en los hoteles,
hallar uno silencioso y lejano,
tenderse en las sábanas lavadas
y sin decir palabra, sin abrir la ventana
para que el sol no meta su esperanza
apretar el gatillo.
He dicho nada.
Ni el sol,
ni la flor que nos dieron las muchachas.
De Desde Inglaterra, 1971.
Por favor, su currículum
La riqueza me agobia esta mañana
y para conjurarla
hago el recuento
de las cosas que tengo
y de lo mucho
que he perdido en el tiempo:
tengo la vista, el tacto y el oído,
el olfato y el gusto, una mujer
–ella también me tiene–
que lleva sin alardes
los ritmos de la vida;
unos seres que crecen a mi lado;
un techo, pan, un poco de dinero,
libros, el teatro, el cine;
seres vivos que amo
y que me aman;
mis muertos, la memoria
y el presente
(nada sé del futuro
pero no me interesa);
voy haciendo los días
y ellos me van haciendo
y deshaciendo;
finjo resignación
y me contento
con las luces del alba
(me gusta más la noche);
trabajo y cumplo,
a veces a mi modo
y cuando no es posible,
me conformo;
intenté el heroísmo
y la aventura
se me volvió sainete;
he aprendido
tres o cuatro cosas
y he olvidado trescientas;
me detengo en la calle
y veo personas,
salgo al campo
y me encuentro con la vida;
me gustan las ciudades
y las odio,
me gusta el campo,
pero no lo entiendo;
no le tengo pavor a lo imprevisto,
pero me gustaría que no pasara;
mi sentido común es estrambótico;
sin proyectos me enfrento
a la mañana;
me enferman los enfermos
de importancia,
me asustan los que esgrimen
sus certezas;
me gustan los que dudan,
los pasos vacilantes me enternecen
y me dan miedo
los que pisan firme
(el If de Kipling
me provoca vómitos);
no pertenezco a nada
y, sin embargo, me hermano
sin poner muchos reparos;
cultivo mis lealtades
e intento preservar estos amores;
mi vida es un recuento
de expulsiones
(esto lo digo
mientras me acompañan
maracas y requintos,
dos serruchos,
un peine con papel
y voz gangosa);
ya no tomo café,
fumo tabaco,
hablo menos que antes,
me desvelo
y escribo confesiones;
la primera persona me preocupa,
pero sé que no es mía:
todos somos lo mismo,
todo es uno,
uno es todo,
cada hombre es, al fin,
todo este mundo
y el mundo
es un lugar
desconocido...
De Cantos de Tomelloso, 1986.
Suite doméstica
(fragmento III)
Todo fue brillante
menos el final
Porque soy un señor domesticado
que escribe versos
y gesticula en los parques,
digo que nada pido.
La vida ha derramado su cornucopia
sobre mis zapatos.
Tengo un auto, dos trajes,
diez pañuelos, y me puedo comprar
nuevas corbatas.
Me inquietan las jornadas submarinas.
Sé volar y lo hago raras veces.
Aquí paré mi tienda. Sólo espero
esa fiesta nocturna. Me moriré
cuando el placer termine.
De Cuando el placer termine, 1977.
Poema
A Sergio Pitol
El éxodo de Dios es una marcha hacia Dios.

Sciascia
El asedio es incansable,
la escapatoria no tiene
objeto ni sentido.
Nos rodean
el dolor,
la alegría,
la desesperanza,
la quemadura constante
de un amor
que redime y asesina.
De Nuevas peregrinaciones, 1994.
Descubrimientos
(fragmento III)
La irrefrenable atmósfera del sueño
partió mi vida en dos:
uno, lo que he deseado
y el otro, todo aquello
que me ha sido negado.
En las primeras horas de este día
tan igual a los otros, precipito
amargas conclusiones.
Mas nunca llego a nada.
Borro la realidad. Sólo me quedo
con todo lo deseado.
De Georgetown blues, 1986.
Amor sin forma
Hoy he sentido un amor terrible, un poco deshabitado, tenuemente desesperanzado... un amor como esos días de lluvia sobre el mar, con los perfiles desdibujados y la niebla apoderada del horizonte gris. Pero es un amor y por eso importa. Las palmeras se inclinan al paso del viento, apenas hay jirones de azul y por obra y gracia de ese amor sin forma sigo escribiendo mientras la noche encuentra su camino.
De Una estación en Amorgós, 1996.
Un cuerpo como una isla
Verte desnuda es
recordar la tierra

Federico García Lorca
Por las arduas colinas de tu cuerpo
van mis ojos desnudos contemplando
los tersos panoramas, precipicios
y el bosque primordial que mi deseo
exalta en la constante ceremonia
de mirarte, llamarte desde el fondo del ser,
de contemplarte como se ven los campos en otoño
o las vertiginosas catedrales erguidas en la niebla
y entrevistas en la región sin nombre de la aurora.
Eres como una isla, te rodeo
y me ajusto a tus formas.
Me impide hacerle modificaciones
el antiguo temor de hacerte daño.
Por eso me mantengo en tus orillas
y tierra adentro sólo van mis ojos.
De Los soles griegos, 1989.

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