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lunes, 12 de octubre de 2015

GUILLERMO JIMÉNEZ, UN NARRADOR DE PROVINCIA, Hiram Ruvalcaba

Guillermo Jiménez. Fuente: lajirafazapotlan.blogspot.mx

Abrió las puertas al realismo fantástico
Hiram Ruvalcaba

Fue en el sur de Jalisco en donde Juan José Arreola dio sus primeros pasos y fraguó sus primeras letras. El silencioso Juan Rulfo vio manifestarse la Comala de su ilusión en estas mismas tierras, y no demasiado lejos de ellos José Luis Martínez y Antonio Alatorre también abrieron los ojos al mundo. Estos cuatro nombres hablan ya de un fenómeno notable, una anomalía genética que sembró el germen de las letras en una región específica, y dio a ciertos individuos el hálito de la genialidad. No obstante, no es arriesgado decir que la luz de estos personajes fue el reflejo magnificado de otra luz anterior, una luz que tenía muchos nombres y que, por desgracia, es apenas visible ante el resplandor que estos cuatro autores emiten. Dentro de aquella estirpe puedo distinguir con claridad a Guillermo Jiménez.

El nombre tal vez no diga nada. Guillermo Jiménez no es carta de presentación del occidente mexicano, ni siquiera de su ciudad natal. Algunos dicen que nació en Tonila, pero el capricho –necesario– de la historia literaria nos enseña que nació en Zapotlán el Grande, el 9 de marzo de 1891. Su formación estuvo enmarcada por una familia matriarcal: la figura melancólica de su madre, la perpetuidad de su tristeza, fueron temas que alimentaron la obra del autor. En Constanza refleja la angustia que le provoca la congoja materna: “Llorando está mamá; sus tristes ojos parecen un precioso manantial, sus lágrimas mansamente caen sobre su falda negra de jerga, como las cuentas cristalinas de un rosario que se desengarzara.”

La descripción biográfica presenta algunas dificultades. Por una parte, las historias en torno a su niñez rozan a veces el terreno fantástico que, aunque resulta sumamente conmovedor, poco puede aportar al rigor de la academia. Tampoco se puede decir mucho de su formación escolar, pero su labor profesional despierta cierto interés en el lector promedio. Guillermo Jiménez trabajó en diversas instancias de gobierno, como la Secretaría de Educación Pública, la de Gobernación y la de Relaciones Exteriores. En esta última campeó y logró establecerse como canciller en Francia y España, y posteriormente fungió como embajador de México en Austria. Durante estos viajes al extranjero, Jiménez se dio a la tarea de enviar libros a la biblioteca personal de un amigo suyo en Zapotlán, Alfredo Velasco, y de esta biblioteca se nutrieron las mentes brillantes de su tierra natal. Entre ellas el propio Juan José Arreola.

Poco se ha estudiado sobre su vida, aunque en años recientes ha surgido un esfuerzo loable de investigadores y entusiastas de su obra en Zapotlán. El lector interesado podrá encontrar ahora dos libros que son un esbozo –muy necesario, pero apenas un esbozo– acerca del autor. El primero, Guillermo Jiménez, fue elaborado por Héctor Rodríguez Aguilar, y aunque se lee con cierta cautela –en un volumen que evoca la ternura de las ediciones de Archivos Históricos de pueblo– es evidente el esfuerzo que su autor se impuso para recopilar información de cualquier fuente disponible. El segundo libro, más académico, fue editado por la Universidad de Guadalajara y bajo el título Obras escogidas recupera poco más de una decena de libros del jalisciense. El texto, recopilado y prologado por Milton Peralta y Ricardo Sigala, habla de un interés que trasciende los localismos y pretende llevar a los lectores una obra necesaria o, por lo menos, relevante.

Obras escogidas es un mosaico pertinente de la obra de Jiménez. En el libro se encuentran los trabajos que dieron reconocimiento al autor en su tiempo. Allí estáZapotlán, obra precursora de La Feria, de Juan José Arreola, y en la cual se encuentran elementos que parecen abrirle las puertas al realismo fantástico –tan reconocido en las letras hispanoamericanas. Está Constanza, que tuvo aceptación entre la caprichosa crítica francesa. Está también Del pasado, colección de relatos que fue elogiada por Enrique González Martínez y por José López Portillo y Rojas. El vitral, tramado en torno a aquellos textos que despertaron entusiasmo entre los críticos de la época, da una referencia clara de una obra que no debe pasar desapercibida. 

Es incomprensible el olvido al que ha sido relegado Guillermo Jiménez en nuestros tiempos. Desde un punto de vista político, el canciller mexicano se manejaba entre la elite intelectual de su tiempo: Pablo Picasso, Diego Rivera –quien, según indican Peralta y Sigala, lo incluyó en uno de los murales de la SEP–, Pablo Neruda, Alfonso Reyes, José Gorostiza, José Clemente Orozco –su coterráneo– y Alejo Carpentier, quien era uno de sus amigos cercanos. En Europa, Jiménez recibió reconocimientos por su labor literaria, como las Palmas Académicas de Francia, como Hombre de Letras (1947), la Orden de Caballero de la Legión de Honor de Francia, como Hombre de Letras (1951), la Gran Cruz de Austria (1959), entre otros reconocimientos. Incluso en la caprichosa Sur, la revista de Victoria Ocampo publicó (número 5, año 2) un texto de Jiménez. Se trata de un conmovedor tratado sobre la danza en México, en donde el autor no pierde la oportunidad de mencionar los festejos tradicionales de su natal Zapotlán. Ante esto, resulta incomprensible que su nombre haya sido difuminado en la historia de las letras mexicanas.

Este olvido difícilmente puede atribuirse a una consecuencia en la recepción de su obra. Los textos de Jiménez demuestran una conciencia de la realidad literaria internacional, y puede percibirse el oficio, la preocupación por encontrar le mot justemientras fluye el relato, y, sobre todo, es evidente el compromiso sincero con la religión de las palabras. Quizá sea posible atribuir este olvido a motivos políticos o a alguna confrontación con los grupos de poder. Estas opciones, aunque no tienen mucho que ver con la literatura, son posibles si se piensa en el fuerte peso que la política o los grupos de poder tienen en la realidad literaria de cualquier nación.

La precisión en sus descripciones, el dominio de la técnica narrativa y el trabajo consciente y comprometido con la cultura hacen de Guillermo Jiménez una figura de relevancia en la literatura mexicana del siglo XX. Su injusto olvido no debe distraer de la calidad de la prosa de este hombre de letras que se entregó a la formación literaria y a la difusión de la cultura nacional. Por fortuna, en nuestros días puede leerse la obra de Jiménez, recuperada en el citado volumen.

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